jueves, 10 de abril de 2014

EL NEGRO QUE ROBÓ UNA NARANJA

     
     Mi abuelo me dijo que mató a un caimán en el río Orinoco. Lanzó el arpón y se lo clavó en su testuz. Mi abuelo me llamaba trasto. Un día cogió dos limones grandes del limonero y me dijo que se los llevara a mi madre. Son cosas que me acuerdo de cuando mi abuelo era un viejo feliz. Luego se murió mi abuela y se convirtió en un viejo triste. Dejó de sonreír y de fumar en su pipa de espuma. Tampoco se afeitaba todos los días. Y ya no me enumeró más el nombre de la parte del mundo en que se encontraba navegando cuando nació cada uno de sus nueve hijos. Pero aunque su carácter se había vuelto melancólico, me gustaba estar a su lado. Mis amigos decían que era el perrito de mi abuelo. No me importaba que me llamaran el perrito de mi abuelo. Me gustaba que me cogiera de la mano con la suya, que era grande y siempre estaba fría. Me dejaba tomarle el pulso en la muñeca. Sus latidos eran pujantes. 
     El perro de mi abuelo se llamaba Verde. Era más viejo que yo.
- ¿Cuántos años más que yo tiene Verde, abuelo?
- Es unos años más antiguo que tú. Los perros se desgastan antes que los niños. Yo he gastado siete perros en mi vida. Cuando se muera, entiérrale en la mar.
Mi abuelo algunas veces llamaba Rufián a Verde. Rufián debió de ser su perro preferido, porque se le escapaba su nombre a menudo. Mi abuelo escribió cinco libros. En los cinco había un perro que se llamaba Rufián. Mi abuelo tenía muchos secretos. Creo que toda su vida fue un gran secreto. Mi maestra solía decirnos en las clases de lectura que los grandes hombres que nos han dejado libros profundos, generalmente han sufrido mucho en su vida. Sin embargo, mi abuelo me dijo que no hiciera demasiado caso a las frases colosales de los maestros. Todas las cosas tienen su pero, niño trasto. Porque ha habido grandes escritores que nos han dejado obras irrepetibles sustituyendo el sufrimiento por la imaginación. Instrucción, talento e imaginación eran, según él, las tres herramientas para no morirse tonto.
Me llevó a su cuarto y sacó de un cajón, que a su vez estaba dentro de otro cajón, un estuche. Desempolvó un cuaderno con resguardos de madera y me lo dio para que leyera en paz alguna de las cosas que aprendió. Además de mostrarme el secreto de su armario, me permitió ver los porqués de una lista de saberes que me hicieron preguntarme por las curiosidades resueltas del abuelo. Había más de mil. El abuelo conocía la historia del té, por qué no vemos en la oscuridad, por qué nos quedamos dormidos. Sabía la fábula del calvo y la mosca, sabía desenterrar la luz solar, sabía cómo distribuía un león las horas del día, qué fuerza hace volar a las flechas, por qué contamos por docenas, sabía con qué producen las abejas los zumbidos, si las flores duermen de noche, conocía la historia de la bicicleta, por qué se apaga el fuego, sabía hacer pompas de jabón, un violín con una caja de cigarros, tinta invisible, dulce de coco, un globo. Sabía por qué nos inquietamos, a dónde va a parar el humo, la historia del caballo, por qué las gotas de lluvia son a veces grandes y a veces pequeñas, por qué no nos vemos a nosotros mismos en los sueños. Sabía muchos poemas y docenas de historias. Pero no sabía por qué no se dejaba besar por los niños. Yo nunca conseguí dar un beso a mi abuelo. Recuerdo que lo intenté cuando era pequeño. Ante sus aspavientos no tuve más remedio que dejarle tranquilo. Su faz era inexpugnable.
Mi abuelo se llamaba Sosías, pero le llamaban José. Decía que era hospiciano, hijo de una madre mendicante que le olía el aliento a compota de manzana. No recordaba más de ella. Tampoco sabía ni cuándo ni cómo se murió. Sólo contaba que su aliento olía a manzana. Yo sabía que el abuelo se iba a morir llevándose consigo la historia profunda de su vida. Y sentía pena cuando una pregunta mía le sumía en un mutismo que lenizaba su carácter, como si le hubiera metido morfina en su sangre. Porque paraba sus ojos azules en alguna parte de mi rostro y esperaba que alguna mueca mía le revelara mi conformismo con su manera de ser. Cuando su martirio pasaba de largo, me llamaba trasto y se iba a refugiar a su cuarto, que era grande y luminoso. Tenía una ventana doble y un antepecho con puertas. Frente al antepecho estaba su butaca verde. Se sentaba en ella y se quedaba horas mirando al mar.
También había un tocador con encimera de mármol gris. En el cajón central, dentro de un misal, encontré una foto del abuelo con pajarita negra. Se la robé junto a una flor de pensamiento prensada en las páginas de una misa de Pentecostés. Era un pensamiento amarillo y violeta, de los que la abuela plantaba entre unas piedras subidas de la playa. Al día siguiente el abuelo me vino a buscar a la cama.
- ¿Qué has hecho con ella?-me preguntó con sus ojos en mis labios. Me sonrojé.
- La foto…-balbucí.
- Déjate de monsergas. 
Abrí el cajón de mi mesita de noche y saqué su cuaderno con cubiertas de madera, el que me dejó para que leyera sus conocimientos. Al descubrir el pensamiento extrajo el misal del bolsillo de su chaqueta y lo abrió con precisión por la misma página en donde había dormido. Sus torpes dedos se acercaron a ella para pellizcarla como si se tratara de las alas de una mariposa.
- ¡Espera!-dije.
Salté de la cama, corrí al cuarto de baño y cogí las pinzas de mi madre. Me esperaba con el misal abierto. Mordí los cálices secos con la precisión que mi padre pinzaba sus sellos y los coloqué en su sitio. Luego hice lo mismo con su fotografía.
- Eso no quiero- dijo mi abuelo. 
Busqué su rostro para ver su enfado. También había enrojecido. Aquel día comprendí que el cuarto del abuelo permanecía vivo, que cuando se encerraba en él no era solo para sentarse en su butaca y barrer con sus prismáticos las cubiertas de los barcos que entraban y salían del Abra. Las puertas de su ropero tenían llaves. También los cajones de su tocador y de su mesa de despacho. Y las llaves rara vez estaban en su sitio. Una vez llegué a ver en un cajón de su despacho una estacha con el mango cubierto de cuerda trenzada. Al lado de la estacha asomaba el cañón de un colt. El abuelo velaba los despojos de su vida como un soldado patrulla su puesto de guardia.
Me gustaba verle cubierto con su gorra de capitán. Se la ponía para ir a los entierros y cuando venía a visitarle un mayordomo tan viejo como él. Para asistir a los entierros se ponía la gorra de plato con las dos anclas bordadas rodeadas de laureles. Verde se ponía contento y si no le encerrábamos, le seguía ladrando hasta la iglesia. Aunque el cura se enfadaba, el abuelo dejaba sentarse al perro a sus pies.
- Deje en paz a mi perro. Hemos vivido juntos muchos temporales como para que no pueda acompañarme a los funerales de mis vecinos.
El mayordomo venía con sombrero de alas. Algunas veces se encerraban en el cuarto del abuelo y permanecían dando voces y pegando puñetazos encima de la mesa del despacho. Un día le oí al abuelo decirle:
- No vengas a romperme la paz.
- ¿Qué paz te rompo?
- El silencio.
Don Claudio no vino más.
Sucedió después de morirse la abuela. Y es que desde que ella se fue, al abuelo le pesaba el mundo.

El abuelo se murió tres años después que la abuela. Primero dejó sus paseos. Después se sentaba debajo de la parra en una silla de cuerdas. Un día la cambió por la butaca verde de su alcoba. Vivió el verano casi sin hablar. Yo me sentaba en el suelo mirándole cómo me miraba. Sus ojos azules se posaban en los míos como si no me conociera. Hablaba poco. Frases perdidas. Un día alargó el brazo como para retenerme y dijo:
- El negro de abajo es mío. Recuérdalo. 
No dijo más. Le interrogué de cien formas diferentes para llamar su atención. Fue inútil. Al mediodía pregunté a mi madre si ella sabía lo que me había querido decir el abuelo.
- Está perdiendo la cabeza- dijo.
No me conformé. Menos, al advertir que el abuelo empezó a jugar con sus cejas y a mover el azul de sus ojos. Desde el primer momento supe que me quería decir algo.
- El negro es tuyo-dije despacio.
- Es mío. Pero puedo asegurarte que alguien se encaprichará de él.
El abuelo se puso en pie y luego volvió a sentarse.
- No pienses que yo me voy a quedar con los brazos cruzados-dije para seguirle la corriente.
Tenía una mosca en su frente. Me acerqué a espantarla.
- ¡Ni se te ocurra! ¡Los hombres no se besan!
- No te iba a besar, abuelo. Iba a espantar una mosca que te está molestando.
- Es una mosca cojonera. No hay nada que hacer. Las peores son las de Estambul. ¿Cuántos años tienes?
- Trece.
- Yo subía al palo mayor a hacer guardias con doce años. Te voy a decir una cosa. Dicen que soy un buen viejo. Pero de joven fui más malo que la sarna. Solo medran los malos. ¡Prométeme que serás malo! ¡Muy malo!
Mi madre estaba en lo cierto. El abuelo deliraba despierto. El médico había dicho que tenía los riñones mal. Que no esperásemos milagros. Era el mes de agosto después de la Virgen: la época que la canícula fatiga los pulmones de los viejos. Le solíamos refrescar su rostro con un abanico. Entonces cerraba sus ojos y hacía gestos afirmativos con su cabeza. Le agradaba que le abanicáramos, pero le desesperaba que le pasáramos un pañuelo húmedo por su frente. Me acuerdo. Aquel verano no fui a la playa. Mi mayor preocupación consistía en pensar cómo se puede ser malo, muy malo.
- ¿Dónde está el negro, abuelo?-le pregunté con decisión. El anciano me miró sin ambages. Supe que mi pregunta era correcta.
- Te voy a decir una cosa. Esto es entre tú y yo. ¿Estás de acuerdo?
- Sí.
- Una vez robé una naranja al mayordomo. Era muy difícil robar nada a don Claudio. Descubría al ladrón por el olor. Habíamos levantado anclas en Santo Domingo con la marea de noche. Me dirigía con la naranja al puente de mando. Primero vi una sombra. Después distinguí un cuerpo. Me acerqué al cuerpo. Era un negro que se había colado de polizonte. Disparé a sus cejas y le di en la frente. “Te he visto”, dijo el mayordomo a mi espalda.
- Me has visto qué- le dije.
- Ponerle la naranja en su mano. Esa naranja es mía-me dijo.
Era cierto. La naranja era suya y yo la puse en la mano del negro. Entonces le dije:
- Es un negro africano. Los negros africanos no pueden entrar a su mundo espiritual sin un presente. No les dejan entrar. ¿Qué ofrenda más delicada que una naranja?
“- Escucha”- me dijo el mayordomo. “Mi hija, que también lee libros espirituales, me pidió que le lleve un negro. Regálame tu negro y yo te dejaré coger todas las naranjas que quieras.”
Fue cuando pregunté a mi madre si el abuelo creía en Dios.
- Cuando era joven, no sé. Ahora reza.
- ¿El abuelo mató muchos negros, má?
- Decían que el abuelo tenía buena puntería.
- ¿Tiene pistolas?
- ¡Vete a saber lo que guarda en el sótano de debajo del trastero! La abuela solía quitar el polvo de todas las cosas que almacenaba el abuelo. Desde que se ha muerto, la trampilla está cerrada.

- ¿Dónde está el negro, má?
- ¡El negro!
- A lo mejor está en ése sótano.
- Que yo sepa ahí sólo hay una colección de cosas que el abuelo fue reuniendo en sus viajes por el mundo. Recuerdo que hay pies humanos, bragueros para hernias indomesticables, carracas para matar a Judas, balas, corazas de tortuga, herramientas para modelar dientes postizos y un montón de objetos sin nombre. Pero no recuerdo que haya negros. 
El abuelo se murió mirándome.
Tuve que esperar un mes en encontrarme solo en casa. En el trastero se guardaban latas y botellas de vino. La trampilla que daba a la escalera del sótano se escondía debajo de una alfombra. La escalera era empinada. No había luz eléctrica. Fui por la linterna de mi padre. El sótano era pequeño. En el ángulo noroeste había un cajón con dos puertas y un cerrojo. Lo abrí. El negro dormía sin ojos. Tenía un saxo dorado. Era un magnífico saxofón de latón brillado. El negro tenía los labios rojos. Vestía traje de rayas y cubría su cabeza con un sombrero hongo. Le faltaba una mano, pero tenía zapatos de charol.
Verde se había colado detrás de mí. Algo con pelos trepó a mis hombros. Era algo tan vivo como una rata. Me acordé de los consejos del abuelo. “Las ratas sólo muerden si las pisas”. Verde era feliz. Se metió entre mis piernas. Me tropecé qué sé yo con qué. Mi espalda cayó contra el armario del negro. Una dulce melodía de saxo tenor comenzó a sonar ahogada por los ladridos de Verde.
- ¡Joder con el abuelo!- exclamé sentado en el suelo. 
Al negro se le habían dado vuelta los ojos. Ahora tenía ojos de muñeco de feria. La boca se le abría y se le cerraba. Cuando se le abría, metía la boquilla de hueso del saxo en su boca. Cuando se le cerraba, la sacaba. Subía y bajaba su cabeza, le temblaban las rodillas. Era un maravilloso negro de feria.
- ¡Buena rata, Verde!- exclamó mi padre desde la trampilla.
Verde había atrapado a la rata.
- El negro es de juguete, pá. 
- Lo trajo tu abuelo para regalárselo a tu abuela. Pero a la abuela le daban miedo los negros. ¿No te ha contado que robaba naranjas al mayordomo para ponérselas en las manos de los negros que mataba de un certero disparo? 
El saxo gimoteaba con dulzura. Se calló.
- La cuerda la tiene en la frente. Debajo del sombrero- dijo mi padre.
- Entre ceja y ceja-dije.
Subí. Era una rata con la cabeza blanca. Nunca había visto una rata con la cabeza blanca. Se la llevó mi padre a enterrarla en la huerta. Le seguí. Tragué saliva.
- ¿Cuántos polizones habrá matado el abuelo?
- Tu abuelo era una buena persona. Quería a la vida. A la suya y a la de los demás. Es mejor que olvides las cosas que te contaba. Lee sus libros. Ahí está lo mejor de él.
- A mí me dijo que tenía que ser malo. Muy malo. ¿Qué tengo que hacer para ser muy malo, pa?
- Matar a un negro.

FIN


viernes, 7 de marzo de 2014

ZAPATOS CON MARIPOSAS


Comenzaron a discutir al regresar del trabajo. Inma metió sus zapatillas y su pijama en una caja pequeña de leche y se marchó de casa. Inma conservaba un apartamento de veinte metros cuadrados de cuando era soltera. Lo compró con el dinero que le dejó su madre. Seguramente fue lo único sensato que hizo en su vida: gastarse los cuartos en una vivienda con dos ventanas y un respiradero sin malla en donde anidaban los gorriones. Inma  vivía en el primer piso. Subía cinco escaleras que arrancaban del descansillo del primer piso y se encontraba con la puerta de su apartamento. La casa  tenía un cuarto de baño con puerta y el resto estaba todo junto. En un ángulo nacía una lámpara arco que terminaba en una mesa de cristal rajada. La lámpara iluminaba toda la pieza. El resto de muebles los había ido recogiendo con esmero de las orillas de los contenedores, a excepción de la cama, que la encontró en la casa y la tele, que la compró en unos grandes almacenes. Inma tenía la fuerza de un serrador de troncos y el melindre de una pastelera. Criaba dos bosques de vello en su pecho, que le empezó a salir a los doce años y su voz dulce enternecía a los ogros. Su bicho malo era el vino de cartón. Vaciaba el litro en un par de horas. Según. También bebía cava rosado para calmar la gastritis. La carne la comía con cava y el vino peleón con aceitunas.
 Nicolás era abstemio de vinos de poca graduación. Bebía brandy con Coca Cola. Además, le gustaba tomarse los tragos en sitios donde ponían música y la gente se pasaba por el forro la prohibición de darle al humo. Le deslumbraban los entornos sofisticados con música de negros americanos. En una calle que moría en San Francisco había un bar de chinos. Uno rubio se pintaba los ojos. Era de Llodio. Lo hacía bien.
 Hacía mucho tiempo daban de comer a los maestros de las escuelas de Las Cortes y a media docena de putas drogatas. Luego llegaron los chinos con un equipo de sonido de madre y con una caja de vinilos de blues, que compraron en la Plaza Nueva un domingo por la mañana. Un chino era alto y flaco. Usaba tirantes con la ikurriña. Le llamaban culoprieto. Era el que decoraba el bar. Unas veces colgaba banderitas de papel de un centenar de naciones. Otras, llenaba el techo y las columnas de hierro de potos, un vergel de potos que se morían de tanto fumar. Nicolás se entendía con el chino flaco porque servía buenos vasos. A Inma le dormía aquella música. Se marchaba a casa llamándose insociable. El vino que sobraba se lo llevaba agarrado de la orejita de cartón del tetrabrik. Se sentaba en el sofá con las piernas en bandera, daba dos pases a los cincuenta canales de la tele y se dormía con la teta de cartón cerca de sus labios. Hasta que discutieron quién de los dos era más borracho. Mala cosa.
- Una mujer dándole al morapio hace a “cerda".
Nicolás supo que se le había escapado la palabra más vejatoria en el vocabulario de su mujer.
Inma ya tenía pensado largarse a su apartamento. Lo había estado limpiando en secreto. También había llevado media docena de tetrabriks por si le cogía la depre. Metió en la caja de leche su pijama y sus zapatillas y se largó. Se sintió aliviada. Se le despegó la ropa de su piel. Era dueña de su cama. Tenía dos mantas para ella sola y dos ventanas para asomarse al mundo y ver de primera mano lo que pasaba.
Nicolás se sirvió en su vaso de tubo dos dedos de coñac. Lo miró con deleite y lo llenó hasta arriba. Siempre hacía lo mismo. No había más vasos de tubo  en toda la casa. No fue ella. El portazo lo dio el viento. El vaso se hizo añicos en el suelo de la cocina.
- ¡Joder qué humos!- dijo Nikolás.
No recogió los cristales. Echó un trago del gollete. Pensó que al día siguiente ella volvería a barrer la cocina. Podría no regresar a poner la lavadora, pero a quitar los cristales rotos, sí. No regresó. Al tercer corte en las plantas de los pies, Nikolás barrió el suelo de la cocina. Primero compró por cero ochenta tres vasos en una tienda de chinos y después barrió los cristales del suelo. Lo barrió a conciencia. También las cucarachas.
Echaba de menos a Inma. Ella le solía esperar en el cuarto de baño con la puerta abierta para que la viera peinarse. Inma tenía el pelo negro, sin canas, brillante como el de las indias de las películas americanas. Se peinaba con raya a medio lado, una raya perfecta en su cabeza más bien plana, daba autoridad. Se lo dijo la peluquera que le peinó para la ceremonia de su boda, ya hacía diez años. Desde entonces no había cambiado su peinado. Al escuchar la llave en la cerradura, cogía su toalla blanca, se la colocaba en sus hombros y mirando a su marido a través del espejo decía:
- Sólo me falta peinarme.
Nikolás trabajaba en un garaje arreglando pinchazos y cambiando baterías. Aunque venía con las uñas ya cepilladas, se volvía a dar un buen repaso en la fregadera de la cocina con jabón de sosa. Ponía la tele, se sentaba en el sofá y clavaba sus ojos en el cepillado rítmico de Inma que realizaba el milagro de transformar lo desagradable en apetitoso. En otros tiempos fue la hora de la pasión. Desde hace años, el recuerdo del trago en las tabernas de todos los días, dominaba cualquier impulso erótico. Ahora metía prisa a Inma.
- Venga. Que ya estás bien.
Nikolás estaba alcoholizado. Pero no permitía a nadie que le llamara alcohólico. Había estado desintoxicándose en una casa de doce habitaciones individuales, servidas por dos enfermeros alcohólicos recuperados, una ex monja carmelita y el médico del pueblo, que les miraba las amígdalas y les tomaba el pulso una vez por semana. La casa estaba en una cañada de la provincia de Cáceres, no muy lejos de un balneario y de un pueblo medieval judío con muchas higueras. El pueblo se llamaba Hervás. En una de sus tres tabernas vendían  cazalla de sesenta grados a los alcohólicos recuperados. Nikolás nunca dejó de chupar cazalla. Permaneció setiembre y octubre de un otoño caluroso rescatando su dignidad. Se lanzaba como un tigre a la yugular de quien le llamaba alcohólico en seco, pero se sentía reconocido ante el que pronunciaba  recuperado después de alcohólico. Nikolás era un alcohólico recuperado para cualquier ser que había bautizado su intelecto en  un panfleto en donde se explica que los alcohólicos son enfermos que pueden sanar. Inma no le acompañó. Se quedó en el apartamento de veinte metros cuadrados en un primer piso y un metro más de altitud en la esquina de un parque en miniatura en donde crecían varios rosales, había árboles con unos pocos pájaros y media docena de bancos con abuelas que jugaban a la brisca. Ella siguió bebiendo lo que había bebido siempre en la cocina de su casa. Su padre, un albañil de barrio, presidía la mesa, rodeado de cinco hijos, una hija (ella) y una mujer que se sentaba cuando todos terminaban de comer. En su casa siempre hubo alubias, pan y vino. Lo demás se llamaba vicio. De la bodega de Toribio les servían el vino: una cántara a la semana. Inma se aficionó de ver a su familia sentada a la mesa siempre con el ánimo reconciliado. Y le comenzó a dar desde antes de cumplir diez años. Antes de que le saliera pelo en el pecho como a sus hermanos mayores. Eso sí. Sólo bebía vino. Y el vino no mataba. Esto último lo decía su padre. El pobre se cayó desde el andamio que habían levantado para lucir el cieloraso de una iglesia y se partió la cabeza.
Al regresar de Cáceres, Nikolás trajo a Inma una cestita con higos. Aquella noche Inma cenó higos con vino. Un plato goloso desde la época bizantina.
- Yo ahora soy un alcohólico recuperado- dijo Nikolás con cierta pedantería.
Inma sabía qué era eso de ser un alcohólico recuperado. Inma comió una docena de higos y bebió un vaso de vino. Fue cuando Nikolás revolvió en su maleta y sacó tres botellas de cazalla de 60 grados. Le dio un buen trago a la que estaba empezada.
- ¿No acabas de decir que ya te has recuperado?
- Esto es cazalla.
- Ya veo.
- De esto nos dejaban beber.
- Ya.
- Te lo juro.
- ¡Menudo timo! ¿Qué vas a beber cuándo se acabe? Yo no pienso comprarte esa mariconada. Ni sé donde lo venden. Además, van a pensar que es para mí. Es bebida de viejas.
- Estás celosa porque soy un alcohólico recuperado.  Ya me las arreglaré.
- Claro.
No era un trabajo difícil. El sábado por la tarde fue a la pastelería de los grandes almacenes. Preguntó en dónde podría encontrar cazalla.
- Anís. Tenemos anís español y francés de primera calidad. A las señoras les va mejor el anís- le dijo un dependiente con los dedos amarillos de nicotina.
- Soy un alcohólico recuperado.
- Entonces a lo mejor le apetece más café, gaseosa y zumos de fruta.
- Me he recuperado en un sanatorio de muchas campanillas. No crea que está hablando con un cualquiera.
- No lo dudo, señor.
- A los alcohólicos recuperados nos permitían tomar cazalla.
El dependiente, hombre cercano a la jubilación, miró con disimulo a Nikolás. Vio zapatones de correr, vaqueros, chaqueta de punto con choto borroka, calva incipiente, treinta y algunos años. Tenía un hijo parecido. Aquel estaba en el paro. ¿Cazalla?
- ¿Por qué no se salta la norma y se lleva una botella de brandy? Coñá con Coca Cola. La mezcla hace señores.
- No tienen cazalla. ¿Cierto?
- Cierto, señor. Precisamente por eso me he atrevido  aconsejarle  brandy. Coca Cola con brandy.
- ¿Podría ayudarme?
- En todo lo que pueda.
- ¿Sabe en dónde venden cazalla?
- Lo siento, señor. La última vez que vi una botella de cazalla, fue en casa de mi suegra. El coñac tiene menos grados que la cazalla. Y si usted ya se ha recuperado. No sé qué miedo le puede dar un trago de brandy.
- Tiene razón. Póngame una botella y ya veré.
Fue el comienzo de su noviazgo con el coñác. La apoteosis tuvo lugar en el bar de los chinos. Lo descubrieron una noche que tenían la puerta abierta. Entraron. Las paredes estaban decoradas con docenas de carátulas de vinilos. Ella pidió vino peleón. Como siempre. Dejó el vaso lleno en el mostrador.
- Yo soy de vino de cartón- le dijo al chino rubio que se pintaba los ojos como Fu-Manchú para dar a sus ojos “el fulgor magnético de los ojos de la pantera”.
El chino se ausentó unos minutos. Regresó con un cartón. Le sirvió un buen vaso. Inma se sintió protegida. A su marido le sirvió coñá con Coca Cola.
- Así no hace daño-  le dijo Nikolás.
Bebió cuatro. 

 

Transcurrieron cinco años. Nikolás curaba el temblor de sus manos con el primer trago. A ella le seguían trayendo tetrabrik. Al tercer trago de Nikolás se marchaba a casa. Se sentaba en el sofá y terminaba el cartón con la tele encendida, sin sonido. Por las mañanas temprano iba a arreglar una tienda de lencería. Por las tardes ordenaba la casa de una señora. Limpiaba la cocina, pasaba la aspiradora y se sentaba a hablar con la anciana de amores imposibles. El que más le impresionó fue el del párroco de Los Sagrados Corazones, que aprendió a tocar en el órgano la guaracha “El Danzón de la Reina Isabel” y el Cha-cha-chá “Ritmo de Pollo”, que eran las charangas que más brillos le sacaban en los ojos a su enamorada. Se le clavaron sus ojos tan sin remisión, que los tubos del órgano se olvidaron las notas de “Corazón Santo, Tú reinarás, Tú nuestro encanto, siempre serás”. Y la iglesia se llenaba y el vicario le hacía guiños de conformidad.

Desde que se había marchado de su casa con su pijama y sus zapatillas, Inma bebía menos. Le fascinaban las dos ventanas que al abrirlas le metían en casa un mundo de ruidos limpios. Abandonó su pantomima del peinado. Podó el jardín de pelos de su pecho con una maquinilla de piernas de señorita. Se compró una barra de carmín rojo muy rojo, se cortó el pelo a lo chico. Y los hombres le comenzaron a silbar como los mirlos en celo. Algunas tardes pensaba que tenía que ir a visitar a Nikolás. Y hasta se compró unos zapatos de tacón pintados de mariposas para sorprenderlo. También se echó al hombro una bolsa con un montón de rayas de colores. Pero pasó por la puerta de un cine que ponían “Robin Hood, príncipe de los ladrones” y se quedó feliz en una butaca con un tetrabrik.
Fue él el que tocó su puerta sin atreverse a subir los cinco escalones que partían desde el descansillo. Eran las siete de la tarde. Hacía tres semanas que se había mudado. El día que escuchó la chicharra de su puerta estaba agachada en la tarima empujando con el mango de un tenedor un manojillo de algodón en el respiradero. Y es que una pareja de gorriones había comenzado a fabricar su nido. Sabía que era Nikolás. Aunque no hubiera carraspeado, sabía que era Nikolás.  Colgó su saco de colorines en su hombro para abrirle la puerta.
- ¿Por qué te has cortado el pelo?- le dijo él.
- Porque ya no me tengo que sacar la raya.
- Me voy a quedar ciego- dijo el hombre.
- Vale Niko. Entra.
- He pensado que a lo mejor no estabas en casa. No se tarda tanto. Lo malo es el transbordo de bus.
Nikolás le sonrió. Ella esperó a que subiera los cinco escalones con el vistoso saco indio en su hombro. Inma cerró la puerta con llave. Siempre cerraba la puerta con llave. Se sentó en su cama. Metió su mano debajo del somier y sacó los zapatos nuevos. Se los puso sentada en su cama. Ella no sonreía. Se levantó de un salto y abrió la ventana por la que se veía un amorcillo de mármol.
- ¿Ibas a salir?- preguntó Nikolás.
- Son mariposas. Había otros zapatos con mariquitas, pero creo que estos me quedan mejor.
- No sé el tiempo que voy a tardar en quedarme ciego.
- ¿No distingues las mariposas?
- Donde vivían mis abuelos había mariposas de colores. Tenían ojos redondos en las alas.  Mi abuela les quitaba el polvo de las alas y me pintaba la nariz con él.
Inma levantó sus pies y movió los zapatos con mariposas. ¿Eran como éstas?
- Las mariposas no pueden volar sin el polvo mágico que cubre sus alas. Yo les ponía harina de rebozar. Pero no era lo mismo. Se marchaban dando tumbos a morirse en un rincón.
- Cada zapato tiene doce mariposas.
- No es que vea menos. Es el viento que me seca las lágrimas y me quema los ojos.
Inma se quitó sus zapatos nuevos y los guardó debajo de su cama. Descolgó de su hombro su bolso de colores y lo colocó en una pequeña percha de detrás de la puerta. La rabia le subía hasta las amígdalas.
- Dentro de poco pasará un hombre con barba blanca por allí. Le podríamos preguntar. Entiende de ojos porque es ciego.
- He ido al oculista.
- Abre la ventana de la derecha y no dejes de mirar el camino de piedras. Yo me acodaré en el alféizar de la ventana de la izquierda. Unas veces trae boina y otras veces, no.
- No sé si podré vivir mucho tiempo sin saber lo que me va a pasar.
- ¿Te frotas los ojos con manzanilla templada?
- Sólo pienso en suicidarme.
- Eres poco sufrido. Piensas en lo peor y así no se arregla la vida. ¡Mira, allí viene el hombre del que te he hablado! El del perro. ¿Para qué quiere ver, si ya ve el perro por él? Parece un actor. Mientras le miras voy a hacer manzanilla con anises. Tengo manzanilla y tengo algodón. Esa silla negra es plegable. La encontré al lado del contenedor. Me viene de maravilla para arreglarme las uñas de los pies. También me siento para escuchar la radio. Me he dado cuenta que oigo mejor la radio sentada en una silla que recostada en la cama. Será por eso de los vasos comunicantes.
- Al principio era como si se me metiera arena en los ojos. Luego eran pelos, pestañas. Pican. ¿Te han picado alguna vez los ojos?
- Sí. Me los froto.
- Esto es una cosa seria. Además. Tenemos que hablar. Después de que me pases el algodón con manzanilla por los ojos, tenemos que hablar.
- Tú no hablas sin pedir. ¿Te han disparado del garaje?
- Sí. Pero no por lo que tú piensas. Veo mal los pinchazos. Es que no escuchas cuando te hablo.
- Eso se quita con manzanilla templada.
Inma puso un cacito con agua y encendió el gas.
- Cuando hierve el agua hay que ponerle el sobre con la manzanilla y esperar siete minutos. Por allí arriba, entre el tronco de aquel árbol y el tejado de la casa se ven siete estrellas. Sólo siete. ¡Cómo me gustaría conocer sus nombres! Si hoy toca noche rasa, les voy a pedir un deseo.
-  No creciste lo suficiente. Tu cabeza guarda un cerebro infantil.
-  Y tú no te vas a quedar ciego. Es una patraña de las tuyas.
- El médico me ha dicho que tengo los ojos secos.
- Eso lo tiene mucha gente. Y no se quedan ciegos.
Inma puso el sobre de la manzanilla en el mismo cacillo que había hervido el agua.
- Quizá si comenzamos a hablar despacio y tomamos posiciones consecuentes. Digo que a lo mejor nos podemos arreglar.
- ¿Otra vez? Cuando consigas estar sin probar alcohol durante tres años vienes a verme y hablamos despacio.
- ¿Y el vino? ¿Dejarás tú de chupar cartón?
- El vino no es alcohol. Lo aconsejan los médicos. Te lo dan en los hospitales. Jesucristo dijo que era su sangre.
- ¡No escupas el Santo Nombre de Dios! ¿Sabes lo que has dicho?
- Nikolás, Nikolás. ¿No será que escuchas por los ojos? No quiero hablar contigo. Sé que me vas a pedir dinero. Si tuviera, no te lo daría. Me temo que has vendido algún mueble de nuestra casa. De nuestra casa. ¿El televisor? ¿El espejo del baño para no contemplar tu rostro de alcohólico sin remisión?
- Sólo quiero que me prestes algo para regresar a la Cañada de Cáceres para que me ayuden a ser un alcohólico recuperado.
- ¿Con cazalla?
- La cazalla me curó. Te traeré higos de Hervás.
Nikolás intentó cogerla de un brazo. Ella adivinó sus intenciones y se acercó a la cocina. Metió un dedo en el cazo. Cogió un plato. Se fue con el agua caliente, la manzanilla y el plato al cuarto de baño. Se cerró por dentro. Nikolás se asomó por la ventana. El ciego se había sentado en un banco. Una niña acariciaba al perro. El ciego acariciaba a la niña. Nikolás sintió la hora del trago en sus venas. Golpeó con un puño la puerta del baño.
- ¿Tienes coñác?
- Hay un cartón con vino encima de la nevera.
- ¿Por qué has cerrado por dentro?-dijo mirando encima de la nevera-. Oye. Aquí no hay nada.
- Me lo habré bebido.
- Sigues siendo una zorra con clase.
- Espera un minuto. Sabía que algún día vendrías. Tengo una botella de brandy para las visitas. Pero primero son los ojos. No te vayas a quedar ciego por mi culpa. Mi madre nos limpiaba los ojos con agua templada con manzanilla. Luego, si quieres, nos sentamos y hablamos.
Nikolás no se alegró. Andaba por las dos botellas al día y sabía que se encontraba al borde del precipicio. “Si no frenas te va a salir jugo de hígado  por la boca”, le dijo el dueño del garaje en donde trabajaba. Porque no le habían echado. Le dio tanta rabia que el dueño le dijera aquello, que se quedó en casa. Se quedó en casa con el pijama puesto y la tele encendida. Sólo salía a comprar  brandy. Dejó de visitar por las noches a los chinos. Después de tres semanas descubrió que no le quedaba un solo euro y que Inma no era tan insoportable. Nikolás volvió a golpear la puerta.
- Ya está esto listo. Si he cerrado la puerta es para que me dejaras en paz. Túmbate en la cama.
- ¿Para qué quieres que me tumbe en la cama?
- Túmbate tripa arriba y cierra los ojos.
Nikolás obedeció. Se tumbó. Pensó que en el fondo todas las mujeres son como madres. La escuchó correr el pasador de la puerta. Salió. Dejó el plato encima de la mesa de cristal rajado. La vio hacerse con un muñón de algodón y dejarlo en el plato para que se hinchara bien hinchado. Cerró los ojos. Se sintió en paz.
Nikolás recordaría toda su vida, no solo el dolor espantoso que produce en los ojos los refriegos de coñac mezclado con alcohol de quemar y unas gotas de lejía, sino el sonsonete que Inma comenzó a recitar con su voz de pastelera empalagosa mientras lo empujaba escaleras abajo con su fuerza de aserrador de troncos y daba dos vueltas a la llave (porque ella siempre cerraba con llave la puerta de casa):
- ¡Nikolás, que la manzanilla y el coñac tienen el mismo color!
Dicen que él ya no bebe. Ahora huele con profundidad a las mujeres que le compran el cupón con la esperanza de que su perro de ciego sepa lanzarse a la yugular de ella.
Ella sigue con su cartón en la mano. Guarda su bolso de colores y sus zapatos con mariposas. No se los ha puesto nunca. Si él le hubiera dicho que le sentaban como a una reina, a lo mejor habría vuelto  a casa.
FIN


lunes, 3 de febrero de 2014

SE TUMBABA EN EL TEJADO PARA VER CORRER LAS NUBES.

 


Me subí al tejado y allí estaba escondida, detrás de la chimenea. ¿Qué niña se sube al tejado de su casa y se esconde detrás de la chimenea? Desde el principio supe que alguien andaba en las tejas. Por eso subí. Le dije a mi mujer: “No son ratas las que corren por el tejado. Tampoco las palomas. Es tu hermana”.
- Eres más chiquillo que ella. Deja en paz a mi hermana. ¿No ves que es muy introvertida? Te tiene respeto.
- ¿Por eso se sube al tejado?
- No la he visto nunca en el tejado. Son cosas que se te meten en la cabeza. Eres repetitivo como una vieja.
Me callaba. Tenía que tener mucho cuidado con no enfadar a mi mujer y a su familia. Al fin y al cabo era su casa. Y las casas tienen sus reglas. Ella aseguraba que con el tiempo ya nos haríamos amigos. Me callaba. Mi abuelo supo enseñarme las artimañas para sobrevivir en campo enemigo. Silencio. Ya habría otra ocasión para atacar.
Un día enseñé a mi mujer un cuaderno con unos dibujos muy extraños. No le dio mayor importancia. Me dijo que ella también había dibujado hombres desnudos.
- ¿Ahorcados de una rama de frutal con flores o mujeres colgadas de una rama de frutal sin flores?
- Son unos dibujos muy buenos-me dijo.
- ¿No habría que llevarle a la consulta de un psiquiatra? Estas cosas se curan. Los médicos que se encargan de curar las enfermedades de la cabeza son los psiquiatras-le dije.
Se quedó mirándome con cara de tonta. Yo también sabía disparar. Al día siguiente mis suegros empezaron a mirarme con cara de tontos. Mi suegra me dijo que la chica tenía mucha imaginación y que a ellos no les parecía que hacía ningún mal con tener imaginación.
La chica se llamaba Terese. No Teresa. Se llamaba Terese Saltaventanas. Tampoco su apellido favorecía demasiado su sentido común. Mi mujer también se apellida Saltaventanas y no se sube al tejado de casa a tomar el sol. Aunque subirse al tejado no era difícil. Primero había que trepar a la encimera del garaje y desde allí alcanzabas en un par de saltos el escondite preferido de Terese. Ella se tumbaba en un canalón plano, resguardado por las tejas y permanecía horas enteras viendo correr las nubes. Ver correr las nubes tumbado panza arriba es un espectáculo casi tan bonito como el cine. Es como un milagro.
Había que caminar un kilómetro o así, alcanzar una loma, sentarse en una piedra cuadrada que hay allí y esperar a que Terese levantara un pie o los brazos al cielo. Era la única forma de saber si ella estaba en el tejado. Si se te ocurría subir para ahorrarte la caminata a la loma, ella se deslizaba por el canalón del otro lado de la casa y se encerraba en su cuarto. Vamos, que me huía. Lo vi claro desde el primer día. Me callé. Vivía en aquella casa como un invitado. Aunque éramos muy jóvenes (acababa de cumplir los veinte), Adelita se empeñó en que nos casáramos y nos fuéramos a vivir a casa de sus padres, una hermosa mansión en las afueras del pueblo. Adelita era peluquera titulada y, aunque tenía mi edad, ya era encargada en la mejor peluquería en veinte kilómetros a la redonda. Yo todavía no había comenzado a trabajar. Nadie me había ofrecido un trabajo. Quiero dejar claro que no soy un vago. Si no había comenzado a trabajar es porque nadie me había ofrecido un trabajo. Tenía grandes planes. No me conformaba con tirar de carretilla en una obra de mi suegro. El que se conforma con cualquier cosa termina de zapatero remendón en un chamizo. Es cierto que no acabé el Instituto. Pero tenía amigos que no habían terminado el insti y sacaban buenos euros sin matarse. Era cuestión de paciencia. “Los trenes con oro circulan de noche”, decía un gran actor en una inolvidable película que vi de chaval. Y no era un actor cualquiera. Era uno muy famoso que lleva siempre las camisas prietas. En aquella película ocultaba un revólver en la pernera del pantalón. Muchos días me coloco con hebillas, arriba del tobillo izquierdo, un cuchillo para la defensa personal. Son mis secretos que ni siquiera se los cuento a Adelita. Las mujeres ponen el grito en el cielo por cualquier cosa.
Terese trepaba a la picota de un encino. Se sentaba en una rama y leía La Historia de los Papas en un libro con pastas de piel. Aquello era asombroso. Terese fumaba en la picota del encino y el humo blanco subía al cielo encapotado. Otras veces saltaba de rama en rama, siempre pisando los mismos sitios. Completaba un círculo y luego otro y otro, hasta que, rendida, bajaba del encino, escondía su sorprendente libro debajo de su camiseta y regresaba a casa a ayudar a su madre en la cocina. Terese era trabajadora. Estudiaba bien. Era rara. Le conté a mi mujer que Terese trepaba a la picota del encino.
- ¿Por qué dices que mi hemana hace lo que haces tú?-me dijo Adelita-. Yo te he visto en la copa del árbol. No me gusta que mientas. Ni tampoco que te subas a los árboles y te pases el día sentado en una rama.
- Es que yo puedo hacerlo sin esfuerzo. ¿Crees que no puedo trepar al encino y saltar de rama en rama como un pájaro? 
- ¡Qué crío eres!
A Adelita todo lo que hacía le parecía que son cosas de críos. Pero cuando la amarraba con mis brazos por la cintura y enterraba mis narices en su pelo, empezaba a runrunear como la gata y a clavar sus uñas pintadas de rojo en mis costillas.
Esta fue buena. A los trece años Terese se enamoró de un hombre que se llamaba Julián. El hombre era ya casi un viejo. Montaba una bicicleta negra con guardabarros de aluminio. Era una magnífica bicicleta. Yo hubiera sido feliz con aquella bicicleta. Pasaba los domingos por debajo del encino silbando La Internacional. A Julián le gustaban las naranjas. Hacía muchos viajes a la tienda de Laudelina. También mi suegra decía que Laudelina vendía buen género. Julián vivía a media hora en bicicleta por el camino que va recto, recto a donde sale el sol. Cenaba dos naranjas. Con el pellejo de las naranjas tallaba cerdos y estrellas.
Decían que era viudo y que antes de morirse su mujer tocaba el violín en una gran orquesta. También decían que Terese se enamoró de Julián un martes por la tarde al verle salir de la frutería de Laudelina y le pidió que le llevara a su casa en la barra de su bicicleta. Julián la invitó a subirse y la trajo a casa silbando La Internacional al ritmo de su pedaleo. Al día siguiente Terese dibujó un hombre desnudo sentado en la rama de un cerezo en flor tocando el violín. Se lo regaló a Julián. El hombre sacó una naranja del bolsillo de su chaqueta. Con la ayuda de una navaja minúscula esculpió una estrella de cinco puntas. Se la regaló a Terese. Así comenzó el idilio. Y así se lo conté yo a mi mujer y a mis suegros cuando Terese estaba encerrada en su habitación haciendo las tareas de clase. No me creyeron una palabra. Se rieron en mi cara. Pusieron cara de tontos y se rieron en mi cara. Mi suegra me aconsejó escribir en vez de subirme a la rama de un árbol a leer la Historia de los Papas o andar como un haragán mirando a las nubes y hablando a los pájaros. Me callé. Tenía muy claro que vivía de prestado. Ya estaban avisados. El mal se cuela en las casas como las hormigas. Mi suegro me miró con sus ojos verdes y me sonrió. Él siempre me sonríe. A mi suegro se le ponen los ojos de color verde sólo cuando sonríe. Cuando no sonríe no sé de qué color tiene los ojos. Le gusta que le acompañe al campo a hablar. Es un hombre pacífico. Los hombres pacíficos hablan demasiado. Terminan por aburrirte. Por eso me escondía cuando llegaba del trabajo. Me dijo con sus ojos verdes pegados a mis ojos marrones que conocía a Julián desde hacía mucho y que Terese se limitaba a pasear con él hasta una vaquería que se llama “La vaca que habla”. Seguí callado. Un hombre con más de cincuenta años que pasea a una chiquilla de trece en la barra de su bicicleta, prometía al menos un final imprevisible.
Ya he dicho que mi mujer se llama Adela. Yo le llamo Adelita. Le suelo cantar “Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar…” muy a lo Jorge Negrete. Ahora no sabe nadie quién es Jorge Negrete. La gente es inculta como un caracol. O a lo mejor es que no tienen abuelos. A mí me enseñó mi abuelo a cantar como Jorge Negrete. Bien. Adelita me dijo que Terese no se había enamorado del hombre de la bicicleta. Que se habían hecho amigos. Adelita era una mujer lista. Yo decía a Adelita que hablara con su hermana de las cosas del amor. Se llevaban siete años. Era una mocosa que necesitaba consejos. Un día se me ocurrió decir a Adelita que a lo mejor era el momento propicio de llevarla donde un buen psiquiatra para que le convenciera que no se subiera al tejado de casa para hacernos creer que es una rata y que dejara de escalar las ramas de los árboles y de dibujar muertos, cementerios y ataúdes.
- Yo no la he visto nunca dibujar muertos ni cementerios y el que se sube a las alturas eres tú-me dijo la tonta del bote. Me lo dijo para hacerme daño. Y me lo hizo. Las mujeres, cuando quieren, te pueden dejar enfermo con su maldita lengua.
Era lo que más me jodía de Adelita. Siempre defendía a su familia. Que conste que no soy celoso. Cuando no le gustaba lo que le decía, me arreaba dos gansadas y se quedaba mirándome como si no me conociera de nada. Comencé a preocuparme en serio.
El “noviazgo” del hombre y de mi cuñadita terminó mal. El viejo naranjero sufrió un repelús a lomos de su bicicleta subiendo la loma del Collarón. Lo llevaron en ambulancia a hacerle la autopsia. Laudelina la tendera, dos amigas y tres jubilados engordaron una historia tremebunda. El forense encontró en el riñón derecho del difunto una pepita de oro tan grande como una muela de leche. Lo nunca visto. Mi suegro descubrió entre las hojas del libro de la Historia de los Papas seis papeles con seis violines, uno en cada papel. Terese había pintado los violines con pelucas de mazorcas. A los seis los había ahorcado de un cable con golondrinas degolladas.
Aquella noche Adelita lloró un litro de lágrimas. Estuvo llorando hasta la hora de ir a trabajar. Y todo porque me echó en cara que había sido yo el que había metido aquella historia dentro de las paredes de su casa, el que había dibujado los violines con pelucas de mazorca y las golondrinas degolladas. Adelita estaba ciega. Le dije que hoy en día la enfermedad que tiene su hermana se cura con pastillas. Pero que para ello hay que ser fuerte y afrontar la realidad. Ayuda. Es lo que necesitaba Terese. Ayuda. Y comenzó a llorar con desconsuelo otra vez.
Al día siguiente a Terese se le enronqueció su voz y estuvo hablando seis semanas como los ogros del bosque. Su padre, su madre y mi mujer se pusieron de acuerdo. Me aseguraron que Terese era la misma de siempre. Que su voz de niña encantadora no había cambiado en absoluto. La niña encantadora tampoco comió naranjas durante las seis semanas que habló como los ogros del bosque. Una noche llevé el ordenador portátil a la cama y leí a Adelita el comportamiento de una persona esquizofrénica. Adelita se acongojó y me abrazaba con fuerza. Pero se negó a llevar a su hermana a que le viera un psiquiatra. Adelita es una mujer obstinada. Tozuda como las burras grises.
Al día siguiente fui al pueblo y me enteré lo que le había pasado al Juez. Conté la historia que me habían contado en la cena. Terese, como siempre, se sentaba a mi lado. Tenía que aclarar lo que estaba pasando.
El juez fue a la casa en donde vivió Julián el violinista. Llevó consigo la bicicleta y la pepita de oro para entregársela a algún familiar. Era una casita pintada de azul. Las ventanas eran ojos verdes y la puerta principal era una lengua con un piercing como aldaba. En una esquina de la puerta había una pizarra colgada en la pared. El juez leyó: “Sólo oigo a la tercera”. El juez llamó tres veces. Le abrió una anciana con el pelo muy negro. Fumaba un cigarrillo que olía a anís. Calzaba zapatos de tacón alto. Hablaba con voz temblorosa:

- Soy sorda, señor. Si habla con voz potente y repite tres veces lo que quiere decirme, nos entenderemos.
- ¡Soy el Juez! ¡Soy el Juez! ¡Soy el Juez!- chilló el juez.
La viejecita hizo pasar al Juez al interior de su casa. Le invitó a sentarse en una mecedora y a mecerse todo el tiempo que quisiera. El Juez se lo pasó tan bien que cuando oscureció le dijo a la viejecita a ver si podía regresar al día siguiente. La anciana le dijo que por supuesto que sí.
Fue aquí, precisamente aquí, donde Terese echó una soberbia carcajada con aquella horrible voz de ogro, que te ponía los pelos de punta. No sentí miedo. Desde hacía días llevaba mi cuchillo de monte amarrado a mi pierna izquierda. Lo toqué con disimulo y me callé. Siempre he leído que a los neuróticos y a los esquizofrénicos es mejor darles la razón. Le sonreí con todo el cariño que tengo en el alma. Me pareció ver lágrimas en los ojos de mi suegra. También ella me miraba con cariño. De pronto todos me miraban con cariño. Entonces pensé que algo se estaba cociendo delante de mis narices. Sentí miedo. Sentí el mismo miedo que el día que mi padre y mi madre se cayeron al mar en la curva de la Herradura en su coche nuevo. Mi abuelo todavía me llama por teléfono y me dice que va a pasear al acantilado y a rezar las oraciones que se acuerda. Mi abuelo es la única familia que me queda. Dice que ya ha cumplido noventa años. Mi abuelo me educó como supo. Me enseñó a leer en el libro de La Historia de los Papas, desde San Pedro hasta nuestros días; me llevaba al claro de un pinar y, tumbándonos en la yerba, me decía los nombres de las estrellas; otras veces, cuando las nubes dibujaban rebaños en la anochecida, tendidos en el tejado de nuestra casa, mirábamos cómo el viento los rompía sin compasión. También me enseñó a distinguir las ramas falsas de los árboles para trepar a sus copas sin peligro. Sentí el mismo miedo que sienten los niños cuando descubren que se han perdido en la feria. Pero no lloré. No lloré porque Terese colocó su mano en mi muslo y musitó “No pasa nada” con su voz de cría, la misma voz que tiene cuando memoriza poemas en voz alta.
En la calle había un jardín con paseos de azulejos de color añil. En una charca había sapos que cantaban por la noche. También había sapos en la huerta de mi abuelo. Los sapos cantan hinchando los papos, como las ranas. Terese y Adelita se sentaban en sillones de paja. Yo me quedaba en la ventana mirando la charca. Cuando el jardinero perdía las pastillas se renegaba y perseguía a los sapos. Adelita me hablaba como si fuera un niño. Me traía caramelos surtidos. Yo guardaba el papel de los caramelos en los bolsillos de mi camisa. Cogía guijarros redondos de los paseos del jardín. Los limpiaba con agua y jabón. Los envolvía con los papeles de los caramelos y se los regalaba a los médicos y a los enfermeros. Te trataban con más consideración.  Una médico pretendía engañarme con artimañas para que dibujara tres o cuatro cuadros para su casa. Yo le decía que no sabía dibujar. Entonces me mostraba los preciosos dibujos de Terese y me decía: “¿Por qué dices que no sabes dibujar?” Silencio. Es mi táctica. Terese seguía negándose a que le viera un psiquiatra. Adelita me decía que tenía miedo a los médicos. Ellas no sabían que cuando pegaba el sol me subía al tejado y permanecía en silencio esperando la llegada de las nubes blancas.
Era mi gran secreto. Ése y mi cuchillo de monte que me acompañaba a todas partes. Tenía grandes planes. Un buen cuchillo es imprescindible para sobrevivir en el bosque. Algunas veces paso mi brazo por el hombro de mi mujer y le canto bajito: “Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar…” Sé que mi abuelo va a venir a buscarme. Estoy cansado de vivir en casas de otros en donde debes permanecer en silencio para que te dejen vivir en paz.



FIN



( Si pinchas en este ENLACE puedes ver cómo ha resuelto Alex el puzzle que ilustra este cuento.)

jueves, 2 de enero de 2014

EL FINAL DEL CAMINO

      
 
Negro corría dentro de su chándal por la vereda de la chopera, un caminejo lleno de charcas en donde flotaban condones de colorines, de los que venden en las peluquerías de caballeros. Él no usaba preservativo. Lo hacía como los hombres antiguos. Si su madre no le hubiera infundido buenas costumbres, habría actuado como los leones en la selva. Era un macho de mirada fiera. Un viejo macho del que se apartaban los cachorrillos que salían a correr cuando su madre les echaba de su nido a escobazos. Muchachos que habían dejado el Instituto, la Formación Profesional y tachaban de fracasados a sus padres porque se habían doblegado durante toda su vida al capricho de sus capataces por unos cientos de euros. El Negro conocía la historia de cada uno de ellos y hasta podía recordar el olor de sus cocinas. El oficio de carbonero era una buena escuela de aprendizaje. Por eso se apartaban del sendero cuando se cruzaban con el viejo trotón, que sus setenta y siete años ya no le dejaban dar zancadas. El Negro iba a lo suyo. El camino de la chopera llevaba a las primeras casas de la ciudad, quizás el lugar en donde sólo vivían los dueños del mundo. Desde primeras horas del amanecer bajaban de las casuchas de las laderas las reinas del lugar. También el Negro las conocía por su olor, un olor muy diferente al de un puchero de cocido. Al cruzarse con una princesa de la noche, le decía:
- Tengo 10 euros para bollos, reina.
- ¡El bollo se lo das a tu madre, degenerado! Mete la primera y desaparece si no quieres que te clave la perica que llevo en el bolso, infectado del coño.

Eran las frases que le resucitaban las cosquillas casi olvidadas. También le traían a la memoria frases amorosas:
- ¡No me la dejes viuda, palomita!
- ¡Mira, loco! ¡Déjame en paz! Mira para otro lado y haz como si he pasado por la acera de enfrente. ¿Qué te he hecho yo, viejo del cuerno?
- ¡Provocarme!
- ¿Cuántos años tienes, Negro?-preguntó la nena con tono de enfermera.
- Setenta y siete cumplidos. ¡Anda, mujer, déjame verlo antes de quedarme ciego! Un recuerdo de la premuerte. Te doy 20 euritos. Para la peluquería, señorona. Cola de golondrinita, azúcar morena, bocado de monseñores.
- Mi tarifa son 100. Pero tú estás fuera de la legalidad vigente. Sólo acepto clientela hasta los sesenta. Los jubilados con las jubiladas, allá, diez números de calle más arriba. La Lentejas resopla, chilla como una rata, te besa las orejas y se deja por cinco y la propina. Todavía le llaman ninfa. Además, aún le quedan cinco nietos en el paro. Practicando la caridad, se gana el cielo.
- ¡La Lentejas! ¡Puaf! ¡Caldo de rata con nabos para el ganado!
- ¡Setenta y siete! ¡No te jode, el angelito!
- ¿Has comido caliente, mirífica de Dios? Dí que sí, pichona. Dí que está bueno. Dame tus manos, mariposa. Setenta y siete años expertos te harán ver lo que hay detrás del cielo. Anda mujer, dame un beso de despedida.
La niña puso cara de santa, abrió el bolso, sacó el spray y lo vació en los ojos del Negro. Echó a correr tipi-tapa, tipi-tapa, tipi-tapa y sólo se volvió al torcer la esquina de la casa para comprobar si lo había dejado ciego del todo.
- Este se queda enlagrimao p’a largo.
- ¡Recuerda mi nombre, que te morirás de granos malos! ¡El Negro te lo augura con pena, que siempre he querido que se mueran las feas! ¡Por mi madre, te lo juro!

Aquel amanecer, Pedro Pablo Campana, alias El Negro, se despertó frotándose los ojos. Su piel era blanca como la de un niño rico, aunque había sido carbonero desde los doce años. Primero llenando sacos con quintales de cuarenta quilos en la tejavana de la carbonería, después con el carro y el caballo cargando los sacos al hombro hasta la carbonera de las cocinas. Tuvo tres caballos. La más dulce, Babieca, una yegua blanca que le vendió un gitano gallego. El gitano arreglaba pucheros y ponía varillas nuevas a los paraguas. Se llamaba Arturo. Tenía los ojos negros y sabía hacer zapatos de hojalata para perros. Arturo quiso enseñar su oficio al Negro. Pero al Negro le gustaba entrar en las cocinas de las casas y oler el cocido que hervía al amor de la lumbre. Fue carbonero hasta los setenta años. Carbonero y soltero. “¡El diablo que les lleve!”, decían las mujeres.
- ¡Cásate, hijo mío! Los hombres solteros son unos puteros-le decía su madre con lágrimas en los ojos-.Además, se mueren solos.
- ¿Cómo es posible que alguien quiera a un carbonero? Ellas sólo ven el brillo de mis ojos en un desierto de arena negra. Hasta las mujeres con viruelas sienten miedo. Yo las hago felices con flores y así se pasa la vida.
Reminiscencias. El resto de la mañana sintió el resquemor de las pistas. El spray. ¡Ay! Cuando su mollera se atascaba en el recuerdo de una real hembra, los sucesos de a diario no tenían cabida en sus desvelos. Le sucedió a los veinte años y a los setenta y siete. Si existían en los sueños, vivían en la realidad. Su madre, ya difunta de un cuarto de siglo, cuando soñaba largo, indagaba en su interior si los sueños eran patraña o tenían posibilidad de convertirse en ciertos. Preguntaba a las pitonisas del barrio. Una vez soñó un número incompleto del gordo de la lotería. De las cinco cifras, le faltaban dos. Vendió los colchones de lana. Compró diez décimos con los tres números soñados y con los otros dos, al azar. Cayeron los tres números. De los otros dos, nada. Su madre le dijo que si no hay sueño entero, todo se queda en humo y susto.
Su sueño era verdadero. Entero y verdadero. Sólo hacía falta gastar cien euros para subir más alto que las nubes. Sucedió de día y en la calle, en la vereda que sube al monte donde follan las parejas huérfanas de cama y un cura enseña el culo a los niños de la Confirmación. Sucedió donde viven las ninfas y los gnomos.

El Negro se levantó con la sensación de haber dormido bien, sin la artrosis en los dedos de sus manos. ¡Cien euros, tú, la sexta parte de su jornal de jubilado! Revisó la caja de puros de madera en donde guardaba sus ahorros, una herencia que todavía olía a la selección exclusiva de los 25 obsequios (entonces se llamaba obsequio a cada uno de los cigarros puros) de “La Radiante de E.S.M. y Cª” de Bejucal. Habana. Una boite nature, que había servido para guardar tres parejas de pendientes, un fajito de recordatorios de difuntos, medio collar de perlas falsas, un botón de almirante y la sortija de plata de su padre, flaca y gastada por el sello, pero de plata vieja, de las que brillan con sólo pasarles las huellas digitales. Se lo dio todo a una hermana que era amante de los recuerdos. Él se quedó con la boite nature porque olía a habanos como olería siempre. Su caja fuerte. Cogió cinco billetes de 20 euros. Se puso el chándal de correr. Se dio diez gotas de Cacharel. Salió en dirección al Parque de los Guerreros en donde crecían unos algarrobos y media docena de plátanos con el tronco lleno de nudos en donde anidaban los pepechines. Allí comenzaban las casas de antes de la Guerra. Ahora, las oficinas de los chulos. También vivían echadoras de cartas y un buscarrecuerdos que por cinco euros era capaz de hacerte recordar cosas que no hiciste. La nena andaría por La Cepa, una tasca en donde hacían vermú con alcohol de droguería, canela y picaduras de aceitunas de manzanilla. Todavía venía gente de la parte noble de la ciudad a darle un mordisco a un taco de bonito en escabeche enlatado en Bermeo. La palomita solía bajar la cuesta por la acera de la derecha y subía por la de la izquierda estampando la sombra de su palmito en las aceras donde se posaban los gorriones. La avistó entre las vallas del huerto del tío Venantino, un hombre que se murió de sarna en la Guerra de Cuba, según decían, y la esquina de La Cepa. 

Allí sacaban un banco grande y bien armado, como los de las iglesias, en donde se sentaban los más viejos y una alemana anciana que andaba en Vespa. Se llamaba Crimilda, como la hermosa mujer de Los Nibelungos por la que tantos caballeros perdieron su vida. Crimilda era adicta al vermú y a los ajos crudos. Era aficionada a los hipnóticos para conciliar el sueño. Hasta que descubrió el poder sedante del vermú de La Cepa, la tasca sagrada de los marineros sin hogar en donde todavía les prestaban un petate y el suelo del camarote para extenderlo. El dueño de La Cepa tenía un loro que se llamaba Einstein. El loro sabía el nombre de todas las putas del barrio. Les saludaba diciendo alto y claro E=mc2.
El Negro no corrió. Le dolía el aliento. Paseó. Llegó pronto a casa. Se encontraba raro. Enredó en la cocina con los párpados bajos. Desde pocos días atrás, el cuerpo y el alma le pedían cama. Aunque quería comportarse como un hombre, la tristeza le sacaba las lágrimas. Sabía que su salud se estaba desgarrando. El aire del amanecer olía a ciprés. Si no había acudido a la consulta del ambulatorio, era porque las acuciantes ganas de dormir le comían el tiempo. Su verdad única, razón de vida, residía en el recuerdo de la Venus, comida sagrada de un hombre sano que ha hecho escaso daño al mundo. Curiosamente, el Negro, cuanto más pensaba en la hembra que le borró los ojos, era en los momentos que se afanaba en la cocina con las zapatillas a rastras, colocaba los platos y las cucharas en su cajón, mojaba con la fregona los desconchados del terrazo, enterraba el cadáver de una cucaracha en el cubo de la basura, se hacía un batido de chocolate o silbaba suave, más bien soplaba entre dientes el poco aire que le permitía el recuerdo del deseo de la carne. 
 
Silbaba para amarrar las lágrimas. ¡Ay, la carne! ¡Negro, pecador!, se regañaba al arrastrarse a su cama un par de minutos antes de quedarse dormido y de comenzar a soñar con la reina del bollo que lo paseaba a una altura entre ochenta y noventa centímetros de los guijarros del suelo. El Negro era consciente de que los sueños constituyen la esencia de la vida. Y que la suya había comenzado a perderse apenas sin avisar. Aunque algo debió de intuir, porque el día que ya no tuvo fuerzas para arrastrar sus huesos y llamó a una ambulancia para que le llevara al Hospital, tuvo tiempo de dejar los cinco billetes de veinte euros en la caja de puros habanos.
FIN

Arrigúnaga, 9 de mayo de 2010.