sábado, 3 de agosto de 2013

LA DECISIÓN DE LUKAS (De la saga MOCHITA. MCMLXV)


A don Jaime Iturrate no le llevaron a la tumba sus ochenta y dos años ni el disgusto que tuvo con el Director del Museo de Bellas Artes. Al abuelo le llevó a la tumba el disgusto que le dio Lukas cuando se marchó a París a encontrar su vida y que la abuela se muriera sin avisarle. Son  puñales que roen el corazón. El abuelo quería estar todo el tiempo pegado a las pulsaciones de su nieto sin pensar que el muchacho había cumplido 20 años y sentía asfixia de él. Parece ser que el anciano había olvidado que gran parte de su juventud la pasó en París, primero con una beca de la Diputación Provincial y más tarde cinco añazos, cinco, en Italia, en el estudio de los mejores profesores. Eso sin contar todos los viajes que hizo a París en busca de putas para pintarlas con media teta así y medio culo asá y para comprar tejidos mágicos, satenes y sedas para copiar sus brillos y veladuras con sus colores cálidos encima de la carne de los retratos. Y cuando le dio la chaladura de pasarse horas muertas copiando las hilanderas en el Museo del Prado porque decía que se le estaba olvidando pintar. Y los viajes a Londres con la abuela a su casa de Wimbledon Park y aquellos trayectos que hacían en metro a Horrods, en Knightsbridge  a la sección de Food & Wine. El exquisito abuelo de Lukas, don Jaime Iturrate, Tercer Baron de Escarpín, podía hacer lo que le picaba por ser quién era y Lukas no podía hacer lo que le pedía su coco, que eran muchas, muchas cosas. Por eso tenía el corazón revuelto, ácido, con esa especie de sal gorda que lo envuelve cuando eres joven y hasta la piel del cuerpo se siente infeliz. Lo hizo. Pero lo hizo mal. Sucio. Como un maleante. No tenía dinero. En casa había muchos cachivaches inservibles: pequeñas colecciones de cajitas, un microscopio, los muñecos de su bisabuelo que permanecían en una pared de un cuarto que siempre le dio yuyu; colecciones de mariposas atravesadas por un alfiler de cabeza dorada. Cogió algo de todo También un par de banderillas de corrida de toros y lo que no debió coger nunca: dos lienzos de tamaño pequeño pintados por su abuelo al aire libre. Lo malo es que no tenía ni idea ni en donde, ni a quién, ni cómo podría vender su hurto. Lo peor: ni siquiera sabía lo que podría pedir por ellos. Lo plegó todo en el fondo de una maleta también del abuelo y se fue, adiós para siempre, adiós, en el tren de  San Sebastián y por último en el Topo a Irún. Cruzó el largo túnel que conduce a Hendaya. Mostró su pasaporte y se sentó cerca de las once de la noche en un tren en cuyos coches pendía un letrero blanco con el nombre París. Lukas ya había estado en París con el abuelo viendo pintura en el Louvre, en el Museo de Arte Moderno y en otro con la fachada plagada de cañerías de colores, algo realmente feo para ser un museo. Y también en Les Halles, la gran despensa de París, comiendo mejillones al vapor y ostras con limón. Subió en un vagón de segunda clase y se sentó frente a un hombre de treinta a cuarenta años con los ojos muy grandes. Cuando el tren comenzó a rodar por la playa de vías de Hendaya, el hombre de los ojos grandes, que estaba sentado enfrente de él, le dijo con una voz envolvente:
-¡A París!
-Sí señor, a París.
-Su maleta cuesta mucha plata. Mejor que la deje a buen recaudo si no quiere quedarse sin ella.
-Sin la maleta.
-Sin la maleta y sin lo que lleva dentro.
Levantó la cabeza y la miró. Su cuero color whisky cubierto en parte por pegatinas de grandes hoteles no le dijo mucho. Recordó su contenido. Miró a los ojos grandes del hombre de enfrente y sin pensarlo dos veces, se levantó, se estiró y recuperó su maleta. Luego la puso en el suelo, entre sus piernas y la pared del coche. El argentino, porque el hombre de enfrente era argentino, le sonrió y cerró sus ojos grandes. Los dos primeros días Lukas vivió en su casa, en el Marais, en un apartamento que daba a un patio interior en donde olía a aceites y alcoholes provenientes del taller de un luthier que tenía un loro. En el patio había además una tienda de mantequilla, una docena de gatos, un cojo que algunas veces se atrevía a salir a pedir al callejón y, en medio, una higuera vieja, seguramente de la época de la Revolución, pero todavía vigorosa, que  conducía a Lukas a un libro recién leído La muerte de la higuera, de Robert Sabatier, en donde también había un patio con una higuera y un fabricante de violines que se llamaba Cremonesi. Al tercer día salió en busca de su propio apartamento porque el argentino de los ojos cautivadores le estaba siempre mirando. Después de caminar toda la noche se encontró en la calle Paul Valery, no muy lejos del Arco del Triunfo, frente a una formidable casa y frente a su portal (por poco la pisa) una mujercita vestida de azul, con el pelo teñido de azul y con dos brochazos azules en las mejillas. Entonces recordó que hablaba francés y le preguntó si sabía de algún lugar para alquilar por los alrededores. La mujercita le dijo que un médico del segundo piso alquilaba una guardilla a buen precio. Sólo le preguntaron si era estudiante o escritor. Dijo que ambas cosas. Y al poco se vio dentro de un espacioso lugar en donde había una gran cama, un sofá nuevo, un tocador que servía de mesa y al fondo una fregadera al lado de una cocina eléctrica. Al marcharse le mostraron el retrete en el pasillo, común para todos los rectos de las guardillas y le anunciaron que podría bajar a su casa los jueves a bañarse. También le dijeron que si se sentía enfermo, el médico le atendería y no le cobraría. Les dio las gracias y cuando se encontró solo abrió el maletín, sacó la poca ropa que había traído consigo y dejó su tesoro en su interior. El  italiano le había informado cómo debía llegar a la puerta de Clignancourt, al mercado de las Pulgas, en donde se ponían los domingos vendedores de toda clase de objetos. Fue. Llevó las banderillas y dos cajas con mariposas. Se colocó al lado de un viejo que vendía cartas de amor auténticas por un franco nuevo y otro que vendía dientes postizos también auténticos. 
El viejo que vendía cartas de amor le dijo que los dientes postizos eran de gente fallecida y el que vendía dientes postizos le aseguró que las cartas de amor las escribía él con tinta china aguada. Cuando llevaba una hora en pie, el de las cartas de amor le preguntó si era brocante o turista. Lukas le respondió que en el paquete llevaba un par de banderillas y unas mariposas disecadas.
-Togó -le dijo muy interesado.
-Sí. De toro. Son verdaderas. Quiero decir que se usaron en una plaza de toros con un toro muy bravo. El toro se llamaba Solimán. Todavía tienen manchas de sangre. Mire.
En el momento de mostrar las banderillas se hizo un corro a su alrededor. Un hombre de piel muy blanca y con mucho tocino le preguntó si quedarían bien en la pared del cuarto de baño. Un americano afirmó a su esposa que era un recuerdo maravilloso del viaje. “Estamos en París, no en Madrid”. Le respondió ella. Luego desaparecieron todos.
-Siempre es así -le dijo el de las cartas de amor-. Miran la novedad. Tú ya has echado el anzuelo, ahora a esperar. Creo que volverán los americanos.
Volvieron después de comer, a media tarde.
-¿Cuánto?
-Cien francos.
-Cincuenta.
-Cien francos. Son verdaderos.
-Cincuenta.
-Cien. Valen más.
-Cincuenta.
Entonces le entró una especie de pánico escénico. Comprendió que el turista estaba a punto de irse y dijo bajando la voz:
-Cincuenta.
El viejo de los dientes le dijo:
-Si usted quería cien, tenía que haber pedido doscientos. Es la regla.
Le iba a responder algo pero prefirió marcharse a casa. En el fondo estaba loco de alegría. Se compró una baguette y jamón de Bayona para cenar. Se sentó frente al tocador y escribió:

“En el fondo se querían como lo que eran: un vendedor de dientes postizos y un vendedor de cartas de amor. Sus herramientas de trabajo eran parecidas. El vendedor de dientes postizos usaba una pequeña lima para amoldarlos a las encías de sus clientes. El vendedor de cartas de amor tenía una pluma de mango azul y tres aceros ingleses con los que copiaba las cartas de un catón del siglo XIX. Vivían juntos y dormían en el mismo catre dándose la espalda, porque no tenían más. Comían del mismo plato y bebían del mismo vaso. Tan sólo hacían una cosa íntima con diferente material: limpiarse el culo. El vendedor de cartas lo hacía con Le Monde. Era de izquierdas. El vendedor de dientes postizos lo hacía con Le Figaró. Era de derechas”.

  Lo leyó despacio y se levantó de su silla dando un respingo. Aquello era el comienzo de un cuento. Por lo menos de un cuento que lo enviaría Dios sabe dónde para que se lo publicaran. Era bueno. Estaba seguro de que era bueno. Se volvió a sentar en la silla, frente al espejo del tocador. Volvió a leer lo que había escrito y volvió a levantarse y a dar otro respingo. Entonces se vistió el chaquetón y salió a la calle a caminar hacia la puerta del Lido. Allí había carne con dos piernas y dos piececitos con zapatos de tacón que olían rico. Maracumba teté. La última vez que estuvo en París con el abuelo, por las noches se tenía que quedar en la cama del hotel porque don Jaime Iturrate se vaporeaba bien el cuello y los puños de la camisa con aquella colonia que olía a azúcar y miel y salía con un cuaderno grande y media docena de lapiceros en busca de putas gordas o demasiado flacas para plasmarlas de alguna manera, siempre soltando plata. Al amanecer, cuando llegaba a la habitación del hotel, encendía la luz de una lámpara de lectura y según iba pasando los apuntes bajo los rayos de la lámpara, rasgaba con rabia el papel y cuando terminaba de rasgar toda su cosecha se echaba en la cama vestido y se quedaba dormido casi sin respirar, como un muerto reciente. Era cuando Lukas se vestía en silencio y salía a trotar, a mirar los carteles de los cines, a apoyarse en una puerta del Lido para ver el tipo de gente que abandonaba el local, ya empleados y algunos pelmas que corrían a la orilla de la acera, a las bocas de riego a echar la vomitona. Una madrugada apareció una negrita, una negrita con el pelo corto y un vestido marrón ceñido al cuerpo, ceñido como un látex al sexo de un hombre potente. La negrita parecía una muchachita linda, una jovencita con el vestido de goma marcándole sus formidables curvas de mujer, porque era una mujer con todas las de la ley. La negrita se quedó en la puerta, seguramente esperando a alguien, pero todo el tiempo que estuvo esperando a alguien no dejó de mirar a Lukas, por lo menos cuatro minutos sin dejar de mirarle, hasta que se apagaron las cientos de bombillas de la fachada del Lido y el cielo apareció nublado, sin luz suficiente para sentirse alegre, con esa luz que traen los días feos, de color leche. Estaba esperando a un hombre grande y gordo, pelirrojo como una zanahoria recién arrancada de la tierra, que le puso su mano derecha, grande, grande, en medio del culo y la negrita dijo:
-¡OOOOOOHHH!
Y el hombre pelirrojo con una voz de eco de tripa de barrica, como tenía que ser, dijo:
-¡Mira, mira allá en el árbol, en la rama que se inclina, un murciélago se pone a dormir!
Lukas también miró. Y la negrita al pasar junto a él le dijo al hombrón. ¡Anda, dale al chaval cien francos, que me ha estado protegiendo de los golfos de la noche mientras tú llegabas. El tío metió la mano en el bolsillo y le dio cien francos (de los viejos, claro) y un pescozón. El murciélago no era murciélago sino un gatito negro, todo negro, que maullaba desde allá arriba. Lukas iba a subirse al árbol, pero entonces llegó un guardia y le dijo:
-¡Ni se te ocurra! Déjale, siempre baja sólo. Es de las chicas de la limpieza del cabaret.
Lukas no llegaba a los trece años y corrió al hotel a despertar  a su abuelo para contarle lo que le había sucedido, pero su abuelo había volado a alguna parte. Lo encontró una hora más tarde en Las Tullerías pintando un rincón con su caballete plegable y su taburete de lona también plegable.
-¿Es que vas a vivir sin dormir, abuelo?
-¿Qué quieres que haga si es lo que más me gusta hacer? Ya tengo muchos años. Pronto me doblará el reuma, se me nublarán los ojos, me apresarán los catarros y ya no podré pintar.
Desde entonces habían transcurrido seis o siete años y el abuelo seguía pintando con trazo firme. Lukas pensó en él. Encontró una cabina telefónica y llamó a casa. Como siempre se puso la criada Melitona. Después se puso su madre. Escuchó el chaparrón y pidió que se pusiera su abuelo.
-Abuelo, estoy en París escribiendo.
-Está bien que estés en París escribiendo, pero por lo que más quieras no vendas esas dos telas. Valen mucho dinero para darlas a un chamarilero por cuatro perras. Además, las quiero mucho. Te ruego que no las vendas. Dame tu dirección y te mandaré dinero para que regreses a casa inmediatamente. Te necesito aquí.
-Ya me las arreglaré. Ya tengo veinte años-colgó con rabia.
Se arrepintió de haber llamado. Era como si su libertad total hubiera desaparecido de pronto. Su alegría se tornó en tristeza. Desde que cerró la puerta de su casa hasta hacía unos segundos había estado flotando en una feliz independencia que nunca tuvo. Una simple llamada de teléfono la había barrido. “¡Mierda, mierda, mierda!” “¿Es que siempre voy a tener que depender de él?” Dejó la puerta del Lido y echó a andar por los Campos Elíseos hacia la Place de la Concorde, pasó las Tullerías, el museo del Louvre, cruzó Le Pont Neuf y se encontró con Notre-Dame. Subió las escaleras de caracol, recorrió el pasillete, se recostó contra el tejado de la catedral y sonrió. Sus ojos abarcaban mucho, lejos, hasta muy lejos. Su corazón comenzó a latir con fuerza sacando de su fondo, como de un pozo, su perdida rebeldía. Seguía estando en París. Solo. Todavía tenía algo de dinero, el Café de Flore seguía estando en el Boulevard Saint Germain. Lukas volvió a sentir el abrazo de la libertad. No fue al Café de Flore. Bajó las escaleras de caracol sin pedir perdón a los que subían, cruzó el Puente Nuevo, recorrió las Tullerías, cruzó la Plaza de la Concordia y recorrió los Campos Elíseos hasta El Arco del Triunfo. Llegó a Paul Valery, trepó las escaleras, entró en el retrete y antes de hacer lo que tenía que hacer, robó tres cuadrículas de página de periódico de cada uno de sus vecinos y las clavó en la letra E, que era la letra de su cubículo. Entró en su apartamento y se sentó frente a la tabla del tocador. Escribió:

“El vendedor de dientes postizos era polaco, hijo de un mecánico dentista y de una bailarina de ballet. De observar a su padre, aprendió algo de su oficio y de mirar a su madre aprendió a mover con delicadeza sus manos y a caminar batiendo con melindre sus caderas. Su madre y su padre le odiaban porque había nacido fuera del matrimonio y les forzó a casarse. Pero no le pegaban. Sin embargo, le odiaban tanto que una noche le cerraron la puerta de casa y ya no le dejaron entrar más.
“El vendedor de cartas de amor era francés. No tenía ni padre ni madre conocidos porque era de la inclusa. Una monja gorda  le enseñó a escribir con letra inglesa y otra monja pervertida a confeccionar cartas de amor. Cuando le llegó la edad de dejar el orfanato escribió la carta de amor más obscena de su vida y se la dio a la monja gorda como agradecimiento de sus excesos. Fue ella la que le enseñó las partes del cuerpo humano femenino singular y sus usos en clases particulares de no más de un cuarto de hora de duración en su catre de reverenda desde que cumplió doce años. A la monja flaca, la que le enseñó a despertar su imaginación, le regaló su libro de misa con dibujos escabrosos”.

Cogió el folio del día anterior y lo pegó en el cristal del tocador. Hizo lo mismo con éste y lo pegó a su lado. Lo leyó todo seguido. Recordó los cuentos ñoños que guardaba en su casa, los que escribía para su abuelo y se los leía mientras él pintaba en su estudio, casi siempre sentado de espaldas a un inmenso retrato, decían que de la primera baronesa de Escarpín, una mujer imponente con un vestido de niña con un vaso de oporto en su mano derecha. “La mano derecha sólo la usaba para beber, la izquierda era su verdadera herramienta”, le decía su abuelo. “Lo que estoy escribiendo es un cuento de adulto. ¡Esto es lo que quería hacer! ¡Dios!” Pegó un brinco y salió en busca de una baguette y jamón de Bayona. Se creyó un escritor con todas las de la ley. Revolvió su flequillo, echó de menos una bufanda negra y una chaqueta con coderas. Por la acera de enfrente pasaba Vargas Llosa.
-¡Maestro!-gritó-. El escritor levantó ambos brazos y le saludó riéndose.
Al día siguiente fue al Sena a ver qué tenían los libreros de viejo. Una mujer con dos o tres abrigos y con mitones en sus manos guardaba en su cajón gris una buena carga de libros de pintura. Lukas le enseñó un librito de antes de la 1ª Guerra Mundial que había cogido de la biblioteca de su abuelo. La mujer le miró y remiró. Al rato alzó la vista y dijo:
-Cuarenta francos.
-Cincuenta-dijo Lukas.
-Cuarenta y cinco. Es mi última palabra.
-Está bien.
Lukas se sintió libre, rico y feliz. Le gustaba tumbarse en su cama y saberse solo, con la certidumbre de que nadie iba a llamar a su puerta porque nadie necesitaba nada de él. Escuchaba la lluvia golpear en los cristales que daban al patio y cuando granizaba, el picoteo de los granos en el tejado. De vez en cuando se levantaba y miraba por la ventana a las otras ventanas.
Nunca se asomaba nadie al patio.
Oía pisadas en el pasillo. Unas veces se detenían antes de llegar a su puerta. Después escuchaba el ruido de la llave y al de unos segundos un portazo. Era todo lo contrario de lo que sucedía en su casa. Allí había demasiada gente para poder sentirse solo. Entre la familia y el servicio lograban asfixiarle y echarle de casa. En realidad, sólo el abuelo respetaba las idas y venidas de la familia con su habitual silencio. Aquel silencio se había acentuado desde la muerte de la abuela, doña Antonia San Román, una noche de frío y lluvia en la que no pudieron encontrar al abuelo en ninguna parte. La abuela se había puesto enferma a media noche de algo malo en el corazón. Guillermo, su hijo mayor, que llegó a tomarle el pulso cuando todavía respiraba dijo que tenía el corazón loco. Cuando llegó el médico, Enrique, su otro hijo, dijo que su madre se había muerto con el corazón loco. “Posiblemente ha sufrido un infarto”, dijo el médico. “Algunas veces el corazón se vuelve loco para morirse”, añadió el médico, no se sabe por qué. Por eso en casa de Lukas nadie pone en duda que la abuela se murió con el corazón loco. Don Jaime Iturrate había estado en un garito nuevo en el que le habían dicho que habían arribado cuatro morenas andaluzas con las pecheras gordas. Se había pasado la noche intentando pillar el mohín a una puta tapón que olía a colonia y fatiga y le trataba de marqués. Al amanecer recogió sus cachivaches como un pescador con mala suerte y llegó a casa cuando salía por la puerta principal el párroco de San Ignacio con la solapa del abrigo en las orejas y los óleos en el bolsillo.
-Mejor que entre y ponga orden -le dijo el párroco-. Ahí les he dejado discutiendo si es mejor dejarla en la cama de cuerpo presente o  en el ataúd.
-¿Es que se me ha muerto alguien? -preguntó don Jaime con el sueño en sus párpados.
-Doña Antonia. Se le ha muerto doña Antonia, mientras usted manchaba su pincel.
Don Jaime se deshizo de sus bártulos para ir a agarrarse en donde pudo. Lukas, que lo vio desde los cristales de la escalera salió a socorrerle.
-Corrieron a buscarte pero no te encontraron. Espera, vamos a recoger tu maleta. Se ha muerto de repente, abuelo. Sólo el tío Guillermo llegó a tomarle el pulso - Ambos se agacharon y comenzaron a meter pinceles, espátulas y tubos en la maleta de madera. Don Jaime amarró el maletín contra su pecho y entró en la casa seguido de su nieto. Don Jaime Iturrate subió las escaleras y enfiló sus pasos hacia su habitación. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a hablar con la muerta. El servicio dijo que la riñó por haberse muerto sin esperarle. Pero el servicio de don Jaime siempre tuvo demasiada imaginación. Cuando salió de su habitación dijo a sus hijos:
-Siempre pensé que me iba a sobrevivir.
Desde entonces, don Jaime comenzó a distanciarse de su familia. Sólo sonreía cuando Lukas le leía sus disparatados cuentos. Al resto de la familia les trataba con el cariño de siempre y a sus dos hijos les preguntaba que qué tal iban las cosas en la fábrica. Ni a don Jaime le interesaba cómo iban las cosas en la fábrica ni sus dos hijos tenían idea de las cosas de una fábrica que ya no era del todo de la familia. Ellos tenían dos preciosos despachos de caoba por los que don Jaime luchó con el consejo de administración para que sus hijos no se quedaran sin tener a dónde ir. Ni Guillermo, el mayor, ni Enrique, el menor, acabaron el bachillerato. Además de los dos flamantes despachos, les dejó algunas representaciones de venta de hierro y un sueldo suficiente para poder vivir sin trabajar. Tampoco él entendía demasiado de transacciones mercantiles ni falta que le hacía. Sus dos hijos eran solteros y vivían en la casa que un día levantó el abuelo de don Jaime, el Primer Barón de Escarpín. La chica, como llamaba don Jaime a su hija Rebeca, estaba casada con un bailarín cubano, que se movía por los teatros de Europa como profesor de ballet clásico. Guillermo y Jacinto, sus hijos, apenas lo conocían de vista. Rebeca, la madre de Lucas, estaba locamente enamorado de él y casi siempre estaba de viaje. El bailarín se llamaba Emeraldo Renato Renato. Poco antes de casarse don Jaime le preguntó si sus papás eran primos y él le aclaró que era hijo de padre desconocido y que lo de repetir el apellido fue cosa de su mamá para no quedarse sólo con uno.

En las largas tumbadas del último piso de Paul Valery, bien envuelto en una manta, Lukas pensaba muy a menudo en su familia. “Mucha gente y poco amor”. La casa era lo suficientemente grande para tener cada uno su agujero “¡Menos mal!” Y hasta si estudiabas las costumbres de sus moradores no era difícil atravesar sus largos pasillos y extensos salones sin cruzarse con nadie. Hasta las criadas, casi todas viejas, realizaban su trabajo con independencia. Sólo el tío Enrique no guardaba las formas y recibía a sus muchachitos de trece y catorce años en el salón de las butacas y les repartía meybas de pata corta para que se probaran y poder ver a quién le quedaban mejor. Los chavales, casi todos de un colegio de frailes, dejaban guiñándose los ojos que su tío Enrique les pasara el brazo por sus hombros, aunque Encarnita, una chacha vieja como el trinchante del comedor, contó sujetándose los dientes postizos, “se me caen de la risa”, decía ella, cómo don Enrique le quiso tocar la aldaba a un chaval crecido y éste le meó en la mano sin ninguna consideración ni a la edad ni al recato. El tío Enrique era marica sin más. No era de los que dejaba caer las manos dibujando ángulos rectos, ni de los que arrastraba las sílabas cantando. Era un hombre bien hecho al que le gustaban los chicos no se sabía hasta donde. Alguna vez el abuelo le dijo que debiera de elegir amigos un poco mayores, más que nada por el qué dirán.
-La pureza tiene edad.
-Y la edad aleja a las leyes y a los jueces -le respondió el abuelo.
Lukas escuchó alguna vez al abuelo regañar al tío Enrique, sobre todo cuando el abuelo se encontraba con un tropel de críos corriendo por la terraza, pero no se quedaba a escuchar sus razonamientos porque sabía que el abuelo llevaba razón y que su tío se podía poner realmente cursi.

El vendedor de dientes postizos se puso enfermo de temblor. El vendedor de cartas de amor llamó a un médico negro que trabajaba en el dispensario del barrio, que cobraba una pastilla de mantequilla o lo que tuvieran en casa sin usar demasiado. Les dijo que nadie se moría de temblor pero que se temía que ya no podría ajustar dentaduras de muerto a ningún vivo. El vendedor de dientes postizos metió en una maleta todos los paladares antiguos, aquellos que tenían color a teja mojada y también dos docenas de cajas de dientes clasificados en molares, premolares, incisivos, caninos y dientes en general. Le vendió las dos maletas a un colega especialista en accidentes cinematográficos de rostros, sacó un billete para Marsella y se fue a vivir con una hermana que tenía una tiendecita de flores de papel para cementerios. El vendedor de cartas de amor sintió la soledad del catre vacío desde la primera noche que reparó en la huída del sacro del vendedor de dientes postizos. Y no pudo conciliar el sueño ni esa ni todas las noches venideras. El vendedor de cartas de amor probó en sustituir los duros huesos de su compañero de catre con piedras planas de la calle envueltas en paños, con el cazo de hervir la leche y con el pucherito de hacer café. Fracaso total. Tras un mes sin dormir acudió a la consulta del médico negro con un paquete con castañas calientes. El médico negro le dijo que sufría de una enfermedad de amor que le llamaban ausencia del hueso mullido y que no se curaba nada más que con la recuperación de sus costumbres difuntas. Entonces el vendedor de cartas de amor recogió todos sus bártulos y se los vendió a una mujer que escribía guiones de radionovelas para una emisora que sólo retransmitía novelas de amor para los obreros del relevo de las seis de la mañana. El vendedor de cartas de amor sacó un billete para Marsella y se fue a vivir con el ex vendedor de dientes postizos que, además de seguir enfermo de temblor también echaba de menos el espinazo del vendedor de cartas de amor. Desde entonces ambos viven en casa de la hermana del vendedor de dientes postizos, duermen en la misma cama y han experimentado bienestar en sus enfermedades.

Lukas leyó los tres folios seguidos, dio tres brincos y metió los tres folios que le habían ocupado el cuento en un sobre y se los envió a su abuelo. Había decidido ser escritor. Antes de embuzonar el sobre, lo besó. Sabía que cuando el abuelo los leyera se daría cuenta de que la decisión de Lukas era inmutable. Tan inmutable como la que sintió él por el amor a la pintura.
Su abuelo le había contado infinidad de veces que la vocación no llama. Llega.


FIN


lunes, 1 de julio de 2013

VIAJE AL REGRESO


  Al dejar el ferry tocó el suelo con los dedos. El claxon de una autocaravana le mandó a la acera. Era el único pasajero que había desembarcado por el pontón.
 Su equipaje era una mochila pequeña de lona.
- El bus sale de aquella marquesina-le dijo un guardia joven.
- Ya-respondió como si lo supiera.
Se terminó el muelle. Vio el paso a nivel y la estación. “Si he atravesado cuatro condados ingleses, no me van a asustar unos pocos kilómetros.” Aspiró. Un cojo le recordó a otro cojo que solía pasear por el puente de Putney llamando putas a las señoras que entraban a beber sidra en los pubs de antes del puente. “Todos los cojos son maledicentes”. Escupió.
Representaba cuarenta años. Tenía cincuenta. Era un hombre guapo. Estaba bien hecho: la carne exacta encima de su osamenta, una piel curtida sin prisa.
Sintió el rugido del motor del bote. Bajó las escaleras de dos saltos y subió a bordo. El botero le tocó el hombro. Llevaba el palo de atraque en la otra mano.
- Se ha colado sin pagar-le dijo.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de pana. Lo revisó. Al rato encontró una moneda. Se la dio al botero.
- Esto no vale aquí-le dijo.
- No tengo otra.
- Si no paga tendrá que saltar al agua.
- Tíreme cuando estemos cerca de la otra orilla. No sé nadar.
Le miró a los ojos. Adivinó que le había mentido. Sí sabía nadar.
- Falto de mi tierra treinta años.
El botero le dio una palmada en su hombro. Le devolvió el chelín. Fue a atender sus cosas.  
Para llegar a su casa no tenía más que caminar cinco o seis kilómetros sin perder el agua del mar. Los clichés del paisaje que guardaba en su memoria tomaron dimensiones reales. Según caminaba, el recuerdo revivía y se modificaba con la evidencia del cambio. No era lo que más le entretenía. Sus tripas ruidosas tocaban a rebato. Recordó que lo último que había tomado en el barco era un té con una chocolatina de máquina. Había hecho el viaje en una hamaca de cubierta envuelto en una manta. También se había afeitado con la maquinilla que llevaba en su mochila. Más adelante, cuando el camino fuera monte encontraría un charco para frotarse los dientes. Tenía miedo. Tenía hambre. Había que comer algo. El miedo viene y va. El hambre se queda. Encontró una tienducha después de subir las escaleras del puerto de pescadores. Entró. No había nadie. Dos tomates. Había dos tomates pequeños encima del mostrador. Los cogió. Estaban muy maduros. Quizá podridos. Tenía un pie en la escalera de la puerta. Un hombre grande le apretó un hombro.
- Los tomates-dijo.
- Están pasados.
- Estén como estén, los tomates son míos-dijo.
Jonan apretó el puño. La pulpa cayó al suelo. Abrió su mano pringosa. Se volvió del todo. El tendero tenía en la otra mano un cuchillo afilado. Jonan disparó su pierna izquierda. La puntera de su bota se clavó en la entrepierna del otro. Salió de la tienda sin correr. Pensó que el tiempo se había detenido en aquellas casuchas encaladas. Sabía el camino. Un niño se disponía a morder un donut sentado en un banco de encima del lavadero. Se lo arrebató. Entonces sí corrió. No es lo mismo quitar la comida a un niño que a un hombre. Corrió hacia el antiguo cuartel con todas sus fuerzas. Comió el donut a pequeños pellizcos. Como los gorriones. Lo comió mirando las peñas descubiertas por la bajamar. Olía a sal y a flor de tamarindo.

De joven esperaba a la camioneta de los militares de la Galea. Le dejaban subir. Su casa estaba al lado del cuartel. Sacó el dedo a un par de coches. Llegó caminando. No había cuartel. Tampoco había casa. Buscó el tejado de su casa desde un altozano. No había tejado. No había muros. También había desaparecido la higuera de higos negros. Sólo estaba el sitio escondido por un erial.
 Buscó el tejado de su casa desde el altozano. No había tejado. Buscó los muros, los perales, la higuera de higos negros. Una hondonada. Un bombazo.
- Donde crece la maleza había una casa-dijo alguien a su espalda.
- Se la llevaron-dijo Jonan.
- Se derrumbó.
- Si no las tiran, las casas nunca se caen del todo.
- La fueron desmontando piedra a piedra. Fueron los vecinos de los alrededores. Llegaban con las estrellas. Traían faroles, linternas. Velas de sebo. Se decía que el matrimonio guardaba una fortuna.
- La higuera.
- Desenterraron sus raíces.
Jonan recordó el sabor de las brevas. Miró por primera vez al hombre. Era alto y tenía un palo en una mano. Era viejo. Si se le ponía chulo, le derribaba de un guantazo. Se decidió:
- A lo mejor lleva algunas monedas en el bolsillo.
El hombre se dio media vuelta y se marchó sin despedirse. Se fue mirando al suelo como cogido en falta en un juego inmoral.
- ¡Espere! Me conformo con un pedazo de pan.
El hombre no respondió. Jonan no le siguió. Cuando estaba lejos, le gritó:
- ¡Escuche! Necesito que me preste una azada para hacerme un rincón en donde dormir. La casa que había aquí era mía. Por lo menos lo fue hasta que desaparecieron ellos de la faz de la tierra.
Entonces el hombre se paró. Silbó como un gorrión contento. Desanduvo el camino. Era más viejo de lo que parecía. Preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Jonan.
- ¿Quieres dormir entre bichos? En los sitios que dejan las casas sólo hay bichos raros. Bichos venenosos que chupan la sangre.
- Usted se llama Andrés.
- Parece que ya sólo quedamos los dos. Es una pena que hayas tardado tanto en regresar.
- Su mujer era coja- dijo Jonan.
- Se murió. Este es un sitio de muertos. Tampoco queda gente en los caseríos de los alrededores. Unos ricos hicieron allí arriba unos chalés. No molestan. En el cruce de caminos acampan gitanos. Vienen en una caravana. Me roban las gallinas y desaparecen un mes. Es inútil hacerles frente. Los gitanos siempre han robado gallinas. No saben hacer peor mal. A cambio, cantan, tocan la trompeta y las noches se hacen cortas. Tienen una cabra que baila España Cañí.
- De qué se murieron.
- Tu padre de ochenta años. Hace seis años. A tu madre le cuidaban las monjas. Ellas sabrán.
- A quién vendieron la casa.
- A mí. Ante notario y dos testigos.
- ¿Y el dinero?                                                                                                                                          - Yo no sé nada. Se llevaron el secreto.
- Por eso demolieron la casa.
- La gente te daba por muerto. Vinieron con picos y palas para buscar agujeros.
- ¿Él o ella? ¿Quién le vendió la casa?
- Tu padre.
- Él no se fiaba de los Bancos.
- Se la pagué a toca teja. Treinta mil euros en billetes de quinientos ¡Mira lo que ha quedado de ella!  Hacía guardia con la escopeta de cazar liebres. Me encerraban en mi casa. Me ataban a un árbol. Una vez me metieron el cañón de una pistola por el culo. Me la metió una mujer. “Si grita, dispara”,  le dijo otra.
- ¿Para qué quiere dos casa un hombre solo?
- Porque el dinero se lo lleva el viento.
- Ya veo. Anda, présteme una azada.
- En mi casa hay una cama. Tengo pan y algo más habrá para quitar el hambre.
- Eso está bien. Primero me da el pan. Luego la azada. Y un pico. También me vendría bien un pico.
- No pierdas el tiempo. De vez en cuando todavía viene alguien y escarba en la maleza. Han trillado los rincones. Dormirás en una cama. Primero el pan con huevos y luego la cama. Por muchos picos y palas que te preste,  no vas a encontrar nada.
- Ya veremos.
Al llegar al portal de su casa, el viejo se adelantó y abrió la puerta de la cocina de un zapatazo. Jonan bebió agua del grifo de la fregadera. Andrés puso una barra de pan encima de la mesa. Abrió la espita de la bombona de butano, encendió con una cerilla la placa más grande y colocó una sartén con aceite a calentar.
- ¿Cuántos huevos quieres?-preguntó.
- Un número impar, no menor de tres-respondió Jonan.
- Cinco.
- Vale.
Eructó. Miró la chepa del viejo.
- De niño, usted me daba miedo.
- ¿Era tan feo?
- Le tenía miedo cuando se emborrachaba y se ponía a dormir desnudo debajo de sus nogales. Los viejos desnudos se parecen a los muertos. El camino a mi casa pasaba por la sombra de sus nogales. Su mujer me hacía rosquillas para que dejara de llorar.
- A mi mujer le gustaban los niños. Me desnudaba porque hacía calor.
- Yo veía a mi padre desnudo los domingos  cuando se lavaba en la cocina para ir a la iglesia y no me daba miedo. A usted le gustaban los críos. Aquí pasaron ciertas cosas. Usted era un viejo guarro. Eso se decía en la escuela.
- Los maestros deben emplear su tiempo enseñando los nombres de los astros que giran alrededor del sol y otras solemnidades de la Naturaleza.
- No eran los maestros. Eran los alumnos los que decían cosas de usted.
- Un hombre, al pasar de los ochenta años olvida su pasado. Para bien o para mal.
- A uno le entierran con su pasado.
- Se nota que has vivido lejos. Tus frases han cambiado la melodía. Desapareciste cuando parió Amagoya, la hija del sacristán.
- Esto no ha cambiado mucho. Mirando desde mi casa, el sol asoma por encima de su tejado.
- Eran otros tiempos.
- Al sol le tienen sin cuidado los tiempos para recorrer su camino.
- Pero tú te marchaste cuando Amagoya parió un niño.
- Sí señor. Me marché y vuelvo ahora. ¿A usted qué le importa?
- Pero no sabías que tu padre había fallecido y que a tu madre le llevaron a una residencia.
- Tampoco sabía que habían derruido mi casa. Igual ha sido usted. Primero se desmontan los solivos de madera y el tejado se viene abajo en un soplo.
- Yo llevé a tu padre a hombros a enterrar. Olía. Te puedo jurar que sus tripas olían como las de un puerco.
- Mi padre me enseñó por donde salía el sol. Sabía mucha astrología.
- Las casas miran al Este.
Andrés puso en un plato cinco huevos fritos y lo colocó encima de la mesa.
- Todo tuyo-dijo.
Jonan comió los huevos sin hablar. Hizo lo mismo con la barra de pan.
- Está bueno-dijo.
- Hay un gallinero en la parte de atrás. Tengo doce gallinas negras. Algunos días me ponen doce huevos. Has estado en el extranjero.
- En Londres.
- En Londres no sirven los euros. A ti no te gustaba mucho trabajar. Un año me robaste un saco de patatas y las vendiste un domingo en la puerta de la taberna. Las vendiste a ojo: cuatro grandes y cinco pequeñas hacían un kilo. Es lo que más me jodió. El saco tenía cincuenta kilos y tú las diste por el precio de treinta.
- Chiquilladas.
- Tu padre te dio una buena paliza con su cinturón.
- Mi padre usaba demasiado su cinturón.
- ¿Has venido para quedarte?- preguntó de pronto el anciano.
Jonan no respondió. Unos segundos antes su pulso se había acelerado de manera inusual. A la vez, le flojearon sus piernas y sintió un sudor frío en la frente. “¡Dios mío!”, repitió media docena de veces en silencio. “¡El cinturón de mi padre!” “¡El cinturón de piel de mi padre!” Estaba convencido de que el viejo Andrés había sido el único saqueador de la casa de sus padres. Hasta hacía unos segundos había sentido unas ganas irrefrenables de lanzarse al cuello de Andrés y de apretar y apretar hasta dejarlo como un pelele con los pulmones vacíos de aire. Esperó con sonrisa de imbécil a que los latidos de su corazón se calmaran. Sólo cuando supo que su voz no le iba a delatar, dijo:
- Primero he de limpiar el entorno de mi casa, amontonar las piedras talladas, las esquineras. En realidad quiero volver a buscar lo que ya han buscado otros. Usted dijo que entregó a mi padre treinta mil euros.
- En efectivo.
- Espero que sea cierto.
Jonan  se quitó la mochila de lona  de su espalda, soltó las dos hebillas y buscó algo en su interior. Sacó una pistola pequeña. Era de fogueo.
- ¿Qué va a hacer?
- Nada. Es para que no juegue conmigo. Por eso quiero que me preste una azada y una manta. Quiero dormir. Pero no eternamente. No quiero morir en una cama de su casa.
- Sigues pensando que fui yo el culpable del estado de tu casa.
- Por lo que veo ya no tiene ganado en la cuadra.
- Ratas. En mi casa sólo viven ratas. No dan leche, pero hacen compañía. Cuando hay tronada se vuelven locas y gritan como putas.
Jonan rememoró un día temprano de su vida. Pudo haberse callado, pero lo dijo:
- Se desnudaba debajo de los nogales en invierno cuando yo regresaba de la escuela. Usted estaba enfermo en invierno y en verano. Los hombres enfermos se desnudan delante de los niños.
- Tú sabes bien que lo estás inventando todo.
- ¿También invento cuando se ponía una moneda de cien pesetas en un ojo, como si fuera un monóculo y me rogaba que le ayudase a quitárselo?
- Eso era mucho dinero. No he tenido una moneda de cien pesetas en mi vida.
- ¿Y tuvo tiempo de ahorrar treinta mil euros para comprarle la casa a mis padres?
- Vendí los animales. ¿No has visto los chalés que han levantado en mis huertas? Sigue en pie mi oferta. Te puedes encerrar en el cuarto con tu pistola y mi escopeta de cartuchos del doce y dormir como un bebé. Mañana coges las herramientas que consideres más apropiadas y limpias la casa de tus padres. Ellos se sentirán orgullosos de ti. Si te quedas a lo mejor te animas y la vuelves a levantar. Era una casa de más de doscientos años. Bebe vino. El agua cría verdín.
- ¿Quieres emborracharme, viejo crápula?
- Tengo una cántara llena. Si me emborracho yo, dormirás tranquilo. Un hombre lleno de vino, no sirve para nada. ¡Salud, vecino! Por lo que veo intuyes en donde escondió tu padre el dinero. Nadie conoce mejor que uno mismo los rincones de su propia casa. Cincuenta hombres han descuajado pedruscos con barras de hierro, han descubierto agujeros misteriosos, han raspado las tejas una por una, han hurgado el pozo de la cuadra, destruyéndolo, han desmontado los muebles… ¡Dios! ¡Dios! ¡Dime que queda por mirar para encontrar mi dinero!
- ¿No quedamos en que el dinero es mío?
- El dinero es tuyo y lo que queda de la casa es mío. Así son las cosas. Pero resulta que no hay dinero ni casa. Seguramente tu padre se lo dio todo a las monjas para que cuiden a tu madre. ¿Crees que no lo he pensado? ¡Brujas! ¿Crees que no las he interrogado?  Hasta les ofrecí un novillo bien cebado por una pizca de información. Una frase corta como un amén. Nada.

Era tiempo de luna llena. Redonda y amarilla encendía la noche. El viejo roncaba desde hacía una hora. La luna se colaba en la habitación de Jonan por un ventanuco con barrotes. Sólo se llevó un pico. Desde la pequeña colina admiró el óleo que le pintaba la luna. Faltaba su casa. En tres saltos bajó a la carretera asfaltada y diez minutos más tarde trepó sin dificultad la pared del cementerio con la ayuda del pico. El panteón pertenecía a unos tíos abuelos de su madre que se hicieron ricos con el café en Colombia. Seguramente él era ahora su propietario. No recordaba que quedara ningún familiar vivo. Sólo había una balda sin nombre. A su madre le habían puesto una pequeña lápida en donde figuraban sus datos. No lo pensó dos veces. Golpeó con todas sus fuerzas la pared de ladrillos desnudos que se vinieron abajo sin sorprender a ningún muerto. El ataúd estaba hecho añicos por la parte de la vitrina. “¡Explotaste, viejo!” Le limpió los cristales con el pico. Arrastró el ataúd media balda hacia fuera.  La luna estaba ahora justo encima de la boca del panteón. Vio huesos. Metió ambas manos y revolvió su interior. Tocó la hebilla. No podía ser otra cosa: un barco velero que navegó con decisión muchas veces por sus lomos. La soltó con mimo. La sacó con los ojos cerrados. Sólo la miró cuando llegó al grifo de al lado de la puerta de hierro del cementerio. Sacó una camiseta de su saco de loneta, una jaboneta inglesa de olor. Limpió el cuero frotando el cuero con la camiseta de algodón. Se escondió tras una capilla de rico. Se sentó en la yerba. La luna comenzó a esquivar nubes. El cincho reptaba entre sus dedos como una serpiente. Tenía cosido el vientre con una cremallera. Jonan estiró la lengüeta de la cremallera. Sólo cinco centímetros. Estiró cinco centímetros y esperó la luz del cielo. La luna alumbró el esquema de colores púrpura de los billetes de 500 euros. Estaban ilesos. 60 billetes plisados en acordeón en el cinturón que le cosió a su padre un zapatero que se cagaba en los ángeles a cada puntada. El cinturón que su padre utilizaba para transportar sus dineros a las ferias de ganado cuando acudía a comprar o vender. Jonan sacó un billete y metió el cincho por las trabillas de su pantalón.
Durmió encima de la balda de su madre. Durmió tan feliz que no escuchó ni en sueños la tos de madrugada de ella. Salió por la puerta principal cuando los obreros ya trabajan y algunos visitantes madrugadores llegaban  con flores. Jonan se dirigió con el pico al hombro hasta el borde del acantilado. Lo arrojó al vacío. Buscó el camino por el que había venido la mañana del día anterior. No sintió emoción alguna cuando llegó al casco del pueblo, arriba de donde había robado el donuts al crío. Tampoco cuando entró a un Banco y esperó a que le cambiaran el billete de 500 euros. Un pensamiento nuevo ocupaba ahora un lugar en su cabeza: su casa que no era suya arruinada hasta los cimientos. Pero para cuando llegó a la desembocadura de la ría, estaba tranquilo. En realidad, le daba igual. Sus padres se habían muerto y el viejo exhibicionista seguiría persiguiendo a los críos gitanos. No sentía ninguna satisfacción al encontrarse con el cinturón de su padre, ahora deshuesado. “¡Buen cuero el del zapatero!” Al fin y al cabo todo se quedaba en un chiste. Si uno se esconde de su choza le cambian la vida. Toca jugar.
 Vio un hotel frente al marítimo y pidió una habitación. También encargó que le sacaran un billete en el ferry a Portsmouth en silla de cubierta.
Por la noche fue al centro de la ciudad. Todas las calles estaban iluminadas. No tenía prisas para mirar los tranvías, ni las bocas del metro. En treinta años puede cambiar mucho tu lugar de nacimiento. Él apenas recordaba cómo eran los veinte que había vivido bajo aquel cielo. Quizás la luna pintaba el paisaje con los mismos colores de antaño. Lo demás era un camelo. Caminar es el único ejercicio que se cura sentado en el banco de un parque.  
Allí se quedaba lo que había: el viejo impúdico de Andrés sin venganza, un hijo de treinta años, los padres enterrados con cura y mementos. Metió una mano en el bolsillo y contó trece con cincuenta y tres euros. También vio al chelín que trajo consigo.
Al amanecer llegó al Hotel. Se quitó el cinturón, corrió la cremallera y revisó su interior vacío. Aunque el siete y medio siempre se le había dado mal, el casino en el que había jugado era hermoso. Había cenado con champagne francés. Le habían regalado una corbata azul con la insignia del Athletic.
 El ferry esperaba atracado en el mismo lugar en donde le había dejado. La vida funciona por lo general según la ordenas. Después de un día de mar y unos días sin prisas, por debajo del puente de Putney, el Tamesis seguiría el curso de las mareas.





FIN

domingo, 2 de junio de 2013

MISS PEA Y EL ABATE ARMIÑO.

CUENTO INFANTIL PARA ADULTOS.
(Con mucho miedo)

Soy primo de Leonardo Armiño, el coleccionista de arte. De adolescente pasaba las vacaciones con su familia. Leonardo y yo íbamos a pescar juntos, aprendimos a cazar con la misma escopeta, sabíamos en qué árboles anidaban los tordos y construimos una cabaña en las ramas de un encino a más de cinco metros del suelo. Estaba suspendida con tanta pericia que mi tío, el padre de Leonardo, nos dejaba dormir en ella las noches cálidas de agosto. Algunos atardeceres, cuando comenzaba a cantar el cuco, él mismo nos traía leche y galletas de jengibre. Recuerdo a Leonardo en su casa de la Alameda, un palacio con tejas rojas y muchas habitaciones aguardilladas en donde vivían los criados y la institutriz inglesa. Se llamaba Charlotte Pea y olía a goma de borrar, a engrudo casero y bastante a cebolla cruda y pepino. Lo peor era cuando sus eructos acompañaban al pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo en pasiva del verbo to have. Miss. Pea era hermosa como una sueca con mirada de carámbano de alero. Siempre que regresaba de su paseo vespertino, Miss Pea encontraba en casa un gran barullo provocado por mi tío, un hombre de casi dos metros. Mi tío no dejaba usar bragas a las criadas. Él mismo inspeccionaba su disposición en la cocina. Y nadie sentía pudor, sino júbilo, como si fuera primavera. A mi tío le llamaban Gregorio Cuarto. Era el cuarto hombre que bautizaban en la familia con el mismo nombre. Tenía barcos, minas de hierro y era dueño de grandes plantaciones de tabaco en Cuba y Filipinas. También decían que tenía una querida francesa, aunque cuando la señora venía de visita la llamábamos tía Noemí y acompañaba a mi tía de verdad a misa y le prestaba sus barras de labios y sus lápices para las ojeras. Quizás mi tío importó de América o de Asia sus extravagancias. Leonardo no era el único hijo de mi tío. Tenía dos primos más: Gregorio Quinto, un par de años mayor que nosotros y Luisa, la reina de la casa. Luisa era una princesita de siete años con el pelo teñido de rubio y las cejas negras y brillantes como dos orugas de la noche. Le encantaba caminar con los zapatos de tacón de su madre y se pintaba sus labios de azul.
 Aquel día Miss Pea encontró al abate Armiño en la escalinata, otro tío mío, que había venido a pasar unos días en compañía de la familia. Era un fraile gordo y de nariz afilada. Tenía el semblante rojo como un vaso de vino tinto, le temblaban los brazos de dar bendiciones y se levantaba el hábito para no tropezarse. Se llamaba Epifanio, el tío Epi. ¡Oh, el tío Epi! ¡Cuántas trampas guardaba en su cogulla! Jugaba en el frontón como un divo. Se quitaba el hábito para zurrarle a la pelota y decía más tacos que un carretero. Uno de sus grandes secretos era que le gustaban los niños. ¡Lo sabíamos bien! Otro disimulo era la atracción que sentía por los senos de Miss Pea. En su presencia, sus ojos parecían canicas con muelles como en los tebeos. Era el regocijo de los criados de la casa. También de mi tío, que le llamaba fraile trasto, tarambana y le aseguraba que llegaría a cardenal.
La tarde que Miss Pea se encontró con él en la escalinata, el fraile la miró de arriba abajo, como si le hubiera visto por primera vez. Paró sus ojos en sus pechos, la asió de ambos brazos, la empujo por un pasillo y la introdujo en su habitación. Miss. Pea, al descubrir sus ojos clavados en sus senos, se pasmó de arriba abajo y su mirada de hielo reflejó un miedo impío. Examinaba la estancia en la que no había estado nunca en los cuatro años que llevaba en la casa de institutriz.
El abate ignoraba que su adorable sobrina Luisa se había escondido en su habitación para revisarle el maletín en el que traía un paquete con frutas confitadas. Una sabrosa delicia. Eran los caramelitos que nos ofrecía con su cara de abad vicioso.
 Mi prima había encontrado refugio debajo de la cama de nuestro tío. Un criado entró en la habitación. Traía la jarra con agua fresca que al abate le gustaba tener siempre cerca. Fue entonces cuando Miss. Pea abrió su boca y lanzó el grito más eminente que nunca nadie había proferido en el interior de la casa de mi tío Gregorio Cuarto desde su fundación. Después Miss. Pea se desplomó encima de la cama. Antes de perder el conocimiento, tuvo tiempo de decir al criado: “El abate Armiño ha pretendido abusar de mí”. Mi prima Luisa salió de debajo de la cama y pataleó con unos formidables zapatos italianos del número cuarenta con tanta decisión que a la segunda patada dio con la jarra en el suelo. El abate Armiño sacó un pañuelo de entre las telas de su hábito, se arrodilló en el suelo y lo humedeció en el charco, se acercó caminando de rodillas hasta el rostro de Miss Pea y lo escurrió encima de sus dos preciosos dones. Los bendijo y besó el trapo con hervor.
Mientras tanto, mis primos Leonardo, Gregorio y yo jugábamos a canicas tras el altar de la capilla. Gregorio ya había cumplido quince años. Le habían puesto pantalones largos y le había nacido una voz muy parecida a la de su padre. Aquel verano, el tío Epi nos atosigaba sin freno. Nos perseguía con los puños llenos de caramelos, aparecía en los vestuarios de la cancha de tenis cuando nos cambiábamos de ropa, pretendía subir a nuestra choza del encino. Nos buscaba por todas partes. Se comportaba como si fuera un crío. Pocos días antes, el fraile nos había acosado con una bolsa de caramelos confitados para que le enseñáramos nuestras partes pudendas. ¡Estaba loco! ¡El tío Epi estaba rematadamente loco!

  Leonardo y yo éramos de la misma edad. Entonces teníamos trece años. Mi tío Gregorio, que me quería como a un hijo y no como a un sobrino, decía que fue la época que se me cambió el temple y dicen que hasta mis modales. Fue desde la muerte de mi padre, un hombre bueno que se metía poco con la gente. Mi padre se murió de melancolía. Para aclarar la defunción diré que no pudo soportar los cuernos que le puso mi madre desde antes de nacer yo con su actual marido. Desde que casi tuve uso de razón, averigüé  las relaciones entre mis progenitores. Además, heredé el carácter apocado de mi padre y puedo asegurar que sufrí el dolor de aquel hombre que lloraba conmigo cuando mi madre se iba a Roma a la casa de su querido. Al enfermarse mi padre de cáncer de pulmón, yo me puse a fumar como un loco para morirme como él.
Mi primo Leonardo fue el que me salvó de convertirme en un muchacho amargado. Su simpatía, su generosidad, su nobleza, me enseñaron que en la vida no todo son celos, rencor, pasión. Su forma de ser fue la mejor escuela para enderezar mi torpeza. Mi primo me quería. Me quería tanto que alguna vez llegué a pensar que estaba enamorado de mí. Cosas de críos, se entiende. Y aunque ahora ya hemos pasado de la cincuentena, experimento una gran alegría cuando le encuentro en algún rincón en nuestras correrías por el mundo. Pero nunca recordamos los gozosos años en que construimos nuestra choza en el encino, no mentamos los pechos de nuestra profesora de inglés, ni la malicia del tío Epi, (que ya es arzobispo). Algunas veces, cuando el silencio vuela por encima de nuestras cabezas, sabemos el origen del pudor que enrojece nuestros rostros y nos obliga a indagar algún tema de conversación para hacer regresar nuestra desenvoltura al movimiento de nuestras manos, al dibujo natural de risa contenida, al cimbrear de nuestras pestañas. No sucedía lo mismo en presencia de Gregorio. Él daba poca o ninguna importancia a los recuerdos de nuestra infancia. Leonardo tenía los pies planos. Al caminar estiraba las posaderas imitando la colita de los patos “Los patos felices caminan moviendo sus colitas”, le decía Charlotte Pea, la institutriz, en un castellano con olas. Miss Pea, ¡Dios mío! ¿Cómo no podía traer recuerdos amables tan singular mujer? ¿Cómo no podía hacernos soltar la carcajada con el solo recuerdo de aquel día en el que Gregorio Cuarto se dirigió a la estancia de su hermano, el abate Armiño, y ordenó cerrar la boca a Miss Pea con un buen chorro de morfina? ¡Oh Santo Dios! Nosotros ya nos habíamos aburrido de jugar a las canicas detrás del altar de la capilla y también llegamos a la habitación del abate para ver al bueno de mi tío entrar al cuarto con sus zapatos negros de charol brillantes como una noche lustrada, con su traje de levita, el que se ponía para las cenas de a diario, en las que tenía la seguridad de que no había invitados. Un traje de levita con las coderas un poco desgastadas, pero tan hecho a la medida que le caía como un guante.
- ¡Pero es que no sientes vergüenza, abate Armiño, torturar a la institutriz de tus sobrinos, sangre de tu sangre, para que después se vengue de todos nosotros enseñándoles mal el nombre de los ríos de Gran Bretaña, colocar en distinto lugar a las cordilleras, a los lagos y a las ciudades! ¡Mequetrefe, badulaque, ganso, trasto irresponsable! ¿Por qué sientes alegría haciendo sufrir a una dama que conoce la verdadera historia de Lady Godiva recorriendo Coverntry a caballo, sin más atuendo que sus largos cabellos sueltos al viento?
Fue Luisa con sus cinco años la que compuso la frase que hizo arrodillarse a la señora ante la cruz de Cristo Crucificado.
- ¡El abate Armiño ama a Miss Pea! ¡El abate Armiño ama a MissPea! Le ha tomado amorosamente de sus manos y le ha sentado en su cama. ¡Le ha tocado, mamá, le ha tocado!-gritó la niña señalándose sus pezoncitos.
 Sólo una niña romántica puede repetir con tanto ardor y arrebato los sueños que una mente infantil y femenina teje con pasión. Gregorio Cuarto se vio en el aprieto de socorrer a su esposa o a su querida hija, la perla más amada de aquella casa. Fue tal su apuro que, acercándose a su hermano, el abate, le arreó un sonado guantazo.
- ¡Un fraile que va para obispo no se enamora de una institutriz!
- ¡Sus pechos, hermano, sus pechos!-dijo el fraile -. ¿No los habrá moldeado el demonio?
- ¿Qué va a pensar el Santo Padre?
Fue entonces cuando mi primo Gregorio, hoy Gregorio Quinto, abrió su bocaza, tan infantil como la de su hermana Luisa, pero seguro que no tan inocente, quien dijo la frase que rompería la unidad de nuestra familia, adelantaría la vejez de mis tíos, empujaría a la huída al abate Armiño, instigaría a hacer la maleta a Miss Pea, me devolverían a casa de mi madre. En realidad, nosotros, los tres, mis dos primos mayores y yo, habíamos resuelto hablar con mis tíos del inocente juego que nuestro tío el fraile intentaba introducir para nuestro esparcimiento con el engaño de las deliciosas frutas confitadas que nos traía de su beaterio. ¡Pero no era el momento! ¡No era el momento!, ¡no señor! Gregorio lo tuvo que decir y lo dijo. ¿Qué más daba un poco más de alboroto en aquella casa de locos? Es por lo que mi buen primo Leonardo se enrojecía cuando nos encontrábamos en un hotel de Moscú o en un museo de Venecia. Y es que la inflexión que dio a su voz Gregorio Quinto, no borra la vergüenza de su rostro, aunque vayamos sumando años por docenas:
- ¡El tío abate no mete mano a Miss Pea! Todo es teatro. El tío abate es marica. Si no, ¿por qué ofrece caramelos confitados a mi hermano Leonardo sino para que le enseñe el pitilín detrás del altar de la capilla?
- El tío abate no llama pitilín a lo que tenéis los chicos. ¡Le llama capullín! ¡Capullín! ¡Le llama capullín!-exclamó la niña en un ataque clarificador.
- ¡Son cosas del clero!-exclamó mi tío Gregorio-. Ellos no hacen pecados con los capullines de los niños. Tienen bulas papales y santos que les protegen-terminó mi pobre tío con el rostro blanco.
- ¿Entonces, si el tío Abate le pide a Leonardo  que le enseñe su capullín, caminará por los narcisos del cielo?- preguntó mi prima. Todos festejamos con risas y aplausos la ocurrencia de Luisa. Todos menos mi primo Leonardo. Yo le vi cómo reculaba hacia la puerta y escapaba con cara sombría. Porque fueron aquellas palabras las que enfriaron la amistad de mi primo. La amistad más profunda que he tenido en mi vida. Fueron sin duda las malditas palabras que todavía enrojecen a mi primo cuando nos encontramos en las casas de antigüedades o en la Ópera de París o en Milán. ¡Y ahora es tan tarde para ponernos a revisar el pasado! Cuando, cada vez que nos vemos, me presenta a su nuevo y joven amante, no puedo dejar de pensar en la casa de La Alameda, en la cabaña del encino y en los atardeceres que esperábamos a las truchas en la curva del río… 

                                           



                                                                        FIN