lunes, 2 de septiembre de 2013

FIDELIDAD (De la Saga Mochita)



Además de parecer una mariposa, hablaba con voz radiofónica. Por eso la señora me dio el trabajo de coger el teléfono. Al sonar la chicharra, colocaba mi mano encima de su lomo y comenzaba a contar los zumbidos con los dedos de una mano. Al terminar el quinto timbrazo, descolgaba y decía con voz de azafata de aeropuerto: “Mansión de los Barones de Escarpín. ¿Con quién desea hablar?” Musitaba la frase como un ángel de voz celeste. Nadie se imaginaba que llevaba medias grises de punto (tenía las safenas gordas), me cubría los hombros con una toquilla azul y me sacaba los pelos del mentón con una pinza que me regaló la señorita Rebeca. Con el primer duro que me pagaron el primer mes, me compré un lazo color carne y me lo planté en lo plano de la cabeza. Todo el mundo me dijo que el lazo parecía las alas de una mariposa. Lo llevo desde hace setenta años. Cómodo. Dos horquillas y a volar.
Mi señora se llamaba doña Antonia San Román. Creo que era catalana porque hablaba difícil. Me llevó a su casa para que me enseñaran a bruñir el suelo con cera dura y chancletas deslizantes. Ella le llamaba “brochar a la francesa”. Desde mis trece años, arrastro mis pies dentro de unas bayetas especiales que doña Antonia compraba en Burdeos. Precisamente fue doña Antonia la que descubrió mis dotes radiofónicas, una mañana que me escuchó cantar mientras bruñía la madera, aquella ranchera que dice:

Niño que en cueros y descalzo
vas llorando por la calle,
ven aquí y llora conmigo,
que tampoco tengo madre,
que la perdí cuando niño.

La cantaban en la radio que el señor trajo de Alemania. Solía llorar. Yo tampoco conocí a mi madre.
Ninguna persona del servicio podía atravesar el salón cuando sonaba el teléfono. Sólo yo. Creo que los señores me creían un soplo, una corriente de aire sin ojos para ver ni oídos para escuchar. Patinaba mis pies aupados en mis chanclas mágicas por la tarima de la casa y me enteraba de todo. Escuchar y callar.
La casa en donde serví desde niña y me senté a esperar la muerte en un rincón del camarote, era un palacio inimaginable, construido por los antepasados de mis señores a la orilla del mar. Aunque la casa tenía casi cien años, todavía dibujaba, en los amaneceres de sol, su imponente silueta en la arena de la playa en donde enterraba sus pies. Su dueño, mi señor, se llamaba don Jaime Iturrate, descendiente directo de los fundadores de los Hornos Chenot en Vizcaya, que teñían de infierno las aguas de la Ría. Don Jaime, además de heredero de aquel imperio de chatarra, era un afamado pintor de putas pobres, que había dejado el destino de sus fábricas en manos torpes. Hay libros gordos en la biblioteca dedicados íntegramente a su pintura. He leído en uno de ellos que don Jaime nació encima de una paleta con gusanillos de óleo de los que nunca se pudo librar. Los libros de su biblioteca dicen cosas llenas de poesía que me dan escalofríos y me sacan temblores sin saber muy bien por qué. Hay hombres que nacen con el trato cariñoso pintado en sus ojos. Don Jaime era uno de ellos.
Don Jaime y doña Antonia tenían tres hijos: dos varones que jugaban a ser señores y que no eran nada. (Ninguno de los dos había terminado el bachiller). Y Rebeca, que es una de las principales actrices de la historia que estoy intentando contar. Creo que ahora comprendo la afición que siempre he tenido a la lectura. En la biblioteca de la casa hay libros increíbles. Si no hubiera sido por ellos, no habría podido resistir una vida con los pies dentro de unas chancletas e imitando a una locutora de grandes almacenes. El destino lo traemos escrito en el ombligo. Palabra de sabio.
La hija de los señores tenía ojos melancólicos y un cuerpo largo. Hablaba silbando las eses, cantaba las esdrújulas. Se enamoró de un caballo, su padre le trajo un profesor de Jerez. El caballo sabía bailar, Rebeca aprendió ballet.


Su padre le mandó a París a la Academia de Madame Mornifle en donde conoció a Emeraldo Renato, un Apolo en mallas que decía palabras antiguas, descatalogadas, goteando melaza cubana. La niña Rebeca, todavía en edad menor, comenzó a bailar con tiemblo. Cuando Emeraldo la hizo suya, descifró los tams-tams de su corazón y puso redes para no dejarle escapar. Mintió a su padre hasta los veintisiete años. Le juró año por año que Madame Mornifle le aseguraba que para llenar los teatros había que practicar sin pausa. Su madre descubrió que Rebeca había errado tras Emeraldo por los escenarios de Europa y de América para no desmantelar su felicidad. Doña Antonia les embaló al matrimonio en la boda más fantástica que se recuerda en la Región. Un obispo verdadero llegó al jardín montado en un dragón con escamas doradas. Seis monaguillos abrían la procesión montados en bicicletas de una rueda. Después de la ceremonia, él voló a bailar y ella comenzó a usar el título de sus padres entre sus amistades internacionales. Adoraba ser baronesa. Pidió a su padre que desheredase a su hermano mayor. Yo creo que fue el recuerdo de aquel capricho el que llevó a don Jaime a rehacer sus últimas voluntades cuando dejó preñada, ya viejo, a una modelo puta, la que está colgada en el Museo de Bellas Artes, vestida solo con un mantón de Manila, al lado de un violón y que la familia llama Mochita. Fue una época convulsa. Tan amarga que estuve a punto de guardar en un hatillo mis dos vestidos de percal, mi lanilla para los hombros y los libros de Julio Verne que tenía birlados. Pero Don Jaime hizo regresar a su hija de Viena para comunicarle su capricho de hacerla baronesa con la condición de que ella se quedara encinta de un niño que iba nacer al que llamarían Lukas. Me quedé en casa. Además, ¿A dónde iba a ir?
Para entonces el señor había colocado un supletorio en la mesilla de su cuarto. Era una gozada no tener que subir las escaleras para llegar a la quinta llamada sin romperte las narices. Ahora ya escuchaba todas las conversaciones con puntos y suspiros.
-Si me quedo encinta, algo nacerá-dijo entonces Rebeca.
- No es necesario que te quedes encinta. El niño ya está en camino.
- Tú dirás cómo es eso.
- Tienes que simular que estás encinta. De traer el niño, me encargo yo. ¿Entiendes?
- Poco y mal.
- Tú, quédate en casa hasta que nazca el niño. Después ya veremos lo que pasa.
- Seré Baronesa a perpetuidad.
- Serás Baronesa de Escarpín.
- Con un hijo que no es mío.
- Eso lo sabremos tú y yo.
- ¿Y el padre?
- El que tú quieras. Ese cuento te lo dejo para ti. El padre pinta poco.
- Misterio. ¡Me gusta!
La niña Rebeca era tonta. Todo lo que hizo en su vida lo tomó como un juego preparado por su papá. Entonces no se le ocurrió otra cosa que llamar a Emeraldo por teléfono. Le contó que le había dicho su papá que iba a tener un niño que se llamaría Lukas sin estar preñada, así, como la Virgen María. No sé quién me puso el nombre de Melitona. Aunque me llamaban Meli, me parecía nombre de tonta de remate. Y creo que siempre me tuvieron por eso en la casa. Pero por tener nombre de tonta confiaban en mí. Esa fue mi desgracia. Cuando alguien confía en ti y no le importa que sepas sus secretos, se te hace un hueco en el corazón y le quieres hasta que la vida te conserve la cabeza sana. Bien. Emeraldo le replicó que cómo es eso. Entonces ella le contó a Emeraldo que sería Baronesa. Emeraldo echó una carcajada, seguramente con aquella sonrisa suya llena de dientes blancos y le replicó que no sabía que las baronesas fueron primero vírgenes. La niña dijo enfadada que los caribeños son incultos y que tenían el mamín enfermo. “Mamín”. Mi niña dijo “mamín”, una palabra que le hubiera costado una buena regañina si su padre le hubiera escuchado. Emeraldo se enfadó y le dijo a Rebeca que no le llamara más por teléfono. Colgó. El muchacho colgó. Luego le escribió que se iba a bailar a China un número con un quitasol de estrellas. No se vieron durante cuatro años.
Del recuerdo de aquel nacimiento sólo quedó la magia de haber concebido un niño sin padre, sin signos externos de preñez en la madre, sin vestidos cortados con formas gemelas a otros vestidos de mujeres preñadas, sin ni siquiera con vestidos que imitaran a algo sorprendente, porque la señorita Rebeca no mostró ninguna cintura de embarazada, ni ninguna hechura de senos de futura mamá, ni ojeras azuladas o de carne viva. Ella mostró el trago de dos o tres copas de champán y la nicotina color campánula de las zarzas o de los vientres de los bichos de luz que dejaban caerse por los zarcillos al fondo de los arbustos de menta para salvar su vida. Cuando los meses empezaron a sumar, le recomendé colocarse encima de su vientre plano un cojín de alfileres o una toalla aplastada.

 
A la tonta de ella no se le ocurrió otra cosa que preñarse con globos llenos de agua. Animaba a la servidumbre a que le arrojara dardos verdaderos robados por ella en nigtclubs londinenses o en boites parisinos. A la servidumbre le temblaba el cuerpo. Se ponían de puntillas, cerraban los ojos y lanzaban el dardo al aire. Sólo yo apuntaba con rabia y soltaba el dardo a la altura del falso vientre. El clavo atravesaba la tela de su vestido, rompía la goma del globo que hacía “plaf” y a la señorita le salían lágrimas de alegría y aplaudía como una chiflada antes de correr a su habitación a pegarse con esparadrapo otro globo. Me tomaba de la mano, me daba los dardos y me rogaba que apuntara bien para romperle las aguas. El juego duró hasta que don Jaime llegó un amanecer con una maleta llena de alubias. Y entre las alubias, venía un niño de piel muy blanca semienterrado, con la cabeza levantada por la mano de don Jaime para que pudiera respirar.


Cuando llegó el señor eran las tres de la madrugada. El ruido de la llave me sacó de la cama y subí las escaleras del sótano, que es donde estaban nuestras habitaciones, la de los criados. Crucé el recibidor y abrí la puerta a don Jaime, que me hizo una mueca de silencio. Una mano sujetaba la maleta en posición horizontal. En la otra traía un rollo envuelto en cartulinas y periódicos. Le quité el rollo y le seguí escaleras arriba. Entramos en su habitación en donde su esposa respiraba con pesadez. Ella dormía siempre con la lamparita de su mesilla encendida porque ya solo soñaba con muertos de su familia y decía que la querían llevar. Sintió la mano de su marido atenazándole el hombro y diciéndole a la oreja que ya había recogido al niño.
-¿Qué criada está contigo?- preguntó doña Antonia mientras se ponía la bata y con ella su pulcritud.
- Melitona.
- ¡Ah!- dijo ella- Vas a venir con nosotros, Meli. Despierta a la señorita y dile que ha llegado la hora del parto.
- Si el niño ya está en casa, ¿para qué tanto paripé?-preguntó don Jaime.
- Las cosas hay que hacerlas bien-dijo doña Antonia.



El señor me dio la maleta con las alubias. Yo tuve un pronto. Puse la maleta encima de la cama y saqué al niño. Lo envolví con mi toquilla y lo apreté fuerte, fuerte contra mi pecho. Fue un instante mágico. El señor y la señora, me lo quisieron quitar. También la señorita Rebeca, que acababa de entrar en el cuarto, hizo un ademán como para arrebatármelo.
- Tiene hambre-dije yo. Y apreté a correr escaleras abajo. El mecánico nos esperaba con el motor del auto en marcha. El bulto lloraba como un niño de verdad. Llegamos a una clínica. Nos esperaban. Tendieron a la señorita Rebeca en una camilla. Se dejó hacer sin protestar, más como una mujer muerta de sueño que como una parturienta que ya había roto aguas.
- Ha nacido en el camino-dijo el señor.
Me dejaron con la señorita Rebeca y con el mamoncete en la clínica. Cuando trajeron el primer biberón, la enfermera sacó a la criatura de su cuna y la puso en brazos de Rebeca. La señorita se levantó y me entregó al niño y al biberón. Ella saltó de la cama y encendió un puro.
- Lo que hay que hacer para ser baronesa-dijo.
Primero me dieron las bayetas para los pies. Después me regalaron un teléfono. Al final me encargaron el cuidado de la cosa más bonita de toda la casa. Cuando tenía al niño en brazos, el latido de su corazón engordaba mis venas y le llenaba de besos. Al final todos encontramos nuestro premio. Al tercer día vino el señor y nos llevaron a casa. Durante tres años, Rebeca cuidó al chiquillo como a su muñeco preferido. Contrató a una aña seca para pasearlo en un coche inglés, le vestía con bodoques y festones. Estrenaba todas las semanas sonajeros de plata, cucharillas de oro, biberones de cristal de Bohemia. Lukas se dormía con nanas de Brahms y con rancheras mías. Rebeca trajo a una actriz con voz de princesa para que le leyera cuentos. Le bañábamos con agua del Jordán.
Entrando el cuarto año de su nacimiento, la Baronesa Rebeca tuvo noticias de que las galeras de Emeraldo venían viento en popa por las Islas Paracelso para ponerse en la cola del Golfo de Suez y entrar en el Mediterráneo. Rebeca contrató al director de escena de la Ópera de París para que le compusiera el solo más magnífico que ninguna diva había bailado en teatro alguno. El maestro le compuso una cabriola en honor al fuego Oriental. Duraba dos minutos, pero era tal su intensidad que las mujeres dejaban sus asientos y corrían a hacer cola en los sanitarios para orinar su emoción en un lugar oportuno. Triunfó. Se olvido de Lukas.

Los siguientes diecisiete años fueron felices, excepto la noche que se murió la señora. “Siento en el pecho una puñalada”, me dijo por la mañana. Le llevé jerez. Se nos murió antes de que llegara el señor de sus correrías nocturnas. Le gustaba tomar apuntes a carboncillo a putas viejas dando pecho a niños o recostadas en el dintel de una puerta, debajo de un balcón con flores de papel. Seguí brochando a menos velocidad. Atendía las llamadas del teléfono. Lukas cogió algo de plata, un poco de oro, alguna figura valiosa. Se marchó a vivir a París. Yo creo que los eucaliptos y los pinos mediterráneos del jardín echaron más hojas que de costumbre. No sé. La casa se llenó de tristeza. Las paredes, de sombras. Al señor le crecieron las bolsas de sus ojos. Comenzó a usar un bastón de palo de rosa.
Una tarde descolgué el teléfono. Por primera vez, la voz imperiosa de una mujer, me cortó mi cantinela.
- Soy Mochita. Diga a don Jaime que le llama su amiga Mochi.
“La madre de Lukas”, pensé. Me quité las andarinas de encerar, las arrimé a una butaca y comencé a trepar las escaleras que me llevaban directamente al estudio del señor. Dormitaba. Le soplé en sus párpados. Le dije:
- Don Jaime, le llama Mochita. Su amiga Mochi.
Sabía que ella había sido el gran amor de su vida. Una puta con casta que posó cientos de veces, siempre con mantón de Manila al lado de un violón.
- ¡Mochita enana! ¿Dónde está Mochita?-dijo don Jaime.
- Al teléfono, señor.
- ¿Tengo que bajar?
- Aquí no hay más que un teléfono. En casa de los Batarrita, tienen cuatro.
- ¡Los Batarrita son muy ricos!
- Todo el mundo sabe que nos están robando las chimeneas de las fábricas. Espere, señor, que le quite una mancha verde que tiene en el hombro. Es una mancha preciosa.
- Todos los colores son hermosos. Deja mi mancha.
- Doña Antonia no le hubiera dejado hablar por teléfono con esa mancha verde.
- Doña Antonia San Román es difunta. Ahora me deja hacer lo que quiera.
- Usted lo hace, pero a ella no le gusta
- ¡Mochita!- gritó don Jaime con voz juvenil- ¿Eres tú?
- ¡Mochita enana, jodida y requetejodida! Aquí estoy, Barón de Escarpín. Sé una cosa mala que te va a moler el alma.
- No me la cuentes.
- Te la tengo que contar. Ha venido Fortunata, Nata, Nata, la puta de Villaconejos, amiga de Ángela Societé. Ya sabes.
- Calla, bruja. Hoy es día de difuntas. No me hables de ángeles muertos. Ángela Societé. ¿Qué sabes tú de Ángela Societé?
- Lo que me contaste un día. Te dejó huella. Luego se murió comprando fresas a un cojo. Debieran de prohibir vender fresas a los cojos. Matan.
- Todos los muertos te labran el cuerpo.
- Fortunata Nata, Nata, la puta de Villaconejos cuenta que un día le presentaste a Lukas.
- Puede ser.
- Lukas está en París.
- A mi pesar.
- Ella lo ha visto. Fortunata trabaja de camarera en un cabaret donde van escritores. Parece ser que Lukas es escritor. No lo malees. ¿De qué viven los escritores?
- Lukas quiere ser escritor, sí. Escribe cuentos. ¿Qué quieres que haga yo? A mi no me parece mal que vaya a París a gastarse unos cuartos y sueñe con ser Cervantes. Lo que me parece mal es que huya como un ladrón, sin despedirse, con una maleta llena de ceniceros de plata, tortugas cinceladas y dos telas mías para malvenderlas en el Mercado de las Pulgas. ¡Ay Mochita! ¡También a los ricos nos salen hijos locos!
Cerré los ojos. Recordé aquel andar de medio lado que tenía el muchacho, como un perro cojo, como un perro apaleado por jugar con una gallina de pelea. Esperé a que el señor colgara el teléfono. Me coloqué frente a don Jaime. Me miró extrañado. Levantaba las cejas y me contemplaba con estupor. Consideré que su turbación había llegado a su punto final. Dije con pereza:
- Las dos telas que se llevó Lukas a París se las puse yo en su maleta. Seguramente me debe mucho más de lo que pueden valer. Llevo setenta y tres años brochando el suelo que ustedes manchan con las suelas de eso zapatones ingleses que se poner para jugar al golf. Y otros setenta hablando por teléfono como una idiota.
Se hizo el silencio. Era una tregua. Ninguno de los dos, señor y criada, nos imaginábamos por donde se iba a descoser nuestra relación. Me temblaban las bolas de los ojos. Don Jaime me miró aturdido. Se agachó. Se desabrochó sus zapatos. Se los quitó y salió descalzo de la habitación. No me encontraba bien.
Aquella misma tarde subí al camarote y lo revisé a conciencia. Había un ángulo metido en otro ángulo y éste dentro de un trapecio de paredes. Me costó llegar al fondo. Encontré dos cojines. Uno lo puse en el suelo y el otro lo recosté contra la pared. Sabía que no iba a subir allí nadie. Ni tan siquiera que me buscarían en ningún lugar del mundo. Todos pensarían que me había marchado. Llené una botella con agua y me senté en mi escondite. Me di de vida lo que el agua de la botella me durara y quizá algún día más.
 
Los huesos de Melitona Sangróniz aparecieron cinco años después. Un hijo de don Jaime la reconoció por su lazo sempiterno. Ordenó a un criado que llevara los huesos mondos al cementerio con el recado de que ya pasaría él a decir donde ponerlos. El criado los metió en una maleta pequeña en donde todavía había pellejos de alubias, los dejó encima de unas zapatillas de encerar el suelo y cerró el camarote con llaves.



Arrigúnaga, 18 de agosto de 2013.


 
FIN

 






sábado, 3 de agosto de 2013

LA DECISIÓN DE LUKAS (De la saga MOCHITA. MCMLXV)


A don Jaime Iturrate no le llevaron a la tumba sus ochenta y dos años ni el disgusto que tuvo con el Director del Museo de Bellas Artes. Al abuelo le llevó a la tumba el disgusto que le dio Lukas cuando se marchó a París a encontrar su vida y que la abuela se muriera sin avisarle. Son  puñales que roen el corazón. El abuelo quería estar todo el tiempo pegado a las pulsaciones de su nieto sin pensar que el muchacho había cumplido 20 años y sentía asfixia de él. Parece ser que el anciano había olvidado que gran parte de su juventud la pasó en París, primero con una beca de la Diputación Provincial y más tarde cinco añazos, cinco, en Italia, en el estudio de los mejores profesores. Eso sin contar todos los viajes que hizo a París en busca de putas para pintarlas con media teta así y medio culo asá y para comprar tejidos mágicos, satenes y sedas para copiar sus brillos y veladuras con sus colores cálidos encima de la carne de los retratos. Y cuando le dio la chaladura de pasarse horas muertas copiando las hilanderas en el Museo del Prado porque decía que se le estaba olvidando pintar. Y los viajes a Londres con la abuela a su casa de Wimbledon Park y aquellos trayectos que hacían en metro a Horrods, en Knightsbridge  a la sección de Food & Wine. El exquisito abuelo de Lukas, don Jaime Iturrate, Tercer Baron de Escarpín, podía hacer lo que le picaba por ser quién era y Lukas no podía hacer lo que le pedía su coco, que eran muchas, muchas cosas. Por eso tenía el corazón revuelto, ácido, con esa especie de sal gorda que lo envuelve cuando eres joven y hasta la piel del cuerpo se siente infeliz. Lo hizo. Pero lo hizo mal. Sucio. Como un maleante. No tenía dinero. En casa había muchos cachivaches inservibles: pequeñas colecciones de cajitas, un microscopio, los muñecos de su bisabuelo que permanecían en una pared de un cuarto que siempre le dio yuyu; colecciones de mariposas atravesadas por un alfiler de cabeza dorada. Cogió algo de todo También un par de banderillas de corrida de toros y lo que no debió coger nunca: dos lienzos de tamaño pequeño pintados por su abuelo al aire libre. Lo malo es que no tenía ni idea ni en donde, ni a quién, ni cómo podría vender su hurto. Lo peor: ni siquiera sabía lo que podría pedir por ellos. Lo plegó todo en el fondo de una maleta también del abuelo y se fue, adiós para siempre, adiós, en el tren de  San Sebastián y por último en el Topo a Irún. Cruzó el largo túnel que conduce a Hendaya. Mostró su pasaporte y se sentó cerca de las once de la noche en un tren en cuyos coches pendía un letrero blanco con el nombre París. Lukas ya había estado en París con el abuelo viendo pintura en el Louvre, en el Museo de Arte Moderno y en otro con la fachada plagada de cañerías de colores, algo realmente feo para ser un museo. Y también en Les Halles, la gran despensa de París, comiendo mejillones al vapor y ostras con limón. Subió en un vagón de segunda clase y se sentó frente a un hombre de treinta a cuarenta años con los ojos muy grandes. Cuando el tren comenzó a rodar por la playa de vías de Hendaya, el hombre de los ojos grandes, que estaba sentado enfrente de él, le dijo con una voz envolvente:
-¡A París!
-Sí señor, a París.
-Su maleta cuesta mucha plata. Mejor que la deje a buen recaudo si no quiere quedarse sin ella.
-Sin la maleta.
-Sin la maleta y sin lo que lleva dentro.
Levantó la cabeza y la miró. Su cuero color whisky cubierto en parte por pegatinas de grandes hoteles no le dijo mucho. Recordó su contenido. Miró a los ojos grandes del hombre de enfrente y sin pensarlo dos veces, se levantó, se estiró y recuperó su maleta. Luego la puso en el suelo, entre sus piernas y la pared del coche. El argentino, porque el hombre de enfrente era argentino, le sonrió y cerró sus ojos grandes. Los dos primeros días Lukas vivió en su casa, en el Marais, en un apartamento que daba a un patio interior en donde olía a aceites y alcoholes provenientes del taller de un luthier que tenía un loro. En el patio había además una tienda de mantequilla, una docena de gatos, un cojo que algunas veces se atrevía a salir a pedir al callejón y, en medio, una higuera vieja, seguramente de la época de la Revolución, pero todavía vigorosa, que  conducía a Lukas a un libro recién leído La muerte de la higuera, de Robert Sabatier, en donde también había un patio con una higuera y un fabricante de violines que se llamaba Cremonesi. Al tercer día salió en busca de su propio apartamento porque el argentino de los ojos cautivadores le estaba siempre mirando. Después de caminar toda la noche se encontró en la calle Paul Valery, no muy lejos del Arco del Triunfo, frente a una formidable casa y frente a su portal (por poco la pisa) una mujercita vestida de azul, con el pelo teñido de azul y con dos brochazos azules en las mejillas. Entonces recordó que hablaba francés y le preguntó si sabía de algún lugar para alquilar por los alrededores. La mujercita le dijo que un médico del segundo piso alquilaba una guardilla a buen precio. Sólo le preguntaron si era estudiante o escritor. Dijo que ambas cosas. Y al poco se vio dentro de un espacioso lugar en donde había una gran cama, un sofá nuevo, un tocador que servía de mesa y al fondo una fregadera al lado de una cocina eléctrica. Al marcharse le mostraron el retrete en el pasillo, común para todos los rectos de las guardillas y le anunciaron que podría bajar a su casa los jueves a bañarse. También le dijeron que si se sentía enfermo, el médico le atendería y no le cobraría. Les dio las gracias y cuando se encontró solo abrió el maletín, sacó la poca ropa que había traído consigo y dejó su tesoro en su interior. El  italiano le había informado cómo debía llegar a la puerta de Clignancourt, al mercado de las Pulgas, en donde se ponían los domingos vendedores de toda clase de objetos. Fue. Llevó las banderillas y dos cajas con mariposas. Se colocó al lado de un viejo que vendía cartas de amor auténticas por un franco nuevo y otro que vendía dientes postizos también auténticos. 
El viejo que vendía cartas de amor le dijo que los dientes postizos eran de gente fallecida y el que vendía dientes postizos le aseguró que las cartas de amor las escribía él con tinta china aguada. Cuando llevaba una hora en pie, el de las cartas de amor le preguntó si era brocante o turista. Lukas le respondió que en el paquete llevaba un par de banderillas y unas mariposas disecadas.
-Togó -le dijo muy interesado.
-Sí. De toro. Son verdaderas. Quiero decir que se usaron en una plaza de toros con un toro muy bravo. El toro se llamaba Solimán. Todavía tienen manchas de sangre. Mire.
En el momento de mostrar las banderillas se hizo un corro a su alrededor. Un hombre de piel muy blanca y con mucho tocino le preguntó si quedarían bien en la pared del cuarto de baño. Un americano afirmó a su esposa que era un recuerdo maravilloso del viaje. “Estamos en París, no en Madrid”. Le respondió ella. Luego desaparecieron todos.
-Siempre es así -le dijo el de las cartas de amor-. Miran la novedad. Tú ya has echado el anzuelo, ahora a esperar. Creo que volverán los americanos.
Volvieron después de comer, a media tarde.
-¿Cuánto?
-Cien francos.
-Cincuenta.
-Cien francos. Son verdaderos.
-Cincuenta.
-Cien. Valen más.
-Cincuenta.
Entonces le entró una especie de pánico escénico. Comprendió que el turista estaba a punto de irse y dijo bajando la voz:
-Cincuenta.
El viejo de los dientes le dijo:
-Si usted quería cien, tenía que haber pedido doscientos. Es la regla.
Le iba a responder algo pero prefirió marcharse a casa. En el fondo estaba loco de alegría. Se compró una baguette y jamón de Bayona para cenar. Se sentó frente al tocador y escribió:

“En el fondo se querían como lo que eran: un vendedor de dientes postizos y un vendedor de cartas de amor. Sus herramientas de trabajo eran parecidas. El vendedor de dientes postizos usaba una pequeña lima para amoldarlos a las encías de sus clientes. El vendedor de cartas de amor tenía una pluma de mango azul y tres aceros ingleses con los que copiaba las cartas de un catón del siglo XIX. Vivían juntos y dormían en el mismo catre dándose la espalda, porque no tenían más. Comían del mismo plato y bebían del mismo vaso. Tan sólo hacían una cosa íntima con diferente material: limpiarse el culo. El vendedor de cartas lo hacía con Le Monde. Era de izquierdas. El vendedor de dientes postizos lo hacía con Le Figaró. Era de derechas”.

  Lo leyó despacio y se levantó de su silla dando un respingo. Aquello era el comienzo de un cuento. Por lo menos de un cuento que lo enviaría Dios sabe dónde para que se lo publicaran. Era bueno. Estaba seguro de que era bueno. Se volvió a sentar en la silla, frente al espejo del tocador. Volvió a leer lo que había escrito y volvió a levantarse y a dar otro respingo. Entonces se vistió el chaquetón y salió a la calle a caminar hacia la puerta del Lido. Allí había carne con dos piernas y dos piececitos con zapatos de tacón que olían rico. Maracumba teté. La última vez que estuvo en París con el abuelo, por las noches se tenía que quedar en la cama del hotel porque don Jaime Iturrate se vaporeaba bien el cuello y los puños de la camisa con aquella colonia que olía a azúcar y miel y salía con un cuaderno grande y media docena de lapiceros en busca de putas gordas o demasiado flacas para plasmarlas de alguna manera, siempre soltando plata. Al amanecer, cuando llegaba a la habitación del hotel, encendía la luz de una lámpara de lectura y según iba pasando los apuntes bajo los rayos de la lámpara, rasgaba con rabia el papel y cuando terminaba de rasgar toda su cosecha se echaba en la cama vestido y se quedaba dormido casi sin respirar, como un muerto reciente. Era cuando Lukas se vestía en silencio y salía a trotar, a mirar los carteles de los cines, a apoyarse en una puerta del Lido para ver el tipo de gente que abandonaba el local, ya empleados y algunos pelmas que corrían a la orilla de la acera, a las bocas de riego a echar la vomitona. Una madrugada apareció una negrita, una negrita con el pelo corto y un vestido marrón ceñido al cuerpo, ceñido como un látex al sexo de un hombre potente. La negrita parecía una muchachita linda, una jovencita con el vestido de goma marcándole sus formidables curvas de mujer, porque era una mujer con todas las de la ley. La negrita se quedó en la puerta, seguramente esperando a alguien, pero todo el tiempo que estuvo esperando a alguien no dejó de mirar a Lukas, por lo menos cuatro minutos sin dejar de mirarle, hasta que se apagaron las cientos de bombillas de la fachada del Lido y el cielo apareció nublado, sin luz suficiente para sentirse alegre, con esa luz que traen los días feos, de color leche. Estaba esperando a un hombre grande y gordo, pelirrojo como una zanahoria recién arrancada de la tierra, que le puso su mano derecha, grande, grande, en medio del culo y la negrita dijo:
-¡OOOOOOHHH!
Y el hombre pelirrojo con una voz de eco de tripa de barrica, como tenía que ser, dijo:
-¡Mira, mira allá en el árbol, en la rama que se inclina, un murciélago se pone a dormir!
Lukas también miró. Y la negrita al pasar junto a él le dijo al hombrón. ¡Anda, dale al chaval cien francos, que me ha estado protegiendo de los golfos de la noche mientras tú llegabas. El tío metió la mano en el bolsillo y le dio cien francos (de los viejos, claro) y un pescozón. El murciélago no era murciélago sino un gatito negro, todo negro, que maullaba desde allá arriba. Lukas iba a subirse al árbol, pero entonces llegó un guardia y le dijo:
-¡Ni se te ocurra! Déjale, siempre baja sólo. Es de las chicas de la limpieza del cabaret.
Lukas no llegaba a los trece años y corrió al hotel a despertar  a su abuelo para contarle lo que le había sucedido, pero su abuelo había volado a alguna parte. Lo encontró una hora más tarde en Las Tullerías pintando un rincón con su caballete plegable y su taburete de lona también plegable.
-¿Es que vas a vivir sin dormir, abuelo?
-¿Qué quieres que haga si es lo que más me gusta hacer? Ya tengo muchos años. Pronto me doblará el reuma, se me nublarán los ojos, me apresarán los catarros y ya no podré pintar.
Desde entonces habían transcurrido seis o siete años y el abuelo seguía pintando con trazo firme. Lukas pensó en él. Encontró una cabina telefónica y llamó a casa. Como siempre se puso la criada Melitona. Después se puso su madre. Escuchó el chaparrón y pidió que se pusiera su abuelo.
-Abuelo, estoy en París escribiendo.
-Está bien que estés en París escribiendo, pero por lo que más quieras no vendas esas dos telas. Valen mucho dinero para darlas a un chamarilero por cuatro perras. Además, las quiero mucho. Te ruego que no las vendas. Dame tu dirección y te mandaré dinero para que regreses a casa inmediatamente. Te necesito aquí.
-Ya me las arreglaré. Ya tengo veinte años-colgó con rabia.
Se arrepintió de haber llamado. Era como si su libertad total hubiera desaparecido de pronto. Su alegría se tornó en tristeza. Desde que cerró la puerta de su casa hasta hacía unos segundos había estado flotando en una feliz independencia que nunca tuvo. Una simple llamada de teléfono la había barrido. “¡Mierda, mierda, mierda!” “¿Es que siempre voy a tener que depender de él?” Dejó la puerta del Lido y echó a andar por los Campos Elíseos hacia la Place de la Concorde, pasó las Tullerías, el museo del Louvre, cruzó Le Pont Neuf y se encontró con Notre-Dame. Subió las escaleras de caracol, recorrió el pasillete, se recostó contra el tejado de la catedral y sonrió. Sus ojos abarcaban mucho, lejos, hasta muy lejos. Su corazón comenzó a latir con fuerza sacando de su fondo, como de un pozo, su perdida rebeldía. Seguía estando en París. Solo. Todavía tenía algo de dinero, el Café de Flore seguía estando en el Boulevard Saint Germain. Lukas volvió a sentir el abrazo de la libertad. No fue al Café de Flore. Bajó las escaleras de caracol sin pedir perdón a los que subían, cruzó el Puente Nuevo, recorrió las Tullerías, cruzó la Plaza de la Concordia y recorrió los Campos Elíseos hasta El Arco del Triunfo. Llegó a Paul Valery, trepó las escaleras, entró en el retrete y antes de hacer lo que tenía que hacer, robó tres cuadrículas de página de periódico de cada uno de sus vecinos y las clavó en la letra E, que era la letra de su cubículo. Entró en su apartamento y se sentó frente a la tabla del tocador. Escribió:

“El vendedor de dientes postizos era polaco, hijo de un mecánico dentista y de una bailarina de ballet. De observar a su padre, aprendió algo de su oficio y de mirar a su madre aprendió a mover con delicadeza sus manos y a caminar batiendo con melindre sus caderas. Su madre y su padre le odiaban porque había nacido fuera del matrimonio y les forzó a casarse. Pero no le pegaban. Sin embargo, le odiaban tanto que una noche le cerraron la puerta de casa y ya no le dejaron entrar más.
“El vendedor de cartas de amor era francés. No tenía ni padre ni madre conocidos porque era de la inclusa. Una monja gorda  le enseñó a escribir con letra inglesa y otra monja pervertida a confeccionar cartas de amor. Cuando le llegó la edad de dejar el orfanato escribió la carta de amor más obscena de su vida y se la dio a la monja gorda como agradecimiento de sus excesos. Fue ella la que le enseñó las partes del cuerpo humano femenino singular y sus usos en clases particulares de no más de un cuarto de hora de duración en su catre de reverenda desde que cumplió doce años. A la monja flaca, la que le enseñó a despertar su imaginación, le regaló su libro de misa con dibujos escabrosos”.

Cogió el folio del día anterior y lo pegó en el cristal del tocador. Hizo lo mismo con éste y lo pegó a su lado. Lo leyó todo seguido. Recordó los cuentos ñoños que guardaba en su casa, los que escribía para su abuelo y se los leía mientras él pintaba en su estudio, casi siempre sentado de espaldas a un inmenso retrato, decían que de la primera baronesa de Escarpín, una mujer imponente con un vestido de niña con un vaso de oporto en su mano derecha. “La mano derecha sólo la usaba para beber, la izquierda era su verdadera herramienta”, le decía su abuelo. “Lo que estoy escribiendo es un cuento de adulto. ¡Esto es lo que quería hacer! ¡Dios!” Pegó un brinco y salió en busca de una baguette y jamón de Bayona. Se creyó un escritor con todas las de la ley. Revolvió su flequillo, echó de menos una bufanda negra y una chaqueta con coderas. Por la acera de enfrente pasaba Vargas Llosa.
-¡Maestro!-gritó-. El escritor levantó ambos brazos y le saludó riéndose.
Al día siguiente fue al Sena a ver qué tenían los libreros de viejo. Una mujer con dos o tres abrigos y con mitones en sus manos guardaba en su cajón gris una buena carga de libros de pintura. Lukas le enseñó un librito de antes de la 1ª Guerra Mundial que había cogido de la biblioteca de su abuelo. La mujer le miró y remiró. Al rato alzó la vista y dijo:
-Cuarenta francos.
-Cincuenta-dijo Lukas.
-Cuarenta y cinco. Es mi última palabra.
-Está bien.
Lukas se sintió libre, rico y feliz. Le gustaba tumbarse en su cama y saberse solo, con la certidumbre de que nadie iba a llamar a su puerta porque nadie necesitaba nada de él. Escuchaba la lluvia golpear en los cristales que daban al patio y cuando granizaba, el picoteo de los granos en el tejado. De vez en cuando se levantaba y miraba por la ventana a las otras ventanas.
Nunca se asomaba nadie al patio.
Oía pisadas en el pasillo. Unas veces se detenían antes de llegar a su puerta. Después escuchaba el ruido de la llave y al de unos segundos un portazo. Era todo lo contrario de lo que sucedía en su casa. Allí había demasiada gente para poder sentirse solo. Entre la familia y el servicio lograban asfixiarle y echarle de casa. En realidad, sólo el abuelo respetaba las idas y venidas de la familia con su habitual silencio. Aquel silencio se había acentuado desde la muerte de la abuela, doña Antonia San Román, una noche de frío y lluvia en la que no pudieron encontrar al abuelo en ninguna parte. La abuela se había puesto enferma a media noche de algo malo en el corazón. Guillermo, su hijo mayor, que llegó a tomarle el pulso cuando todavía respiraba dijo que tenía el corazón loco. Cuando llegó el médico, Enrique, su otro hijo, dijo que su madre se había muerto con el corazón loco. “Posiblemente ha sufrido un infarto”, dijo el médico. “Algunas veces el corazón se vuelve loco para morirse”, añadió el médico, no se sabe por qué. Por eso en casa de Lukas nadie pone en duda que la abuela se murió con el corazón loco. Don Jaime Iturrate había estado en un garito nuevo en el que le habían dicho que habían arribado cuatro morenas andaluzas con las pecheras gordas. Se había pasado la noche intentando pillar el mohín a una puta tapón que olía a colonia y fatiga y le trataba de marqués. Al amanecer recogió sus cachivaches como un pescador con mala suerte y llegó a casa cuando salía por la puerta principal el párroco de San Ignacio con la solapa del abrigo en las orejas y los óleos en el bolsillo.
-Mejor que entre y ponga orden -le dijo el párroco-. Ahí les he dejado discutiendo si es mejor dejarla en la cama de cuerpo presente o  en el ataúd.
-¿Es que se me ha muerto alguien? -preguntó don Jaime con el sueño en sus párpados.
-Doña Antonia. Se le ha muerto doña Antonia, mientras usted manchaba su pincel.
Don Jaime se deshizo de sus bártulos para ir a agarrarse en donde pudo. Lukas, que lo vio desde los cristales de la escalera salió a socorrerle.
-Corrieron a buscarte pero no te encontraron. Espera, vamos a recoger tu maleta. Se ha muerto de repente, abuelo. Sólo el tío Guillermo llegó a tomarle el pulso - Ambos se agacharon y comenzaron a meter pinceles, espátulas y tubos en la maleta de madera. Don Jaime amarró el maletín contra su pecho y entró en la casa seguido de su nieto. Don Jaime Iturrate subió las escaleras y enfiló sus pasos hacia su habitación. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a hablar con la muerta. El servicio dijo que la riñó por haberse muerto sin esperarle. Pero el servicio de don Jaime siempre tuvo demasiada imaginación. Cuando salió de su habitación dijo a sus hijos:
-Siempre pensé que me iba a sobrevivir.
Desde entonces, don Jaime comenzó a distanciarse de su familia. Sólo sonreía cuando Lukas le leía sus disparatados cuentos. Al resto de la familia les trataba con el cariño de siempre y a sus dos hijos les preguntaba que qué tal iban las cosas en la fábrica. Ni a don Jaime le interesaba cómo iban las cosas en la fábrica ni sus dos hijos tenían idea de las cosas de una fábrica que ya no era del todo de la familia. Ellos tenían dos preciosos despachos de caoba por los que don Jaime luchó con el consejo de administración para que sus hijos no se quedaran sin tener a dónde ir. Ni Guillermo, el mayor, ni Enrique, el menor, acabaron el bachillerato. Además de los dos flamantes despachos, les dejó algunas representaciones de venta de hierro y un sueldo suficiente para poder vivir sin trabajar. Tampoco él entendía demasiado de transacciones mercantiles ni falta que le hacía. Sus dos hijos eran solteros y vivían en la casa que un día levantó el abuelo de don Jaime, el Primer Barón de Escarpín. La chica, como llamaba don Jaime a su hija Rebeca, estaba casada con un bailarín cubano, que se movía por los teatros de Europa como profesor de ballet clásico. Guillermo y Jacinto, sus hijos, apenas lo conocían de vista. Rebeca, la madre de Lucas, estaba locamente enamorado de él y casi siempre estaba de viaje. El bailarín se llamaba Emeraldo Renato Renato. Poco antes de casarse don Jaime le preguntó si sus papás eran primos y él le aclaró que era hijo de padre desconocido y que lo de repetir el apellido fue cosa de su mamá para no quedarse sólo con uno.

En las largas tumbadas del último piso de Paul Valery, bien envuelto en una manta, Lukas pensaba muy a menudo en su familia. “Mucha gente y poco amor”. La casa era lo suficientemente grande para tener cada uno su agujero “¡Menos mal!” Y hasta si estudiabas las costumbres de sus moradores no era difícil atravesar sus largos pasillos y extensos salones sin cruzarse con nadie. Hasta las criadas, casi todas viejas, realizaban su trabajo con independencia. Sólo el tío Enrique no guardaba las formas y recibía a sus muchachitos de trece y catorce años en el salón de las butacas y les repartía meybas de pata corta para que se probaran y poder ver a quién le quedaban mejor. Los chavales, casi todos de un colegio de frailes, dejaban guiñándose los ojos que su tío Enrique les pasara el brazo por sus hombros, aunque Encarnita, una chacha vieja como el trinchante del comedor, contó sujetándose los dientes postizos, “se me caen de la risa”, decía ella, cómo don Enrique le quiso tocar la aldaba a un chaval crecido y éste le meó en la mano sin ninguna consideración ni a la edad ni al recato. El tío Enrique era marica sin más. No era de los que dejaba caer las manos dibujando ángulos rectos, ni de los que arrastraba las sílabas cantando. Era un hombre bien hecho al que le gustaban los chicos no se sabía hasta donde. Alguna vez el abuelo le dijo que debiera de elegir amigos un poco mayores, más que nada por el qué dirán.
-La pureza tiene edad.
-Y la edad aleja a las leyes y a los jueces -le respondió el abuelo.
Lukas escuchó alguna vez al abuelo regañar al tío Enrique, sobre todo cuando el abuelo se encontraba con un tropel de críos corriendo por la terraza, pero no se quedaba a escuchar sus razonamientos porque sabía que el abuelo llevaba razón y que su tío se podía poner realmente cursi.

El vendedor de dientes postizos se puso enfermo de temblor. El vendedor de cartas de amor llamó a un médico negro que trabajaba en el dispensario del barrio, que cobraba una pastilla de mantequilla o lo que tuvieran en casa sin usar demasiado. Les dijo que nadie se moría de temblor pero que se temía que ya no podría ajustar dentaduras de muerto a ningún vivo. El vendedor de dientes postizos metió en una maleta todos los paladares antiguos, aquellos que tenían color a teja mojada y también dos docenas de cajas de dientes clasificados en molares, premolares, incisivos, caninos y dientes en general. Le vendió las dos maletas a un colega especialista en accidentes cinematográficos de rostros, sacó un billete para Marsella y se fue a vivir con una hermana que tenía una tiendecita de flores de papel para cementerios. El vendedor de cartas de amor sintió la soledad del catre vacío desde la primera noche que reparó en la huída del sacro del vendedor de dientes postizos. Y no pudo conciliar el sueño ni esa ni todas las noches venideras. El vendedor de cartas de amor probó en sustituir los duros huesos de su compañero de catre con piedras planas de la calle envueltas en paños, con el cazo de hervir la leche y con el pucherito de hacer café. Fracaso total. Tras un mes sin dormir acudió a la consulta del médico negro con un paquete con castañas calientes. El médico negro le dijo que sufría de una enfermedad de amor que le llamaban ausencia del hueso mullido y que no se curaba nada más que con la recuperación de sus costumbres difuntas. Entonces el vendedor de cartas de amor recogió todos sus bártulos y se los vendió a una mujer que escribía guiones de radionovelas para una emisora que sólo retransmitía novelas de amor para los obreros del relevo de las seis de la mañana. El vendedor de cartas de amor sacó un billete para Marsella y se fue a vivir con el ex vendedor de dientes postizos que, además de seguir enfermo de temblor también echaba de menos el espinazo del vendedor de cartas de amor. Desde entonces ambos viven en casa de la hermana del vendedor de dientes postizos, duermen en la misma cama y han experimentado bienestar en sus enfermedades.

Lukas leyó los tres folios seguidos, dio tres brincos y metió los tres folios que le habían ocupado el cuento en un sobre y se los envió a su abuelo. Había decidido ser escritor. Antes de embuzonar el sobre, lo besó. Sabía que cuando el abuelo los leyera se daría cuenta de que la decisión de Lukas era inmutable. Tan inmutable como la que sintió él por el amor a la pintura.
Su abuelo le había contado infinidad de veces que la vocación no llama. Llega.


FIN


lunes, 1 de julio de 2013

VIAJE AL REGRESO


  Al dejar el ferry tocó el suelo con los dedos. El claxon de una autocaravana le mandó a la acera. Era el único pasajero que había desembarcado por el pontón.
 Su equipaje era una mochila pequeña de lona.
- El bus sale de aquella marquesina-le dijo un guardia joven.
- Ya-respondió como si lo supiera.
Se terminó el muelle. Vio el paso a nivel y la estación. “Si he atravesado cuatro condados ingleses, no me van a asustar unos pocos kilómetros.” Aspiró. Un cojo le recordó a otro cojo que solía pasear por el puente de Putney llamando putas a las señoras que entraban a beber sidra en los pubs de antes del puente. “Todos los cojos son maledicentes”. Escupió.
Representaba cuarenta años. Tenía cincuenta. Era un hombre guapo. Estaba bien hecho: la carne exacta encima de su osamenta, una piel curtida sin prisa.
Sintió el rugido del motor del bote. Bajó las escaleras de dos saltos y subió a bordo. El botero le tocó el hombro. Llevaba el palo de atraque en la otra mano.
- Se ha colado sin pagar-le dijo.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de pana. Lo revisó. Al rato encontró una moneda. Se la dio al botero.
- Esto no vale aquí-le dijo.
- No tengo otra.
- Si no paga tendrá que saltar al agua.
- Tíreme cuando estemos cerca de la otra orilla. No sé nadar.
Le miró a los ojos. Adivinó que le había mentido. Sí sabía nadar.
- Falto de mi tierra treinta años.
El botero le dio una palmada en su hombro. Le devolvió el chelín. Fue a atender sus cosas.  
Para llegar a su casa no tenía más que caminar cinco o seis kilómetros sin perder el agua del mar. Los clichés del paisaje que guardaba en su memoria tomaron dimensiones reales. Según caminaba, el recuerdo revivía y se modificaba con la evidencia del cambio. No era lo que más le entretenía. Sus tripas ruidosas tocaban a rebato. Recordó que lo último que había tomado en el barco era un té con una chocolatina de máquina. Había hecho el viaje en una hamaca de cubierta envuelto en una manta. También se había afeitado con la maquinilla que llevaba en su mochila. Más adelante, cuando el camino fuera monte encontraría un charco para frotarse los dientes. Tenía miedo. Tenía hambre. Había que comer algo. El miedo viene y va. El hambre se queda. Encontró una tienducha después de subir las escaleras del puerto de pescadores. Entró. No había nadie. Dos tomates. Había dos tomates pequeños encima del mostrador. Los cogió. Estaban muy maduros. Quizá podridos. Tenía un pie en la escalera de la puerta. Un hombre grande le apretó un hombro.
- Los tomates-dijo.
- Están pasados.
- Estén como estén, los tomates son míos-dijo.
Jonan apretó el puño. La pulpa cayó al suelo. Abrió su mano pringosa. Se volvió del todo. El tendero tenía en la otra mano un cuchillo afilado. Jonan disparó su pierna izquierda. La puntera de su bota se clavó en la entrepierna del otro. Salió de la tienda sin correr. Pensó que el tiempo se había detenido en aquellas casuchas encaladas. Sabía el camino. Un niño se disponía a morder un donut sentado en un banco de encima del lavadero. Se lo arrebató. Entonces sí corrió. No es lo mismo quitar la comida a un niño que a un hombre. Corrió hacia el antiguo cuartel con todas sus fuerzas. Comió el donut a pequeños pellizcos. Como los gorriones. Lo comió mirando las peñas descubiertas por la bajamar. Olía a sal y a flor de tamarindo.

De joven esperaba a la camioneta de los militares de la Galea. Le dejaban subir. Su casa estaba al lado del cuartel. Sacó el dedo a un par de coches. Llegó caminando. No había cuartel. Tampoco había casa. Buscó el tejado de su casa desde un altozano. No había tejado. No había muros. También había desaparecido la higuera de higos negros. Sólo estaba el sitio escondido por un erial.
 Buscó el tejado de su casa desde el altozano. No había tejado. Buscó los muros, los perales, la higuera de higos negros. Una hondonada. Un bombazo.
- Donde crece la maleza había una casa-dijo alguien a su espalda.
- Se la llevaron-dijo Jonan.
- Se derrumbó.
- Si no las tiran, las casas nunca se caen del todo.
- La fueron desmontando piedra a piedra. Fueron los vecinos de los alrededores. Llegaban con las estrellas. Traían faroles, linternas. Velas de sebo. Se decía que el matrimonio guardaba una fortuna.
- La higuera.
- Desenterraron sus raíces.
Jonan recordó el sabor de las brevas. Miró por primera vez al hombre. Era alto y tenía un palo en una mano. Era viejo. Si se le ponía chulo, le derribaba de un guantazo. Se decidió:
- A lo mejor lleva algunas monedas en el bolsillo.
El hombre se dio media vuelta y se marchó sin despedirse. Se fue mirando al suelo como cogido en falta en un juego inmoral.
- ¡Espere! Me conformo con un pedazo de pan.
El hombre no respondió. Jonan no le siguió. Cuando estaba lejos, le gritó:
- ¡Escuche! Necesito que me preste una azada para hacerme un rincón en donde dormir. La casa que había aquí era mía. Por lo menos lo fue hasta que desaparecieron ellos de la faz de la tierra.
Entonces el hombre se paró. Silbó como un gorrión contento. Desanduvo el camino. Era más viejo de lo que parecía. Preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Jonan.
- ¿Quieres dormir entre bichos? En los sitios que dejan las casas sólo hay bichos raros. Bichos venenosos que chupan la sangre.
- Usted se llama Andrés.
- Parece que ya sólo quedamos los dos. Es una pena que hayas tardado tanto en regresar.
- Su mujer era coja- dijo Jonan.
- Se murió. Este es un sitio de muertos. Tampoco queda gente en los caseríos de los alrededores. Unos ricos hicieron allí arriba unos chalés. No molestan. En el cruce de caminos acampan gitanos. Vienen en una caravana. Me roban las gallinas y desaparecen un mes. Es inútil hacerles frente. Los gitanos siempre han robado gallinas. No saben hacer peor mal. A cambio, cantan, tocan la trompeta y las noches se hacen cortas. Tienen una cabra que baila España Cañí.
- De qué se murieron.
- Tu padre de ochenta años. Hace seis años. A tu madre le cuidaban las monjas. Ellas sabrán.
- A quién vendieron la casa.
- A mí. Ante notario y dos testigos.
- ¿Y el dinero?                                                                                                                                          - Yo no sé nada. Se llevaron el secreto.
- Por eso demolieron la casa.
- La gente te daba por muerto. Vinieron con picos y palas para buscar agujeros.
- ¿Él o ella? ¿Quién le vendió la casa?
- Tu padre.
- Él no se fiaba de los Bancos.
- Se la pagué a toca teja. Treinta mil euros en billetes de quinientos ¡Mira lo que ha quedado de ella!  Hacía guardia con la escopeta de cazar liebres. Me encerraban en mi casa. Me ataban a un árbol. Una vez me metieron el cañón de una pistola por el culo. Me la metió una mujer. “Si grita, dispara”,  le dijo otra.
- ¿Para qué quiere dos casa un hombre solo?
- Porque el dinero se lo lleva el viento.
- Ya veo. Anda, présteme una azada.
- En mi casa hay una cama. Tengo pan y algo más habrá para quitar el hambre.
- Eso está bien. Primero me da el pan. Luego la azada. Y un pico. También me vendría bien un pico.
- No pierdas el tiempo. De vez en cuando todavía viene alguien y escarba en la maleza. Han trillado los rincones. Dormirás en una cama. Primero el pan con huevos y luego la cama. Por muchos picos y palas que te preste,  no vas a encontrar nada.
- Ya veremos.
Al llegar al portal de su casa, el viejo se adelantó y abrió la puerta de la cocina de un zapatazo. Jonan bebió agua del grifo de la fregadera. Andrés puso una barra de pan encima de la mesa. Abrió la espita de la bombona de butano, encendió con una cerilla la placa más grande y colocó una sartén con aceite a calentar.
- ¿Cuántos huevos quieres?-preguntó.
- Un número impar, no menor de tres-respondió Jonan.
- Cinco.
- Vale.
Eructó. Miró la chepa del viejo.
- De niño, usted me daba miedo.
- ¿Era tan feo?
- Le tenía miedo cuando se emborrachaba y se ponía a dormir desnudo debajo de sus nogales. Los viejos desnudos se parecen a los muertos. El camino a mi casa pasaba por la sombra de sus nogales. Su mujer me hacía rosquillas para que dejara de llorar.
- A mi mujer le gustaban los niños. Me desnudaba porque hacía calor.
- Yo veía a mi padre desnudo los domingos  cuando se lavaba en la cocina para ir a la iglesia y no me daba miedo. A usted le gustaban los críos. Aquí pasaron ciertas cosas. Usted era un viejo guarro. Eso se decía en la escuela.
- Los maestros deben emplear su tiempo enseñando los nombres de los astros que giran alrededor del sol y otras solemnidades de la Naturaleza.
- No eran los maestros. Eran los alumnos los que decían cosas de usted.
- Un hombre, al pasar de los ochenta años olvida su pasado. Para bien o para mal.
- A uno le entierran con su pasado.
- Se nota que has vivido lejos. Tus frases han cambiado la melodía. Desapareciste cuando parió Amagoya, la hija del sacristán.
- Esto no ha cambiado mucho. Mirando desde mi casa, el sol asoma por encima de su tejado.
- Eran otros tiempos.
- Al sol le tienen sin cuidado los tiempos para recorrer su camino.
- Pero tú te marchaste cuando Amagoya parió un niño.
- Sí señor. Me marché y vuelvo ahora. ¿A usted qué le importa?
- Pero no sabías que tu padre había fallecido y que a tu madre le llevaron a una residencia.
- Tampoco sabía que habían derruido mi casa. Igual ha sido usted. Primero se desmontan los solivos de madera y el tejado se viene abajo en un soplo.
- Yo llevé a tu padre a hombros a enterrar. Olía. Te puedo jurar que sus tripas olían como las de un puerco.
- Mi padre me enseñó por donde salía el sol. Sabía mucha astrología.
- Las casas miran al Este.
Andrés puso en un plato cinco huevos fritos y lo colocó encima de la mesa.
- Todo tuyo-dijo.
Jonan comió los huevos sin hablar. Hizo lo mismo con la barra de pan.
- Está bueno-dijo.
- Hay un gallinero en la parte de atrás. Tengo doce gallinas negras. Algunos días me ponen doce huevos. Has estado en el extranjero.
- En Londres.
- En Londres no sirven los euros. A ti no te gustaba mucho trabajar. Un año me robaste un saco de patatas y las vendiste un domingo en la puerta de la taberna. Las vendiste a ojo: cuatro grandes y cinco pequeñas hacían un kilo. Es lo que más me jodió. El saco tenía cincuenta kilos y tú las diste por el precio de treinta.
- Chiquilladas.
- Tu padre te dio una buena paliza con su cinturón.
- Mi padre usaba demasiado su cinturón.
- ¿Has venido para quedarte?- preguntó de pronto el anciano.
Jonan no respondió. Unos segundos antes su pulso se había acelerado de manera inusual. A la vez, le flojearon sus piernas y sintió un sudor frío en la frente. “¡Dios mío!”, repitió media docena de veces en silencio. “¡El cinturón de mi padre!” “¡El cinturón de piel de mi padre!” Estaba convencido de que el viejo Andrés había sido el único saqueador de la casa de sus padres. Hasta hacía unos segundos había sentido unas ganas irrefrenables de lanzarse al cuello de Andrés y de apretar y apretar hasta dejarlo como un pelele con los pulmones vacíos de aire. Esperó con sonrisa de imbécil a que los latidos de su corazón se calmaran. Sólo cuando supo que su voz no le iba a delatar, dijo:
- Primero he de limpiar el entorno de mi casa, amontonar las piedras talladas, las esquineras. En realidad quiero volver a buscar lo que ya han buscado otros. Usted dijo que entregó a mi padre treinta mil euros.
- En efectivo.
- Espero que sea cierto.
Jonan  se quitó la mochila de lona  de su espalda, soltó las dos hebillas y buscó algo en su interior. Sacó una pistola pequeña. Era de fogueo.
- ¿Qué va a hacer?
- Nada. Es para que no juegue conmigo. Por eso quiero que me preste una azada y una manta. Quiero dormir. Pero no eternamente. No quiero morir en una cama de su casa.
- Sigues pensando que fui yo el culpable del estado de tu casa.
- Por lo que veo ya no tiene ganado en la cuadra.
- Ratas. En mi casa sólo viven ratas. No dan leche, pero hacen compañía. Cuando hay tronada se vuelven locas y gritan como putas.
Jonan rememoró un día temprano de su vida. Pudo haberse callado, pero lo dijo:
- Se desnudaba debajo de los nogales en invierno cuando yo regresaba de la escuela. Usted estaba enfermo en invierno y en verano. Los hombres enfermos se desnudan delante de los niños.
- Tú sabes bien que lo estás inventando todo.
- ¿También invento cuando se ponía una moneda de cien pesetas en un ojo, como si fuera un monóculo y me rogaba que le ayudase a quitárselo?
- Eso era mucho dinero. No he tenido una moneda de cien pesetas en mi vida.
- ¿Y tuvo tiempo de ahorrar treinta mil euros para comprarle la casa a mis padres?
- Vendí los animales. ¿No has visto los chalés que han levantado en mis huertas? Sigue en pie mi oferta. Te puedes encerrar en el cuarto con tu pistola y mi escopeta de cartuchos del doce y dormir como un bebé. Mañana coges las herramientas que consideres más apropiadas y limpias la casa de tus padres. Ellos se sentirán orgullosos de ti. Si te quedas a lo mejor te animas y la vuelves a levantar. Era una casa de más de doscientos años. Bebe vino. El agua cría verdín.
- ¿Quieres emborracharme, viejo crápula?
- Tengo una cántara llena. Si me emborracho yo, dormirás tranquilo. Un hombre lleno de vino, no sirve para nada. ¡Salud, vecino! Por lo que veo intuyes en donde escondió tu padre el dinero. Nadie conoce mejor que uno mismo los rincones de su propia casa. Cincuenta hombres han descuajado pedruscos con barras de hierro, han descubierto agujeros misteriosos, han raspado las tejas una por una, han hurgado el pozo de la cuadra, destruyéndolo, han desmontado los muebles… ¡Dios! ¡Dios! ¡Dime que queda por mirar para encontrar mi dinero!
- ¿No quedamos en que el dinero es mío?
- El dinero es tuyo y lo que queda de la casa es mío. Así son las cosas. Pero resulta que no hay dinero ni casa. Seguramente tu padre se lo dio todo a las monjas para que cuiden a tu madre. ¿Crees que no lo he pensado? ¡Brujas! ¿Crees que no las he interrogado?  Hasta les ofrecí un novillo bien cebado por una pizca de información. Una frase corta como un amén. Nada.

Era tiempo de luna llena. Redonda y amarilla encendía la noche. El viejo roncaba desde hacía una hora. La luna se colaba en la habitación de Jonan por un ventanuco con barrotes. Sólo se llevó un pico. Desde la pequeña colina admiró el óleo que le pintaba la luna. Faltaba su casa. En tres saltos bajó a la carretera asfaltada y diez minutos más tarde trepó sin dificultad la pared del cementerio con la ayuda del pico. El panteón pertenecía a unos tíos abuelos de su madre que se hicieron ricos con el café en Colombia. Seguramente él era ahora su propietario. No recordaba que quedara ningún familiar vivo. Sólo había una balda sin nombre. A su madre le habían puesto una pequeña lápida en donde figuraban sus datos. No lo pensó dos veces. Golpeó con todas sus fuerzas la pared de ladrillos desnudos que se vinieron abajo sin sorprender a ningún muerto. El ataúd estaba hecho añicos por la parte de la vitrina. “¡Explotaste, viejo!” Le limpió los cristales con el pico. Arrastró el ataúd media balda hacia fuera.  La luna estaba ahora justo encima de la boca del panteón. Vio huesos. Metió ambas manos y revolvió su interior. Tocó la hebilla. No podía ser otra cosa: un barco velero que navegó con decisión muchas veces por sus lomos. La soltó con mimo. La sacó con los ojos cerrados. Sólo la miró cuando llegó al grifo de al lado de la puerta de hierro del cementerio. Sacó una camiseta de su saco de loneta, una jaboneta inglesa de olor. Limpió el cuero frotando el cuero con la camiseta de algodón. Se escondió tras una capilla de rico. Se sentó en la yerba. La luna comenzó a esquivar nubes. El cincho reptaba entre sus dedos como una serpiente. Tenía cosido el vientre con una cremallera. Jonan estiró la lengüeta de la cremallera. Sólo cinco centímetros. Estiró cinco centímetros y esperó la luz del cielo. La luna alumbró el esquema de colores púrpura de los billetes de 500 euros. Estaban ilesos. 60 billetes plisados en acordeón en el cinturón que le cosió a su padre un zapatero que se cagaba en los ángeles a cada puntada. El cinturón que su padre utilizaba para transportar sus dineros a las ferias de ganado cuando acudía a comprar o vender. Jonan sacó un billete y metió el cincho por las trabillas de su pantalón.
Durmió encima de la balda de su madre. Durmió tan feliz que no escuchó ni en sueños la tos de madrugada de ella. Salió por la puerta principal cuando los obreros ya trabajan y algunos visitantes madrugadores llegaban  con flores. Jonan se dirigió con el pico al hombro hasta el borde del acantilado. Lo arrojó al vacío. Buscó el camino por el que había venido la mañana del día anterior. No sintió emoción alguna cuando llegó al casco del pueblo, arriba de donde había robado el donuts al crío. Tampoco cuando entró a un Banco y esperó a que le cambiaran el billete de 500 euros. Un pensamiento nuevo ocupaba ahora un lugar en su cabeza: su casa que no era suya arruinada hasta los cimientos. Pero para cuando llegó a la desembocadura de la ría, estaba tranquilo. En realidad, le daba igual. Sus padres se habían muerto y el viejo exhibicionista seguiría persiguiendo a los críos gitanos. No sentía ninguna satisfacción al encontrarse con el cinturón de su padre, ahora deshuesado. “¡Buen cuero el del zapatero!” Al fin y al cabo todo se quedaba en un chiste. Si uno se esconde de su choza le cambian la vida. Toca jugar.
 Vio un hotel frente al marítimo y pidió una habitación. También encargó que le sacaran un billete en el ferry a Portsmouth en silla de cubierta.
Por la noche fue al centro de la ciudad. Todas las calles estaban iluminadas. No tenía prisas para mirar los tranvías, ni las bocas del metro. En treinta años puede cambiar mucho tu lugar de nacimiento. Él apenas recordaba cómo eran los veinte que había vivido bajo aquel cielo. Quizás la luna pintaba el paisaje con los mismos colores de antaño. Lo demás era un camelo. Caminar es el único ejercicio que se cura sentado en el banco de un parque.  
Allí se quedaba lo que había: el viejo impúdico de Andrés sin venganza, un hijo de treinta años, los padres enterrados con cura y mementos. Metió una mano en el bolsillo y contó trece con cincuenta y tres euros. También vio al chelín que trajo consigo.
Al amanecer llegó al Hotel. Se quitó el cinturón, corrió la cremallera y revisó su interior vacío. Aunque el siete y medio siempre se le había dado mal, el casino en el que había jugado era hermoso. Había cenado con champagne francés. Le habían regalado una corbata azul con la insignia del Athletic.
 El ferry esperaba atracado en el mismo lugar en donde le había dejado. La vida funciona por lo general según la ordenas. Después de un día de mar y unos días sin prisas, por debajo del puente de Putney, el Tamesis seguiría el curso de las mareas.





FIN