jueves, 5 de junio de 2014

EL CANTO DEL MIRLO


I

El abuelo aprendió a silbar como los tordos el día que la americana descubrió los huesos del tío Hipólito. También aquel día logró hablar por teléfono con voz nítida: “Dígame”. Me lo contó el día de mi cumpleaños.
- ¿Y tú cuántos años has cumplido hoy?- me dijo.
- Nueve. Hoy he cumplido nueve años.
-Yo voy a hacer el mes que viene diez veces nueve. Nunca es tarde para aprender portentos. Porque antes de hacer diez veces nueve he aprendido a hablar por teléfono como el jefe de estación y he practicado el silbido de los tordos negros muy negros, de esos que duermen en los laureles. ¿No te parece prodigioso?
- ¿Qué significa prodigioso?
- Una cosa maravillosa, extraordinaria.
- A mí no me parece extraordinario que sepas silbar como los tordos. La abuela no sabe silbar como los tordos y dice que no le importa. Y también dice que se siente feliz cuando el teléfono está callado.
- Tu abuela siempre ha sido una ramplona. No es propio de abuelas cantar como los tordos. Cantar como los tordos no deja de ser una gansada. Las abuelas están para contar chismes que no interesan a nadie y para reírse de los hombres. Pero no andan silbando por la vida. Además, tu abuela perdió su alegría al olvidar la destreza de mis manos. Acepto su retraimiento en no querer ir al mercado en la silla de ruedas que le construí con mis herramientas, pero no le perdono su desconfianza en mi habilidad. Mi silla de ruedas es tan buena como las que usan las monjas en el asilo para llevar a los viejos al dispensario. Mi silla no está construida para ir al hospital. Está pensada para pasear por el camino del manantial y por los álamos. Está copiada milímetro a milímetro de una silla de un lord cojo que vivió en la India.

La abuela hacía muchos años que había perdido la fuerza en las piernas. Aunque el abuelo le hizo una silla de ruedas pintada de rojo carroza, radios de ciclomotor y empujador de madera barnizada a muñequilla, ella le dijo que no había nacido para que los niños se rían de una vieja. Con todo, el abuelo no perdió la esperanza de que se aficionara al carromato. Le puso un claxon de fantasía y un freno capaz de dejar en seco las ruedas traseras en una distancia de quince centímetros. También mi madre le compró una manta escocesa y una gorra de lana para el invierno. Pero la abuela mandó, cuando se rompió la cadera por tercera vez, que recojan las alfombras y quiten la cera de la madera del suelo. Después se ejercitó en caminar con dos muletas de aluminio y no volvió a subir y bajar escaleras.
II

A mi tío Hipólito lo vinieron a buscar en un auto negro con rueda de repuesto. Dicen que era un Citroen. Eso sucedió antes de nacer yo, en la guerra. En mi casa lo recordaban todas las noches y siempre que venía un familiar de visita de día. Entonces, cerraban las ventanas para hablar.
Llegaron cuatro hombres con sombrero. Lo sacaron de casa por la ventana de su cuarto y lo abatieron de dos tiros a quemarropa, los dos en el pecho. El tío Hipólito no fue a la guerra porque era dos quintas más viejo. Era maestro de escuela. La gente dice que enseñaba cantando. En la plaza había tiovivos. En realidad sólo había un tiovivo. Era para los niños. La abuela dice que cuando ganaron la guerra los otros, le pusieron dos altavoces que no paraba de tocar el himno nacional. A mi tío Hipólito lo sentaron en un cochecito de bombero, de los que tienen campana. Después le dieron a la sirena del tiovivo para que los vecinos se asomaran a las ventanas. Pero los vecinos, en vez de mirar, sacaron sus manos para cerrar las contraventanas de sus casas. Atrancaron sus ventanas para no ver lo que sucedía en la calle. Los abuelos no oyeron los dos tiros. Por eso dice el abuelo que “descargaron el cargador”. Es mucho más dramático que “le pegaron dos tiros”. Alguien vio algo. Lo contó. Los hombres con sombrero arrastraron el cadáver hasta la entrada del pueblo o más lejos, por allí, por donde el camino va no sé dónde. Hacia el campo. Los dos casquillos los encontró Inocente, el recadista. Mi abuelo se los compró por dos duros. El padre de Inocente le dio un par de órdigas con la orden de devolvérselos a mi abuelo. Así fue cómo mataron a mi tío Hipólito: tirado en un cochecito de bombero. Después se lo llevaron arrastrándolo por el polvo y poco más se supo. Mi tío, además de enseñar cantando, escribía historias de santos malos y novelas de ladrones y policías. Se las publicaban todas. Yo he leído la de los policías. Hay una en donde un hombre sin piernas se mueve por la ciudad en un carrito con ruedas de rodamientos. Se empujaba con las manos, envueltas en guantes de cuero. Se llamaba Steve Chanceller y se alimentaba de las botellas de leche que cogía de las puertas de las viviendas. Mi tío no firmaba sus novelas como Hipólito Estrella. Era su verdadero nombre. Nosotros somos Los Estrella.

III

Doña Matilde, la amiga de mi abuela, había nacido en una tribu de arapajoes, en Oklahoma, América del Norte. Hablaba muy dulce. Su hijo vino con las Brigadas Internacionales a ayudar a la República. Era periodista. Lo mataron nada más llegar a Madrid. Doña Matilde vino en avión a hacerse cargo del cadáver de su hijo y se quedó a vivir en nuestro pueblo porque no pudo rellenar a tiempo los papeles de regreso. Dicen que el muchacho se pudrió demasiado y no le dieron el visado de muerto nuevo. Al periodista lo enterraron fuera de las paredes del cementerio de nuestro pueblo, al lado de otro muerto que no tenía cruz. Tenía una estela en la que habían esculpido un compás. La abuela se solía consolar con la americana. Le decía que el poseer sólo dos balas y un petacho de sangre seca recortada con unas tijeras de hojalatero de la espalda de un carricoche de feria, daba mucha tristeza. Mientras la abuela se lamentaba, Doña Matilde exhalaba con los ojos cerrados una especie de letanía impenetrable, pero hermosa. Su nariz recta se dibujaba en la pared blanca de la sala y yo esperaba a que encendiera un cigarrillo para ver el humo dibujado en el lienzo de cal. Ella esperaba con paciencia que un día la Verdad brillara entre la mies y el cereal crecería como cabezas nunca vistas entre plumas de águilas, verdaderos dueños arapajoes de las tierras de Oklahoma. El abuelo decía que era una americana loca que había caminado mal por el mundo. Sin mirar a las esquinas. Pero mi abuela era su amiga y la respetaba.
Doña Matilde era una anciana hermosa. Aunque era india no daba miedo. Todo lo contrario. A mi me encantaba que pusiera sus manos grandes en mis hombros. Si se le miraba de perfil se parecía a la madre de Toro Sentado, el jefe que hablaba con los generales de guerrera azul. Mi padre, cocinero en barcos americanos, me traía un montón de tebeos. Ellos me enseñaron a abrir el baúl de mi fantasía. Doña Matilde, en uno de sus viajes a América, había traído con ella a dos hijas solteras que gustaban de adornarse con collares de piedras y huesecillos de gatos. Yo me arrastraba muchos anocheceres tras sus huellas, que siempre me conducían a un pequeño prado de yerba muy fina que crecía al lado de un espino de flores blancas. Una de sus hijas, la más alta, tan alta como los hombres más altos del pueblo, extendía en el pradillo una manta del color de las naranjas y se sentaban en ella buscando la Estrella Polar. Comenzaban a murmurar. Era magnífico. Su arrullo me volvía loco. Nunca levantaban la voz. Después, doña Matilde se ponía de rodillas y escribía despacio en el aire dibujos sencillos, casi siempre los mismos, que parecían letras trazadas en el vacío. Al comenzar a flamear las estrellas se levantaban, se tomaban de las manos y decía sólo una vez: Manitú. Después regresaban al pueblo.

IV

Una mujer dijo que eran tres hombres con pistolas los que apuntaron a las ventanas de las casas para que ninguna quedara abierta. Que los hombres pusieron un abrigo al muerto y lo arrastraron por el medio de la plaza y se fueron por el camino que llevaba al lavadero. Luego le subieron en una camioneta. Era todo muy confuso. 
Mi padre solía ir a la taberna con un amigo filipino para ver si se enteraba de algo nuevo. Pero el filipino se emborrachaba, se ponía en calzoncillos y cantaba canciones de amor. Entonces mi padre pedía una guitarra y punteaba sus canciones. Eran las noches que mi abuelo se ponía un capote, cogía la escopeta de cazar avefrías y los iba a buscar. Y es que mi madre se pasaba la noche llorando sentada en una banqueta de la cocina.




V

Sucedió pocos días antes de cumplir nueve años.
-Hay unos espinos muy hermosos que crecen al borde de un huerto en donde siembran maíz.-dijo doña Matilde con su voz envolvente. “De terciopelo”, decía mi abuelo.-Pedí permiso al dueño del maizal para que me dejara coger una mazorca-continuó diciendo.- Es un lugar muy hermoso: entre piedras calvas semienterradas hay un murete escondido en las raíces de unos espinos con ramilletes de flores blancas. En su base sangran unas cuantas docenas de fresas salvajes. Al acercarme a cogerlas vi que no todas eran piedras con musgo. Eran huesos empotrados entre ramilletes de espinos blancos.
Doña Matilde puso un dedo en un espino y su grito de americana compungida desmayó a sus hijas pensando que una culebra le había arrancado sus dedos pintados de cereza. Doña Matilde no dudó. Se chupó su dedo meñique, mojó los mofletes de sus hijas con rocío y gritó en perfecto español que la calavera del muchacho de los Estrella estaba allí.

VI

La abuela se dejó subir a la silla de ruedas que le hizo el abuelo porque estaba convencida de que las americanas no sabían mentir. También permaneció entre el murete con las manos protegidas con guantes de lona. Según iba encontrando huesos y huesecillos los iba guardando en los bolsillos de su delantal como si fueran fresas maduras.
Yo vi al abuelo alargar sus labios estriados y emitir el silbido característico de los tordos de la tierra. Lo hacía tan bien que él mismo parecía un tordo cantando la huida del sol al atardecer, que es cuando más cantan. Las lágrimas comenzaron a correr por los surcos que bajaban por los costados de su nariz y cuanto más fea se le ponía su cara de viejo más hermosos le salían los trinos.
La abuela, sin dejar de escarbar la tierra con sus dedos convertidos en garras dijo muy dulce:
- ¿No escuchas cantar al tordo? El canto de los mirlos le volvía loco de alegría a Hipólito cuando era niño. ¿Recuerdas?

VII

Todos empujaban del carro. Y les dejaban a los abuelos recoger los huesos enterrados entre las raíces de espinos de flores blancas y pinchos duros. Es increíble que el abuelo aprendiera a cantar como los tordos negros y a coger con brío el teléfono diez años antes de ponerse a morir. Hay cosas difíciles de comprender. Tan difíciles como el hallazgo de los huesos de mi tío entre las piedras de un muro que un día fue redil de ovejas y ahora un montón de cantos en donde nacían fresas salvajes y una selva de espinos blancos.
Doña Matilde se siguió sentando en su manta y dibujando letras con las manos.
- Manitú lo ve todo.
El abuelo solía ir al cementerio al apagarse el día. Escondido entre cruces de mármol, lanzaba silenciosos trinos en dirección a la tumba nueva del tío Hipólito.

FIN

jueves, 8 de mayo de 2014

MARIPOSAS BLANCAS


    
      La mujer de Simón usaba muletas con sobaqueras de biela con chinchetas doradas. Ya no manejaba bien las muletas. Se tropezaba. Se caía. Caminaba haciéndose sangre en la frente y en las rodillas, astillándose un brazo y rebotando frases de fuego contra los santos. Le salían sin malicia. Medicina de pobres. Cuando no podía más dejaba su cuerpo tullido en las boñigas del pozo de la cuadra esperando el mordisco de una rata en algún poco de carne de encima de sus huesos. No lloraba. Esperaba. Él siempre terminaba por llegar. Algunas veces retornaba al escaparse la noche. Entonces la mujer se esforzaba en levantarse. Lo conseguía. “Los hombres se enganchan en una zarza”. Estaba convencida. 
     Mientras la mujer arrastraba su cuerpo con ayuda de sus muletas por los huecos del caserío, Simón juraba que a los ochenta años se iba a ahorcar de una viga de la cuadra. El vino borra la razón.
- ¡Fanfarrón!-decía una voz.
Otra voz mojada en alcohol gritaba por encima del fandango:
- ¡Deja tu hora a un lado y cuéntanos cómo tu primo te birló el puesto de guardia municipal!
A Simón le brillaban sus ojos, sonreía con malicia. Y lo contaba. ¡Claro que lo contaba! Pero un día sintió daño en sus huesos. Era un daño duro. Dio la espalda al personal. Cogió su vaso de vino y se lo llevó a la boca. Fue un trago largo. Sólo uno. Preguntó cuanto debía y salió al frío de la noche. No tuvo conciencia de que le costaba caminar sin dar bandazos. Estaba borracho. Como todas las noches, estaba borracho. Llegó a casa sin daño. Buscó a su mujer en la cocina, en el cuarto de al lado, que era también el suyo. Se dirigió a la cuadra. Allí estaba. Iluminada por una bombilla de veinte vatios, a la orilla del pozo negro. Allí estaba esperándole como cada noche. Sin llorar.
     - Ya te tengo dicho que dejes en paz a las vacas, mujer. Son animales.
- Mugen, borrachín. Mugen de hambre. Mientras tú te llenas la barriga de vino, ellas mugen muertas de hambre. Dan pena. Si no les puedes atender llama al carnicero.
     - Ya les daré yo la cena. Te ahogarás en el foso de sus orines.
    - ¿Por qué nos casamos nosotros?- preguntó la mujer en un suspiro, marcando las eses como hacían los viejos hace mucho para dulcificar el idioma.
     - Porque éramos buenas personas. Cogíamos grillos en mayo y los poníamos en la ventana a cantar. Pero la vida no es como la pintamos: es como nos la van pintando. La vida es amarga como la piel de las nueces verdes.
     - Si rumias, malo para tus vísceras. La vida es como el agua del manantial. Si orinas en el manantial el agua se ensucia. ¡Bebes demasiado! Eres un pellejo sin fondo. ¿Cuándo vas a comprar veneno para las ratas? Un día me comerán entera. ¡Comerán mis huesos y creerás que me he fugado! Hay una rata grande que cuando salta encima de mi estómago, se me acaba el aire de mis pulmones. Mi padre decía que el orín de las ratas tiene veneno mortal. Si encuentra una herida se mezcla con tu sangre y te paraliza los riñones. Decía que los Nacionales pagaban cuatro duros por un saco lleno de ratas. Las soltaban en las celdas de los presos.
 - Y los presos se las comían vivas. Dejemos las cosas quietas. Dime: ¿Qué quieres que haga primero: llevarte a la cocina para que te unte con yodo las heridas o darles la cena a las vacas?
- Atiende al ganado.
Simón coge en brazos a su mujer y la lleva por el corredor a la cocina. Siente que se le ha evaporado la borrachera. Tampoco le duelen los huesos. Piensa que la mala conciencia duele en los huesos. La acomoda en su silla, pone encima de la mesa una palangana de plástico con agua limpia y una toalla, un paquete de algodón y la botellita de yodo. Primero le limpia las heridas de la frente, después las de los codos y por último las de las rodillas. Ella se deja hacer. Antes de cubrirlas con esparadrapo, sopla en los rasguños.
- ¿Has cenado?- pregunta a la mujer.
Sin esperar la respuesta, le prepara un tazón de leche caliente y le acerca la barra de pan.
- Atiende al ganado -le suplica su mujer.

Simón llena los comederos de las dos vacas con la alfalfa que ha cortado por la mañana. Después les limpia la cama y esparce arena de la playa con una pala. Arrima un taburete a las ubres del primer animal y limpia sus pezones con un trapo impoluto bien mojado en agua templada. La ordeña. Hace lo mismo con la otra. Las vacas sacian su hambre.
- No olvides de darles agua -le llega la voz de su mujer desde la cocina.
Simón llena un cubo en un grifo que hay en la pared. Cuando terminan de beber les acaricia la testuz, recoge las muletas de su mujer, el recipiente de la leche y apaga la luz de la cuadra. En la cocina, limpia con una bayeta las muletas con sobaqueras de biela y las lleva al cuarto de al lado. Levanta a su mujer por la cintura y la deja sentada encima de la cama. Se desnuda de cintura para arriba y se lava en la fregadera las manos, los brazos, las axilas y el pecho. Antes de secarse, bebe un trago de agua del grifo, la cena, y se acuesta al lado de la cojita. Entonces quiere recordar desde cuándo su mujer es coja, pero le falla la memoria. Con el sueño en ciernes, piensa que quizá es coja desde niña, desde que le arrojaba piedras cuando le burlaba o antes de conocerla él. Se duerme.
Antes, cuando era joven y bebía menos que ahora, olvidaba las cosas pequeñas. Olvidaba el nombre de los pájaros, cuándo florecían los manzanos, de qué color eran las flores de los cerezos. Y es que le daba igual el nombre de los pájaros y el color de las flores de los frutales. Después de cumplir sesenta años comenzó a olvidar el saldo de la libreta de ahorros y algunas veces, hasta el nombre de sus padres. Ahora, que le faltaba poco para cumplir los ochenta, lo único que no podía olvidar era el rostro que le había hecho malo: el rostro de un primo suyo con la sangre de sus venas corrompidas. Y no podía arrancar de su pecho el dolor que aquel hombre había sembrado en su corazón el día que le robó su talla y el día que mató a un vecino en el apeadero del tren.
    Sucedió hace mucho.
    Simón medía un metro y sesenta y siete centímetros. Le sobraban dos para pasar las pruebas de altura que se celebraban en el salón de actos del Ayuntamiento, con las botas brilladas y la boina recogida en la mano derecha en señal de respeto. Era un muchacho de hombros anchos y cintura de bailarín. Para entonces ya habían corregido los ejercicios de Urbanidad, Geometría y Aritmética y él había sacado la máxima puntuación. Sólo faltaba que el médico y el alcalde les tasaran la altura con la regla oficial de medir quintos para el Servicio Militar y párvulos para comenzar la escuela. Pero su contrincante ganó por un centímetro y fue proclamado allímismo con los saludos de su cuadrilla, guardia municipal.

 Simón y la nueva autoridad eran primos carnales. Primos carnales que habían besado a la misma abuela y habían jugado a guardias y ladrones en los mismos espacios. Las Guerras, si joden la paternidad, ¿cómo no van a joder los parentescos amarrados con hilos? Además, Simón tenía los ojos azules, ojos plácidos de chirigotero fabricados para llorar y querer. Al contrario, los ojos de su primo miraban desde agujeros taladrados en el fondo de su cogote, ojos de rata. Eso decían. También decían que nunca le habían escuchado reír.
Con trampa o sin trampa la elección fue legalizada. Pocos meses después de ser nombrado guardia municipal del bando ganador, el primo descargó su pistola oficial en el andén de la estación de ferrocarril sobre el cuerpo de un vecino que se quejaba porque el guardia le robaba terreno corriendo las mugas de separación las noches sin luna. Riñas de vecinos. Eran aquellos años en los que el General Franco tomaba el cafelito con el Teniente Coronel Martínez Fuset mientras ordenaban largas listas de enemigos escribiendo a su vera garrote o fusilamiento. A su primo le metieron un mes en la cárcel. Hubo muchos testigos. Al de un mes salió con los galones de sargento y con unas botas reglamentarias que le aupaban las narices cinco centímetros del suelo. Le hicieron un uniforme nuevo, le dieron el bastón de mando y el honor de acompañar al alcalde en las fiestas de los barrios y de golpear en las espinillas de los chiquillos para mantenerlos alejados de las autoridades y para que no se subieran a los árboles.
Simón jamás pudo tragar la injusticia de que a su primo le ascendieran a sargento con la prerrogativa de vestir un par de botas que le hacía más alto que a él. De ahí su único discurso, su alocución tabernaria, su soflama de todos los días en los lugares más insólitos del pueblo. Cuando el alcohol le acercó a la vejez, su denuncia la hacía hasta en los lavaderos de las mujeres, en los recreos de la escuela, a la salida del catecismo. Mientras, se olvidaba de llevar a las vacas al abrevadero, de sacarlas al campo a pastar, de ordeñarlas a sus horas; dejó a la cojita en libertad, la abandonó a las sorpresas que una casa de campo va cimentando a su libre albedrío. Fueron años sobre años echados a perder. Años de borracheras y abandonos. Hasta que la cojita dejó de luchar contra las ratas o las ratas la vencieron. Cincuenta años con la piel curtida de mierda, plagada de llagas, eran muchos años como para que los roedores no guardaran en su memoria la forma de tumbarla.
La halló Simón, un amanecer de curda, desnuda encima de los excrementos de sus dos vacas que se acostumbraron a vivir con los vaivenes del amo, con un agujero donde recordaba que siempre había tenido la nariz y algunas larvas pringosas arrastrándose por su cintura. Simón supo buscar una sábana limpia en el ropero de su esposa. Envuelta en ella, la llevó a la cocina. Antes de depositarla en la mesa, la limpió con agua caliente y alcohol. Después dedicó toda la mañana en desinfectar su cuerpo, en limpiar sus llagas, en cubrir con una venda y esparadrapo el agujero de su nariz. Le aseó su cuerpo como se asea a una novia y le condujo a su cuarto. 
La tendió en su cama. Luego de peinarla y rociarla con colonia limpió con parsimonia sus muletas y las colocó cada una al lado de su cuerpo. La cubrió con una sobrecama de brillos y colocó una vela encendida encima de la mesilla. Sacó su escopeta de cazar y la caja de los cartuchos. Disparó contra todas las ratas que vio en el cuarto. A las últimas las mató a pisotones o las degolló con sus propias manos; también a mordiscos. Después cerró la puerta y salió al campo a recoger flores amarillas de nabos silvestres. Era su tiempo de florecer. Regresó al cuarto de la cojita, lo barrió, quitó el polvo y almacenó la ropa que no era de mujer. Una mariposa blanca se posó en el mármol gris de la mesilla. Simón tuvo el flash de un recuerdo infantil. Su madre le contó que las almas de los muertos eran mariposas blancas. Abrió la ventana del cuarto y esperó a que la mariposa volara vacilante al viento, como vuelan las mariposas que desconocen el camino a lo desconocido.
Pidió permiso para enterrar a su mujer junto a sus muletas. 
Simón vendió sus vacas. Clavó la puerta de la cuadra que llevaba a la cocina. Volvió a la taberna. Ahora iba a cualquier hora del día. Esperaba agazapado detrás de una columna la entrada de algún desconocido y le invitaba a beber. Poco a poco su lengua narraba lo único que recordaba de su vida: cuando su primo le hizo trampa para quitarle el puesto de guardia municipal y cuando mató a un vecino con la pistola que le habían dado en el Ayuntamiento.
Transcurrieron tres o cuatro años repitiendo su misa. 
Lo encontraron ahorcado de la viga más alta de la cuadra con la polla en las manos. Tenía ochenta años. Lo incineraron sin funeral. Las cenizas las derramó un vecino en la huerta en la que Simón plantaba nabos para el ganado. De las flores de nabos remanecieron larvas y de las orugas, miles de mariposas blancas con ojos negros en sus alas que copularon antes de morir formando un triángulo de nieve delante del telón azul del cielo. 

FIN

 

jueves, 10 de abril de 2014

EL NEGRO QUE ROBÓ UNA NARANJA

     
     Mi abuelo me dijo que mató a un caimán en el río Orinoco. Lanzó el arpón y se lo clavó en su testuz. Mi abuelo me llamaba trasto. Un día cogió dos limones grandes del limonero y me dijo que se los llevara a mi madre. Son cosas que me acuerdo de cuando mi abuelo era un viejo feliz. Luego se murió mi abuela y se convirtió en un viejo triste. Dejó de sonreír y de fumar en su pipa de espuma. Tampoco se afeitaba todos los días. Y ya no me enumeró más el nombre de la parte del mundo en que se encontraba navegando cuando nació cada uno de sus nueve hijos. Pero aunque su carácter se había vuelto melancólico, me gustaba estar a su lado. Mis amigos decían que era el perrito de mi abuelo. No me importaba que me llamaran el perrito de mi abuelo. Me gustaba que me cogiera de la mano con la suya, que era grande y siempre estaba fría. Me dejaba tomarle el pulso en la muñeca. Sus latidos eran pujantes. 
     El perro de mi abuelo se llamaba Verde. Era más viejo que yo.
- ¿Cuántos años más que yo tiene Verde, abuelo?
- Es unos años más antiguo que tú. Los perros se desgastan antes que los niños. Yo he gastado siete perros en mi vida. Cuando se muera, entiérrale en la mar.
Mi abuelo algunas veces llamaba Rufián a Verde. Rufián debió de ser su perro preferido, porque se le escapaba su nombre a menudo. Mi abuelo escribió cinco libros. En los cinco había un perro que se llamaba Rufián. Mi abuelo tenía muchos secretos. Creo que toda su vida fue un gran secreto. Mi maestra solía decirnos en las clases de lectura que los grandes hombres que nos han dejado libros profundos, generalmente han sufrido mucho en su vida. Sin embargo, mi abuelo me dijo que no hiciera demasiado caso a las frases colosales de los maestros. Todas las cosas tienen su pero, niño trasto. Porque ha habido grandes escritores que nos han dejado obras irrepetibles sustituyendo el sufrimiento por la imaginación. Instrucción, talento e imaginación eran, según él, las tres herramientas para no morirse tonto.
Me llevó a su cuarto y sacó de un cajón, que a su vez estaba dentro de otro cajón, un estuche. Desempolvó un cuaderno con resguardos de madera y me lo dio para que leyera en paz alguna de las cosas que aprendió. Además de mostrarme el secreto de su armario, me permitió ver los porqués de una lista de saberes que me hicieron preguntarme por las curiosidades resueltas del abuelo. Había más de mil. El abuelo conocía la historia del té, por qué no vemos en la oscuridad, por qué nos quedamos dormidos. Sabía la fábula del calvo y la mosca, sabía desenterrar la luz solar, sabía cómo distribuía un león las horas del día, qué fuerza hace volar a las flechas, por qué contamos por docenas, sabía con qué producen las abejas los zumbidos, si las flores duermen de noche, conocía la historia de la bicicleta, por qué se apaga el fuego, sabía hacer pompas de jabón, un violín con una caja de cigarros, tinta invisible, dulce de coco, un globo. Sabía por qué nos inquietamos, a dónde va a parar el humo, la historia del caballo, por qué las gotas de lluvia son a veces grandes y a veces pequeñas, por qué no nos vemos a nosotros mismos en los sueños. Sabía muchos poemas y docenas de historias. Pero no sabía por qué no se dejaba besar por los niños. Yo nunca conseguí dar un beso a mi abuelo. Recuerdo que lo intenté cuando era pequeño. Ante sus aspavientos no tuve más remedio que dejarle tranquilo. Su faz era inexpugnable.
Mi abuelo se llamaba Sosías, pero le llamaban José. Decía que era hospiciano, hijo de una madre mendicante que le olía el aliento a compota de manzana. No recordaba más de ella. Tampoco sabía ni cuándo ni cómo se murió. Sólo contaba que su aliento olía a manzana. Yo sabía que el abuelo se iba a morir llevándose consigo la historia profunda de su vida. Y sentía pena cuando una pregunta mía le sumía en un mutismo que lenizaba su carácter, como si le hubiera metido morfina en su sangre. Porque paraba sus ojos azules en alguna parte de mi rostro y esperaba que alguna mueca mía le revelara mi conformismo con su manera de ser. Cuando su martirio pasaba de largo, me llamaba trasto y se iba a refugiar a su cuarto, que era grande y luminoso. Tenía una ventana doble y un antepecho con puertas. Frente al antepecho estaba su butaca verde. Se sentaba en ella y se quedaba horas mirando al mar.
También había un tocador con encimera de mármol gris. En el cajón central, dentro de un misal, encontré una foto del abuelo con pajarita negra. Se la robé junto a una flor de pensamiento prensada en las páginas de una misa de Pentecostés. Era un pensamiento amarillo y violeta, de los que la abuela plantaba entre unas piedras subidas de la playa. Al día siguiente el abuelo me vino a buscar a la cama.
- ¿Qué has hecho con ella?-me preguntó con sus ojos en mis labios. Me sonrojé.
- La foto…-balbucí.
- Déjate de monsergas. 
Abrí el cajón de mi mesita de noche y saqué su cuaderno con cubiertas de madera, el que me dejó para que leyera sus conocimientos. Al descubrir el pensamiento extrajo el misal del bolsillo de su chaqueta y lo abrió con precisión por la misma página en donde había dormido. Sus torpes dedos se acercaron a ella para pellizcarla como si se tratara de las alas de una mariposa.
- ¡Espera!-dije.
Salté de la cama, corrí al cuarto de baño y cogí las pinzas de mi madre. Me esperaba con el misal abierto. Mordí los cálices secos con la precisión que mi padre pinzaba sus sellos y los coloqué en su sitio. Luego hice lo mismo con su fotografía.
- Eso no quiero- dijo mi abuelo. 
Busqué su rostro para ver su enfado. También había enrojecido. Aquel día comprendí que el cuarto del abuelo permanecía vivo, que cuando se encerraba en él no era solo para sentarse en su butaca y barrer con sus prismáticos las cubiertas de los barcos que entraban y salían del Abra. Las puertas de su ropero tenían llaves. También los cajones de su tocador y de su mesa de despacho. Y las llaves rara vez estaban en su sitio. Una vez llegué a ver en un cajón de su despacho una estacha con el mango cubierto de cuerda trenzada. Al lado de la estacha asomaba el cañón de un colt. El abuelo velaba los despojos de su vida como un soldado patrulla su puesto de guardia.
Me gustaba verle cubierto con su gorra de capitán. Se la ponía para ir a los entierros y cuando venía a visitarle un mayordomo tan viejo como él. Para asistir a los entierros se ponía la gorra de plato con las dos anclas bordadas rodeadas de laureles. Verde se ponía contento y si no le encerrábamos, le seguía ladrando hasta la iglesia. Aunque el cura se enfadaba, el abuelo dejaba sentarse al perro a sus pies.
- Deje en paz a mi perro. Hemos vivido juntos muchos temporales como para que no pueda acompañarme a los funerales de mis vecinos.
El mayordomo venía con sombrero de alas. Algunas veces se encerraban en el cuarto del abuelo y permanecían dando voces y pegando puñetazos encima de la mesa del despacho. Un día le oí al abuelo decirle:
- No vengas a romperme la paz.
- ¿Qué paz te rompo?
- El silencio.
Don Claudio no vino más.
Sucedió después de morirse la abuela. Y es que desde que ella se fue, al abuelo le pesaba el mundo.

El abuelo se murió tres años después que la abuela. Primero dejó sus paseos. Después se sentaba debajo de la parra en una silla de cuerdas. Un día la cambió por la butaca verde de su alcoba. Vivió el verano casi sin hablar. Yo me sentaba en el suelo mirándole cómo me miraba. Sus ojos azules se posaban en los míos como si no me conociera. Hablaba poco. Frases perdidas. Un día alargó el brazo como para retenerme y dijo:
- El negro de abajo es mío. Recuérdalo. 
No dijo más. Le interrogué de cien formas diferentes para llamar su atención. Fue inútil. Al mediodía pregunté a mi madre si ella sabía lo que me había querido decir el abuelo.
- Está perdiendo la cabeza- dijo.
No me conformé. Menos, al advertir que el abuelo empezó a jugar con sus cejas y a mover el azul de sus ojos. Desde el primer momento supe que me quería decir algo.
- El negro es tuyo-dije despacio.
- Es mío. Pero puedo asegurarte que alguien se encaprichará de él.
El abuelo se puso en pie y luego volvió a sentarse.
- No pienses que yo me voy a quedar con los brazos cruzados-dije para seguirle la corriente.
Tenía una mosca en su frente. Me acerqué a espantarla.
- ¡Ni se te ocurra! ¡Los hombres no se besan!
- No te iba a besar, abuelo. Iba a espantar una mosca que te está molestando.
- Es una mosca cojonera. No hay nada que hacer. Las peores son las de Estambul. ¿Cuántos años tienes?
- Trece.
- Yo subía al palo mayor a hacer guardias con doce años. Te voy a decir una cosa. Dicen que soy un buen viejo. Pero de joven fui más malo que la sarna. Solo medran los malos. ¡Prométeme que serás malo! ¡Muy malo!
Mi madre estaba en lo cierto. El abuelo deliraba despierto. El médico había dicho que tenía los riñones mal. Que no esperásemos milagros. Era el mes de agosto después de la Virgen: la época que la canícula fatiga los pulmones de los viejos. Le solíamos refrescar su rostro con un abanico. Entonces cerraba sus ojos y hacía gestos afirmativos con su cabeza. Le agradaba que le abanicáramos, pero le desesperaba que le pasáramos un pañuelo húmedo por su frente. Me acuerdo. Aquel verano no fui a la playa. Mi mayor preocupación consistía en pensar cómo se puede ser malo, muy malo.
- ¿Dónde está el negro, abuelo?-le pregunté con decisión. El anciano me miró sin ambages. Supe que mi pregunta era correcta.
- Te voy a decir una cosa. Esto es entre tú y yo. ¿Estás de acuerdo?
- Sí.
- Una vez robé una naranja al mayordomo. Era muy difícil robar nada a don Claudio. Descubría al ladrón por el olor. Habíamos levantado anclas en Santo Domingo con la marea de noche. Me dirigía con la naranja al puente de mando. Primero vi una sombra. Después distinguí un cuerpo. Me acerqué al cuerpo. Era un negro que se había colado de polizonte. Disparé a sus cejas y le di en la frente. “Te he visto”, dijo el mayordomo a mi espalda.
- Me has visto qué- le dije.
- Ponerle la naranja en su mano. Esa naranja es mía-me dijo.
Era cierto. La naranja era suya y yo la puse en la mano del negro. Entonces le dije:
- Es un negro africano. Los negros africanos no pueden entrar a su mundo espiritual sin un presente. No les dejan entrar. ¿Qué ofrenda más delicada que una naranja?
“- Escucha”- me dijo el mayordomo. “Mi hija, que también lee libros espirituales, me pidió que le lleve un negro. Regálame tu negro y yo te dejaré coger todas las naranjas que quieras.”
Fue cuando pregunté a mi madre si el abuelo creía en Dios.
- Cuando era joven, no sé. Ahora reza.
- ¿El abuelo mató muchos negros, má?
- Decían que el abuelo tenía buena puntería.
- ¿Tiene pistolas?
- ¡Vete a saber lo que guarda en el sótano de debajo del trastero! La abuela solía quitar el polvo de todas las cosas que almacenaba el abuelo. Desde que se ha muerto, la trampilla está cerrada.

- ¿Dónde está el negro, má?
- ¡El negro!
- A lo mejor está en ése sótano.
- Que yo sepa ahí sólo hay una colección de cosas que el abuelo fue reuniendo en sus viajes por el mundo. Recuerdo que hay pies humanos, bragueros para hernias indomesticables, carracas para matar a Judas, balas, corazas de tortuga, herramientas para modelar dientes postizos y un montón de objetos sin nombre. Pero no recuerdo que haya negros. 
El abuelo se murió mirándome.
Tuve que esperar un mes en encontrarme solo en casa. En el trastero se guardaban latas y botellas de vino. La trampilla que daba a la escalera del sótano se escondía debajo de una alfombra. La escalera era empinada. No había luz eléctrica. Fui por la linterna de mi padre. El sótano era pequeño. En el ángulo noroeste había un cajón con dos puertas y un cerrojo. Lo abrí. El negro dormía sin ojos. Tenía un saxo dorado. Era un magnífico saxofón de latón brillado. El negro tenía los labios rojos. Vestía traje de rayas y cubría su cabeza con un sombrero hongo. Le faltaba una mano, pero tenía zapatos de charol.
Verde se había colado detrás de mí. Algo con pelos trepó a mis hombros. Era algo tan vivo como una rata. Me acordé de los consejos del abuelo. “Las ratas sólo muerden si las pisas”. Verde era feliz. Se metió entre mis piernas. Me tropecé qué sé yo con qué. Mi espalda cayó contra el armario del negro. Una dulce melodía de saxo tenor comenzó a sonar ahogada por los ladridos de Verde.
- ¡Joder con el abuelo!- exclamé sentado en el suelo. 
Al negro se le habían dado vuelta los ojos. Ahora tenía ojos de muñeco de feria. La boca se le abría y se le cerraba. Cuando se le abría, metía la boquilla de hueso del saxo en su boca. Cuando se le cerraba, la sacaba. Subía y bajaba su cabeza, le temblaban las rodillas. Era un maravilloso negro de feria.
- ¡Buena rata, Verde!- exclamó mi padre desde la trampilla.
Verde había atrapado a la rata.
- El negro es de juguete, pá. 
- Lo trajo tu abuelo para regalárselo a tu abuela. Pero a la abuela le daban miedo los negros. ¿No te ha contado que robaba naranjas al mayordomo para ponérselas en las manos de los negros que mataba de un certero disparo? 
El saxo gimoteaba con dulzura. Se calló.
- La cuerda la tiene en la frente. Debajo del sombrero- dijo mi padre.
- Entre ceja y ceja-dije.
Subí. Era una rata con la cabeza blanca. Nunca había visto una rata con la cabeza blanca. Se la llevó mi padre a enterrarla en la huerta. Le seguí. Tragué saliva.
- ¿Cuántos polizones habrá matado el abuelo?
- Tu abuelo era una buena persona. Quería a la vida. A la suya y a la de los demás. Es mejor que olvides las cosas que te contaba. Lee sus libros. Ahí está lo mejor de él.
- A mí me dijo que tenía que ser malo. Muy malo. ¿Qué tengo que hacer para ser muy malo, pa?
- Matar a un negro.

FIN


viernes, 7 de marzo de 2014

ZAPATOS CON MARIPOSAS


Comenzaron a discutir al regresar del trabajo. Inma metió sus zapatillas y su pijama en una caja pequeña de leche y se marchó de casa. Inma conservaba un apartamento de veinte metros cuadrados de cuando era soltera. Lo compró con el dinero que le dejó su madre. Seguramente fue lo único sensato que hizo en su vida: gastarse los cuartos en una vivienda con dos ventanas y un respiradero sin malla en donde anidaban los gorriones. Inma  vivía en el primer piso. Subía cinco escaleras que arrancaban del descansillo del primer piso y se encontraba con la puerta de su apartamento. La casa  tenía un cuarto de baño con puerta y el resto estaba todo junto. En un ángulo nacía una lámpara arco que terminaba en una mesa de cristal rajada. La lámpara iluminaba toda la pieza. El resto de muebles los había ido recogiendo con esmero de las orillas de los contenedores, a excepción de la cama, que la encontró en la casa y la tele, que la compró en unos grandes almacenes. Inma tenía la fuerza de un serrador de troncos y el melindre de una pastelera. Criaba dos bosques de vello en su pecho, que le empezó a salir a los doce años y su voz dulce enternecía a los ogros. Su bicho malo era el vino de cartón. Vaciaba el litro en un par de horas. Según. También bebía cava rosado para calmar la gastritis. La carne la comía con cava y el vino peleón con aceitunas.
 Nicolás era abstemio de vinos de poca graduación. Bebía brandy con Coca Cola. Además, le gustaba tomarse los tragos en sitios donde ponían música y la gente se pasaba por el forro la prohibición de darle al humo. Le deslumbraban los entornos sofisticados con música de negros americanos. En una calle que moría en San Francisco había un bar de chinos. Uno rubio se pintaba los ojos. Era de Llodio. Lo hacía bien.
 Hacía mucho tiempo daban de comer a los maestros de las escuelas de Las Cortes y a media docena de putas drogatas. Luego llegaron los chinos con un equipo de sonido de madre y con una caja de vinilos de blues, que compraron en la Plaza Nueva un domingo por la mañana. Un chino era alto y flaco. Usaba tirantes con la ikurriña. Le llamaban culoprieto. Era el que decoraba el bar. Unas veces colgaba banderitas de papel de un centenar de naciones. Otras, llenaba el techo y las columnas de hierro de potos, un vergel de potos que se morían de tanto fumar. Nicolás se entendía con el chino flaco porque servía buenos vasos. A Inma le dormía aquella música. Se marchaba a casa llamándose insociable. El vino que sobraba se lo llevaba agarrado de la orejita de cartón del tetrabrik. Se sentaba en el sofá con las piernas en bandera, daba dos pases a los cincuenta canales de la tele y se dormía con la teta de cartón cerca de sus labios. Hasta que discutieron quién de los dos era más borracho. Mala cosa.
- Una mujer dándole al morapio hace a “cerda".
Nicolás supo que se le había escapado la palabra más vejatoria en el vocabulario de su mujer.
Inma ya tenía pensado largarse a su apartamento. Lo había estado limpiando en secreto. También había llevado media docena de tetrabriks por si le cogía la depre. Metió en la caja de leche su pijama y sus zapatillas y se largó. Se sintió aliviada. Se le despegó la ropa de su piel. Era dueña de su cama. Tenía dos mantas para ella sola y dos ventanas para asomarse al mundo y ver de primera mano lo que pasaba.
Nicolás se sirvió en su vaso de tubo dos dedos de coñac. Lo miró con deleite y lo llenó hasta arriba. Siempre hacía lo mismo. No había más vasos de tubo  en toda la casa. No fue ella. El portazo lo dio el viento. El vaso se hizo añicos en el suelo de la cocina.
- ¡Joder qué humos!- dijo Nikolás.
No recogió los cristales. Echó un trago del gollete. Pensó que al día siguiente ella volvería a barrer la cocina. Podría no regresar a poner la lavadora, pero a quitar los cristales rotos, sí. No regresó. Al tercer corte en las plantas de los pies, Nikolás barrió el suelo de la cocina. Primero compró por cero ochenta tres vasos en una tienda de chinos y después barrió los cristales del suelo. Lo barrió a conciencia. También las cucarachas.
Echaba de menos a Inma. Ella le solía esperar en el cuarto de baño con la puerta abierta para que la viera peinarse. Inma tenía el pelo negro, sin canas, brillante como el de las indias de las películas americanas. Se peinaba con raya a medio lado, una raya perfecta en su cabeza más bien plana, daba autoridad. Se lo dijo la peluquera que le peinó para la ceremonia de su boda, ya hacía diez años. Desde entonces no había cambiado su peinado. Al escuchar la llave en la cerradura, cogía su toalla blanca, se la colocaba en sus hombros y mirando a su marido a través del espejo decía:
- Sólo me falta peinarme.
Nikolás trabajaba en un garaje arreglando pinchazos y cambiando baterías. Aunque venía con las uñas ya cepilladas, se volvía a dar un buen repaso en la fregadera de la cocina con jabón de sosa. Ponía la tele, se sentaba en el sofá y clavaba sus ojos en el cepillado rítmico de Inma que realizaba el milagro de transformar lo desagradable en apetitoso. En otros tiempos fue la hora de la pasión. Desde hace años, el recuerdo del trago en las tabernas de todos los días, dominaba cualquier impulso erótico. Ahora metía prisa a Inma.
- Venga. Que ya estás bien.
Nikolás estaba alcoholizado. Pero no permitía a nadie que le llamara alcohólico. Había estado desintoxicándose en una casa de doce habitaciones individuales, servidas por dos enfermeros alcohólicos recuperados, una ex monja carmelita y el médico del pueblo, que les miraba las amígdalas y les tomaba el pulso una vez por semana. La casa estaba en una cañada de la provincia de Cáceres, no muy lejos de un balneario y de un pueblo medieval judío con muchas higueras. El pueblo se llamaba Hervás. En una de sus tres tabernas vendían  cazalla de sesenta grados a los alcohólicos recuperados. Nikolás nunca dejó de chupar cazalla. Permaneció setiembre y octubre de un otoño caluroso rescatando su dignidad. Se lanzaba como un tigre a la yugular de quien le llamaba alcohólico en seco, pero se sentía reconocido ante el que pronunciaba  recuperado después de alcohólico. Nikolás era un alcohólico recuperado para cualquier ser que había bautizado su intelecto en  un panfleto en donde se explica que los alcohólicos son enfermos que pueden sanar. Inma no le acompañó. Se quedó en el apartamento de veinte metros cuadrados en un primer piso y un metro más de altitud en la esquina de un parque en miniatura en donde crecían varios rosales, había árboles con unos pocos pájaros y media docena de bancos con abuelas que jugaban a la brisca. Ella siguió bebiendo lo que había bebido siempre en la cocina de su casa. Su padre, un albañil de barrio, presidía la mesa, rodeado de cinco hijos, una hija (ella) y una mujer que se sentaba cuando todos terminaban de comer. En su casa siempre hubo alubias, pan y vino. Lo demás se llamaba vicio. De la bodega de Toribio les servían el vino: una cántara a la semana. Inma se aficionó de ver a su familia sentada a la mesa siempre con el ánimo reconciliado. Y le comenzó a dar desde antes de cumplir diez años. Antes de que le saliera pelo en el pecho como a sus hermanos mayores. Eso sí. Sólo bebía vino. Y el vino no mataba. Esto último lo decía su padre. El pobre se cayó desde el andamio que habían levantado para lucir el cieloraso de una iglesia y se partió la cabeza.
Al regresar de Cáceres, Nikolás trajo a Inma una cestita con higos. Aquella noche Inma cenó higos con vino. Un plato goloso desde la época bizantina.
- Yo ahora soy un alcohólico recuperado- dijo Nikolás con cierta pedantería.
Inma sabía qué era eso de ser un alcohólico recuperado. Inma comió una docena de higos y bebió un vaso de vino. Fue cuando Nikolás revolvió en su maleta y sacó tres botellas de cazalla de 60 grados. Le dio un buen trago a la que estaba empezada.
- ¿No acabas de decir que ya te has recuperado?
- Esto es cazalla.
- Ya veo.
- De esto nos dejaban beber.
- Ya.
- Te lo juro.
- ¡Menudo timo! ¿Qué vas a beber cuándo se acabe? Yo no pienso comprarte esa mariconada. Ni sé donde lo venden. Además, van a pensar que es para mí. Es bebida de viejas.
- Estás celosa porque soy un alcohólico recuperado.  Ya me las arreglaré.
- Claro.
No era un trabajo difícil. El sábado por la tarde fue a la pastelería de los grandes almacenes. Preguntó en dónde podría encontrar cazalla.
- Anís. Tenemos anís español y francés de primera calidad. A las señoras les va mejor el anís- le dijo un dependiente con los dedos amarillos de nicotina.
- Soy un alcohólico recuperado.
- Entonces a lo mejor le apetece más café, gaseosa y zumos de fruta.
- Me he recuperado en un sanatorio de muchas campanillas. No crea que está hablando con un cualquiera.
- No lo dudo, señor.
- A los alcohólicos recuperados nos permitían tomar cazalla.
El dependiente, hombre cercano a la jubilación, miró con disimulo a Nikolás. Vio zapatones de correr, vaqueros, chaqueta de punto con choto borroka, calva incipiente, treinta y algunos años. Tenía un hijo parecido. Aquel estaba en el paro. ¿Cazalla?
- ¿Por qué no se salta la norma y se lleva una botella de brandy? Coñá con Coca Cola. La mezcla hace señores.
- No tienen cazalla. ¿Cierto?
- Cierto, señor. Precisamente por eso me he atrevido  aconsejarle  brandy. Coca Cola con brandy.
- ¿Podría ayudarme?
- En todo lo que pueda.
- ¿Sabe en dónde venden cazalla?
- Lo siento, señor. La última vez que vi una botella de cazalla, fue en casa de mi suegra. El coñac tiene menos grados que la cazalla. Y si usted ya se ha recuperado. No sé qué miedo le puede dar un trago de brandy.
- Tiene razón. Póngame una botella y ya veré.
Fue el comienzo de su noviazgo con el coñác. La apoteosis tuvo lugar en el bar de los chinos. Lo descubrieron una noche que tenían la puerta abierta. Entraron. Las paredes estaban decoradas con docenas de carátulas de vinilos. Ella pidió vino peleón. Como siempre. Dejó el vaso lleno en el mostrador.
- Yo soy de vino de cartón- le dijo al chino rubio que se pintaba los ojos como Fu-Manchú para dar a sus ojos “el fulgor magnético de los ojos de la pantera”.
El chino se ausentó unos minutos. Regresó con un cartón. Le sirvió un buen vaso. Inma se sintió protegida. A su marido le sirvió coñá con Coca Cola.
- Así no hace daño-  le dijo Nikolás.
Bebió cuatro. 

 

Transcurrieron cinco años. Nikolás curaba el temblor de sus manos con el primer trago. A ella le seguían trayendo tetrabrik. Al tercer trago de Nikolás se marchaba a casa. Se sentaba en el sofá y terminaba el cartón con la tele encendida, sin sonido. Por las mañanas temprano iba a arreglar una tienda de lencería. Por las tardes ordenaba la casa de una señora. Limpiaba la cocina, pasaba la aspiradora y se sentaba a hablar con la anciana de amores imposibles. El que más le impresionó fue el del párroco de Los Sagrados Corazones, que aprendió a tocar en el órgano la guaracha “El Danzón de la Reina Isabel” y el Cha-cha-chá “Ritmo de Pollo”, que eran las charangas que más brillos le sacaban en los ojos a su enamorada. Se le clavaron sus ojos tan sin remisión, que los tubos del órgano se olvidaron las notas de “Corazón Santo, Tú reinarás, Tú nuestro encanto, siempre serás”. Y la iglesia se llenaba y el vicario le hacía guiños de conformidad.

Desde que se había marchado de su casa con su pijama y sus zapatillas, Inma bebía menos. Le fascinaban las dos ventanas que al abrirlas le metían en casa un mundo de ruidos limpios. Abandonó su pantomima del peinado. Podó el jardín de pelos de su pecho con una maquinilla de piernas de señorita. Se compró una barra de carmín rojo muy rojo, se cortó el pelo a lo chico. Y los hombres le comenzaron a silbar como los mirlos en celo. Algunas tardes pensaba que tenía que ir a visitar a Nikolás. Y hasta se compró unos zapatos de tacón pintados de mariposas para sorprenderlo. También se echó al hombro una bolsa con un montón de rayas de colores. Pero pasó por la puerta de un cine que ponían “Robin Hood, príncipe de los ladrones” y se quedó feliz en una butaca con un tetrabrik.
Fue él el que tocó su puerta sin atreverse a subir los cinco escalones que partían desde el descansillo. Eran las siete de la tarde. Hacía tres semanas que se había mudado. El día que escuchó la chicharra de su puerta estaba agachada en la tarima empujando con el mango de un tenedor un manojillo de algodón en el respiradero. Y es que una pareja de gorriones había comenzado a fabricar su nido. Sabía que era Nikolás. Aunque no hubiera carraspeado, sabía que era Nikolás.  Colgó su saco de colorines en su hombro para abrirle la puerta.
- ¿Por qué te has cortado el pelo?- le dijo él.
- Porque ya no me tengo que sacar la raya.
- Me voy a quedar ciego- dijo el hombre.
- Vale Niko. Entra.
- He pensado que a lo mejor no estabas en casa. No se tarda tanto. Lo malo es el transbordo de bus.
Nikolás le sonrió. Ella esperó a que subiera los cinco escalones con el vistoso saco indio en su hombro. Inma cerró la puerta con llave. Siempre cerraba la puerta con llave. Se sentó en su cama. Metió su mano debajo del somier y sacó los zapatos nuevos. Se los puso sentada en su cama. Ella no sonreía. Se levantó de un salto y abrió la ventana por la que se veía un amorcillo de mármol.
- ¿Ibas a salir?- preguntó Nikolás.
- Son mariposas. Había otros zapatos con mariquitas, pero creo que estos me quedan mejor.
- No sé el tiempo que voy a tardar en quedarme ciego.
- ¿No distingues las mariposas?
- Donde vivían mis abuelos había mariposas de colores. Tenían ojos redondos en las alas.  Mi abuela les quitaba el polvo de las alas y me pintaba la nariz con él.
Inma levantó sus pies y movió los zapatos con mariposas. ¿Eran como éstas?
- Las mariposas no pueden volar sin el polvo mágico que cubre sus alas. Yo les ponía harina de rebozar. Pero no era lo mismo. Se marchaban dando tumbos a morirse en un rincón.
- Cada zapato tiene doce mariposas.
- No es que vea menos. Es el viento que me seca las lágrimas y me quema los ojos.
Inma se quitó sus zapatos nuevos y los guardó debajo de su cama. Descolgó de su hombro su bolso de colores y lo colocó en una pequeña percha de detrás de la puerta. La rabia le subía hasta las amígdalas.
- Dentro de poco pasará un hombre con barba blanca por allí. Le podríamos preguntar. Entiende de ojos porque es ciego.
- He ido al oculista.
- Abre la ventana de la derecha y no dejes de mirar el camino de piedras. Yo me acodaré en el alféizar de la ventana de la izquierda. Unas veces trae boina y otras veces, no.
- No sé si podré vivir mucho tiempo sin saber lo que me va a pasar.
- ¿Te frotas los ojos con manzanilla templada?
- Sólo pienso en suicidarme.
- Eres poco sufrido. Piensas en lo peor y así no se arregla la vida. ¡Mira, allí viene el hombre del que te he hablado! El del perro. ¿Para qué quiere ver, si ya ve el perro por él? Parece un actor. Mientras le miras voy a hacer manzanilla con anises. Tengo manzanilla y tengo algodón. Esa silla negra es plegable. La encontré al lado del contenedor. Me viene de maravilla para arreglarme las uñas de los pies. También me siento para escuchar la radio. Me he dado cuenta que oigo mejor la radio sentada en una silla que recostada en la cama. Será por eso de los vasos comunicantes.
- Al principio era como si se me metiera arena en los ojos. Luego eran pelos, pestañas. Pican. ¿Te han picado alguna vez los ojos?
- Sí. Me los froto.
- Esto es una cosa seria. Además. Tenemos que hablar. Después de que me pases el algodón con manzanilla por los ojos, tenemos que hablar.
- Tú no hablas sin pedir. ¿Te han disparado del garaje?
- Sí. Pero no por lo que tú piensas. Veo mal los pinchazos. Es que no escuchas cuando te hablo.
- Eso se quita con manzanilla templada.
Inma puso un cacito con agua y encendió el gas.
- Cuando hierve el agua hay que ponerle el sobre con la manzanilla y esperar siete minutos. Por allí arriba, entre el tronco de aquel árbol y el tejado de la casa se ven siete estrellas. Sólo siete. ¡Cómo me gustaría conocer sus nombres! Si hoy toca noche rasa, les voy a pedir un deseo.
-  No creciste lo suficiente. Tu cabeza guarda un cerebro infantil.
-  Y tú no te vas a quedar ciego. Es una patraña de las tuyas.
- El médico me ha dicho que tengo los ojos secos.
- Eso lo tiene mucha gente. Y no se quedan ciegos.
Inma puso el sobre de la manzanilla en el mismo cacillo que había hervido el agua.
- Quizá si comenzamos a hablar despacio y tomamos posiciones consecuentes. Digo que a lo mejor nos podemos arreglar.
- ¿Otra vez? Cuando consigas estar sin probar alcohol durante tres años vienes a verme y hablamos despacio.
- ¿Y el vino? ¿Dejarás tú de chupar cartón?
- El vino no es alcohol. Lo aconsejan los médicos. Te lo dan en los hospitales. Jesucristo dijo que era su sangre.
- ¡No escupas el Santo Nombre de Dios! ¿Sabes lo que has dicho?
- Nikolás, Nikolás. ¿No será que escuchas por los ojos? No quiero hablar contigo. Sé que me vas a pedir dinero. Si tuviera, no te lo daría. Me temo que has vendido algún mueble de nuestra casa. De nuestra casa. ¿El televisor? ¿El espejo del baño para no contemplar tu rostro de alcohólico sin remisión?
- Sólo quiero que me prestes algo para regresar a la Cañada de Cáceres para que me ayuden a ser un alcohólico recuperado.
- ¿Con cazalla?
- La cazalla me curó. Te traeré higos de Hervás.
Nikolás intentó cogerla de un brazo. Ella adivinó sus intenciones y se acercó a la cocina. Metió un dedo en el cazo. Cogió un plato. Se fue con el agua caliente, la manzanilla y el plato al cuarto de baño. Se cerró por dentro. Nikolás se asomó por la ventana. El ciego se había sentado en un banco. Una niña acariciaba al perro. El ciego acariciaba a la niña. Nikolás sintió la hora del trago en sus venas. Golpeó con un puño la puerta del baño.
- ¿Tienes coñác?
- Hay un cartón con vino encima de la nevera.
- ¿Por qué has cerrado por dentro?-dijo mirando encima de la nevera-. Oye. Aquí no hay nada.
- Me lo habré bebido.
- Sigues siendo una zorra con clase.
- Espera un minuto. Sabía que algún día vendrías. Tengo una botella de brandy para las visitas. Pero primero son los ojos. No te vayas a quedar ciego por mi culpa. Mi madre nos limpiaba los ojos con agua templada con manzanilla. Luego, si quieres, nos sentamos y hablamos.
Nikolás no se alegró. Andaba por las dos botellas al día y sabía que se encontraba al borde del precipicio. “Si no frenas te va a salir jugo de hígado  por la boca”, le dijo el dueño del garaje en donde trabajaba. Porque no le habían echado. Le dio tanta rabia que el dueño le dijera aquello, que se quedó en casa. Se quedó en casa con el pijama puesto y la tele encendida. Sólo salía a comprar  brandy. Dejó de visitar por las noches a los chinos. Después de tres semanas descubrió que no le quedaba un solo euro y que Inma no era tan insoportable. Nikolás volvió a golpear la puerta.
- Ya está esto listo. Si he cerrado la puerta es para que me dejaras en paz. Túmbate en la cama.
- ¿Para qué quieres que me tumbe en la cama?
- Túmbate tripa arriba y cierra los ojos.
Nikolás obedeció. Se tumbó. Pensó que en el fondo todas las mujeres son como madres. La escuchó correr el pasador de la puerta. Salió. Dejó el plato encima de la mesa de cristal rajado. La vio hacerse con un muñón de algodón y dejarlo en el plato para que se hinchara bien hinchado. Cerró los ojos. Se sintió en paz.
Nikolás recordaría toda su vida, no solo el dolor espantoso que produce en los ojos los refriegos de coñac mezclado con alcohol de quemar y unas gotas de lejía, sino el sonsonete que Inma comenzó a recitar con su voz de pastelera empalagosa mientras lo empujaba escaleras abajo con su fuerza de aserrador de troncos y daba dos vueltas a la llave (porque ella siempre cerraba con llave la puerta de casa):
- ¡Nikolás, que la manzanilla y el coñac tienen el mismo color!
Dicen que él ya no bebe. Ahora huele con profundidad a las mujeres que le compran el cupón con la esperanza de que su perro de ciego sepa lanzarse a la yugular de ella.
Ella sigue con su cartón en la mano. Guarda su bolso de colores y sus zapatos con mariposas. No se los ha puesto nunca. Si él le hubiera dicho que le sentaban como a una reina, a lo mejor habría vuelto  a casa.
FIN