sábado, 27 de abril de 2013

EN LA LAUNDRY


Hace cuarenta años
El Buen Amigo me contó un sueño.
Era el resplandor de un cuento.
En aquel tiempo me mordió un niño.

 Para RAMIRO PINILLA.

                                                 
Pedro X., joven lozano y fuerte, mostachos poblados, pulsera de cuero con hebras de colores en sus muñecas libres de reloj, espera con el carro de ruedas a sus pies, ahora vacío de ropa sucia, el trolley en donde transporta por la mañana sus bártulos a la Agencia de Noticias en la que trabaja y trae por la tarde su bolsa de leña para encender la chimenea. Sentado en una silla, no quita ojo de la puerta de la lavadora por donde asoma un botón rojo de su pijama de franela que choca en el cristal a cada vuelta, después surgen las rayas de colores de unos calcetines, las trompas de elefante de unos calzoncillos ridículos y las fresas rojas muy rojas de otros más ridículos. De vez en cuando examina al anciano que se sienta a su lado, un viejo flaco, ya encorvado, vestido con un abrigo verde de lana de la época de la Gran Guerra, pero en excelente estado. Sale a la calle cada cinco minutos a encender un Embassy. Cuando regresa, Pedro X. escudriña si el anciano se fija en los colores de su ropa interior. Quizás todavía no sabe que a los viejos les da todo igual.

Es una mañana de lunes de marzo. A Pedro X. le embriagan los lunes de primavera. Se ha levantado con el gorjeo de los pajarillos. La brisa jugaba con las agujas de los pinos. En cada jardín crece un pino centenario en cuyas ramas saltan las ardillas. Los fuselajes de los aviones circundan el cielo, altos, todavía muy altos, esperando su turno para aterrizar en el aeropuerto de Heathrow. Despiden plateados reflejos bajo los rayos del sol. Pedro X sale por la cocina en pijama a acariciar los pétalos del rosal con docenas de capullos a punto de explotar. Al anochecer mojará la tierra con la regadera. Una alegría. Mrs. Garvey, su vecina, limpia con una bayeta su pierna de madera sentada en una silla de su cocina. En su juventud, le había atropellado una galera cargada de barriles de cerveza en el puente de Putney. Eso sucedió hace mucho. Ella lo sigue contando.
Pedro X. se guarece en casa. Enciende el gas con el mechero automático. Se hace huevos revueltos con bacon y café. Es lunes, su día libre.

El tambor de la lavadora bate sus calzoncillos de derecha a izquierda. Pedro X. aprovecha una escapada del viejo para girar su cuerpo. Al fondo de la lavandería permanece una joven vestida de jipi a la perfección. Se parece a Audrey Hepburn disfrazada de jipi. Le guiña un ojo. La jipi saca de su cesta ibicenca el Times Literario. Se pone a leer el comienzo del primer capítulo de Cien años de Soledad. Ha salido la primera edición en inglés y el Times le dedica una página.

El tambor de la lavadora le trae a su mente el apunte de un cuento que se lo contó un viejo amigo escritor. Partiendo de la idea comienza a darle vida: un anciano, un anciano muy anciano. Entre noventa y cien años, quizás ciento tres. Tiene que estar muy reducido. Eso es. De tamaño chiquito. Una mañana interrumpe su desayuno: sopas de leche con pan. Ciento tres años de sopas de leche con pan. Lo importante es que el anciano esté sentado frente al ojo de la lavadora. Como él está sentado ahora en la lavandería, el anciano está en la cocina de su casa. Su hija acaba de poner la colada. Ya tenemos el ambiente. Ahora la acción: el viejo se queda hipnotizado contemplando el tambor de la lavadora. Es una atracción que comenzó a sentir desde que dos hombres la dejaron allí. Un cajón blanco impoluto con una boca en el centro. Su hija le da ropa sucia para comer y el hermoso cajón blanco emite ruidos extraños. Al principio lo mira de lejos. Luego acerca su silla al cajón. Así puede vigilar el dulce movimiento de su barriga. “La barriga blanca”, la llama un día con risa infantil. A su hija le parece que gorjea. Como los bebés. A su hija le parece que gorjea tanto que lo dice en la cena:
- El abuelo ha comenzado a hablar como un recién nacido.


El anciano descubre que la máquina no es una máquina.
El anciano descubre que la máquina es una matriz de mujer.
 Eso es. Las lágrimas le bañan sus ojos. Pone sus manos en el abombamiento de su vientre y siente correr por sus brazos el calor del líquido amniótico igual de calentito que aquel en donde él vivió hacía muchos años. Pero no tantos como para olvidar las paredes del saco lleno de líquido salado que le mantenía templado, amortiguaba los golpes y le protegía de lesiones externas.
El viejo había sido un buen mozo. El tiempo había curvado su columna vertebral, descarnado sus huesos, vaciado su boca, pelado su cabeza. Usa una banqueta para trepar a su silla. Es un bebé paradójico.

La jipi dibuja una sonrisa deliciosa. Pedro X. deja de pensar en su cuento robado. Para conquistar hay que atacar. ¡Qué mujer, Dios, qué mujer! Pero comprende que tiene perdida la batalla. García Márquez es mucho García Márquez. El viejo del abrigo verde regresa después de fumar su pitillo. Antes de que su abrigo cubra su visión, tiene tiempo de volver a verla sonreír. Esta vez con plenitud. Los huevos prehistóricos de Macondo, los nuevos inventos, Melquiades con sus manos de gorrión,  le han capturado.
  
Entran una mujer y un niño. Son negros. La mujer es alta y huesuda. Trae la ropa sucia en un trolley amarillo. El niño se sienta al lado de Pedro X. No es tan niño. Aunque viste pantalones cortos representa doce o trece años. Pero ha heredado los huesos de su madre y también las ganas de crecer. Su madre elige la lavadora contigua a la de Pedro X. Abre su puerta. Se arrodilla y limpia con un trapo blanco el tambor y sus labios de goma. Mete la ropa prenda por prenda. Es ropa de color. Cierra la portezuela. Pone un vaso de jabón. Lleva las monedas precisas envueltas en un pañuelo. Las deposita en la ranura y la máquina comienza a trabajar. El niño negro  pisa la punta del pie de Pedro X.
- Sorry-dice.
Pedro X. descubre su sonrisa. No es sonrisa. Ya es risa. Es una risa de niño cabrón. Tiene unos dientes largos y estrechos. Parecen puntas de agujas de tricotar. No le responde. Su madre, que ha visto todo, se sienta en la silla de su lado y mete su codo por las costillas del crío.
- ¡Be quiet!-dice su madre en un susurro. Como se habla en la iglesia.
Pedro X. cruza sus piernas. Tiene cuidado de dejar en el aire su pie derecho. Pedro X. recuerda las largas peroratas de Mrs. Garvey. Está indignada con el Ayuntamiento de Londres porque deja comprar viviendas a indios y paquistaníes en la calle en donde ella recuerda que sólo han vivido blancos. Ahora comenzaban a llegar familias de negros con sus vestidos estridentes y muchachas que se ganaban la vida en la escuela enseñando a leer y a hacer cuentas a los niños ingleses de toda la vida. ¡Maestras de color descubriendo las grandes verdades del mundo civilizado! Es lo peor que le ha sucedido desde que la galera cargada con barriles de cerveza le cercenó la pierna cuando era una buena moza.

Al viejo que fuma Embassy se le han terminado los pitillos. Mira el tiempo que le queda a su colada y chasquea su lengua.
- Esto está casi a punto. No tendrá usted un cigarrillo- dice a Pedro X. con voz de cáncer.
- Lo siento. No fumo-dice.
La jipi dobla su Times y busca en su capazo. Saca una cajetilla de diez cigarrillos y le ofrece uno.
- Se lo cambio por una cerilla-dice. Se levanta y acompaña al viejo del abrigo verde a la calle. Pedro X. se maldice por no fumar. O por no ser viejo.   

Cierra los ojos y piensa en el final del cuento. Lo más difícil. El tuétano. El hachazo final. El viejo muy viejo acerca la banqueta que usa para sentarse en su silla. La coloca frente a la puerta de la gran barriga y se introduce en el tambor. Le resulta tan fácil entrar, como le resultó salir. Su parto debió suceder en un suspiro. Saca una manita de gorrión, como las manos de Melquiades y acerca la puerta hasta que escucha el clic de la cerradura. Se coloca en posición fetal y se jura no volver a nacer otra vez.
Es cuando sucede lo inimaginable. No en el cuento, en la realidad. El niño negro: Tom, Al, Christopher, cualquier nombre vale, acerca sus ojos a los de Pedro X., alarga sus manos, aprisionan su muslo, abre su horripilante boca y clava con todas sus fuerzas sus dientes como puntas de aguja de tricotar después de agujerear la lana de su pantalón.
- ¡Caníbal!-exclama Pedro X. tirando hacia arriba de los pelos del muchacho.    
- ¡Sir, he´s black, but not a canníbal!- dice la madre del crío.
El muchacho deja su presa. Se levanta y echa a correr calle arriba, hacia el parque. La madre sale. Mete dos dedos en su boca y silba con fuerza. Es inútil. El crío corre como un perro.
Pedro X. se palpa el muslo. No sabe qué hacer. Recuerda que no lejos de allí vive el médico del barrio. Se apellida Pérez. Coge el carrito y sale de la lavandería. El viejo y la jipi hablan con la señora de color. ¡A la colada que le den por el saco! De pronto recuerda que es lunes y que tiene todo el tiempo del mundo. Oye a la señora de color explicar a la muchacha y al viejo del abrigo verde que a su hijo le dan ataques. Pedro X no vuelve la cabeza cuando escucha que la muchacha le llama. En ese momento piensa que el médico le tendrá que poner la inyección del tétanos. Vuelve a escuchar la llamada de la jipi. Pedro X. se aleja cojeando. Camina pensando que  tiene que escribir a su amigo novelista para que le dé permiso de recrear la historia del anciano que regresa al útero materno metiéndose en el tambor de una lavadora.


FIN


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            
                                                                                         

viernes, 29 de marzo de 2013

AL TERMINAR EL DÍA


(Ejercicio para aprender a escribir).
 
                  “- Puedo enseñarte a bordar-propuso él.”
                  “- Con uno que borde en casa, basta.”

                                 Raymond Carver



  
Edelmira Ardi, sentada en su sillón de relax japonés, con los cascos de oír música en las sienes,  leía las esquelas en el periódico del día anterior. Su hermana Dorotea miraba la pantalla de la televisión, que la tenía sin sonido, y bebía limonada. Aunque ambas mujeres ya habían rebasado los sesenta años, conservaban las carnes prietas y la piel tersa. Ya habían cerrado la tienda de confección que tenían en los bajos de la casa. Las luces del escaparate de la tienda se encendían automáticamente. Se escuchó la bomba del baño del fondo del pasillo.

-  Longino ya está listo para salir a correr. Vamos a prepararnos porque ya sabes que se pone nervioso-dijo Edelmira plegando el periódico del día anterior.

Longino Ardi era el mayor de los tres hermanos. Había trabajado toda su vida de cajero en una sucursal bancaria. Viudo sin hijos, se fue a vivir a casa de sus hermanas cuando estas descubrieron que no sabía guisar unas simples patatas ni planchar como es debido los cuellos de sus camisas. Durante sus treinta años de cajero había aprendido contabilidad y ahora se entretenía llevando las cuentas de la tienda. Había montado una oficina en el ático y había subido su equipo de sonido. Le gustaba la música clásica y se había acostumbrado a trabajar con La Pasión según San Mateo de fondo. Aunque muchas tardes escuchaba boleros y alguna ranchera. También leía. Sobre todo leía las biografías y las novelas históricas que venden en los hipermercados.
Edelmira y Dorotea se habían quedado solteras a pesar de haber tenido muchos pretendientes. Sin embargo, las dos se enamoraron de dos hombres imprevisibles. Edelmira se enamoró de un chico muy guapo que cantaba de solista tenor en el coro de la parroquia. Cuando cantaba el Panis Angélicus de César Franck, las mujeres lloraban como benditas. El muchacho emigró a América y nunca más se supo. A Dorotea le eligió un médico cirujano que la sacaba a pasear al campo en un automóvil descapotable. El médico llevaba un bisturí en el bolsillo y con él hacía ramos de zarzamoras y de fucsias silvestres que regalaba a Dorotea emocionado por su propia delicadeza. Un día el médico se preparó un plato de sopa hecho con matarratas y se lo comió entero. El entierro fue una verdadera manifestación de duelo.
- Entonces, ¿vamos a correr o no vamos a correr? -dijo Longino desde la puerta de la salita de estar.
- No seas impaciente -dijo Edelmira-. Danos un respiro, que acabamos de subir de la tienda.
- Vamos a perder el último rayo del sol. Si vamos a salir a correr, salgamos ya. El sol no espera ni a Dios.
- El día menos pensado te va a dar un reflujo. Se irá el día y saldrán las estrellas, pero el camino seguirá en su sitio con sus farolas, sus plátanos y sus perros-dijo Dorotea.
-Al menos, quítate esos cascos, apaga la televisión. Y tú, termina con esa pócima. Así no vamos a salir nunca.
Longino cerró la televisión, recogió los cascos de la radio de las manos de Edelmira, colocó el periódico encima de la mesita de cristal, agarró fuerte de la muñeca de su hermana y la levantó de un tirón de su butaca.
- ¿Qué chándal te vas a poner? -preguntó Edelmira a su hermana al pasar por su lado.
- El que tiene un lapo en la espalda.
- Es una ameba -dijo Longino.
- Aunque esta noche va a helar, me voy a poner el de los ramilletes de nardos. Tiene un algo, ¿verdad?
- Atrae a las abejas -dijo Edelmira.
Longino cerró las puertas del comedor que daban a la terraza. Subió al segundo piso y revisó las ventanas. En el tercero, en donde se encontraba el ático y su oficina, encontró una lámpara de mesa encendida y la apagó. Bajó a la tienda y encendió la luz del escaparate. Salió a la calle y bajó la persiana de la puerta de la tienda. Se separó tres pasos de la fachada y contempló el conjunto. Lo hacía todas las noches. En la parte izquierda del escaparate descubrió un cartel nuevo encima de unos calzoncillos de tela morena. El cartel anunciaba con letra inglesa que se hacían calzoncillos a medida para caballero. En el centro  había un maniquí vestido con un delantal blanco con peto, propio de una casa de posibles. La base del escaparate era un paisaje de montañas con un río que corría por un valle. Las montañas, los prados, el río y las casas estaban confeccionadas con tejidos de vistosos colores. Parecía un Belén. No había duda que Edelmira y Dorotea, además de tener imaginación, poseían gusto y habilidad con las agujas y la tijera.

Aparcaban siempre al lado del viejo molino de viento, cerca del camino que llevaba al faro. Antes de saltar al paseo bordeado de plátanos hacían dos minutos de calentamiento cantando: “El cocherito, leré,.. Después comenzaban a trotar. Longino, gordo como un tonel, iba en cabeza sin olvidarse de sonreír de oreja a oreja. Tenía una cara de torta como un plato. Una graciosa nariz respingona marcaba el centro de su cara redonda. Sus implantes blancos acogían con cariño el saludo de los conocidos. Edelmira y Dorotea corrían con estilo agarradas de la mano.
- La profesora nos dijo que no levantemos demasiado los pies del suelo -dijo Dorotea.
- Pero no tanto. Parece que vas bailando ballet.
- ¡Qué ridiculez! ¿De veras crees que corro como una diva?
- Corres como siempre. Ya sabes que lo sofisticas todo. Yo, sin embargo, tengo la impresión de correr como los soldados que desfilan en Madrid con una cabra.
Longino, que ya comenzaba a resoplar, se volvió y sin dejar de correr, dijo:
- Parecéis princesas. Dos princesitas reales.
- Lo más difícil es mover los brazos sin imitar a un gladiador. Y si los llevas a la altura de las tetas, pareces un ama de casa limpiando lentejas. ¡A que sí!
- Esto nos sucede a las mujeres. Nacemos coquetas. Mira a nuestro hermano. No corre. Salta como un sapo, se rasca las pelotas cuando le pican, suda como un manantial. Creo que correr es cosa de hombres.
- Ya verás cuando llegue el primer repecho. Longino comenzará a resoplar como el fuelle de un herrero y nosotras, como siempre, le pasaremos dándole palmaditas de ánimo.
- No seas cruel. Luego llora en la cama.
Edelmira se bajó la cremallera del chándal con la mano libre y metió los dedos debajo del sostén.
- ¿Te pesan? -preguntó Dorotea.- Ése es otro inconveniente que tenemos las mujeres para correr. Se mueven como diablos.
- Si no te colocas bien el sujetador, es una lata, chica, vuelan. -dijo Edelmira.
Edelmira soltó su otra mano de la de su hermana. Ahora levantó el borde del sujetador con su mano izquierda y metió debajo la mano derecha. Hurgó unos segundos sin dejar de correr.
- ¡Deja de tocarte las tetas! Llegamos a la cima del repecho y todavía no hemos pasado a Longino.
 Lo rebasaron al borde de los tamarindos, justo cuando el sol comenzaba a morder el monte. Olía a resina, a betún y a mar. Edelmira respiró y luego suspiró para hablar:
- ¡Este aroma resucita a los muertos!
Cien metros atrás habían dejado el cementerio.


Al llegar al antiguo fuerte de La Galea soplaba una brisa fría. Sin embargo, esperaron en la fuente a que tres mujeres dieran de beber a sus perros de una bolsa de plástico. Las mujeres trataban a sus mascotas como si fueran hijos tontos, niños torpes o maleducados, no como a simples perros sedientos. Después bebieron ellas del grifo. Una de las mujeres intentaba limpiar el culo de una perra boxer con un paño mojado. 
Longino sacó de su pequeña mochila un vaso de aluminio, lo llenó y se lo pasó a Dorotea. Sacó tres bombones de chocolate y los repartió mientras dibujaba con sus dientes de rico una sonrisa familiar. Era la ceremonia de todos los días laborables que salían a correr.
El camino de vuelta era cuesta abajo. Edelmira dijo:
- Hoy no tengo ganas de galopar. Me podéis esperar sentados en un banco del parking.
Dorotea se paró al lado de la farola. Todavía  no era de noche, pero las luces se habían encendido. Miró a Edelmira de reojo y le agarró del brazo. Longino se colocó a su lado y los tres comenzaron a caminar a paso lento. No tenían prisa.
- Mierda -se lamentó Longino -Se me ha metido un guijarro en el zapato.
- ¿Qué es un guijarro? -preguntó Dorotea.
- Una piedrecita que me hace incómodo el andar.
- Creí que era un bicho raro-dijo Dorotea.
Longino se sentó en un banco del borde del camino. Se soltó las cintas de las deportivas y se quitó la zapatilla. Edelmira les dio la espalda, corrió la cremallera de su chaqueta y metió la mano derecha debajo de su sostén izquierdo. Apretó con rabia al lado de su pezón y permaneció todos los segundos que pudo soportar mirando a un barco que se acercaba al muelle de los contenedores. Dorotea le dejó sola. Dorotea se sentó al lado de su hermano e hizo la lazada de su zapatilla. Edelmira dijo:
- Cuando éramos pequeñas, nuestro padre solía venir aquí a escuchar a los pájaros ponerse a dormir.
- Ahora no hay pájaros -dijo Longino.
- Volverán -dijo Edelmira.
- Hay paisajes que no necesitan pájaros. Este es uno de ellos-dijo Longino. -Bueno, qué. ¿Vamos?
Edelmira arrancó a caminar. Saludaron a unos conocidos. Dorotea se puso a su lado. Le dijo a su hermana muy bajo:
- ¿Qué te pasa en la mama derecha?
- ¿Qué quieres que me pase? -respondió Edelmira con cara de palo seco. Dorotea la conocía bien. En unos segundos, el carácter jovial de Edelmira, había volado.
- Ya no somos jóvenes, hermanita. Cuando la gallina se escarba las plumas es que tiene pulgas.
- Cállate. Camina y mira al cielo. En casa te enseñaré las pulgas.
- Edelmira, ¿te ha pasado algo?-preguntó Longino.
- Es mi sujetador. Me queda flojo-.dijo Edelmira.
- ¿Flojo? ¿Te queda muy flojo? A lo mejor es que te parece a ti que te queda muy flojo. Muchas cosas que nos suceden son suposiciones.
Longino no supo añadir más palabras. Se había liado y pensó que hablaba como un niño idiota. Miró de refilón el rostro de sus hermanas. Conocía aquel mohín: boca prieta, párpados caídos. El gesto que había descubierto dibujar a Edelmira, mientras Dorotea le ataba su zapatilla, no era de colocarse el sujetador. El gesto que había descubierto en el rostro de Edelmira era el mismo que se le quedó a su mujer cuando visitaron al médico por primera vez. También cambió desde aquel día la sonrisa por las lágrimas. Y sin ser consciente, los labios de Longino adquirieron la dureza de una piedra y sus párpados bajaron hasta el suelo, casi hasta cerrarse.
Comenzó a soplar un viento frío del Este. Los cipreses del cementerio doblaban sus ramas todos al mismo tiempo. Edelmira comenzó a correr y sus hermanos la imitaron.
- Este viento trae agua-dijo Edelmira.

Teodora se quitó el chándal en su habitación y lo dejó encima de la silla para echarlo a lavar. Se puso la bata de estar en casa y esperó un par de minutos delante de la puerta del cuarto de baño. Llamó.
- Pasa-le dijo Edelmira.
Teodora cerró la puerta por dentro. Edelmira estaba desnuda de cintura para arriba y tenía el brazo izquierdo en jarras. Su figura se reflejaba en el espejo.
- ¿Te duele? -preguntó Dorotea casi sin voz.
- Esto no duele, estremece. Dame tu mano, trae, aquí. Junta dos dedos y muévelos de izquierda a derecha. Sin miedo. Son dos. Un poco más arriba. Acercándote al pezón. Tienes las manos frías. Déjame guiarte. Al principio, cuesta. Ahí. Ya los tienes. Aprieta sin miedo. No se escapan.
- Son dos bultos-dijo Dorotea.
- Creo que mañana tendré que ir al Hospital a que me echen una mirada. Parece importante -dijo Edelmira.
- Le voy a decir a Longino que nos lleve. Antes o después habrá que decírselo.
- ¿Crees que no se ha dado cuenta?-dijo Edelmira-. En la tienda dejaremos el cartel de cerrado.
Edelmira se apoyó con ambas manos en el borde de la piedra del lavabo moviendo la cabeza. Dorotea abrió la puerta del baño y fue al cuarto de su hermana por una bata. La ayudó a ponérsela. Luego se abrazaron con fuerza y se dieron dos besos. Edelmira se separó con decisión y dijo:
- Voy a bajar a hacerle algo de cena a Longino. ¿Tú que quieres?
- Yo voy a tomar un vaso de leche caliente-dijo Dorotea mientras se perdía por el pasillo hacia su cuarto. No encendió las luces para que su hermana no le viera las bolsas de sus ojos.

Longino se había puesto una gabardina para ir a la calle. Quería dar un paseo largo, pero el viento era demasiado fuerte para andar haciendo el fantasma por las calles desiertas. El paseo consistió en salir, mirar el escaparate de la tienda y volver a entrar. Se quitó la gabardina y encendió la T.V. Se levantó a bajar el sonido y la cerró. Entonces recordó que Dorotea le había dicho que le dejaba una tortilla francesa y un vaso de leche caliente en la mesa de la cocina. Estaba todo frío pero comió la tortilla y bebió la leche. Después subió al piso de arriba para decirles a sus hermanas que él se levantaría pronto y les haría el desayuno, pero se quedó quieto en el pasillo. Las luces de sus habitaciones estaban apagadas. Se quedó un buen rato en silencio. Se quedó hasta que pensó que alguna de las dos podría salir y encontrarlo como un pasmarote. Bajó despacio. Apagó la luz de la cocina y las de la sala. Entraba suficiente luz de la calle como para caminar sin matarse. Se sentó en la butaca, frente al televisor. Abrió la espita de los recuerdos y los dejó entrar sin misericordia: lo más duro fue intentar convencerla que una mujer con una mama no era ningún monstruo; se mordió los labios al recordar el día que eligieron una peluca con mechones verdes. Y su brazo inflamado, tan hinchado como una pierna. Longino se levantó y sacó de un armario una botella de coñac. Bebió un buen trago a morro. Fue a la cocina y se enjuagó la boca en la fregadera. Recordó que aquella maldita costumbre la cogió cuando ella juraba como una furcia.

Se levantó y fue al taller de la tienda. Un grupo de jóvenes hablaba frente al escaparate a voz en grito. Encendió la luz y comenzó a revisar en el armario de los patrones. Cogió uno cortado en cartulina marrón. En un borde venía escrito: “Delantera para calzoncillos. Talla 48-50”. Puso encima de la mesa de cortar la pieza de algodón moreno, sujetó el patrón con alfileres a la tela y cortó. Se sentó en el banco de Edelmira, enfrente de su máquina de coser. Enhebró la máquina, reguló la puntada, cargó la canilla, colocó la tela y le dio al pedal. Si Edelmira tenía mala suerte, alguien tenía que ocupar su sitio. Primero su mujer y ahora su hermana ¡Perra vida!


P.D.  Cualquier parecido es cierto.


FIN





sábado, 2 de marzo de 2013

A CUALQUIERA LE PUEDE PASAR



Estaba sin trabajo. No había nada.
Estaba sentado en la mecedora con la radio encendida. No escuchaba. De la calle llegaba el ruido de la lluvia y del viento. La lluvia chocando contra los cristales. Pensé que aquel viento barrería a los estorninos del tilo de la plaza. Me levanté a mirar por la ventana. Los pájaros seguían en el tilo haciendo equilibrios. Era la hora de recogerse.
No había nadie en la plaza. Nada. Llovía a baldes. Apagué la radio y me volví a sentar en la mecedora. Me quedaban cien euros. Los volví a contar. Cuatro billetes de veinte, uno de diez y dos de cinco. Igual que por la mañana. Un poco de calderilla. Cuando era crío mi padre decía que el dinero hacía crías. Si no llegaban facturas, había aprendido a vivir con cien euros una semana. Si no había más remedio, vivía dos. Comida, cena, cigarrillos y media docena de botellines de cerveza. Y en una semana era posible que me llamara alguien para hacer una chapuza. Mi economía se medía generalmente por semanas. Limpiaba trasteros, pintaba paisajes al óleo (un río, un puente y algún árbol, olmos, yo decía que eran olmos; si le ponía nubes cobraba veinte euros más). Pero la gente no estaba para cuadros. Aprendí a pintar paisajes con río observando a mi exmujer. Ella fue a la Universidad. Le jodía que la imitara sin haber pisado la Universidad. Yo creo que se fue por eso de casa. No creo. Estoy seguro. Porque yo era un manitas y ella una chapucera. También era una chapucera en la cama. Eso aburre. Nos aburrimos en un par de años. Luego nos aguantamos otros dos años. Hasta que nos mandamos a tomar por el culo de mutuo acuerdo. Hasta hoy. Creo que vive con un griego en Nueva Zelanda. Aunque vete a saber. José Arza tenía un pequeño taller de coches. Enredaba con buena mano en los motores. Es el que más me llamaba. Decía que estaba aburrido de escuchar la radio. Que yo le daba buena conversación. José era un buen hombre. Y aunque viejo, un buen mecánico.
La chicharra de la puerta me cortó el aliento. Hace mucho que la chicharra de mi puerta permanece en silencio. Me quedé inmóvil. Transcurrió un largo minuto hasta que volvió a sonar. No pensaba abrir. Aunque a lo mejor era el dueño del garaje que venía a buscarme para hacer una chapuza. No le gustaba el teléfono. Decía que le sacaba granos en la cara. Me incorporé para tratar de ver por la ventana. Se me cayó la calderilla. Lo que me faltaba. Una moneda de euro se alejó rodando hasta la puerta. Me levanté a cogerla. Guardé mi pequeña fortuna en el bolsillo del pantalón. Volvieron a llamar. Esta vez golpearon la puerta con los nudillos. Quienquiera que estuviera fuera soportando la lluvia tenía que haber oído los chirridos de la tarima. Abrí.
- Me llamo Sacha-dijo.
- Sacha. Muy bien-dije.
- Sí, Sacha. Con “ch”. Mi padre era comunista. Un engañado-dijo.
- Ya-dije-De esos ya no quedan.
El agua corría por los gajos de su paraguas encima de su impermeable negro abotonado hasta la barbilla.
- ¿Me hace sitio para pasar?-dijo.
- ¿Dentro?-dije.
- ¡No querrá que pase fuera!-exclamó.
- ¡Claro!-dije.
- ¡Vamos, ande, apártese de una vez!-dijo mientras empujaba con decisión.
Metió el culo dentro del recibidor y sacudió su paraguas en la calle. Cerró la puerta de un golpe. Me colocó su paraguas en mis manos. Lo llevé a la fregadera de la cocina. A mi regreso ya se había quitado el impermeable. Lo colgó en el ángulo de la puerta de mi habitación. Cruzó sus brazos. Tenía unas buenas botas. Tenía unas buenas tetas. Tenía todas las cosas que tienen las mujeres de buena raza. Esperó. Esperó con los brazos cruzados. Me recordó a mi madre. Ella también esperaba con los brazos cruzados. Nunca supe lo que esperaba. Igual que con la del padre comunista. Cuando una mujer se te planta enfrente con los brazos cruzados puede pasar cualquier cosa. Cuando se murió mi padre en el hospital, mi madre vino por la noche a mi casa. Entonces ya estaba divorciado. Se cruzó de brazos y se me quedó mirando a los ojos. “Tú dirás”, le dije. “Nada, que tu padre ya se ha muerto”. 
- Usted dirá-dije a la mujer.
- Sacha.
- Sí. Sacha. Digo que usted dirá.
- ¡Alucino!-exclamó-¿Es que no le gusto?
Dio una vuelta graciosa sobre el tacón de una de sus botas. Parecía una Barbie con vestido de paseo. Sonrió. Se echó a reír como una chiflada. Contagiaba. Había dejado su bolso encima de una silla. Revisó dentro de él. Entonces pensé que se trataba de una vendedora de libros y que me iba a mostrar una larga lista de enciclopedias.
- Sepa que no dispongo de demasiado tiempo para atenderla. Como mucho dos minutos-dije.
Sacó de su bolso una tarjeta y unas gafas graduadas, de esas que venden en las farmacias. Las dejó colgadas en la punta de su nariz. Leyó en la tarjeta.
- Usted se llama Juan Alín-dijo.
- Yo me llamo Juan Ucén-dije.
- Esta es la calle Ribera, nº9.
- 15. Esta es la calle Ribera nº15. El nº9 cae pasando la Plaza del Tilo. Ése que está ahí en donde duermen los estorninos. La Plaza tiene nombre de persona, pero como siempre hubo un tilo, le llamamos Plaza del Tilo. Cosas.
- Su teléfono…
- Perdone. Yo no doy mi teléfono a cualquiera.
- Es el 4302098.
- No tengo teléfono fijo-dije.
- Efectivamente soy idiota. O por lo menos, lo parezco-dijo quitándose los lentes.
- Pero es muy guapa.
- Guapa, pero tonta. Es usted muy amable. Ha habido una equivocación. Es evidente que ha habido un error. Alguien que no es usted ni yo, ha metido la pata hasta la rodilla. Lo único que coincide es su nombre: Juan. Un nombre precioso. Mi padre también se llamaba Juan. Juan Pichot. Todo lo demás es chino. Pero dígame, ¿conoce a Juan Alín?-me preguntó soplándome en una oreja.
- Si es cojo, creo que lo conozco de vista. En la cuesta vive un hombre cojito al que llaman Juan-dije.
- ¡Mira por donde! ¡La Maripín no se ha equivocado del todo!-exclamó con una sonrisa turbadora.
- ¿Y quién es la Maripín?-pregunté con un deje de coña.
- La que coge los recados. Aunque me parece que ha sido una equivocación celestial-dijo.
- Equivocaciones celestiales solo las puede tener el Papa-dije.
- Claro-dijo.
 Acercó su aliento a mis labios y llenó mi boca de una sombra de deseo. Me entraron ganas de servirme un whisky. Sabía que sólo quedaba un dedo en la botella. Fui a la cocina. Cerré la puerta y me lo bebí de un trago. Salí.
- Ahora me hará la gran revelación de su vida-dije.
- Ha necesitado un trago para decidirse-dijo.
- No. Primero he comprendido que Sacha es una zorra a domicilio. ¿Voy bien? Después me he bebido el último trago de mi última botella.
Le sujeté su nuca con ambas manos y la atraje hacia mí. No puso resistencia.
- ¡Calma torito!  Tenemos que poner precio al grano. Las zorras tenemos precio-dijo zafándose.
- ¡Va servida! 
- ¡Oiga! Yo me gano la vida como puedo. Tengo un documento de la Seguridad Social en el que dice que mi marido está enfermo de cuidado. Pero enfermo, enfermo-dijo.
- También yo me gano la vida como puedo. Me quedan cien euros. Cuando se evaporen, me convertiré en ladrón. Tengo una luger de 9m/m.  
- Malos tiempos, camarada-dijo.
Metí mi mano derecha al bolsillo del pantalón. Estaban allí. Los billetes para pasar la semana, miel del cielo que sustenta la vida, tenían amo. Me senté en la mecedora. Cerré los ojos. ¿Hacía cuánto tiempo no había desnudado a una mujer? Pensé en Clara, mi última pareja. Era una muchacha flaca. Había pasado tiempo desde que la dejé con su madre. Cuidaban perros. La madre, los pequeños. Ella, los grandes. Cuando Clara no podía venir, venía su madre y me limpiaba la casa. Eran dos buenas mujeres.
- No tengo intención de pagarle nada por nada-dije-No crea que soy de esa clase de hombres que duermen con una braga debajo de la almohada.
Olía a Sacha. ¿Se llamaba Sacha? Las putas cambian su nombre. Bien. Olía a Sacha en todo mi apartamento. Era un olor difícil de catalogar. No era una esencia. Olía a néctar de madreselva, a flor de ortiga, a un olor que permanecía oculto en mi cerebro desde la patria de mi infancia. Sabía lo que Sacha iba a hacer: sentarse en mi regazo y esperar. ¿Para qué contar lo que un hombre hambriento y una mujer profesional suelen hacer?
 Los estorninos pintaban de negro las ramas del tilo. El viento y la lluvia silenciaban sus silbidos. Algún día se marcharían, vendría un camión de bomberos y limpiarían sus excrementos del suelo. 
Se estaba bien en la cama. La sentí deslizarse. La oí caminar de puntillas. Recoger su ropa interior de encima de sus botas. Se vistió sin dejar de vigilarme. Con los ojos entrecerrados la vi revisar los bolsillos de mis pantalones. Abrí los ojos para verla calzarse en la penumbra sus hermosas botas. Salió de la habitación. Escuché el golpete de la cerradura de la puerta de la calle y me abandoné al sueño.


FIN

domingo, 13 de enero de 2013

OLÍA A UVA MADURA.


Se vestía de pobre, pero disfrazaba su cara con un mostacho de zar, se ponía gafas de sol y se cubría con un gorro de robar. Esperaba a su mujer con la televisión encendida, sentado en una silla en medio de la cocina. Ella se llamaba Aurora. Trabajaba por las tardes limpiando el apartamento de una soltera jubilada. Él se llamaba Antonio y estaba sin trabajo. Dormían juntos pero no se tocaban. Tampoco se querían ni se odiaban. Eran dos camaradas que dejaban pasar la vida sin esperanza de recuperar un poco de ilusión. Luchaban por sobrevivir y miraban al mundo sin odio.
Si iba con zapatos se ponía corbata. Si se metía las botas de goma, se amarraba un pañuelo en el cuello. Ella tenía un chaquetón verde para ir a trabajar. El verano se ponía camisetas holgadas. Sólo usaba sujetador para dormir. Si al regresar del trabajo encontraba a Antonio sentado en una silla en medio de la cocina, le miraba el calzado para saber a dónde iba. Después dejaba su bolsa de papel colgada del picaporte de la puerta y sacaba del cuarto de los trastos el carro de las compras.
- En el Mercado Central  tiran yogures buenos. Sin concluir la fecha de caducidad-dijo Aurora.
- Pero si voy por los yogures, me quedo sin fruta-dijo Antonio.
- Coge lo que puedas. También nos vendrían bien unos tomates-dijo Aurora.
- La otra vez escuché que el súper se deshizo de medios corderos lechales. ¡No me caerá esa breva!
- Lo cocinaría en el horno con muchas patatas.
- Se llama cordero a la panadera-dijo Antonio.
- Recuerdo que una vez trajiste tres bandejas de muslos de pollo sin caducar-dijo Aurora.
- Se los quité a un hombrón de su saco y eché a correr. Pasé mucho miedo, pero no me arrepiento.
- Vamos tirando.
- Sí. Vamos tirando.
Antonio apagó y desenchufó la tele. Las dos cosas. No preguntó a su mujer si iba a verla. Cogió el carro.
- Bueno-dijo.
Se dirigió a la puerta y la abrió. La dejó abierta. Aurora la cerró sin apenas mirarle. No se decían adiós ni hasta la vuelta. Él abría la puerta y ella la cerraba. Era la forma de despedirse.
Su atuendo era un disfraz que le libraba del saludo. Si alguien lo hacía le mandaba a la mierda.
Ella regresaba del trabajo caminando para ahorrar el billete del metro. Lo usaba para comprar cigarrillos.


Aquel hombre enmascarado, con su constitución embarrada, con bigote de corsario, chaquetón con repasos y zapatos de oficinista, actuaba según un guión tecleado en su máquina de escribir, dirigido a un público desconocido, como un actor actúa en el escenario ante trescientos espectadores. La máquina era buena, alemana, pero sin cintas de tinta en las papelerías. Presidía el salón, centrada en una mesa de oficina, su máquina de escribir, salvadas ambas del derrumbe de la empresa, donde trabajó veinte años escribiendo cartas a clientes morosos que no pagaban ni por misericordia. La mesa, la máquina, un sacapuntas de manivela, un cenicero de calamina, un teléfono de los años sesenta. Porque también metió en la caja de cartón el teléfono, papel de calco y una caja de folios, precisamente los  que había utilizado para escribir el guión de su nuevo papel en la vida de clochard. El hombre con pasamontañas que recorre la ciudad cuando los tenderos cierran y se deshacen de lo que todavía se puede comer, pero no pagar.
- La verdad es que tiene usted muy buen aspecto-le dice una mujer con abrigo de astracán mientras inspecciona una caja de lechugas con las hojas exteriores muertas.
- ¿Se va a llevar la caja entera?-le pregunta Antonio enderezando el nudo de su corbata con un deje de coquetería.
- Le cambio por tomates. Veo que ha recogido una buena cosecha.
- En fin…, en este contenedor hay lechugas en bastante buen estado. Le voy a regalar tres naranjas sanas.
Así dos o tres días a la semana. Según pese el cuerpo. Si se tiene buena cintura y una conversación que no se salga del guión, se puede comer con poco. Aceite, galletas y legumbres te dan cuando te toca en los Bancos de Alimentos. Ahora las grandes superficies les entregan sus desperfectos a los Bancos de Alimentos y no acaban de recibir loas e incienso. Antonio hace tiempo que no entiende al mundo. Tampoco merece la pena perder el tiempo para entenderlo. Mientras pongan contenedores en las puertas de las grandes superficies y a la Aurora le paguen cuatrocientos euros por limpiar la mierda de la  vieja soltera que se gasta la paga en picardías y en zapatos de tacón, la Administración ha cumplido de sobra. La vieja alquila pisos patera a negros y a marroquíes, albergues inverosímiles enclavados en lugares aún más inverosímiles. Nadie se queja.
- ¡Hay que tener agallas, Aurora!-dice abriendo mucho la boca para que se le vean los implantes-.Cuando me toca cobrar llevo un colt 45 con la culata fuera del bolso. Si alguna gorda negra empieza a romperse la garganta y las voces de todos levantan el vuelo, saco el colt y disparo a las alturas. ¡Hay que tener agallas! Los negros son muy gallinas y se les aplaca pronto. Los marroquíes tienen pinchos. Yo coloqué el cañón en la nuca de un viejo -. ¡Paga o nos jodemos todos!-le dije.
Aurora sonríe mientras la vieja le cuenta mentiras. La vieja sabe que la sonrisa de Aurora es forzada, pero no le pide más. Ya ha tenido tiempo de aprender que la vida es un disimulo. A la vieja se le olvida que Aurora abre la puerta a su administrador todos los fines de mes. Y que les ve hacer las cuentas en la mesa del comedor. El administrador es un hijo puta rumano que se queda con algo. Aurora no quiere saber nada. Ella, por si acaso, tampoco cuenta nada a Antonio. Sabe lo que piensa su marido de ella: que es tonta del culo. Un día se lo dijo, o le llamó. Daba igual. Aurora sólo recuerda que le miró con la expresión que ponen los hombres que se creen de raza superior y le dijo:
- ¡Tonta del culo!-Así, con desprecio.
También recuerda que ella le lanzó la tapa de la olla a presión a la cabeza, donde hizo una brecha de ocho puntos. Era lo que tenía en las manos.
- ¿Hay denuncia?-le preguntó el médico del Cuarto de Socorro a Antonio.
- ¿Usted denunciaría a su mujer?
- Mejor dejarlo.
Eso no sabía Aurora. Tampoco le esperó preocupada. Cenaron juntos, vieron un rato la tele y se fueron a la cama. Cada uno a su rincón, sin tocarse. Lo más, sin querer, los pies. Los pies grandes y fríos de Antonio, los pies pequeños y calientes de Aurora. Al principio, Antonio disimulaba y dejaba muertos sus pies huesudos, como leños sin savia, como un animal desvalido que espera la licuefacción de los dos pies tibios de aquella mujer que al principio fue suya y que la vida  los fue separando sin ninguna explicación. Ni siquiera lo que es el aburrimiento. Luego también él apartaba sus dos tablones con palos y regresaba  a su nicho de cama para recuperar la libertad de no depender de nadie, ni siquiera de su mujer.
- Es duro vivir sin coño-le dijo un día el hombre, seguramente porque llegó borracho de tetrabric.
- Busca trabajo y cómpralo en un burdel.
Aquella noche Antonio sintió tanta vergüenza que se acostó con las botas de goma y el chaquetón repasado en el sofá. Al día siguiente volvió a su rincón y dijo “buenas noches” con la seguridad de que iba recibir el silencio por respuesta.
- Buenas noches-le respondió Aurora.
El matrimonio estaba muerto. Aurora pensó más de una vez en no regresar a casa después de limpiar la casa de la vieja. También lo pensó Antonio. Pero ninguno hubiera resistido la falta del otro. La soledad. Otro misterio sin resolver.
- ¿A quién iba a matar si no?-se preguntaba Antonio cuando la cercanía de aburrimiento le copaba el cuerpo.
Sin embargo, una noche estuvo muy cerca de tirar lo que tenía. Regresaba a casa con su carro de la compra casi lleno. Llevaba yogures de tres sabores, una piña madura, dos bandejas con lomo adobado, una lata de garbanzos abollada, otras dos de alubias también abolladas, fruta elegida con paciencia, porque Antonio hacía las cosas bien. Ponía todos sus sentidos en hacerlas lo mejor posible. Volvió la cabeza a la izquierda y vio el espejo de una porción de escaparate que separaba otra porción de escaparate de una tienda de regalos. Eran más de las doce de la noche y ya no le quedaba más remedio que regresar a casa caminando. Quizá hora y media de caminata. La noche entraba templada. Sin duda aquel fantoche que acababa de vislumbrar a su izquierda era él. Desanduvo los cuatro pasos que había dado y se contempló con toda la parsimonia que se necesita para descubrir todos los detalles de su indumentaria. ¡Oh, Dios!, se había convertido en un perfecto vagabundo. Se arrancó el pasamontañas y se despegó el bigote de Zar de todas las Rusias. Era el nombre comercial que venía escrito en la caja que compró en una tienda de disfraces. ¡El Zar de todas las Rusias! Y lo más sorprendente era que sin bigote y sin pasamontañas parecía mucho más mendigo. Tenía cara de mendigo. Así como mengano tenía cara de ladrón y zutano de violador, él tenía cara de mendigo. Entonces pensó en no regresar a casa. Ir al parque y echarse a dormir en un banco, buscar un agujero, una cuadra en el monte. Pasó una mujer vestida de fulana.
- ¡Qué! ¿Te ves favorecido, alma de cántaro?
Antonio le iba a mandar a la mierda, pero cuando se dio cuenta de que era una puta, le preguntó:
- ¿De qué tengo cara?
- De asaltar un contenedor. ¿No te jode? ¡Si llevas el carro lleno!
- Gracias-dijo. Y apretó el paso para llegar a casa.

Un día encontró una caja sin abrir de uva de Moscatel. No cogió nada más. Llegó a casa cuando Aurora se recogía el pelo. Antonio fue directamente a la fregadera, arrancó el papel de celofán de la caja y fue cortando con paciencia los granos que estaban en mal estado. Era una uva excelente, dorada, apenas sin semillas.
- Está perfecta-dijo Aurora.
Antonio limpió dos racimos con agua y en el último aclarado puso unas gotitas de lejía en la palangana. Sacó una fuente del armario y los colocó en la fuente y la fuente encima de la mesa. Antonio no había olvidado que la fruta que más gustaba a Aurora era la uva de Moscatel.
Aurora comenzó a picar un racimo. Lloraba de satisfacción. Comió con glotonería hasta que se dio cuenta que Antonio no comía, con las manos en sus rodillas le miraba con una sonrisa recuperada en su boca. Sintió un calambrazo en el pecho. Aurora apartó la fuente con una mano. Quiso hacerlo con desprecio, pero no le salió. Sintió un rubor insoportable en su rostro. Se levantó y dio las buenas noches a Antonio. Se fue a la cama.
- Buenas noches-dijo Antonio.
 Algunos minutos después de las tres, Antonio sintió a Aurora levantarse de la cama, dirigirse a la cocina y abrir la nevera. Cuando regresó a la cama olía a uva madura. 


FIN