miércoles, 18 de mayo de 2016

EN PARO

     Baldomero Pe, sargento de Artillería de Costa, que en tiempos estuvo en Guatemala y El Salvador como miembro de las misiones internacionales del ejército, hoy retirado, arreglaba zapatos en el camarote de su casa para ir tirando. De joven fue alto, macizo, de fuerza tremenda, capaz de pelar con las manos un monte de árboles pequeños y de mover con los dientes  un coche con el freno de mano puesto. Podía permanecer debajo del agua hasta cinco minutos y levantaba con sus ciclópeos brazos ramilletes de niños por encima de su cabeza que alborotaban emocionados con sus rostros rojos de alegría. También de joven su carácter era plácido, difícil de alterarlo con monsergas e impertinencias. Sólo cuando se encontraba delante de Maite Ederra palidecía, temblaba como un ternero recién nacido, su energía se borraba como el humo y su hechura se convertía en un odre vacío. 
¡Pobre Baldomero Pe! Se declaró un día de San Juan después de quemarse sus pies en la hoguera por falta de arranque. Olía a patatas asadas y ella bailaba al corro cogida de la mano de él. Gritaba su rostro el martirio del soldado ante la acción más heroica de su carrera militar. Y es que Maite Ederra, joven muchacha de pequeño tamaño, sonrisa perenne, risa de campanillas y guapa, tenía el don de empalidecer, sonrojar y dejarle las piernas temblorosas con solo echar una carcajada. Le dijo que sí y se casaron en el Ayuntamiento ante la concejal de Jardines y Monumentos, Dalia Jazmín. Fueron a  por la parejita y les salió bien. Primero la chica, Oiane Pe, fornida mujer de ojos negros, pecosilla y con cabellera azafrán. Se licenció en Derecho. Le sonrió la fortuna. Se colocó de cajera en un supermercado alemán consiguiendo llegar a mileurista a los veintinueve años de edad. Y el otro pollito, Pablo Pe, gota de agua de su madre, también con pecas, reidor, voz atiplada y con físico de poca cosa.  Se doctoró en ingeniería industrial y tuvo ocasión de ser bombero, conductor de ambulancia y representante de una fábrica danesa de tuercas de bajo calibre para el norte de España. Ni su padre ni su madre le permitieron gastar su juventud en tales porvenires. “No hay zaborra que caliente el fuego”, le decía su padre arrancándose a escondidas mechones de pelambrera ya canosa. “¿Qué hacemos mal los pobres para que nuestros hijos no puedan medrar con resultados sobresalientes en la universidad? Dime hermosa mía, gorrión de campanario”, decía a su Maite con lágrimas en los ojos y mechones de pelo entre sus dedos. Y su esposa, que ya se acercaba a los sesenta años sin haber perdido un gramo de dulzura, lo abrazaba por la cintura y trataba de consolarle contándole casos parecidos al suyo, escuchados en la cola de la pescadería.
     - Parece ser que las ofertas de trabajo están fuera de esta tierra de conejos. Nuestro Pablo tiene que sacudirse el miedo a lo desconocido y emigrar. 
     - No le tientes, mujer. Es mil veces mejor seguir buscando empleo aquí y vivir con la esperanza de ver salir al sol por el Oeste. Sólo cuando el sol se equivoque de puerta, comenzaremos a preguntarnos qué está pasando. Con mi jubilación podemos ir tirando hasta que cambien las cosas. ¿Sabes una cosa, mujercita mía? Yo, que he pisado suelo desconocido, sé lo que es aguantar sopapo tras sopapo. Si lo dejamos marchar puede que lo perdamos para siempre. No quiero que el chico se sienta algún día hijo pródigo.

     Sin embargo, cumplidos ya los treinta y tres años, Pablo Pe comenzó a pedir a su padre algo para el bolsillo. Si juzgaba que la caridad era escasa revisaba el bolso de su hermana y rascaba lo que podía. Tampoco se libraba su madre del saqueo. Lo peor era su regreso ¡Daba lástima! Con ojos saltones de pez beodo, con las últimas babas en su pechera, subía las escaleras del porche dando bandazos y se tumbaba en el sofá en donde dormitaba su padre esperando su llegada. Baldomero Pe le cubría con una manta y se quedaba a su lado mirando su nariz respingona y tratando de buscar  una solución. Escribió a su primo Epi Pe. Es cierto que no le había visto desde el día de su boda si es que vino, pero pensó que cualquier hombre de bien es incapaz de olvidar sus juegos infantiles, tiempo feliz de casi todo mortal. Optó por escribirle una carta y enviar a su hijo con ella. Su primo Epi Pe tenía una fábrica de tubos de aluminio en Carbajosa (Salamanca).
     Allí Pedro Pe fue recibido en un despacho verde en donde se marchitaban tres secretarias que trabajaban en zapatillas. Epi Pe era un viejo calvo del todo, con orejas de soplillo y ojitos de caracol. Al levantarse para palmear la espalda de Pedro Pe, mostró una cojera de tirabuzón que más que lástima producía risa. Pedro Pe, cohibido por la presencia de las tres mujeres, estuvo a punto de abandonar el despacho al comprobar que ninguna de ellas hizo el menor gesto de salir. Ignoraba lo que su padre había escrito a su primo, pero sintió en su frente un sudor frío que le duró hasta que Epi Pe abrió el sobre y leyó la misiva en silencio. Se olía tal familiaridad en el despacho, ensalzado seguramente por un penetrante olor a axila de mujer dejada, que Pedro Pe comenzó a respirar por la boca procurando que sus ostentosos ahogos sirvieran de queja encubierta. Inútil pataleo no comprendido por la gorrina. Epi Pe era una chapuza como hombre, pero su voz de bajo solemne asustaba. 

     - Señor mío, ¿Qué has estado pensando hasta ahora? ¿Cómo te voy a poder ayudar si los puestos para universitarios ya no quedan en ninguna parte? Aquí desde luego que no hay plazas vacantes. A ti lo que te vendría como anillo al dedo es una colocación en el gobierno. ¿Acaso no es la aspiración de todos los jóvenes? A lo mejor tu padre, que ha estado tantos años en el ejército, conserve algún contacto con estrellas. Nunca se sabe en donde puede saltar la liebre. Yo, por ser familia, haré alguna gestión. Ya veremos…, ya veremos. Tiempo al tiempo, palomo. 
     Así le habló sin mirarle ni una sola vez a los ojos. Ya no dijo más. La secretaria más rubia, toda ella vestida de negro, le acompañó hasta la puerta y caminó a su lado hasta un ángulo del pasillo. 
     - No desespere-le dijo la rubia-. Si me da cincuenta euros le presento a Riverita, un contable que sabe celebrar misa en latín. Conoce las vacantes que quedan libres en otras empresas. Sabiendo que es usted hijo de un primo del jefe, no le cobrará mucho: quizás la mitad de su sueldo durante un año. ¿Le interesa?
     Pedro Pe, rojo como la grana, hizo un esfuerzo para mirar el rostro de aquella mujer: boca grande, dientes pequeños, nariz cartabón, cejijunta, ojos pardos y un lunar de lapicero en el labio superior.            Fue la primera vez que sintió unas ganas imperiosas de enredar con sus diez dedos en el alboroto de cosas que conformaban su rostro. La razón frenó sus dedos. “¿Por qué no probar?”
     - Cincuenta es mucho dinero. Veinticinco -dijo Pablo Pe.
     - Por adelantado. Mire. Es aquel señor con peluquín que suma con la sumadora de manivela. Habla gangoso pero es  pose. Dígale que le manda su tío don Epifanio. Si se le cae el postizo al suelo, no dude en recogerlo y entregárselo. No se ofende.  

Era un hombre sentado con una barriga fofa que le llegaba hasta el cuello. Tenía los ojos ungidos con una telilla de grasa, como de ciego. Sin embargo, veía. Con marcado disimulo siguió la dirección de Pedro Pe. Al comprobar que sus zapatos se habían parado enfrente de su mesa, enganchó sus tirantes con los pulgares y levantó el coco.
     - ¿Me busca?
     - Si le llaman Riverita, sí señor. Me manda el tío Epi para ver si sabe de alguna colocación.
     - ¿Don Epifanio es tío de usted?
     - Por parte de padre.
     - ¡Pero, hombre por Dios, tome asiento, tome asiento. Perdone mi indiscreción. ¿Posee algún título universitario?
     - Ingeniero Industrial.
     - ¿Algún otro? 
     - No.
     - Algo es algo. A ver. Desde hace un par de años los ingenieros industriales suelen colocarse por lo general de bomberos. Pero tampoco les hacen ascos las empresas dedicadas a la fontanería. Luego pueden optar a trabajar como gasistas o como plomeros. Yo, sin embargo, aconsejo paciencia. Hay tres profesiones para gente con titulación superior y que sean doctores: modelo, afinador de gaitas y soplador de vidrio. Ahora mismo sé que un taller de Mallorca necesita un soplador de vidrio. 
     - La verdad es que me gustaría ejercer mi profesión.
     - ¡Ay! ¡Me gustaría, me gustaría! ¡A mi me gustaría ser mujer, pero soy hombre feo! Vivo conforme. Elija usted entre salud, dinero y conformidad. La conformidad. ¡Siempre la conformidad!
     - Me han asegurado que en Alemania los ingenieros se colocan de ingenieros y los arquitectos de arquitectos.
     - Cada nación tiene su idiosincrasia. Los alemanes nunca han sido imaginativos. ¡El diablo les monta su vida!
     Pedro Pe sintió la necesidad de escupir al calvo con peluca que de seguro se estaba riendo de él. También el pariente de su padre se había reído de él. Y la secretaria de negro se había reído y le había birlado veinticinco euros. No obstante, en vez de escupirle, le dio las gracias y salió corriendo escaleras abajo sin volver su cabeza.
     Llegó a su casa a la hora de cenar. Su padre bajó del camarote, esperó que su madre y su hermana lo abrazaran para estrechar la mano de su hijo y aguardó impaciente sus impresiones. Mientras el chico mandaba al diablo al mundo entero, el padre vaciaba el plato de porrusalda sin levantar los ojos. Su madre, con los ojos anegados en llanto no dejaba de exclamar ¡Ay, ené! ¡Ay ené! Baldomero Pe le rogó que se callara. Habló él con acritud, con el ímpetu que le quedaba de sus tiempos de suboficial del ejército.
     -  Suele venir un buen hombre a que le arregle sus zapatos. Y es que no conozco a nadie más para pedirle ayuda. Toda mi vida me he ocupado en dar lo mejor a mi familia. Mis amistades se han evaporado. Lo único que tengo, hijo, es un rincón en el camarote para que aprendas a ser un buen zapatero, el oficio que me enseñó tu abuelo. Y no es poca cosa.  Te compraré un mandil de cuero de la mejor calidad para que protejas tu pecho y tus piernas y un burro de buen acero; recibiremos a nuestros clientes en la salita de estar en donde colgaremos tu título de doctor ingeniero y tu madre les ofrecerá una taza de café o caramelos. Creo que os tenía que comunicar mis planes.
     Baldomero Pe puso cara de tonto. Llevó sus manos a su cabeza y se arrancó un mechón de pelo suficiente como para confeccionar un nido de gorrión. Aquella noche no durmió. 



FIN


Arrigunaga (GETXO) 4 de abril 2016.












viernes, 15 de abril de 2016

EL DILEMA

 Fue a finales de setiembre. El sol, colgado encima de la mar, picaba sin compasión, hasta que llegó un vientillo del oeste y arrastró un nubarrón que lo cubrió. Mi padre estaba de vacaciones. Él siempre cogía las vacaciones en el mes de setiembre. Era el mejor mes para pescar en las peñas. Y desde que tengo uso de razón, después de una tormenta, me llevaba a la muna del río a pescar anguilas. Por eso, cuando llegaban las nubes al cielo, mirábamos qué viento las empujaba para ver si traían tormenta. 
- Si cayera un chaparrón, mañana estaría bueno para  anguilas-dijo mi padre calándose la boina.
- Lo malo es que igual se muere el abuelo-dije.
Mi padre guardó silencio. Al rato dijo:
- ¡Vete a saber! Uno se muere cuando puede.
Enormes gotas de lluvia comenzaron a teclear en las hojas de la parra. Cubiertos por el alero, nos quedamos en silencio contemplando los rayos.
- Va a descargar una buena-dije. 
Comenzó el chaparrón.  El olor a tierra mojada no se hizo esperar. Se estaba bien allí. 
- Entra en casa-dijo mi padre.
Arrimamos el portón y lo sujetamos con un solo gancho. Subí arriba y me dirigí al cuarto del abuelo. Mi madre y mi tía miraban por el antepecho el pequeño río que se había formado en la carretera. Una mosca se posó en la frente del abuelo. Cogí un abanico de encima de la mesilla y la espanté. El abuelo tenía la boca abierta y respiraba con dificultad. Asustaba. La tía y mi madre no se separaban de su lado. Sobre todo desde que el médico les dijo que no le quedaba mucho. Mi padre les decía que no se iba a escapar. Que seguramente quería quedarse solo. Creo que tenía razón. Al dejarle en paz, el abuelo se sentaba en la cama con los pies en el suelo y se rascaba la cabeza con un dedo. Ellas le reñían y me llamaban para que les ayudara a tumbarle. 
- Aitxe, aitxe.-decían-. ¿No ves que te puedes marear? 
Escampó casi de noche. Mi padre abrió el portón. Fue al gallinero en busca de una caña. Le quitó sus hojas con una hoz. Era recta como la raya del horizonte en la mar. Comenzó a llover otra vez. Si mi madre y mi tía no hubieran estado en el cuarto del abuelo, habría subido a decirle que mi padre pensaba ir al río a pescar anguilas. Al abuelo le gustaba estar informado hasta de las cosas más nimias.
- ¿Por qué cansas al abuelo con esas tonterías?- me decía mi tía- ¿No te das cuenta de que ya no le interesa lo que hace tu padre?
El abuelo me guiñaba un ojo. Era su forma de agradecerme mi labor de confidente. Aunque yo tenía trece años, el abuelo me trataba como a un señor mayor.  Fue un mediodía cuando nos dio el primer susto. Me lo dio a mí. Bien. Salí a buscarlo para comer. Lo encontré intentando levantarse del suelo. Él no me vio. Creo. Me asusté. Lo dejé con su problema. Me escondí en mi cuarto. Sentía una sensación inédita, llena de temor. Y es que nunca había visto al abuelo a cuatro patas intentando levantarse del suelo.  Fue la primera sacudida de pánico de mi vida. Esperé con aquel dolor nuevo, que no era dolor, sino una desazón que se tenía que curar en secreto, seguramente como se cura la cobardía. O no. Porque cuando recobré mi valor y salí de cuatro saltos al jardín decidido a ayudarle a levantarse, ya no estaba. Lo encontré sentado en una silla al lado del cobertizo de las herramientas. Sus párpados se abrían y cerraban como las alas de las mariposas. “Son pequeños derrames”, dijo el médico por la tarde. 
- Ayúdame a entrar en casa. Creo que  me ha dado algún mal-me dijo.
En cuanto le envolví con mis brazos, me sentí mejor. Lo senté en la silla de debajo de la balda de la radio, en la cocina.  Mi madre llamó al médico. Le mandó análisis de sangre y de orina. Al día siguiente, volvió. El abuelo tenía la cara del color del azafrán. Mi tía sacó del armario las sábanas bordadas y la sobrecama blanca. El médico también había movido la cabeza y había dicho: “A estas edades…”
El abuelo me guiñaba un ojo. Al resto los ignoraba. Dejaba su mirada quieta en un punto del cielo raso. Al entrar yo en el cuarto fijaba sus ojos en los míos. Luego me hacía un guiño. Mi madre sonreía. Mi padre exclamaba: ¡Eres grande, chaval! Mi padre nunca sabría que le había abandonado con las rodillas en la campa  y con su cara enterrada en la yerba. 
Llovió durante toda la noche. Escampó mientras mi padre y yo desayunábamos sopas de pan y leche. 
- Va a hacer bueno -dijo mi padre.
No se le había olvidado.  Después de leer el periódico iría seguramente a coger gusanos al montón de estiércol. No se lo pregunté. Mi madre me dijo que subiera para ver si el abuelo me guiñaba los ojos. Ella había bajado triste a la cocina después de ayudar a la tía a asearlo. Había llorado. 
- ¿Qué os traéis entre manos tu padre y tú?-me preguntó.
- Nada. Que el río traerá aguaducho. Seguro que las anguilas picarán como tontas.
- ¿Te ha dicho que le acompañes?
- ¿Por qué no le voy a acompañar?
- Porque el abuelo está tranquilo a tu lado. Cuando te guiña un ojo, se queda en paz. 
- Pero él siempre me lleva a pescar anguilas cuando está de vacaciones. ¿Piensas que se va a morir precisamente cuando estamos en el río? ¡Casualidad!
     Ella apretó sus labios y me dio la espalda.
Mi padre desapareció después de fregar los platos. Le seguí. Llevaba un bote de cristal. Cogió el atxurtxu. Revolvió en la basura. Se sentó debajo de la parra y buscó en los bolsillos de sus pantalones. Sacó el alambre de latón y el hilo de Dalia. Cuando mi padre se abstraía, silbaba sin ruido. Se abstrajo. Fue ensartando los gusanos con ayuda del alambre en el hilo de Dalia. Formó un rosario de más de un metro. Ató a los gusanos en un trozo de hilo bala. Envolvió con plomo dos dedos de cuerda. Otras veces mi padre me solía preparar caña y aparejo para mí. Esperé sentado debajo de la parra a que me llamara. No me llamó. No me acerqué. Sin embargo, me costaba creer que fuera sin mí. 
- Pescaremos los dos con la misma caña. A ratos- me dijo al pasar por mi lado.
Se me calentó la sangre de felicidad.
- ¿Es verdad que se puede morir en cualquier momento?-le pregunté.
- ¡Y tú!
- ¡Claro! Pero como él ya se ha metido en la cama...
- Ya es mayorcito para saber lo que se hace. 
- Creo que es un buen día para anguilas. ¿No piensas que deberíamos decirle al abuelo que vamos a bajar al río?
- Se moriría de envidia.
Mi madre solía decir de su marido que tenía mal tipo pero que era un hombre bueno. Aunque cuando discutían ella siempre terminaba rumiando por lo bajo: “¡Terco!”  “Lo que pasa es que eres un terco.” 




FIN


           Arrigunaga (GETXO). 13 de marzo de 2016.

jueves, 10 de marzo de 2016

OLLA A PRESIÓN

    A Martín Aza le dio un vuelco el corazón cuando la mujer del sorteo cantó su número desde la atalaya de la tómbola.  Su sangre se le agolpó en el rostro y lo tuvo encendido hasta que gritó: “¡el mío!” con una voz que le pareció de otro. Fue en una tarde calurosa de julio  cuando Martín vislumbró por primera vez en su vida lo que era sentirse feliz. Una especie de euforia se asentó en su ser al ver llegar a un hombre con cabeza de tigre, que le ayudó a llegar hasta el mostrador de la tómbola para recoger la maravillosa olla a presión de acero inoxidable que le tocó por el precio de 1 euro. Martín era un muchacho de diecisiete años con las orejas separadas y los ojos de color miel. Fue con seguridad el momento más feliz de su vida. Su existencia anodina había transcurrido en un hogar monótono, casi letárgico, en el que su abuelo, cuando le veía pegado al cristal de la ventana con la mirada perdida, se frotaba las manos y le decía: “¡Venga! ¡Saca el tablero, que vamos a jugar una partida de damas!” Su madre, una flor lánguida de tanto llorar la falta de su marido, le trajo al mundo en un postrer esfuerzo que la dejó exhausta tres días y tres noches hasta que expiró sin siquiera haber acariciado a la criatura.  Su abuelo, el último  acomodador del Cine Majestad, recogió al bebé de la planta de nacidos del Hospital después  de incinerar a su hija y lo llevó a casa. Los tres primeros años cuidó del niño una señora triste que sabía poner inyecciones. Trataba al crío de usted para que no le cogiera confianza, le permitía llorar el tiempo que quisiera y le soplaba en las orejas cuando el niño esbozaba una sonrisa. El nombre de Martín se lo puso su abuelo en recuerdo de su padre, un cocinero de barco que se perdió del todo en el mercado de especias de Estambul. Al cumplir tres años su abuelo despidió a la señora triste que sabía poner inyecciones y mandó al niño a la escuela. 

Así, Elías Helador y Martín Aza, abuelo materno y  nieto, quedaron como únicos habitantes de la vivienda sita en la calle Arrigoñi, nº 2, bajo Iz.  Era una casa de cinco pisos en el camino que lleva al monte y a la Perrera Municipal. A unos cien metros de la perrera había una campa y una nave con tejado de Uralita en donde desguazaban coches. Allí le llevaba su abuelo  a la salida de la escuela para que jugara hasta hartarse con tuercas, bolas de acero y bujías. Elías Helador, a pesar de haber trabajado treinta años de acomodador en el Cine Majestad, no entendía cómo la gente podía pagar dinero por ver una película. Se ponía enfermo cuando el público miraba absorto la pantalla, y de sus ojos brotaban lágrimas verdaderas y hombres de pelo en pecho suspiraban sin vergüenza. O cuando soltaban una carcajada unísona provocada por unos figurines que no eran de verdad. Desde luego que nunca había leído un libro. A los hombres que escuchaban narrar un suceso en la peluquería en sagrado silencio, les consideraba tontos por creer en las palabras del narrador, seguramente un haragán vendedor de fantasías. Elías Helador era un hombre desconfiado, falto de imaginación. Lo único realmente extraordinario que hizo en su vida es subir en globo.  Le invitó el dueño del Cine Majestad y subió y bajó impertérrito sin sentir nada especial. Por eso no lo contó nunca. Ni siquiera a su nieto Martín, que crecía triste en un mundo sin sobresaltos. 
Martín Aza llegó a los diecisiete años con un estirón espectacular. Creció tanto que su abuelo, que ya había rebasado los ochenta años, se pasó una mañana revolviendo los armarios en busca de unos pantalones que le sirvieran.  Todavía guardaba su traje de novio y el traje azul con botones dorados de acomodador del Cine Majestad.  “¡Estos críos crecen la hostia!”, dijo a su propia imagen dibujada en el espejo del armario. Y es que lo había visto por la mañana alejarse de casa camino del Instituto con los bajos de sus pantalones lamiéndole las rodillas.
- Toma. Ponte estos pantalones- le dijo el anciano a Martín sin pensar que él midió uno sesenta cuando le tallaron para el servicio militar. 
- Se han rasgado-dijo Martín desde su cuarto.
Elías volvió aquella tarde con unos vaqueros que  curaron el mal aspecto del muchacho. Su caminar despreocupado, su mirada de miel y hasta sus orejas soplete descubrieron a un hombre recién nacido agradable de contemplar. 
- Nadie podrá decir que te  he alimentado mal- dijo el abuelo con cierto orgullo.
Martín también sintió que algo había cambiado a su alrededor. Sobre todo le llamó la atención que tanto sus profesores como sus condiscípulos de ambos géneros (cursaba el último año de bachiller) comenzaron a tratarlo como si lo vieran por primera vez. Su mundo plano empezó a resquebrajarse, sobre todo con las miradas eléctricas que recibía del género femenino. Ahora sus ojos de color miel miraban de reojo las señas de identidad superiores de sus compañeras; se paraba en el patio para verlas jugar a la pelota; los domingos, prefería quedarse en la ventana de su cuarto para ver a grupos de jóvenes que salían al monte. Por el contrario, comenzó a desestimar las invitaciones de su abuelo para echar una partida de damas, temió mancharse sus pantalones nuevos de grasa en la campa de desguace de coches y, sobre todo, descubrió en su conciencia incomodidades desconocidas hasta entonces. Unos vaqueros bien ajustados pueden cambiar el carácter de cualquier persona. Y el cambio de carácter nunca llega solo. El Destino suele ser su compañero. 
Aquella tarde calurosa de julio, Martín Aza le dijo a su abuelo que unos compañeros de clase le habían invitado a una fiesta en casa de Patxo Boga, hijo de los Boga, dueños de la fábrica de galletas 5Estrellas.  Elías Helador sintió un ramalazo de orgullo y dio a Martín un billete de 20 euros. “Toma. Para gastar”, le dijo a su nieto. Se peinó diferente. 
- ¿Por qué te peinas raro?- le dijo su abuelo desde la puerta del baño. 

Martín descubrió a su abuelo en el espejo. Tenía una sonrisa rara. Le gustó. Elías se metió en la cocina silbando. Martín pensó que nunca había visto sonreír a su abuelo de aquella manera ni le había escuchado silbar algo que él no conocía. Sólo sabía cómo silbaba a los perros de la perrera de al lado de casa. Un sentimiento extraño por desconocido le sacó los colores. “Cuando me vuelva a peinar, cerraré la puerta del baño”, pensó. Al asomarse a la cocina para despedirse, el abuelo fregaba el viejo puchero del cocido.
 Eran los únicos vecinos de la escalera que no tenían olla a presión. Tampoco tenían tele. Bueno, sí tenían tele, pero no funcionaba desde hacía dieciséis años. Martín llegó al portal de los Boga con el pulso alterado. No subió en el ascensor. Encontró la puerta abierta. Gritó “¡Soy Martín!” hacia donde parecía llegar la música. Y repitió “¡Soy Martín!” casi gritando con el cuerpo metido en la casa. Echó a andar. Las voces le condujeron a una sala llena de desconocidos, posiblemente amigos de la hermana de Patxo Boga. Aunque había butacas y sofás, la tribu estaba sentada en el suelo. Todos hablaban. Una muchacha le miró de abajo arriba. Vestía vaqueros y una camiseta blanca que le marcaba sus pechos sueltos. Los ojos de Martín se quedaron quietos, tan entontecidos que siguieron mirando lo que veían, sin advertir que la moza le invitaba a sentarse a su lado con golpes de su mano en la tarima. Resucitó cuando ella le tiró de la pernera de su pantalón. Se sonrojó. Dio media vuelta y entró en otra sala mucho más grande en donde chicos y chicas del Insti jugaban con un impresionante tren eléctrico de siete vagones y locomotora con tres túneles y un pueblo entero con iglesia y frontón. “¡Joder!”, dijo asombrado. “¡Apa, tú!” le respondió Saioa, una chiquita de clase, abrazándolo por la cintura. 
- ¡Aparta, mosca! ¡Aparta de mí tus sarnosas alas!-dijo Martín.
- ¿Habéis oído? ¡Sabe hablar metafóricamente!-dijo Saioa

Martín se volvió a turbar. Sus intestinos empezaron a meter ruido. Sufrió un retorcijón, se encogió, tragó saliva. Otro retorcijón. Aguantó con los dientes prietos. Enrojecieron sus orejas. Sus amigos comenzaron a reír. El tren pitó al entrar en el pueblo. Martín salió y se metió por un pasillo. Caminó. Lo encontró. Era un baño grande. Se sentó y se vació del todo. Al comenzar a buscar el rollo de papel reparó en su confusión. Lo había hecho en el bidet. Ahora sí se sonrojó de cuerpo entero. Si el baño hubiera tenido ventana a buen seguro que se habría dejado caer. Huir. Es lo que hizo. Miró su deposición. Salió a la carrera. Voló escaleras abajo. La angustia frenó su escapada. 

El hipo y los sollozos se evaporaron con una especie de cosquilleo que eclosionó en una carcajada. Y ya la sonrisa no desapareció de su rostro hasta que llegó a la Feria y caminó por las calles de atracciones que habían conformado los barraqueros. Martín ya había estado en la Feria otros años. Pero nunca con veinte euros en el bolsillo. Endulzó su amargura con una nube de algodón de azúcar, una chalupa de coco y un pedazo de cardo americano. Así, su amargura se mudó en deleite. La tómbola de ollas de acero inoxidable estaba al fondo de la calle iluminada por potentes cañones de luz. Desde lejos parecía un platillo volante dispuesto a desaparecer. “¡Mágico!” “¡Parece el cielo!” Se lió a codazos para abrirse camino entre la muchedumbre. Llegó junto al inmenso altar de ollas. Compró un número. Todo el mundo lo hacía. Y la mano inocente de un crío sacó su número. Sintió todo junto: euforia, alegría, felicidad. Sensaciones nuevas. Cuando recogió la olla la vio entre la apretura. Lloraba de risa. Martín pudo vislumbrar sus pezones debajo de su camiseta blanca.
- ¡Me ha tocado un puchero!- dijo él.
- Te he seguido- dijo ella.
- Se la voy a regalar a mi abuelo.
- He corrido a todo correr. ¡Te he visto comer coco!
- ¿Quieres coco?
- Si tú quieres…

FIN



Arrigunaga (GETXO). 19 de enero de 2016.

viernes, 5 de febrero de 2016

EL ORGASMO


  Prodigiosamente el 22 de mayo de 2014 tuve un orgasmo. El último, aunque nunca se sabe. Fue al despertar de un sueño en el amanecer de un día sin nubes. La eyaculación, exuberante y agónica, me produjo tal languidez que me arrastré hasta el armario del cuarto de baño en busca de una aspirina. Luego me volví a acostar y me puse en posición fetal para ver si me dormía y regresaba la pesadilla. No me dormí.  Tenía setenta y nueve años, así que pensé que la andanada de mi cuerpo era un aviso de mi tránsito a la nada.
 Las piernas me comenzaron a flaquear hace tres o cuatro años y desde entonces me conformo con salir a un pequeño boscaje que un día fue jardín. Dejé de cuidarlo al darme cuenta que era un trabajo pesado que apenas me entretenía. Desde entonces sólo cuido dos metros cuadrados debajo de un manzano para colocar mi hamaca y sestear los veranos. Allí nadie me ve. En el porche guardo tres sillas por si viene algún conocido, aunque si hiciera fuego con ellas no pasaría ningún sonrojo. Los viejos que vivimos solos echamos en falta a los amigos que se van y te dejan tirado. ¿Quién mejor que un amigo para contarle mi portento? Tengo un hermano sin hijos que enviudó hace treinta años. Mi hermano, desde pequeño, tuvo un mundo diferente al mío. Fue hijo único durante diez años para convertirse en primogénito cuando nací yo. Para mí siempre fue un chico mayor, un joven serio y lejano con el que no pude compartir ningún secreto. Sin embargo, recuerdo un día que me agarró de la mano y me llevó a un partido de fútbol al Campo Municipal. 

Él tenía quince años y yo, cinco. Me subió a sus hombros como mi padre, y sus manos apretaban fuerte mis pantorrillas. Quizás este único suceso haya servido como argamasa para tenerle algún afecto. Había cumplido treinta años cuando comenzó a tratarme como a una persona mayor.  Fue el año que se casó con Rita y se marchó a vivir a una casa no lejana a la nuestra. Aunque sigue teniendo diez años más que yo, sé que da un paseo matinal y que no usa gafas para leer. Es la última referencia que me trajo el tendero que me llena el frigo una vez por semana. Ignoro si mi hermano tiene una vida interesante o está vacío. Me es tan desconocido que si me encontrara con él no sabría comenzar una conversación medianamente atractiva. Algunas veces, sobre todo los días oscuros  del invierno, pienso que podría llamarle por teléfono. Tengo su número. Pero después me avergüenzo de sólo pensarlo y el rubor cubre mi rostro. Además, creo que estará ofendido porque no asistí al sepelio de Rita, su mujer. Tampoco me llamó para decirme que estaba enferma. Si me hubiera buscado para decirme eres mi hermano y necesito que me hagas compañía o me hubiese pedido que le acompañara a tomar unas cervezas, yo habría acudido junto a él. Pero prefirió ignorarme como siempre o ni siquiera pensó que yo existía hasta el punto que un día me llevó cogido de su mano a ver un partido de fútbol. También se apodera de mí el bochorno al recordar la esquela mortuoria que mandó poner en el periódico en donde sólo aparecían sus cuñados sin mencionar mi existencia. Para entonces ya había arrinconado mi nombre de su memoria. En realidad, nuestro parentesco comenzó a desvanecerse después de la muerte de nuestra madre hasta llegar a olvidarnos que ambos comimos el mismo bizcocho con diferencia de diez años. Sin embargo, en los largos anocheceres de junio, escondido en mis dos metros cuadrados de yerba buena, mecido por el canto de las cigarras, acude a mi mente la figura estirada de mi hermano, médico de familia, con su sempiterno maletín que le regaló mi madre al terminar su carrera. Aunque ya tiene ochenta y nueve años ignoro si se ha jubilado. Nuestro tendero, que fue también el de nuestra madre, es la única persona que me puede informar de pequeños detalles de su vida, pero me comeré la lengua antes de usarlo como correveidile. Me imagino que él se comporta de igual manera. En una ocasión el tendero me dijo que mi hermano no había quitado el cartel de médico de la puerta de su casa. Los médicos y los curas no se jubilan, le dije. No le debió de gustar mi respuesta. Mi madre se acusaba de haberme parido ceñudo. Seguro que llevaba razón porque la mueca de mi cara nunca se corresponde con mi estado de ánimo. Estas boberías se aprenden con los años. ¡Ay, los años! 
Cada quince días o así comienzo con la operación salida. Consiste en estudiar mi ánimo y mis facultades físicas, así como observar con atención en la tele los cambios meteorológicos del tiempo. Cuando veo que el viento sopla a mi favor, agarro mi cachava de pasear y me dirijo a un bar que no está lejos de casa. Siempre voy al mismo. Los camareros me saludan con respeto. Me suelo sentar en una de las mesas fronteras al ventanal y me tomo cuatro o cinco jarras de cerveza acompañadas de aceitunas negras y almendras saladas. Algunas veces entra algún exalumno y me saluda. Otros disimulan, miran al móvil y buscan un lugar para sentarse a mis espaldas. Me suelo entretener en descubrir gestos o alguna pista para adivinar  de quién se trata, porque a decir verdad no reconozco a nadie. El tiempo ensucia la fragancia de la juventud y encubre la edad del bachiller.
Fue el pasado martes cuando hice la travesía de casa al bar con cielo cubierto y dolor articular mediano. A las siete en punto ocupé una silla y una mesa pequeña. El sitio es perfecto para pasar una tarde entretenida. Sobre todo si hay grupos de señoras o señoritas de buen ver. Alegran el ojo. Generalmente guardo mi bastón entre mis piernas, pero no sé por qué razón lo sujeté en el borde de la mesa. Sucedió lo lógico: se cayó. Me agaché lo más rápido que pude y cuando lo tuve bien agarrado aproveché mi postura para volver la cabeza y fijar mis ojos en los bajos de una señora que vestía faldas y se sentaba sin avaricia. 
Sin embargo, mi nariz  rozó la nariz de otro rostro que también se había agachado para coger el bastón y devolvérmelo. La amabilidad de mi vecino de mesa eclipsó mi curiosidad. 
- ¿Lo has cogido tú?- preguntó el señor.
Me incorporé para agradecerle su cortesía. Él también se incorporó. Adiviné el cambio de color de mi rostro y dudé en mi capacidad para mover la lengua. Además él me había visto desde que entré y de seguro que me estuvo observando hasta que mi cachava fue a parar al suelo. Mi hermano sonreía. 
- ¡Sí, sí! ¡Este es su sitio!-dije colocándolo entre mis piernas.
- ¿Es aquí dónde vienes a llenar el tanque? Algunas veces he pensado en llegar hasta tu casa. Al fin y al cabo sólo hay trescientos metros.
- ¿Sólo?-dije.
- ¿Las piernas?-preguntó.
- Y los años-dije olvidándome de que él tiene diez años más que yo. 
 Entonces le dije que se pasara a mi mesa. Llamó al camarero, pidió un café y se sentó enfrente. Tenía las orejas más grandes. Me parecieron enormes. Me hubiera gustado tocarlas, pero no me atreví.
- ¡Coño, hombre, coño!-exclamó.
- Te conservas de maravilla-dije.
- No puedo decir lo mismo de ti-dijo él.
- ¿Tengo mala cara?-pregunté preocupado.
- La tienes más gorda-respondió.- Cuando te he visto entrar, he pensado: “A éste no le queda mucho”. 
- Los viejos con reuma somos eternos-dije mosqueado.
- ¡Vaya con el chaval!

Ambos estábamos turbados. Lo cierto es que si nos habíamos ignorado más de la mitad de nuestras vidas, ya quedaba poco para intentar arreglar lo que siempre había estado roto. Temía que de un momento a otro mi capacidad de decir algo congruente se iba a esfumar. Me fastidiaba quedarme en manos del superficial sentido del humor de mi hermano. Entonces sonreí mirándole a los ojos. Dije:
- Hace no mucho me desperté muy agitado de un sueño triste. Estoy seguro de que es el último de mis sueños eróticos. Soñé que tuve una erupción propia de un adolescente. Me sentí tan debilitado que me levanté a tomar una aspirina.
Me quedé en silencio. Mi hermano bebió su café de un trago. Pidió otro café y una cerveza para mí. El rubor se apoderó de mi rostro. Él se quedó desconcertado. Me arrepentí de mi confesión y por mucho que moví mi cabeza, no hallé ningún punto llamativo para fijar mi mirada. Estuve a punto de levantarme y coger la puerta. Hice un esfuerzo supremo y le miré a los ojos. Aunque a mí me pareció que el mundo se había detenido, no debieron de pasar tres segundos hasta que  me sonrió como cuando yo era un niño. Se rió abiertamente y me contagió. Nos reímos como cómplices de una trastada.
- ¿Manchaste mucho las sábanas?-me preguntó.
- ¿Manchar las sábanas? Yo no manché nada-dije. Me volví a ruborizar hasta las tetas. 
- Entonces fue un sueño casto. Eso no es tener una erupción propia de un adolescente. Más bien es la de un anciano de tu edad. Un espejismo, vaya-dijo.
- ¡Pero si me tuve que tomar una aspirina! Me desperté agotado.
- Sí. A los viejos todo nos cansa. Hasta tener un sueño dentro de un sueño nos abruma.



FIN


Arrigunaga (GETXO), a 22 de diciembre de 2015.












miércoles, 23 de diciembre de 2015

HAS HECHO BIEN


León vendió las botas nuevas de su abuelo a un sirio que remaneció debajo de los manzanos una mañana nublosa. Lo encontró su madre con el rostro enterrado en la yerba cuando salió al huerto a coger perejil. El sirio era un hombre alto, de no más de treinta y cinco  años, con nariz de gato persa, ojos verdes gastados y hechura desgarbada. Estaba descalzo.
 La mujer llamó a su hijo para que dijera al turista que se encontraba en una propiedad privada. León, un muchacho de trece años, simpático de nacimiento, extendió su mano y le dio la bienvenida. Luz Adviento tenía cara de luna llena, un talo de plata que se sulfuraba cuando su hijo sonreía a los contratiempos. Aunque enterrados bajo un montón de libras de carne, sus nervios se retorcían y se mordía sus labios al entender que León se le hacía hombre sin darle tiempo a enseñarle a esconder sus buenos sentimientos. “¡Compórtate como un zorro! ¡Ni los santos muestran sus emociones!”, le decía sin reposo. Después de estrechar la mano del forastero, León escondió sus dedos en los bolsillos de sus pantalones y los restregó en los forros para tratar de eliminar un olor enfermo que le produjo arcadas. Como siempre, su madre tenía razón. Y también, como siempre, él se quedó quieto esperando la reacción de ella. Luz Adviento no sólo tenía cara de luna llena, también sus pechos eran satélites redondos y todas las partes de su cuerpo dibujaban un sistema planetario de carne magra de más de cien kilos en entero. Sin embargo, ignoraba la gravedad del suelo y se movía liviano, como levitando. Luz Adviento siempre había sido espesa. Creció así hasta que alcanzó un metro ochenta de altura y rompió la mandíbula a su padre de un puñetazo que le propinó con toda su alma. Tenía dieciséis años y había dejado el bachiller para seguir a un brasileño que tocaba el tambor y cantaba en un pub. Su padre, un gallego de hablar confuso, le dijo que él no trabajaba para mantener a furcias zánganas. Y le gritó: “¡Putarraca de putamierda!” Fue cuando Luz se levantó y le lanzó el derechazo. Al día siguiente se marchó de casa con diez billetes de cincuenta euros que robó a su madre de debajo de un Sagrado Corazón sedente. Su madre también era gorda, pero así como Luz Adviento estaba configurada con encanto, la señora era gorda simple con problemas para caminar. Quizá por eso se quedó en casa con una cantinela triste que la repetía siempre que alguien le preguntaba por ella: “Ya sabe el camino de vuelta”. Se murió un mes después  mirando por la ventana de la cocina. Cuando el viudo sintió el frío de la soledad, cerró la puerta de casa con dos vueltas de llave y se fue a vivir con una guardia municipal.
Era una casa amarilla con un mirador a lo alto, tejado a dos aguas y algo más de cien años en su joroba. La huerta y los manzanos la rodeaban por los cuatro costados. Después había un seto descuidado envuelto por un bosque de pinos. Aun con las bombillas encendidas parecía una casa abandonada. Luz Adviento ansiaba vivir en la ciudad. Sabía fregar, planchar, guisar pollo con tomate, hacer el trabajo que su madre nunca hizo. También sabía las declinaciones de latín y la historia de España hasta Alfonso XII. Por simple intuición había aprendido a morder los lóbulos de las orejas de los hombres y a enredar en los puntos de placer masculinos. Sabía lo suficiente para no morirse de hambre. Pero cuando transcurrieron tres noches sentada en un banco de jardín con los bronquios enfermos y se dio cuenta de que la vida no es como le habían enseñado, no tuvo más remedio que buscarse una cama de pensión en el centro de la ciudad. Todavía dormían entre sus pechos los quinientos euros que había robado a su madre. Se había jurado no gastarlos nada más que en extrema necesidad. Acudió a la pensión de una anciana bien conservada que adornaba su garganta con collares de bisutería y usaba boquilla para fumar. Se llamaba Coralia Bogador, tenía tres pupilos con derecho a cama, cena (sopa y lirios) y conversación variada. Conocía el arte de tejer su memoria para mantener la atención. Y no se preocupaba en perderse en el río de sus palabras, porque su jovialidad le ayudaba a reformar su historia con una cuchillada de imaginación. Luz Adviento aprendió de ella que un  seso sin fantasía nunca llega a ser gran cosa en la vida. Los pensionistas eran tres: dos hermanos gemelos sin ninguna analogía, a no ser su aserto pronunciado con una convicción irrebatible y una mujer de mediana edad que pedía en la puerta principal de los Jesuitas. Los hermanos gemelos, que estaban a punto de entrar en la sesentena, hacían chapuzas en casas viejas: enchapaban cocinas, pintaban y empapelaban, colocaban cisternas y cobraban lo suficiente para emborracharse los sábados. Les llamaban “Los Decoradores”. La pupila, de cincuenta años o así, no sólo pedía en la puerta principal de los Jesuitas, también vendía porros de cannabis, que le proporcionaba un camello mestizo (coco y cacao). Luz Adviento fue recibida en aquel abrigo de aves raras con el miedo que acarrean los indocumentados. Sólo Coralia Bogador, dueña del cotarro, sintió el impulso de abrirle sus brazos al percibir en su puño los otoñales colores de los billetes de cincuenta euros. El cuarto tenía una cama, una silla y una cómoda. 
- Detrás de la puerta hay clavos para las perchas -dijo doña Coralia.- La cena es a la hora del telediario.
- Hoy solo quiero dormir. Mañana ya veremos -dijo la muchacha.
Luz Adviento cerró la puerta del cuarto. Tenía tantas ganas de tumbarse que empujó a la anciana para que se diera prisa en salir. Antes de deshacer la cama vio que a sus pies había una ventana. Daba a un patio grande por donde paseaban dos gatos. Dobló la almohada y se recostó. En algún lugar de la casa charlaban dos hombres y una mujer. Después se callaban y dejaban paso a la voz de la dueña de la pensión que hablaba quedo. Las voces parecían venir de muy lejos; pronto se fundieron las cuatro voces en un runrún que parecía llegar de la cocina de su casa, igual que cuando era una niña y sus padres reían y hablaban. Luz Adviento sintió poco a poco el letargo del sueño.
Coralia Bogador recordaba con mucha claridad el día que vio al Niño Jesús columpiándose en la rama de una higuera. Hacía ya una década que su memoria se había puesto a mirar atrás refrescándole nostalgias que se habían muerto. Eran las amnesias que la vida pisa hasta que la cercanía de la muerte las rescata  del olvido. Al Niño Jesús le columpiaba una muchacha con cara risueña y ganas de jugar. Muchos despertares le sorprendían con la morriña de la fotografía infantil y se esforzaba por ponerle nombre a la joven que también le hacía reír a ella. La presencia de Luz Adviento en la puerta de su casa le produjo un chispazo que empalideció su rostro. Aunque se mostró sensata aquella noche, el sueño no le cerró sus párpados. A la mañana siguiente esperó a que sus pupilos salieran al tajo para confeccionar un discurso con la fuerza del convencimiento, porque la expresión del rostro de Luz Adviento era semejante al de la joven con ganas de jugar que columpió al Niño Jesús cuando todavía era una niña casi sin edad. Coralia Bogador se había aburrido de ser vieja, necesitaba a su lado un aliento joven. 

La anciana se levantó de la cama a las cuatro de la mañana. Llevaba despierta desde las once pensando en la forma de convencer a Luz Adviento que se quedara en su casa.  No le fue difícil. Cuando el amanecer pintó el cielo de rosa y azul y la limosnera y los gemelos salieron a sus negocios, Coralia se asomó al patio por una ventana que daba al pasillo. Así descubrió a Luz Adviento jugando con los gatos. La anciana soltó una risa infantil. La llamó y le dijo:
- ¿No tienes más sueño?
- Sí. Estaba pensando en largarme por esta ventana.
- ¿Largarte? ¿A dónde?
- Eso es lo que no sé.
- ¡Quédate aquí! Me podrás ayudar a hacer la sopa y a freír el pescado para la cena.
Luz Adviento durmió hasta que la anciana la despertó a la mañana del día siguiente para decirle si la quería acompañar a la pescadería.
El empleado era un joven alto, de no más de veinte años, con nariz de gato persa, ojos de limón verde y molde desaliñado. A Coralia Bogador no se le escapó la mirada de Luz Adviento.
- ¿Te gustan los sirios?-dijo la anciana mientras revolvía la caja de lirios.
- Prefiero el pollo. 
- Los sirios de Siria.
- Y los pollos de la pollería-dijo el pescadero con sonrisa norteamericana

Luz Adviento recogió el mohín del hombre. Era una sonrisa normal. Ella se la devolvió especial. Coralia Bogador se rió hasta que se le asomaron los dientes postizos de arriba. Al salir de la pescadería se agarró del brazo de Luz Adviento. Estaba segura de haber hecho una gran adquisición. El pescatero era más alto que Luz Adviento. Además, sabía silbar como las serpientes de cabeza negra que viven debajo de las piedras  de Palmira. 
Luz Adviento llevaba cuatro meses y cuatro días viviendo en la pensión cuando se hizo acompañar por la anciana Coralia a la farmacia. Todavía le quedaban algunos meses para cumplir diecisiete años. La prueba casera de la ranita no había fallado. Estaba encinta. Luz Adviento metió los gatos del patio en una caja de leche y desapareció. Su estado de ánimo había olvidado su abatimiento y dejó que un sol alegre anidara en su corazón. Regresó a la orilla del mar, al bosque de pinos donde le parió su madre. Su padre había cerrado la puerta de casa con dos vueltas, pero dejó la llave debajo de una teja, seguramente por si ella volvía.  La casa estaba adornada con telarañas, polen y excrementos de rata. Invirtió quince días en limpiarla. Podó el seto, labró la huerta con el pequeño tractor. Por las noches ponía la televisión, se recostaba rendida en el sofá y dejaba a los gatos dormir en su regazo. 
León Adviento nació en un soleado amanecer, el 29 de abril de 2003. Se quedó con un solo apellido porque a su madre le pareció el nombre y el apellido de un hombre triunfador. Según sus cálculos más atinados el padre de León podría ser uno de entre cuatro hombres, todos con nombres compuestos y vulgares. Al nacer León, su madre ya había cumplido diecisiete años, pero al faltarle un año para alcanzar la mayoría de edad, las autoridades la destinaron al Convento de las Madres Desamparadas hasta cumplir la edad reglamentaria.  Sin embargo, al día siguiente de dar a luz, cuando la enfermera le trajo al bebé para darle la toma correspondiente, Luz adviento saltó de la cama, se vistió, cogió a León entre sus brazos y vio salir al sol mientras hacía el empalme a un Clío negro. Lo dejó no lejos de la boca del metro y llegó a su casa dos horas más tarde. Lo tenía todo planeado. Había almacenado víveres para un año entero, justo el tiempo que permaneció encerrada hasta que se pudo hacer el D.N.I. sin peligro. Conformó un nuevo carácter de madre soltera: cuando bajaba al pueblo no respondía a los saludos. Llegó a ser tan cortante y grosera que los padres prohibieron a los niños cruzarse con ella. La huerta fue su salvación: Puso  gallinas y conejos. León fue un niño solitario. Inventaba sus propios juguetes, hablaba con los gatos, ponía nombres humanos a los conejos. A los cinco años sabía leer. Su madre había sido una brillante alumna. Decidió no llevar al niño a la escuela. Todas las noches dedicaban dos horas en hablar de las estrellas, de Robinson Crusoe, de los mares, de los ríos, de Tom Sawyer y de David y Goliat. También le enseñó a distinguir las flores con olor, de las de sin olor, el canto de los pájaros comunes y la vida de las mariposas. Lo que no pudo inculcarle es que el peor enemigo del hombre es el mismo hombre y que lo más razonable era usarlo para propio provecho antes de que se aprovechen de ti. León había tenido tan poco trato con la gente que se mostraba apático ante cualquier decisión. Sólo cuando cumplió trece años, sin saber cómo, las recomendaciones de su madre le comenzaron a parecer sin fundamento. Su aspecto desgarbado, su mirada perdida, su sonrisa sin destino, envolvían a un muchacho atrayente. Hacía amigos sin proponérselo. Las mujeres  comentaban su carácter cariñoso, tan diferente al de su madre. León apenas subía al pueblo, pero algunos muchachos de su edad venían a su casa. Jugaban en el pinar hasta que Luz Adviento gritaba su nombre con la fuerza de una sirena de barco desde el mirador. El amanecer que Luz Adviento se encontró con el desconocido tumbado boca abajo debajo de los manzanos, llamó a León. Luz Adviento le estaba mirando la nuca al forastero. Sólo fue capaz de quitarle los ojos de encima cuando el hombre levantó su cabeza.  Entonces se sonrojó y se arrepintió de haber llamado a su hijo. El hombre se levantó despacio, dejó los brazos pegados a su cuerpo. Movió los labios sin hablar. Luego llegó León, extendió su mano y le dio la bienvenida. León metió su mano en el bolsillo del pantalón para limpiarse. El hombre olía raro. Ella desapareció en la oscuridad de su casa. 
- No se deje los zapatos-dijo León.
El desconocido intentó taparse un pie con el otro. Primero uno y luego el otro. Tropezó.
- ¡Quieto, que te vas a partir los morros!-dijo  León.
- No tengo zapatos. Me los quitaron ayer.
- ¿Has venido caminando?
- No tengo prisa.
- ¿De muy lejos? 
- Bastante. ¿Esa es tu madre?
- ¿Quién va a ser, si no?   
- ¿Y tú eres su hijo?
- Elemental. ¿Tienes dinero?
- Algo.
- Tengo unas botas casi nuevas. Las dejó mi abuelo.
- ¿Por cuánto me las vendes?
- ¿50 euros te parece mucho?
- No sé lo que tengo. Espera.
- Sí. Voy por las botas.
León buscó a su madre en la cocina. Luz  no estaba. Se había encerrado en el retrete. León cogió las botas del armario de su abuelo. Salió.
- ¡Vaya! Parecen unas buenas botas- dijo el hombre. Se sentó en la yerba y se las puso-. ¡Perfectas!-exclamó. Le dio el billete de 50. León cogió el dinero.
- Cerca de la boca del metro, en el pueblo, hay una mercería. Seguro que encontrarás unos buenos calcetines-dijo León.
- ¿Puedo regresar mañana para despedirme de tu madre?
- Será mejor porque ahora está ocupada. 
- De acuerdo. 
León Adviento miró a sus ojos verdes gastados, contempló su andar desgarbado y levantó su mano derecha a modo de despedida cuando estaba en la barrera de la huerta.
-¿Por qué te has escondido?- preguntó a su madre-. Le he vendido las botas del abuelo por 50 euros.
- Has hecho bien.


FIN



Arrigunaga, (GETXO) a 3 de diciembre de 2015.