jueves, 10 de marzo de 2016

OLLA A PRESIÓN

    A Martín Aza le dio un vuelco el corazón cuando la mujer del sorteo cantó su número desde la atalaya de la tómbola.  Su sangre se le agolpó en el rostro y lo tuvo encendido hasta que gritó: “¡el mío!” con una voz que le pareció de otro. Fue en una tarde calurosa de julio  cuando Martín vislumbró por primera vez en su vida lo que era sentirse feliz. Una especie de euforia se asentó en su ser al ver llegar a un hombre con cabeza de tigre, que le ayudó a llegar hasta el mostrador de la tómbola para recoger la maravillosa olla a presión de acero inoxidable que le tocó por el precio de 1 euro. Martín era un muchacho de diecisiete años con las orejas separadas y los ojos de color miel. Fue con seguridad el momento más feliz de su vida. Su existencia anodina había transcurrido en un hogar monótono, casi letárgico, en el que su abuelo, cuando le veía pegado al cristal de la ventana con la mirada perdida, se frotaba las manos y le decía: “¡Venga! ¡Saca el tablero, que vamos a jugar una partida de damas!” Su madre, una flor lánguida de tanto llorar la falta de su marido, le trajo al mundo en un postrer esfuerzo que la dejó exhausta tres días y tres noches hasta que expiró sin siquiera haber acariciado a la criatura.  Su abuelo, el último  acomodador del Cine Majestad, recogió al bebé de la planta de nacidos del Hospital después  de incinerar a su hija y lo llevó a casa. Los tres primeros años cuidó del niño una señora triste que sabía poner inyecciones. Trataba al crío de usted para que no le cogiera confianza, le permitía llorar el tiempo que quisiera y le soplaba en las orejas cuando el niño esbozaba una sonrisa. El nombre de Martín se lo puso su abuelo en recuerdo de su padre, un cocinero de barco que se perdió del todo en el mercado de especias de Estambul. Al cumplir tres años su abuelo despidió a la señora triste que sabía poner inyecciones y mandó al niño a la escuela. 

Así, Elías Helador y Martín Aza, abuelo materno y  nieto, quedaron como únicos habitantes de la vivienda sita en la calle Arrigoñi, nº 2, bajo Iz.  Era una casa de cinco pisos en el camino que lleva al monte y a la Perrera Municipal. A unos cien metros de la perrera había una campa y una nave con tejado de Uralita en donde desguazaban coches. Allí le llevaba su abuelo  a la salida de la escuela para que jugara hasta hartarse con tuercas, bolas de acero y bujías. Elías Helador, a pesar de haber trabajado treinta años de acomodador en el Cine Majestad, no entendía cómo la gente podía pagar dinero por ver una película. Se ponía enfermo cuando el público miraba absorto la pantalla, y de sus ojos brotaban lágrimas verdaderas y hombres de pelo en pecho suspiraban sin vergüenza. O cuando soltaban una carcajada unísona provocada por unos figurines que no eran de verdad. Desde luego que nunca había leído un libro. A los hombres que escuchaban narrar un suceso en la peluquería en sagrado silencio, les consideraba tontos por creer en las palabras del narrador, seguramente un haragán vendedor de fantasías. Elías Helador era un hombre desconfiado, falto de imaginación. Lo único realmente extraordinario que hizo en su vida es subir en globo.  Le invitó el dueño del Cine Majestad y subió y bajó impertérrito sin sentir nada especial. Por eso no lo contó nunca. Ni siquiera a su nieto Martín, que crecía triste en un mundo sin sobresaltos. 
Martín Aza llegó a los diecisiete años con un estirón espectacular. Creció tanto que su abuelo, que ya había rebasado los ochenta años, se pasó una mañana revolviendo los armarios en busca de unos pantalones que le sirvieran.  Todavía guardaba su traje de novio y el traje azul con botones dorados de acomodador del Cine Majestad.  “¡Estos críos crecen la hostia!”, dijo a su propia imagen dibujada en el espejo del armario. Y es que lo había visto por la mañana alejarse de casa camino del Instituto con los bajos de sus pantalones lamiéndole las rodillas.
- Toma. Ponte estos pantalones- le dijo el anciano a Martín sin pensar que él midió uno sesenta cuando le tallaron para el servicio militar. 
- Se han rasgado-dijo Martín desde su cuarto.
Elías volvió aquella tarde con unos vaqueros que  curaron el mal aspecto del muchacho. Su caminar despreocupado, su mirada de miel y hasta sus orejas soplete descubrieron a un hombre recién nacido agradable de contemplar. 
- Nadie podrá decir que te  he alimentado mal- dijo el abuelo con cierto orgullo.
Martín también sintió que algo había cambiado a su alrededor. Sobre todo le llamó la atención que tanto sus profesores como sus condiscípulos de ambos géneros (cursaba el último año de bachiller) comenzaron a tratarlo como si lo vieran por primera vez. Su mundo plano empezó a resquebrajarse, sobre todo con las miradas eléctricas que recibía del género femenino. Ahora sus ojos de color miel miraban de reojo las señas de identidad superiores de sus compañeras; se paraba en el patio para verlas jugar a la pelota; los domingos, prefería quedarse en la ventana de su cuarto para ver a grupos de jóvenes que salían al monte. Por el contrario, comenzó a desestimar las invitaciones de su abuelo para echar una partida de damas, temió mancharse sus pantalones nuevos de grasa en la campa de desguace de coches y, sobre todo, descubrió en su conciencia incomodidades desconocidas hasta entonces. Unos vaqueros bien ajustados pueden cambiar el carácter de cualquier persona. Y el cambio de carácter nunca llega solo. El Destino suele ser su compañero. 
Aquella tarde calurosa de julio, Martín Aza le dijo a su abuelo que unos compañeros de clase le habían invitado a una fiesta en casa de Patxo Boga, hijo de los Boga, dueños de la fábrica de galletas 5Estrellas.  Elías Helador sintió un ramalazo de orgullo y dio a Martín un billete de 20 euros. “Toma. Para gastar”, le dijo a su nieto. Se peinó diferente. 
- ¿Por qué te peinas raro?- le dijo su abuelo desde la puerta del baño. 

Martín descubrió a su abuelo en el espejo. Tenía una sonrisa rara. Le gustó. Elías se metió en la cocina silbando. Martín pensó que nunca había visto sonreír a su abuelo de aquella manera ni le había escuchado silbar algo que él no conocía. Sólo sabía cómo silbaba a los perros de la perrera de al lado de casa. Un sentimiento extraño por desconocido le sacó los colores. “Cuando me vuelva a peinar, cerraré la puerta del baño”, pensó. Al asomarse a la cocina para despedirse, el abuelo fregaba el viejo puchero del cocido.
 Eran los únicos vecinos de la escalera que no tenían olla a presión. Tampoco tenían tele. Bueno, sí tenían tele, pero no funcionaba desde hacía dieciséis años. Martín llegó al portal de los Boga con el pulso alterado. No subió en el ascensor. Encontró la puerta abierta. Gritó “¡Soy Martín!” hacia donde parecía llegar la música. Y repitió “¡Soy Martín!” casi gritando con el cuerpo metido en la casa. Echó a andar. Las voces le condujeron a una sala llena de desconocidos, posiblemente amigos de la hermana de Patxo Boga. Aunque había butacas y sofás, la tribu estaba sentada en el suelo. Todos hablaban. Una muchacha le miró de abajo arriba. Vestía vaqueros y una camiseta blanca que le marcaba sus pechos sueltos. Los ojos de Martín se quedaron quietos, tan entontecidos que siguieron mirando lo que veían, sin advertir que la moza le invitaba a sentarse a su lado con golpes de su mano en la tarima. Resucitó cuando ella le tiró de la pernera de su pantalón. Se sonrojó. Dio media vuelta y entró en otra sala mucho más grande en donde chicos y chicas del Insti jugaban con un impresionante tren eléctrico de siete vagones y locomotora con tres túneles y un pueblo entero con iglesia y frontón. “¡Joder!”, dijo asombrado. “¡Apa, tú!” le respondió Saioa, una chiquita de clase, abrazándolo por la cintura. 
- ¡Aparta, mosca! ¡Aparta de mí tus sarnosas alas!-dijo Martín.
- ¿Habéis oído? ¡Sabe hablar metafóricamente!-dijo Saioa

Martín se volvió a turbar. Sus intestinos empezaron a meter ruido. Sufrió un retorcijón, se encogió, tragó saliva. Otro retorcijón. Aguantó con los dientes prietos. Enrojecieron sus orejas. Sus amigos comenzaron a reír. El tren pitó al entrar en el pueblo. Martín salió y se metió por un pasillo. Caminó. Lo encontró. Era un baño grande. Se sentó y se vació del todo. Al comenzar a buscar el rollo de papel reparó en su confusión. Lo había hecho en el bidet. Ahora sí se sonrojó de cuerpo entero. Si el baño hubiera tenido ventana a buen seguro que se habría dejado caer. Huir. Es lo que hizo. Miró su deposición. Salió a la carrera. Voló escaleras abajo. La angustia frenó su escapada. 

El hipo y los sollozos se evaporaron con una especie de cosquilleo que eclosionó en una carcajada. Y ya la sonrisa no desapareció de su rostro hasta que llegó a la Feria y caminó por las calles de atracciones que habían conformado los barraqueros. Martín ya había estado en la Feria otros años. Pero nunca con veinte euros en el bolsillo. Endulzó su amargura con una nube de algodón de azúcar, una chalupa de coco y un pedazo de cardo americano. Así, su amargura se mudó en deleite. La tómbola de ollas de acero inoxidable estaba al fondo de la calle iluminada por potentes cañones de luz. Desde lejos parecía un platillo volante dispuesto a desaparecer. “¡Mágico!” “¡Parece el cielo!” Se lió a codazos para abrirse camino entre la muchedumbre. Llegó junto al inmenso altar de ollas. Compró un número. Todo el mundo lo hacía. Y la mano inocente de un crío sacó su número. Sintió todo junto: euforia, alegría, felicidad. Sensaciones nuevas. Cuando recogió la olla la vio entre la apretura. Lloraba de risa. Martín pudo vislumbrar sus pezones debajo de su camiseta blanca.
- ¡Me ha tocado un puchero!- dijo él.
- Te he seguido- dijo ella.
- Se la voy a regalar a mi abuelo.
- He corrido a todo correr. ¡Te he visto comer coco!
- ¿Quieres coco?
- Si tú quieres…

FIN



Arrigunaga (GETXO). 19 de enero de 2016.

viernes, 5 de febrero de 2016

EL ORGASMO


  Prodigiosamente el 22 de mayo de 2014 tuve un orgasmo. El último, aunque nunca se sabe. Fue al despertar de un sueño en el amanecer de un día sin nubes. La eyaculación, exuberante y agónica, me produjo tal languidez que me arrastré hasta el armario del cuarto de baño en busca de una aspirina. Luego me volví a acostar y me puse en posición fetal para ver si me dormía y regresaba la pesadilla. No me dormí.  Tenía setenta y nueve años, así que pensé que la andanada de mi cuerpo era un aviso de mi tránsito a la nada.
 Las piernas me comenzaron a flaquear hace tres o cuatro años y desde entonces me conformo con salir a un pequeño boscaje que un día fue jardín. Dejé de cuidarlo al darme cuenta que era un trabajo pesado que apenas me entretenía. Desde entonces sólo cuido dos metros cuadrados debajo de un manzano para colocar mi hamaca y sestear los veranos. Allí nadie me ve. En el porche guardo tres sillas por si viene algún conocido, aunque si hiciera fuego con ellas no pasaría ningún sonrojo. Los viejos que vivimos solos echamos en falta a los amigos que se van y te dejan tirado. ¿Quién mejor que un amigo para contarle mi portento? Tengo un hermano sin hijos que enviudó hace treinta años. Mi hermano, desde pequeño, tuvo un mundo diferente al mío. Fue hijo único durante diez años para convertirse en primogénito cuando nací yo. Para mí siempre fue un chico mayor, un joven serio y lejano con el que no pude compartir ningún secreto. Sin embargo, recuerdo un día que me agarró de la mano y me llevó a un partido de fútbol al Campo Municipal. 

Él tenía quince años y yo, cinco. Me subió a sus hombros como mi padre, y sus manos apretaban fuerte mis pantorrillas. Quizás este único suceso haya servido como argamasa para tenerle algún afecto. Había cumplido treinta años cuando comenzó a tratarme como a una persona mayor.  Fue el año que se casó con Rita y se marchó a vivir a una casa no lejana a la nuestra. Aunque sigue teniendo diez años más que yo, sé que da un paseo matinal y que no usa gafas para leer. Es la última referencia que me trajo el tendero que me llena el frigo una vez por semana. Ignoro si mi hermano tiene una vida interesante o está vacío. Me es tan desconocido que si me encontrara con él no sabría comenzar una conversación medianamente atractiva. Algunas veces, sobre todo los días oscuros  del invierno, pienso que podría llamarle por teléfono. Tengo su número. Pero después me avergüenzo de sólo pensarlo y el rubor cubre mi rostro. Además, creo que estará ofendido porque no asistí al sepelio de Rita, su mujer. Tampoco me llamó para decirme que estaba enferma. Si me hubiera buscado para decirme eres mi hermano y necesito que me hagas compañía o me hubiese pedido que le acompañara a tomar unas cervezas, yo habría acudido junto a él. Pero prefirió ignorarme como siempre o ni siquiera pensó que yo existía hasta el punto que un día me llevó cogido de su mano a ver un partido de fútbol. También se apodera de mí el bochorno al recordar la esquela mortuoria que mandó poner en el periódico en donde sólo aparecían sus cuñados sin mencionar mi existencia. Para entonces ya había arrinconado mi nombre de su memoria. En realidad, nuestro parentesco comenzó a desvanecerse después de la muerte de nuestra madre hasta llegar a olvidarnos que ambos comimos el mismo bizcocho con diferencia de diez años. Sin embargo, en los largos anocheceres de junio, escondido en mis dos metros cuadrados de yerba buena, mecido por el canto de las cigarras, acude a mi mente la figura estirada de mi hermano, médico de familia, con su sempiterno maletín que le regaló mi madre al terminar su carrera. Aunque ya tiene ochenta y nueve años ignoro si se ha jubilado. Nuestro tendero, que fue también el de nuestra madre, es la única persona que me puede informar de pequeños detalles de su vida, pero me comeré la lengua antes de usarlo como correveidile. Me imagino que él se comporta de igual manera. En una ocasión el tendero me dijo que mi hermano no había quitado el cartel de médico de la puerta de su casa. Los médicos y los curas no se jubilan, le dije. No le debió de gustar mi respuesta. Mi madre se acusaba de haberme parido ceñudo. Seguro que llevaba razón porque la mueca de mi cara nunca se corresponde con mi estado de ánimo. Estas boberías se aprenden con los años. ¡Ay, los años! 
Cada quince días o así comienzo con la operación salida. Consiste en estudiar mi ánimo y mis facultades físicas, así como observar con atención en la tele los cambios meteorológicos del tiempo. Cuando veo que el viento sopla a mi favor, agarro mi cachava de pasear y me dirijo a un bar que no está lejos de casa. Siempre voy al mismo. Los camareros me saludan con respeto. Me suelo sentar en una de las mesas fronteras al ventanal y me tomo cuatro o cinco jarras de cerveza acompañadas de aceitunas negras y almendras saladas. Algunas veces entra algún exalumno y me saluda. Otros disimulan, miran al móvil y buscan un lugar para sentarse a mis espaldas. Me suelo entretener en descubrir gestos o alguna pista para adivinar  de quién se trata, porque a decir verdad no reconozco a nadie. El tiempo ensucia la fragancia de la juventud y encubre la edad del bachiller.
Fue el pasado martes cuando hice la travesía de casa al bar con cielo cubierto y dolor articular mediano. A las siete en punto ocupé una silla y una mesa pequeña. El sitio es perfecto para pasar una tarde entretenida. Sobre todo si hay grupos de señoras o señoritas de buen ver. Alegran el ojo. Generalmente guardo mi bastón entre mis piernas, pero no sé por qué razón lo sujeté en el borde de la mesa. Sucedió lo lógico: se cayó. Me agaché lo más rápido que pude y cuando lo tuve bien agarrado aproveché mi postura para volver la cabeza y fijar mis ojos en los bajos de una señora que vestía faldas y se sentaba sin avaricia. 
Sin embargo, mi nariz  rozó la nariz de otro rostro que también se había agachado para coger el bastón y devolvérmelo. La amabilidad de mi vecino de mesa eclipsó mi curiosidad. 
- ¿Lo has cogido tú?- preguntó el señor.
Me incorporé para agradecerle su cortesía. Él también se incorporó. Adiviné el cambio de color de mi rostro y dudé en mi capacidad para mover la lengua. Además él me había visto desde que entré y de seguro que me estuvo observando hasta que mi cachava fue a parar al suelo. Mi hermano sonreía. 
- ¡Sí, sí! ¡Este es su sitio!-dije colocándolo entre mis piernas.
- ¿Es aquí dónde vienes a llenar el tanque? Algunas veces he pensado en llegar hasta tu casa. Al fin y al cabo sólo hay trescientos metros.
- ¿Sólo?-dije.
- ¿Las piernas?-preguntó.
- Y los años-dije olvidándome de que él tiene diez años más que yo. 
 Entonces le dije que se pasara a mi mesa. Llamó al camarero, pidió un café y se sentó enfrente. Tenía las orejas más grandes. Me parecieron enormes. Me hubiera gustado tocarlas, pero no me atreví.
- ¡Coño, hombre, coño!-exclamó.
- Te conservas de maravilla-dije.
- No puedo decir lo mismo de ti-dijo él.
- ¿Tengo mala cara?-pregunté preocupado.
- La tienes más gorda-respondió.- Cuando te he visto entrar, he pensado: “A éste no le queda mucho”. 
- Los viejos con reuma somos eternos-dije mosqueado.
- ¡Vaya con el chaval!

Ambos estábamos turbados. Lo cierto es que si nos habíamos ignorado más de la mitad de nuestras vidas, ya quedaba poco para intentar arreglar lo que siempre había estado roto. Temía que de un momento a otro mi capacidad de decir algo congruente se iba a esfumar. Me fastidiaba quedarme en manos del superficial sentido del humor de mi hermano. Entonces sonreí mirándole a los ojos. Dije:
- Hace no mucho me desperté muy agitado de un sueño triste. Estoy seguro de que es el último de mis sueños eróticos. Soñé que tuve una erupción propia de un adolescente. Me sentí tan debilitado que me levanté a tomar una aspirina.
Me quedé en silencio. Mi hermano bebió su café de un trago. Pidió otro café y una cerveza para mí. El rubor se apoderó de mi rostro. Él se quedó desconcertado. Me arrepentí de mi confesión y por mucho que moví mi cabeza, no hallé ningún punto llamativo para fijar mi mirada. Estuve a punto de levantarme y coger la puerta. Hice un esfuerzo supremo y le miré a los ojos. Aunque a mí me pareció que el mundo se había detenido, no debieron de pasar tres segundos hasta que  me sonrió como cuando yo era un niño. Se rió abiertamente y me contagió. Nos reímos como cómplices de una trastada.
- ¿Manchaste mucho las sábanas?-me preguntó.
- ¿Manchar las sábanas? Yo no manché nada-dije. Me volví a ruborizar hasta las tetas. 
- Entonces fue un sueño casto. Eso no es tener una erupción propia de un adolescente. Más bien es la de un anciano de tu edad. Un espejismo, vaya-dijo.
- ¡Pero si me tuve que tomar una aspirina! Me desperté agotado.
- Sí. A los viejos todo nos cansa. Hasta tener un sueño dentro de un sueño nos abruma.



FIN


Arrigunaga (GETXO), a 22 de diciembre de 2015.












miércoles, 23 de diciembre de 2015

HAS HECHO BIEN


León vendió las botas nuevas de su abuelo a un sirio que remaneció debajo de los manzanos una mañana nublosa. Lo encontró su madre con el rostro enterrado en la yerba cuando salió al huerto a coger perejil. El sirio era un hombre alto, de no más de treinta y cinco  años, con nariz de gato persa, ojos verdes gastados y hechura desgarbada. Estaba descalzo.
 La mujer llamó a su hijo para que dijera al turista que se encontraba en una propiedad privada. León, un muchacho de trece años, simpático de nacimiento, extendió su mano y le dio la bienvenida. Luz Adviento tenía cara de luna llena, un talo de plata que se sulfuraba cuando su hijo sonreía a los contratiempos. Aunque enterrados bajo un montón de libras de carne, sus nervios se retorcían y se mordía sus labios al entender que León se le hacía hombre sin darle tiempo a enseñarle a esconder sus buenos sentimientos. “¡Compórtate como un zorro! ¡Ni los santos muestran sus emociones!”, le decía sin reposo. Después de estrechar la mano del forastero, León escondió sus dedos en los bolsillos de sus pantalones y los restregó en los forros para tratar de eliminar un olor enfermo que le produjo arcadas. Como siempre, su madre tenía razón. Y también, como siempre, él se quedó quieto esperando la reacción de ella. Luz Adviento no sólo tenía cara de luna llena, también sus pechos eran satélites redondos y todas las partes de su cuerpo dibujaban un sistema planetario de carne magra de más de cien kilos en entero. Sin embargo, ignoraba la gravedad del suelo y se movía liviano, como levitando. Luz Adviento siempre había sido espesa. Creció así hasta que alcanzó un metro ochenta de altura y rompió la mandíbula a su padre de un puñetazo que le propinó con toda su alma. Tenía dieciséis años y había dejado el bachiller para seguir a un brasileño que tocaba el tambor y cantaba en un pub. Su padre, un gallego de hablar confuso, le dijo que él no trabajaba para mantener a furcias zánganas. Y le gritó: “¡Putarraca de putamierda!” Fue cuando Luz se levantó y le lanzó el derechazo. Al día siguiente se marchó de casa con diez billetes de cincuenta euros que robó a su madre de debajo de un Sagrado Corazón sedente. Su madre también era gorda, pero así como Luz Adviento estaba configurada con encanto, la señora era gorda simple con problemas para caminar. Quizá por eso se quedó en casa con una cantinela triste que la repetía siempre que alguien le preguntaba por ella: “Ya sabe el camino de vuelta”. Se murió un mes después  mirando por la ventana de la cocina. Cuando el viudo sintió el frío de la soledad, cerró la puerta de casa con dos vueltas de llave y se fue a vivir con una guardia municipal.
Era una casa amarilla con un mirador a lo alto, tejado a dos aguas y algo más de cien años en su joroba. La huerta y los manzanos la rodeaban por los cuatro costados. Después había un seto descuidado envuelto por un bosque de pinos. Aun con las bombillas encendidas parecía una casa abandonada. Luz Adviento ansiaba vivir en la ciudad. Sabía fregar, planchar, guisar pollo con tomate, hacer el trabajo que su madre nunca hizo. También sabía las declinaciones de latín y la historia de España hasta Alfonso XII. Por simple intuición había aprendido a morder los lóbulos de las orejas de los hombres y a enredar en los puntos de placer masculinos. Sabía lo suficiente para no morirse de hambre. Pero cuando transcurrieron tres noches sentada en un banco de jardín con los bronquios enfermos y se dio cuenta de que la vida no es como le habían enseñado, no tuvo más remedio que buscarse una cama de pensión en el centro de la ciudad. Todavía dormían entre sus pechos los quinientos euros que había robado a su madre. Se había jurado no gastarlos nada más que en extrema necesidad. Acudió a la pensión de una anciana bien conservada que adornaba su garganta con collares de bisutería y usaba boquilla para fumar. Se llamaba Coralia Bogador, tenía tres pupilos con derecho a cama, cena (sopa y lirios) y conversación variada. Conocía el arte de tejer su memoria para mantener la atención. Y no se preocupaba en perderse en el río de sus palabras, porque su jovialidad le ayudaba a reformar su historia con una cuchillada de imaginación. Luz Adviento aprendió de ella que un  seso sin fantasía nunca llega a ser gran cosa en la vida. Los pensionistas eran tres: dos hermanos gemelos sin ninguna analogía, a no ser su aserto pronunciado con una convicción irrebatible y una mujer de mediana edad que pedía en la puerta principal de los Jesuitas. Los hermanos gemelos, que estaban a punto de entrar en la sesentena, hacían chapuzas en casas viejas: enchapaban cocinas, pintaban y empapelaban, colocaban cisternas y cobraban lo suficiente para emborracharse los sábados. Les llamaban “Los Decoradores”. La pupila, de cincuenta años o así, no sólo pedía en la puerta principal de los Jesuitas, también vendía porros de cannabis, que le proporcionaba un camello mestizo (coco y cacao). Luz Adviento fue recibida en aquel abrigo de aves raras con el miedo que acarrean los indocumentados. Sólo Coralia Bogador, dueña del cotarro, sintió el impulso de abrirle sus brazos al percibir en su puño los otoñales colores de los billetes de cincuenta euros. El cuarto tenía una cama, una silla y una cómoda. 
- Detrás de la puerta hay clavos para las perchas -dijo doña Coralia.- La cena es a la hora del telediario.
- Hoy solo quiero dormir. Mañana ya veremos -dijo la muchacha.
Luz Adviento cerró la puerta del cuarto. Tenía tantas ganas de tumbarse que empujó a la anciana para que se diera prisa en salir. Antes de deshacer la cama vio que a sus pies había una ventana. Daba a un patio grande por donde paseaban dos gatos. Dobló la almohada y se recostó. En algún lugar de la casa charlaban dos hombres y una mujer. Después se callaban y dejaban paso a la voz de la dueña de la pensión que hablaba quedo. Las voces parecían venir de muy lejos; pronto se fundieron las cuatro voces en un runrún que parecía llegar de la cocina de su casa, igual que cuando era una niña y sus padres reían y hablaban. Luz Adviento sintió poco a poco el letargo del sueño.
Coralia Bogador recordaba con mucha claridad el día que vio al Niño Jesús columpiándose en la rama de una higuera. Hacía ya una década que su memoria se había puesto a mirar atrás refrescándole nostalgias que se habían muerto. Eran las amnesias que la vida pisa hasta que la cercanía de la muerte las rescata  del olvido. Al Niño Jesús le columpiaba una muchacha con cara risueña y ganas de jugar. Muchos despertares le sorprendían con la morriña de la fotografía infantil y se esforzaba por ponerle nombre a la joven que también le hacía reír a ella. La presencia de Luz Adviento en la puerta de su casa le produjo un chispazo que empalideció su rostro. Aunque se mostró sensata aquella noche, el sueño no le cerró sus párpados. A la mañana siguiente esperó a que sus pupilos salieran al tajo para confeccionar un discurso con la fuerza del convencimiento, porque la expresión del rostro de Luz Adviento era semejante al de la joven con ganas de jugar que columpió al Niño Jesús cuando todavía era una niña casi sin edad. Coralia Bogador se había aburrido de ser vieja, necesitaba a su lado un aliento joven. 

La anciana se levantó de la cama a las cuatro de la mañana. Llevaba despierta desde las once pensando en la forma de convencer a Luz Adviento que se quedara en su casa.  No le fue difícil. Cuando el amanecer pintó el cielo de rosa y azul y la limosnera y los gemelos salieron a sus negocios, Coralia se asomó al patio por una ventana que daba al pasillo. Así descubrió a Luz Adviento jugando con los gatos. La anciana soltó una risa infantil. La llamó y le dijo:
- ¿No tienes más sueño?
- Sí. Estaba pensando en largarme por esta ventana.
- ¿Largarte? ¿A dónde?
- Eso es lo que no sé.
- ¡Quédate aquí! Me podrás ayudar a hacer la sopa y a freír el pescado para la cena.
Luz Adviento durmió hasta que la anciana la despertó a la mañana del día siguiente para decirle si la quería acompañar a la pescadería.
El empleado era un joven alto, de no más de veinte años, con nariz de gato persa, ojos de limón verde y molde desaliñado. A Coralia Bogador no se le escapó la mirada de Luz Adviento.
- ¿Te gustan los sirios?-dijo la anciana mientras revolvía la caja de lirios.
- Prefiero el pollo. 
- Los sirios de Siria.
- Y los pollos de la pollería-dijo el pescadero con sonrisa norteamericana. 

Luz Adviento recogió el mohín del hombre. Era una sonrisa normal. Ella se la devolvió especial. Coralia Bogador se rió hasta que se le asomaron los dientes postizos de arriba. Al salir de la pescadería se agarró del brazo de Luz Adviento. Estaba segura de haber hecho una gran adquisición. El pescatero era más alto que Luz Adviento. Además, sabía silbar como las serpientes de cabeza negra que viven debajo de las piedras  de Palmira. 
Luz Adviento llevaba cuatro meses y cuatro días viviendo en la pensión cuando se hizo acompañar por la anciana Coralia a la farmacia. Todavía le quedaban algunos meses para cumplir diecisiete años. La prueba casera de la ranita no había fallado. Estaba encinta. Luz Adviento metió los gatos del patio en una caja de leche y desapareció. Su estado de ánimo había olvidado su abatimiento y dejó que un sol alegre anidara en su corazón. Regresó a la orilla del mar, al bosque de pinos donde le parió su madre. Su padre había cerrado la puerta de casa con dos vueltas, pero dejó la llave debajo de una teja, seguramente por si ella volvía.  La casa estaba adornada con telarañas, polen y excrementos de rata. Invirtió quince días en limpiarla. Podó el seto, labró la huerta con el pequeño tractor. Por las noches ponía la televisión, se recostaba rendida en el sofá y dejaba a los gatos dormir en su regazo. 
León Adviento nació en un soleado amanecer, el 29 de abril de 2003. Se quedó con un solo apellido porque a su madre le pareció el nombre y el apellido de un hombre triunfador. Según sus cálculos más atinados el padre de León podría ser uno de entre cuatro hombres, todos con nombres compuestos y vulgares. Al nacer León, su madre ya había cumplido diecisiete años, pero al faltarle un año para alcanzar la mayoría de edad, las autoridades la destinaron al Convento de las Madres Desamparadas hasta cumplir la edad reglamentaria.  Sin embargo, al día siguiente de dar a luz, cuando la enfermera le trajo al bebé para darle la toma correspondiente, Luz adviento saltó de la cama, se vistió, cogió a León entre sus brazos y vio salir al sol mientras hacía el empalme a un Clío negro. Lo dejó no lejos de la boca del metro y llegó a su casa dos horas más tarde. Lo tenía todo planeado. Había almacenado víveres para un año entero, justo el tiempo que permaneció encerrada hasta que se pudo hacer el D.N.I. sin peligro. Conformó un nuevo carácter de madre soltera: cuando bajaba al pueblo no respondía a los saludos. Llegó a ser tan cortante y grosera que los padres prohibieron a los niños cruzarse con ella. La huerta fue su salvación: Puso  gallinas y conejos. León fue un niño solitario. Inventaba sus propios juguetes, hablaba con los gatos, ponía nombres humanos a los conejos. A los cinco años sabía leer. Su madre había sido una brillante alumna. Decidió no llevar al niño a la escuela. Todas las noches dedicaban dos horas en hablar de las estrellas, de Robinson Crusoe, de los mares, de los ríos, de Tom Sawyer y de David y Goliat. También le enseñó a distinguir las flores con olor, de las de sin olor, el canto de los pájaros comunes y la vida de las mariposas. Lo que no pudo inculcarle es que el peor enemigo del hombre es el mismo hombre y que lo más razonable era usarlo para propio provecho antes de que se aprovechen de ti. León había tenido tan poco trato con la gente que se mostraba apático ante cualquier decisión. Sólo cuando cumplió trece años, sin saber cómo, las recomendaciones de su madre le comenzaron a parecer sin fundamento. Su aspecto desgarbado, su mirada perdida, su sonrisa sin destino, envolvían a un muchacho atrayente. Hacía amigos sin proponérselo. Las mujeres  comentaban su carácter cariñoso, tan diferente al de su madre. León apenas subía al pueblo, pero algunos muchachos de su edad venían a su casa. Jugaban en el pinar hasta que Luz Adviento gritaba su nombre con la fuerza de una sirena de barco desde el mirador. El amanecer que Luz Adviento se encontró con el desconocido tumbado boca abajo debajo de los manzanos, llamó a León. Luz Adviento le estaba mirando la nuca al forastero. Sólo fue capaz de quitarle los ojos de encima cuando el hombre levantó su cabeza.  Entonces se sonrojó y se arrepintió de haber llamado a su hijo. El hombre se levantó despacio, dejó los brazos pegados a su cuerpo. Movió los labios sin hablar. Luego llegó León, extendió su mano y le dio la bienvenida. León metió su mano en el bolsillo del pantalón para limpiarse. El hombre olía raro. Ella desapareció en la oscuridad de su casa. 
- No se deje los zapatos-dijo León.
El desconocido intentó taparse un pie con el otro. Primero uno y luego el otro. Tropezó.
- ¡Quieto, que te vas a partir los morros!-dijo  León.
- No tengo zapatos. Me los quitaron ayer.
- ¿Has venido caminando?
- No tengo prisa.
- ¿De muy lejos? 
- Bastante. ¿Esa es tu madre?
- ¿Quién va a ser, si no?   
- ¿Y tú eres su hijo?
- Elemental. ¿Tienes dinero?
- Algo.
- Tengo unas botas casi nuevas. Las dejó mi abuelo.
- ¿Por cuánto me las vendes?
- ¿50 euros te parece mucho?
- No sé lo que tengo. Espera.
- Sí. Voy por las botas.
León buscó a su madre en la cocina. Luz  no estaba. Se había encerrado en el retrete. León cogió las botas del armario de su abuelo. Salió.
- ¡Vaya! Parecen unas buenas botas- dijo el hombre. Se sentó en la yerba y se las puso-. ¡Perfectas!-exclamó. Le dio el billete de 50. León cogió el dinero.
- Cerca de la boca del metro, en el pueblo, hay una mercería. Seguro que encontrarás unos buenos calcetines-dijo León.
- ¿Puedo regresar mañana para despedirme de tu madre?
- Será mejor porque ahora está ocupada. 
- De acuerdo. 
León Adviento miró a sus ojos verdes gastados, contempló su andar desgarbado y levantó su mano derecha a modo de despedida cuando estaba en la barrera de la huerta.
-¿Por qué te has escondido?- preguntó a su madre-. Le he vendido las botas del abuelo por 50 euros.
- Has hecho bien.


FIN



Arrigunaga, (GETXO) a 3 de diciembre de 2015.

martes, 3 de noviembre de 2015

LA MUERTITA

Encima de mi casa había un bosque de encinas de gran talla cuyas copas entorpecían el paso de los rayos de sol. Allí, dos niños y una niña se encontraron con una joven tendida en la yerba con flores en el pelo. Estaba muerta. Sin embargo, aunque el rigor mortis se dibujaba en su rostro afilado, no asustaba. Tenía los ojos cerrados y en sus manos, un ramito de flores silvestres. Eran ranúnculos. La difunta estaba descalza. Las uñas de sus pies estaban pintadas de rojo. Alguien le había amortajado con un vestido blanco.
 Los niños que la descubrieron se llamaban Set, Dabo e Inés. Eran hijos de mi vecino Lolo, un ex boxeador que ahora trabajaba con carnet de detective. Tenía la oficina en el sótano de su casa, un chamizo con tres ventanas altas en donde recibía a su clientela, generalmente hombres y mujeres que le contrataban para vigilar a sus parejas. Era viudo. Bebía vino tinto. Le olía el aliento a ajo y peleaba por sus hijos para sacarlos adelante. Sobre todo con Set, el mayor, de unos catorce años, gran lanzador de lapos y buen encajador de los cachetes de su padre. 
Set, Dabo e Inés corrieron al mesón en donde Lolo acostumbraba a jugar un tute con el cabo Aparicio, alias Ojazos o también El Chino, por sus minúsculos ojos. Set sabía que no era el mejor momento para llevarle a su padre el cuento de la chica muerta, pero el recado valía un buen coco. Los niños tuvieron suerte. Lolo ganaba la partida y los niños fueron la excusa para llevarlos a casa y hacerse con el pequeño botín de encima de la mesa de la taberna. Para tabaco.
Ya el sol comenzaba a ser devorado por el monte Serantes, cuando Inés se agarró a la mano de su padre.
-¿Por qué tiemblas, palomita?-le preguntó Lolo a su hija.
- En el bosque  hay una chica durmiendo-dijo Inés.
- Está muerta- aclaró Set. Dabo le ha puesto un grillo en la cara y no se ha movido.
- Tiene flores en el pelo y es muy guapa- dijo Inés.
- Seguramente es un asesinato amoroso- dijo Dabo con su pachorra habitual. 
Lolo llevó a sus hijos a casa sin dejarlos de escuchar. 
- Os he dicho un millón de veces que no vayáis al bosque. En el monte hay culebras y mochuelos -dijo Lolo. 
- Quiero llevarla a casa para que las culebras no le saquen los ojos-dijo Inés.
- Ya se ha hecho de noche en el bosque. Allá oscurece media hora antes y ya no se ve nada-dijo Lolo.
- Podemos usar mi linterna- dijo Set.
- Y la mía- dijo Dabo.
- ¿Por qué no nos crees?- preguntó Set.
- Porque siempre  que llega la hora de hacer los deberes inventáis un cuento raro. Tienes demasiada imaginación, Set. Luego te quejas que el que recibe más garlopa eres tú. Tus hermanos se dejan engañar con entusiasmo. ¿Cómo lo consigues? 
Mi vecino Lolo conoce a sus hijos. Tiene la mano demasiado rápida, pero los críos quieren a su padre. El cariño le vino de manos de su mujer muerta, una mujer, que ya de novios, acudía a las veladas de boxeo en las que actuaba Lolo, con un bocadillo de lomo de cerdo porque tenía el convencimiento de que los boxeadores debían fortalecerse rápido. Era una pareja feliz, rota por el cáncer. Lolo no supo alcanzar la paciencia de una madre pero no olvidó regresar a su casa todas las noches, sereno o beodo, para besar o arrear una coz a su camada. En cuanto Lolo corría el pasador de la puerta de la calle su descendencia se agarraba sus orejas enrojecidas y dormía en paz. ¿Qué más se le puede pedir a un padre? 
-¡Eso!, ¿qué más?
- Un beso sin olor a ajos-decía Inés frunciendo su ceño.- Y Lolo se ponía las gafas de sol que le regalaron sus devotos después de un combate funesto. También se las ponía al aceptar un caso difícil de una esposa engañada por un marido rico. Las mujeres toreadas disponen de talonario para disimular el descalabro. Lolo se cubría sus ojos  para no mostrar su éxtasis al ver de soslayo los cuatro ceros del talón. Permaneció imperturbable a los ruegos de sus hijos, hasta que pasadas las doce, dio un puñetazo en la mesa de la cocina y dijo:
- ¡Hoy no es Noche Vieja! Os prometo que en cuanto amanezca os acompañaré al bosque.
- Para entonces ya se habrá marchado la muertita-dijo la cría. 
Lolo no durmió. Escuchaba a sus hijos dar vueltas en sus colchones sin poder conciliar el sueño.
Los vi muy de madrugada atravesar las campas que llevaban al encinar. El viento gallego traía nubarrones. Los chicos habían visto a su padre esconder su Browning del 38 en el cinturón, en el costado. Aquello significaba que su padre les había escuchado con atención la noche anterior y se lo tomaba en serio. 
- Cuando yo era niño en este bosque había enanos y tortugas- dijo Lolo a su hija con voz apagada. 
- Y una culebra con cascabeles en el rabo- le replicó Inés a su padre.
- ¡Vaya! ¡Eso yo no sabía! Exclamó Lolo.
- Los enanos, ¿eran jóvenes o viejos?- dijo Inés.
- Viejos muy viejos y trastos. Raptaban a niñas del pueblo y las traían aquí. Las ataban al tronco de un encino y les hacían cosquillas hasta que se morían de risa-dijo Lolo.
Set y Dabo dejaron atrás a su padre y a su hermana. El bosque los tragó en su oscuridad. Era casi imposible buscar un agujero entre las hojas para ver la luz del cielo. Se perdieron. Aunque lo que perdieron en realidad fue el lugar en donde la tarde anterior se toparon con la difunta muchacha amortajada con un vestido blanco. 
- ¿Tus hermanos? ¿En dónde se han quedado tus hermanos?-dijo Lolo.
- Se  han pasado medio pueblo. Ya regresarán -dijo Inés.- Ella se encuentra detrás de los troncos de esas encinas negras. Es un sitio tranquilo para dormir. Aquí.
- ¿Estás segura?
- Como que soy pelirroja.
- Piensa bien. Aquí no está. ¿No te habrás despistado?- dijo Lolo.
El detective comenzó a dibujar círculos alrededor de los dos encinos negros. Diez minutos más tarde encontraron a Dabo y a Set. Lolo les retorció las orejas por querer llegar a un lugar que se había esfumado. Lolo mandó a los tres a casa y él regresó al sitio que había señalado Inés. Encontró un ramito de ranúnculos en el suelo. “Alguien se la ha llevado de noche”,- pensó. 
Llegó a casa. Set ya había preparado la leche para el desayuno.
-¿Nada?-preguntó el muchacho.
- Nada.
- Se la han llevado los enanos-dijo Inés.
Aquella tarde el cabo Aparicio dijo en la taberna que habían encontrado encima de la mesa de las autopsias del cementerio el cadáver desnudo de una niña con las uñas de los pies pintadas de rojo.
- Ni era tan niña ni era del pueblo-dijo Jesusa, la mujer del tabernero- En ese bosque, antes de la Guerra, venían los pobres a dormir. Traían periódicos y sacos de pulpa para fabricarse el colchón. Entonces los pobres eran muy pobres y los tontos mucho más tontos, pero follaban como ahora. Es un bosque con mala fama.  

El cabo Aparicio tenía venia del teniente de Línea para cubrirse su cabeza con el tricornio negro.  Decía que daba más autoridad. El cabo Aparicio, de cincuenta y cuatro años, carabinero de Costa, había salvado de las olas de la mar a dos traficantes de tabaco del pueblo, que tenían la costumbre de esperar con su bote a motor a un barco cubano que les traía  puros y  picadura. Los colocaban en la Sociedad Bilbaína y en los bares de putas. Lo digo con conocimiento de causa. Aquella misma noche me arrimé a la casa de Lolo el detective. Nos llevábamos bien. Yo sabía que Lolo y sus críos habían revisado el monte y que no habían encontrado nada. 
-Los críos no mentían -me dijo Lolo.- Ellos me dijeron que la muerta tenía un ramito de flores silvestres en las manos. Quien le llevó a la mesa de autopsias del cementerio, dejó el ramito en el suelo. Seguramente se le cayó. Yo lo encontré y lo escondí en mi mesita de noche, al lado del orinal. Son ranúnculos rojos.
- Las raíces de los ranúnculos tienen veneno-dije a Lolo.
Aquella mañana sucedieron muchas cosas en el pueblo. A mí sólo me tocó llevar el recado que me dio el cabo para Lolo: los traficantes de puros cubanos te andan buscando. Dicen que el barco ha traído una caja  con lazos rosas para ti. Al menos viene a tu nombre.
Lolo se presentó en casa de los traficantes a la hora de comer. Vivían en el Barrio  de Pescadores en una casa blanca con ventanas abarrotadas. Les cuidaba su hermana María la Seca, una mujer difícil de entender porque no gesticulaba. Los que le habían visto decían que tenía pelos en el pecho y era lisa como un niño. Sin embargo, en primavera iba al bosque y se abrazaba con amor al tronco de un encino. Juro que la he seguido en más de una ocasión. A la vuelta pasaba por la huerta de mi casa y comía las fresas más hermosas. Siempre hice la vista gorda porque sabía que no era feliz. Fue María la Seca la que entregó a Lolo su caja.
- El nombre lo he escrito yo con carmín rojo forte. Después de mucho pensar decidí regalártela a ti porque  quizá eres el más necesitado del pueblo-dijo la Seca a Lolo.
Una vez en casa, Lolo soltó el lazo de la caja y le quitó el papel azulón con brillo. Sus tres hijos rodeaban la mesa de la cocina con las bocas abiertas de emoción. Debajo del papel apareció una caja con una tapa celestial en donde una santa desnuda ofrecía sus lindezas desde un canapé verde limón.

- ¡Es la muertita! - exclamó Inés.
- ¡Qué tía más buena!-pensó Set buscando los ojos de su padre con el rostro encendido.
- Pero a esta la han fotografiado sin amortajar-dijo Dabo con flema de niño viejo.

Me lo contó mi vecino Lolo una tarde de galerna en la delantera de su casa mientras limpiaba su Browning del 38. Para entonces ya se había destapado en el pueblo que todo había sido una broma del cabo Aparicio y de Jesusa, la mujer del tabernero que, por cierto, se lo pasaron formidable intoxicando el candor de dos niños y una niña. Lo malo es que Lolo no les ha perdonado y temo que vaya a cometer una barbaridad. No puede comprender que personas adultas se burlen de un viudo montando movidas de mal gusto con muñecas hinchables.  


FIN


          Arrigúnaga (GETXO), a 2 de setiembre de 2015.