lunes, 16 de febrero de 2015

LOS IRRINTZIS DE PEPA KALOTA

“Cuando entré en la cárcel tocaban
silencio. Allí los perros no ladran,
lloran. Y los dos ratoneros que
vivían se pasaban todo el día apren-
diendo a ladrar”.


                                                  Josan.

I

Su verdadero nombre es Pepa Kalota, pero le llaman la Enferma Política desde el día en que el padre Seráfico de la Plegaria convocó al pueblo con las campanas y gritó a los cuatro vientos, desde la balaustrada del campanario, que la República había caído. Entonces Pepa pesaba once arrobas y había andado como un huracán lanzado irrintzis caballunos por los frentes de la Guerra. Metía tanto estruendo con la garganta que los soldados rezaban para expulsar su carne de gallina.
Aquel día Pepa Kalota fue a casa sin hablar. Sólo a la hora de acostarse salió al portal del caserío y lanzó un irrintzi ciclópeo que sacó a los animales de sus madrigueras. Después dijo:
- No me levantaré de la cama hasta que la vuelvan a poner.
- A quién-dijo Joanes.
- A la República.

II

Joanes se pasó veinticinco años explicando a sus vecinos que Pepa Kalota no necesitaba médico, ni cura porque estaba aquejada de una enfermedad que él mismo la bautizó como mal de política y que le gustaba repetir para ver la cara de lelo que ponía la gente.


III


Cuando Juanes fue a atrancar la puerta descubrió a su nieto Josín sentado en el culo de un cesto.
- Me tengo que ir, abuelo. Me persiguen los guardias.
Joanes le miró despacio y clavó sus ojos en el remolino de su coronilla. Los intestinos le comenzaron una revuelta y antes de oír los tiros dijo con su voz de arena:
- Espera que se lo diga a la abuela.

     Joanes atravesó la cocina y entró en la habitación de su mujer con las piernas flojas. Las carnosidades de Pepa Kalota provocaron un seismo local que hicieron temblar su guarida. Joanes leyó en sus ojos que lo había escuchado todo y desmayó su cabeza en el borde del lecho. Buscó ávidamente los vahos de su carne y deseó que le acariciara la testa con un mamporro de solidaridad. Cuando eran jóvenes lo hacían con más frecuencia. Entonces, Joanes regresaba tarde del campo y se sentaba cansado en las piedras del hogar. Pepa se le acercaba remoloneando las caderas y le empanaba su cabeza contra su muslo  y su mano, aporreándole reciamente en una caricia de confirmación:” ¿Verdad que estás cansado, amante?” Ahora, la colosal mujer comprendió la botica que le pedía su marido. Sacó un brazo desnudo entre las sábanas y lo flotó en el aire con la parsimonia de un ahogado en mar en calma. Manejó su extremidad con arte de tambor mayor y Joanes tembló de agradecimiento mientras sentía que se le arreglaban las tripas. Alzó su cabeza y columbró que sus ojos se transformaban en un firmamento de fuegos.
- ¡Qué se joda la República! Me levantaré y fabricaremos un escondrijo-dijo Pepa.


IV

Joanes se quedó encallado con las rodillas dormidas en las tablas del suelo amparado por la mole de su mujer. Sus pensamientos se le despeñaron hasta aquel día de verano que permanecieron durante toda la noche en el portal del caserío contemplando las estelas de los obuses que repasaban las faldas del monte Artxanda. Pepa Kalota se pasó las horas preguntando a su marido si su hijo habría tenido tiempo de comerse la tortilla de patatas que le había preparado por la mañana para ir a la Guerra. Hasta que no pudo más e infló los siete pisos de su papada como una vejiga de toro y la costa, desde el Bidasoa a Castro, tembló con las siete sirenas de barco que salieron de la garganta de Pepa Calota.
- Me marcho a Archanda-dijo.
Se ató bien el pañuelo de la cabeza y arrancó a andar muna abajo sin escuchar los razonamientos de su marido, que no tuvo más remedio que quedarse en el portal con la misma postura hasta que la vio regresar diez horas más tarde, después de haber recorrido cuarenta kilómetros, veinte de ida y veinte de vuelta, con el cadáver de su hijo atravesado en sus hombros y con los dedos de la mano libre en el agujero de la bala.
- Le han matado los moros de Franco-dijo.
Lo colocó en la misma cama que lo había parido hacía veinticinco años.
- Hay que llevarle al cementerio-dijo Joanes.
- Lo desenterrarían para meterlo en la piel de un cerdo. Es mejor que se quede en casa.
A Joanes le corrió un hielo por la espalda al recordar cómo su mujer lo lavó con parsimonia el cuerpo desnudo de su hijo y cómo lo arropó sin prisa, igual que cuando era de pañales y le vestía al amor de la lumbre. Le metieron en la artesa y lo enterraron por la noche, al socaire del muro del caserío, en el mismo lugar donde él enterró la placenta de su mujer cuando lo parió, allí en donde ahora había una higuera, la misma que Pepa Calota plantó por la mañana para disimular la tierra removida y del que sólo comían sus higos, los pájaros y los cazadores de los domingos.



V

Joanes se levantó en tiempos. Comenzó a caminar como una maquinilla sin aceite hasta que llegó al portal; enderezó allí su espalda con crujido de madera y dijo sin mirar a Josín:
- La abuela se va a levantar.
Josín se volvió y Joanes vio como le temblaba su barba de cubano.
- La abuela está enferma- dijo con la voz cascada por la sorpresa- .No se puede curar así como así, tras veintitantos años de convencimiento.
- Cuando las circunstancias lo exigen, sí.
- Que no se diga que los hombres de mi casa tienen potros de mujer- dijo Pepa Kalota desde su cuarto.
Josín entró y se quedó contemplado el enorme cuerpo de la abuela sentado en la cama.
- Tú te morirás en casa- dijo Pepa Kalota-. No quiero más muertos debajo de la higuera por culpa de aquella Guerra.
- Me llevarán.
- No- dijo Pepa con rotundidad-. Ayúdame a levantarme.
Los pernos de su nido comenzaron a anunciar la decisión de Pepa con ruidos desacostumbrados. Al principio Josín pensó que tendrían que empujarla con todas sus fuerzas, pero cuando la vio sentada con sus enormes muslos al descubierto, recordó lo que el abuelo le decía en los anocheceres lánguidos: “Sólo la voluntad vence a los huracanes”. Fue una maniobra tan costosa como el parto de una ballena en tierra firme. Pepa Kalota, sentada en la cama, ordenó que le peinaran sus cabellos de a metro y los trenzaran en dos piezas. Los organizaron Joanes y Josín con calma, arrodillados encima de la cama. Después la mujer se puso en pie y miró a sus dos hombres con un gesto triunfal.
- Es una lástima que no tengamos una máquina de hacer fotos para asombrar al mundo- dijo Joanes.
Cuando Josín se salió a la cocina para que la abuela se vistiera pensó que tendrían que arrancar los marcos de la puerta. Sin embargo, sólo fue necesario empujarla entre los dos durante tres minutos. Josín recostó su hombro contra la cadera de su abuela y pensó por un instante que para llegarle a los huesos sería necesario afilar el gancho de la cocina y metérselo hasta el puño. Pepa Kalota salió a la calle a las dos con una sobrecama encima de los hombros. Josín la siguió asombrándose de sus huellas, más profundas que las que dejaban las vacas. Caminaba con la parsimonia de un cachalote que aprende a andar. Se hundía a cada paso hasta las puntas de su vestido con la incertidumbre de que al siguiente paso la tierra le absorbería hasta el moño. Pepa Kalota miró a su marido, a su nieto y después acarició el tronco de árbol.
- Construiremos aquí una conejera con tablas viejas y clavos herrumbrosos. La haremos con doble fondo y Josín podrá estar como en una cama cuando lleguen los verdes.
- Es una locura- dijo Josín.
- Es una locura sensata. El único loco eres tú. Pero no tienes la culpa.
Joanes tenía madera de inventor y su mente razonó las posibilidades de la ocurrencia de su mujer.
- Habrá que llenarla de conejos- dijo entusiasmado.
- Con lo que sea necesario- dijo Pepa Calota mientras medía con un palo a Josín.
Construyeron la conejera entre los tres en el resto de la noche y al amanecer Josín probó el escondrijo justo cuando el peso de sus botas mellaban el polvo del camino.


VI

Pepa Kalota les miró la jeta y dio un paso al frente llevando en sus ojos el reto de su sangre revuelta.
- Soy Pepa Kalota, la abuela de Josín, el hijo de mi hijo que murió en las faldas del monte Artxanda un día de mala leche.
La pareja descolgó los mosquetes y sus dientes blancos brillaron con filos de cheifas a un palmo de sus hules.
- Traemos orden de detención.
Pepa Kalota les apartó con la mano y se recostó en el tronco de la higuera.
Después de decir con voz sosegada: “Buscadlo. Aquí no está”, infló los pulmones, las tripas, los pechos con todo el aire del amanecer y lo vomitó mirando al mar en un irrintzi triunfal.


FIN




jueves, 15 de enero de 2015

DE REGRESO A MARÍAS

Quinto recuerdo

- ¡Don Delfín! -exclamó la muchacha.
El maestro organista llevaba su visera de hule y su pajarita de goma. Estaba sentado frente a una mesa pintada de verde en la única ventana que daba al cementerio. Tras mirar a su alrededor, don Delfín se levantó de su escritorio en las oficinas de La Compañía de Fresas de Santa María. No salió, pero sacó su crisma a la corriente de la calleja con sonrisa de casa.

- ¿Y su señor padre?
- Seguro que bien.
- ¡Plácida información!
La joven parecía nerviosa. El organista comenzó a meter el ojo izquierdo más a la izquierda.
- ¿Tiene alguna pista del tranvía nº7?
- En este pueblo no hay tranvías. Ni hay ni los hubo nunca. Hay un hermoso órgano de cuatro teclados para las manos y otro para los pies. Antiguamente había un seminario. Ahora hay monjas negras. Mi hermano es Rector. El gallo en el gallinero. Precisamente fueron las monjas las que descubrieron el túnel que lleva las notas del órgano a las galerías que forman los caminos de hierro. Trabajos de antes de la Guerra. Es raro que su señor padre no haya venido a visitar el camino que lleva a 16 kilómetros de Marías.
- Sé poco de mi padre desde hace un par de años. Pero le echo de menos. Rompí el teclado del piano de mi madre y me marché de casa. Un pronto.
- Su padre andaba en Marías montado a caballo. Salía muchas noches negras a escuchar los surcos de la tierra. El muy cabrito había oído música de Bach brotar de la tierra esquilmada. Se bajaba de su montura y ponía sus orejas en el surco. Los desleídos decían que se tumbaba a echar sornadas.
- ¿Qué hace usted en la oficina de la Compañía de fresas de Santa María?
-Esperarla. Tiene un aire a mi difunta esposa. Ella era coja del izquierdo. Los recolectores de fresas me dejan sentarme en esta ventana. He recorrido todas las ciudades europeas que tienen tranvía, esperando al nº 7. Viaje en balde. El Rector de Santa María me dijo que el tranvía nº 7, el mismo en el que me enamoré, está en un descampado en donde antes acampaban gitanos y ahora viven titiriteros.
- ¿En dónde está ese lugar?
- A dos manzanas de la casa que me compró mi mujer antes de morirse. La misma de la que partí con unas mudas y estas botas.
Don Delfín se levantó de un salto y puso un pie a la altura de la mesa. Las suelas estaban como el papel de fumar. Un gato saltó asustado y salió por la ventana a la luz artificial. Atravesó la calle y se perdió en la oscuridad del cementerio. El organista parecía muy nervioso. Encima de la mesa tenía partituras de música que había estado estudiando toda la tarde como aturdido por un mazo. Desde que vio a Pilar al otro lado de la ventana, un montón de recuerdos empezaron a correr por delante de sus ojos. La vida era una naranja.
Pilar llevaba un vestido estampado de pequeños racimos amarillos como las flores del tilo. Una pamela de olor dulce y zapatos de bailar. Era un primor contemplarla.
Don Delfín se levantó de un salto y salir por la ventana perseguido por su perro Stalin. En el edificio siguiente, frente a la pared del cementerio, se iluminaba el bar de María La Cochina. En su puerta se sentaba el viejo Matías Diputado, el borracho del pueblo. Don Delfín tropezó con sus piernas. Las cogió con cariño. Las depositó arriba y le acarició su cara con ambas manos.
- ¡Cabrón de mierda!- gruñó el borracho volviendo a estirar sus piernas.
- ¡Vamos, Pilar!-dijo don Delfín. En Santa María hay muchos borrachos. Este es el mayor. Yo le tengo aprecio porque acude a la iglesia a escuchar música. Entre frase y frase, don Delfín soltaba una risa nerviosa.
Don Delfín había visto a Pilar. En cuanto la reconoció, su corazón comenzó a pegarle fuerte en las carótidas. De un golpe, desapareció la imagen de doña Julia corriendo por el pasillo del tranvía nº 7 y la sustituyó por Pilar. Llevaba dos semanas tratando de calmar sus ritmos para poder pasar a la faena. Le esperaba en la ventana de la Compañía de Fresas desde las tres de la tarde. Se sentía feliz caminando a su lado.
- Vivo muy cerca de aquí- dijo Pilar-.Vivo con mi hermano. Alguien nos dijo que hoy iba a tocar el órgano y nos hemos quedado a esperarle. Volvemos a casa, a Marías.
Pilar era hermosa como una actriz de cine italiano. Tan hermosa que había conseguido borrar de la memoria a doña Julia. Don Delfín la dejó adelantarle para contemplarla con parsimonia. Fue un error. A la perfección de sus formas, le faltaba un defecto: no era coja. Sintió un ruido disperso en su pecho. Era como el rechino de una barra de hielo rota a martillazos. Con frío o sin él, quería tocarla. Pensó que con sólo rozar los pliegues de su vestido, sentiría un deleite superior. Pilar le dejó mirarle despacio. Le dejó abatirse.
- No debe fiarse de los viejos. A mi todavía me pican las alas como a un muchacho.
- ¿Malas pulgas?
- Es difícil encontrar en la misma mujer la perfección de una musa y un defecto de nacimiento.
- Yo vivo aquí. Encima de la imprenta.
- Conozco a Jorge Juan, el montador de letras. También escribe en la linotipia y le pega fuerte al plomo. Cuando se le acaba, busca residuos en el suelo y los derrite en un cacito.
- Lo conozco. Es un hombre de otro tiempo. Sabe la lista de los reyes godos y las crestas de los Pirineos. Me ha prometido llevarme hasta la boca de Marías por los túneles.
- Las mujeres consiguen lo imposible de los hombres. Le he rogado que me acompañe a dar ese paseo. Me respondió que todo es leyenda. Suele escuchar mis conciertos de órgano de rodillas.
- Es amigo de mi hermano. ¿A qué hora va a tocar?
- A las dos. Es cuando más mendigos hay durmiendo la mona. Al sonar los bajos mentan a mi madre con gestos soeces. Golpean el suelo levantando las patas de los bancos y dejándolos caer. Yo les lleno sus pulmones de música. Manos y pies ordenan el bramido de un monstruo desconocido y mi público calla y deja de jugar a matar a Judas. Es cuando mi órgano les sorprende con llanto de violines.
Sucedió como lo contó. Lloró durante el camino de regreso al hotelito en donde se hospedaban su hermano y ella.
- Duerme. El sueño borra las emociones -le dijo su hermano desde la puerta.
Pilar no sollozaba por la música en sí. Lloraba por la historia que las melodías habían ido aglutinando en su maldita vida. Aquella misma tarde había caminado simulando una cojera para levantar en un viejo falsas ilusiones.
También don Delfín el organista había comprendido por fin que su felicidad se encontraba en los hierros desvencijados de un tranvía que un día llevaba un siete en su carrocería. Era lo más tangible que quedaba de su doña Julia. Pero la esperó. Permaneció clavado frente a la puerta del hotelito hasta que salió Pilar y cruzó el camino para estrecharle su mano.
- Ayer me burló haciéndose la coja.
- Juegos infantiles, don Delfín.
- Don Delfín el organista. ¿Por qué ya nadie me llama don Juan?
- Usted sabrá. Mi hermano y yo volvemos a Marías con el linotipista Jorge Juan. Iremos por los túneles de la música. Debo regresar a recoger los gansos y ver qué hace Baldomero. Mi padre me decía que Baldomero era un buen hombre.
- No lo conozco.
- ¿Por qué no viene con nosotros?
- Yo también regreso al octavo piso de la vivienda que me compró Julia en Zaragoza. Regreso con Stalin a mirar el río desde el balcón. Algunas veces salta un pez y brilla.
- ¿No volverá a tocar el órgano?
- Cuando me llegue la noticia de que ha perdido el miedo a los hombres. Entonces el fragor de mi marcha triunfal demolerá los túneles, aplastará a los murciélagos y la tierra dejará de soplar el eco de mi querido órgano.
Los vio desde su montura bajar de un coche azul. El coche dio la vuelta y regresó por donde había venido. El médico sintió ganas de gritar sus nombres, de poner al galope a la yegua. “Luego me contarán que han venido por los rieles de la mina”.
El médico traía el fonendo en el cuello y seis termómetros de cristal en el bolsillo de su americana. El cielo comenzaba a sacar las estrellas. Mandó parar el paso a la yegua y se quedó quieto para poder verlos bien. Los hermanos se dieron la mano y apretaron a correr a las vías del viejo ferrocarril minero. Sin soltarse las manos se subieron a los raíles y siguieron al trote dejando su risa en las copas de los pinos. El médico pensó en los dos años de soledad. Dos largos años sin dejar de escuchar los pasos de su hija sin pasos y sin hija. Sin poder mirar el rostro de su hijo, tan igual al de su madre. Cerró las puertas de sus habitaciones y se prohibió entrar. No pudo. Fue precisamente en el cuarto de su hija donde se sintió enfermo. Sabía lo que podía ser. Al día siguiente pidió a su joven compañero que le sustituyera. Esperó a la visita que le hacía Baldomero al empezar la noche y le dijo que le llevara en coche a Zaragoza.
- ¿Puedes? Debo visitar a un colega.
Pudo. Se hizo unos análisis de sangre y un electro. Fue suficiente. Baldomero fue discreto. Respetó el silencio que el médico impuso a su regreso. Sólo a la vista de las luces de Reinas, dijo:
- ¿Malas noticias?
- Tengo una enfermedad cardiaca grave. Lo sospechaba desde hace tiempo, pero cuando se confirman las sospechas, nunca se sabe cómo vamos a reaccionar. Espero poder expirar con discreción.
No era un buen momento para una fiesta de bienvenida. Si el tiempo transcurre con pausa, todo tiene arreglo.
Los dejó llegar a casa antes que él. Doscientos pasos adelante. Esperó a que abrieran la puerta. Llegó sigilosamente. Llevó al caballo a la cuadra. Subió la escalera. El dolor le comenzó en las puntas de los dedos de su mano izquierda. No fue un dolor blando. Fue un martillazo. Se recostó en la barandilla del descansillo. El médico regresaba de cerrar los ojos a un anciano que recibió tranquilo a la muerte. Tras treinta años de ejercer la medicina se le enfriaban los pies en las defunciones. El siguiente martillazo lo sintió en el hombro. El que le golpeó el pecho le cerró sus ojos. Cayó de espaldas por el hueco de la escalera que daba a la cuadra. El sonido de su cuerpo al desplomarse sólo escuchó su caballo blanco y negro, que golpeó cinco veces con sus pezuñas la paja del suelo.
Una hora más tarde, Baldomero lo subió al hombro. Vio una raya de luz por debajo de la puerta y la golpeó con la punta de sus botas. Le abrió Pilar. La muchacha se quedó quieta. No hizo falta que nadie le contara que el muerto era su padre. Baldomero le dejó encima de su cama. Pedro le quitó el fonendoscopio de su cuello y le auscultó el pecho. Abrió el maletín de su padre y le limpió una herida de su frente.
- En la ciudad le dijeron que sufría del corazón- dijo Baldomero.
Su voz ronca cubrió el silencio de la habitación.


FIN


Primer recuerdo AQUÍ  Segundo recuerdo AQUÍ  Tercer recuerdo AQUÍ Cuarto recuerdo AQUÍ










miércoles, 26 de noviembre de 2014

CUANDO EL CAMPO CALLA, TRUENAN LOS CAÑONES

Cuarto recuerdo

El sargento, que tenía veintinueve años cuando comenzó la contienda, había nacido en la tercera casa de la calle Las Pesas, perpendicular a Olmos empezando a contar por donde llegaba el río. De niño trabajó de recadista en la tienda de ultramarinos de don Jobito y vivía con su madre, que se había casado en segundas nupcias.
El padrastro del muchacho tenía un pequeño taller en donde fabricaba y arreglaba carruajes. Este hombre, cuando estaba un tanto bebido, era alegre y ocurrente, pero en estado sobrio era refunfuñón. Prieto creció encima de la bicicleta de la tienda de don Jobito llevando los pedidos aquí y allá. Cuando no estaba en la tienda, se arrimaba al taller de su padrastro a oler a serrín y a llenar sacos de virutas para la estufa de casa. No le importaban ni las patadas ni los insultos de su padrastro. Sólo si nombraba a su madre todo su cuerpo se tensaba y se bloqueaba.
- No vaya por ese camino porque todos los hombres sabemos matar- le dijo un día Prieto agarrándole de un brazo.
El padrastro, que era cobarde, entendió bien al chico. Sobre todo cuando vio las huellas de sus dedos en sus brazos. Llegaron a entenderse. Prieto aprendió el oficio rápido y el padrastro dejó de creer en Dios el día que el muchacho se apuntó en la legión. Una mañana, el padrastro se dio cuenta que no sabía vivir sin él. Le despertó a su mujer y le dijo:
- Echo de menos a tu hijo.
- Yo también- le respondió la mujer.
Entonces el carpintero se marchó descalzo al almacén de las maderas. Le gustaba pisar los charcos desde niño. Además, para lo que iba a hacer, no necesitaba calzado. Se ahorcó.
Prieto regresó de la legión con el hábito de la benemérita. Vino desde Madrid en el tren de Zaragoza hasta San Martín. El vagón estaba abarrotado y se pudo sentar al lado de una mujer esbelta, rubia, chata, un poco demasiado chata para ser guapa. Pero sus rasgos marcados llamaban la atención de los niños. Su fisonomía se elevaba por encima de los rostros vulgares de las otras mujeres del vagón. El guardia Prieto sintió unas ganas irreprimibles de tocarla. Y parece que a la mujer no le importaba que la tocase. Llegaron a San Martín cogidos de la mano. No subieron al autobús de línea para llegar a Marías. Caminaron los dieciséis kilómetros por la orilla del río, bordearon el bosque de pinos y se subieron a los rieles que salían de la boca de la montaña. Llegaron a la frontera del municipio con las promesas que se hacen los enamorados cumplidas. Se juraron amor eterno, se besaron largo kilómetro a kilómetro y levantaron una cabaña con cañas de maíz en un lugar recóndito para pasar la noche. Si el guardia Prieto llegó a casa de su madre sin botas es porque se las sacaron de sus pies mientras dormía en la cabaña de borona. La mujer rubia y de nariz chata se llamaba Celia. Hablaba como un pájaro ronco, pero sabía tocar el saxofón. Se quedaron a vivir en casa de la madre del guardia Prieto. Sólo diez días. El guardia hacía cinco años que no veía a su madre. Una vez la llamó por teléfono a la centralita de Correos, pero ella vivía lejos y cuando llegó, el muchacho había colgado. “¿Cómo es su voz, tú?, preguntó al funcionario. “Alegre. Tiene una voz alegre, señora”. “Entonces igual que su padre. Será un buen hombre”. Tampoco le había enviado una postal desde que se separaron. Ni siquiera sabía que era guardia civil. 

Pero cuando lo vio bajo el dintel de la puerta de la cocina, con capa y tricornio, cogió un montón de platos de la alacena, seguramente los únicos que tenía y comenzó a romperlos contra el suelo de cemento de la cocina uno tras otro. El guardia Prieto era alto y de buena presencia. Tenía fuerza. La mujer lo comprobó cuando le agarró por las muñecas y le dijo:
- Frena tus nervios, madre.
Eran las nueve un poco pasadas en el reloj despertador de la cocina.
- Es por tu uniforme. Me da temblores.
- Es un oficio como otro cualquiera. Pero con botas. Me las han robado mientras dormía.
- Tu padrastro se ahorcó descalzo. Sus botas están donde las dejó.
Eran unas buenas botas.
- ¿Y la señorita?
- Tu nuera, madre. La señorita es tu nuera.
- Buenos días -dijo la madre dándose vuelta el delantal.
Lo dijo como si se tratara de una mañana de otoño y la chata fuese una señora elegante que llevaba el pelo recogido en un moño que le dejaba su cuello al descubierto.
- Buenos días, señora -contestó Celia.
- Quítate la capa, hijo. Vístete de hombre. En el armario de nogal hay ropa de tu padre y de tu padrastro. Os haré el desayuno. Creo que todavía queda algún plato entero.
- No tenemos hambre. -Dijo Celia.
- Date colorete y píntate los labios. ¡Anda madre! Acompáñanos a la iglesia, que nos vamos a casar.
Recorrieron la calle Olmos agarrados del brazo.
- ¿Y el padrino?
Venía en su caballo negro y blanco por el medio del carril. Era un hombre flaco y alto cubierto con un sombrero de ala ancha. Venía silbando con los ojos perdidos en una nube blanca que se acercaba levitando a escasos centímetros del suelo. La nube, según llegaba a su lado, pintaba de colores un diáfano vestido de verano. Lo último en conformarse fue su rostro pecoso. La mujer del jinete alumbraba su imagen con unos colgantes granados. Primero saludó a la chata, después a la vieja con colorete y al final dejó un saludo militar al guardia civil. El hombre del caballo se apeó contento.
- Son el señor médico y su señora- dijo la madre del número Prieto-, que saludó de taconazo y con la mano plana en el tricornio.
El de la benemérita llevaba guantes blancos, los botones de la casaca con brillo y los pantalones planchados con raya. Su capote olía mitad a celos y mitad a amor.
- Se van a casar- dijo su madre-. Y si me deja atreverme a decírselo, se lo digo: no tenemos padrinos.
- Madrina, la madre. Para padrino le dejo a mi marido. Yo tocaré el armonio- dijo la esposa del médico.- El caballo está acostumbrado a esperar.
El médico fue en busca del párroco.
- Ese muchacho sabía tocar la cítara cuando era pequeño. Lo hacía tan bien que le permití tocar los domingos. También íbamos al claro del castañar a disparar flechas de colores.
Entonces, el santo Abate, el cazador más certero de las espesuras, recordó la lección que les daban en el seminario sobre el filósofo Empédocles y se puso a cantar con voz profunda en el camino al altar.

“Éste es un fármaco contra la ira y los dolores.
Éste es el único olvido para todos los males.”

Bendijo a la pareja y animó al hombre a cubrir a la mujer.
El abate había estado feliz. La esposa del médico tocaba el armonio, entraba en la iglesia a la yegua del médico. Recordó que el guardia sabía tocar la cítara y que él guardaba un saxo nuevo.
- ¿En dónde?- preguntó la recién casada.
- Si sabes tocar la comparsita, te lo regalo.
Para entonces la iglesia se había llenado. Los niños y las mujeres traían flores para el caballo. Era un saxo dorado. También su música sonaba a oro. Zeliuska soplaba con mimo sin cubrir al armonio. Zeliuska había sido una actriz de circo real con sus pelos del color de plata y con dos pechos, dos, redondos como dos lunas llenas. Al final hubo romería en la explanada de la parroquia y don Lucas, el médico, hizo bailar a su yegua un pasodoble para saxofón.
Diez días después, a las siete en punto de la mañana, la hora en la que se marchaba la gente de Marías, el número Prieto y Zeliuska partieron con la orden del párroco de Marías cumplida, a un cuartel de los Pirineos.

Estuvieron cinco años.

En cinco años, el número Prieto ascendió a Cabo Prieto, a Primero Prieto y a Sargento Prieto; construyó en una herrería tres carros de saltimbanqui según un modelo que copió de una tribu francesa; aprendió a dar volatines en una cuerda atada entre dos pinos; contrató al saxo de la banda de la compañía para enseñar a su mujer a soplar fino, al atabalero, el arte de atabalear. Cinco años de aprendizaje. Zeliuska cogía ranas y hundía su nariz chata en la resina de los pinos. También lucía su melena de plata en el sidecar del sargento Prieto. Los días que el sargento Prieto libraba, sacaban brillo al sidecar y recorrían los valles. Cuando el viento les cortaba el aliento, eran felices. Zeliuska se ponía pantalones para viajar. Mucha gente les tomaba por dos camaradas y les hacía gestos obscenos. Sí, la carretera era un escape. Algunas veces se internaban por caminos sombríos y divisaban una cabaña. Por lo general, paraban. Si no había nadie, husmeaban su interior y hacían planes para vivir en una casa escondida.

El sargento Prieto se engañaba. Él era hijo de la llanura. En realidad, los valles angostos le asfixiaban. Se dio cuenta que cuando salían de excursión cada vez se alejaba más del cuartel. Siempre añoró Marías. Soñaba con el olor del pelo de su madre, con los pies descalzos de su padrastro, que se ahorcó por descubrir que le quería, con el médico de Marías encima de su caballo, son su hermosa mujer que caminaba sin tocar el suelo. Una mañana sintió un empujón irresistible. Le dijo a Zadiuska que se ponga los pantalones y se presentó ante el Teniente de la Compañía.
- Solicito tres días de permiso.
- Las cosas están revueltas, sargento.
- Dos días.
- Bien. Dos días.
Salieron antes de amanecer.
Vieron el color de las hojas muertas; escucharon tiros escondidos; durmieron en la ermita de un hombre santo que contaba la letanía con los dedos de sus pies.
- ¡Llevamos órdenes del valle al cuartel de la muga!- gritó el sargento Prieto a una pareja que pastaba sus caballos.
- Dicen que se escucha música por las linternas de los puentes del Pilar.
El Sargento subió las orejas de su capote. Ensayó un saludo militar en el espejo del río Sallent.
“- Son los mismos miedos que metían los del Rif en los cuerpos de los morojuanes. Cúbrete el pelo, que escucharemos muchos más”,-dijo el Sargento Prieto, haciendo petardear la moto.
Llegaron con la puesta de un sol rojo, bajo un paraguas de lágrimas de fragua, encintado con un matachiné amarillo.
- Las nubes dibujan setas en el cielo de octubre. Los pastores saben leer sus recados para el invierno.
- ¿Qué se escucha por los boquetes de los túneles por donde dicen que corre un tren hullero? -preguntó Zadiuska.
- Hierro. Mi padrastro decía que por la boca cercana a Marías sacaban hierro en volquetes arrastrados por mulos. A los mulos los guiaban niños de Marías. Niños analfabetos que tenían que esperar a hacer el servicio militar para aprender a leer. Algunos niños podían ir a la escuela de doña Felicidad. La anciana no era maestra. Enseñaba a los niños a leer cantando. Ella se murió escuchando nadar a los peces encima del puente nuevo. Verás, Zadiuska. En cuanto tenga un rato libre, entregaré al Teniente la petición de mi jubilación del Cuerpo.
- ¿De qué vamos a vivir, soñador?
- De saltimbanquis. El cabo Petralanda y los números David y Renedo han aprendido a llevar con maestría los carros.
- ¿Qué saben hacer?
- Poco. Aprenderemos. Tú tocarás el saxofón y el atabal. Seremos grandes entre los grandes. Tú ya has aprendido a sacar carne de gallina a hombres viejos y a llorar a madres fondonas. ¿No te ha llamado la atención el silencio de los campos?
- Los árboles sólo lloran con la fuerza del viento.
- Sí. Y cuando las ovejas no balan, los caballos no relinchan, las vacas no mugen. ¿Has escuchado parpar a los patos, zurear a las palomas?
- Me gusta que me aplaudan en las plazas de los pueblos. Tengo unas castañuelas que suenan debajo de mi sostén. Parecen cocos de caramelo. Los abates de las abadías retocan sus zuecos frotando los racimos de las avellanas. Los viejos repican sus dientes postizos. Y yo bailo, no paro de bailar y de silbar como un pastor. ¿Por qué me agarraste las manos en el tren?
- Porque eres chata y rubia.
- ¿Por ése poco?
- Y porque estaba subido.
- En serio. ¿Has escuchado piar a la turba de pájaros en los bebederos del río.
- También me he silenciado para escuchar su sosiego.
- ¿No huele a marchito? Dicen que cuando el campo calla, truenan los cañones.
- Hincar el pico, torcer la cabeza, cerrar los ojos.
- Sin embargo, te has callado.
- Antes de llenar los baúles, haremos un festejo para la hermandad, para los vecinos de los alrededores y bajaremos por las curvas de los rieles para escuchar las elegías que hacen los descontentos. Yo sí creo que por los rieles de abajo sopla el viento de un huracán. También creo en la música que hace la lluvia al caerse por los tubos de un órgano dorado como el saxofón que te regaló el abate de Marías.
- Nadie tocaba la trompeta como el cabo Gento. Nadie plateaba su piel como el guardia de 1ª Narciso Perón. Decían que comían de la misma cuchara. La tropa cantaba: “De la misma cuchara, dicen, comen Gento y Perón.”
A la puerta de la ermita, frente a la bandera, llegaban los civiles con su gorro de charol. Traían la chapa del cinto brillando. Las mujeres sacaban banquetas de sus cocinas y niños y niñas jugaban a la tocadita armando algarabía. El orden llegaba con el cornetín del cabo Gento. La alegría, con el atabal de Zadiuska, actriz de circo real. Por la esquina noroeste llegaba el carro del gran Ramplín adornado con guirnaldas y ardillas de verdad. La banda del destacamento de la Guardia Civil entonó el Himno de Riego. Fue el comienzo de una noche, elevada a asombrosa por la pericia de Ramplín.

Dos noches después de la actuación del Sargento Ramplín llegó un telegrama extraño. Decía que desde Zaragoza hasta el camino que llevaba a Reinas, emanaba una extraña música por las bocas que años atrás se usaron como caminos mineros.

Al estallar la Guerra estaba a punto de ser ascendido a subteniente de La Guardia Civil. Era republicano. El capitán que estaba al mando del Cuartel de Alta Montaña le dejó regar las rosas que crecían debajo de la ventana de su esposa. Sólo cuando terminó, ordenó a un cabo arriar la bandera.
- ¿Y qué hacemos ahora, Prieto?- le preguntó el Capitán.
- Jodernos a tiros.


FIN
Primer recuerdo    AQUÍ 

Segundo recuerdo AQUÍ 
Tercer recuerdo     AQUÍ
(Continuará)

jueves, 9 de octubre de 2014

LOS PENDIENTES ROJOS

Tercer recuerdo

Él decía que recordaba los pendientes de bolitas rojas que le colgaban a su madre de los lóbulos de sus orejas.
- La playa estaba desierta.
Pilar, su hermana, era rotunda.
- Había un pescador en las rocas. El pescador dijo:
- La señora y la criatura están en un lugar peligroso. Es una zona de corrientes que brotan de la arena con mucha fuerza.
- Es la primera vez que ven el mar. Están emocionados-dijo su padre.
No cubría más de un palmo. Su madre gritaba que había una estrella de mar. Fue cuando la arena se volvió blanda bajo sus pies y un arroyo fluyó del fondo y la derribó y la arrastró boca abajo mar adentro.
- Él se asió con todas sus fuerzas a las bolitas que colgaban de sus orejas.
Su padre creía que un niño de dos años sí se podía acordar perfectamente de un momento de horror. Alguna vez, le escuchó decir:
- Yo era un mal nadador. Te sacó tu hermana.

Ahora no estaba Pilar.

Pedro preguntaba a su padre si se figuraba en qué lugar del mundo dormía su hermana. Pero el médico comenzó a rehuirle cuando descubría brillo de niño en sus ojos.
Pedro se levantó y salió hacia la calle Olmos. No era la calle principal, pero sí la más larga. Comenzaba al pasar un puente de madera y terminaba al cruzar un puente de hormigón. Después del puente de madera un siciliano había abierto un garito en la casa de la difunta tía Felicidad, una hermosa anciana de pelo blanco hasta su cintura, dueña de un broche de colores y de cuatro hectáreas de la mejor tierra para sembrar maíz y calabazas para el ganado. Pero ella no ordenó nunca arar la tierra y el terreno se había convertido en un excelente habitáculo para los topos y en un espectacular solar en donde los muchachos jugaban al pelotón, mientras ella se cepillaba su pelo ante un pedazo de espejo con poco azogue. El italiano vino contratado de carpintero de hormigón para hacer el puente. Era un hombre plácido que sabía tocar el piano y cantar muy bonito boleros con ojos de amor. Tocaba el piano como tocan algunos negros en las películas: mordía un puro apagado. Y cantaba ronco. Como si tuviera un cáncer de garganta que se curaba dándole a la pitarra: un trago cada diez minutos. Tocaba mal. Casi muy mal. Pero sabía poner los ojos en blanco y colocarse con arte un trapo sucio encima de sus cabellos brillantes de siciliano antiguo. Hay sicilianos que huelen a remoto desde la cuna. Generalmente se mueren ricos. También saben decir palabras que nadie comprende pero que suenan hermosas, seguramente por ser viejas. Se llamaba Patriké. Pero todo el mundo le llamaba Carlé no se sabe por qué.
Patriké llegó para hacer el puente de hormigón y varillas de hierro y lo hizo imponente. Le puso un pez de hierro fundido en cada una de las esquinas. Había muchos pueblos con puentes, pero ninguno tenía peces de hierro fundido y ojos de cristal. Los viejos decían que el agua del río sonaba mejor al pasar por debajo del puente y que había dejado un espacio más que respetable para pescar truchas cantarinas. Una semana después de su inauguración se murió Felicidad. Se murió mirando pasar el agua debajo del puente. El alcalde fue a buscar al notario de San Martín para que arreglara su testamento. Nadie sabía que doña Felicidad tuviera ningún descendiente. El notario, un hombre que olía a señora, se rió durante una vuelta entera de la aguja grande de su fantástico reloj de oro. Después dijo que sólo faltaban las rúbricas de la mortis causa. El terreno era para los topos y para los muchachos que jugaban al pelotón. Un largo de la topera lindaba con la calle Olmos. Y nuestro napolitano tuvo la idea de presentarse en el Ayuntamiento y de hacer una proposición al Alcalde. El mandatario era mimoso y todo el mundo sabía que sus decisiones las tomaba con unte y prevaricación. Fue un noviazgo de meses. Se dejaba invitar y sobar las manos para dar el visto bueno, el tirón del pez gordo del ya está hecho. El carpintero de cemento no disponía de suficiente carnada. Y el alcalde se cansaba y le silbaba oh sole mío con voz de mala peste. El siciliano no se dejaba pisar por un alcalde de estepa. Jugó a la mayor y le pisó los callos.
-Haga lo que haga, a medias. Cincuenta y cincuenta. Yo trabajo. Cincuenta para ti. La obra es mía. Una condición.
- Cuenta.
- Los topos para ti. Que los saquen de sus toperas los niños en el recreo. Haremos una escuela nueva y un campo de fútbol.

Se emborracharon tres días agarrados del brazo. Bebieron bien. El médico les dio vomitivos privados, de los que sólo sabía hacer él. En seis meses el pueblo vio alzarse un espectacular bar-piano en la otra punta de la parroquia. Aquel bar sumó el número tres. En dos años había otros tres y una sala con suelo de madera encerada en donde los jóvenes bailaban como Elvis Presley.

Pedro terminó la carrera. Desobedeció a su padre.
Tres días después de la marcha de su hermana, lo encontró intentando arreglar el teclado del piano con movimientos pulcros para no meter ruido. Desde que ella se había ido, sólo era audible en la casa el murmullo del agua del río, la cantinela de los palomos y el eco de las herraduras del caballo. Aunque en casa había dos automóviles y en el ambulatorio una ambulancia con sirenas y arco iris de tres filas de focos, su padre seguía haciendo las visitas en su yegua blanca y negra. El pueblo había medrado. Algunas calles tenían guijo, había casas que callaban su aspecto humilde y parecían chalés con parches. Un campo de fútbol en medio de la topera con tribuna con tejado de brezo; un edificio feo para colgar volúmenes en largas baldas barnizadas con brillo: libros de Ulises, La Odisea, Bobary, El Éxodo, Tito Andrónico, el Caballero que venció a un Molino de viento. Y un banco de jardín debajo de una palmera en el que señoras viejas llevaban agua en sus botijos y vaciaban el chorrito encima de una fila de flores de ángel, amarillas o naranjas y de geranios con muchas ganas de vivir.
La casa del médico seguía igual de hermosa. Los patos se bañaban pegados a los cimientos y acariciaban su cuello en el verdín. El médico se sentaba en el porche antes de salir el sol, escuchaba parpar a los gansos. “Sólo el presente es real”, decía a nadie. Abría el gallinero y se ponía el delantal de Pilar para repartir con equidad los granos de maíz. Una mañana, Pedro entró en la habitación de su hermana cuando Los pasos de la yegua se alejaban al trote. Los hombres se quitaban las boinas. Las mujeres mayores se santiguaban como si el médico fuera el amo de sus vidas. Pedro fue derecho donde quería mirar: la lata de membrillo de su hermana. En el fondo había un sobre con fotos. Dentro del sobre, una: sus padres, su hermana y él. Los pendientes simulando semillas de granada en las orejas de su madre. Los rubíes verdaderos, en una bolsita de terciopelo. En una tarjeta la letra inconfundible de su hermana.
“Te los he guardado”.
Pedro puso el motor del Opel que le había regalado su padre. Frenó al llegar a la vía del tren en desuso desde La República y comenzó a caminar por encima del riel derecho. Al de dos horas se paró en seco. “Por aquí no se llega al Infinito”.
“-Si quieres llegar deberás girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer”.
Pedro se dio media vuelta y se juró llegar a casa antes que su padre para poner la mesa y preparar la ensalada de nabos dulces, su plato predilecto. La costumbre más visible que Pedro había heredado de su padre era el sombrero. Se lo compró él mismo en una sombrerería de Zaragoza al día siguiente de recoger su licenciatura y pidió a su padre que se lo colocara con la misma elegancia que se lo colocaba él.
- Ya no hay médicos que usan sombrero, hijo.
- Así no tendré que explicar que ya he terminado la carrera. No conozco a nadie más que a ti que use sombrero en Reinas.

Funcionó. Los vecinos del pueblo se descubrían y le trataban de don. Don Pedro. Sonaba bien.
- Desde mañana pasaremos juntos consulta.
- Mañana iré a dar un paseo por las vías. Es el mejor sitio para pensar. Regresaré a cenar.
- Piensa. No sueñes. Pensar cuando uno es joven es magnífico. Yo ya ni sueño ni pienso. Me tomo el pulso al amanecer y cuando me acuesto. El resto del día hago lo principal: vivo.
- ¿Tú crees que las vías de la mina desaparecen por la boca de una sima que conduce al Infinito en donde los ingenieros rusos levantaron una montaña fantástica con siete vagones que conduce a la Felicidad?
- ¿Qué diablos has aprendido después de asistir siete años a la Universidad?
- Pilar me leía un libro de mamá que se llama “El Carrusel loco”. El carrusel tenía una cuerda de reloj infinita. Nadie sabe en donde se encuentra la llave de la cuerda y el carrusel no se puede parar.
- El libro lo guardo en mi biblioteca. El que llegaba a la parada el primero, recibía una escoba de premio.
Pedro fue a su habitación. Metió el sombrero en la sombrerera.
- Úsalo tú, papá. He soñado que Pilar está mirando al mar. Tenía zapatos de colores como los que se ponen los catalanes para ir a misa.
- Ya has pensado.
- Me iré mañana.
- Mañana habrá tormenta. Yo iré río arriba a pescar anguilas.
Pedro se horrorizó al darse cuenta que estaba a punto de llorar. Se sintió con fiebre al ver a su padre sacar un pañuelo de su bolsillo y tendérselo con la mayor naturalidad.
- ¿Y esto?- preguntó el muchacho con la voz repuesta.
- Yo tampoco comprendía a mi padre- dijo el viejo médico.
Al día siguiente, el médico esperó despierto a que Pedro cerrara la puerta. Esperó a que arrancara su coche. Esperó. Esperó. Se levantó y miró el sitio de las llaves. Su hijo se había ido en autobús. Igual que Pilar.
Revistó la casa. Repasó las habitaciones. También el camarote y la bodega. Pensó en no afeitarse. Cada tres o cuatro días. No le quedaba más remedio que emborracharse al menos cada tres días. Los viejos no necesitan hablar para subsistir. “La casa. Es demasiado grande para mí. Bueno. Ya veremos”. Lo peor fue pasar el día sin hablar con los pacientes. ¿Qué podían tener que no lo supiera ya? La piel de su rostro sin afeitarse, le picaba. Terminó las visitas a domicilio. Ensilló la yegua, la tercera yegua con parecido carácter. Recorrió las calles asfaltadas y sin asfaltar del pueblo. Las vías tenían un extraño atractivo. Sus hijos no eran los únicos que las habían recorrido durante varios kilómetros. Recordó a una joven que desapareció cantando, dando saltos como un pajarito de riel en riel. No volvió. Y a una pareja que contaban a sus amigos que por allí se llegaba a la boca de la mina de carbón en donde, sin dejar de bajar, había plataformas iluminadas con antorchas. Unos decían que la mina era de carbón y otros de hierro.
- De hierro. Las minas eran de hierro. El carbón lo hacían los carboneros con madera o lo traían de Inglaterra en vapores- decía el médico a sus hijos-. Lo demás es inventiva. Los pueblos analfabetos protegen su desconocimiento con fantasía.
Llegó cansado y hambriento. Había una boca oculta por un fantástico zarzal lleno de moras. Los hierros de la vía se perdían en el misterio. Recogió un sombrero de moras. Se las comió a puñadas. Escuchó el goteo de un caño. La yegua ya bebía de un pozo marrón. Esperó. El agua sabía a hierro. Sacó la manta de debajo de la silla. Solo. Se plegó en el centro de tres pinos. El bosque estaba lleno de canciones. Algo le iba a romper la noche. Se levantó. Ató al animal, le libró de sus aparejos, le acarició largo, puso su maletín de almohada.
El bullicio de los árboles le robó el sueño. La noche también asusta a los viejos. Las luciérnagas comenzaron a jugar en las hojas tiernas de los bardales. Parecen monstruos y son animalillos que no se apartan de las suelas de tus zapatos. Las piñas son como granadas. El doctor se puso el sombrero. Lo extraño era que sentía lástima del final de la noche. Estaba feliz. Hasta la yegua se había tumbado no más lejos que la largura de su brazo. Pero se levantó asustada. Los zarzales de la boca de la mina formaron ondas empujados por una música lejana que llegaba perdida por el pedregal. Un bajo largo de órgano apagó la luz de las luciérnagas. El médico pensó en un derrumbe en el misterioso intestino por donde bajaban los rieles formando ochos y nudos marinos. Después de la tormenta, una melodía que recordaba a la salida del sol en la llanura de Marías, alumbró de paz aquel rincón de la tierra. Se levantó. Motores, luces de colores, flashes en los árboles. Frenos. Disparos de voces.
- Es que el abuelo, le ha seguido, don Lucas.
- ¿Qué abuelo me ha seguido a dónde?
Silencio. Cuando él había olvidado por completo su nombre, una garganta con pólipos le llama don Lucas.
- Doctor don Lucas. Mi hija anda con las aguas.
- ¿Y quién es su hija?
- Las mujeres. Las mujeres se pusieron nerviosas. Ellas tienen la culpa.
- He traído la ambulancia para llevarnos al caballo de vuelta.
- ¿Quién habla?
- Hoy tomábamos posesión de la plaza el médico ayudante de usted y un servidor. Yo soy enfermero y sé conducir ambulancias.
Se dejó hacer. Recordó. Un día de aquellos le mandaban un médico y un enfermero. La Seguridad Social había edificado una casa pintada de blanco. También la yegua se dejó hacer. Se dejó subir a la ambulancia. Alguien había sujetado la camilla. Al médico lo llevaron a un coche rojo. Conducía un muchacho joven con traje y corbata. Llevaba guantes. El médico lo miró asombrado.
- Yo soy el médico nuevo- dijo el chaval con guantes.
- ¿Y cómo es que no atiende a la parturienta?
- El niño viene mal. Está con la comadrona. Ella sabrá.
- En Reinas no hay comadrona. Hay ancianas que cantan durante los partos.
El doctor abrió al primer intento la puerta del coche. Salió. Encendió una cerilla de papel. Conoció el rostro de un viejo.
- ¿Saco a la yegua, señor?
- Sí, Carburo. Sácala, ponle la silla, cuelga mi maletín en la silla y ayúdame a montar. Por lo que veo, en el rato que falto del pueblo, la gente se ha vuelto loca. ¿Por qué te llaman Carburo?
- No sé, señor.
- No te preocupes.
Esperaron a que el médico se acomodara en su montura. Salió al trote. Cuando dejó las vías para coger la carretera, un kilómetro antes de llegar a los lindes del pueblo, se encendieron antorchas. Se apagaron en la puerta de una casa nueva. Era de día. Una docena de ancianas cantaba la misa de Kyries. El médico entró en el cuarto. Tres ancianas rezaban. Una mujer joven lloraba. Otra vieja tocaba la pandereta llevando el compás con la madera de sus zuecos.
- Tú eres la madre de la chica. Dame una camisa limpia. Saca a las viejas y agarra a tu hija de las manos. Cuando tenga ganas de gritar, que grite.
El médico se lavó con parsimonia. Pidió el maletín. Le dijo a la madre que se quede. Estaba cansado. Pidió agua abundante. La parturienta era primeriza, delgada, con las caderas estrechas. En vez de gritar, relinchaba con ahínco. El niño era grande. El médico sabía lo que tenía que hacer. Primero girar a la criatura. El doctor hizo un gran esfuerzo para que las cosas salieran bien. Estaba agotado. El suelo del monte es duro. El reloj de la iglesia dio las nueve. La mujer ya no relinchaba. Gemía de dolor. Consiguió rasgar una sábana. El médico se la quitó de encima. La madre metió de una patada la sábana debajo de la cama. Tenía los labios prietos. Quería ayudar en lo que fuera. Ser útil. El doctor escuchó las diez en el reloj. Suspiró. Se hubiera tumbado al lado de la joven madre. Las cosas se fueron enderezando. Cada cosa a su tiempo. Acabó el trabajo y puso la criatura en brazos de la parturienta. La joven abuela se reía mansamente. El médico se fijó en la madre y se dio cuenta de que casi era una niña. Se metió la camisa dentro de los pantalones. Se lavó en una gran palangana. Metió la mano en el bolsillo derecho y sacó una moneda. Se lo dio a la madre.

- Es un niño largo como un potrillo. Hará la mili de gastador. Cuando se haga mayor, le das la moneda.
El médico abrió la puerta y dijo al nuevo padre que ensillara la yegua. El padre puso las riendas a la yegua y ayudó a subir al médico. Iba tan infinitamente cansado que no escuchó los besos que le lanzaban las viejas. Los hombres se habían descubierto. El doctor sólo quería llegar a casa, desnudarse y meterse en el río con una pastilla de jabón de Pilar. En la puerta de la caballeriza le esperaba Baldomero. El médico se dejó caer en sus brazos de hierro.
- Tengo que dormir, Baldomero. Estoy muy cansado. ¿Sabes que he pasado miedo en la boca en donde desaparecen los rieles? Por su boca sale una música de órgano infernal.
El médico dejó su ropa en el porche. El agua estaba fría. Sintió a las sanguijuelas por piernas y brazos.
-¿Necesita un bote, doctor?
- Déjales que chupen toda mi sangre.
Era flaco y largo. Se sentó en la piedra que lo hacía su hija para remojarse sus pies. Sus brazos rodearon sus rodillas. Baldomero se sentía un privilegiado. Tenía la certeza de que su mirada acaparadora no molestaba al médico. Le ayudó a levantarse. Le quitó las sanguijuelas de la espalda.
- ¿Qué ha hecho en la boca de la mina del Barranco de Mina Santa?
- Escuchar tocar el órgano a don Delfín el Organista. Es él. No puede ser otro. Creo que el mundo subterráneo está unido por galerías. Son los caminos por donde discurre la Belleza.
- Pilar creía que la Belleza se encontraba en una Montaña Rusa que no podía parar-dijo Baldomero pronunciando la palabra Pilar con veneración.
- Las mujeres son sofisticadas. Se creen todo lo que les cuentas mirándoles a los ojos.
- Pedro ha venido esta mañana a mi casa a darme esto para usted. Me ha dicho que le diga que se los guarde.
El médico volcó el contenido de la envoltura en su mano.
- Son los pendientes que llevaba mi esposa cuando se ahogó.
FIN

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Segundo recuerdo AQUÍ 
(Continuará)