Esteban
Pérez se casó con gafas sin graduar para
parecer mayor. Ángela Teruel fue de blanco y con zapatillas de ballet para igualar
su estatura. Hubo banquete en un restaurante de carretera con orquestina y
solista hasta las diez. Esteban Pérez era viajante. Vendía antigüedades chinas
muy apreciadas y a buen precio:
figuritas Chu, pareja de perritos Hi y bailarina Chu-Hi. Todas con certificados
de la dinastía Ming. Las vendía en tiendas de regalo, pero no tenía pereza en tocar
las puertas de las casas cuando los pedidos no iban bien. Ángela era manicura
en una peluquería. Hacía manos, pies y depilaciones en general. Tampoco le
importaba quedarse a limpiar el establecimiento después de cerrar. Esteban y
Ángela alquilaron una pequeña vivienda en la azotea de una casa situada en los
extrarradios. La casa tenía dos habitaciones y una cocina minúscula, sin embargo,
disfrutaban de una hermosa terraza que daba a un huerto en donde había un pozo.
En el verano solían salir a la terraza a escuchar cantar a las chicharras y a
ver el polvo de las estrellas. Se entretenían en contar estrellas fugaces y en
pedirles deseos. Era prácticamente el único momento que permanecían juntos durante
todo el día. Ángela compró un porrón de cristal y lo solía sacar a la terraza
con clarete fresco. Cuando lo terminaban se iban a la cama, muchas veces sin
cenar. Otras veces freían huevos y salían a cenar a la terraza. Ponían la radio
y cuando tocaban boleros y cha-cha-chás no paraban de bailar. Algunas veces les
dieron las doce y más.
Al
abuelo de Esteban Pérez lo fusilaron los
Nacionales en Valladolid. El padre de Esteban presenció la ejecución al amanecer, de la mano de su madre, cerca de la llamada Pradera de San
Isidro y dibujó un mapa con el lugar exacto de su enterramiento. Al morir su padre,
Esteban Pérez compró una maleta usada, una pala, un farol y un billete de ida y
vuelta a Valladolid. En la ciudad preguntó en donde se encontraba el Huerto del
cura Viriato, cerca de la
Pradera de San Isidro, donde fusilaban en la Guerra y las señoritas iban
a tomar chocolate con churros. Le mandaron a las afueras, a la orilla del río.
Llegó por la tarde al sitio, estudió el mapa y esperó a la noche. Cavó tres
horas alumbrado por el farol. Cuando encontró los huesos de su abuelo, se
santiguó y los recogió con devoción. Los guardó en la maleta, regresó a la
estación y se sentó en un banco a esperar al tren. Antes de subirse al coche, Esteban
Pérez compró para su mujer un dedal de porcelana. Cuando llegó a casa enseñó a
su mujer los restos de su abuelo. Ángela Teruel los sacó a la azotea y les cepilló
el barro. En la cocina, los limpió con agua y jabón y los secó con un paño
limpio. Después los enceró y rezó algunos cachos de oraciones que recordaba.
Decidieron dejar la maleta encima del armario ropero hasta ahorrar el
suficiente dinero para comprar un nicho.
Esteban
construyó en la terraza una pequeña barriada compuesta de cuatro jaulas
pintadas de amarillo y otra pintada de azul. En las jaulas pintadas de amarillo
metió cuatro conejas. En la jaula pintada de azul, alojó a un gran conejo gris.
Después les puso nombres. A la primera la llamó Juanita Reina, a otra
Estrellita Castro, a la tercera Carmen Sevilla y a la última doña Concha
Piquer. Al gran conejo gris lo llamó El Gran Capitán. Encima de las puertas de
las jaulas colgó sus nombres escritos en tarjetas de visita y un calendario en
donde anotaba las fechas de preñez, parto y número de gazapos. Cuando tenían cuatro
meses, los vendía a un carnicero. El dinero que sacaban lo metían en una hucha
para comprar el nicho para el abuelo.
Algunos
domingos Ángela y Esteban bajaban la maleta del armario y miraban los huesos
del abuelo y le rezaban lo que sabían, que era poco y con remiendos. Un día le
revisaron la boca y le contaron los dientes y las muelas que le faltaban.
Esteban compró a un mecánico dentista jubilado veinte o treinta muelas y un
tubo de pegamento. Le arreglaron la boca entre los dos y les quedó como nueva.
También le taparon con yeso el tiro de gracia en el occipucio y le sujetaron
dos costillas con hilo de bobinar el transformador de la radio. En invierno,
cuando salía el sol, sacaban la maleta a la terraza y la dejaban encima de una
silla. Del huerto de abajo volaban mariposas blancas con motas negras. Y
algunas veces se posaban sobre ella.
Transcurridos
dos años, contaron el dinero que habían ahorrado para comprar el nicho para el
abuelo. Para entonces se les había muerto Estrellita Castro y la habían
sustituido por una coneja blanca que la llamaron Imperio Argentina. El dinero
que habían ahorrado durante dos años alcanzaba para comprar el nicho para
enterrar con dignidad al abuelo. Fue cuando Ángela se quedó encinta de su
primer hijo. Pensaron que el abuelo estaba tranquilo en su maleta de cartón,
encima del armario y tomando el sol. Decidieron guardar el dinero de la hucha y
seguir criando conejos. El dinero voló pronto. También el que consiguieron
ahorrar en otros dos años. Ángela se quedó preñada de su segundo hijo y después
de un tercero.
Las
antigüedades chinas se pasaron de moda. Los comercios comenzaron a devolver a
Esteban Pérez cajas con figuritas Chu y paquetes con la pareja de perritos Hi y
la bailarina Chu-Hi. Le llegaron en tal cantidad que no le quedó más remedio
que apilarlas en la terraza, primero encima de las conejeras y después en todos
los rincones libres. A los tres niños, que dormían en un cuarto, también se les
achicó el espacio. Durmieron los tres en una cama hasta que se hicieron chicos
grandes rodeados de cajas y paquetes con antigüedades chinas. Mientras los
hijos crecieron, Esteban Pérez siguió visitando tiendas de regalos por las
mañanas. Por las tardes elegía una manzana de casas de siete pisos y las
pateaba portal por portal, piso por piso, puerta por puerta. En el mejor de los
casos conseguía vender por un precio irrisorio una pareja de perritos Hi y dos
bailarinas Chu-Hi. Vivían del jornal que traía Ángela. Las conejas con apodos
folklóricos se fueron muriendo de viejas y no fueron sustituidas. Al Gran
Capitán se lo comieron con verduras el día de la primera comunión del crío pequeño.
Los niños lloraron con mucho sentimiento el triste final del gran conejo gris,
pero el hambre prefiere a un conejo viejo que a un mendrugo de pan duro. Las
jaulas de los conejos se fueron llenando de antigüedades chinas, según se iban
quedando libres.
Las
antigüedades chinas llenaron casi todo el espacio de la pequeña casa de dos
habitaciones y una cocina minúscula.
Tampoco en la terraza quedaba el espacio
que se necesita para colocar un pie. Pese a las adversidades, Esteban Pérez y
Ángela Teruel criaron a sus hijos con la fe de que las modas regresan y de que
un día su padre vendría a casa con el pedido de tres cajas de bailarinas
Chu-Hi. Al cumplir dieciocho años, el hijo mayor pidió permiso a sus padres
para marcharse a Francia a trabajar en una granja de conejos. Fue cuando
Esteban y Ángela comenzaron a buscar la maleta con los restos del abuelo para
que su hijo viajara con dignidad. Lo cambiaron todo de sitio. No encontraron la
maleta con los huesos del abuelo. Lo volvieron a cambiar minuciosamente, con
orden y perseverancia. No encontraron la maleta con los huesos del abuelo.
Sacaron a la escalera las cajas hasta el piso de abajo. No encontraron ni
rastro de la maleta con los huesos del abuelo. “¿Dónde está la maleta con los
huesos del abuelo?” No les quedó más remedio que vaciar una caja de figuritas
chinas y plegar allí los calcetines, las mudas y el queso manchego que se llevó
el muchacho a Francia. Al llegar a la granja de conejos le recibió un hombre
fornido que olía a flores. El muchacho vio que el hombrón miraba a la caja de
figuritas chinas. “Tenemos una maleta con los huesos del abuelo, pero se ha
extraviado entre las figuritas Chu que vende mi padre”, dijo el muchacho rojo
de vergüenza. Daba igual, porque el hombre fornido que olía a flores era
francés y sólo entendía francés. “El caso es que no tenemos ni idea dónde está
la maleta con los huesos del abuelo”, dijo el muchacho.
- ¡Oh,
oui!
FIN
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