viernes, 29 de marzo de 2013

AL TERMINAR EL DÍA


(Ejercicio para aprender a escribir).
 
                  “- Puedo enseñarte a bordar-propuso él.”
                  “- Con uno que borde en casa, basta.”

                                 Raymond Carver



  
Edelmira Ardi, sentada en su sillón de relax japonés, con los cascos de oír música en las sienes,  leía las esquelas en el periódico del día anterior. Su hermana Dorotea miraba la pantalla de la televisión, que la tenía sin sonido, y bebía limonada. Aunque ambas mujeres ya habían rebasado los sesenta años, conservaban las carnes prietas y la piel tersa. Ya habían cerrado la tienda de confección que tenían en los bajos de la casa. Las luces del escaparate de la tienda se encendían automáticamente. Se escuchó la bomba del baño del fondo del pasillo.

-  Longino ya está listo para salir a correr. Vamos a prepararnos porque ya sabes que se pone nervioso-dijo Edelmira plegando el periódico del día anterior.

Longino Ardi era el mayor de los tres hermanos. Había trabajado toda su vida de cajero en una sucursal bancaria. Viudo sin hijos, se fue a vivir a casa de sus hermanas cuando estas descubrieron que no sabía guisar unas simples patatas ni planchar como es debido los cuellos de sus camisas. Durante sus treinta años de cajero había aprendido contabilidad y ahora se entretenía llevando las cuentas de la tienda. Había montado una oficina en el ático y había subido su equipo de sonido. Le gustaba la música clásica y se había acostumbrado a trabajar con La Pasión según San Mateo de fondo. Aunque muchas tardes escuchaba boleros y alguna ranchera. También leía. Sobre todo leía las biografías y las novelas históricas que venden en los hipermercados.
Edelmira y Dorotea se habían quedado solteras a pesar de haber tenido muchos pretendientes. Sin embargo, las dos se enamoraron de dos hombres imprevisibles. Edelmira se enamoró de un chico muy guapo que cantaba de solista tenor en el coro de la parroquia. Cuando cantaba el Panis Angélicus de César Franck, las mujeres lloraban como benditas. El muchacho emigró a América y nunca más se supo. A Dorotea le eligió un médico cirujano que la sacaba a pasear al campo en un automóvil descapotable. El médico llevaba un bisturí en el bolsillo y con él hacía ramos de zarzamoras y de fucsias silvestres que regalaba a Dorotea emocionado por su propia delicadeza. Un día el médico se preparó un plato de sopa hecho con matarratas y se lo comió entero. El entierro fue una verdadera manifestación de duelo.
- Entonces, ¿vamos a correr o no vamos a correr? -dijo Longino desde la puerta de la salita de estar.
- No seas impaciente -dijo Edelmira-. Danos un respiro, que acabamos de subir de la tienda.
- Vamos a perder el último rayo del sol. Si vamos a salir a correr, salgamos ya. El sol no espera ni a Dios.
- El día menos pensado te va a dar un reflujo. Se irá el día y saldrán las estrellas, pero el camino seguirá en su sitio con sus farolas, sus plátanos y sus perros-dijo Dorotea.
-Al menos, quítate esos cascos, apaga la televisión. Y tú, termina con esa pócima. Así no vamos a salir nunca.
Longino cerró la televisión, recogió los cascos de la radio de las manos de Edelmira, colocó el periódico encima de la mesita de cristal, agarró fuerte de la muñeca de su hermana y la levantó de un tirón de su butaca.
- ¿Qué chándal te vas a poner? -preguntó Edelmira a su hermana al pasar por su lado.
- El que tiene un lapo en la espalda.
- Es una ameba -dijo Longino.
- Aunque esta noche va a helar, me voy a poner el de los ramilletes de nardos. Tiene un algo, ¿verdad?
- Atrae a las abejas -dijo Edelmira.
Longino cerró las puertas del comedor que daban a la terraza. Subió al segundo piso y revisó las ventanas. En el tercero, en donde se encontraba el ático y su oficina, encontró una lámpara de mesa encendida y la apagó. Bajó a la tienda y encendió la luz del escaparate. Salió a la calle y bajó la persiana de la puerta de la tienda. Se separó tres pasos de la fachada y contempló el conjunto. Lo hacía todas las noches. En la parte izquierda del escaparate descubrió un cartel nuevo encima de unos calzoncillos de tela morena. El cartel anunciaba con letra inglesa que se hacían calzoncillos a medida para caballero. En el centro  había un maniquí vestido con un delantal blanco con peto, propio de una casa de posibles. La base del escaparate era un paisaje de montañas con un río que corría por un valle. Las montañas, los prados, el río y las casas estaban confeccionadas con tejidos de vistosos colores. Parecía un Belén. No había duda que Edelmira y Dorotea, además de tener imaginación, poseían gusto y habilidad con las agujas y la tijera.

Aparcaban siempre al lado del viejo molino de viento, cerca del camino que llevaba al faro. Antes de saltar al paseo bordeado de plátanos hacían dos minutos de calentamiento cantando: “El cocherito, leré,.. Después comenzaban a trotar. Longino, gordo como un tonel, iba en cabeza sin olvidarse de sonreír de oreja a oreja. Tenía una cara de torta como un plato. Una graciosa nariz respingona marcaba el centro de su cara redonda. Sus implantes blancos acogían con cariño el saludo de los conocidos. Edelmira y Dorotea corrían con estilo agarradas de la mano.
- La profesora nos dijo que no levantemos demasiado los pies del suelo -dijo Dorotea.
- Pero no tanto. Parece que vas bailando ballet.
- ¡Qué ridiculez! ¿De veras crees que corro como una diva?
- Corres como siempre. Ya sabes que lo sofisticas todo. Yo, sin embargo, tengo la impresión de correr como los soldados que desfilan en Madrid con una cabra.
Longino, que ya comenzaba a resoplar, se volvió y sin dejar de correr, dijo:
- Parecéis princesas. Dos princesitas reales.
- Lo más difícil es mover los brazos sin imitar a un gladiador. Y si los llevas a la altura de las tetas, pareces un ama de casa limpiando lentejas. ¡A que sí!
- Esto nos sucede a las mujeres. Nacemos coquetas. Mira a nuestro hermano. No corre. Salta como un sapo, se rasca las pelotas cuando le pican, suda como un manantial. Creo que correr es cosa de hombres.
- Ya verás cuando llegue el primer repecho. Longino comenzará a resoplar como el fuelle de un herrero y nosotras, como siempre, le pasaremos dándole palmaditas de ánimo.
- No seas cruel. Luego llora en la cama.
Edelmira se bajó la cremallera del chándal con la mano libre y metió los dedos debajo del sostén.
- ¿Te pesan? -preguntó Dorotea.- Ése es otro inconveniente que tenemos las mujeres para correr. Se mueven como diablos.
- Si no te colocas bien el sujetador, es una lata, chica, vuelan. -dijo Edelmira.
Edelmira soltó su otra mano de la de su hermana. Ahora levantó el borde del sujetador con su mano izquierda y metió debajo la mano derecha. Hurgó unos segundos sin dejar de correr.
- ¡Deja de tocarte las tetas! Llegamos a la cima del repecho y todavía no hemos pasado a Longino.
 Lo rebasaron al borde de los tamarindos, justo cuando el sol comenzaba a morder el monte. Olía a resina, a betún y a mar. Edelmira respiró y luego suspiró para hablar:
- ¡Este aroma resucita a los muertos!
Cien metros atrás habían dejado el cementerio.


Al llegar al antiguo fuerte de La Galea soplaba una brisa fría. Sin embargo, esperaron en la fuente a que tres mujeres dieran de beber a sus perros de una bolsa de plástico. Las mujeres trataban a sus mascotas como si fueran hijos tontos, niños torpes o maleducados, no como a simples perros sedientos. Después bebieron ellas del grifo. Una de las mujeres intentaba limpiar el culo de una perra boxer con un paño mojado. 
Longino sacó de su pequeña mochila un vaso de aluminio, lo llenó y se lo pasó a Dorotea. Sacó tres bombones de chocolate y los repartió mientras dibujaba con sus dientes de rico una sonrisa familiar. Era la ceremonia de todos los días laborables que salían a correr.
El camino de vuelta era cuesta abajo. Edelmira dijo:
- Hoy no tengo ganas de galopar. Me podéis esperar sentados en un banco del parking.
Dorotea se paró al lado de la farola. Todavía  no era de noche, pero las luces se habían encendido. Miró a Edelmira de reojo y le agarró del brazo. Longino se colocó a su lado y los tres comenzaron a caminar a paso lento. No tenían prisa.
- Mierda -se lamentó Longino -Se me ha metido un guijarro en el zapato.
- ¿Qué es un guijarro? -preguntó Dorotea.
- Una piedrecita que me hace incómodo el andar.
- Creí que era un bicho raro-dijo Dorotea.
Longino se sentó en un banco del borde del camino. Se soltó las cintas de las deportivas y se quitó la zapatilla. Edelmira les dio la espalda, corrió la cremallera de su chaqueta y metió la mano derecha debajo de su sostén izquierdo. Apretó con rabia al lado de su pezón y permaneció todos los segundos que pudo soportar mirando a un barco que se acercaba al muelle de los contenedores. Dorotea le dejó sola. Dorotea se sentó al lado de su hermano e hizo la lazada de su zapatilla. Edelmira dijo:
- Cuando éramos pequeñas, nuestro padre solía venir aquí a escuchar a los pájaros ponerse a dormir.
- Ahora no hay pájaros -dijo Longino.
- Volverán -dijo Edelmira.
- Hay paisajes que no necesitan pájaros. Este es uno de ellos-dijo Longino. -Bueno, qué. ¿Vamos?
Edelmira arrancó a caminar. Saludaron a unos conocidos. Dorotea se puso a su lado. Le dijo a su hermana muy bajo:
- ¿Qué te pasa en la mama derecha?
- ¿Qué quieres que me pase? -respondió Edelmira con cara de palo seco. Dorotea la conocía bien. En unos segundos, el carácter jovial de Edelmira, había volado.
- Ya no somos jóvenes, hermanita. Cuando la gallina se escarba las plumas es que tiene pulgas.
- Cállate. Camina y mira al cielo. En casa te enseñaré las pulgas.
- Edelmira, ¿te ha pasado algo?-preguntó Longino.
- Es mi sujetador. Me queda flojo-.dijo Edelmira.
- ¿Flojo? ¿Te queda muy flojo? A lo mejor es que te parece a ti que te queda muy flojo. Muchas cosas que nos suceden son suposiciones.
Longino no supo añadir más palabras. Se había liado y pensó que hablaba como un niño idiota. Miró de refilón el rostro de sus hermanas. Conocía aquel mohín: boca prieta, párpados caídos. El gesto que había descubierto dibujar a Edelmira, mientras Dorotea le ataba su zapatilla, no era de colocarse el sujetador. El gesto que había descubierto en el rostro de Edelmira era el mismo que se le quedó a su mujer cuando visitaron al médico por primera vez. También cambió desde aquel día la sonrisa por las lágrimas. Y sin ser consciente, los labios de Longino adquirieron la dureza de una piedra y sus párpados bajaron hasta el suelo, casi hasta cerrarse.
Comenzó a soplar un viento frío del Este. Los cipreses del cementerio doblaban sus ramas todos al mismo tiempo. Edelmira comenzó a correr y sus hermanos la imitaron.
- Este viento trae agua-dijo Edelmira.

Teodora se quitó el chándal en su habitación y lo dejó encima de la silla para echarlo a lavar. Se puso la bata de estar en casa y esperó un par de minutos delante de la puerta del cuarto de baño. Llamó.
- Pasa-le dijo Edelmira.
Teodora cerró la puerta por dentro. Edelmira estaba desnuda de cintura para arriba y tenía el brazo izquierdo en jarras. Su figura se reflejaba en el espejo.
- ¿Te duele? -preguntó Dorotea casi sin voz.
- Esto no duele, estremece. Dame tu mano, trae, aquí. Junta dos dedos y muévelos de izquierda a derecha. Sin miedo. Son dos. Un poco más arriba. Acercándote al pezón. Tienes las manos frías. Déjame guiarte. Al principio, cuesta. Ahí. Ya los tienes. Aprieta sin miedo. No se escapan.
- Son dos bultos-dijo Dorotea.
- Creo que mañana tendré que ir al Hospital a que me echen una mirada. Parece importante -dijo Edelmira.
- Le voy a decir a Longino que nos lleve. Antes o después habrá que decírselo.
- ¿Crees que no se ha dado cuenta?-dijo Edelmira-. En la tienda dejaremos el cartel de cerrado.
Edelmira se apoyó con ambas manos en el borde de la piedra del lavabo moviendo la cabeza. Dorotea abrió la puerta del baño y fue al cuarto de su hermana por una bata. La ayudó a ponérsela. Luego se abrazaron con fuerza y se dieron dos besos. Edelmira se separó con decisión y dijo:
- Voy a bajar a hacerle algo de cena a Longino. ¿Tú que quieres?
- Yo voy a tomar un vaso de leche caliente-dijo Dorotea mientras se perdía por el pasillo hacia su cuarto. No encendió las luces para que su hermana no le viera las bolsas de sus ojos.

Longino se había puesto una gabardina para ir a la calle. Quería dar un paseo largo, pero el viento era demasiado fuerte para andar haciendo el fantasma por las calles desiertas. El paseo consistió en salir, mirar el escaparate de la tienda y volver a entrar. Se quitó la gabardina y encendió la T.V. Se levantó a bajar el sonido y la cerró. Entonces recordó que Dorotea le había dicho que le dejaba una tortilla francesa y un vaso de leche caliente en la mesa de la cocina. Estaba todo frío pero comió la tortilla y bebió la leche. Después subió al piso de arriba para decirles a sus hermanas que él se levantaría pronto y les haría el desayuno, pero se quedó quieto en el pasillo. Las luces de sus habitaciones estaban apagadas. Se quedó un buen rato en silencio. Se quedó hasta que pensó que alguna de las dos podría salir y encontrarlo como un pasmarote. Bajó despacio. Apagó la luz de la cocina y las de la sala. Entraba suficiente luz de la calle como para caminar sin matarse. Se sentó en la butaca, frente al televisor. Abrió la espita de los recuerdos y los dejó entrar sin misericordia: lo más duro fue intentar convencerla que una mujer con una mama no era ningún monstruo; se mordió los labios al recordar el día que eligieron una peluca con mechones verdes. Y su brazo inflamado, tan hinchado como una pierna. Longino se levantó y sacó de un armario una botella de coñac. Bebió un buen trago a morro. Fue a la cocina y se enjuagó la boca en la fregadera. Recordó que aquella maldita costumbre la cogió cuando ella juraba como una furcia.

Se levantó y fue al taller de la tienda. Un grupo de jóvenes hablaba frente al escaparate a voz en grito. Encendió la luz y comenzó a revisar en el armario de los patrones. Cogió uno cortado en cartulina marrón. En un borde venía escrito: “Delantera para calzoncillos. Talla 48-50”. Puso encima de la mesa de cortar la pieza de algodón moreno, sujetó el patrón con alfileres a la tela y cortó. Se sentó en el banco de Edelmira, enfrente de su máquina de coser. Enhebró la máquina, reguló la puntada, cargó la canilla, colocó la tela y le dio al pedal. Si Edelmira tenía mala suerte, alguien tenía que ocupar su sitio. Primero su mujer y ahora su hermana ¡Perra vida!


P.D.  Cualquier parecido es cierto.


FIN





sábado, 2 de marzo de 2013

A CUALQUIERA LE PUEDE PASAR



Estaba sin trabajo. No había nada.
Estaba sentado en la mecedora con la radio encendida. No escuchaba. De la calle llegaba el ruido de la lluvia y del viento. La lluvia chocando contra los cristales. Pensé que aquel viento barrería a los estorninos del tilo de la plaza. Me levanté a mirar por la ventana. Los pájaros seguían en el tilo haciendo equilibrios. Era la hora de recogerse.
No había nadie en la plaza. Nada. Llovía a baldes. Apagué la radio y me volví a sentar en la mecedora. Me quedaban cien euros. Los volví a contar. Cuatro billetes de veinte, uno de diez y dos de cinco. Igual que por la mañana. Un poco de calderilla. Cuando era crío mi padre decía que el dinero hacía crías. Si no llegaban facturas, había aprendido a vivir con cien euros una semana. Si no había más remedio, vivía dos. Comida, cena, cigarrillos y media docena de botellines de cerveza. Y en una semana era posible que me llamara alguien para hacer una chapuza. Mi economía se medía generalmente por semanas. Limpiaba trasteros, pintaba paisajes al óleo (un río, un puente y algún árbol, olmos, yo decía que eran olmos; si le ponía nubes cobraba veinte euros más). Pero la gente no estaba para cuadros. Aprendí a pintar paisajes con río observando a mi exmujer. Ella fue a la Universidad. Le jodía que la imitara sin haber pisado la Universidad. Yo creo que se fue por eso de casa. No creo. Estoy seguro. Porque yo era un manitas y ella una chapucera. También era una chapucera en la cama. Eso aburre. Nos aburrimos en un par de años. Luego nos aguantamos otros dos años. Hasta que nos mandamos a tomar por el culo de mutuo acuerdo. Hasta hoy. Creo que vive con un griego en Nueva Zelanda. Aunque vete a saber. José Arza tenía un pequeño taller de coches. Enredaba con buena mano en los motores. Es el que más me llamaba. Decía que estaba aburrido de escuchar la radio. Que yo le daba buena conversación. José era un buen hombre. Y aunque viejo, un buen mecánico.
La chicharra de la puerta me cortó el aliento. Hace mucho que la chicharra de mi puerta permanece en silencio. Me quedé inmóvil. Transcurrió un largo minuto hasta que volvió a sonar. No pensaba abrir. Aunque a lo mejor era el dueño del garaje que venía a buscarme para hacer una chapuza. No le gustaba el teléfono. Decía que le sacaba granos en la cara. Me incorporé para tratar de ver por la ventana. Se me cayó la calderilla. Lo que me faltaba. Una moneda de euro se alejó rodando hasta la puerta. Me levanté a cogerla. Guardé mi pequeña fortuna en el bolsillo del pantalón. Volvieron a llamar. Esta vez golpearon la puerta con los nudillos. Quienquiera que estuviera fuera soportando la lluvia tenía que haber oído los chirridos de la tarima. Abrí.
- Me llamo Sacha-dijo.
- Sacha. Muy bien-dije.
- Sí, Sacha. Con “ch”. Mi padre era comunista. Un engañado-dijo.
- Ya-dije-De esos ya no quedan.
El agua corría por los gajos de su paraguas encima de su impermeable negro abotonado hasta la barbilla.
- ¿Me hace sitio para pasar?-dijo.
- ¿Dentro?-dije.
- ¡No querrá que pase fuera!-exclamó.
- ¡Claro!-dije.
- ¡Vamos, ande, apártese de una vez!-dijo mientras empujaba con decisión.
Metió el culo dentro del recibidor y sacudió su paraguas en la calle. Cerró la puerta de un golpe. Me colocó su paraguas en mis manos. Lo llevé a la fregadera de la cocina. A mi regreso ya se había quitado el impermeable. Lo colgó en el ángulo de la puerta de mi habitación. Cruzó sus brazos. Tenía unas buenas botas. Tenía unas buenas tetas. Tenía todas las cosas que tienen las mujeres de buena raza. Esperó. Esperó con los brazos cruzados. Me recordó a mi madre. Ella también esperaba con los brazos cruzados. Nunca supe lo que esperaba. Igual que con la del padre comunista. Cuando una mujer se te planta enfrente con los brazos cruzados puede pasar cualquier cosa. Cuando se murió mi padre en el hospital, mi madre vino por la noche a mi casa. Entonces ya estaba divorciado. Se cruzó de brazos y se me quedó mirando a los ojos. “Tú dirás”, le dije. “Nada, que tu padre ya se ha muerto”. 
- Usted dirá-dije a la mujer.
- Sacha.
- Sí. Sacha. Digo que usted dirá.
- ¡Alucino!-exclamó-¿Es que no le gusto?
Dio una vuelta graciosa sobre el tacón de una de sus botas. Parecía una Barbie con vestido de paseo. Sonrió. Se echó a reír como una chiflada. Contagiaba. Había dejado su bolso encima de una silla. Revisó dentro de él. Entonces pensé que se trataba de una vendedora de libros y que me iba a mostrar una larga lista de enciclopedias.
- Sepa que no dispongo de demasiado tiempo para atenderla. Como mucho dos minutos-dije.
Sacó de su bolso una tarjeta y unas gafas graduadas, de esas que venden en las farmacias. Las dejó colgadas en la punta de su nariz. Leyó en la tarjeta.
- Usted se llama Juan Alín-dijo.
- Yo me llamo Juan Ucén-dije.
- Esta es la calle Ribera, nº9.
- 15. Esta es la calle Ribera nº15. El nº9 cae pasando la Plaza del Tilo. Ése que está ahí en donde duermen los estorninos. La Plaza tiene nombre de persona, pero como siempre hubo un tilo, le llamamos Plaza del Tilo. Cosas.
- Su teléfono…
- Perdone. Yo no doy mi teléfono a cualquiera.
- Es el 4302098.
- No tengo teléfono fijo-dije.
- Efectivamente soy idiota. O por lo menos, lo parezco-dijo quitándose los lentes.
- Pero es muy guapa.
- Guapa, pero tonta. Es usted muy amable. Ha habido una equivocación. Es evidente que ha habido un error. Alguien que no es usted ni yo, ha metido la pata hasta la rodilla. Lo único que coincide es su nombre: Juan. Un nombre precioso. Mi padre también se llamaba Juan. Juan Pichot. Todo lo demás es chino. Pero dígame, ¿conoce a Juan Alín?-me preguntó soplándome en una oreja.
- Si es cojo, creo que lo conozco de vista. En la cuesta vive un hombre cojito al que llaman Juan-dije.
- ¡Mira por donde! ¡La Maripín no se ha equivocado del todo!-exclamó con una sonrisa turbadora.
- ¿Y quién es la Maripín?-pregunté con un deje de coña.
- La que coge los recados. Aunque me parece que ha sido una equivocación celestial-dijo.
- Equivocaciones celestiales solo las puede tener el Papa-dije.
- Claro-dijo.
 Acercó su aliento a mis labios y llenó mi boca de una sombra de deseo. Me entraron ganas de servirme un whisky. Sabía que sólo quedaba un dedo en la botella. Fui a la cocina. Cerré la puerta y me lo bebí de un trago. Salí.
- Ahora me hará la gran revelación de su vida-dije.
- Ha necesitado un trago para decidirse-dijo.
- No. Primero he comprendido que Sacha es una zorra a domicilio. ¿Voy bien? Después me he bebido el último trago de mi última botella.
Le sujeté su nuca con ambas manos y la atraje hacia mí. No puso resistencia.
- ¡Calma torito!  Tenemos que poner precio al grano. Las zorras tenemos precio-dijo zafándose.
- ¡Va servida! 
- ¡Oiga! Yo me gano la vida como puedo. Tengo un documento de la Seguridad Social en el que dice que mi marido está enfermo de cuidado. Pero enfermo, enfermo-dijo.
- También yo me gano la vida como puedo. Me quedan cien euros. Cuando se evaporen, me convertiré en ladrón. Tengo una luger de 9m/m.  
- Malos tiempos, camarada-dijo.
Metí mi mano derecha al bolsillo del pantalón. Estaban allí. Los billetes para pasar la semana, miel del cielo que sustenta la vida, tenían amo. Me senté en la mecedora. Cerré los ojos. ¿Hacía cuánto tiempo no había desnudado a una mujer? Pensé en Clara, mi última pareja. Era una muchacha flaca. Había pasado tiempo desde que la dejé con su madre. Cuidaban perros. La madre, los pequeños. Ella, los grandes. Cuando Clara no podía venir, venía su madre y me limpiaba la casa. Eran dos buenas mujeres.
- No tengo intención de pagarle nada por nada-dije-No crea que soy de esa clase de hombres que duermen con una braga debajo de la almohada.
Olía a Sacha. ¿Se llamaba Sacha? Las putas cambian su nombre. Bien. Olía a Sacha en todo mi apartamento. Era un olor difícil de catalogar. No era una esencia. Olía a néctar de madreselva, a flor de ortiga, a un olor que permanecía oculto en mi cerebro desde la patria de mi infancia. Sabía lo que Sacha iba a hacer: sentarse en mi regazo y esperar. ¿Para qué contar lo que un hombre hambriento y una mujer profesional suelen hacer?
 Los estorninos pintaban de negro las ramas del tilo. El viento y la lluvia silenciaban sus silbidos. Algún día se marcharían, vendría un camión de bomberos y limpiarían sus excrementos del suelo. 
Se estaba bien en la cama. La sentí deslizarse. La oí caminar de puntillas. Recoger su ropa interior de encima de sus botas. Se vistió sin dejar de vigilarme. Con los ojos entrecerrados la vi revisar los bolsillos de mis pantalones. Abrí los ojos para verla calzarse en la penumbra sus hermosas botas. Salió de la habitación. Escuché el golpete de la cerradura de la puerta de la calle y me abandoné al sueño.


FIN

domingo, 13 de enero de 2013

OLÍA A UVA MADURA.


Se vestía de pobre, pero disfrazaba su cara con un mostacho de zar, se ponía gafas de sol y se cubría con un gorro de robar. Esperaba a su mujer con la televisión encendida, sentado en una silla en medio de la cocina. Ella se llamaba Aurora. Trabajaba por las tardes limpiando el apartamento de una soltera jubilada. Él se llamaba Antonio y estaba sin trabajo. Dormían juntos pero no se tocaban. Tampoco se querían ni se odiaban. Eran dos camaradas que dejaban pasar la vida sin esperanza de recuperar un poco de ilusión. Luchaban por sobrevivir y miraban al mundo sin odio.
Si iba con zapatos se ponía corbata. Si se metía las botas de goma, se amarraba un pañuelo en el cuello. Ella tenía un chaquetón verde para ir a trabajar. El verano se ponía camisetas holgadas. Sólo usaba sujetador para dormir. Si al regresar del trabajo encontraba a Antonio sentado en una silla en medio de la cocina, le miraba el calzado para saber a dónde iba. Después dejaba su bolsa de papel colgada del picaporte de la puerta y sacaba del cuarto de los trastos el carro de las compras.
- En el Mercado Central  tiran yogures buenos. Sin concluir la fecha de caducidad-dijo Aurora.
- Pero si voy por los yogures, me quedo sin fruta-dijo Antonio.
- Coge lo que puedas. También nos vendrían bien unos tomates-dijo Aurora.
- La otra vez escuché que el súper se deshizo de medios corderos lechales. ¡No me caerá esa breva!
- Lo cocinaría en el horno con muchas patatas.
- Se llama cordero a la panadera-dijo Antonio.
- Recuerdo que una vez trajiste tres bandejas de muslos de pollo sin caducar-dijo Aurora.
- Se los quité a un hombrón de su saco y eché a correr. Pasé mucho miedo, pero no me arrepiento.
- Vamos tirando.
- Sí. Vamos tirando.
Antonio apagó y desenchufó la tele. Las dos cosas. No preguntó a su mujer si iba a verla. Cogió el carro.
- Bueno-dijo.
Se dirigió a la puerta y la abrió. La dejó abierta. Aurora la cerró sin apenas mirarle. No se decían adiós ni hasta la vuelta. Él abría la puerta y ella la cerraba. Era la forma de despedirse.
Su atuendo era un disfraz que le libraba del saludo. Si alguien lo hacía le mandaba a la mierda.
Ella regresaba del trabajo caminando para ahorrar el billete del metro. Lo usaba para comprar cigarrillos.


Aquel hombre enmascarado, con su constitución embarrada, con bigote de corsario, chaquetón con repasos y zapatos de oficinista, actuaba según un guión tecleado en su máquina de escribir, dirigido a un público desconocido, como un actor actúa en el escenario ante trescientos espectadores. La máquina era buena, alemana, pero sin cintas de tinta en las papelerías. Presidía el salón, centrada en una mesa de oficina, su máquina de escribir, salvadas ambas del derrumbe de la empresa, donde trabajó veinte años escribiendo cartas a clientes morosos que no pagaban ni por misericordia. La mesa, la máquina, un sacapuntas de manivela, un cenicero de calamina, un teléfono de los años sesenta. Porque también metió en la caja de cartón el teléfono, papel de calco y una caja de folios, precisamente los  que había utilizado para escribir el guión de su nuevo papel en la vida de clochard. El hombre con pasamontañas que recorre la ciudad cuando los tenderos cierran y se deshacen de lo que todavía se puede comer, pero no pagar.
- La verdad es que tiene usted muy buen aspecto-le dice una mujer con abrigo de astracán mientras inspecciona una caja de lechugas con las hojas exteriores muertas.
- ¿Se va a llevar la caja entera?-le pregunta Antonio enderezando el nudo de su corbata con un deje de coquetería.
- Le cambio por tomates. Veo que ha recogido una buena cosecha.
- En fin…, en este contenedor hay lechugas en bastante buen estado. Le voy a regalar tres naranjas sanas.
Así dos o tres días a la semana. Según pese el cuerpo. Si se tiene buena cintura y una conversación que no se salga del guión, se puede comer con poco. Aceite, galletas y legumbres te dan cuando te toca en los Bancos de Alimentos. Ahora las grandes superficies les entregan sus desperfectos a los Bancos de Alimentos y no acaban de recibir loas e incienso. Antonio hace tiempo que no entiende al mundo. Tampoco merece la pena perder el tiempo para entenderlo. Mientras pongan contenedores en las puertas de las grandes superficies y a la Aurora le paguen cuatrocientos euros por limpiar la mierda de la  vieja soltera que se gasta la paga en picardías y en zapatos de tacón, la Administración ha cumplido de sobra. La vieja alquila pisos patera a negros y a marroquíes, albergues inverosímiles enclavados en lugares aún más inverosímiles. Nadie se queja.
- ¡Hay que tener agallas, Aurora!-dice abriendo mucho la boca para que se le vean los implantes-.Cuando me toca cobrar llevo un colt 45 con la culata fuera del bolso. Si alguna gorda negra empieza a romperse la garganta y las voces de todos levantan el vuelo, saco el colt y disparo a las alturas. ¡Hay que tener agallas! Los negros son muy gallinas y se les aplaca pronto. Los marroquíes tienen pinchos. Yo coloqué el cañón en la nuca de un viejo -. ¡Paga o nos jodemos todos!-le dije.
Aurora sonríe mientras la vieja le cuenta mentiras. La vieja sabe que la sonrisa de Aurora es forzada, pero no le pide más. Ya ha tenido tiempo de aprender que la vida es un disimulo. A la vieja se le olvida que Aurora abre la puerta a su administrador todos los fines de mes. Y que les ve hacer las cuentas en la mesa del comedor. El administrador es un hijo puta rumano que se queda con algo. Aurora no quiere saber nada. Ella, por si acaso, tampoco cuenta nada a Antonio. Sabe lo que piensa su marido de ella: que es tonta del culo. Un día se lo dijo, o le llamó. Daba igual. Aurora sólo recuerda que le miró con la expresión que ponen los hombres que se creen de raza superior y le dijo:
- ¡Tonta del culo!-Así, con desprecio.
También recuerda que ella le lanzó la tapa de la olla a presión a la cabeza, donde hizo una brecha de ocho puntos. Era lo que tenía en las manos.
- ¿Hay denuncia?-le preguntó el médico del Cuarto de Socorro a Antonio.
- ¿Usted denunciaría a su mujer?
- Mejor dejarlo.
Eso no sabía Aurora. Tampoco le esperó preocupada. Cenaron juntos, vieron un rato la tele y se fueron a la cama. Cada uno a su rincón, sin tocarse. Lo más, sin querer, los pies. Los pies grandes y fríos de Antonio, los pies pequeños y calientes de Aurora. Al principio, Antonio disimulaba y dejaba muertos sus pies huesudos, como leños sin savia, como un animal desvalido que espera la licuefacción de los dos pies tibios de aquella mujer que al principio fue suya y que la vida  los fue separando sin ninguna explicación. Ni siquiera lo que es el aburrimiento. Luego también él apartaba sus dos tablones con palos y regresaba  a su nicho de cama para recuperar la libertad de no depender de nadie, ni siquiera de su mujer.
- Es duro vivir sin coño-le dijo un día el hombre, seguramente porque llegó borracho de tetrabric.
- Busca trabajo y cómpralo en un burdel.
Aquella noche Antonio sintió tanta vergüenza que se acostó con las botas de goma y el chaquetón repasado en el sofá. Al día siguiente volvió a su rincón y dijo “buenas noches” con la seguridad de que iba recibir el silencio por respuesta.
- Buenas noches-le respondió Aurora.
El matrimonio estaba muerto. Aurora pensó más de una vez en no regresar a casa después de limpiar la casa de la vieja. También lo pensó Antonio. Pero ninguno hubiera resistido la falta del otro. La soledad. Otro misterio sin resolver.
- ¿A quién iba a matar si no?-se preguntaba Antonio cuando la cercanía de aburrimiento le copaba el cuerpo.
Sin embargo, una noche estuvo muy cerca de tirar lo que tenía. Regresaba a casa con su carro de la compra casi lleno. Llevaba yogures de tres sabores, una piña madura, dos bandejas con lomo adobado, una lata de garbanzos abollada, otras dos de alubias también abolladas, fruta elegida con paciencia, porque Antonio hacía las cosas bien. Ponía todos sus sentidos en hacerlas lo mejor posible. Volvió la cabeza a la izquierda y vio el espejo de una porción de escaparate que separaba otra porción de escaparate de una tienda de regalos. Eran más de las doce de la noche y ya no le quedaba más remedio que regresar a casa caminando. Quizá hora y media de caminata. La noche entraba templada. Sin duda aquel fantoche que acababa de vislumbrar a su izquierda era él. Desanduvo los cuatro pasos que había dado y se contempló con toda la parsimonia que se necesita para descubrir todos los detalles de su indumentaria. ¡Oh, Dios!, se había convertido en un perfecto vagabundo. Se arrancó el pasamontañas y se despegó el bigote de Zar de todas las Rusias. Era el nombre comercial que venía escrito en la caja que compró en una tienda de disfraces. ¡El Zar de todas las Rusias! Y lo más sorprendente era que sin bigote y sin pasamontañas parecía mucho más mendigo. Tenía cara de mendigo. Así como mengano tenía cara de ladrón y zutano de violador, él tenía cara de mendigo. Entonces pensó en no regresar a casa. Ir al parque y echarse a dormir en un banco, buscar un agujero, una cuadra en el monte. Pasó una mujer vestida de fulana.
- ¡Qué! ¿Te ves favorecido, alma de cántaro?
Antonio le iba a mandar a la mierda, pero cuando se dio cuenta de que era una puta, le preguntó:
- ¿De qué tengo cara?
- De asaltar un contenedor. ¿No te jode? ¡Si llevas el carro lleno!
- Gracias-dijo. Y apretó el paso para llegar a casa.

Un día encontró una caja sin abrir de uva de Moscatel. No cogió nada más. Llegó a casa cuando Aurora se recogía el pelo. Antonio fue directamente a la fregadera, arrancó el papel de celofán de la caja y fue cortando con paciencia los granos que estaban en mal estado. Era una uva excelente, dorada, apenas sin semillas.
- Está perfecta-dijo Aurora.
Antonio limpió dos racimos con agua y en el último aclarado puso unas gotitas de lejía en la palangana. Sacó una fuente del armario y los colocó en la fuente y la fuente encima de la mesa. Antonio no había olvidado que la fruta que más gustaba a Aurora era la uva de Moscatel.
Aurora comenzó a picar un racimo. Lloraba de satisfacción. Comió con glotonería hasta que se dio cuenta que Antonio no comía, con las manos en sus rodillas le miraba con una sonrisa recuperada en su boca. Sintió un calambrazo en el pecho. Aurora apartó la fuente con una mano. Quiso hacerlo con desprecio, pero no le salió. Sintió un rubor insoportable en su rostro. Se levantó y dio las buenas noches a Antonio. Se fue a la cama.
- Buenas noches-dijo Antonio.
 Algunos minutos después de las tres, Antonio sintió a Aurora levantarse de la cama, dirigirse a la cocina y abrir la nevera. Cuando regresó a la cama olía a uva madura. 


FIN



sábado, 22 de diciembre de 2012

EL CANARIO DE DON SALOMÓN (CUENTO DE NAVIDAD)



Siempre que suena el teléfono, el canario de don Salomón comienza a trinar. Entonces mi hermano y yo saltamos al sofá, pegamos nuestras orejas a la pared y cerramos los ojos. Nos quedamos tan embelesados que casi nunca nos damos cuenta que nuestra madre ya tiene una de nuestras zapatillas entre sus manos. Permanecemos como idiotas hasta que la suela nos arrea fuerte:
- ¡A la mierda la tapicería nueva del sofá!
- ¿Es que no has oído cantar al canario? -pregunta Álvaro, mi hermano
- ¡En vez de un hombre hecho  y derecho, llegarás a ser una vieja chismosa!
- Los pajaritos no chismorrean, cantan. Nos hemos descalzado para subir al sofá. También aita escucha  al canario y dices que es un hombre hecho y derecho. Y siempre se sube al sofá cuando tú no estás.
    Se sentó muy lívida en el sofá y dijo mirándonos a los ojos:
- Vuestro padre me ha llamado para decirme que ya es oficial que nos vayamos a tomar por el saco. ¡Que no hay paga de Navidad! ¡Se quedan con ella! ¡Dios sabe qué uso le darán esos ineptos de mierda!     
Ama nos mira como si fuéramos ratas al ir a la cocina. Se encierra dando un portazo. Estrella un plato contra el suelo, seguramente un plato desportillado. No es una histérica. Al rato la escuchamos llorar.
Tengo once años y Álvaro, trece. Aunque soy el menor, soy el que toma las decisiones conflictivas. Nos encerramos en nuestro cuarto y no salimos  a oír trinar al canario pese a que el teléfono suena dos veces. Tampoco queremos enterarnos del momento en que mi madre deja de llorar. Cuando se consuela, abre la puerta un resquicio. Es la manera de decirnos que volvemos a tener madre, que el temporal ha pasado. Hasta puede salir y sentarse a nuestro lado para explicarnos que no darnos el dinero pactado es uno de los peores castigos que podemos recibir los trabajadores. Y más si se trata de la paga de Navidad.
- Nos privan de un par de cenas tradicionales que tanto os gustan, del viaje con vuestro padre a la nieve. Os quedáis sin las botas nuevas, sin los plumíferos. ¡Nos quitan el habla!
- Algo tendréis ahorrado -dice Álvaro.
- Algo. Pero desde que estoy yo sin trabajo, a ver de qué.
Entonces me entran unas ganas muy grandes de abrazar a mi madre y no me corto. Álvaro acerca sus labios húmedos a mi oreja y me llama pelota. Lo dice  para que lo oiga ella. Algunas veces no sólo dice “pelota”. Dice: “Jokin es un pelota”. Después se sienta en la butaca de mi padre y enciende la televisión. La deja sin sonido. Se levanta, coge un libro de encima de la mesa de colocar los pies. Los coloca. Y se pone a leer. Mi hermano siempre lee con la televisión encendida y sin sonido. Como si fuera sordo. Es el Álvaro que a mí me gusta.

Nuestro vecino, don Salomón Gotxi, tiene una jaula china en donde vive un canario de plumas naranjas y amarillas que se llama don Luis. Es el canario más alegre que yo he visto nunca. Da vueltas en un trapecio, se mece en un columpio y modula a rabiar. Don Luis es un tipo que se gana el alpiste. Comienza a piar y se acerca a los barrotes pidiéndote la punta del dedo para jugar con su pico.
- Es la raza -nos dice don Salomón -.Le compré una cinta de magnetofón con redobles y al de una semana parecía un ruiseñor.
- ¿Por qué se pone a trinar cuando suena nuestro teléfono?-le pregunto.
- Misterios del mundo animal-dice don Salomón levantando sus hombros.

Ama nos permite entrar en el apartamento de don Salomón lo menos posible por el extraño olor que coge nuestra ropa. Yo ya sé de qué es. He entrado en su cuarto de baño a mear y he visto las capas de sarro en su retrete. Pero no le digo nada a mi madre.

Un domingo de noviembre por la tarde, el viejo nos espera con la puerta de su casa entreabierta y nos invita a pasar.
- ¿Tiene yema de huevo cocido para darle a don Luis? -le pregunto.
- Tengo. Precisamente quería hablaros de él. Estas navidades quiero ir un par de semanas a Benidorm. Mi idea es ver si vosotros le podéis atender. Yo os dejo todo preparado. ¿Queréis hacerme el favor? -dice don Salomón muy nervioso. Después nos sonríe como un japonés. Con la boca de oreja a oreja.
¡Claro que quiero! Quiero limpiar la jaula de don Luis y ponerle el alpiste en su comedero y agua en su bebedero. Pero me callo. Falta el permiso de nuestros padres.
- No hay problema -dice el atolondrado de mi hermano. 
- ¡Dios! Ya verás cuál es el problema -digo a Álvaro en el descansillo de la escalera.
- ¡Joder! ¿Por qué no nos van a dejar dar de comer al canario?
- Porque antes lo tienen que pensar. Como siempre. En casa de don Salomón huele a meada vieja. No creo que ama nos deje entrar a diario en una casa que huele a meada de siglos.
- Bueno, ya veremos cómo vienen las cosas.
    No decimos nada en casa. Por mucho que aseguro a mi hermano que a la larga se van a enterar y que el castigo va a ser de los rumiados por los dos en su lecho matrimonial, el listo de Álvaro me convence (no le hace falta mucho esfuerzo).

    Desde que mi madre se ha quedado sin trabajo, echa una buena siesta en el sofá, baja al portal para mirar el buzón y después friega. Si no le llama una amiga, nos saca a Álvaro y a mí a mirar escaparates. Por la mañana va a la Oficina de Empleo y a recibir clases para reciclarse. El mejor momento para dar de comer al canario es la mañana cuando regresamos de comprar el pan. Se lo expongo punto por punto a Álvaro. Como es el mayor, duerme al lado de la ventana. Yo hablo casi en un susurro. Pero Álvaro está en otra cosa. Lo comprendo cuando suspira hondo.
- ¡Duérmete de una puta vez! -dice el mariconazo de él.
¡Se está haciendo una paja! Siempre es igual. Es el mayor y le otorgaron la cama de al lado de la ventana desde donde se ve la copa de un sauce, el camino que lleva a la piscina, un ángulo de piscina y detrás, un campo con frutales. No hay duda de que el paisaje le pone cachondo. Yo veo el techo de la habitación y la iluminación de los vehículos de la autovía. Pero lo que más me importa es que nunca tiene en consideración mis palabras (mi padre les llama alegatos) y luego sale el pastel quemado.

Don Salomón lleva la misma corbata que cuando iba a la Escuela. Daba clase de Química a los mayores. A los alumnos llamaba gente menuda. A mi hermano y a mí nos llamaba por nuestros nombres, seguramente porque somos vecinos. No llegó a darnos clase, pero mi padre dice que es un buen profesor. Don Salomón es viudo desde hace muchos años y creo que no tiene hijos. En el verano don Salomón baja a la piscina con una bata a rayas y se baña en la zona que no cubre. Mi madre dice que sólo se mete a mear. No se confunde. Yo le suelo mirar la cara y se le cambia cuando le sale la meada. Lo mismo me pasa a mí. Tampoco usa gorro. Dice que como no se moja el pelo, no mancha. El último verano me dijo que estaba esperando para operarse de una cadera. Me dijo que había ido a preguntar por su operación, por si le llaman mientras está en Benidorm. Le contestaron que mejor que se quede allí y que acuda a Urgencias si se le rompe la cadera del todo.

Don Salomón toca el timbre de nuestra casa para despedirse.
- ¿No están vuestros padres en casa? Quisiera decirles adiós y felicitarles por la educación que os han dado. En realidad debería habérselo dicho en primer lugar a ellos. He actuado precipitadamente.
- Han ido a una lonja a pintar una pancarta para la manifestación. Es que han quitado la paga de Navidad a mi padre. Vendrán tarde. -digo aliviado.
- Usted diviértase -dice Álvaro a don Salomón.
- Voy a ver si se me quita el frío de los huesos en el Este -dice don Salomón-. Y vosotros aprovechar las vacaciones -don Salomón extiende su mano y nos la estrecha. Primero a Álvaro y luego a mí. Después nos da unas palmaditas en la mejilla. Su mano huele a semilla de eucaliptos-. Cuidar a don Luis. Es todo lo que tengo.
- No se preocupe -dice Álvaro. Don Salomón da la llave de su casa a Álvaro. No cerramos nuestra puerta hasta que él cierra la suya.
Guardamos la llave en el cubo de los dados. El cubo de los dados en el cajón de los lapiceros, de cables del ordenador y de las cosas que compartimos.
    Cuando nuestra madre sale a hacer sus cosas, guardo la llave de nuestro vecino en el bolsillo de mis vaqueros. Álvaro me dice que va a un partidillo de baloncesto. Al entrar en la vivienda de don Salomón me tapo las narices para no oler de golpe aquel aire condensado, sin ventilar seguramente en meses. Me cuesta abrir una ventana. Una tenue brisa matinal manchada de sol mueve el aire viciado. Saco la bandeja de la jaula de don Luis. El canario se balancea como un loco en el trapecio. Pía sin cesar. Al acercar mi mano para coger su comedero, acude a picotear mi piel. Limpio la bandeja con una rasqueta y le paso un estropajo. La seco bien. Queda reluciente. Luego saco los palos de la jaula. También los limpio con agua y jabón y los vuelvo a colocar en su sitio. Don Luis salta a mi dedo y come alpiste. Le doy una rodaja de manzana. Don  Salomón ha dejado en la nevera media docena de tarros de cristal con diferentes frutas y verduras. En el blog de notas leo que lo que más le gusta a don Luis es la zanahoria rallada. De pronto, don Luis estalla en una escalera de gorjeos, modulaciones y trinados que te hacen sentir algo parecido a la felicidad. Me quedo en la sala enredando en los libros de don Salomón. En una balda hay un paquete de cigarrillos de tabaco rubio sin empezar. Abro el paquete con la técnica de mi madre, saco un cigarrillo y me lo pongo en los labios estilo James Dean. El paquete me lo meto en el bolsillo. Veo un mechero. Enciende a la primera. Lo meto en mi bolsillo. Le doy una calada al cigarrillo y lo tiro por la ventana. Salgo al recibidor. Me adentro por el pasillo adelante. La vivienda es exacta a la nuestra, pero al revés. Después de la sala, la cocina; dos habitaciones y dos baños. Una puerta está cerrada. Voy por ella. La empujo. ¡Joder! ¡Dios! ¡Joder! Un tren eléctrico de la época de mi abuelo ocupa casi toda la habitación. Esta montado encima de un tablero apoyado en caballetes. Tiene estación con reloj, un banco pintado de verde, un jefe de estación de plomo con bandera roja, el nombre de la estación rotulado en la marquesina: ¡Villa Coño!, tú. ¡Se llama Villa Coño! ¡Joder con don Salomón! Al lado de la estación llega una carretera que cruza un paso a nivel. En total tiene tres pasos a nivel y un túnel en curva; tres cambios de agujas para mover las vías; dos locomotoras; vagones a tutiplé. También hay árboles y una pequeña montaña rocosa. No me atrevo a tocarlo. Es demasiado complejo para mí. Cierro la puerta. También cierro la ventana de la sala. Don Luis  trina como un desquiciado. Huele a chis.

 Álvaro no me cree que don Salomón tiene un tren eléctrico.
- A lo mejor mañana podemos ponerlo funcionando -le digo. Me mira picado.
- ¿Por qué no ahora?
- Porque ahora hay moros en la costa.
- No metemos ruido.
Abre el cajón para coger la llave del apartamento de don Salomón. He escondido la llave dentro de las páginas de un libro de mi estantería. Se lanza encima de mí y me quita el paquete de cigarrillos y el mechero. Es de gas. No me importa mucho. Seguro que me lo devuelve.
- Quedamos en que iríamos por la mañana -digo-. O cumples con lo pactado o descubro el pastel.
 Se queda tranquilo en la sala. Cuando ama mira para otro lado me llama cerdo. Mi madre se pone el abrigo y nos invita a dar un paseo. Vamos. A la vuelta llama mi padre por teléfono. Don Luis comienza a cantar desde el primer timbrazo. Me lo imagino en su columpio. Pienso decir a don Salomón que le traiga una canaria para matar su soledad.
Al día siguiente, nada más abrir la puerta, el canario comienza a piar. Abro una ventana de la sala.
- ¡Joder! -exclama Álvaro desde el cuarto del tren.
- Ayúdame a limpiar la jaula y luego vamos ahí -le digo.
- ¡La hostia, tú, menudo empacho!
 Don Luis no ha comido demasiado. Apenas ha picoteado la manzana. A lo mejor es que se encuentra triste. Cuando le quito el comedero comienza a piar con estridencia. Voy donde mi hermano. Está enredando con el mando del tren. Toca todos los interruptores. Se da cuenta que no está enchufado en la red eléctrica.
- Esto es un lío -dice.
- Hay muchos cables por el suelo. Algunos van a una tabla con enchufes y otros recorren la mesa -le digo.
Álvaro enchufa y desenchufa primero aquí y luego allí. No consigue nada.
- Mientras no encuentre el enchufe principal, no hay nada que hacer-dice.
Lo tengo en la mano, pero no digo nada. Es un cable gordo que va directamente al mando que mi hermano tiene en las manos. Sé que si lo meto en el enchufe de la pared, se hará el milagro. Miro debajo de los caballetes y lo enrosco en una pata. Álvaro se está aburriendo. Nunca ha sido constante. Coge al jefe de estación de plomo y se lo mete al bolsillo. Intenta cerrar un paso a nivel con la mano. Se rompe por algún lado y se queda con él en la mano.
- Es de hojalata -dice.
- Y tú tienes carne de burro -le digo.
No me hace caso. Coge una locomotora y le da la vuelta. Intenta girar las ruedas. Alguna pieza hace clic. Intento quitársela, forcejeamos. A la locomotora se le dobla la chimenea. La suelto. Se cae al suelo. Mi hermano la pisa para joderme. Le ha salido su lado malo. Mi madre ya ha hablado con su tutora. Le ha recomendado un psicólogo, pero mi padre dice que él también tenía mala leche a esa edad. Que ya se le pasará.
- Si es como se te ha pasado a ti, vamos dados -dice mi madre.
Entonces mi padre le llama zorra y se meten en su habitación.
 A Álvaro le da un ataque de nervios y comienza a dar puñetazos. Salgo de la habitación y me marcho del apartamento dando un portazo. Por la tarde reviso la mochila de Álvaro, la que guarda encima del armario.  Hay trozos de rieles que ya no sirven para nada, el cartel que colgaba en la estación, una locomotora, dos o tres vagones, la caseta del guarda agujas. Álvaro es un quinqui. Mi madre dice que cuando se le cruzan los cables, hay que dejarlo a su aire. Salgo a la calle y deambulo sin rumbo fijo. Llego a sitios que nunca he estado antes. Camino tanto que tengo que coger el metro para regresar a casa. Estoy rendido y sin ganas de hablar. Tengo que inventarme una historia de un cumpleaños y de amigos que no tengo. Amigos nuevos. Yo también sé ser mentiroso y cínico. Mi padre me escucha sentado en el sofá, al lado de mi madre. Me cree todo y me sonríe. Mi madre no sé lo que piensa porque me mira raro. Álvaro, sentado en el sillón de mi padre, no me cree nada. Digo que he merendado en casa de un amigo y que me voy a acostar.
- Jokin también crece -dice mi padre satisfecho.
- Sí. Cómo crece es lo que me preocupa-dice mi madre.
Cuando estoy acostado, entra mi madre en el cuarto y deja encima de mi mesilla un vaso de leche y una torre de galletas.
- A lo mejor te despiertas de noche y empiezas a revolver el armario de la cocina. Mejor que tomes la leche mientras está caliente.
Tengo ganas de llorar y de abrazarla. Me muerdo la lengua. Cuando escucho a mi madre comentar algo de la serie de televisión, cojo el vaso y bebo la leche en un par de tragos. Como las galletas a puñados. Mi hermano no tarda en llegar.
- ¡Pero si le han traído al niño leche!-dice haciendo el payaso. Me doy cuenta que se le está cambiando la voz. 
- ¡Mariconazo! ¡Cabrón de mierda! ¡Pajero!-digo con rabia.
Me pongo mirando a la pared. Álvaro no me molesta.

Al día siguiente espero a que ama salga a un curso de Ofimática para ir a darle de comer a don Luis. No le digo nada a Álvaro. El apartamento no huele tan mal. El pajarito está muy cariñoso. Me pica en la yema de mis dedos. Veo que ha comido más. Le cambio el agua y se baña mientras limpio la bandeja en la fregadera de la cocina. Abro la puerta de la jaula para coger los palitos y don Luis se posa en mi mano. Lo saco de la jaula y pongo su pico en mis labios. Algo le asusta. Revolotea por la sala y se posa en lo alto de la librería. Acerco una silla para cogerlo. Echa a volar. Entonces veo la ventana abierta. Se me olvidó cerrarla ayer. Salto de la silla y corro a cerrarla. Delante de mi mano, tan sólo a unos centímetros don Luis vuela en el viento. Aletea sin gracia dibujando catenarias  hacia la curva de la autovía. Hasta que lo pierdo de vista. Miro a la jaula vacía con agua limpia, abundante comida. Nunca he sentido tal sensación de soledad. Comienzo a llorar. Meto las manos en mis bolsillos y me topo en el derecho con la llave del apartamento de don Salomón. Abro la ventana del todo y la tiro con todas mis fuerzas a la calle. Cierro de golpe la puerta de mi vecino y salgo a la calle a dar vueltas por el barrio. Reviso árboles, balcones, regreso cien veces debajo de la ventana del salón de don Salomón. Regreso a casa a la hora de comer.
Transcurren dos días. Estoy sentado en el brazo de la butaca de mi padre. Él me abraza por mis hombros. Mi muslo izquierdo está encima de su pierna. Mi padre huele bien. Estoy a punto de contarle lo que me ha pasado con don Luis. De pronto carraspea y dice:
- Me he enterado que nuestro vecino don Salomón se ha ido de viaje.
- ¿Quién le dará de comer al pájaro?-dice mi madre.

    

FIN



¡FELICES FIESTAS!