sábado, 25 de julio de 2015

ALZHEIMER



Mi padre reparaba el tendedero que rompió el viento. Además del alambre de colgar la ropa había un cerezo y un peral. Cerca del seto brotaban las violetas de la abuela con las que curaba las heridas. Pero ese milagro sólo sucedía en primavera. Mi hermano Judas me dio con un hueso de cañada de vaca en la cabeza un día de mayo y la abuela me curó la herida con flores de violetas.  A esta abuela la queríamos tanto que mi madre trajo sus cenizas a casa y las colocó encima del piano de cola que le regaló mi hermano. Es increíble las cosas que tienen los ricos después de haber sido pobres. Judas es mi hermano mayor, después nació mi hermana y luego yo. Mi hermano Judas era el mortal más guapo de Getxo. Mi hermanita decía que tenía un culo 10.  A mí lo que más me gustaba era verle subir y bajar su nuez.  Si se daba cuenta que le miraba se ponía rojo como un tomate. “¡Quieto Jud!”, gritaba mi madre para desfogarle. Ahora que ella está muerta, no habrá nadie que le llame Jud.
 Dicen que mi padre, de joven, tenía un humor desaforado. No soportaba  a los individuos sin sentido del humor, le irritaban de tal manera que estaba convencido que de ellos era el reino de los cielos. No soportaba que por ser cortos, les tenías que pedir perdón. Luego, al comprender que su hijo tuvo que valerse a menudo de sus puños para defender su nombre, comenzó a llamarle “Oye Tú” para arreglar su entuerto por haberle bautizado con el nombre del apóstol malo. 
De la abuela de las violetas recuerdo muchas cosas. De los otros abuelos, casi nada.
Mi padre había hecho un hoyo de unos cincuenta centímetros con la barra de hierro. Después de cada golpe se ponía de rodillas y sacaba con un cazo la tierra suelta. Llevaba haciendo la misma operación desde que regresamos del cementerio de dar tierra a nuestra madre. Hacía mucho tiempo que no veía a sus tres hijos juntos. De vez en cuando nos miraba por el rabillo del ojo. ¡Vete a saber en qué estaba pensando! En la iglesia quedaba un cura viejo que tocaba el “Ángelus”. Había tanto silencio que las campanas llegaban al cerrado de nuestra casa con la misma nitidez que cuando éramos niños. Mi padre levantó la pilastra que había subido de la playa casi hacía un año y la puso en el agujero. La calzó con piedras y las fue incrustando con la barra de hierro alrededor del puntal. Mi padre ya había cumplido setenta años y ninguno de nosotros tres bajaba de los cuarenta. Una mujer sana y dos hombres fornidos contemplamos colocar el machón de en medio del alambre de colgar la ropa, con el mismo arrobo que cuando fuimos niños. Era un trabajo de padre. Bajar a la playa todos los días de mareas vivas, subir el machón y dejarlo contra la pared de casa al sol hasta tener la certeza de que se había secado, era un trabajo de padre. Así había sido siempre. Otra cosa que hacía mi padre era labrar la huerta con el caco, sembrar patatas y plantar rectas las filas de cebollas y puerros.  Clavar el poste de colgar la ropa era un trabajo superior, de pater familias, de jefe de tribu. 
Judas llegó a tiempo al entierro. La última vez vino con su mujer, una señora de color zanahoria que se llamaba Ramonita. Vinieron en tiempo de  higos hacía tres o cuatro años. Mi hermana guardaba el número de su teléfono debajo del tapete de su mesilla. Mi hermano se había hecho rico comprando y vendiendo pianos. Supo subirse a la levita de un político de la enseñanza y se agarró como una garrapata a su destino. Judas, además de ser un chico guapo, se cuidaba el cutis con peladuras de limón y había aprendido a sonreír con el candor de un niño bueno. Al subsecretario se le ocurrió dotar de un piano a todas las escuelas de la Nación. Judas aprendió del jerifalte el arte de la política y fue ascendiendo escalones de su mano. Fue un triunfador, que sin saber distinguir las fusas de las semifusas, se hizo millonario como tantos chorizos de la buena política.  El piano que regaló a nuestra madre para que colocara la urna con las cenizas de la abuela, pertenecía a la partida de las escuelas de la provincia de Teruel. Este detalle no viene al caso, pero yo encontré una nota en su caja en la que se anunciaba que el piano pertenecía a los doce de más que se pidieron para Teruel.
 Fue mi hermana, quien se dio cuenta de las rarezas de nuestra madre al descubrirla llevando una cuchara bien cargada de cenizas, de la sala al puchero de las alubias.
- Pero, ¿qué haces, madre?
- ¿A ti qué te parece? ¿No ves que llevo sal a la cocina para las alubias? 
Mi hermana sonrió y enterró un beso en sus mejillas. Mi madre también sonrió y puso dos besos en las mejillas de mi hermana. Acompañó a mi madre a la cocina y le ayudó a potajear las alubias con las cenizas de mi abuela. Mi madre probó las alubias con la cuchara de palo.
- ¿Están buenas?- preguntó mi hermana.
- Toma, prueba- dijo mi madre. Y mi madre metió la cuchara en la boca de mi hermana.
Mi hermana era una gran mujer. Aunque Judas la tachaba de cortita, mi hermana era buena. Mi hermano era listo, rico y guapo. Yo era el vago de la familia. La otra vez que nos visitó Judas, me dijo en la campa de colgar la ropa: 
- ¿Todavía sigues con eso?
- Sí, por supuesto- le respondí.
- Es una cosa que no comprenderé. Un hombre hecho y derecho escribiendo cuentos.
Entonces mi madre comenzó a cantar pío, pío, pío, pío  / pío, pío, pío, pan.
Sucedió en el viaje, en el último viaje que hizo Judas con Ramonita para ver a nuestra madre. Cuando trajeron el piano de cola en un remolque para colocar las cenizas de la abuela encima. Mi cuñada me agarró de un brazo y dijo muy gatona:
- No le hagas caso. Es tu hermano. Ya sabes…Sois  un poco locos.
- Según.
- ¿Por qué no dejas de mirar la nuez a tu hermano?
- Porque es bonita. Son cosas de la familia. Él me mira las manos. Y sé que le gustaría cogerlas entre las suyas, pero no se atreve.  
- ¡Fascinante! Voy a pedir a mi marido que en la cena te coja las manos- dijo mi cuñada con entusiasmo.
- ¡Ni se te ocurra! Te aborrecería toda su vida. Los secretos de familia de esa magnitud no se cuentan. Es demasiado hombre para verse descubierto en un jueguecito de hermanos. Yo soy el pequeño de la familia. Cuando tenía cuatro años, me arrojó un hueso de vaca a mi cabeza para ahuyentarme. Él tenía nueve años y todavía no me ha pedido perdón por la brecha que me hizo en el occipucio -expliqué con mi voz tranquila. 
Fue cuando mi hermano se acercó a comprobar si el poste que había clavado mi padre en la tierra estaba lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de un viento sur con seis sábanas puestas a secar. Temí que mi hermano, más que una prueba de resistencia, lo que quería era derribarlo para demostrar a nuestro padre que no había perdido su sentido del humor. Tú inviertes  una mañana en clavar el poste de colgar la ropa y yo lo derribo de un soplo, padre. ¡Ja, ja! ¿Verdad que es genial? Pienso que mi padre también temió que su hijo iba a actuar atolondradamente.
 Mi madre siempre quiso que la enterraran. Todos los días al quitar el polvo a los muebles, se arrodillaba ante la urna con los polvos de la abuela. Pasarle la bayeta como si fuera un candelabro le parecía un sacrilegio. Quizás por eso nos recordaba que a ella la enterraran como siempre. Así se hizo. 
Mi hermano no asistió a la ceremonia, pero vino a buscarnos en su flamante Mercedes a la puerta del cementerio. Mi padre regresó caminando. Mi hermano quiso acercarse al acantilado para contemplar la playa de su infancia. 
- La madre decía que las sepulturas se vacían por el culo para que volvamos al mar-dijo mi hermano.
Le miré su nuez sin disimulo. Le miré de frente porque sabía que se encontraba en estado puro. Pero se interpusieron entre los dos sus ojos húmedos, azules y grandes. Me tomó las manos y acercó su rostro al mío. Me besó. Después besó a mi hermana y se dejó abrazar por su mujer. Al llegar a casa, mi padre ya había llegado. Lo encontramos en el cercado de colgar la ropa arreglando el poste roto.
- ¿Hoy precisamente tienes que hacer eso?-dijo mi hermana.
- Le prometí que lo dejaría fuerte antes de morirme. Desde que se rompió, hace ya dos años, no ha habido día que no me recordara que había que colocar un poste nuevo. Me gustaba que me lo pidiera. “Mañana”, -le respondía-. “Se lo debo”. 
Nos sentamos los tres en la yerba. Ramonita, discreta, se metió en casa a hacer limonada. Cuando éramos niños también  nos sentábamos los tres en la yerba. La madre nos miraba desde la ventana de la cocina y había que ser muy tonto para no adivinar que estaba cantando. Porque mi madre cantaba sólo cuando se sentía bien. Pensaba en el significado de la letra de las canciones. Y sonreía. 
Miré a la ventana de la cocina. Estaba vacía. Miré a mi padre y pensé si ella había amado a mi padre antes de perder la cabeza; Judas, sentado en la yerba, se entretenía contando un gran fajo de billetes; mi hermana, sentada también en la yerba, debió de sentir mi mirada porque volvió su cabeza. Me dijo casi en silencio: 
-  Te ha besado.
Judas se levantó y se dirigió al interior de la casa.  Media hora después dijo mi padre: 
-  Ya está.
Mi hermana fue en busca de nuestro hermano y de su mujer. La seguí. Vi encima de la mesa de la cocina una jarra llena de limonada hasta los bordes y cinco vasos. Subí al piso de arriba. Me asomé a la sala y miré distraído por el ante pecho. De pronto sentí una caída de moral. El coche de mi hermano no estaba. Me dirigí al cuarto que habían ocupado la noche anterior. Tampoco estaba su bolsa de viaje. La cama estaba puesta, Las cosas en su sitio. Grité a mi hermana:
- ¿Los has visto?
- Lo peor es que tampoco está su coche. Se han marchado a la chita callando. Mira- dijo mi hermana.
Mi hermana permanecía sentada en la orilla de su cama. Sin apenas mover un nervio de su cara, levantó sus cejas para guiar mi mirada encima de dos montones muy considerables de billetes de cien euros encima de la almohada.
- ¡Le salió el chulo!-exclamé.
- ¡A ver cómo se lo decimos al padre!- dijo mi hermana.
- ¡Qué más da!  
       

FIN




(Arrigúnaga (GETXO). 1 de junio de 2015.





lunes, 8 de junio de 2015

ÉL


Antes de que el relámpago mutilara el pararrayos, la parroquia se quedó a oscuras. Parece ser que mi madre aprovechó la nocturnidad del templo para romper aguas. Pero no nací en misa en medio de una tormenta infernal, como escuché decir más de una vez. Nací en casa. Mi primera maestra, doña Lola, la que me enseñó a contar hasta cien, me llamaba Niña Trueno. Era por el petardazo que siguió al rayo y que metió el invierno en Getxo. Fue precisamente doña Lola la que encendió su mechero y comprendió lo que le pasaba a mi madre. Le agarró por un brazo y dijo:
- Camina, que te delatan las aguas.
Doña Lola siempre hablaba con palabras de libro. Mi madre afirmaba que la había escuchado decir que había leído El Quijote siete veces sin saltarse una coma.
 Un viejo de los que leen la epístola por falta de curas, arrastró sus botas por los altares prendiendo las mechas. Los pabilos trajeron sombras a las paredes del templo. Doña Lola arrastró a mi madre hasta un Audi 100 afrontando con sus cabezas los garbanzos de granizo.
- ¿Hemos dejado a tu pareja dentro de la iglesia? -preguntó doña Lola.

- ¿Conoce a algún hombre que abandone su partida de póquer por una misa?
- Soy maestra de niños- respondió doña Lola.
- Ni por su hija, que ya parece que llega, renuncia a sus arrebatadas partidas a la baraja, ni a las borracheras y el puterío. 
- Será que todavía no ha llegado a hombre.
- A medias, a muchacho.  
Al abandonar el camino del Hospital, mi madre chifló como la sirena de un barco y doña Lola dio un volantazo de los de no queda más remedio.
- Para ir al Hospital creo que hay que dar media vuelta -dijo doña Lola.
Fue aquí cuando mi madre chilló por segunda vez. Su bramido fue como la sirena de un barco de guerra. Las luces de las ventanas de las casas y las farolas del camino comenzaron a hacer guiños. Doña Lola no se aturdió. Sabía donde vivía mi madre.  
- Me cago -dijo mi madre sin pudor.
Doña Lola pensó por los preámbulos de mi madre para traerme al mundo, que el parto iba a ser corto. Al menos es lo que dijo con su rico lenguaje cargado  de ideas:
- Los partos de tres días de duración sólo lo tienen las grandes señoras de nuestra burguesía y la nobleza del Abra. El vulgo se muerde la lengua y empuja con bravura.
A mi madre le dio tiempo de llegar a la cama, mullir las almohadas, resoplar con energía, dañarse la lengua y echar los arrestos. Doña Lola buscó toallas limpias, rasgó una sábana nueva con susurro de enaguas de algodón, calentó agua y comió pan duro. Esperó mascando la miga en paz hasta que asomé mi cabeza. Me ayudó. Me recogió en su delantal. Después, tras cambiar a mi madre y a su cama, limpió la tarima con agua y vinagre, me puso dodotis y un buzo de papel. 
- Me quedaré hasta que venga tu pareja -dijo.
- ¡Oh, no! Lo mismo tarda un mes en llegar o se le olvida el camino y no vuelve más. Soy pequeña pero fuerte. Después de dormir, llamaré a tía Ángeles. Si no tiene algún hueso roto, vendrá mañana. Se cae, la pobre. ¡Qué vas a pedir! Ya ha cumplido ochenta. Lo peor es que sueña cosas desagradables y no se quita el camisón para contártelas. Es muy impulsiva. Por eso se tropieza y se cae. La última vez me aseguró que a su hermano mellizo, Menelao, lo enterraron vivo por un descuido de su padre. Fue muy comentado. 
- Su padre contaba cerdos en el matadero. Era el  contador oficial de cerdos. No creo que se pudiera dar el gusto de equivocarse. Le hubieran puesto de patitas en la calle -dijo doña Lola.
- Mi difunta familia tenía mucha imaginación, pero sus utopías eran demostrables. Sólo las mujeres somos longevas. Sabemos encontrar hombres hermosos, pero de poca duración. Somos abejas reinas, hijas de abejas reinas y de zánganos predestinados a morir con poca vida -dijo mi madre.
Me dormí en la teta. Me gustaba el olor de su piel y también el de su cama. Doña Lola me cortó el cordón y me arregló el ombligo para que me quedara bien. La voz de doña Lola era caliente. La de mi madre sonaba a infantil, aunque ya había cumplido dieciocho años. Lo cierto es que se estaba mejor dentro de ella que en aquel cuarto tan grande como un comedor de parranda. La cabecera de la cama era una ikurriña  colgada de un akullu en la que se adivinaba con facilidad las uñas de mi madre. En el ara horizontal de la cruz blanca habían escrito con carmín “¡Por los clavos de Cristo! ¡Fóllame!”  Detrás de la puerta colgaba un poto  que enterraba sus raíces en un plástico de cuajada. Y en el  raseado del cielo habían pintado una luna llena con guiño de ramera.
Doña Lola pidió ayuda a dos amigas solteras igual que ella. Por las tarde se juntaban las tres y se disfrazaban con la ropa de mi madre y hacían pases de modelo adornadas con la bisutería de ella. También representaban obritas de teatro escritas por doña Lola en un cuaderno de multiplicar. Doña Lola siempre hacía papeles de señor, creo que para pintarse un bigote con un corcho quemado. Mi madre se reía y aplaudía. Fueron tres días de fiesta. Al cuarto llegó la tía Ángeles, una anciana tiesa de arriba abajo. Se parecía a una silla thonet de haya con pecas apolilladas. Besó a doña Lola y a su guardia y las mandó a casa llamándolas queridas mías y santas mujeres.
- Has nacido desmedrada, cien patitas. Te daré biberones para  rellenar tus huesos -me dijo la tía Ángeles. 
Tenía cinco semanas la primera vez que escuché llorar a mi madre. Creo que la tía Ángeles también la oyó porque vino a nuestro cuarto  y se sentó a mi lado. Respiraba muy fuerte. Me asustó y comencé a llorar. Mi madre dio una patada a la tía Ángeles y la sentó en el suelo. Dio la luz. Exclamó: “¡Dios mío!”. Se levantó de un salto y corrió a ayudar a la tía.
- Creí que Argus se había subido a la cama. Es un perro bueno que trajo Él a casa -dijo mi madre al tomarme en brazos. Era la primera vez que lo nombraba. Me miró como si yo le pudiera comprender a mis cinco semanas.
- ¿Le quieres? 
- En realidad, no lo sé -dijo mi madre.
- Entonces no le quieres. Estás amargándote gratis.
- ¿Y si le ha sucedido algo?-dijo mi madre.
- Los jóvenes tenéis el genio desmedido. Llevo desde que entré en esta casa sin atreverme a preguntarte por qué no le llamas a casa. Pero temía tu humor. Los viejos aprendemos a ser cosas para no molestar -dijo la tía Ángeles.
- Le he llamado demasiadas veces. Quería ser militar.
- ¿Por qué no vamos a su casa?
- No tiene casa.
- ¿Vivía en la calle?
- Vivía conmigo -dijo mi madre.
- Alguna manera habrá de dar con Él -dijo la tía.
- Seguro. Pero yo sabía que iba a ser así. 
Entonces empecé a llorar.
- No le ha gustado mi parecer. La niña entiende, tía- dijo mi madre.
- ¡Otro tanto!-exclamó la tía. 
Volvió a arreciar el granizo contra las ventanas del norte. Desde que nací, mi madre aseguraba que no había escampado un solo día hasta febrero del año siguiente. Es cuando conocí el Parque de los Curas, vi brotar por primera vez las flores de ángel.  Me llevaba la tía en mi coche de ruedas. Mi madre iba por las mañanas a la Universidad a estudiar Enfermería. Algunos sábados venía doña Lola, la que me ayudó a ver la luz. Un día preguntó a mi madre si ya había sacado el libro de familia. Mi madre le respondió con un tono nuevo en su voz:
- ¿Quieres saber si la niña tiene padre legal? La niña figura como hija de soltera. Todavía Él no ha regresado. Ni sabemos si regresará.
Mi madre era contundente cuando le hablaban de Él. Yo supe desde siempre que Él fue lo que faltaba en casa.
 El día que Argus arrancó la ikurriña a mordiscos  del cabezal de la cama, mi madre y la tía me habían sacado al Parque de los Curas para que persiguiera a las palomas. Al regresar a casa encontramos al perro debajo de la cama. “Argus todavía se acuerda de Él”, dijo mi madre. “En la vejez nos volvemos sentimentales”, dijo la tía Ángeles.”  
- Los perros no tienen vejez. Se mueren y ya está -dijo mi madre.
Argus era un perro grande que me paseaba encima de su espinazo hasta que cumplí cuatro años. Doña Lola le dejaba entrar en la escuela y le llevaba el desayuno. Argus permanecía sentado al lado de mi pupitre. Durante el recreo había aprendido a escaparse del patio. Atravesaba el Parque de los Curas y esperaba a mi madre para acompañarla a la escuela en busca de mí.  Son recuerdos que no sólo no se olvidan, sino que se agrandan con el tiempo. Igual que cuando mi madre peinaba a la tía Ángeles sentada en una silla del comedor. Colocaban la silla frente a la ventana que daba al mar y la tía cantaba “El rosario de mi madre”. Tenía un pelo largo y blanco; largo hasta la cintura y blanco como la harina de hacer buñuelos. Le hacía una trenza y con la trenza un moño donde clavaba una horquilla con un clavel de papel azul. Aquella tarde paseábamos los cuatro por el Parque de los Curas: la tía Ángeles, mi madre, Argus y yo. Íbamos al puesto del frío a comprar cuatro helados de chocolate: un momento diferente porque mi madre había sacado el título de enfermera. Ocupamos una mesa. Argus  devoró su bola. Estiró sus orejas. Paró su mirada en la Puerta de los Monagos y arrancó a correr.
- ¡Argus! -llamó mi madre.
- ¿Es Él, verdad? -dije a mi madre.
Era un hombre guapo. A lo mejor era el hombre más guapo que yo había visto. Se sentó en una escalera de la Puerta de los Monagos. Permaneció todo el tiempo mirando a Argus, hasta que el perro se le acercó despacio, como intimidado, moviendo el rabo, con las orejas gachas. También se le acercó mi madre con sus andares de chica buena. ¡Qué sangre de buena actriz corría por sus venas!
- ¿Dónde has estado? -le preguntó.
- Salí de la iglesia a dar una vuelta. Ya sabes que no soy de curas, eso es todo -contestó.
- Podías haber dicho que te marchabas -dijo ella- Te he llamado.
- Fui a dar una vuelta y me entretuve. No hay nada más que contar -dijo Él.
- ¿Por qué no me avisaste?-dijo ella. Después lo miró como miran los jueces a un confeso desde su estrado.
- Comencé a beber. He estado soplando un quinquenio.
- ¿Sin pausa? -preguntó mi madre al hombre bonito.
- Son cosas que suceden una vez en la vida -dijo. 
- ¡Él!- Exclamé con la piel de gallina-¡Ha venido Él sin avisar!
El hombre bonito me cogió y arrimó mi oreja a su pecho. Su corazón martilleaba mi oreja. Le apreté fuerte. ¡Se estaba tan bien!

FIN



Arrigunaga (GETXO), 15 de abril de 2015.

jueves, 30 de abril de 2015

A BORDO DE MIS ZAPATOS

 



 Fueron tres días funestos. Mi madre solía decir que vinimos al mundo con el fatum puesto. “Tu hermano nació con sebo y tú con verdín de mar”. La más bonita,  tu hermana Jokiñe. “Era una niña grande que nació con tirabuzones, rubia muy rubia y que se rió al nacer”. Mi madre me contaba nuestros nacimientos en agosto, generalmente recogiendo tomates en la huerta que mandó labrar mi abuelo. El resto del año contaba poco. Se pasaba los meses cantando rancheras y frotándonos su dedo gordo, mojado en saliva por los sucios de nuestra piel. Fue siempre así hasta que llegaron los días funestos. 
Ella era ya una anciana y me seguía limpiando las orejas con su pañuelito malva en el portal. “Un letrado con las orejas sucias tiene muchas posibilidades de perder cualquier alegato”.

 El primero en doblar la cabeza fue mi padre. Me dijeron que se murió con el puño en alto y cerrado. Jokiñe me contó que dentro de su mano cerrada el amortajador que le hizo las uñas le encontró una mosca. Jokiñe, que era habilidosa, me regaló la mosca en una cajita con ventana de cristal. Era verde, le faltaba un ala. ¡Debió de apretar fuerte, el viejo! Él quería morirse solo. Mandó a mi madre a la cocina por un vaso de agua y aprovechó su ausencia. Siempre fue discreto. El segundo día cerró sus ojos mi hermano Julián José. Todo el mundo confirmó que se murió de pena por el deceso de nuestro padre. “Piadoso sí era” -corroboró mi madre. -“Pero con las perras de los demás”. Mi madre le tenía un poco de ojeriza. “Las madres quieren por igual a sus hijos.”  No es cierto. Es una carrera de amor. Según van pasando los años, las madres van cambiando de preferencias. Por eso es peligroso ser hijo único. O creces tonto o calamitoso. Unas veces te comen a besos y otras te ponen serpientes en el plato.
Fue así como nos encontramos con dos muertos en el mismo cuarto. Mi madre tuvo la ocurrencia y así se hizo. El tercer día faltó a la comida de difuntos mi sobrino Alejo, el muchacho más guapo del Cantábrico, hijo de mi hermano y nieto de mi padre. Su madre, Mari Aundi dijo que había estado vomitando toda la noche por el olor a muerto que salía del cuarto de los dos cadáveres. Y es que a mi hermana se le ocurrió enterrar a nuestro padre y a nuestro hermano el mismo día. Lo que no sabía mi hermana es que ambos se habían muerto con el páncreas ojeroso dando sufrida información a los presentes del insano olor que emiten las vísceras humanas bañadas en alcohol. Los velatorios pueden llegar a ser muy peligrosos. Mi hermana, que era positiva, debió de exclamar: “¡No hay dos sin tres!”

 Yo no pude ir al entierro de ninguno de los tres porque me estaba muriendo en el Hospital de una perforación de colon a causa de un estreñimiento pertinaz. Cuando las desgracias se cuelan por las tejas de la misma casa, no hay quien las pare. Infeliz de mí que, cuando me bajaba la fiebre, no hacía más que leer una esquela tras otra de mi propia familia. Después de la tercera, mi madre me trajo mi propia esquela redactada con un lapicero de carpintero, de esos rojos y azules. 
Antes de dármela a leer le pidió al médico que me mirara el fondo del ojo. “Todavía habrá que esperar un poco”. Mi madre olvidó encima de mi mesilla de enfermo el panfleto de mi óbito, dejó una sombra de carmín en mi piel ardiente y rogó a un celador que la llevara en una silla de ruedas a la parada de taxis. Al de un mes me dieron el alta y me enviaron a casa con la muerte parada, aunque en un plis de comenzar a trotar. Y fue que el cirujano que me operó “a vida o muerte” (cualquier vivo no puede jactarse con eso de “a vida o muerte”), me dejó el veneno de la infección en cinco grapas por si fallaba la chapuza que había dejado en mi colon. Y era que entré con una circunferencia respetable y salí con el grosor de un dedo meñique. Tres meses después me operaron en clínica privada con sábanas de papel y conejo de plástico individual. 


Me hicieron una laparotomía media suprainfraumbilical y otras soluciones. Tras dos meses jugando al parchís con mi hermana y mi madre, quedé vivo con algo de fiebre, lapsus que aprovechó mi santa madre para irse con los muertos de la familia. La fiebre me subió sin compasión, tanto que me amarró a mi cama durante cuarenta días. Por lo que no pude asistir a su entierro, a las misas de salida y las treinta gregorianas que encargó Jokiñe celebrar en el altar mayor. Mis ausencias religiosas fueron juzgadas por el pueblo llano como una falta de respeto a mis muertos. Me negaron el saludo y me llenaron los hombros de algunas libras de fatuidad. El pueblo siempre juzga con cuernos de diablo y hectolitros de envidia. Bien. Parece que la negra baila por otros barrios. La familia ha quedado reducida a mi hermana y a mí. Mi cuñada Mari Aundi se ha arrimado a un esquimal y vive en Groelandia en un igloo de bloques de colorines. Como a Mari Aundi le gusta el pescado con locura, dice que es la mujer más feliz del mundo. Mi cuñada no sabe andar por la tierra sin llamar la atención. Ella es periodista y trabaja de free lance. Si no encuentra una noticia chapeau, se la inventa. Aprendió a usar correctamente las cinco uves dobles  y una hache  (What, Who, When, Where, Why y How). Es lo primero que te enseñan en la Facultad de Periodismo. Ella es lo único que aprendió. Y supo sacarle jugo al coco. 

Los pueblos de veinte mil almas no saben perdonar, no tienen compasión, se hinchan la tripa de risa y ¡ay! si quedas rico, te arrojan piedras. Jokiñe, que ya quedó rica por amor de nuestro padre, engordó su petate detrás de los últimos muertos de la familia. Ambos quedamos parecido, que si ella terminó rica por muertes legales, yo, soltero viejo, ahorré con lo que me dejaron las facturas de mi bufete. Ahorros que sumé a mi herencia y ambos juntamos los terrenos para no reñir. Pocos días después de dar tierra a nuestra madre, mi hermana comenzó a quedarse en casa, a adelgazar y a no encender la radio en la hora que ponían tangos y boleros. Cuando era niño, Jokiñe, que me lleva una docena de años, me subía en el empeine de sus zapatos y bailábamos  muy abrazados los rechupetes de algún bandoneón. Los abuelos arrastraban las butacas del salón y las juntaban. Sentados, aplaudían el final de un toque y la abuela lloraba con su cabeza encerrada en vaya usted a saber en qué lugar secreto de su memoria. Al ver tan perdida a mi hermana, le quité el luto, compré un tocadiscos con una caja de tangos y boleros y me subí al empeine de sus pies.
 Era una tarde bochornosa y nublada del mes de agosto. Jokiñe había entornado las contraventanas de toda la planta baja y esperaba en la cocina a que bajara de mi despacho  para poner la ensalada de verduras en la mesa.
- ¿Por qué quieres enflaquecer, hermana?
- Porque nuestra familia se ha muerto gorda.
Era cierto. Pero yo sabía que su tristeza no se curaba a dieta. Por eso compré el tocadiscos, corrí los sillones del salón y puse Cambalache. Jokiñe recordaba nuestros pasos de baile. Era fundamental para que el invento funcionara. Todavía le quedaba juerga en su interior. Tenía los párpados pintados de azul egipcio; las cejas rectas; las pestañas, negras. Vestido sin mangas, rasgada la falda por su pierna izquierda. Me subí a sus pies y bailamos el tango arrastrado con un encanto difícil de imitar. Lo terminamos pataleando de risa. Mi hermana se repantigó en el sofá. 
- Si es cierto que los viejos se vuelven niños, estamos justamente en la edad de recordar nuestros juegos -le dije desde la cocina. Aunque sabía que no nos gustaba, se me había ocurrido hacer té.
- ¿Te gusta el té?- preguntó Jokiñe.
- No lo sé. 
- Antes no te gustaba. 
- A lo mejor me gusta ahora. Sólo lo sabré probándolo. 
 -¿Has comprado “A bordo de mis zapatos”? Los últimos cuatro versos se te clavan en las sienes. Recuerda: “Ya anochecidas mis sienes / pero el verano en mis sueños, / a bordo de mis zapatos / cruzo la vida y la quiero.” 

Jokiñe ya arrastraba sus alpargatas por la cera de la pinotea del salón. A mala hora. A mala hora porque entonces no pensaba. Y no pensó. Buscó el tango. Lo encontró. Dijo:
- ¡Puff, qué calor!
Abrió el ventanal que daba al jardín. El más grande. Sonó el tango a presión. Me subió a sus empeines y me besó en un moflete. Pitó la tetera cuando terminó el tango. Luego llegaron las palmas desde el guijo del jardín. Después la censura. Fui a cerrar las ventanas. 
- ¡Veinte papanatas!-dije mirando al jardín. Creo que yo también me había alterado. No sumé la fuerza del viento y la de mis brazos. Fue un ventanazo de pecado: primero se rajó el cristal, después se cayó la pieza más grande, con la caída de la punta se acabó la romería ¡Qué más hubiera querido yo! Faltaba el aplauso final y la burla. La burla de la representación del dolor en un municipio de veinte mil habitantes. Y la frase última en boca de una vieja revieja con postillas y cosas peores en su cara de tortuga:
- ¡Lo que me faltaba por ver! ¡Dos hermanos dándose el lote en una casa con olor a cuatro muertos recientes! 
- Se habrán casado en Francia.
- ¡Mujer! Son hermanos.
- En Francia hacen muchas barbaridades. No es como aquí.
- Me parece que la hemos cagado, hermanito.
- Todavía no -dije.
 Les disparé sin apuntar un par de cartuchos de sal gorda. Cargué dos cartuchos de perdigón y disparé a las bombillas de la acera de enfrente. Estaba rabioso. Dejé de hacer el burro al ver a Jokiñe con la frente triste. 
- ¿Tú crees que nos verán? -preguntó con su voz de dar pena.
- Ya se han marchado. 
- Esos no. Los que se han ido.
- Cuatro. Nos hemos quedado huérfanos. No comprendo por qué tienen que pasar estas desgracias cuando el hombre ya ha llegado a la Luna. Tres muertos de la misma familia en tres días. En la cama. Enfermos de algo. No en accidente. En su cuarto. Y luego la madre. Y por poco, yo.
- ¡Calla! ¿Qué hubiera hecho sola en esta casa con ocho cuartos para dormir?
- ¿Cuántos años tienes, Jokiñe?
- Setenta y nueve.  Las calas que rodean la casa las metimos en tierra la madre y yo hace setenta años. La tía Jorgina las llevaba a la parroquia para poner el monumento en Semana Santa.
- Me acuerdo poco de la tía Jorgina.
- Era tía de nuestro padre. Nuestra madre decía que la encontró en la puerta de la cocina un día de navidad. Era guapa, pero olía a chis. Ella me enseñó a bailar los tangos arrastrados. Escribía novelas románticas en cuadernos de aprender a multiplicar. Recuerdo su letra puntiaguda, muy inglesa. Y el sabor de sus natillas…
- ¿Tú crees que nuestros padres se querían?
- Poco. Él más que ella. Nuestra madre era tímida. Nuestro padre era depresivo. Se respetaban. 
- No es poco.
No tomamos el té. Mi hermana olió la infusión y arrugó su nariz. Tras la ensalada comimos pan con queso. No hay mejor infusión que un vaso de vino tinto. Subí a mi cuarto con ganas de recopilar mi pasado. Pero me dormí. Siempre me dormía.
Jokiñe sólo salía de paseo agarrada a mi brazo. Al cruzarnos con alguna vieja, Jokiñe se reía clavándome su codo en mis costillas hasta que me saltaba la risa y apretábamos el paso para escapar de la carcajada manifiesta.
- ¿De qué o de quién te ríes?-le preguntaba.
- Esa señora se llama Celia Cien. Es cinco años mayor que yo. Usa justillos para  dulcificar su cuerpo de gallina vieja. ¿Cómo quieres que permanezca impasible ante una gallina que quiere transformarse en polla? 
En verano nos sentábamos en la terraza y mandábamos extender el toldo. Algunas veces dejábamos el ventanal del salón entornado y poníamos música. Después de la siesta tomábamos dos buches de whisky en tazas de té. La gente paseaba por la acera de nuestra calle y nos rompía los arbustos  para espiarnos. Mi hermana defendía nuestra intimidad con la manguera. Y es que el pueblo, que ya tenía treinta y cinco mil habitantes, seguía igual de insustancial. A la gente le gustaba vernos pasear cogidos del brazo. Éramos la gran incógnita. Los más jóvenes aseguraban que somos un matrimonio encantador, los viejos decían que somos dos hermanos que nos casamos en Francia  para no vivir en pecado. Los jóvenes creen que los viejos vivimos con la cabeza en el tejado. Al llegar a la plaza del Tilo, cuando más gente se junta, alguien entona la milonga “… a bordo de mis zapatos cruzo la vida y la quiero.” Beso las puntas de los dedos de mi hermana y observo sus noventa años ya cumplidos con la palabra tabú en mis labios. Aunque mucho me temo que, lo mismo que sucede con la muerte en la juventud, eso es algo que les ocurre sólo a los viejos.

  

       Arrigunaga (GETXO), 26 de febrero de 2015.


FIN

lunes, 16 de marzo de 2015

CHICO GRANDE


     Escuché decir a la mujer de la limpieza que  le gustaba mi carácter dulce y el ruido que me hacían los dientes postizos. Sus palabras me llenaron de ánimo, de mucho ánimo. Lo que dijeran de mí no me importaba mucho. Pero que alguien hablara de mí, me hacía sacar pecho. Es la prueba fehaciente de que estás vivo. Sabía que a mi nieto Aníbal le gustaba verme contento. Por eso me di prisa en llegar a casa. Mi nieto es  muy sensible y percibe mi temple. Le llamo Chico Grande. Cuando me acompaña a pasear por el borde del acantilado, me agarra de una mano y me aprieta con fuerza. Yo a cambio le enseño expresiones cultivadas. Aprendió a decir “por supuesto”, “sin embargo”, “tal vez”, “parece probable” y un racimo más que ya he olvidado. También le enseño a hacer nudos marineros con una mecha de chisquero. Es el único que me visita en mi sala o en mi cuarto. Además viene a mi jardín abandonado y suele pasar a la huerta a trepar por los manzanos y por los perales viejos. Nada más escucharme decir que había sorprendido a dos señoras  hablar de mí, se sentó a mis pies como un perrillo y puso sus ojos arriba de mi cabeza. Es su forma de decirme que está preparado.

- Una señora  decía a otra que le gustaba mi carácter dulce y el ruido de mis dientes postizos. ¿Qué te parece?
- ¡Pffff¡
- ¿Pffff?
 - No sé si a los maricas les hacen ruido los dientes. 

Desde que tiene diez años me saca los colores. Para él los maricas son dulces y tienen los dientes postizos. ¡Vaya! Precisamente es su aplastante lógica la que me tiene enamorado. Sin embargo, procuro no exteriorizar mis emociones. Un viejo feliz  hubiera echado una carcajada. Pero creo que nadie me ha visto echar una carcajada desde que, ya adolescente, dediqué algunas sesiones en estudiar mi cara delante de un espejo. Aunque siento cierta predilección por el bienestar, mi aspecto malhumorado, de cara de palo, me ha acompañado hasta la vejez. Los antónimos no saben vivir juntos. Una cara de palo riéndose es un buen ejemplo de cinismo. Por eso decidí amaestrar mi rostro en una sola dirección. Pese a ello me quedó un semblante de cascarrabias que asustaba al personal. Valga el ejemplo. Delante de mi huerto hay un bosque de pinos. Detrás de los pinos  se encuentra el pequeño Parque de los Curas. Donde vivían los curas pusieron una docena de bancos, una fuente y algunos sauces. Si está bueno, digo en casa que voy al huerto. Y voy. Pero cinco minutos después paso la carretera y atravieso el bosque de pinos por un sendero en el que, en otoño, crecen  algunos níscalos y bastantes preservativos. 
Los bancos del parque de los Curas son bastante cómodos. Me solía sentar en uno colocado en el ángulo que hacían dos sauces. Era un lugar escondido donde podía sentarme en paz y tener pausadas conversaciones en voz alta. Me encanta discutir conmigo mismo de temas triviales. El día que llegó una señora más o menos de mi edad hablaba del tiempo Me preguntó si se podía sentar a mi lado. Mi cara se estiró al ser descubierto que disertaba sobre la tibieza de los atardeceres con viento gallego. No le respondí. 
Torció su cara y exclamó ¡menudo cascarrabias! Se marchó. Me dije que si había tantos bancos vacíos por qué vino a sentarse a mi lado. Sentí una propensión negativa. Pensé incluso en seguirla para explicarme. Su cara coloreada seguramente con carmín y sus falsas ojeras me frenaron cualquier decisión. Nunca me siento al lado de una mujer madura. Por lo general son tristes y solitarias. Parecen flores cortadas que se marchitan en los jarrones de los cementerios. Las mujeres solitarias que se sientan en los bancos de los jardines suspiran hondo con mucho sentimiento y si entras al capote te cuentan la vida, enfermedades y muerte de sus maridos. Primero tratan de convencerte de tu amistad con el difunto. Tuve que dejar de ir al parque algunos días. La mujer de los falsos coloretes  acudía a mi rincón, se sentaba a mi lado y esperaba entre profundos suspiros que me largara. Lo conseguía en dos minutos.
  Ya al día siguiente de mi jubilación Chico Grande se me enredó entre las piernas. Yo había cumplido 77 años y él tenía 10. Cosa extraña, congeniamos. Preguntaba y esperaba la respuesta. Sobre todo le interesaba conocer mis viajes por el Orinoco y mi tiro certero con una jabalina a la cabeza de un caimán. También le conté la noche que descubrí a un chino en la  despensa del barco y le tiré por la borda. Todavía se me aparece en los cortos sueños de la siesta. Los chinos son muy vengativos. Chico Grande era un chaval sensible. Pese a mi cara de palo no conseguí engañarle. Él sabía columbrar, creo que en mis ojos, la nube de la tristeza y los colores de la alegría. Hasta dejé de ir a la taberna a jugar a la baraja para sentarme a su lado y ayudarle en las tareas escolares. Correr la coma, quitar ceros en las divisiones y esas cosas.
  El día que Chico Grande apareció en la huerta con la anciana impertinente yo había dormido bien, no me dolían los huesos de las manos y estaba pensando si jubilarme también de mi ya escaso trabajo de hortelano. Chico Grande traía a la vieja de la mano. Habían atravesado el bosque, la carretera que colinda con mi terruño y entrado en mis espacios secretos por la calva del seto de zarzamoras. Parecía una lagartija arrastrando su abdomen por la senda de las coles. 
- Me ha preguntado si estabas enfermo. Le he dicho que de melancolía-dijo mi nieto Aníbal esquivando la mala leche de mi mirada.
Estaba sentado en el culo de un cesto al lado de las cebollas. Era mi lugar predilecto. Veía y era difícil verme. Me esforcé en borrar cualquier atisbo de humanidad en mi rostro. Mi difunta esposa me decía que dejara de hacer el mono para no asustar a los niños. Al descubrir su rostro tras un seto, me levanté del cesto con mucha solemnidad (¿se puede ser solemne al alzarse del culo de un cesto?) La escuché a mi espalda. Tenía una voz aterciopelada y cariñosa. 
- Ahora no finja que no me ha visto para darse el piro -dijo.
Me volví como si no hubiera entendido su discreción.
- ¿Usted no es la señora que me despacha de mi banco del parque  echando  aspavientos? ¿No puede con el viejo y camela al nieto?
- ¡Menudos repollos cultiva usted!
Me tocó la fibra. Miré su atuendo. Era una mujer con pantalones de hombre y con colorete de carmín. Chico Grande tenía los ojos muy abiertos. Se estaba dando cuenta que no había tenido una buena idea. Llegué a su lado y puse mi mano en su hombro. Saqué de mi bolsillo la estacha que siempre me acompaña y se la di.
- Corta el repollo más grande y dáselo. Creo que pasa hambre.
La anciana bajó la cabeza, cruzó sus manos y murmuró algo. 
- Pesará más de tres kilos -dijo con su voz hermosa. ¿Es para mí?  
- ¿Es que no le gustan las coles?- dijo Chico Grande.
- Mucho. Pero en el parque no dejan hacer fuego. Vivo en el Parque de los Curas. Duermo en el banco escondido por las acacias. Cuando llueve sé como entrar  en el palomar.
- ¡Vamos!, que no es usted lo que se dice una señora.-dije armándome de mi exquisita educación.
- Soy maestra. Doña Leona Echevarría, para servirle.
- Ve donde tu madre y dile que ponga algo caliente entre pan y pan para una gitana que se ha colado en el huerto -dije a mi nieto.    
- Bueno. Si no le importa, me llevo también el repollo. Es para el trueque -dijo la maestra Leona.
- ¿Cree en Dios? - pregunté a doña Leona.
- Hace mucho que no- dijo.
- ¿Usted cree en Dios? -preguntó.
-  Si creyera en Dios, habría llamado a un guardia.
Se marchó por donde había venido con la col en una mano y con dos bocatas de carne en la otra.
- Esa vuelve, abuelo -me dijo Chico Grande.
- Es inofensiva.
Dije a Chico Grande que entrara en casa a hacer los deberes. Yo me dirigí al Parque de los Curas a fisgar los aposentos de la anciana. No encontré ni rastro de ella. Salí del Parque por la puerta del Diácono Heriberto. Llevaba una temporada de cojera con dolor. Era mi pierna izquierda la que se cansaba y me obligaba a sentarme. Anduve con mi pierna mocha hasta que me senté en las escaleras de una casa con una soberbia puerta de nogal tallada. Me quedé como una perra ramera esperando que mi pierna me dejara caminar de portal a portal. A ratos me frotaba el culo. Hasta que la puerta de nogal se abrió y yo no tuve más remedio que levantarme para dejar paso a una señora con traje jaspeado y zapatos de tacón de clavo. Por supuesto que no la relacioné con la vagabunda de la berza. Sólo al escuchar su voz, me acerqué a su jeta y  exclamé asombrado:
-¡Leona! ¡Ladrona! ¡Bruja asquerosa!
-¡Oiga usted! ¿Por qué me insulta?- me espetó empujándome- ¡Guardias, guardias! ¡Un fresco, un comunista! ¡Un viejo demonio de la postguerra!
Oí el silbato como una metralleta. Sofocos de premuerte me animaron el paso hacia la puerta del Parque de los Curas. Antes de perderme entre las tupidas ramas de las acacias, vi a la ramera Leona gritando a un guardia gordo, de esos que se les caen los mostachos  por los lados de la boca otorgándoles un pedazo de tristeza imposible de cambiar sin afeitarse. Atravesé el bosque y la carretera y me colé por el roto de las zarzamoras a mi huerto. Entré en casa por la puerta del jardín y me encerré en mi salita por dentro. Sentado en la orejera sentí correr lágrimas por las canaletas de mi nariz. Estaba llorando con placidez cuando Chico Grande golpeó los cristales esmerilados de mi sala. Le abrí, me senté y continué llorando como un bebé hasta que llegó mi hija y me sirvió un vaso de vino. Dije a mi nieto: Ve en busca del soplete. Quiero contemplar cómo se retuerce como una rata cuando la queme. Mi hija tuvo la delicadeza de dejarme la botella de vino. Al tercer vaso dejé de llorar. Creo que después me dormí.
Cerca del invierno pedí a Chico Grande que me acompañara los fines de cada mes a la oficina de los Prácticos a cobrar mi jubilación. Aquellos días cumplí setenta y ocho años y temí que mis piernas me dejaran tirado en cualquier rincón. Lo peor de la vejez manifiesta es que uno se siente incómodo con sus vísceras y extremidades. Pesan. Se hinchan las manos. La destreza se transforma en torpeza y comienzas a recordar dichos de tu niñez. Hace cincuenta años en el puerto de Valencia un negro con olor a puerco me tumbó en el suelo y me colocó el cañón de una pistola en mi nuca. No sentí miedo, no pensé en mi familia. Solo tuve pena. Pena de que mis sentidos se iban a apagar. La misma pena que siento ahora, cercano ya al apagón total.
Era una delicia viajar  con Chico Grande, responder al saco de preguntas, presentarlo a los oficinistas, repetir hasta la saciedad al cajero que el día que mi nieto viniera solo es porque mis piernas se habían agarrotado del todo. Eso sucedió casi tres años después. Unos meses antes de cumplir los ochenta y un años. Para entonces ya  había ideado un truco para que ningún carterista le metiera la mano en los bolsillos de sus pantalones. Además, Chico Grande se acercaba a los trece años, edad suficiente para regalarle definitivamente mi estacha, afilada como una navaja de afeitar. La estacha en el bolsillo izquierdo. En el derecho preparé el nido para el sobre con las cuatro perras que me pagaban para ir tirando a duras penas. Lo cerraba con un hermoso imperdible  que me trajo Chico Grande de una mercería. Los rateros huyen de las dificultades.  
En efecto, recuerdo el chocolate de mi ochenta y un cumpleaños. Pero no recuerdo ninguno más. Eso no puede significar otra cosa que me morí antes de cumplir ochenta y dos. Por ende, casi a la semana siguiente de empezar a contar los días, tuve la brillante idea de apuntar un legado en mi testamento para que Chico Grande comenzara a estudiar el bachillerato. Claro que, a cambio, exigía que mientras yo viviera Chico Grande tenía la obligación de acudir a la oficina de los prácticos a cobrar mi jubilación. Lo que sí recuerdo es que en los últimos meses me invadió un fuerte ataque de melancolía. Fue tan especialmente fuerte que ni las monerías de Chico Grande sirvieron para rescatar mi desanimada cara de palo seco para traer a mi rostro la pintura que rescatan  los amortajadores de las funerarias. Poco recuerdo o nada. Una que dejé pagado al barbero el último afeitado y dos que doña Leona Echevarría (doña porque era maestra), se presentó en mi casa con la pamplina  de que quería mi perdón. Recuerdo, sí que recuerdo, y después de su intromisión  mi memoria es ya humo, la trastada de Chico Grande. El muchacho salió de debajo de mi cama con el soplete 
bien cebado, me lo puso en mi mano, en la zurda, y tras amarrarme con su mano la mía, dirigió la llama a su falda plegada y la melancolía, mi cara perenne de palo, el olor a chamusquina, una carcajada que era mía, toda mía, llenó mi cuarto y mi sala. No me hagan esforzarme más en el recuerdo porque es lo último que está en mi memoria.

              Arrigúnaga (GETXO), 6 de febrero de 2015.
  



FIN