jueves, 31 de octubre de 2013

MI CUÑADO VIVE EN EL APARTAMENTO DE AL LADO



El teléfono del apartamento de al lado suena siempre a las tres de la mañana. Mi mujer me da un codazo y yo me despierto con un susto de muerte.
- ¿Es que no lo oyes? ¡Ya está otra vez el maldito teléfono!-grita mi mujer.
- Duérmete-le digo.
- ¡Patalea el teléfono y me mandas dormir! Anoche dio doce timbrazos. Todos seguidos: ¡rin, rin, rin! Y tú tan feliz baboseando como un bebé. Si me da un infarto, tú no te enteras.
Espero paciente a que mi mujer se calme. Sé que tiene razón. Pero si las casas tienen tabiques de papel de fumar, poco se puede hacer.
- Es increíble lo de ese hombre-dice mi mujer más sosegada.
“Ese hombre” es hermano de mi mujer. Me hago el loco. Algunas veces da resultado y mi mujer vuelve a coger el sueño. Cuando se desvela se puede levantar y ponerse a encerar el suelo.
- Mañana saldré a dar una vuelta por los bares de abajo. Tu hermano suele tomar unos cuantos cafés antes de entrar a trabajar-digo.
- ¿Encima vas a confraternizar con él?
- Sólo quiero decirle lo que ocurre y pedirle que desconecte el teléfono cuando va a trabajar a la gasolinera. Tu hermano siempre ha sido un hombre razonable- digo.

- Un hombre razonable que me endilgó a mi madre en bragas-dice engordando la voz como las mujeres fatales en las películas malas.
No tengo ganas de discutir. No tengo ganas de discutir a las tres y diez de la madrugada sobre sus problemas familiares. Me apoyo en el costado izquierdo a ver si se da por aludida y me deja en paz.
- ¿Te acuerdas del día que dio la patada al perro?-exclama sentándose de un salto.
Veo que no hay nada que hacer. Las vigilias de Milagrosa son temibles. A veces se queda pensativa y, al rato, le coge el sueño. Cruzo los dedos. Al que se le ha ido el sueño es a mí. Me siento en la cama y miro por la ventana. El patio está dormido. No hay ninguna ventana con luz. Me vuelvo a tumbar. Así veo una rayita de cielo por encima del tejado del bloque de enfrente. Entra mi suegra en nuestra habitación.
- Dios hizo la noche para descansar-dice.
- ¿Y usted qué hace levantada?
- Mis necesidades, hijo.
Milagrosa no trabaja. Antes de ir a casarnos al juzgado, me dijo: “Quiero ser madre. No de un hijo, sino de los que vengan. Me voy a dedicar al cuidado de nuestros niños. Es una tontería que comience a trabajar para dejarlo dentro de unos meses, cuando me ponga de parto”. Desde entonces han transcurrido veinte años y sigue tan fresca. Ella es licenciada en Historia. Con matices. Descubrí sin querer que no había pasado del tercer curso. Pero es licenciada en Historia. Hay pecadillos que es mejor callarse. El médico dice que todavía somos jóvenes y podemos tener un susto. Otro pecadillo. Milagrosa va para los cincuenta y yo ya los he cumplido. Hace tres o cuatro años ella me pidió ayuda para redactar su curriculum. Entonces pensé que me tendría que confesar con su propia boquita de piñón que no había terminado la Universidad. Yo creo que con el tiempo se ha creído su propia mentira. Uno olvida lo que quiere. Al menos, en su historial escribió Licenciada en Geografía e Historia y para corroborarlo agregó un recibo de la matrícula del primer curso. La dejo hacer. Bastante desgracia tiene con su frustrada maternidad y con reñir a su madre.
Milagrosa suele comprar patatas fritas, ganchitos, y los comemos con la tele puesta. Le digo que la tele me da dolor de cabeza. Ella dice que da ambiente. También le gustan los pepinillos en vinagre. Dice que tiene antojo. Luego me dice que ella es un bluf. Yo no le comprendo qué es ser un bluf, pero me da igual. Antes íbamos al cine un par de veces por semana. Había un cine cerca de casa en el que daban buenas películas. Lo cerraron. Ahora bebemos cerveza hasta gastarnos el dinero de las entradas del cine. Hemos cambiado cine por alcohol. Milagrosa es una mujer atractiva. Lo que más le luce son sus zapatos de tacón y su pelo largo. Camina como una modelo: clac, clac, clac y cruza las piernas. La gente se vuelve a mirarla. Sus largos cabellos se balancean moviendo sus caracoles hacia delante y hacia atrás. Algunas veces le digo:
- Con ese pelo rubio y esos zapatos de cristal pareces un bicho malo.
- Este pelo sólo me da trabajo. Me lo peino así para que metas tus narices en él-. Y me pone su codo en mis costillas. Hace cosas raras.
- Huele a canela.

Ella se pone contenta. Le sale un gesto como cuando era joven. Seguro que se lo cuenta a su madre. Y su madre le presta unas gotas de una colonia barata que compra en la droguería de doña Clara Pampliega, una mujer baja y ancha, Clara la Redonda le dicen en el barrio con cariño.
Mi suegra: doña Adela Martín de Larumbe. Le gusta sentarse con nosotros en la sala. Ella tiene su habitación. La mejor. “Pero si a mí me da igual”, nos dijo cuando le dimos a elegir. “Bueno, creo que por esa ventana veré salir al sol”. Ve todo lo que no vemos nosotros. Ve las pistas de patinar de los niños, la piscina, la autopista, el valle con fábricas, los montes que un día tuvieron hierro en sus entrañas. Ve salir al sol por cinco lugares diferentes. Ha colocado cinco cactus en el alfeizar de la ventana señalando su recorrido anual. A cambio, nosotros vemos un patio interior en donde colgamos la jaula del jilguero. Si el pájaro canta, es que está contento. Y canta. También canta doña Adela Martín de Larumbe. Canta boleros de mucho amor. De esos que dicen que se le queman los centros. Estira sus labios arrugados para pintar el aire con una voz tan fina como un hilo de seda. Y el jilguero infla sus papos y la sigue mudando la atmósfera enviciada de nuestra habitación. Porque doña Adela se encarga de ponerme el café del desayuno y de acompañarme hasta la puerta a la hora de ir a trabajar al Banco mientras su hija sigue durmiendo. Hace poco tiempo, me han comunicado mi próximo ascenso a apoderado. Todavía no he dicho nada a mi mujer. Es mejor meterse el caramelo entero en la boca que chuparlo a ratos. El día que se lo diga, a lo mejor compro una docena de pasteles surtidos. 
 Aunque el salón y parte del pasillo de mi cuñado colindan con nuestra vivienda, él entra en casa por otro portal. Mi cuñado se llama Martín. Es alto y tiene los huesos un par de números más grandes que lo que le corresponden para no ser feo. Y sus manos son pequeñas, como las de un muñeco. En cambio, sus pies son grandes, a lo mejor un cuarenta y cinco, escondidos en unas botas de alta montaña. Mi cuñado, o “ese hombre”, como dice Milagrosa, es un soltero agrio que ya ha pasado de los cincuenta. Mi cuñado puso a su madre en la calle sin bragas y con los rulos en su cabeza sin ninguna explicación. Adela Martín de Larumbe, anciana y viuda de un bedel de Instituto de Enseñanza Media, tuvo que bajar las escaleras de su portal, dar la vuelta a la casa, subir las escaleras de nuestro portal y pedir refugio por caridad porque su hijo había renegado de ella con su voz de bajo amaestrada en el coro de la parroquia. Así nos dijo mi suegra, eso sí, sin lágrimas en sus ojos. Puedo jurar que nunca la he visto llorar. Ni de pena ni de alegría. “Sólo se llora en los boleros”, me dijo un día. Cuando se murió su marido de fumar puros, se quitó un imperdible de la solapa de su chaqueta y le pinchó en una mano antes de cerrar el féretro. “¡Por tonto!”, le escupió. Todavía no sé por qué hizo eso. Sí. Mi suegra es una mujer dura. Sin embargo, no desmiente a su hija sus mentiras sobre sus estudios universitarios ni le lleva la contraria en nada. Si Milagrosa atrapa un berrinche, doña Adela se mete en su cuarto, saca del cajón de su mesilla “El diablo Cojuelo”, y se sienta en su butaca a leer. “¿Pero todavía no lo ha terminado?”, le pregunto. “Muchas veces. Lo he terminado muchas veces, pero lo vuelvo a empezar otra vez. Es para conservar la vista”. Yo creo que no lee. Yo creo que está dormitando o quizás rezando el Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero o el Yo pecador, me confieso a Dios, porque aunque no le tiene miedo a la muerte (“sólo a la soledad”, suele decir) va los domingos a la parroquia de los Sagrados Corazones a misa de once, que es cuando canta el coro y suena el órgano y su hijo Martín, el mismo que la echó de casa sin bragas y con rulos, canta con su voz poderosa de bajo y ella la distingue entre todas, yo creo que porque desafina. Así son las madres. Les das en una mejilla y ponen la otra para sentir la bofetada como una caricia bajada del cielo. No es como mi madre, pero también ella es madre. Mi madre era cariñosa, daba besos a mi hermano pequeño. Ponía la tele y se ponía a llorar. “¡Pero si son las noticias!”, le decía yo. “Por eso me conmuevo, hijo”, decía secándose las lágrimas con los dedos. Mi padre era escritor. Escribió trece novelas. Se las publicaba él en una imprenta que estaba en los bajos de nuestra casa. Era un escritor original. Primero diseñaba la portada del libro. La mandaba imprimir. La colocaba encima de su mesa de limoncillo y escribía las tripas del libro. Era cuando decía: “Ando con las tripas”. El título lo ponía al final. No he leído ninguna novela de mi padre. Me dan miedo. Mi hermano pequeño, el que se llevaba todos los besos de mi madre, los empezó a enviar a las editoriales. Ha conseguido que se los publiquen. Las críticas son buenas. Se venden. Mi mujer los devora. El que más le gusta es uno que se titula “La reina goda”. Mis padres se murieron jóvenes. Ella antes que él. Mi madre de cáncer. Igual que mi suegro, el bedel de instituto. Si no te mueres de cáncer, te llaman raro, como canta Admeto Tatas, el griego. Mi padre se murió probándose unas zapatillas para el invierno. Se llevó las manos a sus ojos y cayó fulminado. Mi mujer tiene celos de mi hermano pequeño. Tiene celos porque mi hermano me llama por teléfono todas las semanas, porque me soba los michelines para colocarme los pantalones en su sitio (se me caen por la tripilla cervecera), ¡yo que sé!, porque nos queremos. Somos cuatro hermanos y nos llevamos de cine. Cada uno es como es. En realidad, Milagrosa tiene celos de todos mis hermanos. Lo que pasa es que mi hermano pequeño es soltero y tiene cara de bebé. Yo le digo que ella tiene hermano y madre. “¡Menudo par!”, me suele responder. Milagrosa ha llegado a echarme en cara el que no le hubiera presentado a mi padre. “¡Pero si mi padre se murió mucho antes de conocerte yo!”, le digo. Entonces se queda en silencio. Un silencio que puede durar cinco minutos o cinco días. La realidad es que me da un poco igual. Ella está celosa de mi vida privada. Y mi vida privada no es interesante ni profunda. Casi siempre es así. Yo también creía que Milagrosa era una mujer con pisos de sabiduría. Y mira.
El gran problema es el teléfono de mi cuñado. Es duro que te despierten a las tres. Es un suplicio que lo hemos dejado podrir. Hasta se me olvida que se llama Martín. Y le llamo cuñado. A él le hace gracia que le llame cuñado. Que le diga:
- ¡Hola cuñado!
Martín mete su cabeza entre sus hombros, como una tortuga. Comienza un conato de sonrisa o dibuja un gesto de tristeza infinita y dice:
- ¡Qué te chinguen!
Habla mal. Dice que pertenece al ramo de la gasolina y que los del ramo de la gasolina siempre han hablado mal. Habla mal también con los curas y con los ricos. Bien. Pues un día le dije:
- Todas las noches suena tu teléfono a las tres.
- Alguna puta. Ya le dije a mi hermana que no compréis ahí vuestro piso. Ella quería abrir una puerta para estar todos juntos. ¡No te jode!-terminó con su voz de bajo coral.
Se lo dije alguna vez más. Hasta que me miró con sus perennes ojos de sueño y me dijo:
- No seas indigesto. A las tres de la noche yo estoy con la manga en la mano. Si me dan fuego, me convierten en antorcha.
Le dejé en paz. Y desde entonces casi no le he visto.
Algunas tardes tengo que ir al Banco a trabajar. Si salgo de noche voy a un sitio que ponen buena música. Preparan bien las copas. Es de un negro de Cuba que usa pajarita y se tiñe el pelo de paja. Le traen ron de allí y usa Coca Cola de botella de cristal, helada. Le pone un poco de lima. El trago entra sin querer. Me atrajo el nombre que tiene el sitio: Canto de Sirenas. Y me gustó. Le pregunté al negro a ver si sabía lo que significaba “canto de sirenas”.
- Mentiras agradables, señor.
- Pero que encubren algún mal-dije.
- Así será- me respondió sin mucha convicción.
Siempre que voy, el barman me trata con cariño. Se llama Silvio. Es un negro corpulento de labios finos, manos arregladas, con la fuerza de un gorila. Un día vi cómo sacaba a dos sudacas, acogotados con sus manos, porque uno de ellos había roto su vaso de tubo en la cabeza del otro. No es un sitio de peleas, pero nadie se libra de gente que no sabe estar.
Voy y entro en el local por la doble puerta. Me quedo en la barra. Miro con disimulo a la gente de las mesas. Así, de casualidad, descubro a mi cuñado sentado en una mesa, revolviendo su café con una cucharilla. Espero un rato a ver si levanta su cabeza. Bebe el café negro de un trago, sin sacar sus ojos de la taza ni cuando su borde le toca su nariz. Silvio sale de detrás del mostrador con otra taza. Parece que son viejos conocidos. De los que se entienden sin hablar. En los altavoces suena “Draculina”, una canción que hizo famosa el travesti Violeta la Burra, en los bares lumpen de Barcelona, ataviado con collares de pimientos rojos. Me planto frente a él.

- ¿Cómo te va, cuñado?
- Bien- me responde con su voz de contrabajo.
- ¿Haciendo tiempo para ir al tajo?
- El café me quita el sueño. Te invito a una copa-. Levanta un brazo largo.
- ¿Lo mismo?-dice Silvio desde su puesto de mando.
Me siento frente a él. Tengo la sensación de que me sonríe o intenta sonreírme. Estoy contento. Mi cuñado no es mala persona. Es raro. Parece mala persona pero es raro. Parecido. Le voy a decir que he estado en el Banco toda la tarde. Para qué. Él ya sabe que he estado trabajando. Creo que me conoce bien. Además, sé que a mi cuñado le importa un rábano en donde he estado ni lo que hago. Así que me quedo en silencio. Cuando el negro me trae la copa, la segunda, Martín chasquea la lengua y me mira de pasada. Silvino el negro pone en el plato Penny Lane. Me acuerdo de mi padre. Siempre que escucho Penny Lane me acuerdo de mi padre. La cantaba oyendo el murmullo que salía de “las tripas” de sus libros. “No sé para qué escribo, pero he tenido la bendita suerte de saber escribir”, solía decirnos en la mesa.
- Mira cuñado- digo-. Tiene que existir alguna solución para que tu teléfono deje de sonar a las tres de la madrugada.
Levanta sus ojos hasta los míos. ¡Le brillan! Nunca había visto brillo en los ojos de mi cuñado. Pienso que a lo mejor se ha puesto lentillas. ¡Me sonríe! Me sonríe sin tapujos, a cara descubierta. Ahora se parece un poco a Milagrosa cuando lee tiras de Mafalda. Pero hace un gesto de hartazgo.
- ¿Mi madre se porta bien?-me pregunta con una entonación de voz desconocida para mí. Que su teléfono no nos deje dormir le trae sin cuidado. Me pregunta a ver si su madre se porta bien. Como si su madre fuera una niña.
- ¿Tu madre? Tu madre no es una niña.
- Eso ya lo sé.
- Ya-digo- ¿Entonces?
Mi cuñado saca el móvil y mira la hora.
- Las diez menos cinco-dice.
Se levanta. Al pasar por mi lado me aprieta un hombro. Sale con andar brioso sin despedirse de Silvio. Tampoco de mí. Me ha apretado un hombro. Yo no hubiera sido capaz de apretarle un hombro a él. Me da un escalofrío. Pido otro trago. El tercero. Voy a mear. Recuerdo que la gasolinera en donde trabaja Silvio está a la vuelta. Sé que trabaja de diez a ocho de la mañana. Sé que libra un día. Sesenta horas a la semana. Al regresar de mear cojo el vaso y lo pago. Me quedo en la barra. En pie. Ahora suena Lucy in the sky with diamonds. Siento que la lengua se me está poniendo gorda. Tres. Uno me sienta genial. El tercero justo me permite conducir con un ojo cerrado. Lo termino. ¡Qué coño! Me ha dicho el director que desde el día uno del próximo mes soy apoderado. Digo en casa que lo estoy celebrando y ya está. Recuerdo que he venido en metro. Me entra una risa tonta. Le doy la mano al negro. Es la primera vez en mi vida que doy la mano a un negro. Constato que no se nota el color de la piel al roce. “Volveré”, digo como despedida. Tres copas pueden volver idiota a un mono.
El sobaco de un gordo que viaja pegado, me espabila. Llego a casa un poco hablador. Da lo mismo. No me atienden. Mi mujer está viendo el debate de antes de acostarse. Me dice que la cena está donde siempre. Doña Adela me sigue a la cocina y me pide los zapatos. Un olvido. Me trae las zapatillas. Me estira de la solapa de la chaqueta. Me la quito. Otro olvido. Se la lleva a mi cuarto. Estoy sentado a la mesa. Miro como un lelo al plato que tapa a otro plato. Las manos de doña Adela llegan como dos urracas y se lo lleva a la fregadera. Volando. Tercer olvido. Tortilla de patatas. Como un trozo. Devoro un trozo de pan. No bebo vino. Cuarto olvido. Me voy a la cama. No le digo a mi mujer que he estado con su hermano. Tampoco que me van a hacer apoderado el lunes próximo. ¡Que le chinguen! Al pasar por su lado me obliga a darle un beso. Otro olvido. Me dice que huelo raro.
- Me he tomado un cubata. El premio al guerrero.
- Se dice: “El descanso del guerrero”- me dice sin quitar ojo de la pantalla de la tele.
- Eso voy a hacer ahora.
Me duermo al instante.
Me despierto asustado. Es de noche. Mi mujer duerme profundamente. Levanto la cabeza de mi almohada para escuchar mejor. Estaba soñando con ruido antes de despertarme. Miro hacia la puerta. Permanece abierta como siempre. Un haz de luz cruza el pasillo. Otro. Me levanto y voy a la sala. Mi suegra, sentada en la butaca de mi mujer. De espaldas. Tiene una pequeña linterna metida en su boca. Encima de sus piernas, el teléfono. Marca. Al otro lado de la pared del pasillo comienza a sonar el teléfono de mi cuñado. Pongo mis dedos encima de la clavija de colgar. Se hace el silencio. En el reloj de pared que heredé de mi padre dan las tres. No enciendo la luz. La que entra de la calle es suficiente para ver los ojos asustados de mi suegra.
- Pégame si quieres. Pero no le digas a Milagrosa que la que llama por teléfono a Martín soy yo. Él tiene conectado su móvil a su teléfono y algunas veces me coge. Es que su media hora de descanso comienza a las tres. Ya sabes que yo no sé manejar los móviles. He nacido a destiempo.
Enderezo mi columna y voy a la cocina. Casi no se ve nada. Abro la puerta del armario de los vasos. La sed del ron cubano. Todo lo que palpo son platillos. A la derecha de los platos están los vasos. Se cae algo. Rebota contra el mármol y cae al suelo haciendo plaf. Un vaso. Piso un trozo de cristal. Se me clava bien clavado en la planta del pié.
- ¡Mierda, mierda, mierda!
Se enciende la luz de la cocina. Es Milagrosa.
- ¡Qué patoso eres!-dice.

FIN








miércoles, 2 de octubre de 2013

EL LAGO DE LOS PATOS

 
Se acababa de quedar sin trabajo. Seis meses de paro y a verlas venir. Era químico, con los tres años del doctorado terminados. Se llamaba Oscar. Usaba corbata. Comenzó a buscar trabajo. Iba al centro de la ciudad y entraba en los comercios. Preguntaba mirando a los ojos de su interlocutor. Eso al principio. Después preguntaba con la mirada en la punta de sus zapatos. Un día que estaba cansado entró en una iglesia y se metió en un confesonario a comer pan con media pechuga de pato. Confesó a una mujer. Descubrió un parque. Un hombre vendía cucuruchos de papel con patatas fritas. Una mañana contó los paquetes que vendió el patatero. No le pareció un buen negocio. También iba a sentarse a la estación del ferrocarril. Los bancos de la estación estaban muy solicitados. Su suegro solía dejar monedas y algo de papel en el cajón de su mesilla. Oscar comenzó a hurtarle algunas monedas. Cuando reunía el dinero suficiente para ir al cine, se sentía feliz. Oscar solía pasar muchas horas con el ordenador. Le llamaron de un laboratorio. Le contrataron para tres meses. Y se sintió dichoso. No se puso corbata.
Ella era gorda. No era una gorda de esas que te sacan la risa. Era simplemente muy gorda. Era guapa. Casi todas las gordas proporcionadas son guapas. Si adelgazan, son feas. Era maestra. Daba clases particulares en la mesa del comedor de su casa. Tenía pequeños grupos de gente menuda. Vecinos. Los grupos llegaron a ser parejas, luego individuos y después humo. Fue como si todos los niños del barrio crecieran de golpe. Se llamaba Inés.
Oscar e Inés no estaban casados. Ni en la Iglesia ni en el Juzgado ni en el Ayuntamiento. Modernos. Inés era una mujer impulsiva. Oscar era un hombre paciente. Ella se irritaba. Él la reconciliaba.
La niña se llamaba Blanca. Tenía cinco años. Su mejor amigo era su abuelo. Blanca quería tener pitilín. Era su gran problema.
El abuelo estaba prejubilado. Era viudo. Se llamaba Miguel. Tenía dos ojos. Uno de cristal, azul. El sano era de color marrón. Daba un poco de temblor. Le hablaban mirando al suelo o al cielo. Según la altura del interlocutor. Cuando enmudecía se veía que era una persona buena. Las personas buenas tienen voz joven.
Al regresar del colegio Blanca hablaba a su abuelo de sexo. Miguel le escuchaba con mucha atención. Bueno. Lo que hacía era no interrumpirle. Miguel pensaba en el lago de los patos. Era una época en la que llegaban los patos azulones a criar. Cuando arrancaban a volar daba gracias a Dios por haberle dejado un ojo. Era suficiente para contemplar aquella maravilla.
 Oscar e Inés discutían por la tarde. Discutían para no aburrirse. Cuando las cosas se ponían raras, Oscar cambiaba de conversación. Era un maestro en aplacar enfados. Después de fregar los platos esperaban sentados en el sofá a que el abuelo y la nieta llegaran del colegio. Entonces discutían de cómo se hacía un curriculum con gancho. El abuelo iba al club de jubilados a jugar al chamelo y el matrimonio salía con la niña a mirar supermercados. Compraban las ofertas. Al ponerse el sol subían a la loma de detrás de su casa a ver volar a los patos desde el lago a los campos encharcados. Trataban de contarlos cuando echaban a volar. El abuelo había enseñado a su hija a silbar como los patos. Ahora le estaba enseñando a su nieta. 
Miguel, al regresar de jugar al chamelo, pasaba por casa y se cambiaba los zapatos por las botas altas de goma. Rodeaba el lago por el Este, que es su parte más estrecha. Caminaba con las manos en la espalda. Silbaba. También cantaba Amapola y Strawberry fields forever. Trepaba el cerro. Semioculto por los troncos de unos olmos, preparaba media docena de anzuelos. Los anudaba a un trozo de pita fuerte y los clavaba en la tierra más seca amarrados a un palo de brezo. Los patos surcaban el aire por encima de su cabeza: eran grupos de ocho, emparejados, dos detrás de otros dos. Miguel ponía en los anzuelos gusanos de tierra. Después rodeaba el lago y regresaba a casa con la noche puesta. Conocía el terreno como la palma de su mano. Sólo temía al guarda. No a la multa. Era un guarda con el libro de sanciones fresco, enseñado como un perro a seguir las huellas de los cazadores furtivos. Miguel temía a la vergüenza. Aunque los vecinos del lago andaban con anzuelos en el bolsillo, comer patos del lago en época de crianza era un descrédito desde tiempo inmemorial. Por eso esperaba a las primeras luces en su puesto de ladrón. Siempre caía alguno. Si tenían plumas azules o verdes, las guardaba para adornar la cinta de los sombreros. Miguel sabía hacer sombreros de fieltro de mirar a su madre cuando era chico. Su madre hacía sombreros para caballeros. Lo tuvo que dejar porque ya no se llevaban los caballeros. Miguel lo contaba así. También conocía los cañaverales en donde hacían sus nidos las patas. Envolvía los huevos en papel de periódico, uno por uno y los guardaba en los bolsillos de su capote. La cena.
  - Te van a llevar a la perrera, padre-le dijo su hija por la mañana. El otro día saltó de la cáscara de un huevo un patito vivo al aceite hirviendo de la sartén.
- Bebes demasiado. Una hija borracha es una desgracia. Yo jamás cogería un huevo gozado. ¡Vamos, anda! Prepáralos con ajos fritos. Pero mejor mañana-le respondió su padre desde el otro lado de la ventana, en la calle.
- ¿Está bueno el tiempo?-le preguntó Inés.
- Según para qué-dijo Miguel-.La tierra está húmeda. Hay brisa para colgar la colada. Esta noche estará bueno para patos. Podemos freírlos y ponerlos en tarros en escabeche.
- Te vas a llevar un tiro en el culo. Ese guarda es malo. Me han dicho que ha sido guardia civil.
- Peor para él-dijo Miguel-. Te traeré más tarros.
- No me hacen falta. Todavía me queda pato del año pasado-dijo Inés.
- Ya.
- ¡Qué es ya!
     - El paro, hija, el paro.
- Saldremos adelante. Oscar está esperando que le llamen de la oficina para prolongarle el contrato. A mí ya me caerá algún niño. Ya verás.
- No deberías ducharte con la puerta abierta- dijo Miguel metiendo su ojo bueno en la cocina. Su ojo azul parecía una estrella. Siempre que alguna frase le hacía gracia, le brillaba el postizo con enigmáticas reverberaciones.
- Me ducho en familia-dijo Inés.
- Es por la niña-dijo su padre.
- ¡Es mi hija!
- A la niña le preocupa el sexo. Contigo fue igual. Primero fue el sexo y después la muerte. Es el orden de las preocupaciones infantiles. Suena raro, pero es así- dijo Miguel.
- ¿Yo me preocupaba por el sexo?-dijo Inés.
- Primero por el sexo. Después por la muerte- repitió Miguel. El domingo te estabas duchando con la puerta abierta. Vi cómo la niña entraba en el baño y te observaba con detenimiento.
- Yo también la vi.
Se agachaba y se levantaba a mi alrededor.
- Buscaba tu sexo-dijo Miguel.
- ¡Y no lo encontró!-exclamó Inés inflada de risa-¡Pobre Blanca! Miraba por delante, miraba por detrás. No se da cuenta que un buen faldón de tocino cubre las cosas de los gordos.
- No hay día que no me diga que está muy preocupada-dijo Miguel.
- ¿Y eso?-dijo Inés.
- Porque eres la única mamá que no eres ni chico ni chica.
Es cuando tocaron la aldaba. Tres golpes secos. Miguel rodeó la casa por el prado. Lo descubrió desde la otra esquina de la casa. Era el guarda. Tenía unas plumas de pato en la mano. Se le secó la garganta como cuando de niño el cura le metía la Hostia en la boca. Se ahogaba. Alguna vez tuvo que sacársela antes de que le diera la arcada y guardarla en el bolsillo del pantalón. Al salir a la campa de la iglesia la escondía debajo de una piedra. La ponía siempre debajo de la misma piedra. Con el tiempo desaparecían. “Se las comen las hormigas”
- ¿Y estas plumas?-preguntó el guarda a Miguel sin dar los buenos días. Era una buena puesta en escena.
- Buenos días, general-dijo Miguel.
- Pregunto por las plumas-dijo el guarda del lago. Tenía la carabina colgada al hombro. Era alto y flaco. Seguramente se le podían contar las costillas. Tenía un colmillo de abajo arreglado con plata, los labios finos y la nariz rara.
     - ¡Usted sabrá en donde las ha encontrado!
- En la puerta de su casa.
- El viento es malo a veces.
     - Creo que usted hace sombreros de cazador-dijo el guarda del lago.
- Déme el suyo. También las plumas. Si su sombrero es marrón le van las plumas verdes.
Miguel abrió la puerta de su casa. Invitó a pasar al guarda. Lo condujo al comedor, donde su hija enseñaba aritmética y hacía dictados cuando venía algún crío. Sacó del aparador una caja de galletas con agujas, hilo y plumas de pato. Eligió las plumas más anchas y brillantes. Las cosió en un abrir y cerrar de ojos, las sujetó en la cinta del sombrero y se lo colocó él mismo. Le invitó a mirarse en un espejo de pared. El guarda hizo un gesto coqueto.
- Parece un sombrero nuevo-dijo el guarda.
- ¡Hija!-dijo Miguel- Trae un par de tarros de pato a la vinagreta del año pasado. Son para el guarda del lago. Los del año pasado están más jugosos.
Inés entró en el comedor con los tarros en una bolsa de papel. El guarda estaba firme. Más que firme, rígido. Inés extendió sus manos con los tarros a las manos del guarda. Miguel adivinó que los músculos del guarda eran piedras.
-Yo antes tenía un perrillo que se llamaba Samuel-dijo Miguel procurando mirar al guarda con el ojo azul. El bueno lo cerraba haciéndole un guiño de muerto.-El perrillo me salió cazador. Algún hombre malo le metió un tiro en la frente. Buena puntería.
El guarda no recordaba que un tuerto le hubiera guiñado un ojo sin parecer ciego. Sintió un escalofrío entero. De los que comienzan en el cráneo y terminan en los dedos de los pies. Extendió las manos y cogió el paquete que le daba Inés.
     El guarda miraba al suelo. Cerró los ojos y puso su mano izquierda en la culata de su fusil. Necesitaba tocar madera.
- Venga cuando quiera-dijo Miguel-Aquí los patos sobran. Pero es mejor que se acerque cuando traigo a mi nieta del colegio. Está muy salada. Anda con lo del sexo y esas vainas. Seguro que le pregunta a ver si tiene cojones como los de su abuelo.
FIN




lunes, 2 de septiembre de 2013

FIDELIDAD (De la Saga Mochita)



Además de parecer una mariposa, hablaba con voz radiofónica. Por eso la señora me dio el trabajo de coger el teléfono. Al sonar la chicharra, colocaba mi mano encima de su lomo y comenzaba a contar los zumbidos con los dedos de una mano. Al terminar el quinto timbrazo, descolgaba y decía con voz de azafata de aeropuerto: “Mansión de los Barones de Escarpín. ¿Con quién desea hablar?” Musitaba la frase como un ángel de voz celeste. Nadie se imaginaba que llevaba medias grises de punto (tenía las safenas gordas), me cubría los hombros con una toquilla azul y me sacaba los pelos del mentón con una pinza que me regaló la señorita Rebeca. Con el primer duro que me pagaron el primer mes, me compré un lazo color carne y me lo planté en lo plano de la cabeza. Todo el mundo me dijo que el lazo parecía las alas de una mariposa. Lo llevo desde hace setenta años. Cómodo. Dos horquillas y a volar.
Mi señora se llamaba doña Antonia San Román. Creo que era catalana porque hablaba difícil. Me llevó a su casa para que me enseñaran a bruñir el suelo con cera dura y chancletas deslizantes. Ella le llamaba “brochar a la francesa”. Desde mis trece años, arrastro mis pies dentro de unas bayetas especiales que doña Antonia compraba en Burdeos. Precisamente fue doña Antonia la que descubrió mis dotes radiofónicas, una mañana que me escuchó cantar mientras bruñía la madera, aquella ranchera que dice:

Niño que en cueros y descalzo
vas llorando por la calle,
ven aquí y llora conmigo,
que tampoco tengo madre,
que la perdí cuando niño.

La cantaban en la radio que el señor trajo de Alemania. Solía llorar. Yo tampoco conocí a mi madre.
Ninguna persona del servicio podía atravesar el salón cuando sonaba el teléfono. Sólo yo. Creo que los señores me creían un soplo, una corriente de aire sin ojos para ver ni oídos para escuchar. Patinaba mis pies aupados en mis chanclas mágicas por la tarima de la casa y me enteraba de todo. Escuchar y callar.
La casa en donde serví desde niña y me senté a esperar la muerte en un rincón del camarote, era un palacio inimaginable, construido por los antepasados de mis señores a la orilla del mar. Aunque la casa tenía casi cien años, todavía dibujaba, en los amaneceres de sol, su imponente silueta en la arena de la playa en donde enterraba sus pies. Su dueño, mi señor, se llamaba don Jaime Iturrate, descendiente directo de los fundadores de los Hornos Chenot en Vizcaya, que teñían de infierno las aguas de la Ría. Don Jaime, además de heredero de aquel imperio de chatarra, era un afamado pintor de putas pobres, que había dejado el destino de sus fábricas en manos torpes. Hay libros gordos en la biblioteca dedicados íntegramente a su pintura. He leído en uno de ellos que don Jaime nació encima de una paleta con gusanillos de óleo de los que nunca se pudo librar. Los libros de su biblioteca dicen cosas llenas de poesía que me dan escalofríos y me sacan temblores sin saber muy bien por qué. Hay hombres que nacen con el trato cariñoso pintado en sus ojos. Don Jaime era uno de ellos.
Don Jaime y doña Antonia tenían tres hijos: dos varones que jugaban a ser señores y que no eran nada. (Ninguno de los dos había terminado el bachiller). Y Rebeca, que es una de las principales actrices de la historia que estoy intentando contar. Creo que ahora comprendo la afición que siempre he tenido a la lectura. En la biblioteca de la casa hay libros increíbles. Si no hubiera sido por ellos, no habría podido resistir una vida con los pies dentro de unas chancletas e imitando a una locutora de grandes almacenes. El destino lo traemos escrito en el ombligo. Palabra de sabio.
La hija de los señores tenía ojos melancólicos y un cuerpo largo. Hablaba silbando las eses, cantaba las esdrújulas. Se enamoró de un caballo, su padre le trajo un profesor de Jerez. El caballo sabía bailar, Rebeca aprendió ballet.


Su padre le mandó a París a la Academia de Madame Mornifle en donde conoció a Emeraldo Renato, un Apolo en mallas que decía palabras antiguas, descatalogadas, goteando melaza cubana. La niña Rebeca, todavía en edad menor, comenzó a bailar con tiemblo. Cuando Emeraldo la hizo suya, descifró los tams-tams de su corazón y puso redes para no dejarle escapar. Mintió a su padre hasta los veintisiete años. Le juró año por año que Madame Mornifle le aseguraba que para llenar los teatros había que practicar sin pausa. Su madre descubrió que Rebeca había errado tras Emeraldo por los escenarios de Europa y de América para no desmantelar su felicidad. Doña Antonia les embaló al matrimonio en la boda más fantástica que se recuerda en la Región. Un obispo verdadero llegó al jardín montado en un dragón con escamas doradas. Seis monaguillos abrían la procesión montados en bicicletas de una rueda. Después de la ceremonia, él voló a bailar y ella comenzó a usar el título de sus padres entre sus amistades internacionales. Adoraba ser baronesa. Pidió a su padre que desheredase a su hermano mayor. Yo creo que fue el recuerdo de aquel capricho el que llevó a don Jaime a rehacer sus últimas voluntades cuando dejó preñada, ya viejo, a una modelo puta, la que está colgada en el Museo de Bellas Artes, vestida solo con un mantón de Manila, al lado de un violón y que la familia llama Mochita. Fue una época convulsa. Tan amarga que estuve a punto de guardar en un hatillo mis dos vestidos de percal, mi lanilla para los hombros y los libros de Julio Verne que tenía birlados. Pero Don Jaime hizo regresar a su hija de Viena para comunicarle su capricho de hacerla baronesa con la condición de que ella se quedara encinta de un niño que iba nacer al que llamarían Lukas. Me quedé en casa. Además, ¿A dónde iba a ir?
Para entonces el señor había colocado un supletorio en la mesilla de su cuarto. Era una gozada no tener que subir las escaleras para llegar a la quinta llamada sin romperte las narices. Ahora ya escuchaba todas las conversaciones con puntos y suspiros.
-Si me quedo encinta, algo nacerá-dijo entonces Rebeca.
- No es necesario que te quedes encinta. El niño ya está en camino.
- Tú dirás cómo es eso.
- Tienes que simular que estás encinta. De traer el niño, me encargo yo. ¿Entiendes?
- Poco y mal.
- Tú, quédate en casa hasta que nazca el niño. Después ya veremos lo que pasa.
- Seré Baronesa a perpetuidad.
- Serás Baronesa de Escarpín.
- Con un hijo que no es mío.
- Eso lo sabremos tú y yo.
- ¿Y el padre?
- El que tú quieras. Ese cuento te lo dejo para ti. El padre pinta poco.
- Misterio. ¡Me gusta!
La niña Rebeca era tonta. Todo lo que hizo en su vida lo tomó como un juego preparado por su papá. Entonces no se le ocurrió otra cosa que llamar a Emeraldo por teléfono. Le contó que le había dicho su papá que iba a tener un niño que se llamaría Lukas sin estar preñada, así, como la Virgen María. No sé quién me puso el nombre de Melitona. Aunque me llamaban Meli, me parecía nombre de tonta de remate. Y creo que siempre me tuvieron por eso en la casa. Pero por tener nombre de tonta confiaban en mí. Esa fue mi desgracia. Cuando alguien confía en ti y no le importa que sepas sus secretos, se te hace un hueco en el corazón y le quieres hasta que la vida te conserve la cabeza sana. Bien. Emeraldo le replicó que cómo es eso. Entonces ella le contó a Emeraldo que sería Baronesa. Emeraldo echó una carcajada, seguramente con aquella sonrisa suya llena de dientes blancos y le replicó que no sabía que las baronesas fueron primero vírgenes. La niña dijo enfadada que los caribeños son incultos y que tenían el mamín enfermo. “Mamín”. Mi niña dijo “mamín”, una palabra que le hubiera costado una buena regañina si su padre le hubiera escuchado. Emeraldo se enfadó y le dijo a Rebeca que no le llamara más por teléfono. Colgó. El muchacho colgó. Luego le escribió que se iba a bailar a China un número con un quitasol de estrellas. No se vieron durante cuatro años.
Del recuerdo de aquel nacimiento sólo quedó la magia de haber concebido un niño sin padre, sin signos externos de preñez en la madre, sin vestidos cortados con formas gemelas a otros vestidos de mujeres preñadas, sin ni siquiera con vestidos que imitaran a algo sorprendente, porque la señorita Rebeca no mostró ninguna cintura de embarazada, ni ninguna hechura de senos de futura mamá, ni ojeras azuladas o de carne viva. Ella mostró el trago de dos o tres copas de champán y la nicotina color campánula de las zarzas o de los vientres de los bichos de luz que dejaban caerse por los zarcillos al fondo de los arbustos de menta para salvar su vida. Cuando los meses empezaron a sumar, le recomendé colocarse encima de su vientre plano un cojín de alfileres o una toalla aplastada.

 
A la tonta de ella no se le ocurrió otra cosa que preñarse con globos llenos de agua. Animaba a la servidumbre a que le arrojara dardos verdaderos robados por ella en nigtclubs londinenses o en boites parisinos. A la servidumbre le temblaba el cuerpo. Se ponían de puntillas, cerraban los ojos y lanzaban el dardo al aire. Sólo yo apuntaba con rabia y soltaba el dardo a la altura del falso vientre. El clavo atravesaba la tela de su vestido, rompía la goma del globo que hacía “plaf” y a la señorita le salían lágrimas de alegría y aplaudía como una chiflada antes de correr a su habitación a pegarse con esparadrapo otro globo. Me tomaba de la mano, me daba los dardos y me rogaba que apuntara bien para romperle las aguas. El juego duró hasta que don Jaime llegó un amanecer con una maleta llena de alubias. Y entre las alubias, venía un niño de piel muy blanca semienterrado, con la cabeza levantada por la mano de don Jaime para que pudiera respirar.


Cuando llegó el señor eran las tres de la madrugada. El ruido de la llave me sacó de la cama y subí las escaleras del sótano, que es donde estaban nuestras habitaciones, la de los criados. Crucé el recibidor y abrí la puerta a don Jaime, que me hizo una mueca de silencio. Una mano sujetaba la maleta en posición horizontal. En la otra traía un rollo envuelto en cartulinas y periódicos. Le quité el rollo y le seguí escaleras arriba. Entramos en su habitación en donde su esposa respiraba con pesadez. Ella dormía siempre con la lamparita de su mesilla encendida porque ya solo soñaba con muertos de su familia y decía que la querían llevar. Sintió la mano de su marido atenazándole el hombro y diciéndole a la oreja que ya había recogido al niño.
-¿Qué criada está contigo?- preguntó doña Antonia mientras se ponía la bata y con ella su pulcritud.
- Melitona.
- ¡Ah!- dijo ella- Vas a venir con nosotros, Meli. Despierta a la señorita y dile que ha llegado la hora del parto.
- Si el niño ya está en casa, ¿para qué tanto paripé?-preguntó don Jaime.
- Las cosas hay que hacerlas bien-dijo doña Antonia.



El señor me dio la maleta con las alubias. Yo tuve un pronto. Puse la maleta encima de la cama y saqué al niño. Lo envolví con mi toquilla y lo apreté fuerte, fuerte contra mi pecho. Fue un instante mágico. El señor y la señora, me lo quisieron quitar. También la señorita Rebeca, que acababa de entrar en el cuarto, hizo un ademán como para arrebatármelo.
- Tiene hambre-dije yo. Y apreté a correr escaleras abajo. El mecánico nos esperaba con el motor del auto en marcha. El bulto lloraba como un niño de verdad. Llegamos a una clínica. Nos esperaban. Tendieron a la señorita Rebeca en una camilla. Se dejó hacer sin protestar, más como una mujer muerta de sueño que como una parturienta que ya había roto aguas.
- Ha nacido en el camino-dijo el señor.
Me dejaron con la señorita Rebeca y con el mamoncete en la clínica. Cuando trajeron el primer biberón, la enfermera sacó a la criatura de su cuna y la puso en brazos de Rebeca. La señorita se levantó y me entregó al niño y al biberón. Ella saltó de la cama y encendió un puro.
- Lo que hay que hacer para ser baronesa-dijo.
Primero me dieron las bayetas para los pies. Después me regalaron un teléfono. Al final me encargaron el cuidado de la cosa más bonita de toda la casa. Cuando tenía al niño en brazos, el latido de su corazón engordaba mis venas y le llenaba de besos. Al final todos encontramos nuestro premio. Al tercer día vino el señor y nos llevaron a casa. Durante tres años, Rebeca cuidó al chiquillo como a su muñeco preferido. Contrató a una aña seca para pasearlo en un coche inglés, le vestía con bodoques y festones. Estrenaba todas las semanas sonajeros de plata, cucharillas de oro, biberones de cristal de Bohemia. Lukas se dormía con nanas de Brahms y con rancheras mías. Rebeca trajo a una actriz con voz de princesa para que le leyera cuentos. Le bañábamos con agua del Jordán.
Entrando el cuarto año de su nacimiento, la Baronesa Rebeca tuvo noticias de que las galeras de Emeraldo venían viento en popa por las Islas Paracelso para ponerse en la cola del Golfo de Suez y entrar en el Mediterráneo. Rebeca contrató al director de escena de la Ópera de París para que le compusiera el solo más magnífico que ninguna diva había bailado en teatro alguno. El maestro le compuso una cabriola en honor al fuego Oriental. Duraba dos minutos, pero era tal su intensidad que las mujeres dejaban sus asientos y corrían a hacer cola en los sanitarios para orinar su emoción en un lugar oportuno. Triunfó. Se olvido de Lukas.

Los siguientes diecisiete años fueron felices, excepto la noche que se murió la señora. “Siento en el pecho una puñalada”, me dijo por la mañana. Le llevé jerez. Se nos murió antes de que llegara el señor de sus correrías nocturnas. Le gustaba tomar apuntes a carboncillo a putas viejas dando pecho a niños o recostadas en el dintel de una puerta, debajo de un balcón con flores de papel. Seguí brochando a menos velocidad. Atendía las llamadas del teléfono. Lukas cogió algo de plata, un poco de oro, alguna figura valiosa. Se marchó a vivir a París. Yo creo que los eucaliptos y los pinos mediterráneos del jardín echaron más hojas que de costumbre. No sé. La casa se llenó de tristeza. Las paredes, de sombras. Al señor le crecieron las bolsas de sus ojos. Comenzó a usar un bastón de palo de rosa.
Una tarde descolgué el teléfono. Por primera vez, la voz imperiosa de una mujer, me cortó mi cantinela.
- Soy Mochita. Diga a don Jaime que le llama su amiga Mochi.
“La madre de Lukas”, pensé. Me quité las andarinas de encerar, las arrimé a una butaca y comencé a trepar las escaleras que me llevaban directamente al estudio del señor. Dormitaba. Le soplé en sus párpados. Le dije:
- Don Jaime, le llama Mochita. Su amiga Mochi.
Sabía que ella había sido el gran amor de su vida. Una puta con casta que posó cientos de veces, siempre con mantón de Manila al lado de un violón.
- ¡Mochita enana! ¿Dónde está Mochita?-dijo don Jaime.
- Al teléfono, señor.
- ¿Tengo que bajar?
- Aquí no hay más que un teléfono. En casa de los Batarrita, tienen cuatro.
- ¡Los Batarrita son muy ricos!
- Todo el mundo sabe que nos están robando las chimeneas de las fábricas. Espere, señor, que le quite una mancha verde que tiene en el hombro. Es una mancha preciosa.
- Todos los colores son hermosos. Deja mi mancha.
- Doña Antonia no le hubiera dejado hablar por teléfono con esa mancha verde.
- Doña Antonia San Román es difunta. Ahora me deja hacer lo que quiera.
- Usted lo hace, pero a ella no le gusta
- ¡Mochita!- gritó don Jaime con voz juvenil- ¿Eres tú?
- ¡Mochita enana, jodida y requetejodida! Aquí estoy, Barón de Escarpín. Sé una cosa mala que te va a moler el alma.
- No me la cuentes.
- Te la tengo que contar. Ha venido Fortunata, Nata, Nata, la puta de Villaconejos, amiga de Ángela Societé. Ya sabes.
- Calla, bruja. Hoy es día de difuntas. No me hables de ángeles muertos. Ángela Societé. ¿Qué sabes tú de Ángela Societé?
- Lo que me contaste un día. Te dejó huella. Luego se murió comprando fresas a un cojo. Debieran de prohibir vender fresas a los cojos. Matan.
- Todos los muertos te labran el cuerpo.
- Fortunata Nata, Nata, la puta de Villaconejos cuenta que un día le presentaste a Lukas.
- Puede ser.
- Lukas está en París.
- A mi pesar.
- Ella lo ha visto. Fortunata trabaja de camarera en un cabaret donde van escritores. Parece ser que Lukas es escritor. No lo malees. ¿De qué viven los escritores?
- Lukas quiere ser escritor, sí. Escribe cuentos. ¿Qué quieres que haga yo? A mi no me parece mal que vaya a París a gastarse unos cuartos y sueñe con ser Cervantes. Lo que me parece mal es que huya como un ladrón, sin despedirse, con una maleta llena de ceniceros de plata, tortugas cinceladas y dos telas mías para malvenderlas en el Mercado de las Pulgas. ¡Ay Mochita! ¡También a los ricos nos salen hijos locos!
Cerré los ojos. Recordé aquel andar de medio lado que tenía el muchacho, como un perro cojo, como un perro apaleado por jugar con una gallina de pelea. Esperé a que el señor colgara el teléfono. Me coloqué frente a don Jaime. Me miró extrañado. Levantaba las cejas y me contemplaba con estupor. Consideré que su turbación había llegado a su punto final. Dije con pereza:
- Las dos telas que se llevó Lukas a París se las puse yo en su maleta. Seguramente me debe mucho más de lo que pueden valer. Llevo setenta y tres años brochando el suelo que ustedes manchan con las suelas de eso zapatones ingleses que se poner para jugar al golf. Y otros setenta hablando por teléfono como una idiota.
Se hizo el silencio. Era una tregua. Ninguno de los dos, señor y criada, nos imaginábamos por donde se iba a descoser nuestra relación. Me temblaban las bolas de los ojos. Don Jaime me miró aturdido. Se agachó. Se desabrochó sus zapatos. Se los quitó y salió descalzo de la habitación. No me encontraba bien.
Aquella misma tarde subí al camarote y lo revisé a conciencia. Había un ángulo metido en otro ángulo y éste dentro de un trapecio de paredes. Me costó llegar al fondo. Encontré dos cojines. Uno lo puse en el suelo y el otro lo recosté contra la pared. Sabía que no iba a subir allí nadie. Ni tan siquiera que me buscarían en ningún lugar del mundo. Todos pensarían que me había marchado. Llené una botella con agua y me senté en mi escondite. Me di de vida lo que el agua de la botella me durara y quizá algún día más.
 
Los huesos de Melitona Sangróniz aparecieron cinco años después. Un hijo de don Jaime la reconoció por su lazo sempiterno. Ordenó a un criado que llevara los huesos mondos al cementerio con el recado de que ya pasaría él a decir donde ponerlos. El criado los metió en una maleta pequeña en donde todavía había pellejos de alubias, los dejó encima de unas zapatillas de encerar el suelo y cerró el camarote con llaves.



Arrigúnaga, 18 de agosto de 2013.


 
FIN

 






sábado, 3 de agosto de 2013

LA DECISIÓN DE LUKAS (De la saga MOCHITA. MCMLXV)


A don Jaime Iturrate no le llevaron a la tumba sus ochenta y dos años ni el disgusto que tuvo con el Director del Museo de Bellas Artes. Al abuelo le llevó a la tumba el disgusto que le dio Lukas cuando se marchó a París a encontrar su vida y que la abuela se muriera sin avisarle. Son  puñales que roen el corazón. El abuelo quería estar todo el tiempo pegado a las pulsaciones de su nieto sin pensar que el muchacho había cumplido 20 años y sentía asfixia de él. Parece ser que el anciano había olvidado que gran parte de su juventud la pasó en París, primero con una beca de la Diputación Provincial y más tarde cinco añazos, cinco, en Italia, en el estudio de los mejores profesores. Eso sin contar todos los viajes que hizo a París en busca de putas para pintarlas con media teta así y medio culo asá y para comprar tejidos mágicos, satenes y sedas para copiar sus brillos y veladuras con sus colores cálidos encima de la carne de los retratos. Y cuando le dio la chaladura de pasarse horas muertas copiando las hilanderas en el Museo del Prado porque decía que se le estaba olvidando pintar. Y los viajes a Londres con la abuela a su casa de Wimbledon Park y aquellos trayectos que hacían en metro a Horrods, en Knightsbridge  a la sección de Food & Wine. El exquisito abuelo de Lukas, don Jaime Iturrate, Tercer Baron de Escarpín, podía hacer lo que le picaba por ser quién era y Lukas no podía hacer lo que le pedía su coco, que eran muchas, muchas cosas. Por eso tenía el corazón revuelto, ácido, con esa especie de sal gorda que lo envuelve cuando eres joven y hasta la piel del cuerpo se siente infeliz. Lo hizo. Pero lo hizo mal. Sucio. Como un maleante. No tenía dinero. En casa había muchos cachivaches inservibles: pequeñas colecciones de cajitas, un microscopio, los muñecos de su bisabuelo que permanecían en una pared de un cuarto que siempre le dio yuyu; colecciones de mariposas atravesadas por un alfiler de cabeza dorada. Cogió algo de todo También un par de banderillas de corrida de toros y lo que no debió coger nunca: dos lienzos de tamaño pequeño pintados por su abuelo al aire libre. Lo malo es que no tenía ni idea ni en donde, ni a quién, ni cómo podría vender su hurto. Lo peor: ni siquiera sabía lo que podría pedir por ellos. Lo plegó todo en el fondo de una maleta también del abuelo y se fue, adiós para siempre, adiós, en el tren de  San Sebastián y por último en el Topo a Irún. Cruzó el largo túnel que conduce a Hendaya. Mostró su pasaporte y se sentó cerca de las once de la noche en un tren en cuyos coches pendía un letrero blanco con el nombre París. Lukas ya había estado en París con el abuelo viendo pintura en el Louvre, en el Museo de Arte Moderno y en otro con la fachada plagada de cañerías de colores, algo realmente feo para ser un museo. Y también en Les Halles, la gran despensa de París, comiendo mejillones al vapor y ostras con limón. Subió en un vagón de segunda clase y se sentó frente a un hombre de treinta a cuarenta años con los ojos muy grandes. Cuando el tren comenzó a rodar por la playa de vías de Hendaya, el hombre de los ojos grandes, que estaba sentado enfrente de él, le dijo con una voz envolvente:
-¡A París!
-Sí señor, a París.
-Su maleta cuesta mucha plata. Mejor que la deje a buen recaudo si no quiere quedarse sin ella.
-Sin la maleta.
-Sin la maleta y sin lo que lleva dentro.
Levantó la cabeza y la miró. Su cuero color whisky cubierto en parte por pegatinas de grandes hoteles no le dijo mucho. Recordó su contenido. Miró a los ojos grandes del hombre de enfrente y sin pensarlo dos veces, se levantó, se estiró y recuperó su maleta. Luego la puso en el suelo, entre sus piernas y la pared del coche. El argentino, porque el hombre de enfrente era argentino, le sonrió y cerró sus ojos grandes. Los dos primeros días Lukas vivió en su casa, en el Marais, en un apartamento que daba a un patio interior en donde olía a aceites y alcoholes provenientes del taller de un luthier que tenía un loro. En el patio había además una tienda de mantequilla, una docena de gatos, un cojo que algunas veces se atrevía a salir a pedir al callejón y, en medio, una higuera vieja, seguramente de la época de la Revolución, pero todavía vigorosa, que  conducía a Lukas a un libro recién leído La muerte de la higuera, de Robert Sabatier, en donde también había un patio con una higuera y un fabricante de violines que se llamaba Cremonesi. Al tercer día salió en busca de su propio apartamento porque el argentino de los ojos cautivadores le estaba siempre mirando. Después de caminar toda la noche se encontró en la calle Paul Valery, no muy lejos del Arco del Triunfo, frente a una formidable casa y frente a su portal (por poco la pisa) una mujercita vestida de azul, con el pelo teñido de azul y con dos brochazos azules en las mejillas. Entonces recordó que hablaba francés y le preguntó si sabía de algún lugar para alquilar por los alrededores. La mujercita le dijo que un médico del segundo piso alquilaba una guardilla a buen precio. Sólo le preguntaron si era estudiante o escritor. Dijo que ambas cosas. Y al poco se vio dentro de un espacioso lugar en donde había una gran cama, un sofá nuevo, un tocador que servía de mesa y al fondo una fregadera al lado de una cocina eléctrica. Al marcharse le mostraron el retrete en el pasillo, común para todos los rectos de las guardillas y le anunciaron que podría bajar a su casa los jueves a bañarse. También le dijeron que si se sentía enfermo, el médico le atendería y no le cobraría. Les dio las gracias y cuando se encontró solo abrió el maletín, sacó la poca ropa que había traído consigo y dejó su tesoro en su interior. El  italiano le había informado cómo debía llegar a la puerta de Clignancourt, al mercado de las Pulgas, en donde se ponían los domingos vendedores de toda clase de objetos. Fue. Llevó las banderillas y dos cajas con mariposas. Se colocó al lado de un viejo que vendía cartas de amor auténticas por un franco nuevo y otro que vendía dientes postizos también auténticos. 
El viejo que vendía cartas de amor le dijo que los dientes postizos eran de gente fallecida y el que vendía dientes postizos le aseguró que las cartas de amor las escribía él con tinta china aguada. Cuando llevaba una hora en pie, el de las cartas de amor le preguntó si era brocante o turista. Lukas le respondió que en el paquete llevaba un par de banderillas y unas mariposas disecadas.
-Togó -le dijo muy interesado.
-Sí. De toro. Son verdaderas. Quiero decir que se usaron en una plaza de toros con un toro muy bravo. El toro se llamaba Solimán. Todavía tienen manchas de sangre. Mire.
En el momento de mostrar las banderillas se hizo un corro a su alrededor. Un hombre de piel muy blanca y con mucho tocino le preguntó si quedarían bien en la pared del cuarto de baño. Un americano afirmó a su esposa que era un recuerdo maravilloso del viaje. “Estamos en París, no en Madrid”. Le respondió ella. Luego desaparecieron todos.
-Siempre es así -le dijo el de las cartas de amor-. Miran la novedad. Tú ya has echado el anzuelo, ahora a esperar. Creo que volverán los americanos.
Volvieron después de comer, a media tarde.
-¿Cuánto?
-Cien francos.
-Cincuenta.
-Cien francos. Son verdaderos.
-Cincuenta.
-Cien. Valen más.
-Cincuenta.
Entonces le entró una especie de pánico escénico. Comprendió que el turista estaba a punto de irse y dijo bajando la voz:
-Cincuenta.
El viejo de los dientes le dijo:
-Si usted quería cien, tenía que haber pedido doscientos. Es la regla.
Le iba a responder algo pero prefirió marcharse a casa. En el fondo estaba loco de alegría. Se compró una baguette y jamón de Bayona para cenar. Se sentó frente al tocador y escribió:

“En el fondo se querían como lo que eran: un vendedor de dientes postizos y un vendedor de cartas de amor. Sus herramientas de trabajo eran parecidas. El vendedor de dientes postizos usaba una pequeña lima para amoldarlos a las encías de sus clientes. El vendedor de cartas de amor tenía una pluma de mango azul y tres aceros ingleses con los que copiaba las cartas de un catón del siglo XIX. Vivían juntos y dormían en el mismo catre dándose la espalda, porque no tenían más. Comían del mismo plato y bebían del mismo vaso. Tan sólo hacían una cosa íntima con diferente material: limpiarse el culo. El vendedor de cartas lo hacía con Le Monde. Era de izquierdas. El vendedor de dientes postizos lo hacía con Le Figaró. Era de derechas”.

  Lo leyó despacio y se levantó de su silla dando un respingo. Aquello era el comienzo de un cuento. Por lo menos de un cuento que lo enviaría Dios sabe dónde para que se lo publicaran. Era bueno. Estaba seguro de que era bueno. Se volvió a sentar en la silla, frente al espejo del tocador. Volvió a leer lo que había escrito y volvió a levantarse y a dar otro respingo. Entonces se vistió el chaquetón y salió a la calle a caminar hacia la puerta del Lido. Allí había carne con dos piernas y dos piececitos con zapatos de tacón que olían rico. Maracumba teté. La última vez que estuvo en París con el abuelo, por las noches se tenía que quedar en la cama del hotel porque don Jaime Iturrate se vaporeaba bien el cuello y los puños de la camisa con aquella colonia que olía a azúcar y miel y salía con un cuaderno grande y media docena de lapiceros en busca de putas gordas o demasiado flacas para plasmarlas de alguna manera, siempre soltando plata. Al amanecer, cuando llegaba a la habitación del hotel, encendía la luz de una lámpara de lectura y según iba pasando los apuntes bajo los rayos de la lámpara, rasgaba con rabia el papel y cuando terminaba de rasgar toda su cosecha se echaba en la cama vestido y se quedaba dormido casi sin respirar, como un muerto reciente. Era cuando Lukas se vestía en silencio y salía a trotar, a mirar los carteles de los cines, a apoyarse en una puerta del Lido para ver el tipo de gente que abandonaba el local, ya empleados y algunos pelmas que corrían a la orilla de la acera, a las bocas de riego a echar la vomitona. Una madrugada apareció una negrita, una negrita con el pelo corto y un vestido marrón ceñido al cuerpo, ceñido como un látex al sexo de un hombre potente. La negrita parecía una muchachita linda, una jovencita con el vestido de goma marcándole sus formidables curvas de mujer, porque era una mujer con todas las de la ley. La negrita se quedó en la puerta, seguramente esperando a alguien, pero todo el tiempo que estuvo esperando a alguien no dejó de mirar a Lukas, por lo menos cuatro minutos sin dejar de mirarle, hasta que se apagaron las cientos de bombillas de la fachada del Lido y el cielo apareció nublado, sin luz suficiente para sentirse alegre, con esa luz que traen los días feos, de color leche. Estaba esperando a un hombre grande y gordo, pelirrojo como una zanahoria recién arrancada de la tierra, que le puso su mano derecha, grande, grande, en medio del culo y la negrita dijo:
-¡OOOOOOHHH!
Y el hombre pelirrojo con una voz de eco de tripa de barrica, como tenía que ser, dijo:
-¡Mira, mira allá en el árbol, en la rama que se inclina, un murciélago se pone a dormir!
Lukas también miró. Y la negrita al pasar junto a él le dijo al hombrón. ¡Anda, dale al chaval cien francos, que me ha estado protegiendo de los golfos de la noche mientras tú llegabas. El tío metió la mano en el bolsillo y le dio cien francos (de los viejos, claro) y un pescozón. El murciélago no era murciélago sino un gatito negro, todo negro, que maullaba desde allá arriba. Lukas iba a subirse al árbol, pero entonces llegó un guardia y le dijo:
-¡Ni se te ocurra! Déjale, siempre baja sólo. Es de las chicas de la limpieza del cabaret.
Lukas no llegaba a los trece años y corrió al hotel a despertar  a su abuelo para contarle lo que le había sucedido, pero su abuelo había volado a alguna parte. Lo encontró una hora más tarde en Las Tullerías pintando un rincón con su caballete plegable y su taburete de lona también plegable.
-¿Es que vas a vivir sin dormir, abuelo?
-¿Qué quieres que haga si es lo que más me gusta hacer? Ya tengo muchos años. Pronto me doblará el reuma, se me nublarán los ojos, me apresarán los catarros y ya no podré pintar.
Desde entonces habían transcurrido seis o siete años y el abuelo seguía pintando con trazo firme. Lukas pensó en él. Encontró una cabina telefónica y llamó a casa. Como siempre se puso la criada Melitona. Después se puso su madre. Escuchó el chaparrón y pidió que se pusiera su abuelo.
-Abuelo, estoy en París escribiendo.
-Está bien que estés en París escribiendo, pero por lo que más quieras no vendas esas dos telas. Valen mucho dinero para darlas a un chamarilero por cuatro perras. Además, las quiero mucho. Te ruego que no las vendas. Dame tu dirección y te mandaré dinero para que regreses a casa inmediatamente. Te necesito aquí.
-Ya me las arreglaré. Ya tengo veinte años-colgó con rabia.
Se arrepintió de haber llamado. Era como si su libertad total hubiera desaparecido de pronto. Su alegría se tornó en tristeza. Desde que cerró la puerta de su casa hasta hacía unos segundos había estado flotando en una feliz independencia que nunca tuvo. Una simple llamada de teléfono la había barrido. “¡Mierda, mierda, mierda!” “¿Es que siempre voy a tener que depender de él?” Dejó la puerta del Lido y echó a andar por los Campos Elíseos hacia la Place de la Concorde, pasó las Tullerías, el museo del Louvre, cruzó Le Pont Neuf y se encontró con Notre-Dame. Subió las escaleras de caracol, recorrió el pasillete, se recostó contra el tejado de la catedral y sonrió. Sus ojos abarcaban mucho, lejos, hasta muy lejos. Su corazón comenzó a latir con fuerza sacando de su fondo, como de un pozo, su perdida rebeldía. Seguía estando en París. Solo. Todavía tenía algo de dinero, el Café de Flore seguía estando en el Boulevard Saint Germain. Lukas volvió a sentir el abrazo de la libertad. No fue al Café de Flore. Bajó las escaleras de caracol sin pedir perdón a los que subían, cruzó el Puente Nuevo, recorrió las Tullerías, cruzó la Plaza de la Concordia y recorrió los Campos Elíseos hasta El Arco del Triunfo. Llegó a Paul Valery, trepó las escaleras, entró en el retrete y antes de hacer lo que tenía que hacer, robó tres cuadrículas de página de periódico de cada uno de sus vecinos y las clavó en la letra E, que era la letra de su cubículo. Entró en su apartamento y se sentó frente a la tabla del tocador. Escribió:

“El vendedor de dientes postizos era polaco, hijo de un mecánico dentista y de una bailarina de ballet. De observar a su padre, aprendió algo de su oficio y de mirar a su madre aprendió a mover con delicadeza sus manos y a caminar batiendo con melindre sus caderas. Su madre y su padre le odiaban porque había nacido fuera del matrimonio y les forzó a casarse. Pero no le pegaban. Sin embargo, le odiaban tanto que una noche le cerraron la puerta de casa y ya no le dejaron entrar más.
“El vendedor de cartas de amor era francés. No tenía ni padre ni madre conocidos porque era de la inclusa. Una monja gorda  le enseñó a escribir con letra inglesa y otra monja pervertida a confeccionar cartas de amor. Cuando le llegó la edad de dejar el orfanato escribió la carta de amor más obscena de su vida y se la dio a la monja gorda como agradecimiento de sus excesos. Fue ella la que le enseñó las partes del cuerpo humano femenino singular y sus usos en clases particulares de no más de un cuarto de hora de duración en su catre de reverenda desde que cumplió doce años. A la monja flaca, la que le enseñó a despertar su imaginación, le regaló su libro de misa con dibujos escabrosos”.

Cogió el folio del día anterior y lo pegó en el cristal del tocador. Hizo lo mismo con éste y lo pegó a su lado. Lo leyó todo seguido. Recordó los cuentos ñoños que guardaba en su casa, los que escribía para su abuelo y se los leía mientras él pintaba en su estudio, casi siempre sentado de espaldas a un inmenso retrato, decían que de la primera baronesa de Escarpín, una mujer imponente con un vestido de niña con un vaso de oporto en su mano derecha. “La mano derecha sólo la usaba para beber, la izquierda era su verdadera herramienta”, le decía su abuelo. “Lo que estoy escribiendo es un cuento de adulto. ¡Esto es lo que quería hacer! ¡Dios!” Pegó un brinco y salió en busca de una baguette y jamón de Bayona. Se creyó un escritor con todas las de la ley. Revolvió su flequillo, echó de menos una bufanda negra y una chaqueta con coderas. Por la acera de enfrente pasaba Vargas Llosa.
-¡Maestro!-gritó-. El escritor levantó ambos brazos y le saludó riéndose.
Al día siguiente fue al Sena a ver qué tenían los libreros de viejo. Una mujer con dos o tres abrigos y con mitones en sus manos guardaba en su cajón gris una buena carga de libros de pintura. Lukas le enseñó un librito de antes de la 1ª Guerra Mundial que había cogido de la biblioteca de su abuelo. La mujer le miró y remiró. Al rato alzó la vista y dijo:
-Cuarenta francos.
-Cincuenta-dijo Lukas.
-Cuarenta y cinco. Es mi última palabra.
-Está bien.
Lukas se sintió libre, rico y feliz. Le gustaba tumbarse en su cama y saberse solo, con la certidumbre de que nadie iba a llamar a su puerta porque nadie necesitaba nada de él. Escuchaba la lluvia golpear en los cristales que daban al patio y cuando granizaba, el picoteo de los granos en el tejado. De vez en cuando se levantaba y miraba por la ventana a las otras ventanas.
Nunca se asomaba nadie al patio.
Oía pisadas en el pasillo. Unas veces se detenían antes de llegar a su puerta. Después escuchaba el ruido de la llave y al de unos segundos un portazo. Era todo lo contrario de lo que sucedía en su casa. Allí había demasiada gente para poder sentirse solo. Entre la familia y el servicio lograban asfixiarle y echarle de casa. En realidad, sólo el abuelo respetaba las idas y venidas de la familia con su habitual silencio. Aquel silencio se había acentuado desde la muerte de la abuela, doña Antonia San Román, una noche de frío y lluvia en la que no pudieron encontrar al abuelo en ninguna parte. La abuela se había puesto enferma a media noche de algo malo en el corazón. Guillermo, su hijo mayor, que llegó a tomarle el pulso cuando todavía respiraba dijo que tenía el corazón loco. Cuando llegó el médico, Enrique, su otro hijo, dijo que su madre se había muerto con el corazón loco. “Posiblemente ha sufrido un infarto”, dijo el médico. “Algunas veces el corazón se vuelve loco para morirse”, añadió el médico, no se sabe por qué. Por eso en casa de Lukas nadie pone en duda que la abuela se murió con el corazón loco. Don Jaime Iturrate había estado en un garito nuevo en el que le habían dicho que habían arribado cuatro morenas andaluzas con las pecheras gordas. Se había pasado la noche intentando pillar el mohín a una puta tapón que olía a colonia y fatiga y le trataba de marqués. Al amanecer recogió sus cachivaches como un pescador con mala suerte y llegó a casa cuando salía por la puerta principal el párroco de San Ignacio con la solapa del abrigo en las orejas y los óleos en el bolsillo.
-Mejor que entre y ponga orden -le dijo el párroco-. Ahí les he dejado discutiendo si es mejor dejarla en la cama de cuerpo presente o  en el ataúd.
-¿Es que se me ha muerto alguien? -preguntó don Jaime con el sueño en sus párpados.
-Doña Antonia. Se le ha muerto doña Antonia, mientras usted manchaba su pincel.
Don Jaime se deshizo de sus bártulos para ir a agarrarse en donde pudo. Lukas, que lo vio desde los cristales de la escalera salió a socorrerle.
-Corrieron a buscarte pero no te encontraron. Espera, vamos a recoger tu maleta. Se ha muerto de repente, abuelo. Sólo el tío Guillermo llegó a tomarle el pulso - Ambos se agacharon y comenzaron a meter pinceles, espátulas y tubos en la maleta de madera. Don Jaime amarró el maletín contra su pecho y entró en la casa seguido de su nieto. Don Jaime Iturrate subió las escaleras y enfiló sus pasos hacia su habitación. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a hablar con la muerta. El servicio dijo que la riñó por haberse muerto sin esperarle. Pero el servicio de don Jaime siempre tuvo demasiada imaginación. Cuando salió de su habitación dijo a sus hijos:
-Siempre pensé que me iba a sobrevivir.
Desde entonces, don Jaime comenzó a distanciarse de su familia. Sólo sonreía cuando Lukas le leía sus disparatados cuentos. Al resto de la familia les trataba con el cariño de siempre y a sus dos hijos les preguntaba que qué tal iban las cosas en la fábrica. Ni a don Jaime le interesaba cómo iban las cosas en la fábrica ni sus dos hijos tenían idea de las cosas de una fábrica que ya no era del todo de la familia. Ellos tenían dos preciosos despachos de caoba por los que don Jaime luchó con el consejo de administración para que sus hijos no se quedaran sin tener a dónde ir. Ni Guillermo, el mayor, ni Enrique, el menor, acabaron el bachillerato. Además de los dos flamantes despachos, les dejó algunas representaciones de venta de hierro y un sueldo suficiente para poder vivir sin trabajar. Tampoco él entendía demasiado de transacciones mercantiles ni falta que le hacía. Sus dos hijos eran solteros y vivían en la casa que un día levantó el abuelo de don Jaime, el Primer Barón de Escarpín. La chica, como llamaba don Jaime a su hija Rebeca, estaba casada con un bailarín cubano, que se movía por los teatros de Europa como profesor de ballet clásico. Guillermo y Jacinto, sus hijos, apenas lo conocían de vista. Rebeca, la madre de Lucas, estaba locamente enamorado de él y casi siempre estaba de viaje. El bailarín se llamaba Emeraldo Renato Renato. Poco antes de casarse don Jaime le preguntó si sus papás eran primos y él le aclaró que era hijo de padre desconocido y que lo de repetir el apellido fue cosa de su mamá para no quedarse sólo con uno.

En las largas tumbadas del último piso de Paul Valery, bien envuelto en una manta, Lukas pensaba muy a menudo en su familia. “Mucha gente y poco amor”. La casa era lo suficientemente grande para tener cada uno su agujero “¡Menos mal!” Y hasta si estudiabas las costumbres de sus moradores no era difícil atravesar sus largos pasillos y extensos salones sin cruzarse con nadie. Hasta las criadas, casi todas viejas, realizaban su trabajo con independencia. Sólo el tío Enrique no guardaba las formas y recibía a sus muchachitos de trece y catorce años en el salón de las butacas y les repartía meybas de pata corta para que se probaran y poder ver a quién le quedaban mejor. Los chavales, casi todos de un colegio de frailes, dejaban guiñándose los ojos que su tío Enrique les pasara el brazo por sus hombros, aunque Encarnita, una chacha vieja como el trinchante del comedor, contó sujetándose los dientes postizos, “se me caen de la risa”, decía ella, cómo don Enrique le quiso tocar la aldaba a un chaval crecido y éste le meó en la mano sin ninguna consideración ni a la edad ni al recato. El tío Enrique era marica sin más. No era de los que dejaba caer las manos dibujando ángulos rectos, ni de los que arrastraba las sílabas cantando. Era un hombre bien hecho al que le gustaban los chicos no se sabía hasta donde. Alguna vez el abuelo le dijo que debiera de elegir amigos un poco mayores, más que nada por el qué dirán.
-La pureza tiene edad.
-Y la edad aleja a las leyes y a los jueces -le respondió el abuelo.
Lukas escuchó alguna vez al abuelo regañar al tío Enrique, sobre todo cuando el abuelo se encontraba con un tropel de críos corriendo por la terraza, pero no se quedaba a escuchar sus razonamientos porque sabía que el abuelo llevaba razón y que su tío se podía poner realmente cursi.

El vendedor de dientes postizos se puso enfermo de temblor. El vendedor de cartas de amor llamó a un médico negro que trabajaba en el dispensario del barrio, que cobraba una pastilla de mantequilla o lo que tuvieran en casa sin usar demasiado. Les dijo que nadie se moría de temblor pero que se temía que ya no podría ajustar dentaduras de muerto a ningún vivo. El vendedor de dientes postizos metió en una maleta todos los paladares antiguos, aquellos que tenían color a teja mojada y también dos docenas de cajas de dientes clasificados en molares, premolares, incisivos, caninos y dientes en general. Le vendió las dos maletas a un colega especialista en accidentes cinematográficos de rostros, sacó un billete para Marsella y se fue a vivir con una hermana que tenía una tiendecita de flores de papel para cementerios. El vendedor de cartas de amor sintió la soledad del catre vacío desde la primera noche que reparó en la huída del sacro del vendedor de dientes postizos. Y no pudo conciliar el sueño ni esa ni todas las noches venideras. El vendedor de cartas de amor probó en sustituir los duros huesos de su compañero de catre con piedras planas de la calle envueltas en paños, con el cazo de hervir la leche y con el pucherito de hacer café. Fracaso total. Tras un mes sin dormir acudió a la consulta del médico negro con un paquete con castañas calientes. El médico negro le dijo que sufría de una enfermedad de amor que le llamaban ausencia del hueso mullido y que no se curaba nada más que con la recuperación de sus costumbres difuntas. Entonces el vendedor de cartas de amor recogió todos sus bártulos y se los vendió a una mujer que escribía guiones de radionovelas para una emisora que sólo retransmitía novelas de amor para los obreros del relevo de las seis de la mañana. El vendedor de cartas de amor sacó un billete para Marsella y se fue a vivir con el ex vendedor de dientes postizos que, además de seguir enfermo de temblor también echaba de menos el espinazo del vendedor de cartas de amor. Desde entonces ambos viven en casa de la hermana del vendedor de dientes postizos, duermen en la misma cama y han experimentado bienestar en sus enfermedades.

Lukas leyó los tres folios seguidos, dio tres brincos y metió los tres folios que le habían ocupado el cuento en un sobre y se los envió a su abuelo. Había decidido ser escritor. Antes de embuzonar el sobre, lo besó. Sabía que cuando el abuelo los leyera se daría cuenta de que la decisión de Lukas era inmutable. Tan inmutable como la que sintió él por el amor a la pintura.
Su abuelo le había contado infinidad de veces que la vocación no llama. Llega.


FIN