lunes, 21 de mayo de 2012

SERVICIOS A LA PATRIA



Valentín y Pilar se conocieron en el cementerio. El iba a depositar una rosa en la jicarita de una vecina que le planchaba las camisas hasta poco antes de ponerse enferma. Ella tomaba el sol en las piernas. Se remangaba las faldas hasta un palmo más arriba de las rodillas, sentada en la piedra de una sepultura y aguantaba hasta que sus huesos se fundían con el frío del mármol. Eran dos almas solitarias, arrastradas por la vejez a la misantropía. Antes de comenzar la primera conversación, transcurrieron dos meses. Se observaban de reojo. Valentín hacía como si tenía carraspera y ponía en el silencio del camposanto una tos de enfermo. Entonces, Pilar se bajaba las faldas y se frotaba las nalgas; se calzaba y se iba como si el que hubiera carraspeado era un loro. Se cruzaban como dos fantasmas en la niebla. Tonteaban. Fue Valentín el que alzó los hombros cuando tuvo la certidumbre de que Pilar le miraba. Dijo:
- Es para la Melitona.
- Su muerta -dijo Pilar sin bajarse las faldas. -Quiero decir que su muerta, la de la flor, se llama Melitona.
- Me planchaba las camisas. Le traigo rosas amarillas. Cuando hay, le pongo un lirio.
- Yo no tengo muertos aquí. Vengo a tomar el sol. Cuando llueve recojo caracoles. Mi madre me enseñó a apreciar el sabor de los caracoles del cementerio. Mi padre, a no tenerles miedo a los muertos: “Si ves a un muerto salir de su fosa, no corras que no está muerto”, me decía.
- Desde que me he hecho viejo he olvidado la cara de mis padres.
- Pues está usted de buen ver.
- Setenta y nueve, en mayo.
- Servidora, setenta y cinco ya cumplidos.
- Yo no le echaba ni cincuenta. Tiene unos muslos de bailarina que quitan el hipo -dijo el hombre escondiendo su cabeza entre sus hombros, como un tortuga.
- ¡Qué salao! ¡No será usted un pillastre!
- No grite, que le pueden oír los enterradores.
Así, hablando, hablando y mirándole las piernas, Valentín se enamoró de Pilar. Se enamoró como un loco mirándole las piernas e imaginándose lo que pudiera tener tapado. Un día no pudo más y le pidió que se las dejara tocar hasta donde le llegaran los dedos de sus manos.
- Eso se llamaba antes el toque de la mondonguilleta -le dijo Pilar sin mirar para otro lado. Después llegaba lo otro.
- ¿Qué otro?
- No será usted tonto. Lo primero cobraba mil pesetas: hasta el final, según el humor.
- ¿Usted cobraba por esas cosas?
- Todas las putas cobramos.
Entonces Valentín sí se sonrojó. Pero en vez de escupir, se enamoró mucho más. Nunca había ido a la cama con una puta.
- Una noche soñé con un ángel. Entré a un café y el ángel estaba sentado a una mesa, en medio del café, enfrente de un refresco. Bebía a sorbitos. Le pregunté al camarero que quién era aquél ángel tan hermoso y el camarero me respondió que sólo sabía que se llamaba Elisa y que era una puta que esperaba a un caballero para marcharse agarrada a su brazo. Empecé a soñar con el ángel y gritaba como un animal llamándola Elisa, Elisa, hasta que mi madre entraba en el cuarto y me mojaba el rostro con agua bendita. Mi madre no tardó en preguntarme que quién era Elisa y yo le dije lo que sabía, que era un ángel que era puta y que todas las noches se iba con un dandy. “Los sueños no tienen por donde agarrar”, me respondió mi madre. “Mejor que sueñes con la geometría. Es más práctico”.
- Lo importante es que se te ponga dura  - dijo Pilar.
- ¡Como la piedra de una cruz!  
- Entonces no está todo perdido.

Al principio las cosas empezaron bien. Valentín se veía en casa de Pilar. Era una casa sencilla en donde había una gata gris y blanca persa que se llamaba Tati. Cuando hacían el amor dejaban a Tati en el pasillo porque era muy celosa y arañaba a Valentín. Después Pilar se marchó a Logroño a aprender a dibujar paisajes de frutales a una casa de una prima suya cuyo marido era sargento de la Guardia Civil jubilado. A Pilar no se le daban bien escribir cartas amorosas. Sin embargo, Valentín era una máquina de escribir sobre la dulzura de sus ojos, sobre su talle de avispa, sobre sus muslos bien proporcionados. Pilar, la pobre, se sentaba todas las tardes en la mesa camilla y descascarillaba con sus dientes la mina de un lapicero entero sin saber qué poner. Pilar leía las cartas de Valentín a sus primos. Una tarde, el ex sargento de la benemérita, le quitó lo que quedaba del lapicero y escribió una carta de muchos olés. Y es que él tenía muchos partes y denuncias en su chepa. Desde que Valentín comenzó a recibir aquellas cartas, se enamoró mucho más y Pilar, quitado el apuro y la obligación de no dar pie con bola, lo fue olvidando. Los estragos epistolares quedaron entre los dos hombres. Si uno escribía un requiebro sutil, el otro se desgañitaba los sesos hasta superarlo con una frase gloriosa. En una carta fechada en mayo, Valentín escribió a su amada el sueño que tuvo con un ángel. Y al final le ponía una misiva en donde le confesaba que el ángel era ella y que si no se veían pronto, él iba a cometer una barbaridad.
Pilar dio instrucciones al marido de su prima para que le respondiera que ahora no tenía tiempo en poder estar con él, porque había llegado en las clases de dibujo al momento culminante de aprender a dar la perfecta redondez a los melocotones suspendidos de las ramas de los melocotoneros, condición indispensable del gran paso que da un dibujante de la línea recta a la curva, según su profesor. El guardia civil se llamaba Dono. Se entusiasmó de tener que explicar una argumentación tan dificultosa con la punta de un boli y con su inteligencia sin olvidar los desfogues amorosos que toda correspondencia pasional debe de llevar. ¡Santo cielo! Salió airoso. Valentín lo comprendió todo a la perfección y siguió animando a su amada.

Valentín orinó sangre el mismo día que cumplió ochenta años. En urgencias le sacaron una placa y le dijeron que tenía una piedra en la vejiga y le recetaron nolotil.  Un mes más tarde le operaron de un tumor maligno. Se le cayó la vida de golpe y vio los ojos de la muerte a un palmo de sus narices. Tuvo coraje para escribir a Pilar una carta sin adornos, sincera, de esas que se escriben una sola vez a una persona que se ama. Pilar tenía la cabeza en otras cosas. Ni siquiera la leyó. Sin embargo, Dono, el sargento jubilado de la guardia civil, lloró. Al día siguiente llevó su uniforme de gala a la tintorería, abrillantó sus correajes, pinchó sus condecoraciones, desempolvó su tricornio y partió en su auto hacia la costa. Y es que su cerebro se había cuadriculado en el cumplimiento de las misiones especiales. Y aquella era una misión especial. Tan especial que su cerebro no dejaba de escupirle lo que había descubierto: que se había enamorado de Valentín y que su cometido era cuidarlo hasta la muerte.

FIN

jueves, 3 de mayo de 2012

MI MADRE ES JARDINERA MUNICIPAL



Mi matrimonio se acababa de derrumbar. No me quedó más remedio que ir a vivir a casa de mis padres. También me habían dejado de patitas en la calle en la gasolinera. Estaba en el túnel grande, de limpiador de coches. Mi trabajo consistía en quitarles la antena y preguntar a los clientes que de tres, de cuatro o de cinco euros y presionar suavemente el botón correspondiente. Había que hacerlo con delicadeza porque los muelles se habían holgado. Si te ponías nervioso las teclas rodaban al puñetero suelo y del puñetero suelo algunas veces se colaban por el sumidero. Entonces venía la catástrofe. Si las cosas iban bien, les regaba el parabrisas con la manguera y esperaba unos segundos para ver si soltaban alguna moneda de propina. Había días que sacaba quince euros para birras en el bar de Mingo. Me sentaba en el taburete del fondo y bebía a sorbitos escuchando las paparruchas de los clientes. Al bar de Mingo van algunas chicas de las oficinas de los alrededores y también unas colombianas con sus gordos culos dentro de unos vaqueros de talla infantil. La noche que tiré el matrimonio por la ventana no había tomado cervezas. Es que andaba mal del estómago y me preparé un baño calentito y estuve en el agua hasta que se enfrió el agua o hasta que entró Lola y me dijo que secara el baño y metiera las toallas a la lavadora junto a los calzoncillos. Ella ya sabía que me dolía el estómago y no tenía que haberme entrado con aquellos malos humos. Por eso dejé todo en el suelo y me metí en la cama antes de que ella saliera a trabajar al hospital. Es auxiliar de clínica y trabaja en el turno de noche. Llegó la bronca. Le volví a decir por tercera vez que andaba flojo para batallas, que mi estómago necesitaba manzanilla y no puñadas.
- ¡Tu estómago necesita una patada en los huevos! –me respondió dando un portazo de olé.
Entonces recogí mis cosas, hice un atillo con una sábana y me vine a casa de mis padres. Era lo más correcto. Lo que cualquier hombre herido debe hacer. Sé distinguir un portazo amable de uno definitivo.
Mi madre me hizo manzanilla y mi padre me dijo que hacía el camino de la vida como los cangrejos: pierdo el trabajo, dejo a Lola y regreso a mi cama de infante, una cama que me compraron mis padres cuando cumplí doce años en la que duermo hecho un cuatro. A cambio, escucho los golpes que dan las agujas del pino de mis vecinos en los cristales de mi ventana. Es como si me cantaran una nana.
- ¿Vienes por mucho tiempo?- me preguntó mi madre acariciándome el pelo.
- Eso no depende de mí.
-Ya.
Bajó a contarle a mi padre lo de siempre: que se habían equivocado en la manera de educarme, que era un inmaduro. Mi padre, también como siempre, no le hacía demasiado caso. No paraba de hablar con Tan, el perro. Me hubiera gustado bajar y decirles que en cuando dejara de molestarme el estómago saldría a recorrer gasolineras y a apuntarme a un curso de alemán en una academia. El futuro estaba en tierras teutonas. Me quedé dormido.

Mi madre era jardinera municipal. Sacó unas oposiciones a las que se presentaron más de mil personas para seis plazas. Vino en el periódico y le hicieron una entrevista en la televisión. Aprendió la Constitución de memoria y sabe mucha cultura general y botánica. Sabía los nombres de las flores, distinguía las semillas y conocía la época de las podas y todo ese rollo. Mi padre había sido marmolista, pero lo habían jubilado antes de tiempo porque tenía los pulmones hechos polvo. Cuando el tribunal médico que le examinó le envió su certificado en donde se leía que era un prejubilado, mi padre lo clavó con una chincheta en el borde del marco del cuadro de encima del sofá y lo leía en voz alta tantas veces como mi madre comenzaba a echarle petardos recordándole que el género humano estaba en la tierra para ganarse el pan sudando.
- Díselo a tu hijo  - le respondía él sin el menor asomo de cabreo-. Yo ya sudé lo mío.
- Ya hace lo que puede.
- No lo pongo en duda: duerme lo que le apetece, come hasta vaciar la nevera, ocupa el baño horas enteras, se pone mis camisas. ¡Diablos! ¡Es una bendición del infierno! Dime: ¿Cuántos matrimonios ha roto?
- No son matrimonios. Son parejas de hecho. Amigas.
- La primera vez se casó en la iglesia. La segunda, en el juzgado.
- Eso fue hace mucho. Era un niño.
- ¡Con una polla que te cagas! Lola me gusta. Es una mujer con los pies en la tierra.
-Sí, pero andaluza. No tiene el estilito que tienen las chicas de aquí.
- ¿Ahora me sales identitaria?
- Las andaluzas clavan herraduras en su calzado. Son jacas de más de un hombre.
- Igual que tu hijo. ¡Qué sabrás tú de la vida!
- Ahora llámame tonta. Es una generación sin rumbo. ¿No lees la Prensa?
- ¿No querrás decir que es una generación perdida?
- Eso lo dicen cuando se refieren al trabajo. Lo dicen porque hay mucho paro.

La cháchara de mis padres seguía en la cama, aun hasta mucho más tarde que Tan empujaba la puerta de mi cuarto y se enroscaba encima de la alfombra, al lado de mi cama. Tan dormía siempre en mi cuarto, estuviera o no estuviera yo en casa. Y también me acompañaba a las gasolineras de cerca de casa. Yo iba con mi sudadera, haciendo piernas, y ella corría pegada a mis talones. Son malos tiempos para colocarse donde uno quiere. Por eso voy a las gasolineras y a los supermercados a ver si me dan algún trabajo para sacar cajas al amanecer. Ya no vale para nada ir dejando tu curriculum en los mostradores de las empresas demandando un puesto de trabajo acorde a tus estudios. Tengo un amigo que es ingeniero industrial y se gana la vida reparando calentadores de butano, otro tronco de toda la vida estudió arquitecto y es bombero. Para ser bombero, lo mejor es ser arquitecto o capitán de la marina mercante. Está todo patas arriba. Los economistas trabajan en la vía poniendo traviesas para que corra el AVE, aunque creo que se les va a acabar el chollo porque el Gobierno va a parar los caminos de hierro. Los cibernéticos trabajan de campaneros; los químicos, de interinas, limpiando a los viejos y eso; los biólogos, de pasteleros, aunque yo conozco a uno que trabaja en un circo; los geólogos, de picapedreros; los sociólogos, de cuentacuentos. Pero peor lo tienen los carpinteros, albañiles, pintores, torneros, fresadores, mecánicos, marineros, porque para ellos no hay nada de nada.  Yo estudié periodismo y no he pisado nunca un periódico nada más que para dejar mis notas de la carrera. Si no fuera por mis padres estaría durmiendo en un cajero.

Lo de Lola es otra cosa. Ella tiene mala leche y yo peor. Creo que no estoy hecho para vivir en matrimonio. Las mujeres no son como los amigos. Los amigos te dan lo que tienen, las mujeres te cobran. Y si te quedas en casa sin trabajo y ella trabaja, se jodió el asunto. Menos mal que mis padres hacen todo lo posible para que no me amargue. Es cierto que se pasan el día intentando averiguar en donde paso las horas de los días, a dónde voy y por qué llego a las dos de la madrugada a casa. Si se ponen pesados solo tengo que encerrarme en mi cuarto y se calla la guitarra. Esta vez mi madre ha hecho por mi lo que nunca hubiera podido pensar de ella.
Me estuvo esperando sentada en las escaleras y cuando comencé a subir a mi cuarto me agarró por la cintura y me dijo:
- Hoy hemos plantado flores en unos jardines que no están lejos de aquí. Son amarillas, fáciles de distinguir.
Me enganchó del cinturón y me sacó a la calle. Lo tenía todo preparado. Cien metros cuesta abajo estaba aparcado su coche para que mi padre no se despertara al arrancarlo. Me llevó sin decir palabra a un pequeño jardín. En el capó del coche tenía guantes de goma y una caja de madera con dos docenas de tiestos de plástico.
- A estas horas duerme todo el mundo -farfulló-. Ponte los guantes. Yo cojo las plantas y tú las metes en los tiestos.
 Miro a las casas que nos rodean. Casas de cuatro o cinco pisos con muchas ventanas. Debe de ser verdad lo que dice mi madre. No se ve luz en ninguna ventana. Tampoco ladra ningún perro. Miro a mi madre que, agachada, arranca cuidadosamente las plantas para no romperles las raíces. Le digo:
- Estás loca.
- Agacha el riñón y ponlas en los tiestos. Cada planta en un tiesto.
Eran las dos y veinte. Aquella noche había estado a punto de hacerme amigo de una colombiana y había bebido un poco más de cerveza. El problema es que no tengo coche. ¿En dónde voy a meter a una colombiana aguerrida que vive en un piso patera? Por eso dejé el cortejo y me encerré en la cerveza fría que Mingo me pone con la espumita en su punto. Mi padre tiene un Peugeot, pero él es peor que mi madre. No suelta las llaves por nada del mundo. Ni siquiera sé en donde las esconde. Además, creo que si se las robara, me echaría de casa. Prefiero dejar las cosas como están. Bueno, pues miré a mi madre absorta en su labor y le ayudé a llenar los tiestos. Acabamos enseguida y cuando lo hicimos le vi hacer un corte de mangas antes de subir al coche y darle a las llaves de contacto.
- Mañana por la mañana, cuando tu padre salga al paseo, coges la caja, vas al barrio de al lado, en donde no nos conozcan, tocas la puerta de las casas y las vas vendiendo. Tienes muchas posibilidades de tener éxito: porque es la época de ponerlas en la tierra y porque es casi seguro que alguien te compre la caja entera,  ¿qué va a adornar sólo con una unidad? Si te metes en el negocio yo te diré donde hay flores de temporada y tú tendrás un buen dinero para gastarlo como te apetece sin desplumarnos a tu padre y a mí.  Es fácil arrancarlas. Ya lo has visto. Si no eres tú, las cogerán los jubilados o cuatro viejas chochas que creen que los adornos que se ponen en la calle pertenecen a la comunidad.
Al día siguiente, cuando sentí cerrar la puerta a mi padre, me puse la bata y mis zapatillas, salí, rodeé la casa y saqué las flores del escondite de debajo de los arbustos. Las flores eran preciosas. Tenía que preguntar a mi madre por su nombre. ¿Por qué no plantarlas en el pequeño jardín que cultivaba mi padre al lado del garaje? No era una mala idea. Cogí con decisión la caja de madera, salí a la vía principal, llegué a los contenedores de basura y la arrojé al primero, uno amarillo igual que las flores. Y es que la cerveza es muy cabezona y no estaba yo para plantar florcitas. ¡No te jode!  

                             
                          FIN

martes, 10 de abril de 2012

YA SABÍAS EN DONDE ESTABA



La mañana en que encontró a su marido dormido en el maizal, sintió ganas de rebanarle el cuello con la hoz, pero se quitó su chaqueta de hombre y lo cubrió como si se tratara de un perro herido. La mujer se internó entre las cañas del maíz. Mientras caminaba iba cortando las flores de las plantas más altas, que las depositaba en un costal de arpillera. Unos ojos terribles y profundos se obstinaban en mirar hacia delante para no sentir la tentación de girar su cabeza y descubrir a su marido pisando sus pasos. Había pasado la noche sentada en su cama con la certeza de escuchar ladrar al perro de casa anunciando la llegada de su marido de la taberna. Al amanecer se levantó del lecho sin deshacer, abrió de par en par las ventanas y se dirigió al cuarto de las niñas para vigilar su sueño. Eran tres chicas con el pelo castaño. La pequeña dormía en una cuna de mimbre con ruedas de madera y las dos mayores, perdidas en una cama de matrimonio. No era la primera vez que las dejaba solas, ni tampoco sería la última. La mayor ya había aprendido a llenar los tazones con leche y a cortar el pan con el cuchillo de la cocina. Era un trabajo que le gustaba hacer a ella, pero cuando no había hombre para trabajar, había mujer para todo. También la vaca había aprendido a mugir cuando tenía hambre. Y las gallinas se agolpaban en la puerta de alambre del gallinero. No hizo buen negocio al casarse con aquel hombre. Ya le dijo su madre que los borrachines sólo sirven para preñar a las mujeres. Nunca le dijo su madre más verdad que aquella. La mujer colgó la hoz en una mazorca para no dejar el costal en el suelo y se acarició la tripa. “Yo creo que ya he salido de cuentas”, dijo en voz alta a la criatura que habitaba allí dentro. Después pensó que se iba a poner de parto sin haberle visitado al médico desde que se lastimó un dedo. Y eso era más de un año. El sol, rojo e inmenso asomaba tras el monte en cuya ladera estaba el cementerio en donde descansaban sus muertos. Su madre decía que en noviembre los cuadraditos del calendario son lápidas del cementerio. En pocos minutos el sol calentaría sus hombros desnudos de la chaqueta que había echado encima del cuerpo traspuesto  de su marido. Al fin y al cabo aquella chaqueta vieja era de él. También su madre, ya en el cementerio, podaba las flores de las plantas de maíz. Crecían más. Y la vaca le agradecía el regalo con una deliciosa leche dulce.
Salió del maizal por diferente lugar del que había entrado. Pero miró de lejos si su marido seguía dormido.
- ¡Cerdo! –exclamó cuando divisó sus piernas.
Antes de entrar en casa, pasó por la cuadra y dejó la carga al lado de la puerta. Clavó la hoz en la madera y se dirigió al cuarto de sus niñas. Sólo la mayor, crecida para sus nueve años, había encendido la cocina de butano y calentaba la leche.
- Aita no está en la cama  -le dijo a su madre.
- Habrá ido a trabajar - respondió la mujer bajando la llama de butano -. Espabila a tu hermana sin despertar a la pequeñita, que vais a llegar tarde a la escuela.
La niña cogió la mochila de encima de una silla y sacó un cuaderno con anillas doradas. Después rebuscó en su fondo y cogió un calcetín con cremallera. La abrió y acercó el cuaderno y un bolígrafo a su madre.
- Tienes que escribir por qué hemos faltado dos días. Ya sabes que la maestra es muy estricta.
- Estricta -repitió la mujer -Yo no sabía esas palabrejas a tu edad.
- ¿Cómo lo decías?
- No sé. Quizá severa.
- La maestra no es severa. Es muy benévola.
- Bien. Dejémoslo. ¿Y qué escribo a vuestra tolerante maestra? Escribo: Ruego excuse las faltas a clase de mis hijas porque su padre dio una zurra de tomo y lomo a la mayor?
- Escribe que tuvimos cólico.
- De acuerdo. Pero alecciona a tu hermana por el camino. Algún día tendremos que contar lo que pasa en esta casa.
- Es que aita estaba borracho. Cuando está borracho pierde el juicio, pero cuando está bien juega con nosotras, me ayuda con las divisiones y en primavera nos trae pulseras y collares de flores.
- ¡Las flores de tu padre tienen veneno!
La mujer recibió en sus brazos a su segunda hija. Les dio el desayuno. Les lavó la cara y les peinó. Se sentó y escribió la nota para la maestra. Después puso su nombre sin rubricar. No le gustaban las rúbricas. Les acompañó hasta donde se acababa el seto de delante de la casa y regresó a la cocina. Cerró la puerta y se puso a llorar. Pero se levantó casi al instante y pegó una patada a un pato que se había colado por el pasillo que llevaba a la cuadra.
- ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
 Algunos plumones quedaron suspendidos en el aire. La mujer puso un puchero con alubias, agua fría y un chorrito de aceite al fuego y arregló la casa. Después salió a la calle y dio de comer a los animales. Quiso acariciar al pato que había pateado, pero el animal se le escapaba a su mano extendida. “Ya te amigarás por la cuenta que te tiene”, pensó. Volvió a la cocina, agregó un par de cucharones de agua fría al cocido y le puso unas patatas. Lo dejó con el fuego bajo. Después subió al cuarto de las niñas y espabiló a la pequeña. Acababa de cumplir un año. La envolvió en una manta gris, le dio leche y un trozo de pan con mantequilla. Cogió de la cuadra una azada y fue al huerto de detrás de la casa llevándose a la cría. Era el tiempo de preparar la tierra para poner los frutos del verano. Sentó a la niña en la manta y la dejó en el suelo. Comenzó a quitar las yerbas malas. También había que labrar y romper los terrones. Le agradaba el olor que desprendía la tierra húmeda, el de los cardos enanos de flores amarillas que tanto gustaban a los jilgueros, los ranúnculos partidos. Distinguía todos los olores y conocía el nombre de las plantas. De vez en cuando iba a la cocina y vigilaba la marcha del cocido. También daba la vuelta a la casa y miraba hacia el maizal. Sabía el punto exacto donde su marido dormía la mona. No quería que la descubriera sallando la huerta, aunque la azada era una buena arma para defenderse de su ira. Prefería que la hallara en la cocina, al lado del cuchillo de cocinar, afilado como una cuchilla de barbero.  Cuando el reloj de la torre de la iglesia daba las once se puso derecha apoyándose en el mango de la azada. Miró su trabajo y se sintió satisfecha. Fue cuando le llegó el primer espasmo uterino.
- ¡Dios! ¡No me hagas esto ahora!
Actuó con rapidez. Cogió a la niña en brazos, la envolvió con la manta y la llevó a la cocina. La tuvo que dejar en el suelo. Otro espasmo más duro que el anterior le obligó a cruzar las piernas. Aquello venía rápido. Sintió las piernas mojadas con agua caliente. Se arrodilló y se quitó las bragas como pudo. Los espasmos se sucedían cada treinta segundos. Se agarró al respaldo de la silla que utilizaba su marido y se puso en pie. Dio tres pasos y cogió una gabardina vieja colgada en un clavo de detrás de la puerta. La tiró al suelo y se arrodilló. Se levantó las faldas. Le entró una necesidad perentoria de empujar con toda su fuerza con los músculos de su vientre. Acercó su manos y le tocó la cabeza.
- ¡Seas lo que seas tienes prisa en salir, corazón!- Exclamó en un grito salvaje.
Le agarró la cabeza con ambas manos y le giró cuarenta y cinco grados. Sintió como sacaba sus hombros y luego, en un suspiro, su cuerpo asomó entero ayudado por un buen chorro de aguas. La mujer le envolvió en la gabardina y caminando de rodillas se acercó hasta alcanzar el cuchillo de pelar patatas. Cortó el cordón y le dio un nudo. Vio los sorprendidos ojos de su hija y comenzó a llorar mansamente.
- Has tenido un hermanito, reina mía. Será tu muñeco.
Entonces se abrió la puerta y entró su marido. Traía los ojos inyectados en sangre. Echó una ojeada para enterarse bien de lo que había sucedido allí.
- ¿Por qué no fuiste a avisarme?
- ¿Dónde?
- Donde me echaste la chaqueta encima para que no cogiera frío. Ya sabías en donde estaba.



                            FIN




 Arrigúnaga, Viernes Santo de 2012.

viernes, 23 de marzo de 2012

¿QUÉ CULPA TUVE, SI ESTABAS DORMIDO?


Mi padre no andaba lejos de los 90 años cuando le convencí para que me acompañara a tirar la caña un rato a ver si picaba una lubina. Él había sido un gran pescador. Le gustaba sentarse en una hamaca al borde de la mar para contemplar a los pescadores. Era un día nublado, de esos que el agua y el cielo están pintados de acero. Estábamos solos. Estar solos le gustaba mucho, porque podíamos hablar. Casi siempre hablábamos de pesca. Hablar de pesca era escuchar sus consejos: que si debiera de lanzar más a la derecha, no tan lejos, en la corriente, en aquella poza. Me decía desde su hamaca lo que él haría en cada momento y yo le obedecía como cuando era niño. Luego se renegaba porque yo no tenía ideas propias. Terminaba por reírse de mí, exclamando que las lubinas saltaban alrededor de mi señuelo mostrándonos sus escamas de plata. También me pinchaba la moral cuando me decía que estaba dispuesto a cenar vivos todos los peces que pescara. No paraba de pincharme hasta que se aburría y cruzaba sus brazos en su regazo y echaba cabezadas, pero sin dormirse del todo. De vez en cuando decía frases incongruentes para que yo no me apercibiera que luchaba contra las armas de Morfeo abandonando la atención a mis artes de pescador. Después, yo comenzaba a dudar de si mi idea de haberlo arrastrado a la ribera había sido buena. Algunas veces olvidaba que aquel año iba a cumplir 90 años (y que yo estaba a punto de entrar en los 60. Sólo supe que los hijos dejamos de ser niños cuando se murió mi padre.) Pero, aunque yo no lo sabía, todavía faltaban meses para que sucediera aquello. Yo sólo deseaba con fervor que él viera en la punta de mi caña una picada y que me contemplara baldar a una gran lubina o a una dorada saltar enganchada en el anzuelo de mi aparejo, una gran dorada que sirviera para dar un banquete a media docena de comensales. Como las que había pescado él cuando era más joven y yo las había visto en una enorme fuente en la cocina de casa mientras él se explicaba. “Tiran como diablos. La primera picada es estremecedora, pero no saben que yo tengo el mejor carrete de la región y una caña de bambú como tiene que ser, no como esas mariconadas de carbono que se cascan con el viento. Después del susto me crezco y me cago en su morro duro y redondo como el pomo de una puerta. Y tiro cuando el bicho tira para que comprenda que no tiene nada que hacer. Hasta que la canso y la ahogo y la acerco con amor hasta mi redaño, le quito el anzuelo y la meto en el saco de tela que me hace vuestra madre, no en esas cestitas de mimbre que usan los veraneantes. Para ser un buen pescador tienes que haber pescado mucho. Bichos grandes.” ¡Dios! ¡Como me hubiera gustado pescar una buena pieza delante de sus ojos! La última vez que llegué a casa con una lubina de más de un kilo, sacó con sus dedos arrugados sus agallas y dijo con sorna: “¿Cuánto has pagado en la pescadería por este pez viejo?” Creo que desde entonces le estaba dando vueltas en meterle en el coche y traerle a la casita que tenemos cerca de la playa, en Cantabria. No sólo para que me viera sacar una buena pieza sino para que gozara de una tarde de  cielo y mar. Pero sobre todo, lo primero. Porque además yo sabía que se iba a poner muy contento y que la iba a gozar contándoselo al barbero, a la asistenta y también a sus nietos. Pero no tuve suerte. Saqué una boga de diez centímetros y la devolví a la mar. Después de dos horas y pico comprobé que la marea estaba arriba y que pronto comenzaría a bajar el agua. Dejé la caña tumbada en la gran roca plana en la que me movía y comencé a guardar las cosas en el saco. Al terminar, me hice con la caña para rebobinar el nylon en el carrete. El señuelo con los anzuelos y el plomo estaban en el fondo, creo que en una pequeña poza. Nada más levantar la caña me di cuenta de que el anzuelo se había enganchado en una roca, porque la caña se combó. Menos mal que mi padre seguía dormido plácidamente y no podía ver mi dejadez. Se habría estado riendo todo el día. Nervioso por acabar cuanto antes, tiré con todas mis fuerzas hacia arriba con la esperanza de romper el sedal antes de que mi padre me viera, cuando de pronto la caña se volvió a combar con fuerza y el nylón empezó a cortar el agua de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. ¡Dios! ¡Alguna buena pieza  estaba enganchada! Tan pronto trataba de hundirse como salir y nadar como un rayo. Atenazado  por la excitación olvidé las más primitivas reglas de un pescador y en vez de soltar el carrete para que el bicho se cansara, tiré y tiré siempre recogiendo hasta que la saqué hasta mis pies, volví a dejar la caña en el suelo y me abalancé con ambas manos abiertas para sujetar a una preciosa lubina de unos dos kilos. Y es que también había recogido el redaño con las otras cosas y no me quedaban más que las manos para sujetarla con todas mis fuerzas. Entonces cometí la peor de las novatadas. Envolví el sedal en mi mano derecha y la alcé con la esperanza de poder subirla al lado de mi padre para que la viera bien vista y sacara aquella sonrisa de satisfacción plena, la misma sonrisa que puso en el momento de expirar. La muy puta de la lubina se revolvió con tal fuerza que rompió el nylón, cayó a la roca y dando coletazos se dejó resbalar por la piedra plana manchada de verdín y volvió a la mar. Casi llorando de desesperación corrí al lado de mi padre, lo zarandeé y le dije: ¿La has visto? ¿La has visto? La he tenido sujeta con mis dos manos delante de tus ojos. Se me ha escapado sin querer.
- ¿Qué se te ha escapado?
- Una lubina así de grande. Así. Con la tripa bien gorda. Se ha llevado el anzuelo clavado en su morro.
- ¿Una lubina dices? ¿Y dónde está? Yo no veo ninguna lubina con la tripa gorda.
- Estabas dormido.
- ¿Qué culpa tuve si estaba dormido? Además, las lubinas gordas y relucientes sólo pican de noche -dijo mirándome como se mira a los mentirosos.


                                                                 FIN


Nota: Las ilustraciones y dibujos de este blog son de JUAN GIL.

domingo, 4 de marzo de 2012

CORTINA DE SACO


  (Cuando mi madre tenía tres años, mis abuelos se trasladaron a Goñi Barría, una casona de dos plantas, construida en el año 1808, en donde nacieron el resto de mis tíos maternos y, una generación más tarde, yo. El viaje de una casa a la otra (poco más de un kilómetro) mi madre lo hizo caminando delante de una carreta de bueyes, portando en un brazo una cesta con huevos y en la otra mano su muñeca de trapo. Ella me lo contó muchas veces durante su vida. Lo más asombroso es que recordaba el viaje con absoluta nitidez, aunque sólo contaba tres años.)
                                                                                                                       
                                                                              Para ella


            Ceras y lapiceros de Juan Gil
Las ventanas del camarote son bajas y muy pequeñas. Justo se ve a las personas cuando pasan por la carretera. Después se escuchan sus pasos. Primero se ve el origen del ruido y después se oye el ruido. Siempre sucedió así. Era una cosa rara, de esas que ocurren y nadie se pregunta el porqué.
También aquel día, la abuela vio a la niña antes de escuchar el ruido. Después escuchó el traqueteo de la carreta. En primer lugar vio a la niña portando una cesta de mimbre bajo el brazo. Luego escuchó las pezuñas de los bueyes y el hierro de las llantas de las ruedas mordiendo el polvo. Más tarde vio al carretero con el akullu y tras él aparecieron las cabezotas de los bueyes uncidos al yugo y toda la retahíla. Así lo contó la abuela cuando bajó del camarote.
 El abuelo le interrumpió para decirle que la carreta, que Antón prestó a los desahuciados, metía un ruido de mil demonios y que a lo mejor la niña corrió y se puso delante de su padre y de las cabezotas de los bueyes en el instante que ella se asomó.
- Lo estoy contando yo, no lo estás contando tú -dijo la abuela-. Aunque sólo tiene tres años, la niña iba por delante con una cesta de mimbre bajo el brazo. En la cesta llevaba huevos. Seguramente eran los huevos que habían puesto las gallinas durante la mañana en su nidal. Hacía frío. Sólo llevaba una chaqueta de punto azul y roja. No llevaba calcetines y se le veía el trasero. Pero puedo asegurar que en la cestita de mimbre llevaba huevos y que después de pasar ella, sólo al de un rato, se escucharon las ruedas de la carreta. Me acordé de cuando yo vine a vivir a esta casa con mis padres y mis dos hermanos mayores. Yo también traje una cesta con huevos. ¿Por qué las cosas de una vida, propiedad de una persona, se repiten en otra vida?
La abuela terminó de hablar golpeando el suelo de la cocina con sus zuecos rojos. “No patalees”, dijo el abuelo, pero ella no le hizo caso y golpeó con más fuerza el cemento rojo del suelo con sus zuecos también rojos, pero rojos color cereza.
- ¿Por qué me gritas si siempre ha sido igual? -dijo la abuela abriendo sus ojos con una extrañeza inconmensurable, como si fuera la primera vez que veía elevarse al sol por detrás de las montañas.
Yo pensé que la abuela no tuvo más remedio que ponerse de rodillas y agachar la cerviz para ver mejor la estrada. Lo tuvo que hacer sin duda. Yo también me tenía que agachar para ver la estrada. Bueno, yo me tumbaba panza abajo y ponía mis dos manos bajo mi barbilla. Era el mejor lugar de la casa para ver sin ser visto. Sé que la abuela se inventaba muchos viajes al camarote para fisgar un rato. No es que pasara mucha gente por delante de nuestra casa. Pero era su vida y era lo que había.

- Los bueyes llevaban mantas a rayas. El carro iba cargado hasta los topes, a lo ancho y a lo alto, tan alto que los gemelos, dos chicos de unos diez u once años iban apartando las piedras de delante de las ruedas para que el carro no volcara. ¡Dios Santo! ¿Cómo se pueden apiñar tantas cosas en una carreta? ¿Cuánto tiempo y paciencia se necesitaba para que el diablo no hiciera una travesura y pusiera la carreta patas arriba? ¡Aquello era digno de ver! ¡Pocas veces había pasado por la estrada de delante de nuestra casa un carro con todos los enseres que se necesitan para vivir en una casa con cuatro paredes!
 A decir verdad, la abuela no recordaba cosa parecida. Lo estuvo contando durante todo el día, desgranando los objetos que se olvidaba de enumerar. ¡Pobre gente! ¿Y las gallinas? ¿En dónde habían dejado las gallinas? ¡Cualquiera se las podía llevar a su casa tan ricamente!
- ¡A lo mejor no tenían gallinas! -le dijo el abuelo.
- ¿De dónde habían sacado los huevos que la niña llevaba en su cestita de mimbre?
- ¡Vete tú a saber!
Mi madre dijo que el abuelo estaba enfadado porque la abuela no le llamó para que viera el espectáculo.
- ¿Cómo quieres que te llamara si lo estaba viendo yo?
- Como lo has hecho siempre que me has necesitado: por el hueco de la escalera.
- Tú sabes bien que no da tiempo de correr hasta el hueco de la escalera, gritar tu nombre tres o cuatro veces y regresar a la ventana. ¡Habrían volado! ¡Al regresar nosotros a la ventana, ellos habrían volado cuarenta o cincuenta metros hacia la fuente!
- No hace falta llamarme tres o cuatro veces.
- O seis o siete. O todas las veces que pueda llamarte sin perder la voz. ¿Si no estás sordo por qué regalas nuestro dinero al médico?
- Porque se me hacen tapones.
- A un hombre justo no se le hacen tapones. En mi familia nadie tuvo tapones.
- ¿Qué tiene que ver la justicia con la cera de mis oídos?
- ¡Tú sabrás! ¡Yo no tengo!
- ¡Mujeres! ¡Sólo las mujeres tienen el don de enredar las cosas!
- ¡Cállate, cállate! ¿Acaso no tienes corazón? ¿No puedes pensar ni siquiera un segundo en esa pobre familia?
- ¡Te juro que yo no puedo pensar en lo que no he visto! Además, ¿por qué te dan tanta pena?
- ¿Cómo no voy a tener pena de una familia que les han despachado de casa?
- ¡Ya habrán buscado otra!
- ¡El pórtico de la iglesia, eso es lo que han encontrado! En época de nieves, han encontrado el pórtico de la iglesia. Y lo podrán usar, si les deja el párroco. Mañana es domingo y al párroco no le gusta tener el pórtico con niños, gallinas y perros en horas de misa. Los días de labor, hace la vista gorda, pero el domingo, no.
- Ellos sabrán lo que hacen. Esa pareja siempre ha tenido pocas cosas.
- ¡Un carro lleno! ¡Te parecerá poco!
- Un carro lleno de lo imprescindible. ¿Cuántos carros necesitarías sólo para transportar tus chucherías? Los pobres se conforman con poco. Estarán bien en el pórtico de la iglesia. ¿Dónde quieres que vayan si no? No hay ninguna casa vacía en el pueblo. Si no hay ninguna casa vacía en el pueblo, tendrán que buscar otro pueblo en donde haya una casa vacía y un dueño que se la quiera alquilar. Siempre ha sido así. ¿No has oído hablar de la ley de la oferta y de la demanda?
- Alguna familia ya tendrán por los alrededores, pienso yo. Siempre es mejor recurrir a la familia, que ir a dormir al pórtico de la iglesia un domingo por la mañana -dijo la abuela.
- O no. Vete a saber lo que es mejor o peor. Algunas veces, cuanto más necesitas de la familia, descubres que se ha ido a calentar las manos al fuego del infierno.
Entonces la abuela me miró a mí. Yo no temía la mirada de la abuela. Mis tíos decían que la mirada de la abuela era como tizones de carbón a punto de explotar. Es cierto que a la abuela le brillaban los ojos, pero no se asemejaban a tizones. Más bien eran cristales que reflejaban el sol y escondían el ángulo de su mirada. Precisamente, el abuelo le decía el día de su cumpleaños (solamente el día de su cumpleaños) que todavía no se había marchado de casa por la luz de sus ojos. “Hablas demasiado, te gustan los chismes, te molesta el humo de mi capacha, me obligas a mudarme mi ropa interior una vez a la semana. Cualquiera de estos defectos es suficiente para que te haya abandonado, pero me enamoré de ti por la luz de tus ojos y no han dejado de alumbrarme cuando te miro. El día que dejen de brillar tus ojos, me marcharé de esta casa.”
- ¿A dónde vas a ir tú, cuitado?
- Me llevarán. Me llevarán al cementerio. Tú sabes bien que así será.
A la abuela se le ponían los ojos tristes. Se le ponían los ojos tristes y se ponía a silbar.

- ¿Sabes lo que más pena me da de esa gente? -me preguntó la abuela-. La pérdida de intimidad. Donde no hay intimidad, no hay decoro.
Me quedé callado.
- Si alguien viera a tu abuelo comer sopas de leche y pan en camiseta en el pórtico de la iglesia, echaría una buena carcajada. Lo peor además es que esa persona se creería en su propio derecho de reírse en sus narices, porque una persona que come sopas de leche y pan en camiseta en el pórtico de la iglesia hace teatro para que los demás lo pasen bien o está loco. Sin embargo, si las come en la cocina de su casa, como tú sabes que lo hace durante trescientos sesenta y cinco días al año, está bien. Y pasa lo mismo con todo lo que hacemos en privado. ¡Dios mío! Esa pobre gente va a hacer circo mientras permanezca en el pórtico de la iglesia. No poseer una casa en donde atender a tus hijos es indigno de unas personas bautizadas. Todos tus tíos viven en una casa propia con su familia. Nosotros, gracias a Dios, conservamos los ocho cuartos que heredé de mis padres. Todavía tengo fuerzas para encerar dos veces al año los suelos de madera, de poner a orear las colchas de sus camas y de lavar las cortinas de sus ventanas.
Goñibarría (1808)

Ya habíamos cenado y mi madre había recogido la mesa. Creo que hasta había quitado el hule. El encargado de recoger el hule era yo. Lo enrollaba en una caña y lo sujetaba con una goma gris. Recuerdo que mi padre ya había cogido los naipes del cajoncito del armario de la cocina y estaba haciendo un solitario encima de la mesa. Era más o menos el último minuto de la noche en el que era todavía correcto que el teléfono sonara.  Sonó. Mi padre hizo un amago como para ir a contestar, pero se quedó clavado en su silla porque sabía, todos sabíamos que era la tía Rufina, una hermana de mi abuela o la única hermana viva de mi abuela, que vivía en una casa de piedra con un balcón de hierro que rodeaba la arista suroeste en donde había un reloj de sol. La casa de la tía Rufina tenía un jardín con rosas y un paseo de guijo enmarcado por arbustos. La tía Rufina era viuda, era la madre de don Plácido, un médico que a decir de mi padre era un borrachín, por lo que deducía que mi padre no andaba lejos de serlo, ya que eran buenos camaradas.
Bien. Aunque sabíamos todos quién llamaba, el teléfono nos asustó.
- ¡Voy a cogerlo! ¡No os molestéis! ¡Voy a cogerlo! ¿Quién puede ser a estas horas?-dijo mi madre.
Me adelanté a mi madre y di al interruptor del pasillo. Llegué a la salita donde se encuentra el teléfono y acerté a la primera también con el interruptor. Para cuando mi madre lo descolgó ya había dado el sexto timbrazo.
- ¿Eres Helena? -oí decir a la tía Rufina con su aliento que huele a cazalla.
- ¡Claro! ¿Quién crees que iba a ser?
Fue en este momento cuando la abuela comenzó a golpear el suelo de su salita (el techo de nuestra salita) con sus zuecos de madera pintados de rojo cereza y mi padre arrojó la baraja al suelo de la cocina porque es una de las muchas cosas que no soportaba de los abuelos. La otra es cuando el abuelo afilaba su guadaña en un tronco especial que había fabricado él para sujetar el clavo y poder hacer el trabajo por las noches al calor de su cocina y no en la humedad y la corriente de la puerta de la cuadra. En realidad, ambos estrépitos eran insoportables, sólo atribuibles a una tribu de zulúes o a dos viejos con el firmamento desorganizado. Mi padre era jefe de Sección en una Fábrica, no usaba corbata, se cubría su calva con una hermosa boina todo el año y sabía decir cosas así. Como yo me destripaba de risa cada vez que decía cosas así, me miraba de reojo y a mí me gustaba que me mirara de reojo.
  La abuela arrebató el teléfono de las manos de mi madre. Entonces mi madre y yo acercamos nuestras cabezas al auricular para no perdernos palabra de la tía Rufina. Estábamos tan acostumbrados a hacerlo que nuestras tres cabezas y el aparato de teléfono se articulaban a la perfección de manera natural.
- ¿Ya han llegado esos desgraciados? -preguntó a la tía Rufina.
- ¡Huelen que apestan!
- Pero no habrán metido el ganado en el pórtico. Mañana es día del Señor.
- Hasta el fondo. Han entrado los bueyes, el carro, los niños, los padres y ahora llega un burro. ¡Hasta el fondo del pórtico! ¡Otro tanto! ¡Qué barbaridad! ¡Lo que hay que ver! ¡Jesús, María y José! ¡Esto va a ser una romería! ¡Una fiesta! ¿Sabes lo que es una fiesta?
- Ya sé lo que es una fiesta. No sé por qué te pones tan alterada. No es la primera vez que la gente va a dormir al pórtico de la iglesia.
- Lo peor es que va a nevar y harán fuego dentro del pórtico.
- ¡No prenderán fuego a alguna viga! -exclamó la abuela abriendo mucho los párpados de sus ojos.
- Voy a bajar y les voy a recomendar que acarreen agua de la fuente por si a caso.
- ¡No te metas donde no te llaman! Aunque vayas con buena intención, ellos pensarán que vas a husmear. Y no hay nada peor en esta vida que una vieja con las narices fuera de su sitio.
- ¡Pero si está el pórtico lleno de gente! Primero llegan los niños y después vienen sus madres a recogerlos. Desde luego que no se marchan ¡Qué se van a marchar! Se quedan dándole a la lengua y fisgando lo que tiene esta familia. ¡Esto es una romería! Sólo falta la vieja que vende escapularios, el viejo de las rosquillas de anís y el cojo que sabe bailar la trompa encima de la palma de su mano.
La abuela se sentó en la butaca que está al lado del teléfono. Hasta entonces había permanecido encorvada, pero es que el color de su rostro todavía no había empalidecido. Perdió el color segundos antes de tomar asiento, segundos antes de entregar el teléfono a mi madre y de ordenarle con un gesto lánguido que se despidiera de la tía Rufina. La abuela perdió el color sólo un instante. Yo creo que unos diez segundos, los suficientes para que mi madre y yo nos asustáramos.
- Esa es la triste realidad -dijo la abuela al ganar su color habitual-. No que la familia de la niña que llevaba los huevos en la cesta tenga que dormir en el pórtico de la iglesia, sino que hayan perdido la paz de su hogar. ¡Ya te lo he dicho antes, hijo, ya te lo he dicho! -exclamó la abuela agarrándome de las manos para que le ayudara a levantarse. Lo peor que le puede suceder a una familia es que les arrebaten las paredes de su casa. Es lo que la gente vulgar llama quedarse con el culo al aíre.
La abuela se quedó un momento sentada en la butaca, con la cabeza inclinada, apoyada en el puño de su mano derecha. Fue sólo unos breves instantes. Los suficientes para coger ánimos y levantarse con brío. El ruido de sus pasos nos recordó que iba calzada con sus zuecos rojos. Salió de la salita con nosotros detrás. Se zampó el pasillo de quince metros dejando a diestra y siniestra las siete habitaciones que componían nuestra casa, además de la otra sala de al lado del comedor y del hall, que es en donde se encontraba la puerta que daba al portalón y a las escaleras que ascendían a su casa, en el primer piso, que subió golpeándolas con el compás que había marcado en el metrónomo compuesto por el taconeo de sus zuecos rojos, del mismo color rojo con el que pintaba el abuelo los asientos del bote todas las primaveras para ir a pescar txipirones en el verano pegado al morro del Abra. Subió las veintidós escaleras y dos descansillos con la seguridad de que la puerta de su casa, la casa de los abuelos en donde había parido a seis de sus nueve hijos, todos varones, menos mi madre, y que ahora vivían en sus propias casas con sus esposas y sus hijos, mis primos, que en total sumábamos veintisiete nietos, los cuales habían heredado la mayoría de las costumbres de los abuelos, como era la de poseer una casa propia, embarcación, una escopeta de cartuchos del 12 y un perro, estaba abierta, como la encontramos, abierta de par en par para que entrara perseguida por nosotros, su única hija y su único nieto, que aunque mi primer apellido no era el de su marido, era su único nieto que había nacido en su casa con la ayuda de ella, porque fue la abuela la que le ayudó a parir a su hija a su único hijo, que era yo, con la ayuda de mi padre y de mi abuelo por la ausencia de don Plácido que llegó justo para felicitar a mi padre y a mi abuelo que fueron los que calentaron el agua y los que esperaron en la puerta de la habitación a que mi abuela les llevara a sus brazos, ya limpio y con un chupete en la boca, augurio, según mi abuelo, de que iba a ser su nieto preferido, el de mi abuela, como en efecto, lo era. Recorrimos ahora la casa de arriba, más grande que la de abajo, con sitio para tres chimeneas, un piano de cola que nadie tocaba desde que se casó mi tío pequeño, un comedor de diario y armarios de nogal que se pasaban la noche crujiendo para meter miedo a las ratas. La recorrimos en busca de mi abuelo, que había desaparecido y lo hallamos en el camarote, agachado frente a una de las ventanas pequeñas que daban a la estrada por donde habían pasado casi al mediodía la niña con la cestita de huevos, la pareja de bueyes y toda la parafernalia. El abuelo no había encendido las bombillas del camarote y el muy tonto se quedó muy quieto, de seguro que se quedó muy quieto para que no le descubriéramos sin percatarse que no había apagado el cigarrillo que estaba fumando.
- ¿Por qué piensas que los vi pasar por esa ventana, listo? -le dijo la abuela.
- Eres malpensada, mujer. He venido a buscaros.
- Ya. Te creo. Alúmbranos a la cuadra.
El abuelo puso su manaza encima de mi hombro al pasar por mi lado. Le ayudé a cerrar la puerta del camarote. Ahora los hombres íbamos juntos y las mujeres nos llevaban la delantera. El abuelo y yo entramos a su casa, cogimos el farol de encima del armario de la cocina. El abuelo me alcanzó una bujía nueva y me la dio para que la cambiara. También me dio el coño para darle fuego a la vela. Prendí el cabo a la primera, devolví el mechero al abuelo y cerré la ventana de cristal del farol. La abuela y mi madre nos esperaban en el portal para hacer el camino de la casa a la cuadra por el camino de losas. Chata, la única vaca que conservaban los abuelos, nos mugió casi sin meter ruido y agachó su testuz para que mis brazos pudieran abrazarla. Antes, el abuelo, había dado la luz eléctrica y se había colocado con los brazos en jarras, en medio de la cuadra, que era grande, demasiado grande para una sola vaca. Se quedó esperando a que la abuela dijera lo que quería que hiciéramos. Que hiciéramos o que hiciese él, pero algo sin duda importante, porque la abuela nunca nos había arrastrado a la cuadra una vez de haber dado de cenar a Chata, cerrada la cerradura con una llave que pesaba medio kilo y de haber bajado la cortina de la estancia de la vaca. Porque la cuadra era tan grande que cuando Chata se quedó sola, la abuela le confeccionó con una arpillera de saco una inmensa cortina que ordenó colgar al abuelo de punta a punta de una de las vigas de roble que sustentaban el camarote de la cuadra. Una inmensa cortina de saco que se subía por las mañanas y, enroscándola sobre ella misma, se sujetaba en un clavo de la viga para que entrara la luz en la habitación de Chata. La misma cortina de saco que cortó la abuela con la punta de la hoz de pelar remolachas subida a una escalera de tijera mientras le contemplábamos todos sin saber qué hacer, mi padre también la miraba desde la puerta de la cuadra y fue, como siempre, el primero que la comprendió. Mi padre parece que no está en la tierra pero se entera de todo lo que pasa en casa, arriba y abajo. Por eso sacó la camioneta del garaje mientras ella terminaba de cortar a lo largo la cortina de saco que protegía a la vaca de miradas de extraños, sobre todo cuando estaba de parto y la abuela la mantenía dos o tres días bajada, aunque la subía siempre que llegaban mis primos a ver el ternero recién parido.

También fueron mi padre y la abuela los que sujetaron de la viga del pórtico de la iglesia con unos clavos y un martillo la cortina de saco que cubrió por completo el carro a medio descargar, las camas a medio montar, y a toda la parafernalia que la abuela había visto pasar desde una de las ventanas pequeñas del camarote de nuestra casa que da a la estrada.

Mi abuelo, mi madre y yo les esperamos en la verja de hierro del pórtico. 
- La cestita con huevos que llevaba la niña la tienen encima de una mesa. Sin embargo, te aseguro que no he visto gallinas por ninguna parte -dijo la abuela al abuelo camino de la camioneta.
- Seguramente serán huevos de madera -le respondió el abuelo.
- ¿Cómo los van a comer sin son de madera?
- Ése es su problema.

                     

                                                                       FIN