jueves, 29 de noviembre de 2012

HUBO UNA MUJER CON BOCA DE ACTOR DE CINE AMERICANO, QUE ME ENAMORÓ.


Salustio Gato era gordo, muy gordo. Y se puso a régimen. Vive en una cama que un carpintero reforzó con pernos y clavijas. La colocó en la sala, frente al televisor. También lee novelas de amor, tebeos del Capitán Trueno y atiende al teléfono con voz de azafata de aeropuerto. En otro cuarto duerme Angelines, su criada, mujer con cara antigua que canta con voz gorda y friega con tonadas de boleros cubanos. Sus grandes personajes son el Che Guevara y Juan XXIII. Por las noches, Salustio y Angelines se cuentan historias de aparecidos, de ahogados y, sobre todo, de amor. Angelines Lee novelas góticas, que le presta una vecina. Y le atemoriza andar a oscuras. Pero cuando los dos cantan una habanera a dúo se sienten más arriba que las nubes.
- Si no hubiera sido gordo me habría casado.
- En los veinte años que llevo trabajando en esta casa no he visto a ninguna mujer dentro de sus paredes, a excepción de su tía doña Saba, que huele a cocido de pobre y se cubre los pechos con dos boinas porque siente frío invernal. Es más rara que una monja en celo.
- ¡Qué sabrás tú, chismosa! Hubo una mujer con boca de actor de cine americano, que me enamoró. Fumaba cigarrillos rubios marca Camel y bebía whisky Johnnie Walker. Nunca pude verle las piernas más arriba del tobillo porque usaba pantalones y botas de montar.
- No existe una mujer así. Más parece un cowboy.
- ¡No blasfemes sin saber! Fue antes de hacerme ateo. Todavía podía salir a la calle y sentarme en el banco que está arrimado a la pared de la casa. El banco que me  regaló Melitón Ramírez. Lo hizo para dos personas. Al atardecer me sentaba en él, desabotonaba mi camisa y dejaba correr la brisa por mi pecho. Como todavía no era ateo del todo pensaba que la brisa del cielo sería igual de la que corría por delante de mi banco. Las palomas hacen sus necesidades en él cuando vienen a expandir sus sofocos de amor. Píntalo de rojo y cuando adelgace saldremos a tomar la brisa sentados en el banco que me regaló Melitón Ramírez. Cantaremos bajito la habanera de las mujeres cubanas no saben saltar.
- Conozco a un pintor fino.
- Melitón Ramírez era músico de la Banda Municipal. Cuando pasaban por aquí, se arreglaba para que el director hiciera una parada de cinco minutos para que oyera la alborada. Él tocaba el clarinete. Unos años antes de morirse llamó a mi puerta a las diez de la noche y me dijo que me iba a hacer un regalo. El banco lo traían su mujer y sus dos hijos gemelos, uno que ahora es músico como su padre y el otro peluquero de señoras. Me lo dejaron arrimado  contra la pared, elegante como un trono de maharajá.
- Melitón Ramírez soplaba un palo pintado de clarinete. Él no sabía solfeo, sabía pintar. Le dejaban meterse en el grueso de la banda para hacer bulto por su buena presencia. A ti te engaña cualquier tonto.
- ¡No levantes falsos testimonios de un difunto bueno, mala pécora! Para ti el mundo camina con los zapatos al revés.
- ¡Pero si lo saben hasta las cucarachas! ¿Por qué decía él mismo que iba a soplar el palo o que venía de soplar el palo? ¿Por qué le decía su mujer? : “Tú sopla el palo, Melitón, sopla hasta que te caigas de culo”.
- Porque la gente culta sabe hablar con fantasía, con segundas palabras, que se dice. Quiero que pinten el banco de rojo.  Del mismo rojo que tenía cuando me lo trajeron los gemelos. Cuando esté listo me ayudarás a cruzar la puerta de la calle un día de brisa fresca, me soltaré los botones de la camisa y me refrescaré la piel y el alma.
- ¿El alma?
- También el alma. Los ateos tenemos alma. Si no, no podríamos llorar con sentimiento las desgracias del mundo.
- Don Salustio Gato. Mis fuerzas se han muerto enfrente de tus fogones. ¿Crees que he llegado a vieja para morirme en el empeño de hacerte pasar por el agujero de una aguja?  No pasas por tu puerta.
- De perfil y empujando, sí. Además, desde hoy hasta que pueda salir, me fabricarás sólo ensaladas y tisanas de aceites de hinojos y alcaraveas, para el regüeldo matinal. Llama a ese pintor fino que tú conoces y que venga a tratar conmigo el precio que me hará por pintar el banco.

Fueron dos meses de ayuno irreprochable. Salustio Gato consiguió adelgazar medio kilo por día y su aspecto de gordo de revista se quedó en la memoria de su cocinera. Todas las madrugadas, después de que su señor se vaciara de orines y de cuerpo, intentaban pasar la puerta de la calle de costadillo y sin roces dolorosos. Treinta kilos hicieron el milagro. Treinta kilos de hambre de pobre, cepillados a sus carnes a base de caldos y tisanas. El banco, cubierto con una colcha de brillos para protegerlo de las cagadas de las palomas, estaba pintado y colocado en su lugar inmemorial. No había nada más que salir, doblar a la derecha y andar cuatro pasos. Después, uno se agachaba y encontraba en su justo lugar el asiento. Dejándose caer unos centímetros, la espalda se apoyaba en su respaldo y ya uno podía balancear a izquierda y derecha las nalgas (como hacen los que sufren de hemorroides). Además, ¡cómo adornaba la fachada de la casa de Salustio!
 Salustio gato salía a sentarse en su banco media hora antes del anochecer, cuando al sol le quedaba poco camino para enterrarse detrás de un edificio de oficinas pintado de gris. El edificio de oficinas reinaba sobre otros edificios de oficinas de menor altura. El sol, antes de marcharse, teñía de colores los cristales de sus ventanas, después daba brochazos a los cirros rotos  inventando cianes imposibles de copiar. Salustio Gato maldijo su pereza de no querer adelgazar al sumar los días que se había perdido al no poder admirar aquel portento de haces y colores. Cuando se terminaba el sol comenzaba la brisa que olía a limpio y sonaba el canto de pájaros sueltos que buscaban cama en los ramales de los setos. No merecía la pena morirse mientras un txiotxu daba saltos esquivando el laberinto de ramas para llegar a su lecho. La brisa de otoño, entre dos luces, entre la luz del sol, que se ha ido y las estrellas que esperan su hora para estallar. Salustio lo recordaba bien. Era la hora precisa en que llegó aquella mujer de boca de hombre y a la que sólo pudo ver los pies.
- ¡Angelines! -llama alguna vez a su criada-. Tú me contaste un cuento  en el que las cosas suceden más de una vez.
- No es cuento. Es verdad. Las cosas suceden dos veces al menos. La primera vez te sorprenden. La segunda piensas por qué te sorprendieron. Es cuando algunos abren la boca y se les queda cara de tonto.
- Luego, tiene que venir de nuevo. Tiene que darme la oportunidad de pensar por qué me enamoré de ella.
- No te martirices, don Salustio. Los cuentos los inventan los hombres para forjar ilusiones.
- Ella llegó por allí cuando el sol se había puesto. Llegó y se sentó a mi lado, aquí. Su dentadura era impecable y hablaba americano. Las mujeres con dientes grandes hablan casi siempre inglés. ¿Por qué será?
- Porque no se les entiende.
- La mujer con boca de actor de cine americano hablaba con voz de tela vieja, grave, muy grave. Era tan reposada que producía temblor en la piel del vientre. Me dijo que tenía sed y yo le ofrecí agua. Ella me dijo que sólo bebía whisky. Desde entonces tengo una botella de Johnnie Walker.
- Tenías una botella de Johnnie Walker, señor Salustio. Me la fui bebiendo durante un año que estuve con el corazón averiado.
- Todas las viejas zorras son ladronas. Toma mi monedero y compra otra botella en la taberna del Monaguillo. Dile de mi parte que si la ha rellenado, iré yo mismo a degollarle.
Salustio Gato ve marchar a su criada y se ríe por dentro. Antes de que doble la esquina la llama y le dice que compre dos. Cuando le suelta la tela le dice que la segunda es para ella.
- Los quilos de más te hacían malo. Es el primer detalle que has tenido conmigo, pero es un buen detalle. Ha merecido la pena esperar.
Salustio siente la brisa en su pecho cuya piel abre sus poros y percibe el frescor de la noche. Sus ojos se cierran aplastados por un dulce sueño que le sume en un duermevela saludable. Sólo algún sonido de la calle le perturba sin sobresalto. Entre el escape de una motocicleta y el claxon de un autobús escucha el caminar de unas herraduras golpeando las losas de la acera por la parte de la derecha. En efecto, al doblar su cabeza  ve a una mujer vestida de cowboy montando una yegua negra. La cowboy es muy hermosa. Lleva los pantalones prietos y el pañuelo del cuello le cubre solo a medias la piel de sus pechos. La cowboy baja del caballo, deja las riendas en el barrote de una ventana, entra en la casa y sale con una silla. Da la sensación de que alguna vez ha vivido allí. Se sienta a su lado. Entonces le sonríe y Salustio Gato, el gordo, reconoce aquella boca grande, una boca de actor de cine americano que le enamoró hacía dos décadas.
Le dice intentando no romper los cristales de sus ojos:
- Ya he mandado a Angelines por una botella de whisky.
- O.K.  
Medio dormido escucha como un cuchillo el grito de su criada:
- ¡No había whisky, señor don Gato!
FIN
                                                                          


COMO SIEMPRE, LOS DIBUJOS DE LOS CUENTOS SON DE J. GIL.                 

martes, 6 de noviembre de 2012

EL RECOGEMUERTOS



Tengo un amigo que trabaja recogiendo muertos.
Cuando había curro, se ganaba el pan poniendo escaleras de madera. Era bueno. Clavaba despacio la tarima, pero era bueno. Jamás se le dobló un clavo. Se llama Noé. Y tiene un compadre que se llama Abel. Como los de la Biblia. Noé y Abel. Eran amigos sin querer. Eran compañeros de la vida. Solían ir a una taberna a jugar al chamelo, a comer tripas de novillo y bebían dos o tres cuartillos de clarete navarro. Aunque no se metían con nadie, se levantaban de sus taburetes un poco a gatas y jugaban a ver quién atrapaba las pantorrillas de Eulalia, una camarera de grandes pechos, de esos que llaman de canal o de estrecho de Kiev. “¡Homéricos!”, como en la película de Johon Ford, “El hombre tranquilo”. Eulalia ya no era una niña. Tenía varices azulitas en las piernas, pelusilla en la barbilla. Pero si Dios te había concedido un poco de picardía y la usabas algún rato para soñar con sus pechos, seguro que era una de las siete felicidades que caían del cielo. Ella también les daba patadas en la cabeza a los dos amigos, verdaderos pisotones de yegua en celo. Noé bebía con buen saque, pero no era un borracho. Tampoco comía con apetito. Masticaba con los brazos sobre la mesa y fijaba los ojos en la pared, en un cuadro que alguien colgó y se fue. Tampoco el dueño de la taberna sabía quién había colocado el cuadro en la pared. Aunque algunas veces afirmaba que apareció una mañana de Año Nuevo. Quizás lo más original era que no había más cuadros que aquél en todas las paredes de la taberna. No había calendarios ni fotografías de equipos de fútbol. Noé masticaba como si estuviera cansado. Como los enfermos inapetentes en los hospitales. Después dejaba de mirar al cuadro y ponía sus ojos en la frente de su amigo. Abel le sonreía y Noé miraba al plato y elegía un trozo de tripa de novillo, lo cortaba con parsimonia. Y comenzaba a masticar sin importarle los minutos que le iba a llevar en hacer trocitos el pedazo de tripa de novillo.

- ¿Por qué sonríes cuando miro el cuadro?-pregunta a Abel.
- Yo no sonrío cuando miras el cuadro.
- Tú sonríes todo el tiempo que estoy mirando el cuadro.
- ¡Algo tendrá!
- Cosas. Tiene cosas. Todos los cuadros tienen cosas. Tiene motas de moscas. ¿Sabes lo que te digo? ¡Que te ocupes de tus asuntos y que me dejes en paz!
Abel sabía que lo mejor era seguir los consejos de Noé. Había que tener paciencia con él. Eran sus momentos de melancolía. Cuando terminaban el tercer cuartillo de clarete navarro comenzaban a perseguir las pantorrillas de Eulalia y llegaba la paz. Noé dejaba sus manos quietas encima de sus rodillas y al pasar la tabernera a su lado salían sus dedos de debajo del mantel y corrían a escarbar debajo de las faldas de Eulalia. No había mucho más. El juego duraba hasta que el hermano de Eulalia se acercaba a su mesa y dejaba encima un trozo de papel con la cuenta. Aunque Noé era revoltoso, desde que recogía muertos le respetaban como a un funcionario de la Diputación, un recaudador de Hacienda. Le respetaban más que cuando hacía escaleras de madera. Además, no todos los funcionarios de la Diputación se quedaban embelesados contemplando la reproducción de las Señoritas de Aviñón, que era precisamente la copia del óleo que un día apareció en una de las paredes del Mesón de Eulalia. La única pintura que lo dejó clavado en el asiento, su gran secreto placentero superior a comer un plato de tripas, arrear un patadón en la cabeza a Abel o pasarle las yemas de los dedos a Eulalia por las varices de sus piernas. Noé no era un hombre amante de la pintura que perdía el tiempo en los museos. No iba a exposiciones. Tampoco pasaba de largo, sin echar una ojeada a los cuadros que vio en las casas en donde clavó la tarima de las escaleras. La gente que va a una casa y no mira los cuadros, comete una falta de educación. Los cuadros se cuelgan para ser contemplados. Noé no era un patán como su amigo Abel. Tan patán que estaba seguro que no había caído en que dos señoritas del cuadro de la taberna de Eulalia tenían rostros de máscaras negras. Ni que eran putas con un pedazo de sandía a sus pies. Ni otros cien detalles diferentes que estaban pintados para descubrirlos con tranquilidad, sin excesivo tute, casi sólo con el trabajo de mirarlo a ratos. Sólo era necesario meter los ojos en el cuadro y al de un rato ¡zas!, otro misterio inesperado. Era un cuadro tan hermoso como las tetas de Eulalia, que siempre caminaban con rumbo espontáneo: ora a estribor, como si una se hubiera perdido; ora a babor, con un lunar negro remaneciendo gracias al arte de sus lapiceros; ora con la proa abriendo mares, bien separadas, mellizas, con la desembocadura del Orinoco en sus justas proporciones ¡De mareo celestial! ¡Santo Dios!

A Noé le dieron la noticia de su despido del taller de hacer escaleras un domingo por la mañana. Justo se había levantado de la mesa de la cocina después de tomar un huevo frito, cuando vio la manga de la chaqueta del guarda de la empresa empujar la puerta de la cocina que daba a la calle. Y supo lo que iba a pasar. En su taller estaban despidiendo gente. Los de la oficina decían que estaban reduciendo el personal. Bueno, Noé supo antes de que el guarda, un buen hombre que vivía casi en una chabola con una perra de color canela, hablara, que los de la oficina iban a entregar el lunes por la mañana los sobres con los despidos y con las cuentas hechas de unas treinta personas.
- Se veía venir. En un par de años sólo olerán el trigo los que saben labrar y han sabido esconder su pequeña propiedad en el campo. Cuando los nuevos ricos tienen hambre, se muerden hasta sus propias manos. Quieren todo lo que se pueda contar.
Noé se había sentado encima de la lavadora y miraba por la ventana el seto recién plantado de sus vecinos.
El guarda no llegó a entrar en la cocina. Se despidió con una exclamación sin mucho sentido:
- ¡Qué cojones!
     Era un hecho real que el mundo estaba cambiando. Decían que a bien. Aunque Noé llevaba casi diez años en la empresa nunca pensó que él estaría a salvo de las reducciones de personal. Confraternizaba con los jefes, pero en los tiempos que corrían, la amistad, el buen rollo, eran pan mojado. Ya llevaban dos meses despidiendo gente. Veinte, treinta. El barco se hundía y con él, desde arquitectos hasta peones. Y hacía un año a Noé el Banco le había concedido un crédito de ciento cincuenta mil euros para comprar un pequeño pareado en una urbanización con piscina y pista de tenis. ¿Quién iba a saber que dentro de doce meses iban a comenzar a enviarlos al paro con el martillo y la caja de puntas de recuerdo?

Noé tenía una novia desde secundaria. Se llamaba Mercedes. Sus amigos y familiares le llamaban Amapola. Ella no había querido abandonar la casa de sus padres porque le habían enseñado que las chicas tenían que cuidarlos en su vejez. Después del Insti se colocó de dependienta en unos grandes almacenes y allí seguía, ya de encargada de la sección de perfumería. Amapola y Noé se veían de Pascuas a Ramos. Y cuando se veían, siempre terminaban discutiendo por culpa de la norma que mandaba a las mujeres hacerse cargo de sus padres hasta su muerte.
- ¿En qué misal pone eso? -le preguntaba Noé cuando ella comenzaba a mirar con disimulo su reloj.
- Ya te he dicho que para las once debo de estar en casa para ponerle las gotas del corazón a mi padre. Tiene que tomar veinte gotas y él siempre se pone treinta. Hemos estado demasiado tiempo en la cafetería. Además, ¿por qué tienes que ponerte el pijama para echar un polvo?
- Porque tengo educación.
- Porque eres un ridículo.
- Pero sano.
- Mira Noé. Mejor que lo dejemos.
- ¿Después de veinte años? Amapola, hay personas que han nacido el uno para el otro. ¡Si no hago nada más que pensar en ti!
- ¡Pues claro!
- ¡Pues eso! ¿Uno rápido?
Amapola miraba el reloj de muñequera y decía:
- Vale. Pero sin quitarme la ropa.
- Me gustaría que te quedaras en casa y me hicieras la cena. Cenaríamos con una vela encendida y…
- Como en las películas americanas. En el fondo eres un cursi. Por eso quieres comprarte un pareado.
- Bien sabes que quiero comprarme un pareado para ocuparme de las escaleras.
Y las hizo. Y puso un cuarto con dos camas para sus futuros suegros para poder vivir todos juntos. Pero Amapola no se movió de su casa. Razonaba y razonaba en las pocas horas que se veían, diciéndole a Noé que si sacaba a sus padres de su casa, sus hermanos se echarían como lobos y la dejarían sin nada. Que la tradición de su familia decía que la vivienda de los padres era para el hijo que les cuidaba hasta el fin de sus días. Y que de eso nada, monada. Que ella ya había hecho méritos, como para tirarlos por la ventana por un capricho.
- ¿Qué vi en ti, Amapola de los cojones?
- Inteligencia.
- Será.

Noé no terminó de cobrar el paro.  Un hermano de Amapola le ofreció un trabajo en una funeraria.
- Si el muerto no habla, vale -dijo Noé.
- No son muertos naturales. Son muertos con sangre -dijo su futuro cuñado-. Es para trabajar con la policía. Para recoger asesinados y eso. La policía os llama recogemuertos. Así podré decir que mi cuñado trabaja para la poli.
- De chivato.
- Eso era antes. Ahora viste.
- Bueno.
 Noé no es alto, pero es bien parecido, con los brazos anchos como jamones. No le dieron uniforme, pero a cambio le obligan a vestir chaqueta y corbata. Si se la mancha cuando anda trajinando con el muerto, lleva la chaqueta a la tintorería y le pagan sin rechistar. También le pagan la limpieza de la corbata. Siempre lleva sus prendas a la tintorería La Transparente, que está bien de precio. Los  pantalones los lava en casa con amoniaco, para ahorrar. Mi amigo no huele a formol ni a ninguna substancia que los forenses utilizan en la morgue. Huele a cerveza y a chupe de faria. Mi amigo recoge los muertos que le ordena la policía. Cuando hay una reyerta entre extranjeros con muertos, la policía llama a Noé para que nadie toque la escena del crimen hasta que haya pasado el juez de guardia. Cuando se termina la inspección ocular, mi amigo envuelve al muerto en una cobija de cuartel, lo carga en su furgoneta y sale pitando para otro lugar de la ciudad a recoger otro muerto. Es raro el día que no recoge dos. Cada vez hay más muertos repentinos, debido seguramente a la falta de trabajo y al hambre. Lo dice la prensa, los políticos de la oposición y algún cura despistado, pero los de arriba se la cascan.
Noé anda casi siempre con un tío que es sargento de un Zeta, Amalio Martínez de la Hidalga, nacido en  Soria, de unos cuarenta y cinco años, tan barbiazul de rostro que parece un moro. Este don Amalio es especialista en poner en marcha la sirena y en llegar el primero donde hay sangre. También tiene una intuición especial para encontrar las navajas y las pistolas en los alrededores de las reyertas. Según cuentan en el cuartelillo es el sargento que más putas explotadas ha encontrado. Tampoco Noé es manco. Una noche mi amigo recogió nueve muertos. Desde entonces, el juez, que levanta los sucesos, don José Zorriqueta, uno cojo de polio infantil, le llama de don. Mi amigo Noé me contó que con lo que le paga la policía y una pequeña derrama de la Diputación, tiene para ir siempre curioso y para tomarse dos o tres cervecitas bien frías en el mostrador de la Eulalia. La Eulalia tiene un mozo en la taberna encargado de  recoger las monedas de encima del mostrador porque ella un día las tocó y las sintió frías como la carne de los muertos. “El  Recogemuertos nos traerá la desgracia. De niño, jugaba con bichas”, dijo entonces la Eulalia. Había un par de sevillanos que se santiguaban y se palpaban los latidos de su corazón. Cuando La Eulalia se pone transcendental, sus tetas, que parecen galeras, se inflan como las velas de los barquitos. Pocos hombres no vuelven su cabeza para poner los ojos en el portento. Por lo demás, no es que valga mucho, pero aquellos pechos son un milagro hecho con la mano derecha de Dios. Cuando está detrás de la barra de la taberna, le quedan al ras de la tabla, aterrizando en ella como dos toboganes. Mi amigo Noé me decía de vez en cuando que a falta de mujer bendecida, soñaba con “soplar los pezones de la Eulalia”. ¡Mi amigo Noé! ¡Qué jodido!
Para ir a casa, la Eulalia atravesaba un callejón sin bombillas; casi sólo con una luz que bajaba del primer piso del almacén de manzanas. Podía ir por una calle iluminada por farolillos japoneses y poblada de paseantes que comen palomitas, pero ella prefería llegar a casa para meter los pies en una palangana con agua, sal y vinagre. Aunque tendría unos treinta y cinco años se le hinchaban los tobillos como a una interina vieja.
Mi amigo había tenido un día duro recogiendo muertos para la policía.
- Cinco.
- Cinco son muchos.
- Ya no silbarán más.
Iba a preguntar a mi amigo Noé, si los habían baleado o les habían mandado al otro barrio con navaja, pero no me dio tiempo. Casi siempre era igual. Ahora era un hombre muy ocupado. Noé salió del bar. Sólo supe de él hasta el día siguiente. Se fue con la Eulalia y caminaron por el callejón. Frente a un bar de chinos, Noé pidió con mucha educación a la Eulalia que le dejara tocarle los pechos y la Eulalia se puso a gritar como una rata. Gritaba y gritaba como una rata, como un nido de ratas hembras, como media docena de conejas a punto de ser degollada para hacer arroz. Noé debió de sufrir un ataque de nervios. Hay muchos hombres que no soportan los gritos irracionales de las mujeres. Entonces metió la mano en el bolsillo de su pantalón y se encontró con una navaja de filo ancho, afilada y dentada, de esas que está prohibido llevar al monte para hacer astillas. Era una navaja que había encontrado aquella tarde al  lado de un cabezón sin ojos. Se le había olvidado entregársela al sargento del zeta para que la guardara en su correspondiente bolsita de plástico como prueba número uno de asesinato. Jugó con ella sin sacársela del bolsillo, hasta que le tentó el demonio, la sacó, la abrió, cabalgó encima de su vientre y le cortó las tetas en vivo llamándola puta más que puta sin poder quitar a su Amapola de su cabeza. Cantó por lo bajín “Amapola, lindísima Amapola” Después la degolló y esperó sin desmontarla hasta que su cuerpo se quedó sin una gota de sangre. Le cortó las tetas y las metió en dos latas de aceitunas rellenas, marca La Gitana. El cuerpo lo cubrió con una sábana de plástico. Miles de moscas acudieron atraídas por el olor dulzón de la sangre. “Seguro que van a cagar al cuadro”, pensó Noé. El chino llamó a la policía y la policía a Noé. Alguien le dijo al pasar por su lado que su chaqueta necesitaba un toque de tintorería. Noé tenía la cabeza en otra parte. Añoraba su trabajo de hacer escaleras de madera. Se fue a la taberna de Eulalia a contemplar el cuadro de Picasso. Todavía no habían llegado las moscas.



FIN

domingo, 14 de octubre de 2012

DÓNDE ESTÁN LOS HUESOS DEL ABUELO?

 Esteban Pérez se casó  con gafas sin graduar para parecer mayor. Ángela Teruel fue de blanco y con zapatillas de ballet para igualar su estatura. Hubo banquete en un restaurante de carretera con orquestina y solista hasta las diez. Esteban Pérez era viajante. Vendía antigüedades chinas muy apreciadas y a  buen precio: figuritas Chu, pareja de perritos Hi y bailarina Chu-Hi. Todas con certificados de la dinastía Ming. Las vendía en tiendas de regalo, pero no tenía pereza en tocar las puertas de las casas cuando los pedidos no iban bien. Ángela era manicura en una peluquería. Hacía manos, pies y depilaciones en general. Tampoco le importaba quedarse a limpiar el establecimiento después de cerrar. Esteban y Ángela alquilaron una pequeña vivienda en la azotea de una casa situada en los extrarradios. La casa tenía dos habitaciones y una cocina minúscula, sin embargo, disfrutaban de una hermosa terraza que daba a un huerto en donde había un pozo. En el verano solían salir a la terraza a escuchar cantar a las chicharras y a ver el polvo de las estrellas. Se entretenían en contar estrellas fugaces y en pedirles deseos. Era prácticamente el único momento que permanecían juntos durante todo el día. Ángela compró un porrón de cristal y lo solía sacar a la terraza con clarete fresco. Cuando lo terminaban se iban a la cama, muchas veces sin cenar. Otras veces freían huevos y salían a cenar a la terraza. Ponían la radio y cuando tocaban boleros y cha-cha-chás no paraban de bailar. Algunas veces les dieron las doce y más.
Al abuelo de Esteban Pérez lo fusilaron  los Nacionales en Valladolid. El padre de Esteban presenció la ejecución al amanecer,  de la mano de su madre, cerca de la llamada Pradera de San Isidro y dibujó un mapa con el lugar exacto de su enterramiento. Al morir su padre, Esteban Pérez compró una maleta usada, una pala, un farol y un billete de ida y vuelta a Valladolid. En la ciudad preguntó en donde se encontraba el Huerto del cura Viriato, cerca de la Pradera de San Isidro, donde fusilaban en la Guerra y las señoritas iban a tomar chocolate con churros. Le mandaron a las afueras, a la orilla del río. Llegó por la tarde al sitio, estudió el mapa y esperó a la noche. Cavó tres horas alumbrado por el farol. Cuando encontró los huesos de su abuelo, se santiguó y los recogió con devoción. Los guardó en la maleta, regresó a la estación y se sentó en un banco a esperar al tren. Antes de subirse al coche, Esteban Pérez compró para su mujer un dedal de porcelana. Cuando llegó a casa enseñó a su mujer los restos de su abuelo. Ángela Teruel los sacó a la azotea y les cepilló el barro. En la cocina, los limpió con agua y jabón y los secó con un paño limpio. Después los enceró y rezó algunos cachos de oraciones que recordaba. Decidieron dejar la maleta encima del armario ropero hasta ahorrar el suficiente dinero para comprar un nicho.
Esteban construyó en la terraza una pequeña barriada compuesta de cuatro jaulas pintadas de amarillo y otra pintada de azul. En las jaulas pintadas de amarillo metió cuatro conejas. En la jaula pintada de azul, alojó a un gran conejo gris. Después les puso nombres. A la primera la llamó Juanita Reina, a otra Estrellita Castro, a la tercera Carmen Sevilla y a la última doña Concha Piquer. Al gran conejo gris lo llamó El Gran Capitán. Encima de las puertas de las jaulas colgó sus nombres escritos en tarjetas de visita y un calendario en donde anotaba las fechas de preñez, parto y número de gazapos. Cuando tenían cuatro meses, los vendía a un carnicero. El dinero que sacaban lo metían en una hucha para comprar el nicho para el abuelo.
Algunos domingos Ángela y Esteban bajaban la maleta del armario y miraban los huesos del abuelo y le rezaban lo que sabían, que era poco y con remiendos. Un día le revisaron la boca y le contaron los dientes y las muelas que le faltaban. Esteban compró a un mecánico dentista jubilado veinte o treinta muelas y un tubo de pegamento. Le arreglaron la boca entre los dos y les quedó como nueva. También le taparon con yeso el tiro de gracia en el occipucio y le sujetaron dos costillas con hilo de bobinar el transformador de la radio. En invierno, cuando salía el sol, sacaban la maleta a la terraza y la dejaban encima de una silla. Del huerto de abajo volaban mariposas blancas con motas negras. Y algunas veces se posaban sobre ella.
Transcurridos dos años, contaron el dinero que habían ahorrado para comprar el nicho para el abuelo. Para entonces se les había muerto Estrellita Castro y la habían sustituido por una coneja blanca que la llamaron Imperio Argentina. El dinero que habían ahorrado durante dos años alcanzaba para comprar el nicho para enterrar con dignidad al abuelo. Fue cuando Ángela se quedó encinta de su primer hijo. Pensaron que el abuelo estaba tranquilo en su maleta de cartón, encima del armario y tomando el sol. Decidieron guardar el dinero de la hucha y seguir criando conejos. El dinero voló pronto. También el que consiguieron ahorrar en otros dos años. Ángela se quedó preñada de su segundo hijo y después de un tercero.
Las antigüedades chinas se pasaron de moda. Los comercios comenzaron a devolver a Esteban Pérez cajas con figuritas Chu y paquetes con la pareja de perritos Hi y la bailarina Chu-Hi. Le llegaron en tal cantidad que no le quedó más remedio que apilarlas en la terraza, primero encima de las conejeras y después en todos los rincones libres. A los tres niños, que dormían en un cuarto, también se les achicó el espacio. Durmieron los tres en una cama hasta que se hicieron chicos grandes rodeados de cajas y paquetes con antigüedades chinas. Mientras los hijos crecieron, Esteban Pérez siguió visitando tiendas de regalos por las mañanas. Por las tardes elegía una manzana de casas de siete pisos y las pateaba portal por portal, piso por piso, puerta por puerta. En el mejor de los casos conseguía vender por un precio irrisorio una pareja de perritos Hi y dos bailarinas Chu-Hi. Vivían del jornal que traía Ángela. Las conejas con apodos folklóricos se fueron muriendo de viejas y no fueron sustituidas. Al Gran Capitán se lo comieron con verduras el día de la primera comunión del crío pequeño. Los niños lloraron con mucho sentimiento el triste final del gran conejo gris, pero el hambre prefiere a un conejo viejo que a un mendrugo de pan duro. Las jaulas de los conejos se fueron llenando de antigüedades chinas, según se iban quedando libres.
Las antigüedades chinas llenaron casi todo el espacio de la pequeña casa de dos habitaciones y una  cocina minúscula. Tampoco en la terraza quedaba el  espacio que se necesita para colocar un pie. Pese a las adversidades, Esteban Pérez y Ángela Teruel criaron a sus hijos con la fe de que las modas regresan y de que un día su padre vendría a casa con el pedido de tres cajas de bailarinas Chu-Hi. Al cumplir dieciocho años, el hijo mayor pidió permiso a sus padres para marcharse a Francia a trabajar en una granja de conejos. Fue cuando Esteban y Ángela comenzaron a buscar la maleta con los restos del abuelo para que su hijo viajara con dignidad. Lo cambiaron todo de sitio. No encontraron la maleta con los huesos del abuelo. Lo volvieron a cambiar minuciosamente, con orden y perseverancia. No encontraron la maleta con los huesos del abuelo. Sacaron a la escalera las cajas hasta el piso de abajo. No encontraron ni rastro de la maleta con los huesos del abuelo. “¿Dónde está la maleta con los huesos del abuelo?” No les quedó más remedio que vaciar una caja de figuritas chinas y plegar allí los calcetines, las mudas y el queso manchego que se llevó el muchacho a Francia. Al llegar a la granja de conejos le recibió un hombre fornido que olía a flores. El muchacho vio que el hombrón miraba a la caja de figuritas chinas. “Tenemos una maleta con los huesos del abuelo, pero se ha extraviado entre las figuritas Chu que vende mi padre”, dijo el muchacho rojo de vergüenza. Daba igual, porque el hombre fornido que olía a flores era francés y sólo entendía francés. “El caso es que no tenemos ni idea dónde está la maleta con los huesos del abuelo”, dijo el muchacho.
- ¡Oh, oui! 




                                                                         FIN

jueves, 27 de septiembre de 2012

YO SOY ESA


No me siento desorientada al descubrir que me he enamorado del Presidente del Gobierno. Sólo mi desconsuelo me angustia por las noches con ahogos, que se me alivian cantando canciones de la Piquer. Sobre todo, Yo soy esa. Nunca me he enamorado tan elocuentemente, pero tengo el ánimo manso y el espíritu sin alboroto. Estoy tranquila. Vivo vacunada contra amores imposibles con ampollas de santa paciencia, y sé que hasta el día del tortazo final, flota la convicción de la victoria. Peor fue cuando me enamoré de un torero. Sigo viva. 
Cuando veo al Presidente del Gobierno segar voluntades con el filo de su mirada, las alas de mariposa que acarician las telas de mi estómago, me indican que no hay edad para sentirse libre de los prendamientos del corazón. Siempre me han gustado los hombres de carácter con educación de prior. Nuestro Presidente es como un dominico bonito que se quita el hábito para ir a gobernar. ¡Hosana! ¡Hosanas para él! ¡Pétalos de rosas llovidas del cielo! ¡Polvos de escarcha de plata vieja! ¡Vieiras de chocolate cocinadas por santiños para marcarle los verdaderos caminos de la Nación!

 Soy vieja, pero no tonta. Pertenezco a la generación que perdió la virginidad celebrando la muerte de Franco. Contaba entonces treinta y dos años. ¡Larga espera, Señor de los cielos! ¿Por qué se demoró tanto el pájaro en hincar el pico? Aquellos días, la alegría de la calle desimantó los bornes del gozo y las solteras prolongadas sentimos la irrevocable necesidad de celebrar el óbito con un acto imborrable. ¡Qué recuerdo más indeleble que la pérdida de la virginidad! Yo busqué al macho por las tabernas del Casco Viejo en donde corrían el cava catalán y las lágrimas. “Debe ser un obrero que huela a virutas de acero, de manos ásperas y que no crea en Dios. Y si no es hoy, nunca.” Fue un estudiante de Deusto que había venido hacía dos días de París con trenca y barba de faquir. Olía a humedad, tenía las manos amarillas de nicotina hasta los codos, pero antes de desvirgarme con chapuza juró que era rojo y se cagó en los santos primitivos en los salivazos del orgasmo. Ya era una mujer gozada como los gorriones en los aleros de las calles estrechas que se dan el pico de teja a teja. Después regresé a casa a ver en la televisión el desfile de los españoles desvalidos por el palacio de Oriente. ¡Fue un gran día aquél! Grité con todas mis fuerzas: ¡FRANCO HA MUERTO! El eco de mi grito fue como el ladrido de una perra en celo que llora el rasgado de su himen, hasta que el mensaje encontró al chaval con barba de faquir para que me lavara la virginidad como Dios manda (no con el mango de un destornillador, como mi desesperada amiga Terese). Entretanto, la familia de Franco compraba un féretro de caoba, revestido en su interior de zinc en una funeraria de la calle de Galileo por el que pagaron trescientas mil pesetas de las de entonces (pudridero de Capitán General, Almirante, etc., etc.) Había que darles tiempo para preparar la gran ceremonia de despedida en la que se formaron largas colas para llegar junto al féretro, mirar de soslayo al despojo, escupir con disimulo, sucumbir fulminados por la emoción (dos ancianos lo hicieron con una entereza ejemplar) o dejar caer con arte a los pies del Caudillo, dentro de la caja, mensajes para Dios que estaba esperándole en el cielo sentado en una sillita de enea. Confieso que lo vi todo; también su entierro en la pirámide de Cuelgamuros, en la tumba de faraón que construyeron durante veinte años prisioneros de guerra y presos políticos que no recibieron el tiro, durante veinticuatro horas en tres turnos. Vi el descendimiento del féretro realizado con precisión armónica por unos operarios que lo habían ensayado durante quince días y quince noches (cuán jubilosa fue su agonía) y me cautivó ver cómo los mismos hombres corrían con mimo de abuela la losa de granito del Guadarrama de tonelada y media de peso. Cuando terminaron me puse un vestido negro y me fui al confesionario cantando Corazón de melón. Me confesé para amargarle el tentempié al cura.  Le resucité la lascivia con una erección sub sotana. El cura me dijo que en la sacristía tenía una televisión de dieciséis pulgadas y que podría sentarme a su lado y ver el entierro de Franco cogidos de la mano, mientras yo rezaba mi penitencia con mi cabeza recostada en su pecho casposo.

Ni siquiera mi hermano, que entiende mucho de amores, me dijo nada especial cuando le comuniqué mi azogue por el Presidente. Mi hermano está casado por lo civil y por la Iglesia con una señora de burdel de autovía. Es un hombre tranquilo que se deja contar confidencias. La señora le dio cinco hijos, aunque ninguno es suyo. Siempre se le adelantaban. Su hijo mayor se llama Tom porque es negro. La segunda Erundina, que quiere decir golondrinita. Nació peinada con raya en medio, con las puntas de su cabello como las alitas de una golondrina. En el padrón se negaron a inscribirla con nombre de pájaro pero mi hermano había indagado que hubo una Santa Erundina, virgen y mártir, muy venerada en Hipona, en donde fue vecina de Santa Inés, madre de San Agustín.
- No le haga esa putada a la nena -le dijo el oficial del juzgado.
- ¿Usted cómo se llama? -le preguntó mi hermano.
- Don Canuto.
- ¡Pues se jode!
  Su tercera hija nació con abundante vello en el pubis y con el sarampión pasado (según el eminente pediatra don Zacarías Meabe, profesor de enfermeras y dueño de la única carnicería de carne de caballo que hay en la ciudad.) Mi hermano la llamó Venus, aunque en el juzgado la obligaron a inscribirla como María Venus, porque la Virgen debe de estar presente en todos los nombres de mujer. El cuarto vino de culo. Le llamó Anito, en homenaje a San Anito de Antioquía, obispo y mártir, que la Santa Madre celebra el veintisiete de agosto, junto a San Baskardo de Getxo. Su última hija no era de ninguno de los dos. Se la dejó un rato una compañera china para ir a suicidarse. Respetaron su nombre: Chu-la.
  Mi hermano vive de mantenido, de lo que le queda de la herencia de nuestra madre y de lo que saca confeccionando zapatitos de lana para recién nacidos. ¡Es un as haciendo punto! Y también dando consejos.
- Acuérdate del madero, cuando eras roja. Todo pasa -me dijo.
    ¡El madero! ¡Qué amor pasional, Dios, qué amor! Lo conocí cuando las calles de la ciudad, preñadas por la ilusión del cambio, vibraban con los gritos bramando libertad. Aquellos ríos de muchedumbre, que lograban agruparse pese a los culatazos de la guardia civil y de la armada, que aparecía escupiendo botes de humo, pelotas de goma para hacer tuertos, agua a presión, espumarajos de borrachera, centramina y furor de guerreros. Iba a las manifestaciones pese al espanto que tenía a los culatazos. Una vez fui a Basauri para gritar que sacaran a los presos políticos de la cárcel. Me maceraron la carne a porrazos. Me derribaron a la acera, me pasaron sus botazas por todo mi cuerpo, me hostiaron a patadas que venían de lado a caer en mis costillas. ¡Dios Santo! ¡Todavía lloro de terror y de dolor al recordarlo! Pero también leí mi propio pánico en los ojos de los uniformados. Un guardia armado que ve temblar al mundo se caga como un condenado. Uno de ellos me alicató mi pezón izquierdo con sus dedos de hierro y me vació un garrafón de anís en mis narices. Me dijo:
- La calle es para los hombres. ¡A cocinar!
Fue entonces cuando oí gritar:
- ¡Homenaje! ¡Homenaje a la conmiseración divina! ¡Trombas en marcha!
Lo deseé allí mismo. Lo deseé bajo las ruedas de las tanquetas, bajo un temporal de porrazos, bajo las botas rupestres de los antidisturbios, bajo la sintaxis del relámpago de aquella boca que desnudaba su inteligencia, un cerebro privilegiado capaz de formar frases hermosas en medio de las consignas manidas. Lo busqué. No lo conocía. Corrí dos filas de manifestación adelante. Entonces volvió su rostro y sentí un soplo de aliento en mis ojos.
- ¡El grito! -vociferé tirándole de las mangas de su chaqueta.
- ¡Qué! ¿A pasártelo bien? -me dijo guiñándome un ojo.
- ¡El grito! ¡No lo estropees!
- ¡Camina mortal! El estío toca a su fin y las nubes llegarán cargadas de lluvia limpia. ¡Trombas en marcha! Servidor de usted, maestro ajustador, para adorarla hasta donde pueda.
- ¡El grito! -exigí traspuesta.
- ¡Trombas en marcha!
- ¡Trombas en marcha! ¡Adelante anarquistas del mundo, marchemos unidos a Jerusalén! ¡Lo que se empieza, se termina, joder!
Nos condujeron en el mismo furgón a los calabozos de la comisaría y nos olvidaron en una celda desnuda con la bombilla fundida.
Me dijo:
- Si nos van a fusilar, lo decoroso es morir gozados.
Olí la oscuridad para descubrir el rastro del macho, pero mis nervios estaban demasiado rotos como para poder oler a nada. El ajustador me aplastó contra la pared, me rompió la goma de las bragas y me penetró en tres segundos: uno, dos y tres. Suspiró y me llamó puta. Abrió la puerta de la celda y se fue por el pasillo silbando la Internacional. Fue mi segundo polvo revolucionario. Me soltaron al amanecer con un bofetón en la mejilla para cumplir el expediente. Llegué a casa con las bragas en la mano, con un ojo negro y con la impotencia de haber sido burlada por un madero de la social. Lo descubrí en la manifestación del jueves e indagué por su identidad. Entonces me enteré de su nombre y me pareció tierno.
- Se llama Wladimiro Hernia. Detiene a mujeres bravas en las manifestaciones y luego las folla -me informó uno del PCE.
Me enamoré de él. Creía.
Mi vida está llena de amores que nunca se secan del todo. Pero los acontecimientos propios sólo sirven para aconsejar a los demás. Hasta no descubrir en mi rostro incipientes arrugas, no he sido feliz. ¿Es que lo soy acaso ahora con la cruz que me han puesto en los hombros?

Vi por primera vez al Presidente del Gobierno de cuerpo presente tomando agua bendita en la catedral vieja de Vitoria. Su mano me pareció una sombra blanca que se posó en la superficie del agua estancada sin perturbar su sueño. Se persignó sin romper la cruz, sin dibujar un garabato en el aire. Se persignó como se persignaban los seminaristas y las vírgenes adolescentes cuando yo era niña. Después se perdió por el centro del templo viejo alzando la vista hacia los vitrales y las rosas góticas, con los brazos cruzados en su espalda. Desde aquel día comencé a seguir sus gestos en los noticiarios de la televisión y a recortar instantáneas de los periódicos de colorín. Me subía el queme.

  Wladimiro Hernia era muy diferente. Tenía las piernas cubiertas de pestañas de niño. ¡Qué osada era yo entonces! Porque fue la audacia la que me empujó a indagar la vida y miserias del subinspector Hernia. El coraje y el regusto que me quedó de su traicionera canallada. Tan inmensamente intrépida que me atreví a ir a su domicilio unos días después de ser mancillada. Recuerdos que no huyen, como peces viejos que se han habituado a vivir en su pecera. No me tembló mi mano al apretar el timbre de su casa. Escuché la chicharra con los ojos puestos en el Sagrado Corazón de porcelana en blanco y negro que ocupaba el centro de la puerta.
- Me supo a poco, rey -le dije cuando me abrió.
Y el muy cínico:
- ¿La conozco?
- Eres de eyaculación precoz y te quiero curar el despiste. Paso y hablamos. ¿Opinas?
Se hizo a un lado. Había un recibidor con paragüero con cabezas de conquistadores españoles. Al lado se abría una puerta que daba a una estancia tapizada de moaré con aguas de color mandarina. Bajo un cuadro plateado de la última cena, permanecía sedente un general con gafitas de aro negro.
- ¿Es usted lo que parece? -pregunté con el ánimo por los suelos, casi a punto de cagarme de miedo.
- General Polanco.
Dicen que Polanco llegó a general casi desde brigada sin pasar por las graduaciones intermedias por orden expresa de Franco. En sus buenos tiempos iba de ayuda de campo del Generalísimo a pescar truchas. Cuando a Franco le entraban ganas de hacer de vientre, el general le apartaba de las miradas de su séquito y permanecía firme, con su gorra de plato en la mano hasta que el Caudillo terminaba de vaciarse. Entonces le alargaba un impoluto pañuelo blanco de batista. Tras el enjuague lo recogía y lo guardaba con devoto recogimiento en el bolsillo de su guerrera. “¡Llegarás lejos, Polanco!”, le decía el Caudillo haciendo pedorreta. De la vida de Franco, igual que de la de los santos, poco a poco se van conociendo detalles. Los españoles somos el pueblo más chismoso del mundo. Si no conocemos los detalles, nos los inventamos. Pura demostración son los libros de Historia. Sólo hace falta abrirlos y saber leer.
Es difícil contar el enredo de opereta en el que me vi envuelta con aquellos dos hombres misteriosos. Lo primero que pensé era lo más lógico: que el general y el policía Hernia se encontraban en una reunión de trabajo. Un inspector de la policía y un general de infantería no es que tuvieran muchas cosas que decirse, pero yo ignoraba las tramas del organigrama policial. Su condición de hombres ante una hembra, una real hembra, como me bautizó una mañana de alegría don Urbano Notario, mayordomo de la naviera donde trabajaba mi padre, les narcotizó su comportamiento y eructaron la patanería que casi todos los hombres hacen uso cuando van por parejas y tienen que mostrar su hombría ante una mujer.
- ¿Es usted un general verdadero?
- De cuerpo y alma, señorita. El niño me cuenta lo que pesca, pero de usted se ha olvidado.
- ¿Wladimiro Hernia es su hijo?
- Mucho más. Soy su amante -dijo el poli.
- No soy vicioso -dijo el general siguiendo la corriente. Afirmó con pose teatral-: Me agrada contemplar su báculo. ¡Pocos hombre lucen una tranca tan majestuosa. ¿La ha gozado ya usted?
- ¡A traición y sin voluntad!
- Como debe ser. Wladimiro adivina la raza de las hembras por su olor. ¿Usted, qué amasa, mi niña?
- Pasión.
- ¡Santa palabra extraída de los Evangelios!
- Quema.
- ¡Qué humos!
- Ahogan.
- ¡Gallarda!¡Amén y cierra España!
    Wladimiro me abrazaba sin lujuria y el general Polanco escondía su calva en su gorra de plato con ademanes superiores. Pensé que lo había ensayado muchas veces delante de un espejo. Los militares son muy especiales en la manera de calarse la gorra. Mi madre conoció de soltera a un capitán de artillería que se lo ponía de rodillas en un reclinatorio que tenía en su vestidor.
 En aquel primer encuentro con el general Polanco (solo volví a verlo media docena de veces más en mi vida) actué con sinrazón, que fue lo que me salvó. Y es que a Wladimiro Hernia le gustaban las mujeres desinhibidas, procaces y libidinosas, precisamente lo contrario de lo que soy cuando no hago teatro. Aparte de estas consideraciones, comprendí que el policía adivinó que yo le podía regalar mucho sin robármelo. Por de pronto, calló ante el general que yo corría en las manifestaciones gritando libertad y que me había llevado a la comisaría. Wladimiro decía que el general Polanco era tío suyo por parte de madre, que ambos eran riojanos, de Briones. En la casa familiar del pueblo había bodega, vendimiaban y embotellaban tinto. Cuentan que los años posteriores a la Guerra, cuando el general Polanco todavía era capitán, llevaba tres pelotones de soldados para pisar la uva. Antes de meterlos en las cucubas les bajaba al Ebro con media tableta de jabón para que se limpiaran los dedos de los pies como las mujeres. También cuentan que en los primeros días del verano siguiente nacían algunos niños con los piececitos blancos. A petición de los párrocos de la zona, tuvo que interceder el obispo de Calahorra ante la cúpula militar para despojar al general Polanco de su prerrogativa de usar soldados en la vendimia familiar. En 1953, Polanco, para celebrar su ascenso a general, hizo correr novillos y prendió un toro de fuego en la plaza antes de comenzar la parranda. Al día siguiente, reunió en la iglesia a los niños estivales con sus familias maternas y se celebró una misa con cinco curas y diez monaguillos. Al terminar la ceremonia entregó personalmente uno por uno y por orden alfabético un diploma en el que les acreditaba su condición de Nietos Predilectos del General Polanco. De estas y de otras muchas cosas me fui enterando a pocos porque mi relación con Wladimiro Hernia, con largos intervalos de alejamiento, duró casi veinte años. Wladimiro sembró muchas hectáreas de pasión en mis sentimientos, ocupó muchas horas en mi tiempo, pero hoy puedo afirmar con rotundidad que nunca brotó en nuestra relación un amor verdadero. Hubo fuego, sexo, algo de ternura. Creo que tampoco hubo amistad.

 Este amor placentero que me ha llegado ahora, puro e inalcanzable, tapia en cierto modo mi brioso pasado y atempera mis arrebatos con miligramos de placidez. Yo, ¡pobre de mí!, enamorada del Presidente de la Nación. Hay que llegar a cierta edad para comprobar que las neuronas del amor resisten. Que es suficiente un guiño enviado a través de las antenas o una voz que llega del cielo para encelarte de nuevo, aunque los años hayan escalado hasta sesenta. La única duda que me queda es adivinar el olor de su piel. Aunque alguien me confesó que cuando viaja a Europa se da Floïd en la barba: el olor de la derecha nacional.



                                                                            FIN

COMO SIEMPRE, TODAS LAS ILUSTRACIONES DE LOS CUENTOS SON DE JUAN GIL.