jueves, 9 de octubre de 2014

LOS PENDIENTES ROJOS

Tercer recuerdo

Él decía que recordaba los pendientes de bolitas rojas que le colgaban a su madre de los lóbulos de sus orejas.
- La playa estaba desierta.
Pilar, su hermana, era rotunda.
- Había un pescador en las rocas. El pescador dijo:
- La señora y la criatura están en un lugar peligroso. Es una zona de corrientes que brotan de la arena con mucha fuerza.
- Es la primera vez que ven el mar. Están emocionados-dijo su padre.
No cubría más de un palmo. Su madre gritaba que había una estrella de mar. Fue cuando la arena se volvió blanda bajo sus pies y un arroyo fluyó del fondo y la derribó y la arrastró boca abajo mar adentro.
- Él se asió con todas sus fuerzas a las bolitas que colgaban de sus orejas.
Su padre creía que un niño de dos años sí se podía acordar perfectamente de un momento de horror. Alguna vez, le escuchó decir:
- Yo era un mal nadador. Te sacó tu hermana.

Ahora no estaba Pilar.

Pedro preguntaba a su padre si se figuraba en qué lugar del mundo dormía su hermana. Pero el médico comenzó a rehuirle cuando descubría brillo de niño en sus ojos.
Pedro se levantó y salió hacia la calle Olmos. No era la calle principal, pero sí la más larga. Comenzaba al pasar un puente de madera y terminaba al cruzar un puente de hormigón. Después del puente de madera un siciliano había abierto un garito en la casa de la difunta tía Felicidad, una hermosa anciana de pelo blanco hasta su cintura, dueña de un broche de colores y de cuatro hectáreas de la mejor tierra para sembrar maíz y calabazas para el ganado. Pero ella no ordenó nunca arar la tierra y el terreno se había convertido en un excelente habitáculo para los topos y en un espectacular solar en donde los muchachos jugaban al pelotón, mientras ella se cepillaba su pelo ante un pedazo de espejo con poco azogue. El italiano vino contratado de carpintero de hormigón para hacer el puente. Era un hombre plácido que sabía tocar el piano y cantar muy bonito boleros con ojos de amor. Tocaba el piano como tocan algunos negros en las películas: mordía un puro apagado. Y cantaba ronco. Como si tuviera un cáncer de garganta que se curaba dándole a la pitarra: un trago cada diez minutos. Tocaba mal. Casi muy mal. Pero sabía poner los ojos en blanco y colocarse con arte un trapo sucio encima de sus cabellos brillantes de siciliano antiguo. Hay sicilianos que huelen a remoto desde la cuna. Generalmente se mueren ricos. También saben decir palabras que nadie comprende pero que suenan hermosas, seguramente por ser viejas. Se llamaba Patriké. Pero todo el mundo le llamaba Carlé no se sabe por qué.
Patriké llegó para hacer el puente de hormigón y varillas de hierro y lo hizo imponente. Le puso un pez de hierro fundido en cada una de las esquinas. Había muchos pueblos con puentes, pero ninguno tenía peces de hierro fundido y ojos de cristal. Los viejos decían que el agua del río sonaba mejor al pasar por debajo del puente y que había dejado un espacio más que respetable para pescar truchas cantarinas. Una semana después de su inauguración se murió Felicidad. Se murió mirando pasar el agua debajo del puente. El alcalde fue a buscar al notario de San Martín para que arreglara su testamento. Nadie sabía que doña Felicidad tuviera ningún descendiente. El notario, un hombre que olía a señora, se rió durante una vuelta entera de la aguja grande de su fantástico reloj de oro. Después dijo que sólo faltaban las rúbricas de la mortis causa. El terreno era para los topos y para los muchachos que jugaban al pelotón. Un largo de la topera lindaba con la calle Olmos. Y nuestro napolitano tuvo la idea de presentarse en el Ayuntamiento y de hacer una proposición al Alcalde. El mandatario era mimoso y todo el mundo sabía que sus decisiones las tomaba con unte y prevaricación. Fue un noviazgo de meses. Se dejaba invitar y sobar las manos para dar el visto bueno, el tirón del pez gordo del ya está hecho. El carpintero de cemento no disponía de suficiente carnada. Y el alcalde se cansaba y le silbaba oh sole mío con voz de mala peste. El siciliano no se dejaba pisar por un alcalde de estepa. Jugó a la mayor y le pisó los callos.
-Haga lo que haga, a medias. Cincuenta y cincuenta. Yo trabajo. Cincuenta para ti. La obra es mía. Una condición.
- Cuenta.
- Los topos para ti. Que los saquen de sus toperas los niños en el recreo. Haremos una escuela nueva y un campo de fútbol.

Se emborracharon tres días agarrados del brazo. Bebieron bien. El médico les dio vomitivos privados, de los que sólo sabía hacer él. En seis meses el pueblo vio alzarse un espectacular bar-piano en la otra punta de la parroquia. Aquel bar sumó el número tres. En dos años había otros tres y una sala con suelo de madera encerada en donde los jóvenes bailaban como Elvis Presley.

Pedro terminó la carrera. Desobedeció a su padre.
Tres días después de la marcha de su hermana, lo encontró intentando arreglar el teclado del piano con movimientos pulcros para no meter ruido. Desde que ella se había ido, sólo era audible en la casa el murmullo del agua del río, la cantinela de los palomos y el eco de las herraduras del caballo. Aunque en casa había dos automóviles y en el ambulatorio una ambulancia con sirenas y arco iris de tres filas de focos, su padre seguía haciendo las visitas en su yegua blanca y negra. El pueblo había medrado. Algunas calles tenían guijo, había casas que callaban su aspecto humilde y parecían chalés con parches. Un campo de fútbol en medio de la topera con tribuna con tejado de brezo; un edificio feo para colgar volúmenes en largas baldas barnizadas con brillo: libros de Ulises, La Odisea, Bobary, El Éxodo, Tito Andrónico, el Caballero que venció a un Molino de viento. Y un banco de jardín debajo de una palmera en el que señoras viejas llevaban agua en sus botijos y vaciaban el chorrito encima de una fila de flores de ángel, amarillas o naranjas y de geranios con muchas ganas de vivir.
La casa del médico seguía igual de hermosa. Los patos se bañaban pegados a los cimientos y acariciaban su cuello en el verdín. El médico se sentaba en el porche antes de salir el sol, escuchaba parpar a los gansos. “Sólo el presente es real”, decía a nadie. Abría el gallinero y se ponía el delantal de Pilar para repartir con equidad los granos de maíz. Una mañana, Pedro entró en la habitación de su hermana cuando Los pasos de la yegua se alejaban al trote. Los hombres se quitaban las boinas. Las mujeres mayores se santiguaban como si el médico fuera el amo de sus vidas. Pedro fue derecho donde quería mirar: la lata de membrillo de su hermana. En el fondo había un sobre con fotos. Dentro del sobre, una: sus padres, su hermana y él. Los pendientes simulando semillas de granada en las orejas de su madre. Los rubíes verdaderos, en una bolsita de terciopelo. En una tarjeta la letra inconfundible de su hermana.
“Te los he guardado”.
Pedro puso el motor del Opel que le había regalado su padre. Frenó al llegar a la vía del tren en desuso desde La República y comenzó a caminar por encima del riel derecho. Al de dos horas se paró en seco. “Por aquí no se llega al Infinito”.
“-Si quieres llegar deberás girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer”.
Pedro se dio media vuelta y se juró llegar a casa antes que su padre para poner la mesa y preparar la ensalada de nabos dulces, su plato predilecto. La costumbre más visible que Pedro había heredado de su padre era el sombrero. Se lo compró él mismo en una sombrerería de Zaragoza al día siguiente de recoger su licenciatura y pidió a su padre que se lo colocara con la misma elegancia que se lo colocaba él.
- Ya no hay médicos que usan sombrero, hijo.
- Así no tendré que explicar que ya he terminado la carrera. No conozco a nadie más que a ti que use sombrero en Reinas.

Funcionó. Los vecinos del pueblo se descubrían y le trataban de don. Don Pedro. Sonaba bien.
- Desde mañana pasaremos juntos consulta.
- Mañana iré a dar un paseo por las vías. Es el mejor sitio para pensar. Regresaré a cenar.
- Piensa. No sueñes. Pensar cuando uno es joven es magnífico. Yo ya ni sueño ni pienso. Me tomo el pulso al amanecer y cuando me acuesto. El resto del día hago lo principal: vivo.
- ¿Tú crees que las vías de la mina desaparecen por la boca de una sima que conduce al Infinito en donde los ingenieros rusos levantaron una montaña fantástica con siete vagones que conduce a la Felicidad?
- ¿Qué diablos has aprendido después de asistir siete años a la Universidad?
- Pilar me leía un libro de mamá que se llama “El Carrusel loco”. El carrusel tenía una cuerda de reloj infinita. Nadie sabe en donde se encuentra la llave de la cuerda y el carrusel no se puede parar.
- El libro lo guardo en mi biblioteca. El que llegaba a la parada el primero, recibía una escoba de premio.
Pedro fue a su habitación. Metió el sombrero en la sombrerera.
- Úsalo tú, papá. He soñado que Pilar está mirando al mar. Tenía zapatos de colores como los que se ponen los catalanes para ir a misa.
- Ya has pensado.
- Me iré mañana.
- Mañana habrá tormenta. Yo iré río arriba a pescar anguilas.
Pedro se horrorizó al darse cuenta que estaba a punto de llorar. Se sintió con fiebre al ver a su padre sacar un pañuelo de su bolsillo y tendérselo con la mayor naturalidad.
- ¿Y esto?- preguntó el muchacho con la voz repuesta.
- Yo tampoco comprendía a mi padre- dijo el viejo médico.
Al día siguiente, el médico esperó despierto a que Pedro cerrara la puerta. Esperó a que arrancara su coche. Esperó. Esperó. Se levantó y miró el sitio de las llaves. Su hijo se había ido en autobús. Igual que Pilar.
Revistó la casa. Repasó las habitaciones. También el camarote y la bodega. Pensó en no afeitarse. Cada tres o cuatro días. No le quedaba más remedio que emborracharse al menos cada tres días. Los viejos no necesitan hablar para subsistir. “La casa. Es demasiado grande para mí. Bueno. Ya veremos”. Lo peor fue pasar el día sin hablar con los pacientes. ¿Qué podían tener que no lo supiera ya? La piel de su rostro sin afeitarse, le picaba. Terminó las visitas a domicilio. Ensilló la yegua, la tercera yegua con parecido carácter. Recorrió las calles asfaltadas y sin asfaltar del pueblo. Las vías tenían un extraño atractivo. Sus hijos no eran los únicos que las habían recorrido durante varios kilómetros. Recordó a una joven que desapareció cantando, dando saltos como un pajarito de riel en riel. No volvió. Y a una pareja que contaban a sus amigos que por allí se llegaba a la boca de la mina de carbón en donde, sin dejar de bajar, había plataformas iluminadas con antorchas. Unos decían que la mina era de carbón y otros de hierro.
- De hierro. Las minas eran de hierro. El carbón lo hacían los carboneros con madera o lo traían de Inglaterra en vapores- decía el médico a sus hijos-. Lo demás es inventiva. Los pueblos analfabetos protegen su desconocimiento con fantasía.
Llegó cansado y hambriento. Había una boca oculta por un fantástico zarzal lleno de moras. Los hierros de la vía se perdían en el misterio. Recogió un sombrero de moras. Se las comió a puñadas. Escuchó el goteo de un caño. La yegua ya bebía de un pozo marrón. Esperó. El agua sabía a hierro. Sacó la manta de debajo de la silla. Solo. Se plegó en el centro de tres pinos. El bosque estaba lleno de canciones. Algo le iba a romper la noche. Se levantó. Ató al animal, le libró de sus aparejos, le acarició largo, puso su maletín de almohada.
El bullicio de los árboles le robó el sueño. La noche también asusta a los viejos. Las luciérnagas comenzaron a jugar en las hojas tiernas de los bardales. Parecen monstruos y son animalillos que no se apartan de las suelas de tus zapatos. Las piñas son como granadas. El doctor se puso el sombrero. Lo extraño era que sentía lástima del final de la noche. Estaba feliz. Hasta la yegua se había tumbado no más lejos que la largura de su brazo. Pero se levantó asustada. Los zarzales de la boca de la mina formaron ondas empujados por una música lejana que llegaba perdida por el pedregal. Un bajo largo de órgano apagó la luz de las luciérnagas. El médico pensó en un derrumbe en el misterioso intestino por donde bajaban los rieles formando ochos y nudos marinos. Después de la tormenta, una melodía que recordaba a la salida del sol en la llanura de Marías, alumbró de paz aquel rincón de la tierra. Se levantó. Motores, luces de colores, flashes en los árboles. Frenos. Disparos de voces.
- Es que el abuelo, le ha seguido, don Lucas.
- ¿Qué abuelo me ha seguido a dónde?
Silencio. Cuando él había olvidado por completo su nombre, una garganta con pólipos le llama don Lucas.
- Doctor don Lucas. Mi hija anda con las aguas.
- ¿Y quién es su hija?
- Las mujeres. Las mujeres se pusieron nerviosas. Ellas tienen la culpa.
- He traído la ambulancia para llevarnos al caballo de vuelta.
- ¿Quién habla?
- Hoy tomábamos posesión de la plaza el médico ayudante de usted y un servidor. Yo soy enfermero y sé conducir ambulancias.
Se dejó hacer. Recordó. Un día de aquellos le mandaban un médico y un enfermero. La Seguridad Social había edificado una casa pintada de blanco. También la yegua se dejó hacer. Se dejó subir a la ambulancia. Alguien había sujetado la camilla. Al médico lo llevaron a un coche rojo. Conducía un muchacho joven con traje y corbata. Llevaba guantes. El médico lo miró asombrado.
- Yo soy el médico nuevo- dijo el chaval con guantes.
- ¿Y cómo es que no atiende a la parturienta?
- El niño viene mal. Está con la comadrona. Ella sabrá.
- En Reinas no hay comadrona. Hay ancianas que cantan durante los partos.
El doctor abrió al primer intento la puerta del coche. Salió. Encendió una cerilla de papel. Conoció el rostro de un viejo.
- ¿Saco a la yegua, señor?
- Sí, Carburo. Sácala, ponle la silla, cuelga mi maletín en la silla y ayúdame a montar. Por lo que veo, en el rato que falto del pueblo, la gente se ha vuelto loca. ¿Por qué te llaman Carburo?
- No sé, señor.
- No te preocupes.
Esperaron a que el médico se acomodara en su montura. Salió al trote. Cuando dejó las vías para coger la carretera, un kilómetro antes de llegar a los lindes del pueblo, se encendieron antorchas. Se apagaron en la puerta de una casa nueva. Era de día. Una docena de ancianas cantaba la misa de Kyries. El médico entró en el cuarto. Tres ancianas rezaban. Una mujer joven lloraba. Otra vieja tocaba la pandereta llevando el compás con la madera de sus zuecos.
- Tú eres la madre de la chica. Dame una camisa limpia. Saca a las viejas y agarra a tu hija de las manos. Cuando tenga ganas de gritar, que grite.
El médico se lavó con parsimonia. Pidió el maletín. Le dijo a la madre que se quede. Estaba cansado. Pidió agua abundante. La parturienta era primeriza, delgada, con las caderas estrechas. En vez de gritar, relinchaba con ahínco. El niño era grande. El médico sabía lo que tenía que hacer. Primero girar a la criatura. El doctor hizo un gran esfuerzo para que las cosas salieran bien. Estaba agotado. El suelo del monte es duro. El reloj de la iglesia dio las nueve. La mujer ya no relinchaba. Gemía de dolor. Consiguió rasgar una sábana. El médico se la quitó de encima. La madre metió de una patada la sábana debajo de la cama. Tenía los labios prietos. Quería ayudar en lo que fuera. Ser útil. El doctor escuchó las diez en el reloj. Suspiró. Se hubiera tumbado al lado de la joven madre. Las cosas se fueron enderezando. Cada cosa a su tiempo. Acabó el trabajo y puso la criatura en brazos de la parturienta. La joven abuela se reía mansamente. El médico se fijó en la madre y se dio cuenta de que casi era una niña. Se metió la camisa dentro de los pantalones. Se lavó en una gran palangana. Metió la mano en el bolsillo derecho y sacó una moneda. Se lo dio a la madre.

- Es un niño largo como un potrillo. Hará la mili de gastador. Cuando se haga mayor, le das la moneda.
El médico abrió la puerta y dijo al nuevo padre que ensillara la yegua. El padre puso las riendas a la yegua y ayudó a subir al médico. Iba tan infinitamente cansado que no escuchó los besos que le lanzaban las viejas. Los hombres se habían descubierto. El doctor sólo quería llegar a casa, desnudarse y meterse en el río con una pastilla de jabón de Pilar. En la puerta de la caballeriza le esperaba Baldomero. El médico se dejó caer en sus brazos de hierro.
- Tengo que dormir, Baldomero. Estoy muy cansado. ¿Sabes que he pasado miedo en la boca en donde desaparecen los rieles? Por su boca sale una música de órgano infernal.
El médico dejó su ropa en el porche. El agua estaba fría. Sintió a las sanguijuelas por piernas y brazos.
-¿Necesita un bote, doctor?
- Déjales que chupen toda mi sangre.
Era flaco y largo. Se sentó en la piedra que lo hacía su hija para remojarse sus pies. Sus brazos rodearon sus rodillas. Baldomero se sentía un privilegiado. Tenía la certeza de que su mirada acaparadora no molestaba al médico. Le ayudó a levantarse. Le quitó las sanguijuelas de la espalda.
- ¿Qué ha hecho en la boca de la mina del Barranco de Mina Santa?
- Escuchar tocar el órgano a don Delfín el Organista. Es él. No puede ser otro. Creo que el mundo subterráneo está unido por galerías. Son los caminos por donde discurre la Belleza.
- Pilar creía que la Belleza se encontraba en una Montaña Rusa que no podía parar-dijo Baldomero pronunciando la palabra Pilar con veneración.
- Las mujeres son sofisticadas. Se creen todo lo que les cuentas mirándoles a los ojos.
- Pedro ha venido esta mañana a mi casa a darme esto para usted. Me ha dicho que le diga que se los guarde.
El médico volcó el contenido de la envoltura en su mano.
- Son los pendientes que llevaba mi esposa cuando se ahogó.
FIN

Primer recuerdo AQUÍ 
Segundo recuerdo AQUÍ 
(Continuará)





lunes, 15 de septiembre de 2014

LA MONTAÑA DE LA FELICIDAD

Segundo Recuerdo


Los saltimbanquis llegaron perseguidos por un huracán de hojas. Era un viento negro que formaba nubes con las cenizas de las chimeneas de las casas y con el humo de la herrería. Montaron su campamento debajo del puente del ferrocarril de la mina. Las hojas secas las recogió Baldomero en cinco sacos y las llevó a la cuadra de su casa para hacer la cama a sus cerdos. El amo de los comediantes se pintaba el bigote con corcho quemado para asustar a los niños y los labios con carmín para provocar a las mujeres. En el carromato grande habían escrito con letras modernistas iguales a las del metro de París: El Gran Ramplín. El comediante dijo a Baldomero que las hojas le habían perseguido a él, a sus mulos y a sus pájaros amaestrados desde Teruel. Pero Baldomero llenó los cinco sacos sin levantar cabeza y los llevó a su casa para sus cerdos.
- Un día iré a buscar mi fusil de reglamento y te llenaré de plomo el corazón-dijo Ramplín.
- Las hojas secas que arrastra el viento por el Camino Real son de mi familia. Siempre ha sido así. Desde tiempos del abuelo del padre de mi abuelo. Puedes preguntar al tendero. Él es el hombre más viejo del pueblo. Tan viejo que ha presenciado siete eclipses totales y uno parcial.
Pilar vivía con su padre. Era una mujer triste y silenciosa que cuidaba gansos y cosía faldones para bebés y bordaba anclas para capitanes. Su casa estaba al lado del río en donde Pilar cogía cangrejos y pescaba anguilas. Las sanguijuelas que se pegaban en sus piernas las metía en un bote de pimientos para el laboratorio de su padre. Baldomero le convenció para ir a ver el carromato de Ramplín. Le dijo que era un carro bajado del cielo por cuatro ángeles con tirabuzones de mujer. Pilar se puso un delantal limpio y mojó los cuellos de su blusa con una colonia muy especial que guardaba en su armario ropero en una caja de membrillos. Pero cuando Baldomero le dijo que ya había encerrado sus gansos, ella se quitó el delantal y se sentó en la mecedora de la cocina. Era la forma de advertir que había mejores cosas que hacer en casa que ir a husmear las intimidades de una familia de equilibristas. También pensó decirle que ella criaba gansos y él cerdos, que la diferencia era notoria. Ella pensaba que quitarse el delantal significaba todos esos pensamientos. Listo. Un gesto a tiempo elimina palabras.
Pilar tenía veintiocho años cuando llegaron al pueblo Ramplín y familia. Su hermano Pedro acababa de cumplir veintidós. Pedro estudiaba medicina en la Universidad de Zaragoza. Quería ser médico como su padre, un hombre flaco, alto y silencioso desde el día que su esposa se ahogó cuando el buen hombre les llevó a ver el mar. A Pilar no le impresionó el mar. No le pareció inmenso. No vio la raya del horizonte dibujada con agua verde. Lo comparó con su trozo de río y se quedó con su arrullo. No le atraían las exageraciones de la naturaleza: las montañas que tocaban las nubes, las tormentas con tronadas, las cataratas que sacaban en el cine, la mar inmensa y salada. Los paisajes románticos rompían su armonía. Prefería las charcas en donde cantaban las ranas, los castaños y los robledales que cubrían la vista de la torre de la iglesia. Su chiribitil era la salita de su casa en donde podía soñar y esperar el regreso de su padre y quizás el beso que nunca le dio. Los tacones de sus botas dibujaban fiestas igual que las ternezas que esperan las hijas de un padre con el corazón fragmentado. Ellos decían que se comprendían. Él era tímido. Ella también. Aquello no era cierto. Pilar no quería vestir santos. Su padre no sabía dónde buscarle un marido digno de ella. Ambos esperaban. A la hora del postre pelaban la fruta y esperaban sin mirarse a los ojos. Pensaban que alguno de los dos tendría en su bolsillo la razón. Porque la razón siempre se guarda en un bolsillo apresado con corchetes.
El hombre que se presentó como el volantinero del alambre mundial estaba casado con una mujer con una trenza adornada con estrellas de plata. Pilar se encontró con ella en el río. La mujer estaba sentada en las piedras planas donde frotaba la colada.
- Seguro que usted vive en esa casa tan bonita que moja las aguas del río. Yo toco el saxofón. ¿Le gusta la música? También toco el tambor y repico el atabal.
- No tenemos radio-dijo Pilar- Los que escuchan la radio terminan confesándose negritos del África Tropical que cenan todas las noches un vaso de Cola Cao.
- Le puedo enseñar a cantar canciones rusas en español. Me llamo Celia. Mi marido me llama Zeliuska, pero es una ridiculez. Espero que venga a vernos actuar. Mi marido hace un número que encoje el estómago. Es funambulista. Yo toco el saxofón y el tambor. También redoblo el atabal cuando él se sube al alambre y da vuelta campana. Entonces me envidian muchas mujeres. Me envidian tanto que se sientan a mi lado. Las viejas dicen que ven latir mi corazón. ¿Su marido es abogado? Lo deduzco porque los abogados usan lazo. Pídale que le acompañe. Una señora de su porte ilumina el espectáculo. Una vez vino a vernos un capellán con zapatos de charol. Un monaguillo colocó debajo de sus suelas un paño con golondrinas.
Pilar entró en casa y subió a la primera planta procurando no hacer ruido. Su hermano contemplaba el paisaje por la ventana. Estaba tan absorto en la pintura que apenas sintió el estirón de orejas que le dio su hermana.
- ¿Por qué viene a bañarse al río que pasa por delante de nuestra casa?-dijo Pedro.
- Para que se te caigan las babas en la pechera de tu camisa. Se llama Celia y está casada.
- ¿Qué quieres que haga?-dijo Pedro simulando cara de aburrimiento.
Pilar salió con una toalla blanca y cubrió los hombros de la mujer. Le ayudó a secarse. Le dijo que más arriba el río hacía un remanso entre cortinas de acacias a salvo de miradas peligrosas.
- Esté segura que de haber estado mi padre, le hubiera invitado a pasar a casa. Y le habría tomado la tensión.
- ¿Su padre es el médico de aquí?- preguntó la mujer.
- Mi padre es el médico de aquí y de donde lo necesitan. Mi hermano lo será pronto. Casualmente lo he encontrado estudiando anatomía femenina singular cuando he subido por la toalla.
- Su padre y su hermano saben que el polvo del camino se quita con agua y jabón. Volveré a traerle la toalla limpia.
La mujer se fue sin despedirse. Tampoco miró a la ventana de arriba.
A Pilar le daba igual. Su padre no tardaría en llegar. Pilar lo esperaba todos los días con la luz de la sala encendida, sentada en donde estaba el piano de su madre. Cuando ella era niña, su padre y su madre tocaban a cuatro manos canciones muy hermosas que leían de cuadernos de solfeo, pero desde que fueron a ver el mar y su madre, la única que lloró al contemplarlo, tuvo el capricho de coger una estrella como la que veía en los libros. La quiso coger con su hijo en brazos y se ahogó. Su madre se ahogó por querer coger una estrella de mar. Era caprichosa. Cuando regresaron del cementerio, su padre atornilló la tapa de nogal del piano con cuatro pernos de ataúd. La música se quedó prisionera en sus teclas blancas y negras. Sus pedales lloraban cuando Pilar los pisaba con ira. A cambio, besaba su raíz de palo de rosa con la certeza de que sus labios estaban encima de la tecla fa. Y cantaba: fa, la, do, mi. Mi, sol, si, re, fa.
En el infortunio, Pedro tenía dos años y ella ocho. Ahora su hermano tenía veintidós y ella veintiocho. Pedro era un chico apuesto. Venía siempre que podía de Zaragoza para estar en casa. Pedro tenía el carácter de su madre. Era espontáneo y cariñoso. Ella se parecía a su padre. Era alta, flaca, seria y sensitiva. Era elegante, caminaba con gracia. Sus labios marcaban una boca con carácter, su nariz recta, sus ojos grandes y bien colocados, dibujaban una frontera que atemorizaba a los hombres. Sólo Baldomero, un muchacho con más de treinta vacas, tres peones y una criada, la trataba con simpatía. Algunas veces, Baldomero preguntaba a Pilar por los gansos. Otras le decía si quería dar una vuelta por las vías del ferrocarril de la mina.
- Después de caminar un día entero el ferrocarril se transforma en montaña, los rieles suben y bajan como las montañas rusas que te llevan al Infinito. En el Infinito hay una cueva con estrellas de hielo que las tallan los mineros que hace mucho se quedaron atrapados en un laberinto perpetuo. Tenemos que ver quién resiste más sin caerse de los rieles.
- Yo elijo el rail derecho.
- ¡Eso ya veremos!
Pilar estaba dispuesta a caminar por las vías hasta el punto que llamaban el Infinito. El cura solía predicar en Pentecostés que al final de las vías se encontraban las puertas que conducían al Infinito. Estaba aburrida de caminar por las diez calles y cinco estradas que configuraban el mapa del pueblo y que te empujaban a la parroquia y a la tienda de ultramarinos de don Jobito.
Se había puesto por encima de sus hombros el chal de su madre. Echó a andar por la vía. Era el camino que la gente empleaba para llegar antes a San Martín, una ciudad de quince mil habitantes en donde había más de treinta tiendas variadas, peluquerías de señoras y dos gasolineras. Una a la entrada y otra a la salida de la ciudad. Y un convento de frailes que pedían por las casas comida, ayudados de un carro y un burro y otro convento de monjas que hacían magdalenas y bordaban anclas para los uniformes de los niños que hacían la Primera Comunión, escuchando a los bichos del campo cantar con sus alas. Había una iglesia como una catedral con el órgano colgado del cielo de la nave central. Era la colegiata de Santa María. Allí habían bautizado a Pilar y a su hermano. 

Su padre cerraba la consulta el 15 de agosto e iban en su Peugeot negro a misa mayor a escuchar tocar el órgano a don Delfín, el compañero de una médico coja, que había fallecido en Zaragoza. Un año, hacía ya muchas fiestas, terminó la misa con un bolero. También disfrazaba el tango Caminito en la comunión. El cura lloraba de felicidad. Antes de dar la bendición decía que en el Infinito había una orquesta internacional que no paraban de tocar piezas como aquellas. Un día se corrió por la aldea que habían visto al organista en Lisboa llevando en brazos a su perro Stalin enfermo de una pata. Corría de tranvía en tranvía preguntando el recorrido del Tranvía nº7, porque había muchas posibilidades de encontrar allí a una mujer que hacía felices a los hombres y sabía cuidar las heridas de las patas de los perros.
Al terminar don Delfín su concierto anual en la ciudad de Santa María, Pilar agarraba de una mano a su padre y la pasaba por su rostro mojado por las lágrimas. “Bach, la cantata que tocaba mamá”
- ¿A ti como te gusta más?- preguntaba Pilar a su hermano.
- Al saxo tenor. Como toca la comediante de la trenza-respondió el muchacho guiñando un ojo a su hermana.
- No sé si acerté al enviarte a estudiar a Zaragoza. Es una ciudad golfa.
- Conoces mis tres mundos, papá: nuestro pequeño pueblo, esta ciudad llena de iglesias y Zaragoza. ¡Ni que viviera en París!
- Me gustaría que llegaras a médico y que ejercieras en casa. Aquí la gente paga con lo que tiene, pero paga. Tu hermana no para de trabajar. ¿Quién te pagaría tus gastos en Zaragoza? Estoy fuerte. ¡Llegaré! Hoy también se lo he prometido a vuestra madre en Santa María.
- El organista de ahora es malo. No tiene alma- dijo Pilar.
- Don Juan tenía fusas y corcheas en vez de glóbulos en la sangre.


Regresaban en silencio ya con la tarde oscura, con el cielo café con leche. Encima de los cipresales de un cementerio olvidado hasta de sus muertos, se vislumbraba un repaso de nubes de hilo medio blancas, medio grises, que bien lo podía haber formado la fumata de un avión a reacción hacia el costado de poniente. Pilar, aunque no lo sentía, se santiguaba delante de la puerta de los cementerios, recuerdo de los gestos que le quedaron de su madre. Todavía iban su padre y ella a llevar rosas a su sepultura, también en agosto. Limpiaban entre los dos el mármol blanco con polvos de bicarbonato y después de terminar, permanecían en pie y en silencio, con los ojos clavados en su nombre esculpido en la losa. El viento, porque en el cementerio siempre soplaba un viento con olor a sol, acariciaba la melena de Pilar y la corbata a rayas azules y granates de su padre. Parecían dos santos haciendo guardia.
- Hoy la función de los titiriteros cortará el paso por la plaza- dijo Pilar.
- ¡Qué bueno! ¡Pienso ir!- dijo Pedro- ¿Me acompañas?- preguntó a su hermana.
- Ya di calabazas a Baldomero- dijo Pilar.
- ¿Por qué haces caso a un zampatortas?- preguntó Pedro.
- Baldomero es un buen hombre- dijo el médico.
Pilar miró a su padre con gesto de vomitar. Desde hacía tiempo pensaba que su padre no iba a mover un dedo para facilitarle un noviazgo ad hoc. Dieron la vuelta por la estrada que circundaba el pueblo. Pudieron ver cuatro focos de gran potencia y escuchar 15 segundos de España Cañí. Por las calles se veían grupos de mujeres llevando una banqueta debajo del brazo. Ya no hablaron. Pedro aparcó el coche debajo de una tejavana. El médico se sentó en uno de los dos sillones de mimbre que sacaban a la solana en verano. Se hizo un cigarro con medio caldo de gallina. Pilar se puso a hacer una tortilla de patatas. Era lo que más gustaba a su hermano.
Bajó como un pincel. Se había puesto camisa limpia y unos vaqueros que no tenía nadie más que él en el pueblo.
- No vengas tarde-dijo su padre.
-Ya- dijo Pilar orgullosa de la planta de Pedro.
Pilar quería mucho a su hermano. Todavía se despertaba sudorosa de la pesadilla del día que arrastró la ola a su madre. Salía del sueño abrazada a su almohada que no era otra cosa que el cuerpecillo de su hermano. Porque ella fue la que le abrazó y corrió a la arena.

Amaneció un domingo radiante. Cogió el chal de su madre y rodeó su casa.
- Está tan bueno el tiempo que voy a hacer las visitas a caballo-le dijo su padre desde la cuadra- Sólo son tres viejas que no se quieren ir sin tomar un poco más de jarabe.
Pilar le ayudó a montar y le colgó el maletín en la silla.
El médico se volvió desde la carretera y como siempre la confundió a su hija con su mujer: alta, erguida, con un vestido estampado de racimos de uva de oro.
- Solo existe el presente- dijo el médico con la voz rota por el tabaco. La frase que le dejaba vivir. También la decía su hija y ello le molestaba. “Son frases de viejos, hija”, le regañaba.
Pilar esperó a que las herraduras se perdieran por el camino del río. Aquel era un barrio tranquilo. Sobre todo, los domingos. Las mujeres que iban a misa lo hacían aburrido. Pilar tenía ganas de llegar a los sembrados de maíz y desde una huerta que terminaba en punta, saltar a las vías del antiguo tren de la mina de carbón. Ya había pasado el día anterior escuchando el órgano de la Colegiata de Nuestra Señora, había comprado almendras garrapiñadas, había tomado una taza de chocolate y había llenado su cestillo de tules e hilos finos para su trabajo casero. Era una mañana muy hermosa. Desde hacía unos años algunos campesinos habían plantado girasoles y el paisaje estaba cambiando. Pilar estaba a punto de llegar a un punto en donde había una roca casi plana al borde de la vía. Era un lugar en donde crecían algunos álamos, fácil de hallar un escondite entre sus troncos si se acercaba alguna persona. Caminaba presurosa con idea de llegar lejos. “Hasta el infinito.” “Hasta el infinito” Había leído en un libro que el Infinito se podía alejar o acercar. Y que si llegabas antes de que cayera la noche y sin cansarse excesivamente, te entraba una serenidad que te hacía olvidar las espinas del camino de la vida. Pilar no comprendía la diferencia entre el día y la noche para llegar al plácido Infinito. ¿Sería algo así como el Bien y el Mal, el Alto y el Bajo o el Rico y el Pobre? Había muchas cosas que Pilar no comprendía. Lo que descubrieron sus ojos entonces, tampoco. Lo vio sentado en el pedrusco, al borde de la vía. Baldomero sonreía como un niño. Sintió ganas de dar media vuelta y regresar a casa. No lo hizo. Quiso llorar. Su boca dibujó una sonrisa inusitada. Se subió en el riel de la derecha, al otro lado de la roca y se deslizó con habilidad.

- ¡Como el Gran Ramplín! ¡El pulso del Rey del Arco!
- ¿Dónde has dejado tus cerdos?- dijo Pilar con esa rabia que algunas mujeres saben dibujar para herir.
- Al Infinito se llega sin dañar al compañero- dijo el hombre intentando guardar el equilibro en el riel.
Pilar se volvió sin dejar de caminar y lo miró limpiamente a sus ojos. Baldomero se sintió enfermo. Comprobó la certeza de que los ojos de Pilar desarmaban al hombre más preparado para dominar. Baldomero traía tres botones de su camisa abiertos. El vello de su pecho simplemente asomaba. Se percató. Se abrochó. Ella se recogió en su cuello su mantón liviano. Caminaron sin hablar. Él, tropezándose. Ella resbalando sus zapatillas por el hierro oxidado. Parecían una bailarina de ballet y un borracho. Desde niña había necesitado amor más que ninguna otra cosa en el mundo. Pero nunca se puso a buscarlo con la vehemencia necesaria. En aquel pueblo las mujeres que llegaban a los treinta años cuidando media docena de gansos, estaban perdidas. Ella misma se llamaba por lo bajo la Birrocha de los Gansos. Era el título perfecto para una comedia dominical. Y alguna vez casi llegó a alcanzar las suficientes fuerzas como para preguntar a su padre qué opinaba de su apodo universal a partir de los treinta años.
Su sinceridad siempre disparaba a destiempo:
- ¿Tú te casarías conmigo, Baldomero?- preguntó con la voz fuerte de recoger a los gansos y meterlos al gallinero. Con la misma voz fuerte que usaban las mujeres para llamar a sus hijos a la hora de la merienda desde las ventanas de sus cocinas.
- ¡Qué ocurrencia, Pilar! ¿Dices porque hace unos instantes me he sonrojado? Los hombres no sabemos dominarnos. Yo sé quién es usted y quién soy yo. No soy un soñador. Tengo los pies en la tierra. Sólo sé que quiero llegar a tener sesenta vacas y que me llamen Baldomero. Baldomero es nombre de vaquero, de vaquero soltero y rico. ¡Qué ocurrencia, Pilar!
Baldomero salió del camino de la vía y apretó a correr por una selva de maíz que amarilleaba sus hojas. Corría sin sentir en sus muslos los latigazos de las cañas, sin padecer en su pecho y en sus brazos las heridas que manchaban de sangre su camisa azul, sin comprender su irracional conducta. Sin saber por qué le quemaban las lágrimas de sus ojos. Corría y corría respirando con esfuerzo, sin mirar atrás, sin sentir vergüenza. Sólo con el deseo de llegar a las naves en donde sus vacas pacían tranquilamente, cerrarse por dentro y llamarlas una por una por su nombre, porque Baldomero mojaba la testuz de sus animalillos con medio litro de agua bendita y les ponía un nombre cristiano al día siguiente de nacer.
Pilar recolocó su vestido en sus carnes. Ahora saltaba de un riel a otro con verdadera gracia. Parecía un pajarito perdido. Una brisa mañanera onduló el vuelo de su vestido y sus pelos sueltos bailaban señalando el Este y el Oeste siguiendo el ritmo de su dueña. De lejos parecía un guiñol magnífico acostumbrado a los aplausos del público. El Infinito se encontraba al final de la vía, de una vía que nadie sabía donde terminaba. Alguien contaba que se perdía retorcida en una sima por allí lejos, más lejos de donde comenzaba a romperse la llanura chocando contra los montes. Allí se originaban las tormentas los veranos y se interrumpían en invierno. Pilar había intuido que las personas sólo tienen una vida porque no podían resistir otra. Su padre solía decirle que su amigo el organista explicaba a su mujer que la vida pasa tremendamente deprisa y que haría falta otra para volver a empezar corrigiendo errores. Por eso él se había convertido en un trotamundos en busca del tranvía nº 7. Estaba convencido que ella le esperaba en el mismo asiento del mismo tranvía en que la conoció. Pilar no iba a cometer el mismo error. No había Infinito. No existían tranvías mágicos. Lo único que había era el presente. Un presente al que se le podía ver tocar y oler.
Pilar no dejó de deslizarse por los rieles hasta que el sol llegó al cénit. Fue al mismo tiempo que gritó al cielo: “¡Nuestro Destino está en nuestras manos!” Se volvió. Bajó de los raíles y comenzó el regreso a casa por un pequeño sendero que corría parejo a las vías. Cogió una manzana de un árbol. La mordió. La escupió. Estaba agria. Tenía hambre. Todo tiene su tiempo. El hambre también se olvida. Caminaba a pasos iguales. Soñó en la paz de su casa, en la tarta de melocotón que había preparado el día anterior. Pensó en su padre. Iba a ser una tarde histórica. Se iba a acercar y sin decir palabra le iba a besar en la frente. Otra etapa de su vida. Su padre no andaba lejos de los sesenta. Un beso en la frente era lo mejor. Lo iba a hacer. Se lo pedía el cuerpo como nunca se lo había pedido. Había sido vencida por la terquedad de su padre. Sabía que él era lo que más quería: recibir. Lo iba a hacer. Quizás era más cariñoso abrazarlo y besarlo en la sombra de su barba. Llegó con el cielo azul marino. Las estrellas no tardarían en llegar. El pueblo estaba muerto. Cuando el pueblo expiraba alcanzaba la belleza de los finados. El párroco prohibía hacer espectáculos los domingos. Los titiriteros se marchaban al día siguiente. Entró por la salita que daba a la solana, por la habitación en donde estaba el piano de su madre. Su entrada coincidió con un arpegio casi con todas las teclas del piano, de grave a agudo. Ella, la Zeliuska rubia, sopló el saxo dando saltitos en el suelo. Ambos estaban de espaldas. Pilar salió a la leñera donde su hermano preparaba durante el verano la cosecha de troncos para el consumo de las chimeneas en invierno. Fue tan fulminante que ni el pianista ni la saxo tenor tuvieron tiempo de abrir sus bocas. 
El filo del hacha dio con tino en la tapa del piano, justo encima de la tecla fa, partiéndola en dos. Pilar dejó con exquisito cuidado el hacha contra la pared empapelada de margaritas y abrió la puerta que daba a las escaleras. Ya desde arriba, antes de encerrarse en su alcoba, escuchó decir a su padre con su timidez más extrema:
- Alguna vez se tenía que acabar el luto, digo yo.
Pilar supo que nadie se iba a atrever a entrar en su cuarto. Sin embargo, esperó. Cogió una pequeña maleta de cuero y la llenó sin mucha imaginación. Se sentó en una esquina de su cama y esperó inmóvil la hora de dirigirse a la carretera principal para coger el autobús que iba a San Martín. Si don Delfín el Organista vivía con un zurrón buscando un tranvía inexistente, ella también pondría todo el empeño para dar con la ciudad en la que habían construido la montaña rusa más grande del mundo. Allí encontraban la felicidad los desamparados del amor, según leyó en la peluquería en una revista francesa que habían abierto en la calle principal de San Martín. Y su padre decía que las revistas francesas siempre contaban la verdad.
Pedro la esperaba en la parada del autobús. Lloraba con el mismo desconsuelo que puso cuando lo sacó su hermana del mar. Sólo le dijo:
- Baldomero me ha dicho esta tarde que te da todas sus vacas con sus partidas de nacimiento.
Pilar echó una carcajada irrefrenable, la más larga y sorprendente carcajada que había echado y echaría en su vida. Se sintió libre y feliz. Por ese orden. Primero libre y después feliz.

FIN
Primer recuerdo AQUÍ                                               
Tercer recuerdo AQUÍ


viernes, 4 de julio de 2014

EL TRANVÍA Nº 7

                                                             Primer Recuerdo



Juan se sienta en una silla de playa al lado de la puerta de la cocina. Una señora le viene a hacer compañía. Está empeñada en enseñarle a hacer punto bobo. Le ha comprado dos agujas y un ovillo de lana azul. También le suele dar una patata para pelar.
- Es un entretenimiento, don Juan- le dice la gorda. Porque la señora es gorda sin perdón.
Juan habla poco. Piensa. Su cuarto da a un balcón en donde hay otra silla de playa. De las paredes cuelgan tiestos con geranios y en el fondo, contra la pared, hay una gruta forrada por dentro con corcho, como un portal de Belén en donde vive Stalin, un perro tranquilo al que le asusta la oscuridad y el ruido de las flores al crecer. Si la señora gorda se pone pelma, Juan emigra a la silla del balcón y se queda al lado de Stalin, dormitando. También lee un libro de cuentos de un escritor americano que Julia dejó encima de su mesilla, en la otra casa, unos pocos días antes de empezar con la morfina. Se le olvida lo leído y vuelve a empezar por enésima vez con decisión y hasta consigue terminarlo. Pero cuando coge otra vez el libro, se avergüenza de no recordar la trama y lo comienza a leer otra vez con todos sus sentidos alerta.
La casa la compró doña Julia al comprender que el cáncer le había ganado la carrera. Pensó que su compañero necesitaba una casa vacía de recuerdos, una casa sin impedimentos para que la llenara con los sustos del presente. Quiso dejarle preparada la vida, sin entender que una vida nueva destruye los recuerdos de los vivos viejos.
También Stalin era un regalo de Julia. Lo trajo cuando se jubiló en el hospital. Pensó que mientras lo sacaban a pasear dejarían de mirarse con pena.
- Así no tendrás más remedio que salir a la calle para que haga sus necesidades.- le decía Julia.
Juan le dejaba actuar. Nunca había huido de sus ocurrencias. El momento que se descubrieron en el tranvía nº 7 y corrieron sin conocerse a ocupar el asiento que luego cedían a algún anciano sin conseguir frenar su fiesta, continuaba vivo. Aquel día comprendieron que la explosión irracional que habían sentido al mismo tiempo, debía de ser la cosa que los adultos llamaban amor. ¡Era tan natural enamorarse! No cabía la menor duda que el palpitar de sus corazones, su risa, su gesto, era el misterio que empujaba a dos almas al deseo de permanecer siempre juntas, sin importarles que una tuviera un pie más recto que el otro, un defecto que le hacía lanzar la cadera hacia delante. Y que el muchacho usara pajarita de goma y una gorra con visera de hule. Porque a Juan le gustaba ir vestido de raro y llevar álbumes de órgano debajo del brazo.
Cuando Julia le dijo que tenía cáncer, Juan le respondió que de eso ahora se cura todo el mundo. Pero sin saber por qué, comenzó a pensar en su vida pasada junto a ella y ya no pudo pararse en el presente, aunque ella permaneció junto a él casi un año. Un tiempo que se iba borrando según iba transcurriendo. Y es que él nunca aceptó que ella se iba a morir. De hecho, el día que le empezaron a dar morfina, Juan sacó a Stalin de paseo a las mismas horas de siempre y a la vuelta dejó al perro que besara las manos de Julia como lo hacía desde que ella hablaba en susurros: un simple toque con su hocico y un ladrido nuevo que a Julia le hacía sonreír.
Ella, además de ser médico analista, era una mujer alta, casi tan alta como don Juan. Cojeaba de un pie. Lo tenía torcido. Don Juan le solía comprar los zapatos más bonitos que encontraba en una tienda de objetos de cuero. El dueño de la tienda tenía un oficial experimentado con manos de plata. Don Juan compraba los dos zapatos, pero sólo regalaba a doña Julia el del pie bueno. Luego la médico pasaba por la zapatería y el oficial experimentado le confeccionaba el zapato para el pie torcido en seis pruebas. La señora cojeaba con dignidad. Todo el mundo decía que era una señora desde la cabeza a los pies.
No se casaron. Fueron a vivir a casa de ella y no hablaron nunca de ceremonias. Juan dijo que no tenía familia. Tenía un hermano. Se llamaba don Pedro. Era párroco en donde él iba a tocar el órgano en noches cerradas. Muchas veces a las dos y a las tres de la madrugada. Alguna vez llamaban del obispado al párroco para decirle que la policía había llamado para informarles que alguien había entrado en su parroquia a tocar el órgano.
- Es mi hermano- decía don Pedro. Y colgaba.

La casa de Julia era un chalé de tres plantas parapetado por un muro de piedra y una empalizada de hierro. En el muro crecían ombligos de Venus y musgo. La pareja cuidaba un jardín de hortensias que rodeaba la casa. Era tan magnífico que en tiempo de la floración se acercaban familias enteras a contemplarlo los domingos. Un heladero colocaba su carro tirado por un burro gris en la acera de enfrente, al lado de una plantación de maíz. Al burro le gustaban las hojas frescas. El paisaje se perdía por una pendiente que llevaba al monte. En el monte había una cantera de piedra arenisca donde vivían lagartos verdes y una tribu de gitanos que hacía cestas de mimbre. El tranvía nº 7 daba la vuelta a cincuenta metros del chalé. Luego comenzaba la ciudad.
Don Juan trabajaba de corrector de noche en un periódico y tocaba el órgano en los funerales de la parroquia de su hermano. Cuando comenzó a hacerse viejo, muchos comenzaron a llamarle don Delfín el Organista, no se sabe por qué extraña razón.

Cuando la señora gorda que iba a su casa a cuidarle le daba una patata lo suficientemente grande, don Juan buscaba en el cajón de los cuchillos de la cocina uno pequeño y puntiagudo y tallaba un pie con sus cinco dedos a la perfección.
- ¡Es precioso!- exclamaba la gorda.
- Es para Stalin. Al perro le encantaba lamer los pies de la señora.
A don Juan le molestaba la presencia de aquella mujer que al de media hora de entrar en casa se acomodaba en la butaca preferida de Julia y se ponía a dar nudos en la aguja de plástico con lana azul. Era la hora en que don Juan arrastraba a su mente la carrera que daban por el pasillo del tranvía nº 7 buscando un asiento libre con ventana. Ella llegaba en pie, con una mano en la barra de la puerta. Era inconfundible. Sus labios acentuaban su risa cuando el tranvía llegaba (dos paradas después de que se hubiera montado ella). Se tomaban de la mano y revolvían el silencio con sus frases entrecortadas que ni ellos ni los viajeros comprendían. Entonces el tranviario tocaba la campana y un hombrecillo que vendía pájaros se ponía a cantar un bolero. A todos los pasajeros les parecía que el tranvía corría más y se miraban y se reían.
- Tome don Juan. Ya sabe: meter la aguja, sacar la lana y empujar. Pruebe, don Juan. Es un trabajo sedante. Yo empecé con ejercicios sencillos y ahora me estoy haciendo un vestido de ochos.
- Le harán falta mil ovillos.
- No crea.
- Digo por su volumen.
- Ya sé por qué lo dice.
Don Juan saboreaba su maldad. Guardaba su “labor” en una bolsa de papel. Iba a quitar las hojas secas de los geranios y a jugar con las orejas de Stalin. Después se sentaba a recordar los días de agosto cuando el maíz de la huerta del otro lado de la carretera crecía más de dos metros y los niños y las parejas jugaban a perderse entre el cañaveral. Era la época en que las hortensias pintaban el jardín y la verja se llenaba de mirones. No había un jardín semejante en la ciudad. Doña Julia regalaba caracoles de colores a los niños. Lo que nunca supo es que los niños asaban los caracoles encima de la chapa y se los comían con un poco de sal.
Ya no existía la casa con festón de hortensias. Había allí una casa de doce plantas con ladrillos cara vista, pegada a otra. Ya no había chalé ni carro de heladero con burro. Había ciudad. Tampoco había tranvía nº 7. Había trolebús. Diferente.
Quedaban don Juan y Stalin en un piso octavo. Casi siempre en el balcón del piso octavo de una casa de doce alturas. “Lo suficiente para hacerse tortilla, Stalin”, le decía al perro. No eran felices. La soledad llega al lado de los perros y de los hombres viejos con las mismas sensaciones. Aunque tengan un loro. Así todo, Juan tenía que dejar de pelar patatas muchas veces, Entonces salía a su balcón plagado de geranios y reía hasta sentir dolor en la boca de su estómago. Reía hasta que Stalin emergía de su morada y le abrazaba con sus patas a la altura de sus rodillas. Si llegaba la cuidadora, se apoyaba en la barandilla y mirando al mar, se mordía la lengua hasta sentirse seguro que la mujer no se había dado cuenta que se reía precisamente de su afición de tenerlo pelando patatas. “La mayoría de los mortales piensa que los viejos somos tontos”.
- Esta noche va a cambiar el viento- decía.
- ¿Se encuentra bien, don Juan?- decía la gorda abrazándole por la cintura. La señora cuidadora tenía momentos de amorosos cuidados. Era una efusión que entraba en su trabajo desde que un cliente nonagenario le pidió con lágrimas en los ojos que le enseñara sus pechos para acudir flotando en ellos a la presencia del Padre. “¿Qué maldad hay?”, se preguntó la próvida señora. Por supuesto que el cliente nonagenario expiró de felicidad. Desde entonces había fabricado una lista de caricias que las ponía en práctica cuando creía haber descubierto el morbo apetecido por “sus muchachos”. Según sus observaciones, don Juan se sentía seguro con sus gordezuelos brazos rodeándole su cintura.
- Lo digo porque los aviones ponen su morro mirando al Sur para aterrizar. ¡Y no me entorpezca el caminar, que nos vamos a romper la crisma!
Un día al antenochecer, a esa hora que las mujeres hacen confesiones inauditas, la gorda de arriba abajo le confesó que no le quedaba más remedio que embutirse en un corsé de varillas de ballena para disimular su cuerpo de gallina cebada. Estaba tan emocionada que contó a don Juan que los anclajes para el justillo se la enviaba una prima desde el puerto de Tórshavn, en las islas de Faroe. Don Juan, que tenía su memoria en el pasillo del Tranvía nº7, lloraba desconsoladamente al sentir los latidos fuertes de su corazón que le golpeaban el pecho con esos bombazos amargos que brotan algunas veces con los recuerdos.
- Perdone, don Juan. Le prometo no contarle más historia tristes-dijo la buena mujer sin sospechar que el viejo no le había escuchado una sola palabra.
- Es el Tranvía nº 7.-le respondió don Juan sonándose los mocos.- En el tranvía nº 7 no viajaban las desgracias. Las dejábamos en casa. ¿Usted no ha gastado nunca un cacho de tiempo para saber si pisa el cielo? Si no lo ha hecho, le aconsejo que vaya en busca del tranvía nº 7. Verá nubes al ras de la calzada, nubes de yerba en donde nacen fresas.
La señora desapareció. Don Juan no la volvió a ver más. La esperaba afeitado y con los dientes limpios. Colocaba la lana azul y las agujas encima de una mesita. Llamaba al frutero para que le subiera tres patatas grandes y lisas. Bajaba a la pastelería de la esquina y compraba bollos con mantequilla. Permanecía en su balcón mirando el paseo del litoral con los tamarindos florecidos. Y cuando descubrió que Stalin se dirigía a la puerta en cuanto oía el ascensor, se sintió naufrago sin barca. Perro y amo tenían miedo. Con su cachaba de cabeza de tigre arrastraba su cuerpo hasta la parroquia de don Pedro, su hermano que no era familia porque era hermano, subía al coro, limpiaba los cuatro teclados del órgano, se descalzaba para pisar el teclado de los pies y con los ojos cerrados encendía los sonidos bajos, los que llamaba a los pobres sin cama y se dormían llorando escondidos en los confesionarios. Cuando su composición quedó sostenida en un fa interminable, amaneció de los tubos finos el redoble de un mirlo. Fue cuando salió una vieja de un confesonario, subió las escaleras del coro de medio en medio paso y regaló un huevo de pata a don Delfín el Organista.
- Coja fuerzas don Delfín. Sorba la yema. El órgano es un instrumento de viento, no de tempestades. La cuidadora de ancianos era hija de un pescador de bacalaos. A lo mejor por eso se ha amarrado al cuello cinco tuercas de hierro y se ha arrojado desde el faro de luz verde a los remolinos del mar.
- Hoy no han venido a escuchar el órgano las niñas del orfanato. Ni tampoco ha bajado el párroco-dijo don Juan.
- ¿Es verdad que es familiar suyo?
- No. Es mi hermano.
Se acercó otra menos vieja con tres sayas recién robadas. Seguramente aquella misma tarde.
- Yo sé el recorrido del tranvía nº 7. Te vi jugar con la coja muchas veces. Tu tranvía está aparcado en la campa de los titiriteros.
- Si hablas de la campa en que yo pienso, creo que allí sólo vivían gitanos.
- Ahora hay un campamento de titiriteros al mando de Ramplín, un sargento de la Guardia Civil, que tiró sus armas al fondo de una mina de hierro cuando empezó la guerra. Dicen que ha recorrido todos los pueblos de España y que en uno de sus carros lleva a la verdadera Virgen del Carmen, tallada en un tronco de alcornoque.
Don Pedro despertó a su hermano y a Stalin poco antes de misa de ocho.
- ¿Por qué no vuelves a casa después de tocar el órgano? Este banco tiene más de cien años. Es duro como la piedra.
- También los pobres duermen en tu iglesia.
- Desde que la policía vigila la iglesia, aquí sólo entras tú por la puerta de la rectoría. ¿Por qué has despedido a la señora que te cuida?
- ¡Ella se ha ido!
- No discutiré contigo.
- Ya buscaremos a otra mujer. Procuraremos que no sea gorda y se empeñe en enseñarte a hacer punto.
- Yo sé por qué se ha arrojado al fondo del mar. Se había enamorado de mí. Esa es la verdad. No era una mujer fuerte.
- Sube a casa a desayunar.
- Una anciana me ha regalado un huevo de pata y me lo he bebido.
- Sube y mientras nos preparan un desayuno como Dios manda, te contaré la verdadera historia de la gorda, hermano.
- ¿Y Stalin? Él sólo sabe comer un pienso que vende Jeremías el judío.
- ¿Por qué lo llamas Stalin?
- Porque es su nombre. Julia le bautizó con agua destilada, que es el agua que emplean los ateos para bautizarse.
Don Juan acompañó a su hermano hasta la puerta de la Rectoría. Recordó que la maleta rosa de julia permanecía encima de un armario lleno de prospectos de películas. También recordó que tenía unas botas de cuero y un abrigo marrón para el invierno. No era invierno, pero llegaría. No subió a casa de su hermano. Pero instintivamente hicieron una cosa que no habían hecho nunca. Ni siquiera jugando cuando eran niños. Se dieron la mano.
Metió unas mudas, dos camisas, calcetines y las botas de cuero. Se marchó del octavo piso de aquella casa que le había comprado Julia para que no se enterrase en su pasado. Se marchó con Stalin en busca del tranvía nº7 para volver a empezar y repetir la parte más hermosa de su vida. Estaba seguro que en alguna ciudad del mundo habría un tranvía nº7 en servicio.



FIN  
Segundo recuerdo AQUÍ