martes, 29 de noviembre de 2016

VIDAS EJEMPLARES


 Moncho y Ramona eran hermanos, guapos, hermosos y de familia venida a menos. Tenían una tía bisabuela beata, Mar Ros, experimentada botánica en yerbas santas recogidas en los bosques del convento de Miraflores; un tío que llegó a capitán general de la pandilla de Franco, que guardaba los puros en su bastón de mando; también tenían un hermano cheposito, el mayor, que se llamaba Pachín y trabajaba en El Corte Inglés en la sección de alfombras orientales. El padre de los tres era secretario de Ayuntamiento y su madre matrona de padres abertzales en un pueblo de Gipuzkoa. Una familia de ahora con todas sus consecuencias. 
Moncho era psicólogo. Tuvo mal ojo. Diez años buscando trabajo. Nada. Ramona era farmacéutica sin farmacia. Mileurista por meses, ocho años de trapillos, clienta de mercadillo, vacaciones en el mar Cantábrico, el de abajo de casa. Las libretas de ahorro de los aitas adelgazaban sin parar. Estaban enfermas. Ramona tenía coche, Moncho una motocicleta de tócame Roque, Pachín coche y un cascajo con motor fuera borda. Los aitas, un Renault con quince años parado en el garaje de casa. Para ir al súper a hacer la compra gorda del mes, sirve. La clase media de antes de Rajoy, ahora despeñada, lucha para que las olas no les cubran la nariz.  Una sociedad sin clase media no respira. Ricos y pobres. A lo mejor es suficiente. Moncho y Ramona  eran conscientes de que sus prerrogativas de niños bien estaban a punto de desaparecer desde que besaron los treinta años. Pertenecían por derecho propio al tanto por ciento de abandonados por la ruleta. Destrozada la lógica que había imperado en las clases sociales, se quedaron en brazos de la soberana madre que reparte el trabajo con lupa: los licenciados en algo, a jardineros; los doctores ingenieros, a bomberos; los economistas, a barberos; los que sobran, de camareros al extranjero. Moncho y Ramona no tenían secretos entre ellos. Se llevaban tan bien que hasta se cambiaban las revistas porno. Su camaradería  venía de antiguo. Su madre les metió en la misma cama cuando todavía eran de mantos, un gran lecho de matrimonio que esperaba ocupas desde que falleció su tía beata Mar Ros. Hermanos con el mismo color de pelo, el mismo brillo en los ojos, el mismo olor de piel, pero diferente edad, que se fue acortando con el tiempo. Los tomaban por gemelos. Y es que, además, su padre, el secretario de Ayuntamiento, supo recalificar sus papeles y hacerlos hermanos gemelos por ley. Total, unas cuantas firmas de otros, memorizadas de tanto verlas. “¡Son tan simétricos!”, le dijo a su esposa. 
- Sí, pero yo estuve con ellos año y medio preñada y parí dos veces.
- ¡Cosas de mujeres!- decía el padre desde que dio el pego a las autoridades competentes en partos.
Ramona y Moncho no protestaron. Ni cuando su padre cometió la travesura ni cuando llegaron a adultos con licencia para votar. Además, les gustaba ser gemelos. Su intimidad rayaba en lo enfermizo. No había día que no se regalaran alguna confidencia. Así, sus vidas llegaron a ser patrimonio de los dos. También se contaban sus aventuras sexuales. Eran buenos. Los mejores, según su opinión. Se reían con salud el uno del otro, a carcajada limpia. Tanto que su hermano mayor acudía a su lado para recibir una raspa de alegría. Se la daban. Pero Pachín, vendedor de alfombras nobles, sonreía por compromiso y pensaba que sus hermanitos habían desequilibrado su visión de la realidad. Pachín era un soso de mala curación porque estaba convencido de que su simpleza era el carácter de la gente feliz. No le faltaba razón.
Ramona y Moncho tenían amigos con los que iban de botellón a mamarse con mezclas inimaginables. No les duró mucho. Su padre les esperaba en la cocina sentado en una banqueta. 
Cuando les sentía enredar en la cerradura, corría a abrirles la puerta con una sonrisa endiablada. Les llevaba de la mano a su habitación y esperaba a que se acostaran para arroparles con mimo. Algo sabía el hombre. Fueron tres largos años lo que tardaron los gemelos en darse cuenta de que su padre no iba a tirar la toalla. Por eso el secretario de Ayuntamiento predicaba que a los hijos hay que educar con perseverancia. Los tres años de juegos nocturnos sirvieron para que Ramona y Moncho hicieran un montón de amigos. Y es que los gemelos atraían. No olvidaban los nombres nuevos, hablaban mirando a los ojos sin abandonar la sonrisa, sin rechazar una caricia, sin negar un beso. Se pusieron de moda. El que no conocía a los gemelos era cosa mala propia de gente imperfecta.  Uno: “En cuanto me miró a los ojos, me enamoré de ella.” Una: “¿No te has dado cuenta cómo se toca la tripa Moncho cuando se ríe? Es único. Un crack.”  
Al cumplir treinta años, el demonio se fijó en ellos. Treinta años es la edad en la que los individuos hacen generalmente examen de conciencia. Es la edad en la que se detienen delante del espejo del baño, sorprendidos porque su rostro ha mudado su gesto de toda la vida. Un fogonazo. Eso es. Es un flash que te obliga a pararte en seco para estudiar qué es lo que te ha cambiado el semblante: unas arruguillas casi invisibles, alguna cana, una expresión nueva en la boca, ¿más dura? Casi es lo de menos. Lo más preocupante es que también el carácter, el sentido común, muda sus costumbres de tal manera que lo que antes era importante, ahora es trivial; lo que te hacía reír, no tiene chispa. Fue Ramona la que se sintió primero acongojada. No contó nada a su hermano.  No quería decirle: “Hermanito, no digas sandeces. Antes tus ocurrencias me divertían un montón. Ahora me parecen propias de un muchacho sin gracia”.  Y es que, además  de reparar en la metamorfosis de su semblante, Ramona  descubrió entre la multitud de ojos que la miraban, unos muy grandes que la sedujeron sin remisión. Eran de Ulises Cañaveral, un hombre chato con la voz cascada, como de terciopelo viejo, que se le reflejaba su corazón en sus ojos al ver o escuchar o tocar u oler a Ramona a cualquier distancia en locales cerrados o en el raso de la calle. 
Ocurrió eso que dicen flechazo, que es cuando a una pareja les nace en sus cabellos un rayo verde, como el fenómeno óptico atmosférico que ocurre poco después de la puesta de sol. Ulises Cañaveral era de vientre hundido, gran comedor de alubias que trabajaba de jardinero en el Ayuntamiento cuidando las rotondas de la carretera. Era un detallista que plantaba flores con guindillas en circunferencias perfectas separadas por caminos de piedras subidas de la playa. Provenía de la Escuela de Agrimensores de Aragón. Fue ella la que se acercó a él. Y desde entonces sufrían cuando se tenían que separar porque temían no volver a encontrarse. Ulises Cañaveral le regalaba flores secas dentro de libros de astronomía, que Ramona comenzó a coleccionar. Ramona regalaba a Ulises guantes de laboratorio, que hurtaba en la farmacia para que no se estropeara las manos en su contacto con la tierra. Cuando Moncho percibió las rarezas de su hermana, cogió su almohada y pidió permiso a su hermano Pachín para acostarse a su lado. Y es que comprendió que su hermana se había hecho mayor y le habían dejado de interesar las conversaciones mundanas.
 Moncho echaba mucho de menos a Ramona. Se aburría. Llevaba siete años presentándose a toda clase de oposiciones en donde pedían psicólogos. Y es que, fuera de los libros que había estudiado en la Facultad, no se había preocupado en adquirir otros conocimientos. ¡El diablo! ¡Primero te larga cuerda y luego la suelta de golpe! Ella, que ha paseado su olor, esencia de pitiminí, ha hecho lo que hay que hacer: derretir su carne de hielo ante un Adán que la toma de la mano y la lleva a pasear por las veredas por donde pasean los enamorados encerrados en su bola de cristal. Feliz pareja que no se harta de respirar el aire viciado que emana de su piel, de capturar sus miradas, de confesarse sus sueños de amor.  Moncho no sabe de estas cosas. Él no es infeliz por no tener trabajo. Es su vida: no parar de buscarlo. Lo hace. Ése es su trabajo. Es lo que le aconsejan sus padres. No parar de buscarlo. Como hacen los demás. Sin embargo, desde que el espejo le devuelve la imagen de un Moncho de treinta años, se ha comenzado a preguntar por qué los años corren tan rápido, por qué su hermana ha dejado de ser gemela, por qué su hermano no se olvida de recordarle que se le está pasando el tiempo de encontrar trabajo, por qué la vida ya no le hace reír.
Ramona era dichosa cuando metía su coche en una rotonda. Las flores de Ulises Cañaveral guiaban los pasos del viejo vehículo por el laberinto de la rotonda apartándola de los peligros de las circunferencias. Ramona preguntaba a Ulises en cuál rotonda le tocaba trabajar. No era raro verla escondida tras un seto vigilando a Ulises. ¡Y es que no podía vivir sin él! En la rotonda del Escapulario, al lado de una tienda de aparatos eléctricos, había un banco de jardín detrás de un aparcamiento de motocicletas. Ramona jugaba sentada allí con su trenza deshecha y pensaba sin dejar de observar a Ulises, en el tiempo perdido de su juventud. Todo lo pasado, apena. El futuro asusta. Sobre todo cuando eres viejo. En el presente se juega con las cartas descubiertas. Moncho comenzó a seguir a su hermana por las rotondas de la ciudad. Cuando descubría a Ulises Cañaveral expuesto a la miraba de los viandantes en el escaparate del jardín central, allí agachado fumigando una cueva de hormigas con alas, o en pie, enseñando el bocho de su barriga vacía de alubias, anhelaba encontrar por fin un trabajo de algo que sirviera para echarse un jodido euro al bolsillo ganado con el sudor de su frente.
Dios aprieta pero…  Lo encontró.  Era un fabuloso curro. Había que tener la carne blanca, los ojos negros, los dedos largos, la sangre limpia. Él era así. Le pidieron imaginación. Tenía. Le aceptaron. Aquella misma noche comunicó a su familia después del telediario que a primeros del mes entrante comenzaba a trabajar en unos laboratorios del polígono industrial del Tazón. Y es que, tras una semana de  estudiar la oferta de una multinacional, tomó la decisión de convertirse en donante de esperma. 
“La vida es una conmiseración oblicua” se dijo sin saber como definir el futuro en general. Un futuro que transcurrió apaciblemente llenando probetas con su esperma 10 de máxima calidad. Tras un año comprando revistas para mantener la producción uniforme, comenzó a viajar. Hay gente que no está dispuesta a que su hijo sea concebido en un laboratorio. Así fue como terminó acostándose con la mujer, mientras el hombre estaba con ellos en la cama. Hay hombres que necesitan estar presentes mientras  su hijo está siendo creado. 
Ramona se soltaba la trenza para ir a trabajar. A Pachín le subieron el sueldo en El Corte Inglés, se dejó perilla y se compró un peine. Moncho escupía un lapo en la palma de su mano izquierda. Era zurdo. ¡Para que digan que el catecismo neoliberal es malo!


FIN


Arrigunaga, (Getxo) a 3 de noviembre de 2016.


martes, 25 de octubre de 2016

PARAISO


Iban en un Ford pequeño con la capota bajada. Habían pensado ir a Cabo Roca, a la urbanización Los Peñascos, en donde tenían una casa con porche en una loma con quince pinos al borde del acantilado. Era un pequeño paraíso enclavado en un cabo en la punta de otro cabo. Había siete casas más, pero apenas se veían sus tejados. Como siempre, fue una ocurrencia de Avelina. Una de las muchas que la mujer tenía durante los meses del año. En realidad siempre eran las mismas ideas pronunciadas en las mismas fechas. Costumbres (ellos las llamaba tradiciones) que llenaron su vida en los treinta años de matrimonio. La casa en Cabo Roca la había heredado Avelina de su padre, un tendero de zapatos que hizo su mediana fortuna agachando los riñones delante de una clientela de posibles, armado con calzador y con una sonrisa de charol blanco de Primera Comunión 
El camino que les llevaba a Los Peñascos encerraba  pequeñas sorpresas que casi siempre  suponían la apertura de una nueva carpeta que de seguro usaban para tejer discusiones nuevas en el futuro: un cambio de rasante repintado, el sobresalto de una ardilla al escuchar el rugido del motor de su coche, la ignorancia fingida de un grupo de vacas rubias que apartan sus ojos  de la carretera con enmascarada coquetería, la parada obligada en un manantial de agua ferruginosa para beber en un vaso de plata (un vaso para los dos), traído ex profeso por Avelina. 
- Mis padres bebían siempre que venían agua de este manantial- decía Avelina.
- Estaba esperando que lo dijeras- decía Marcial.
Frases e incidentes, que aún repetidas al menos una vez al año, no les llegaban a empalagar. 
- Recuerda que la próxima curva es peligrosa.
- Por supuesto que lo recuerdo.
- Deberíamos parar en lo alto de la loma y ver si les queda leche del día a los caseros de la vaquería. 

- Ya sabes que la leche cruda me da asco.
- ¿Aunque sea un poco?
- Aunque sea un dedal.
- ¡Qué cosas más raras te suceden!
- A ti tampoco te gusta el pan blanco.
- Eso es diferente. El pan blanco es insípido.
- ¡Cómo tú!- farfulló Marcial casi sin mover sus labios.
- ¿Qué es lo que has dicho?- preguntó Avelina.
- No he movido los labios. 
- Entonces habrás cantado- dijo Avelina recelosa.
- Para cantar se necesita ánimo.
- ¿Se te ha agriado el carácter? Al salir de casa estabas feliz.
- Estaba feliz por probar el coche. 
- ¡Ya decía yo!- exclamó Avelina-. ¡Igual que mi padre! “¡El motor de un coche nuevo es cien veces más agradable que el graznido de una vieja!”
- Tu padre no destacaba precisamente por su cortesía- dijo Marcial-. A veces llegaba a ser un grosero de tomo y lomo.
- Mi padre se quedó viudo sin darle tiempo a soltar  el justillo de mi madre con sus dientes. Fue un marido sin realizar. Era el cuento que me contaba todas las noches para que me durmiera. 
- No imagino a tu padre escarbando en su memoria relaciones conyugales- dijo Marcial.
- ¿A quién, sino a su hija, iba a contar sus fracasos?
- A cualquiera menos a una inocente niña. Por ejemplo a una puta. Aunque una buena puta debe de tener el bachiller acabado y haber leído los cuentos completos de Chejov; a un cura. Preparación. Es lo que les falta a los curas. Simple y llana preparación.  
- Hemos pasado el caserío de la leche y no has parado- dijo Avelina con resignación.
- No es la primera vez- dijo Marcial con cinismo.
- Algún día me tiraré en marcha por el barranco- dijo Avelina.
- ¿Cómo te puede gustar la leche sin hervir?  
- ¿Y a ti los huevos crudos?
- Pienso muchas veces en nuestros pareceres enfrentados. Sin embargo, aguantamos -dijo Marcial-. Lo peor es morirse sin descubrir la quinta pata de la banqueta.
- El secreto reside en saber parar a tiempo -dijo Avelina. Por cierto, ¿te has acordado de meter en la mochila los guantes de lona y los loros para podar las zarzas de la barrerilla.
- No.
- ¿Con qué herramientas haremos el trabajo?
- Con las viejas tijeras y con los guantes de siempre.
- ¿Pero es que no las tiraste a la basura? Recuerdo perfectamente que te dije que los tiraras a la basura.
- No los tiré. Las guardé en el sitio de siempre. Eran unos buenos loros y los guantes no tenían ni un solo rasguño.
- ¿Vas a bajarte del coche para abrir la barrerilla o la abro yo?
- Siempre he abierto yo la puerta de hierro. ¿Me quieres hacer un feo?-preguntó Avelina levantando la voz.
- En absoluto, Avelina. Se me olvidan nuestras obligaciones. 
- Recuerda que las puertas de esta casa las he abierto siempre yo.
- Está bien. ¡Ábrelas!
- ¿Cómo quieres que las abra si no tengo llaves? Las llaves las traes tú.
- Da igual. Veo que se han llevado el candado de la urbanización. 
Avelina salió del coche y empujó la puerta que chirrió como un diablo. 
- Es una delicia escuchar la voz de la puerta dándonos la bienvenida. ¿Verdad que es un chirrido peculiar?
- Muy peculiar.
- Ven. Mira. Desde aquí se ve la mar en todo su esplendor. 
- Eso lo has leído en algún best seller de supermercado. 
- Lo decía mi padre justo desde el lugar en que me encuentro. ¿Sabes lo primero que hacía mi padre cuando entraba en casa?
- Sacar el calzador que llevaba en el bolsillo y dejarlo encima de la mesa del comedor.
- Ya te lo había contado.
- Siempre que venimos a Los Peñascos. 
- Desde aquí veo las copas de los pinos de nuestra casa. Seguro que al descubrirnos se pondrán contentos. 
- Seguro.
Avelina se apartó de la verja de hierro. Marcial arrancó el coche. Pasó y esperó a que Avelina cerrara la barrerilla y se acomodara en el coche. Una ligera brisa de mar impregnada de sal llegó hasta el parabrisas del descapotable. La tarde caminaba con parsimonia  navegando por los caminos que un sol ya mortecino pintaba  en las olas. 
- Ve despacio- dijo Avelina-. Hay un kilómetro desde la barrera hasta la puerta de nuestro jardín.
- Mil ciento dos metros-matizó Marcial.
- Es como el paseo que lleva al Edén-dijo Avelina- ¿Verdad que se parece al Edén?
- No sé. 
- No seas prosaico. Mi padre también decía que era como el Jardín del Edén. ¡Él si que sabía!- Dijo Avelina respirando el aire profundamente.
- No guardes mucho viento en tus pulmones, que es gallego y te puede enfermar. Ya llega fresco.
Tras una curva en forma de herradura apareció la casa. 

- Frena-dijo Avelina.
- ¿Vas a contar los pinos?-dijo Marcial.
- Mi padre los contaba desde esta misma posición. ¡Están preciosos! Desde aquí parece un tupido bosque. 
- Están los quince-dijo Marcial.
- ¿No te has dejado alguno?-dijo Avelina.- Espera. Ahora los quiero contar yo. 
Marcial levantó el pie del freno y dejó deslizarse al coche. Al llegar a la puerta del jardín frenó con brusquedad.
- Sí. Creo que están todos. En el más alto, en el que está pegado al porche, duerme un mochuelo.
- Los mochuelos no duermen de noche. Vigilan a sus presas-.dijo Marcial.
La puerta del jardín era de madera.  Se cerraba con un sencillo picaporte. Avelina cogió un par de paquetes de plástico con comida. Marcial colgó dos mochilas en su hombro izquierdo.
- ¿No vas a meter el coche?-dijo Avelina.
- Primero voy a echar una ojeada al alero de la casa. También bajaré hasta el muelle de madera. Te olvidas de las galernas de verano.  
Avelina se sentó en las escaleras del porche. 
- A mi madre no le gustaba venir a Cabo Roca-dijo Avelina.
- Puede ser.
- Tenía miedo de los bichos.
- ¡Vete a saber!
- ¿Verdad que Cabo Roca es una delicia?
- Toma las llaves de casa y vete metiendo las mochilas y las latas-dijo Marcial.
- Venimos poco. 
- Quizá.
- Tenemos que venir más a menudo-dijo Avelina.
- Ya lo dijiste el año pasado-dijo Marcial.
- Me apetece cenar en el porche. ¿Qué te parece si hago un tortilla?-dijo Avelina.
- Bien. Pero yo cenaré en la cocina. Hará fresco-dijo Marcial.
-  ¡Oh, no! ¿Nos vamos a perder la llegada de la noche? 
- Podemos verla desde la ventana de la cocina-dijo Marcial.
- ¿Qué ha sido ese ruido?-dijo Avelina.
- Un pitorro-dijo Marcial.
- ¡Un pitorro! ¿Verdad que es como el Paraíso Terrenal? ¡Dime que sí, Marcial, dime que sí!

Marcial no respondió. Se levantó de la escalera del porche, metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones, levantó su cabeza y comenzó a inspeccionar el alero de la casa. Perfecto. En vez de bajar al atracadero fue hasta la puerta de hierro del camino principal y al dar la media vuelta para regresar a casa se dio cuenta de que la noche estaba al caer. Le extrañó que la casa estuviera sin luces. También estaba cerrada la puerta. Tocó el timbre. No sonó. Volvió a tocar. Nada. Golpeó con los nudillos. Le dio a la puerta un puntapié. Avelina abrió la puerta. Llevaba una vela encendida en la mano. 
-  ¿En dónde te has metido?-dijo Avelina.
-  ¿Por qué estás sin luz?-dijo Marcial.
-  Estaba en la ventana de nuestra habitación mirando a ver si te veía-dijo Avelina.
-  ¿Sin luz?-dijo Marcial.
- ¿No ves que tengo una vela? Seguramente la guardó mi padre en el cajón de la mesa de la cocina-dijo Avelina.
-  En la mochila negra hay una linterna-dijo Marcial.
-  En la mochila negra hay cuatro cajas con plomos, corchos y anzuelos para pescar. Tampoco están las tijeras de podar ni los guantes-dijo Avelina.
- Por lo visto he confundido una mochila por otra-dijo Marcial.
- ¡Qué majo!-dijo Avelina.
- Se habrán saltado los plomos-dijo Marcial.
- ¿Cómo lo vamos a saber sin verlos?-dijo Avelina.
- Pásame la linterna-dijo Marcial.
- ¿De dónde? Ya te he dicho lo que contiene la mochila negra. En la otra hay ropa. La metí yo misma. Sólo tenemos la vela-dijo Avelina.
- ¿Por qué no vamos a pedir ayuda a algún vecino de la urbanización?- dijo Marcial.
- ¿Fuera de temporada? Aquí ya no queda nadie. Yo te alumbro. Por si no recuerdas el cuadro eléctrico está debajo de las escaleras. Ven-dijo Avelina.
Miraron. Sus sombras rotas bailaban a su alrededor. El cuadro eléctrico estaba quemado.
- ¡De buena nos hemos librado!-exclamó Marcial.
- ¿Y ahora qué hacemos?-dijo Avelina.
Marcial salió a la fresca. Bajó las escaleras del porche y luego las que conducían al muelle de madera. Un gajo blanco pintaba el cielo estrellado. Se sentó en el borde del muelle. Avelina le siguió con la vela apagada en la mano.
Un par de luces de un pesquero aparecían y desaparecían no muy lejos.
- ¡Qué paz!- ¿Verdad que también de noche es un paraíso terrenal?- dijo Avelina.
-Sí que lo es-dijo Marcial-, pero tenemos hora y media de camino para llegar a casa.



FIN


Arrigunaga (Getxo) dieciséis de setiembre de 2016.

viernes, 23 de septiembre de 2016

CÓMO SE MALGASTA UNA VIDA

Resulta que ha llegado la hora de mi muerte y me doy cuenta de que mi vida ha sido un suspiro vacuo.  Ni siquiera he llevado a la cama a una mujer, fuera de a mi esposa, claro. Tampoco soy codicioso ni me gusta el dinero. Pero jamás he hecho ostentación de lo que no tengo como muchos hombres presuntuosos que mienten para parecer superiores. Sin embargo, no he dicho nunca que el dinero es malo. Poseer dinero es cosa buena por razones obvias. Estoy bautizado, comulgado y confirmado. ¿Qué individuo de más de setenta años no lo está? Pero no soy religioso. La última vez que entré en una iglesia tendría doce o trece años. Fui para decirle al cura en el confesionario que tenía serias dudas sobre la existencia de Dios, lo del Espíritu Santo y eso. El cura, por toda respuesta, me mandó rezar un padrenuestro. Fue revelador. Desde entonces no he tenido más dudas sobre el cielo y el infierno. De joven leí algunas novelas que no dejaron huella en mí, aunque sí recuerdos. Las novelas, junto a algún libro de poesía, un tomo de Donoso Cortés, La vida de Don Gregorio Guadaña y poco más, se encontraban debajo de una cama en una caja de jabón Chimbo. Todas las novelas se parecían en algo. Los chicos de pelo rubio o castaño eran guapos y buenos; los morenos eran de “mirada aviesa” y malos, algunos muy malos; había un tío o una tía rica que tenía servidumbre, los protagonistas eran gente de derechas (rubios), los antagonistas eran socialistas (morenos). Ciertamente, ¿quién ha visto un socialista rubio?; un médico con cara pensante que trata a algún enfermo crónico de la familia; un perro más sabio que Einstein, quizá un loro de gran corazón. Y lo fundamental, una conversación escuchada sin querer que lo explicaba todo. Poco más puedo contar de mi vida plana. Sí hay algo. Seamos valientes.
Hace muchos años un amigo del barrio me pidió un favor. Este muchacho de cara sonriente, mirada alegre y muy espontáneo, me dijo que ya sabía que había leído un “montón” de novelas y que se pondría muy contento si leyera una que había escrito él, dados mis conocimientos profundos en la materia. Me sentí tan honrado que agradecí su oferta y le dije que sí, no sin antes sorprenderme que un espécimen tan animado y abierto se dedicara a escribir. Pensaba que los escritores eran más circunspectos, más sesudos y mucho menos habladores que él. Creo que hasta revisé mi memoria por si le había confiado algún asunto personal. Había leído en una hoja de calendario de taco que los escritores se apoderan de las vidas de los demás y luego las cuentan como les conviene. Leí el mamotreto y me gustó. Se lo dije. Se puso tan contento que me besó en el cuello y se puso rojo como un tomate. ¡Que el demonio le chamusque la lengua! Entonces, sin pensarlo mucho, le dije que si él había escrito  una novela, yo también iba a escribir otra para corresponderle y dejársela para que la lea. ¡Cosas de chicos veinteañeros! No se crea usted.  Al día siguiente me puse a ello. No alcancé a escribir ni una sola línea. Me decía que una vez encarrilada la historia, saldría sola. ¿Pero qué historia, si no tenía ninguna? Comencé a pensar en el argumento. Claro que primero había que buscar un tema atractivo.  Pensé en algo así como en una mafia que trataba con carne humana. Carne humana de mujer de burdel. Pero aquello no era suficiente. Necesitaba un personaje malo (moreno por supuesto), que representase el Mal y un hombre justo y bondadoso (un rubiales de buena presencia) que fuera el Bien. El Bien y el Mal frente a frente. Como tema no era original, ya había visto cantidad de películas con este trasfondo. Sin embargo, ¿cómo poner aquello sin apuntarlo? Estuve pensando días y días, semanas, meses, tres o cuatro años sin resolver tamaña dificultad. Porque era muy fácil decir: “Este hombre con rasgos de gitano, patizambo, malcarado, engañador, rufián, capaz de secuestrar, maltratar a mujeres indefensas, robar niños, matar… es un claro representante del Mal. Y este otro: humano, cariñoso, sensible, honesto, afable, justo, representa el Bien.”  ¡No había que dar pistas al lector! Eso era lo difícil: tirar la piedra y esconder la mano.  Por supuesto que no sólo pensaba en el “tuétano” de mi libro. También cavilaba en su estructura y hasta en el argumento. Creo que al comienzo, como entrante debía hacer una descripción detallada de la casa en que había nacido el chico “Malo”. Me pareció original comenzar a hablar en primer lugar del “Malo”. Debía de ser  una casa solitaria, apartada de la ciudad. Quizás en medio de un bosque. Así tenía la oportunidad de pararme en describir pormenorizadamente las clases de árboles, arbustos, para tener ocasión de escribir campánulas, zarzamoras, los trinos de un ruiseñor, aguas cristalinas. La casa debía de tener mucha personalidad, pero no de aspecto, ni de ruidos, ni con fama de vivir fantasmas con una cadena en el calcañal. Esos son cuentos para críos. Por ejemplo, una construcción de madera por dentro y adobe por fuera. ¡Eso! Un aislante natural contra el frío y el calor. Así tenía la oportunidad de llenar unos cuantos folios con las clases de materiales que se han empleado a lo largo de la historia en construcción. ¡Perfecto, camarada!
El trabajo de investigación me llevó otros tres o cuatro años. Aunque luego no supe qué diablos pintaban los trogloditas, los siux y el eclecticismo. Al final escribí en una ficha  “La casa era rara.” Y es que los casi mil folios copiados con buena letra de libros de arte y de libros de materiales de la construcción fui incapaz de resumirlos para que cupieran en mi novela. Aquello avanzaba con lentitud. Sin embargo, ¿qué prisa tenía? No había ningún editor pinchándome las carnes. Era dueño absoluto de mi tiempo. He leído que muchas novelas importantes son el fruto de treinta y cuarenta años de trabajo. Cuatro décadas dándole vueltas al Bien y al Mal hasta que un día te sientas a tu mesa de trabajo, afilas los lapiceros, pones la tetera al alcance de tu mano, colocas frente a tus ojos un fajo de dina4 ni gordo ni delgado para no entorpecer la marcha de la mano y ¡zas!, la transustanciación de la nada a una perfecta historia que hará llorar y reír a muchos hombres. ¡El milagro! El único remordimiento que me corroía no demasiado eran los encuentros cada vez más esporádicos con mi colega que un día me besó en el cuello, emocionado porque me había gustado el mamotreto que me dio a leer. Pero como yo dedicaba casi todas las horas del día a mi función de escritor, apenas salía de casa. Así, poco a poco mis amigos pasaban sus ratos sin echarme en falta hasta que, de seguro, se fueron olvidando de mí. Si no hay mimos, no hay amigos. Ya tenía bastante con lo mío. Así llegué hasta los cincuenta años. Y lo recuerdo con nitidez porque mi esposa me felicitó muy sonriente, luego puso una cara horrible y me confesó que tenía cáncer de pulmón. La cuidé. ¡Ya lo creo que la cuidé mientras duró aquel infierno!: Tres meses y dos días. Posiblemente fueron los tres meses y dos días de toda mi vida que pude olvidar mi inmadura novela. Pero una vez que la paz volvió a mi vida y me encontré todavía con más tiempo, volví a bucear en las aguas procelosas en busca del empuje final para empastar todos los conocimientos que había adquirido.

El día que cumplí setenta años me miré en el espejo de cuerpo entero que había sido de mi esposa. No me reconocí. 
     ¡Vamos, anda! ¡No me tomes el pelo!- dije al cristal.
Me quedé quieto observándome. Permanecí ante el espejo toda la mañana intentando comprender los estragos que había hecho el tiempo en mi fisionomía: el párpado derecho me cubría medio ojo,  bolsas del color de la tinta del txipirón  bajaban en escalera hasta mis pómulos, las comisuras de mis labios eran surcos de tierra como las que hace el labrador para sembrar maíz, mi pelo era blanco como el algodón y la papada me había cubierto  la nuez. 
¡Diablos! ¡Qué adefesio!
¡Vaya usted a saber por qué cogí un melocotón y salí a la calle! ¡La calle! La calle era bonita. En la calle había sol. También había palomas que zuraban estirando el cuello. Y una niña. Había una niña jugando sola a parecer mayor. Calzaba unos  zapatones de mujer adulta de tacón alto. La niña se acercó y me estiró la manga de mi chaqueta.
¿Me das un mordisco de tu melocotón? -me preguntó la mocosa.
Te doy el melocotón entero.
Yo solo quiero un mordisco de tu melocotón.
Se lo dí, claro. Dio el mordisco y me lo devolvió.
Ahora come tú.

Comí. Subió y bajó su cabeza varias veces. Gesto de asentimiento. El ruido de un avión manchó el cielo. La niña echó a correr mirando a lo alto. También miré yo. Me eché a llorar. Espejo, palomas, niña, zapatos birlados, melocotón, mordisco. Demasiadas cosas para una sola mañana. ¿Qué demonios había hecho de mi vida? Lo más angustioso era que la hoja roja de mi librillo de liar cigarrillos estaba impaciente por avisarme que el fin estaba cerca. 
Me apresuré en llegar a casa. Sólo una idea me taladraba la cabeza. Me senté en mi mesa de trabajo. Me era forzosamente imprescindible escribir mi novela para demostrarme que mi vida no había sido inútil. Coloqué un montoncito de folios. En mi mano derecha el lápiz, en la izquierda la goma de borrar. Fui capaz de escribir trece renglones. Y no pude escribir ni uno más porque me di cuenta que todo lo que tenía que decir lo había dicho en trece líneas.
Sofocado y tembloroso, me dije: 
¡Leches! ¡Qué difícil es escribir! 




FIN

Arrigunaga (GETXO) a 17 de agosto de 2016.

jueves, 11 de agosto de 2016

POR DELANTE Y POR DETRÁS


Ana y Jon, joven pareja de buen ver, van a comprar el pan cogidos de la mano los sábados al mediodía. Ella es peluquera de perros y él, profesor de Matemáticas de Instituto. Es un matrimonio todavía virgen de broncas que se emociona contemplando los guiños que hace la luna a los enamorados. Jon es un joven impulsivo. No le importa mostrar sus prontos al tomar a su esposa por la cintura sin apartar sus ojos de sus labios. Pocos paseantes se pierden el cinematográfico destello de la pareja y engolfan sus rostros con sonrisas  cómplices. Ana y Jon caen bien a la gente. Gustan. Hay matrimonios fans, entusiastas del marianito y del plato de aceitunas, que madrugan para sentarse a orillas de las terrazas para verlos pasar y poder saludarlos con aspavientos y alharacas. La gente adusta los mira de reojo y hay mujeres fermentadas que se irritan por  su ternura. Envidia. Envidia inmunda que sienten ante una pareja hermosa, sin defectos, dos cuerpos correosos que incitan a pensar en actitudes propias de un dúo de actores dueños absolutos del arte de amar.

***

Don Claudio Forrado es un jovenzuelo de ochenta años con ojos de niño trasto, pelo blanco embarullado y un chirlo del tamaño de un garbanzo en una aleta de la nariz. Pasea con su perrita Azucena y con su vara de avellano que usa como traspié para derribar a los niños al suelo. Un entretenimiento gozoso para un viejo malo. Don Claudio Forrado lleva a Azucena los jueves a la peluquería para que Ana la acicale. Le gusta presenciar el baño desu perrita y no le importa pringarse de pelos y pompas de jabón, porque al terminar  con Azucena, Ana cepilla al viejo por delante y por detrás y don Claudio llena su boca de risas y se atraganta de contento. ¡Y dice que no tiene cosquillas! Es pillo y tramposo el niño viejo. Con sólo poner a reír a sus ojos claros conquista al mismo diablo. Y cuando Ana, antes de terminar, dice “ya está”, don Claudio se apresura en atrapar la mano de la peluquera para depositar en su cuenco un beso con cosquillas. Entonces Ana exclama:
- ¡Venga ya!-Y se frota la mano en su mandil.
Lo hace sin disimulo, con desenvoltura. Don Claudio no se amosca. Cree que finge para hacerle rabiar. Por eso dice:
- ¡Qué carácter!
Don Claudio vive solo en una casa de tres plantas al borde del acantilado. Aunque él sólo utiliza un cuarto para dormir y un salón para soñar, no hay día que no inspeccione las habitaciones de los tres pisos. Sobre todo vigila las treinta rateras que un día distribuyó por los lugares más estratégicos de la casa. Sólo se le conocen familiares viejos, tíos y tías que se van muriendo, acrecentando su fortuna como heredero universal.  Dicen que su fortuna no cabe en un carro cargado de ceros. Don Claudio no es avaro. Se conforma con tener dinero para llevar a su perrita Azucena a la peluquería y para dejar entre los dedos de Ana un billete de cincuenta euros de propina para verle los dientes al sonreír de felicidad. Y es que Ana y Jon se pusieron a ahorrar para ir un mes entero a un rincón del mundo. Soñaban con volar a un pueblo con caminos perdidos entre árboles grandes donde hubiera un río. Jon ha conseguido ahorrar casi dos pagas extraordinarias y Ana ha engordado su hucha de barro con las propinas. Ana no ha dicho a Jon que don Claudio le suelta un pico al mes. Le parece tanto dinero que siente rubor por sus besos castos en la palma de su mano. “¡Tiempo habrá!”, se dice. Así, sin darse cuenta, ha ido enterrando los billetes de papel en la hucha de barro entre monedas de euro. Ana se ha aficionado al regalo y cada vez cepilla con más perrería las prendas de don Claudio y se deja babosear la palma de su mano hasta que el billete de propina cambia sus colores y acrecienta su valor. Algo ha pasado. Ahora don Claudio lleva a Azucena dos veces por semana a la peluquería canina. Ana lava al perro y cepilla a don Claudio, aunque no hay nada que cepillar. Además, ha aprendido a arrugar su naricilla y a soplar con delicadeza los pabellones auditivos de las orejotas de don Claudio. ¿Por qué les crecerán  las orejas a los viejos?

***

Los domingos al mediodía, cuando Ana y Jon salen a pasear agarrados de la mano, se suelen encontrar con don Claudio que pasea a Azucena. La perrita arrima su rabo a las piernas de Ana y Jon celebra con cara de sorpresa cada piropo encubierto  que don Claudio le dice a su mujer. Sobre todo cuando le llama chiribita. 
- Este viejo está chiflado por ti-dice Jon después de arrancar la marcha.
- ¿Por qué dices eso?
- Se le nota. ¿Y dices que es rico?
- Rico y florido -dice Ana como cortafuegos. 
Ana y Jon suelen terminar su paseo a la orilla de la mar. Juegan con las lenguas de espuma de las olas: corren como dos adolescentes porque sienten las cosquillas del cariño en sus entrañas. Sin embargo, Ana no tiene la conciencia tranquila. Las propinas abultadas de don Claudio han rasgado en cierto modo su manera de ser y ya no piensa en el veraneo en un pueblo tranquilo con paseo al lado de un río. Ahora guarda los billetes que le regala don Claudio entre las hojas de un misal de su difunta madre: los de cincuenta, en Pentecostés, los de cien, en  Adviento, los de  doscientos, en Cuaresma  y los de quinientos en Resurrección. Sería una necedad desaparecer del pueblo durante un mes, cuatro semanas, ocho visitas de don Claudio con su perrita Azucena. Ocho besos en el cuenco de su mano, ocho cepillados desde sus hombros hasta sus tobillos. Además, ahora Ana olvida su mano en la bragueta de sus pantalones porque ha palpado el despertar del corazón del viejo. Es solo un segundo. ¡El diablo tiene alas de ángel! Los latidos enturbian los pozos de los ojos de don Claudio y su rostro se queda sin sangre. Ana se asusta. Parece un muerto. Pero espera el regalo soplando el cepillo. Don Claudio ha aprendido un truco de mago. Saca de la oreja de Azucena el billete de propina y riéndose como un muñeco, se lo entrega con una reverencia grotesca. 
- ¡Domingo de Resurrección!- exclama Ana.
- ¿Qué cosa dices?-pregunta don Claudio.
- Digo que usted es muy bueno conmigo. 
Don Claudio se marcha silbando. Quizás es más certero decir, resoplando. 

***        

Ana y Jon pasean los domingos por La Avenida. Los críos corren al regazo de sus madres. Les dicen al oído: ¡Allí vienen! A Ana le gustan las faldas con vuelo, las que revolotean como banderas con el empuje de sus rodillas. Enlaza sus dedos en los dedos de Jon. Tiene muchas ganas de comentar con su marido que ya no le apetece el viaje. Lo intenta.
- ¿Crees que no nos aburriremos en un pueblo?
- ¿Aburrirnos?-dice Jon mirando los labios de Ana.-Te aseguro que no pienso permitirte el tedio.
Ana busca una frase para poner bajo aviso a Jon. Pero las palabras llegan muertas a su boca. El susurro de los pinos, el gorjeo de los pajarillos que escarban en el suelo en busca de gusanos, la algazara de los niños ahuyentan la mala conciencia de Ana y piensa emocionada en el pueblo perdido. 
- Creo que debemos esperar-dice Ana con la voz temblorosa.
- Esperar… ¿a qué?
- Podremos tener más pasta. 
- ¿Cómo vamos a ahorrar más, alma de cántaro?
- Nada. Que don Claudio me suelta propinas en papel -dice Ana con entonación de niña.
- ¿Por lavar a un perro?
-  ¡Claro! ¿Qué te piensas?
Ana y Jon salen a pisar los festones de las olas. Ana pierde el paso. Le quema la lengua. Lo suelta:
- Don Claudio me besa las manos. Y además le gusta que le cepille por delante y por detrás.  Y que le sople en las orejas.
- ¡Vaya! ¿Cuánto te da?
- Una fortuna. Alguna vez me ha soltado 500 euros.
- ¡Mentirosilla!
- Están en el misal de mi madre. 
Jon patea una ola.  

***

 Sus padres estamparon su coche contra un camión en un cambio de rasante. Dejaron a Ana huérfana. Le vigilaron la adolescencia las nueve hermanas de su madre. Cada uno o dos meses acudía de visita alguna de sus tías a la casa en la que estaba alojada y se la llevaba a su casa como un saco de patatas. Siete largos años cambiando de cama y de primos. Hasta que se fugó. Todas las tías la olvidaron. Todas, menos una: la tía Concha, la mayor. También Ana la echaba en falta. Quizás porque le compró las primeras compresas, le ayudó a comprender el teorema de Tales y olía como su madre.
- Desde luego que sí, amante mía -le dijo la tía Concha-. Deja al viejo a mi cuidado. Lo conozco desde que el Papa era monaguillo. Ve en paz que ya me encargaré yo de que no lleve a su perrita a otra peluquería.

***

Sentados en el velador de la cafetería de la plaza del pueblo, Jon busca la boquita de Ana con la cucharilla llena de mantecado. 
- Primero prueba del mío. ¡Toma, toma! ¡Come!- dice Ana. 
La  suave brisa trae el olor dulce de las flores de un magnolio gigante que contempla impávido a la pareja. 
- ¿Piensas ahora que hemos hecho mal en venir?- pregunta Jon suspirando. Hiciste bien en pedir consejo a tu tía. Es una mujer que sabe lo que conviene a la juventud. ¡Y qué casa nos ha encontrado! Es un señor chalet con piscina y huerta. Hay dos perales, dos manzanos, creo que un melocotonero…
- Sí. Pero ¿para qué necesitamos cuatro cuartos y un gran comedor? La gigantesca pantalla de T.V. parece la de un cine. Dime ¿para qué?
- Para gastar los dineros que tienes guardados en el misal, brujilla- Ana arruga sus labios en un gesto picarón.
En medio de la palaza, una fuente derrama tres chorritos de agua que aparecen del fondo del estanque y se elevan hasta chocar en el aire. 
- Lo mejor de todo es que mañana, ni al otro, ni al otro tendré que lavar chuchos.
Por la calle que desemboca en la plaza asoma la cabeza el autobús de línea. Introduce todo su cuerpo en la acera de enfrente y abre sus puertas con un soplido de modernidad.
- Viene repleto-dice Jon.
Ana mira sus ventanales y contempla la salida de los pasajeros. La mayoría corre a coger sus enseres de los maleteros. Ana empalidece. 
 - Dime que lo que veo no es verdad-musita Ana a duras penas.
- ¿Qué no es verdad, corazón mío?
De pronto, un silbido de montañero ensucia el olor de las flores de magnolio.
- ¡Son Ana y Jon! ¡Eh! ¡Allí en frente, sentados como artistas de cine!- grita el marido de su tía. 
- ¡Toma! ¡Tu tío Diógenes!-exclama Jon.
- ¡Son ellos! ¡Qué casualidad! ¿No es una casualidad que os hayamos encontrado a la primera?-dice el tío llegando a su lado.
- ¡Os queríamos dar una gran sorpresa!-dice la tía Concha- Sólo he traído a mis tres pollitas. ¡Venid aquí nenas! ¡Saludad a vuestros primos! Y ellas se han traído a sus amigos fuertes. No te preocupes, ya nos arreglaremos. Donde comen dos, comen diez. Además, sólo nos quedaremos una semanita. Luego, ya veremos. Espero no molestaros…
Ana, casi al borde de perder el conocimiento, escucha una voz muy conocida. 
- ¿No se acuerda nadie de mí?-dijo don Claudio.
Jon comenzó a sentir un frío raro.
Ana sintió el rabo de Azucena en sus piernas.
Jon se levantó con cara de asesino. Ana, sabiendo que tendría que pasar mucho tiempo para volver a sonreír, dijo:
- ¡Qué bien habéis hecho en venir!  

   
FIN


Arrigunaga (GETXO), 2 de agosto de 2016.