domingo, 14 de octubre de 2012

DÓNDE ESTÁN LOS HUESOS DEL ABUELO?

 Esteban Pérez se casó  con gafas sin graduar para parecer mayor. Ángela Teruel fue de blanco y con zapatillas de ballet para igualar su estatura. Hubo banquete en un restaurante de carretera con orquestina y solista hasta las diez. Esteban Pérez era viajante. Vendía antigüedades chinas muy apreciadas y a  buen precio: figuritas Chu, pareja de perritos Hi y bailarina Chu-Hi. Todas con certificados de la dinastía Ming. Las vendía en tiendas de regalo, pero no tenía pereza en tocar las puertas de las casas cuando los pedidos no iban bien. Ángela era manicura en una peluquería. Hacía manos, pies y depilaciones en general. Tampoco le importaba quedarse a limpiar el establecimiento después de cerrar. Esteban y Ángela alquilaron una pequeña vivienda en la azotea de una casa situada en los extrarradios. La casa tenía dos habitaciones y una cocina minúscula, sin embargo, disfrutaban de una hermosa terraza que daba a un huerto en donde había un pozo. En el verano solían salir a la terraza a escuchar cantar a las chicharras y a ver el polvo de las estrellas. Se entretenían en contar estrellas fugaces y en pedirles deseos. Era prácticamente el único momento que permanecían juntos durante todo el día. Ángela compró un porrón de cristal y lo solía sacar a la terraza con clarete fresco. Cuando lo terminaban se iban a la cama, muchas veces sin cenar. Otras veces freían huevos y salían a cenar a la terraza. Ponían la radio y cuando tocaban boleros y cha-cha-chás no paraban de bailar. Algunas veces les dieron las doce y más.
Al abuelo de Esteban Pérez lo fusilaron  los Nacionales en Valladolid. El padre de Esteban presenció la ejecución al amanecer,  de la mano de su madre, cerca de la llamada Pradera de San Isidro y dibujó un mapa con el lugar exacto de su enterramiento. Al morir su padre, Esteban Pérez compró una maleta usada, una pala, un farol y un billete de ida y vuelta a Valladolid. En la ciudad preguntó en donde se encontraba el Huerto del cura Viriato, cerca de la Pradera de San Isidro, donde fusilaban en la Guerra y las señoritas iban a tomar chocolate con churros. Le mandaron a las afueras, a la orilla del río. Llegó por la tarde al sitio, estudió el mapa y esperó a la noche. Cavó tres horas alumbrado por el farol. Cuando encontró los huesos de su abuelo, se santiguó y los recogió con devoción. Los guardó en la maleta, regresó a la estación y se sentó en un banco a esperar al tren. Antes de subirse al coche, Esteban Pérez compró para su mujer un dedal de porcelana. Cuando llegó a casa enseñó a su mujer los restos de su abuelo. Ángela Teruel los sacó a la azotea y les cepilló el barro. En la cocina, los limpió con agua y jabón y los secó con un paño limpio. Después los enceró y rezó algunos cachos de oraciones que recordaba. Decidieron dejar la maleta encima del armario ropero hasta ahorrar el suficiente dinero para comprar un nicho.
Esteban construyó en la terraza una pequeña barriada compuesta de cuatro jaulas pintadas de amarillo y otra pintada de azul. En las jaulas pintadas de amarillo metió cuatro conejas. En la jaula pintada de azul, alojó a un gran conejo gris. Después les puso nombres. A la primera la llamó Juanita Reina, a otra Estrellita Castro, a la tercera Carmen Sevilla y a la última doña Concha Piquer. Al gran conejo gris lo llamó El Gran Capitán. Encima de las puertas de las jaulas colgó sus nombres escritos en tarjetas de visita y un calendario en donde anotaba las fechas de preñez, parto y número de gazapos. Cuando tenían cuatro meses, los vendía a un carnicero. El dinero que sacaban lo metían en una hucha para comprar el nicho para el abuelo.
Algunos domingos Ángela y Esteban bajaban la maleta del armario y miraban los huesos del abuelo y le rezaban lo que sabían, que era poco y con remiendos. Un día le revisaron la boca y le contaron los dientes y las muelas que le faltaban. Esteban compró a un mecánico dentista jubilado veinte o treinta muelas y un tubo de pegamento. Le arreglaron la boca entre los dos y les quedó como nueva. También le taparon con yeso el tiro de gracia en el occipucio y le sujetaron dos costillas con hilo de bobinar el transformador de la radio. En invierno, cuando salía el sol, sacaban la maleta a la terraza y la dejaban encima de una silla. Del huerto de abajo volaban mariposas blancas con motas negras. Y algunas veces se posaban sobre ella.
Transcurridos dos años, contaron el dinero que habían ahorrado para comprar el nicho para el abuelo. Para entonces se les había muerto Estrellita Castro y la habían sustituido por una coneja blanca que la llamaron Imperio Argentina. El dinero que habían ahorrado durante dos años alcanzaba para comprar el nicho para enterrar con dignidad al abuelo. Fue cuando Ángela se quedó encinta de su primer hijo. Pensaron que el abuelo estaba tranquilo en su maleta de cartón, encima del armario y tomando el sol. Decidieron guardar el dinero de la hucha y seguir criando conejos. El dinero voló pronto. También el que consiguieron ahorrar en otros dos años. Ángela se quedó preñada de su segundo hijo y después de un tercero.
Las antigüedades chinas se pasaron de moda. Los comercios comenzaron a devolver a Esteban Pérez cajas con figuritas Chu y paquetes con la pareja de perritos Hi y la bailarina Chu-Hi. Le llegaron en tal cantidad que no le quedó más remedio que apilarlas en la terraza, primero encima de las conejeras y después en todos los rincones libres. A los tres niños, que dormían en un cuarto, también se les achicó el espacio. Durmieron los tres en una cama hasta que se hicieron chicos grandes rodeados de cajas y paquetes con antigüedades chinas. Mientras los hijos crecieron, Esteban Pérez siguió visitando tiendas de regalos por las mañanas. Por las tardes elegía una manzana de casas de siete pisos y las pateaba portal por portal, piso por piso, puerta por puerta. En el mejor de los casos conseguía vender por un precio irrisorio una pareja de perritos Hi y dos bailarinas Chu-Hi. Vivían del jornal que traía Ángela. Las conejas con apodos folklóricos se fueron muriendo de viejas y no fueron sustituidas. Al Gran Capitán se lo comieron con verduras el día de la primera comunión del crío pequeño. Los niños lloraron con mucho sentimiento el triste final del gran conejo gris, pero el hambre prefiere a un conejo viejo que a un mendrugo de pan duro. Las jaulas de los conejos se fueron llenando de antigüedades chinas, según se iban quedando libres.
Las antigüedades chinas llenaron casi todo el espacio de la pequeña casa de dos habitaciones y una  cocina minúscula. Tampoco en la terraza quedaba el  espacio que se necesita para colocar un pie. Pese a las adversidades, Esteban Pérez y Ángela Teruel criaron a sus hijos con la fe de que las modas regresan y de que un día su padre vendría a casa con el pedido de tres cajas de bailarinas Chu-Hi. Al cumplir dieciocho años, el hijo mayor pidió permiso a sus padres para marcharse a Francia a trabajar en una granja de conejos. Fue cuando Esteban y Ángela comenzaron a buscar la maleta con los restos del abuelo para que su hijo viajara con dignidad. Lo cambiaron todo de sitio. No encontraron la maleta con los huesos del abuelo. Lo volvieron a cambiar minuciosamente, con orden y perseverancia. No encontraron la maleta con los huesos del abuelo. Sacaron a la escalera las cajas hasta el piso de abajo. No encontraron ni rastro de la maleta con los huesos del abuelo. “¿Dónde está la maleta con los huesos del abuelo?” No les quedó más remedio que vaciar una caja de figuritas chinas y plegar allí los calcetines, las mudas y el queso manchego que se llevó el muchacho a Francia. Al llegar a la granja de conejos le recibió un hombre fornido que olía a flores. El muchacho vio que el hombrón miraba a la caja de figuritas chinas. “Tenemos una maleta con los huesos del abuelo, pero se ha extraviado entre las figuritas Chu que vende mi padre”, dijo el muchacho rojo de vergüenza. Daba igual, porque el hombre fornido que olía a flores era francés y sólo entendía francés. “El caso es que no tenemos ni idea dónde está la maleta con los huesos del abuelo”, dijo el muchacho.
- ¡Oh, oui! 




                                                                         FIN

jueves, 27 de septiembre de 2012

YO SOY ESA


No me siento desorientada al descubrir que me he enamorado del Presidente del Gobierno. Sólo mi desconsuelo me angustia por las noches con ahogos, que se me alivian cantando canciones de la Piquer. Sobre todo, Yo soy esa. Nunca me he enamorado tan elocuentemente, pero tengo el ánimo manso y el espíritu sin alboroto. Estoy tranquila. Vivo vacunada contra amores imposibles con ampollas de santa paciencia, y sé que hasta el día del tortazo final, flota la convicción de la victoria. Peor fue cuando me enamoré de un torero. Sigo viva. 
Cuando veo al Presidente del Gobierno segar voluntades con el filo de su mirada, las alas de mariposa que acarician las telas de mi estómago, me indican que no hay edad para sentirse libre de los prendamientos del corazón. Siempre me han gustado los hombres de carácter con educación de prior. Nuestro Presidente es como un dominico bonito que se quita el hábito para ir a gobernar. ¡Hosana! ¡Hosanas para él! ¡Pétalos de rosas llovidas del cielo! ¡Polvos de escarcha de plata vieja! ¡Vieiras de chocolate cocinadas por santiños para marcarle los verdaderos caminos de la Nación!

 Soy vieja, pero no tonta. Pertenezco a la generación que perdió la virginidad celebrando la muerte de Franco. Contaba entonces treinta y dos años. ¡Larga espera, Señor de los cielos! ¿Por qué se demoró tanto el pájaro en hincar el pico? Aquellos días, la alegría de la calle desimantó los bornes del gozo y las solteras prolongadas sentimos la irrevocable necesidad de celebrar el óbito con un acto imborrable. ¡Qué recuerdo más indeleble que la pérdida de la virginidad! Yo busqué al macho por las tabernas del Casco Viejo en donde corrían el cava catalán y las lágrimas. “Debe ser un obrero que huela a virutas de acero, de manos ásperas y que no crea en Dios. Y si no es hoy, nunca.” Fue un estudiante de Deusto que había venido hacía dos días de París con trenca y barba de faquir. Olía a humedad, tenía las manos amarillas de nicotina hasta los codos, pero antes de desvirgarme con chapuza juró que era rojo y se cagó en los santos primitivos en los salivazos del orgasmo. Ya era una mujer gozada como los gorriones en los aleros de las calles estrechas que se dan el pico de teja a teja. Después regresé a casa a ver en la televisión el desfile de los españoles desvalidos por el palacio de Oriente. ¡Fue un gran día aquél! Grité con todas mis fuerzas: ¡FRANCO HA MUERTO! El eco de mi grito fue como el ladrido de una perra en celo que llora el rasgado de su himen, hasta que el mensaje encontró al chaval con barba de faquir para que me lavara la virginidad como Dios manda (no con el mango de un destornillador, como mi desesperada amiga Terese). Entretanto, la familia de Franco compraba un féretro de caoba, revestido en su interior de zinc en una funeraria de la calle de Galileo por el que pagaron trescientas mil pesetas de las de entonces (pudridero de Capitán General, Almirante, etc., etc.) Había que darles tiempo para preparar la gran ceremonia de despedida en la que se formaron largas colas para llegar junto al féretro, mirar de soslayo al despojo, escupir con disimulo, sucumbir fulminados por la emoción (dos ancianos lo hicieron con una entereza ejemplar) o dejar caer con arte a los pies del Caudillo, dentro de la caja, mensajes para Dios que estaba esperándole en el cielo sentado en una sillita de enea. Confieso que lo vi todo; también su entierro en la pirámide de Cuelgamuros, en la tumba de faraón que construyeron durante veinte años prisioneros de guerra y presos políticos que no recibieron el tiro, durante veinticuatro horas en tres turnos. Vi el descendimiento del féretro realizado con precisión armónica por unos operarios que lo habían ensayado durante quince días y quince noches (cuán jubilosa fue su agonía) y me cautivó ver cómo los mismos hombres corrían con mimo de abuela la losa de granito del Guadarrama de tonelada y media de peso. Cuando terminaron me puse un vestido negro y me fui al confesionario cantando Corazón de melón. Me confesé para amargarle el tentempié al cura.  Le resucité la lascivia con una erección sub sotana. El cura me dijo que en la sacristía tenía una televisión de dieciséis pulgadas y que podría sentarme a su lado y ver el entierro de Franco cogidos de la mano, mientras yo rezaba mi penitencia con mi cabeza recostada en su pecho casposo.

Ni siquiera mi hermano, que entiende mucho de amores, me dijo nada especial cuando le comuniqué mi azogue por el Presidente. Mi hermano está casado por lo civil y por la Iglesia con una señora de burdel de autovía. Es un hombre tranquilo que se deja contar confidencias. La señora le dio cinco hijos, aunque ninguno es suyo. Siempre se le adelantaban. Su hijo mayor se llama Tom porque es negro. La segunda Erundina, que quiere decir golondrinita. Nació peinada con raya en medio, con las puntas de su cabello como las alitas de una golondrina. En el padrón se negaron a inscribirla con nombre de pájaro pero mi hermano había indagado que hubo una Santa Erundina, virgen y mártir, muy venerada en Hipona, en donde fue vecina de Santa Inés, madre de San Agustín.
- No le haga esa putada a la nena -le dijo el oficial del juzgado.
- ¿Usted cómo se llama? -le preguntó mi hermano.
- Don Canuto.
- ¡Pues se jode!
  Su tercera hija nació con abundante vello en el pubis y con el sarampión pasado (según el eminente pediatra don Zacarías Meabe, profesor de enfermeras y dueño de la única carnicería de carne de caballo que hay en la ciudad.) Mi hermano la llamó Venus, aunque en el juzgado la obligaron a inscribirla como María Venus, porque la Virgen debe de estar presente en todos los nombres de mujer. El cuarto vino de culo. Le llamó Anito, en homenaje a San Anito de Antioquía, obispo y mártir, que la Santa Madre celebra el veintisiete de agosto, junto a San Baskardo de Getxo. Su última hija no era de ninguno de los dos. Se la dejó un rato una compañera china para ir a suicidarse. Respetaron su nombre: Chu-la.
  Mi hermano vive de mantenido, de lo que le queda de la herencia de nuestra madre y de lo que saca confeccionando zapatitos de lana para recién nacidos. ¡Es un as haciendo punto! Y también dando consejos.
- Acuérdate del madero, cuando eras roja. Todo pasa -me dijo.
    ¡El madero! ¡Qué amor pasional, Dios, qué amor! Lo conocí cuando las calles de la ciudad, preñadas por la ilusión del cambio, vibraban con los gritos bramando libertad. Aquellos ríos de muchedumbre, que lograban agruparse pese a los culatazos de la guardia civil y de la armada, que aparecía escupiendo botes de humo, pelotas de goma para hacer tuertos, agua a presión, espumarajos de borrachera, centramina y furor de guerreros. Iba a las manifestaciones pese al espanto que tenía a los culatazos. Una vez fui a Basauri para gritar que sacaran a los presos políticos de la cárcel. Me maceraron la carne a porrazos. Me derribaron a la acera, me pasaron sus botazas por todo mi cuerpo, me hostiaron a patadas que venían de lado a caer en mis costillas. ¡Dios Santo! ¡Todavía lloro de terror y de dolor al recordarlo! Pero también leí mi propio pánico en los ojos de los uniformados. Un guardia armado que ve temblar al mundo se caga como un condenado. Uno de ellos me alicató mi pezón izquierdo con sus dedos de hierro y me vació un garrafón de anís en mis narices. Me dijo:
- La calle es para los hombres. ¡A cocinar!
Fue entonces cuando oí gritar:
- ¡Homenaje! ¡Homenaje a la conmiseración divina! ¡Trombas en marcha!
Lo deseé allí mismo. Lo deseé bajo las ruedas de las tanquetas, bajo un temporal de porrazos, bajo las botas rupestres de los antidisturbios, bajo la sintaxis del relámpago de aquella boca que desnudaba su inteligencia, un cerebro privilegiado capaz de formar frases hermosas en medio de las consignas manidas. Lo busqué. No lo conocía. Corrí dos filas de manifestación adelante. Entonces volvió su rostro y sentí un soplo de aliento en mis ojos.
- ¡El grito! -vociferé tirándole de las mangas de su chaqueta.
- ¡Qué! ¿A pasártelo bien? -me dijo guiñándome un ojo.
- ¡El grito! ¡No lo estropees!
- ¡Camina mortal! El estío toca a su fin y las nubes llegarán cargadas de lluvia limpia. ¡Trombas en marcha! Servidor de usted, maestro ajustador, para adorarla hasta donde pueda.
- ¡El grito! -exigí traspuesta.
- ¡Trombas en marcha!
- ¡Trombas en marcha! ¡Adelante anarquistas del mundo, marchemos unidos a Jerusalén! ¡Lo que se empieza, se termina, joder!
Nos condujeron en el mismo furgón a los calabozos de la comisaría y nos olvidaron en una celda desnuda con la bombilla fundida.
Me dijo:
- Si nos van a fusilar, lo decoroso es morir gozados.
Olí la oscuridad para descubrir el rastro del macho, pero mis nervios estaban demasiado rotos como para poder oler a nada. El ajustador me aplastó contra la pared, me rompió la goma de las bragas y me penetró en tres segundos: uno, dos y tres. Suspiró y me llamó puta. Abrió la puerta de la celda y se fue por el pasillo silbando la Internacional. Fue mi segundo polvo revolucionario. Me soltaron al amanecer con un bofetón en la mejilla para cumplir el expediente. Llegué a casa con las bragas en la mano, con un ojo negro y con la impotencia de haber sido burlada por un madero de la social. Lo descubrí en la manifestación del jueves e indagué por su identidad. Entonces me enteré de su nombre y me pareció tierno.
- Se llama Wladimiro Hernia. Detiene a mujeres bravas en las manifestaciones y luego las folla -me informó uno del PCE.
Me enamoré de él. Creía.
Mi vida está llena de amores que nunca se secan del todo. Pero los acontecimientos propios sólo sirven para aconsejar a los demás. Hasta no descubrir en mi rostro incipientes arrugas, no he sido feliz. ¿Es que lo soy acaso ahora con la cruz que me han puesto en los hombros?

Vi por primera vez al Presidente del Gobierno de cuerpo presente tomando agua bendita en la catedral vieja de Vitoria. Su mano me pareció una sombra blanca que se posó en la superficie del agua estancada sin perturbar su sueño. Se persignó sin romper la cruz, sin dibujar un garabato en el aire. Se persignó como se persignaban los seminaristas y las vírgenes adolescentes cuando yo era niña. Después se perdió por el centro del templo viejo alzando la vista hacia los vitrales y las rosas góticas, con los brazos cruzados en su espalda. Desde aquel día comencé a seguir sus gestos en los noticiarios de la televisión y a recortar instantáneas de los periódicos de colorín. Me subía el queme.

  Wladimiro Hernia era muy diferente. Tenía las piernas cubiertas de pestañas de niño. ¡Qué osada era yo entonces! Porque fue la audacia la que me empujó a indagar la vida y miserias del subinspector Hernia. El coraje y el regusto que me quedó de su traicionera canallada. Tan inmensamente intrépida que me atreví a ir a su domicilio unos días después de ser mancillada. Recuerdos que no huyen, como peces viejos que se han habituado a vivir en su pecera. No me tembló mi mano al apretar el timbre de su casa. Escuché la chicharra con los ojos puestos en el Sagrado Corazón de porcelana en blanco y negro que ocupaba el centro de la puerta.
- Me supo a poco, rey -le dije cuando me abrió.
Y el muy cínico:
- ¿La conozco?
- Eres de eyaculación precoz y te quiero curar el despiste. Paso y hablamos. ¿Opinas?
Se hizo a un lado. Había un recibidor con paragüero con cabezas de conquistadores españoles. Al lado se abría una puerta que daba a una estancia tapizada de moaré con aguas de color mandarina. Bajo un cuadro plateado de la última cena, permanecía sedente un general con gafitas de aro negro.
- ¿Es usted lo que parece? -pregunté con el ánimo por los suelos, casi a punto de cagarme de miedo.
- General Polanco.
Dicen que Polanco llegó a general casi desde brigada sin pasar por las graduaciones intermedias por orden expresa de Franco. En sus buenos tiempos iba de ayuda de campo del Generalísimo a pescar truchas. Cuando a Franco le entraban ganas de hacer de vientre, el general le apartaba de las miradas de su séquito y permanecía firme, con su gorra de plato en la mano hasta que el Caudillo terminaba de vaciarse. Entonces le alargaba un impoluto pañuelo blanco de batista. Tras el enjuague lo recogía y lo guardaba con devoto recogimiento en el bolsillo de su guerrera. “¡Llegarás lejos, Polanco!”, le decía el Caudillo haciendo pedorreta. De la vida de Franco, igual que de la de los santos, poco a poco se van conociendo detalles. Los españoles somos el pueblo más chismoso del mundo. Si no conocemos los detalles, nos los inventamos. Pura demostración son los libros de Historia. Sólo hace falta abrirlos y saber leer.
Es difícil contar el enredo de opereta en el que me vi envuelta con aquellos dos hombres misteriosos. Lo primero que pensé era lo más lógico: que el general y el policía Hernia se encontraban en una reunión de trabajo. Un inspector de la policía y un general de infantería no es que tuvieran muchas cosas que decirse, pero yo ignoraba las tramas del organigrama policial. Su condición de hombres ante una hembra, una real hembra, como me bautizó una mañana de alegría don Urbano Notario, mayordomo de la naviera donde trabajaba mi padre, les narcotizó su comportamiento y eructaron la patanería que casi todos los hombres hacen uso cuando van por parejas y tienen que mostrar su hombría ante una mujer.
- ¿Es usted un general verdadero?
- De cuerpo y alma, señorita. El niño me cuenta lo que pesca, pero de usted se ha olvidado.
- ¿Wladimiro Hernia es su hijo?
- Mucho más. Soy su amante -dijo el poli.
- No soy vicioso -dijo el general siguiendo la corriente. Afirmó con pose teatral-: Me agrada contemplar su báculo. ¡Pocos hombre lucen una tranca tan majestuosa. ¿La ha gozado ya usted?
- ¡A traición y sin voluntad!
- Como debe ser. Wladimiro adivina la raza de las hembras por su olor. ¿Usted, qué amasa, mi niña?
- Pasión.
- ¡Santa palabra extraída de los Evangelios!
- Quema.
- ¡Qué humos!
- Ahogan.
- ¡Gallarda!¡Amén y cierra España!
    Wladimiro me abrazaba sin lujuria y el general Polanco escondía su calva en su gorra de plato con ademanes superiores. Pensé que lo había ensayado muchas veces delante de un espejo. Los militares son muy especiales en la manera de calarse la gorra. Mi madre conoció de soltera a un capitán de artillería que se lo ponía de rodillas en un reclinatorio que tenía en su vestidor.
 En aquel primer encuentro con el general Polanco (solo volví a verlo media docena de veces más en mi vida) actué con sinrazón, que fue lo que me salvó. Y es que a Wladimiro Hernia le gustaban las mujeres desinhibidas, procaces y libidinosas, precisamente lo contrario de lo que soy cuando no hago teatro. Aparte de estas consideraciones, comprendí que el policía adivinó que yo le podía regalar mucho sin robármelo. Por de pronto, calló ante el general que yo corría en las manifestaciones gritando libertad y que me había llevado a la comisaría. Wladimiro decía que el general Polanco era tío suyo por parte de madre, que ambos eran riojanos, de Briones. En la casa familiar del pueblo había bodega, vendimiaban y embotellaban tinto. Cuentan que los años posteriores a la Guerra, cuando el general Polanco todavía era capitán, llevaba tres pelotones de soldados para pisar la uva. Antes de meterlos en las cucubas les bajaba al Ebro con media tableta de jabón para que se limpiaran los dedos de los pies como las mujeres. También cuentan que en los primeros días del verano siguiente nacían algunos niños con los piececitos blancos. A petición de los párrocos de la zona, tuvo que interceder el obispo de Calahorra ante la cúpula militar para despojar al general Polanco de su prerrogativa de usar soldados en la vendimia familiar. En 1953, Polanco, para celebrar su ascenso a general, hizo correr novillos y prendió un toro de fuego en la plaza antes de comenzar la parranda. Al día siguiente, reunió en la iglesia a los niños estivales con sus familias maternas y se celebró una misa con cinco curas y diez monaguillos. Al terminar la ceremonia entregó personalmente uno por uno y por orden alfabético un diploma en el que les acreditaba su condición de Nietos Predilectos del General Polanco. De estas y de otras muchas cosas me fui enterando a pocos porque mi relación con Wladimiro Hernia, con largos intervalos de alejamiento, duró casi veinte años. Wladimiro sembró muchas hectáreas de pasión en mis sentimientos, ocupó muchas horas en mi tiempo, pero hoy puedo afirmar con rotundidad que nunca brotó en nuestra relación un amor verdadero. Hubo fuego, sexo, algo de ternura. Creo que tampoco hubo amistad.

 Este amor placentero que me ha llegado ahora, puro e inalcanzable, tapia en cierto modo mi brioso pasado y atempera mis arrebatos con miligramos de placidez. Yo, ¡pobre de mí!, enamorada del Presidente de la Nación. Hay que llegar a cierta edad para comprobar que las neuronas del amor resisten. Que es suficiente un guiño enviado a través de las antenas o una voz que llega del cielo para encelarte de nuevo, aunque los años hayan escalado hasta sesenta. La única duda que me queda es adivinar el olor de su piel. Aunque alguien me confesó que cuando viaja a Europa se da Floïd en la barba: el olor de la derecha nacional.



                                                                            FIN

COMO SIEMPRE, TODAS LAS ILUSTRACIONES DE LOS CUENTOS SON DE JUAN GIL.




miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL ESCRITOR Y SU MUJER (Cuento casi autobiográfico).


L. W. Gilbert había publicado dos docenas de libros  en editoriales ignotas. Su mujer, una maestra de niños sordomudos, siempre se había presentado como la esposa del escritor, sin añadir ninguna información más. A través de los años consiguió que le conocieran como la esposa del escritor, o simplemente como “la escritora”, aunque casi nadie supo de qué escritor se trataba. Lo decía con tanta ampulosidad que nadie se atrevía a quedarse como un aparvado.
- Sí. Yo soy la esposa del escritor.
Si columbraba que no era suficiente, añadía:
- Cuando las editoriales comienzan a dar más importancia al nombre del escritor que al título de sus novelas, sus esposas desaparecemos del mundo.-Terminaba con una carcajada rotunda.
Aquel escalón social levantado a base de años permitió a doña Berta algunas excentricidades difíciles de conseguir sin el hálito de misterio que encerraban. Por ejemplo, doña Berta se concedía la extravagancia de usar sombrero para ir a trabajar sin que el cotorreo de un barrio de clase media se atreviera a la más invisible sonrisa. Tenía predilección por las pamelas exageradas y cuando los jardines se llenaban de flores,  prendía un ramillete de colores en su pecho. También usaba la bicicleta para ir a trabajar. Pero como tenía horror a los coches, ella rodaba por las calles de los peatones y obedecía puntualmente las señales de los semáforos.
L.W. Gilbert, 67 años, alto, dientes postizos, los de arriba, flojos, flaco como un judío con pelo casi blanco, raya en los pantalones oscuros, chaqueta con coderas de profesor inglés, camisas Oxford, corbatas escocesas, zapatones de suela, también en verano para salir de paseo, (tiene para cambiar unas sandalias que compró en Utrera,) tres o cuatro pajaritas de cuello de goma, gorra escocesa, boina vasca azul Bilbao, sombrero aguadeño, de iraca tratada, comprado en Risaralda (Colombia) el año del terremoto en donde estuvo sacando muertos de los escombros junto a un perro y unos bomberos chinos. Con el primer muerto vomitó en los ladrillos de un tabique derribado, con el segundo lloró de pena porque era un nene negrito y le recordó a su hijo Jhon echando la siesta debajo del parral, así, con los ojos cerrados, “Este angelito va muerto del susto”, dijo el forense y lo dejaron en la fila de los de por si a caso, no sea que salga del colapso y dé una alegría a su abuelita. No hubiera sido el primero en resucitar pidiendo una cuchara de sancocho por caridad. Allí aprendió el periodista Gilbert a clasificar a los muertos en las catástrofes. Lo apuntaba todo en un cuadernito de hacer cuentas, como siempre, porque el periodista Gilbert era muy meticuloso, aunque luego no usaba ningún apunte para las noticias que mandaba a la Agencia. Esas las escribía de memoria, de lo que recordaba, extractos, más bien. Las líneas de los cuadernos escritas a lapicero se iban amontonando en su valija para cuando la paz lo sentaba en casa, en un rincón del camarote, para escribir un libro. Y así fue escupiendo libros de viajes, novelas, biografías, sin que luego nadie se preocupara en publicarlas. Allí se quedaban protegidas por la cartulina de una carpeta, sin siquiera título, amontonadas dentro de un armario con puertas de vidrio verde, un armario humilde, que en sus buenos tiempos pudo ser la encimera de un aparador de a diario. Doña Berta empezó a clasificarlos durante el tiempo que daba clase a una sorda  que ya había aprendido a leer los labios. Doña Berta le leía los libros de su marido a la vez que le mostraba el significado de las palabras con sus manos. Cuando la sorda lloraba, doña Berta dibujaba una lágrima y cuando sonreía, marcaba una cruz en el folio. Así fue clasificando las novelas como sentimentales o festivas. Doña Berta opinaba que la sensibilidad de los sordos, mudos y también ciegos sobresalía por encima de cualquier profesional que se autoproclamaba crítico. En sus tiempos libres, las mecanografiaba y corregía y las mandaba a las Editoriales más idóneas junto a la despampanante biografía de su esposo, redactado por ella misma. Ninguna novela fue rechazada, aunque las tiradas jamás subieron de doscientos ejemplares. Así, al pasar los años, L.W.Gilbert, tras el férreo trabajo de doña Berta (correo con los editores, acuerdo, firma del contrato, publicación, distribución de los libros a la crítica, sueltos en periódicos de provincias, entrevistas en radios locales) alcanzó el grado de escritor, aunque nadie o casi nadie había leído un libro de su extensa bibliografía. Los muy informados de su existencia le bautizaron con el nombre de escritor maldito, insulto benevolente que la crítica usa para los que no consiguen escribir un best seller. Lo que nadie se había atrevido a escribir es que era un libro malo, ni siquiera regular. L.W.Gilbert era un escritor poco conocido. Quizás más tarde, alguien se atrevería a tenerlos en consideración.
Doña Berta daba conferencias en las escuelas de secundaria, en los hogares de jubilados, en una librería que se llamaba La Gusana. Daba diez o doce conferencias al año. Si el lugar de la conferencia era muy lejano le acercaba su hijo Jhon en su motocicleta de alta cilindrada, aunque desde tres días antes, su hija, Mónica, con algo de sensatez, le rogaba que cogiera un taxi. En realidad a ella le encantaba ir de paquete en la motocicleta japonesa de su hijo con un casco verde en el que habían pintado un ratón. Mientras doña Berta daba la conferencia, su hijo se fumaba dos o tres porros en el exterior del local para enloquecer a su madre en el regreso a casa.
- ¡Oh, Jhon! ¡Si corres tanto, el día menos pensado voy a perder las bragas! -decía la buena señora palpando las costillas de su hijo.

Jhon y Mónica, aunque ya habían cumplido cuarenta años, vivían con sus padres. Nunca habían dejado de vivir con sus padres. Dormían en la misma habitación que su madre les había preparado para llegar al mundo. En sus paredes, pintadas de color pastel, colgaban héroes olvidados y un puñado de recuerdos difíciles de catalogar. Por ejemplo, en la cabecera de la cama de Jhon dormía achinchetada una fotografía de un negro clavado en el marco de una puerta, boca abajo, dibujando una X con sus brazos y piernas. Por los sitios que el cuerpo no tapaba la calle, entraba un sol final, tragado casi entero por una llanura árida. Eran los posters que traía su padre en la mochila de los calcetines sucios (todos) al regreso de sus viajes al infierno. También había en la pared una fotografía del obispo Ibarra, con su crucecita de rosario blanco, prendida en su pecho de misionero pobre, el que perdía su voz en los saraos de las O.N.G.S  gritando que los abandonados de la tierra guardaban los regalos de los ricos hasta que se trizaban por el uso. Y que al sida se le dominaba con un condón nuevo, no con un condón utilizado cinco veces por cinco personas diferentes, aunque fueran hermanos y se amaran como apóstoles. “Allí todo se usa hasta que se rompe sin remisión”.
También Mónica colgaba muñecos de trapo y cintas de cuero y la fotografía de una barca vacía, perdida en la corriente de un río sin nombre, la piel de una serpiente azul, una máscara con ojos de ciego negro, que son mucho más ciegos que las máscaras de ciego blanco.
Tanto Jhon como Mónica tienen alguna torreta de libros amontonados contra las paredes, pero por mucho que se revuelva no encontraremos ninguno de su padre. Los libros de su padre están depositados en el camarote, envueltos en papel tostado, clasificados por orden de aparición con la letra inglesa de su madre trazada con el punto de oro de su pluma estilográfica, una letra que sólo la saben hilvanar los últimos educadores de la Tierra, los únicos que sólo necesitan para enseñar una memoria portentosa, medio dedo de pizarrín y una sonrisa imborrable.
- Los viejos que esperan la muerte, olvidados de sus hijos, son seres desgraciados que no saben disimular su soledad. Al menos, nosotros los guardamos para que nos laven las manos después de expirar -solía decir L.W. Gilbert a su esposa cuando regresaba de la pobreza de sus viajes.
- Yo habría sabido retener a mis nietos junto a mí - respondía doña Berta.
Estaban conformes con la cercanía de sus hijos. Por eso no se quejaban. En el fondo estaban felices con su presencia. Les habían enseñado a no molestar. Y cuando alguno de ellos les pedía algo, aunque ese algo fuera dinero, lo hacían con tal mansedumbre que la dicha les embargaba por haberles dado unos hijos buenos.
L. W. Gilbert escribía descalzo. Algunas veces, en los calores del verano, también se ponía un taparrabos. Si llamaban a la puerta cuando estaba trabajando y no había nadie en casa, bajaba los dos pisos, abría la puerta y esperaba el recado con el lapicero en una oreja. “Los que llaman a nuestra puerta siempre vienen a dejar recados para nuestros hijos”, le decía a doña Berta.
- Se asombran de ver a un hombre en taparrabos -le respondía su esposa -.Son amigos de tus hijos.
- ¿A qué edad maduran los hijos ahora?
- A la misma de siempre. Sólo que maduran distinto. Para saber la hora miran en la pantalla del teléfono móvil. Nosotros escuchamos el reloj del Ayuntamiento o el de las torres de las iglesias. Así parece que la vida camina despacio. Por eso se vivía menos.
El escritor L. W. Gilbert y doña Berta mantenían largas conversaciones sobre temas muertos. Hablaban de las mariposas de noche, de los majestuosos amaneceres de los veranos, de los días de agosto en que aparecían dos soles juntos, del sabor de los alimentos pasados, de los bichos de luz. Hablaban con mucha erudición. Y cuando desconocían el significado de una palabra, miraban el diccionario con sus cabezas juntas, a la altura de sus frentes y reían el hallazgo.
En una ocasión, L. W. Gilbert contó a doña Berta que cuando todavía era joven encañonó a un hombre con una pistola por haber pisado la cabeza a un niño y le tuvo temblando hasta que se arrodilló a sus pies y se puso a llorar. Por toda explicación le dijo que aquel hombre era malo y que los hombres malos sólo se borran de la faz de la tierra de un tiro certero. “Temí fallar, ¿sabes? Me temblaba la mano y temí asustarlo. Un hombre que espera el disparo no hay que decepcionarlo. Es el peor de los yerros. El vengador, para ser justo, sólo tiene una ocasión”.
- El verbo “tener” me pone la carne de gallina. Hay palabras que añoran la infelicidad. Los dictadores aman el verbo “tener”- decía doña Berta.
L. W. Gilbert desayunaba y comía con su esposa y con sus hijos. Entonces se vestía su chaqueta de coderas, sus pantalones oscuros y se ponía una corbata escocesa. Algunas veces también se calzaba sus zapatos de tres suelas. Era en aquellas reuniones familiares cuando Mónica, su hija, pedía permiso a su padre, de año en año, de que le dejara enviar a unas cuantas editoriales de fama los libros que él consideraba verdaderamente buenos. L. W. Gilbert le respondía invariablemente que no había libros buenos y malos. Que había escritores con suerte o sin suerte, igual que había muertos ricos y pobres. “Añadía que ahora los escritores sólo perseguían los premios y las ventas, olvidando que la literatura es la fantasía de dar vida a un libro irrepetible porque en su escritura está la huella única del ser que la escribió”. “Los libros necesitan madurarse en los cajones de los escritores para que el tiempo los juzgue y los coloque en su lugar. Las editoriales sólo buscan el negocio, como cualquier industria.”
                                                  
El último viaje que hizo el escritor Gilbert a África fue para llevar doce toneladas de leche en polvo para un hospital que ayudaba a salir adelante a los bebés de madres contaminadas por el sida. La leche de madres enfermas de sida contagiaba la enfermedad a sus bebés. La leche en polvo les ayudaba a salir adelante. El escritor consiguió de una fábrica lechera Navarra el regalo y él mismo se prestó a transportarla, primero en avión y después en camión, acompañado de dos colaboradores.
A su regreso se encerró en el rincón del camarote de su casa, se descalzó, se vistió el taparrabos y escribió un libro. Si su mujer llegaba de trabajar a la hora de merendar, le preparaba un té cargado y se lo subía procurando no hacer ruido. Mientras el escritor saboreaba el té, doña Berta se sentaba en una silla de respaldo alto y leía despacio los folios que L. W. Gilbert había llenado en aquella jornada.
- Esta será la obra que abra el camino a las anteriores -decía doña Berta con lágrimas en los ojos.
- Tampoco hay que desesperarse. Escribir es el oficio más barato que hay -decía acariciando el cabello de doña Berta.
El escritor Gilbert tenía todo lo que deseaba en su camarote abuhardillado. Tenía tantas cosas, almacenadas a lo largo de los años, que le sobraban casi todas. Hasta disponía de una televisión en color y de una butaca situada enfrente del aparato. Por lo general, eran regalos de sus hijos, que los encontraba al regreso de sus viajes. También tenía una nevera pequeña que Gilbert la mantenía desenchufada porque era donde guardaba los paquetes de folios que le regalaba su hija.
Aquella vez su encierro duró dos años.  Dos fructíferos años que le dieron un libro gordo de casi mil páginas que según palabras de doña Berta agitaban sangre, agua y líquidos que componen la salud del cuerpo humano.
- ¡Has escrito un Nobel! ¡Has escrito un Nobel de tomo y lomo!-le decía doña Berta.
El escritor Gilbert cosió el original y las tres copias con archivadores Metálicos de Cerrojo Fastener, como lo había hecho toda su vida, y depositó sus sudores en el armario verde, al lado de sus otros veinticinco mamotretos. Como era otoño y no tenía nada que hacer, se vistió su camisa de cuadritos de Marks & Spencer, sus pantalones con vuelta, chaqueta espigada con coderas, calcetines Burlington, zapatos de tres suelas y corbata escocesa a cuadros. Echó a lavar su taparrabos y una camisa que compró en un viaje a Buyumbura y salió a pasear a la orilla de la mar como premio a su tesón. Seis meses más tarde su hija le leyó un folio con el membrete de una editorial de moda.
“-¡Por fin, sabio entre los sabios! Estas sí son alabanzas”.
Luego la leyó su hijo:
- ¡Joder viejo! Ya tengo un padre que tratan como a García Márquez. Ahora a vivirla.
 Doña Berta la dejó para leerla en la soledad de su habitación. Esperó a su marido sentada en la butaquita de descalzarse. Se acostaron sin mirarse a los ojos. Apagaron la luz y hablaron a oscuras.
- Creo que ambos pensamos lo mismo - dijo la maestra de sordomudos.
- Que ya no merece la pena meternos en el bombo de los recién llegados. ¿Pensamos igual? ¿Qué número de “excelente” tomo hace?
- El veintisiete.
- Veintisiete libros para satisfacer las alforjas de nuestros hijos. No merece la pena magullarse las posaderas en los asientos de nuestros trenes para llegar a una librería donde no te conocen. He llegado tarde.  Al fin y al cabo, yo siempre seré el escritor y tú la esposa del escritor.
Doña Berta subió las siete escaleras que les separaban del camarote y cogió el libro que iba a dar fama a su marido y dinero a sus hijos. Tenía toda la noche para pensar un lugar seguro en donde esconderlo.


FIN



miércoles, 11 de julio de 2012

Y TENÍA CHIQUITO EL PIE...


Mi padre, antes de morirse, me dijo que de vez en cuando pasara por el cementerio y cantara a mi madre aquella canción que le solía cantar él las tardes de verano, cuando bajábamos a la playa a mojarnos los pies: “Y tenía chiquito el pie, como una nuez…”
Iba de noche, cuando corrían las ratas. Lo hacía con estrellas, con luna o sin luna, pero no con el cielo encapotado. Los que conocían mi costumbre me llamaban bohemio. Una mujer me decía con la respiración muy agitada que era un romántico. Alguna quiso venir conmigo para acompañarme con la guitarra. Yo les apartaba la ilusión del paseo nocturno contándoles la verdad: que aquello eran cosas de la familia, intimidades. El cementerio de mi pueblo está encima del acantilado. Algunos dicen que las tumbas se desfondan las noches de polvos de estrellas y que los cuerpos de los muertos regresan al mar, al mismo lugar de donde salieron. Generalmente lo cuentan los marinos en las bajamares de primavera y de otoño. Los marineros tienen mucha imaginación.
 Caminaba por un sendero de tierra que me llevaba a una casa sin puerta en donde vivía un viejo al lado de un huerto de hortalizas. El viejo me prestaba una escalera hecha con palitroques. Yo le dejaba al lado de la puerta de su casa un paquete de cigarrillos y una botella de vino tinto. El viejo era algo filósofo. Un día me dijo que sólo alquilaba la escalera a almas sin rumbo.  Otro día me soltó que los que iban por la noche a los cementerios eran ladrones de almas o viudos inmaduros. Prestaba la escalera a una sola persona por noche y siempre después del telediario. Decía que dos vivos que se tropiezan en un cementerio con la noche puesta, se les podía reventar el corazón, por el respingo. Una vez no pude usar la escalera. Se me adelantó una madre con tres hijos muertos en un incendio. El viejo de la escalera me explicó que la desolada mujer traía café caliente en un termo de plástico “Dice que el café fuerte alivia a los muertos, aunque sean niños”. Ella los quiso poner juntos en un ataúd para tres, pero el cura no les dejó.
Para colarse en el cementerio de noche había que trepar quince peldaños hasta la cima de la tapia, sentarse a caballo en su cresta, arrastrar la escalera y bajarse por el lado del cementerio. Después había que descender los quince peldaños y caminar por la vereda de guijo con los ojos distantes para encontrar el panteón de mi familia. Esculpido en mármol blanco, un ángel adulto con alas de gavilán y medio cuerpo desnudo, arrodillado en la proa de lo que fue una embarcación, adelanta sus manos por encima de unos peñascos de arenisca, para protegerse de ellos y de la tormenta que lo arrojan a la muerte. Algún gamberro había pintado de negro los ojos del ángel, que nunca se los pude borrar. De día parecía un ángel infernal, de noche, un ángel ciego. Antes de correr la losa de mármol que daba a las escaleras, trepaba a una roca musgosa y depositaba un beso obsceno en los labios del espíritu celestial.
- Aquí vengo yo -decía con voz silente.
 Después saludaba a una muertita vecina del panteón de la familia. Se llamaba Asuncita Forjador Ea, que se ahorcó de la rama de un melocotonero en flor con una cuerda de saltar a la comba a la edad de siete años porque había pescado para cenar y a ella no le gustaba el pescado porque las espinas le pinchaban y tenía pavor a las bolas marfileñas de los ojos de los peces pequeños. Después de ahorcarse tenía pensado ir a jugar a las tabas con sus primas. Pero seguramente se le olvidó. En los cementerios es donde más desvaríos encuentras por metro cuadrado. A Asuncita la enterraron en un ataúd blanco con colgantes de algodón en rama y un escapulario de detente bélico, que su padre había llevado en la Guerra, encima de su corazón.
En el panteón de mi familia había doce escaleras hasta la base de un altarcillo de mármol cubierto con un mantel con puntillas sobre el que descansaban dos candelabros. Nunca encendí el pabilo. Los muertos prefieren la oscuridad. No olía a muerto ni a rincón húmedo. No olía a flores secas, ni a musgo, ni al  incienso que solía encender mi tía soltera algunos domingos. Olía a nada. Un día, sentado en las escaleras de abajo, casi al pie del altar, pensé que podría oler a escarcha. Yo he sentido mojar mi pelo al polvillo de las estrellas que se desprende del cielo. Pero como no creo que las tumbas se vacían por abajo las noches que hay polvos de estrellas, no se lo he dicho a nadie. La luna alumbraba las dos losas de detrás del altar en donde habían compuesto con letras de acero los nombres de mis antepasados más lejanos. En la balda superior de la cabecera, en una caja de zinc, estaban los niños de la familia, en la inferior, la de los adultos. Mi abuela, antes de fallecer, distribuyó las baldas para los que quedábamos vivos, a la derecha y a la izquierda de las escaleras. Todos conocíamos el lugar que nos correspondía. Me he tendido en numerosas ocasiones en mi sitio. Algunas noches también he limpiado mi balda con mi pañuelo de bolsillo.
No hablaba con los muertos de mi familia. Sólo tocaba con mis nudillos la losa de mi madre para despertarla y le cantaba el recado de mi padre. Yo sé que los demás muertos, lloraban. Aquello no era nuevo para mí. Lo había visto hacer en un cementerio de Colombia, en Pereira, cuando anduve de periodista por allá algunos años después del terremoto que asoló a la ciudad. Las mujeres se descalzaban y golpeaban con los tacones de sus zapatos las losas de mármol antes de ponerse a charlar con sus muertos de esto y de aquello sin ningún pudor. Algunos hijos cantaban rancheras a sus padres. Y también tuve la ocasión de escuchar cantar a dos ancianos a sus hijos una canción que me dijeron que era del departamento de La Guajira, dos gemelos que se ahogaron cuando pescaban en el río Otún. Otros contaban lo cara que estaba la vida y las desgracias por las que pasaba la familia por culpa de los jodidos políticos y de la droga. Algunos amigos del difunto llevaban en una hoja apuntes de chistes y cuando creían que el muerto se había desperezado bien a su gusto, se lo contaban para ver si tenían la suerte de escucharle reír. También vi a un viejo escalar al ara de una inmensa cruz clavada en un panteón de ricos y disparar al cielo con un colt revolver del 45 seis tiros para anunciar a la familia que el obispo iba a comenzar el rosario para los muertos de su familia.
Otras veces echaba cabezadas en mi balda. Al romper el día, a la hora de devolver la escalera al viejo que tenía un huerto, me sentía cansado, pero reconfortado. Una mañana se me trabó el pie izquierdo en un travesaño de la escalera cuando andaba por arriba del muro del cementerio y me caí al huerto de hortalizas del viejo. El hombre corrió a socorrerme. Le escuché decirme: “Su cuello ha hecho crac”. Se me partió el cuello. Desde entonces, ya casi tres años, estoy tendido en una cama sin poder mover apenas la lengua y los ojos. Por los cuarenta kilos que he perdido, pienso que ya me queda poco tiempo para que me lleven a la balda que me destinó mi abuela.
Lo que más me preocupa es que no me queda nadie en la familia para enseñarle la canción: "Y tenía chiquito el pie..."  La vida es una vaina. "Un bolero cojo", como decía una puta célebre de la desaparecida Palanca de Bilbao.
                                                          FIN                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

     P.D. Si es que vuelven al Blog: muchas gracias a los diecisiete nuevos lectores argentinos. A ver si llegan a los veintisiete. Nos vemos.                                                              





domingo, 24 de junio de 2012

MOCHITA (AÑO MCMLIX)




- ¡Mochita, enana! ¡El artista está aquí! Viste una chaqueta de terciopelo negra y un pañuelo amarillo para secarse las lágrimas. Es hermoso como un rey italiano con olor a billetes de Banco.
- En Italia no hay reyes.
- Tienes lotería premiada, Chita, enana. ¡Has enamorado a un barón!
- ¿Ya son las diez?
- Y dentro de una hora, las once.
- ¡Qué sueño más largo me dio esta noche! ¿Ya ha bajado del coche el barón? -dijo Mochita.
- En ello está con la ayuda de su chófer. Hoy no te libras de ponerte en pelota, que trae un lienzo grande, Chita.
- ¿Me has cosido las puntillas?
- Un trabajo de monja. Te aseguro que un lienzo tan grande da para más que unas bragas con puntillas. Es tu potito, Chumi, que tu potito es arte fino. El Barón no quiere bragas. ¡Quiere tu potito chiquito, enana!
- ¡Deja de escupir mocos! Mi pintor es un viejo perdido en sus recuerdos de París, cuando pintaba a divas con más lustre que nosotras.
- Los potitos de París son de muñecas de cartón. Tu potito en francos, ¿Cuánto vale tu potito en francos, mochita?
- ¡Cien francos!
- ¡Mil!
Mochita salta de la cama empujada por un muelle. Vacía su cuerpo de ropa de dormir dentro de la ducha y la tira al suelo. Aurora, la Chichi, flaca como una faneca sin tripas la recoge y la pliega. Suena el arpa del agua y los gritos cortados de Mochita. Aurora separa un dedo el visillo de la ventana.
- El chofer trae flores. Te traen flores rojas y unas pequeñas, azules. Parecen mariposas. Quiere que poses desnuda, con el potito para alante. ¡Pídele la luna y un saco de estrellas de oro!
- Don Jaime no es guarro. Es un artista de verdad. Son flores de adorno. Las coloca aquí y allá. Y a mí me manda sentarme así y asó. ¡Qué fría está el agua! ¡Chichi, que se me queda el chumi chocho. Don Jaime es puntual. Me dirá que son más de las diez -sopla pompas, Mochita-. Y le nacerán fuegos malos en los ojos. Tiene fábricas de hacer hierro, ¿sabes?
- No te embobes, Mochita. No te embobes.
- Escucha, alma de Dios. Dime si mi viejo se muerde sus labios con sus dientes. Baja y sube y dime si las flores traen olor. Llévale al salón, al pie del escenario. Me quiere retratar delante del contrabajo sentada en una silla de rejilla, Chichi. Me quiere hacer un retrato universal, pero yo tengo miedo a las pulgas, que son grandes como lobos.
- ¡A mí como si te retrata en la catedral! Avisa a la doña que vas a tener ocupado el salón.
- Hasta la hora de comer.
- La doña no está para pamplinas. Querrá cobrar a tu pintor un montón.
- Un montón de palabras. La Jefa sacará toda su mala leche y escupirá un montón de palabras. Pero ella es puta vieja y sabe ser señora. ¡Qué empaque tiene la doña cuando se pone las medias para ir a misa! ¡Parece una diva! Y si se viste mantilla, la Señora del Pardo parece a su lado sirvienta de taberna. ¡Qué de olés ha recibido la madama! En Barcelona dicen que cuando pasaba por delante de la catedral el Monseñor Cardenal salía a darle la bendición con un hisopo militar.
- Voy y se lo digo.
Chichi baja tiesa las escaleras  y gira sus flacuras hacia la cocina del burdel en donde la madama, gran vedette de las noches, remueve un puchero de lentejas con oreja de cerdo.
- Me dice Mochita que te diga que va a tener la sala de fiestas hasta el mediodía.
- Mochita ha cautivado al viejo. ¡Cuando hay amor! Abre la puerta al señor, mujer, que viene a pintar a la niña en pelota picada delante del violón. Deja. Mejor que le abra yo y le dé la bienvenida.
La madama sale al salón y se coloca bien los rizos frente a un espejo. Coge una botella de San Roque y bebe a morro un trago largo. Remueve su cabeza como un caballo y retumba el suelo con una zapateta briosa.
- ¡Adelante don Jaime, Barón de Chapín! – dice la doña abriendo la puerta.
-Escarpín, querida Estrella, Escarpín. Barón de Escarpín por gracia de Carlos VII.
-Déjeme. Yo le ayudo. ¿Qué trae en esa bolsa? Es un mantón de Manila, ¡a que sí! ¡Mi Mochi con un mantón de Manila!
- Rojo y azul. De mi madre Galdeana De´lmit. Huele a flores de anís de Sierra Navarra.
- Mi abuela era Miguela Arrobo. ¿Verdad que los nombres de antes huelen a antiguo?
- Usted se llama Estrella Arrobo.
- Yo me llamo Estrella Jarabo Arrobo.
- Suena a miembro del Partido Comunista.
- Mi nombre completo es María Estrella.
- Dicho así suena a puta de tronío.
- Llámeme Jaime. Ya solo falta el lienzo. Y las flores. El lienzo y las flores están contra el muro de la casa.
- ¡Mochita, enana! ¡Ha venido don Jaime a retratarte el coño delante del violón! ¡Seguro que lo colocan en el museo de Bellas Artes!
- ¡Qué cabrona eres! -exclama la Chichi con fuego desde encima del tablado!
La Chichi barre el escenario donde toca la orquestina de siete de la tarde a tres de la mañana. A partir de las once y cada hora, canta Estrella, la vedette, boleros mansos con trémolos angustiosos que sacan truenos de la piel de las manos del personal. También se atreve con una marcha en alemán, ataviada con unas bragas de oro y un sostén con ribetes de guata teñida de rosa. En su cabeza un arco de Bará que robó en el Molino de Barcelona. Y para terminar su actuación una canción picarona compuesta por un estudiante de ingeniero que cuando ella dice: “¿Qué me picará?”, los golfos noctivagos gritan levantando sus vasos “¡El coño!” Es cuando a la Chichi, Aurora, le corre un escalofrío y brotan lágrimas de sus ojos de muñeca y cuerpo de gata flaca de tejado. ¡Aquello es triunfar! Una noche Estrella le dejó subirse al escenario ataviada con un vestido verde yerba, largo, ceñido, como Marilyn Monroe, como Marilyn pero con caderas de faneca, pelo lacio, plana de pecho, plana de todo. Y cantó el bolero que cantaba su madre cuando barría el patio de su casa, el mismo que cantaba ella por las mañanas cuando barría el escenario, muchas veces con los focos encendidos, con las bombillas de colores del fondo también encendidas y con el micro en ON.

Sevilla tuvo que ser
Con su lunita plateada
Testigo de nuestro amor
Bajo la noche callada
Y nos quisimos tú y yo
Con un amor sin pecado
Pero el destino ha querido
Que vivamos separados…

Y allí se le fue la memoria y casi se caga. El público la terminó en orfeón y ella dibujó tres pasos de bolero. Desde entonces la Chichi sólo sube al escenario a quitarle el polvo al contrabajo, a la piel de los tambores, a los platillos, al teclado del piano que tocaba don Adolfito con dos dedos de cada mano, cuatro dedos en total, y para recorrer las teclas, las 88 teclas del piano, usaba media pinza de tender la ropa. Don Adolfito tocaba por tragos de cerveza, no por botellines, por tragos. ¡Mira que hay gente rara, tú! No quería cinco pavos por nada del mundo. Esos se los chorizaba a su mamá. Don Jaime le pidió que posara para hacerle un retrato, pero don Adolfito que antes muerto que posando para un pintor de Neguri que le colgaban los cuadros en los museos. De eso sabía mucho Mochita, pero sabía permanecer chitón con las cosas de los señores. Mochita quería llegar a ser puta aristocrática. Por eso no se iba a la cama con hombres con las uñas negras.
Mochita cumplió los veinte en Candelas, pero su mirada maliciosa le hace parecer una niña de 13 años. Mochita llega al salón al mismo tiempo que don Jaime. La Chichi, que no puede estar callando, da las novedades desde el escenario:
- Miss Tánger ha estrenado un abrigo de astracán y como le da calor se lo pone encima de la combi.
- Miss Tánger era la mujer más hermosa que trabajaba en Pigalle hace cuarenta años. Yo robé en casa media docena de banderillas de la plaza de Sevilla y una docena de cubiertos de plata para poder ir a verla. Lo vendí todo en el Mercado de las Pulgas y me duró una semana. Un tendero catalán le regaló un par de pendientes que hurtó del tesoro de la Moreneta. Se los ponía cuando trabajaba con Josefina Baker. Bien. Ahora quiero quietud y silencio. Quiero estar sólo con esta señorita. No lo digo por su pudor. Ella guardó un día su pudor dentro de su ropero y lo tiene perdido. ¿No es cierto? Cuando llegues a vieja como Miss Tánger, entonces lo echarás de menos e irás a buscarlo y te lo volverás a poner. Todos los viejos se vuelven pudorosos.
- ¿Tú perdiste tu pudor, don Jaime?
- Los artistas nacemos sin pudor. Los artistas que tienen pudor no triunfan. Llevan el fracaso pintado en su mirada.
- Tus amigos que vienen a ver a Miss Tánger no son artistas y no tienen pudor.
- Tienen dinero. Son ricos. Los ricos tampoco tienen pudor, pero lo disimulan.
Don Jaime se sube al escenario y sienta a Mochita con las piernas separadas en la silla de culo de rejilla. Le ruega que deje colgar sus brazos muertos y que no cese de mirarle a su frente.
- No a mis ojos. A mi frente.
El carboncillo rasga el silencio. Al rato, dice Mochita:
- Yo no conocí a mi abuelo. Tengo que hablar para no dormirme.
- Aunque te haga cosquillas una mosca, ignórala.
- No conocí a ningún abuelo. Uno era marinero y el otro anarquista. El marinero se ahogó y al anarquista lo fusilaron. Si tengo que decir patata para dibujar una sonrisa, me lo dices.
- No soy fotógrafo. Además, quiero que estés seria como un torero en la arena.
- No sé.
- Sabes estar formal.
- Poco.
- Permanece formal, poco. Dime cómo se llamaba tu abuelo marinero.
- Creo que Bernabé. Era el padre de mi padre. El Anarquista se llamaba Isaías.
- Isaías fue un escritor muy fino. Escribió el principio del libro que lleva su nombre, que a su vez fue el primer libro de la Biblia.
- No creo que él supiera eso. Su mujer quemaba los libros para hacer fuego. Un día salió de casa y ya no regresó nunca. La mujer de Bernabé era mi abuela. Te voy a contar. Verás. Cuando yo tenía cinco años, una noche de tormenta mi padre y yo sentimos que alguien cerraba la puerta con un golpe fuerte. Salimos los dos a la calle y sólo alcanzamos a ver la parte trasera de una camioneta.
“- ¡Regresa, cabrona!” -dijo mi padre a la camioneta. Mi padre comenzó a llorar y me acariciaba el cabello y se le mojó el rostro. Y a mí también. La camioneta giro arriba y pasó por delante de nuestras narices. Al volante iba un hombre, al lado de mi madre, que echó una carcajada.
“- Me has tratado demasiado mal durante demasiado tiempo. Ahora tendrás que acostumbrarte a lo que es verdaderamente malo.” Sólo tenía cinco años pero me acuerdo palabra por palabra. Le habló así de largo. Y yo recuerdo como si fuera sólo una palabra. El motor hizo run-run. Dos acelerones para anunciarnos que nos quedábamos solos. Que me dejaba a mí para que me cuidara, que en la cocina había ropa sucia en todas partes y sartenes con lepra, pucheros negros, calcetines y calzoncillos. Que en el centro de la mesa de la cocina, entre montones de platos, tazas, un bollo con mantequilla cubierto de moscas, quedaba la caja de las facturas impagadas: las letras del coche, el tercer aviso de la tele, facturas del gas, del teléfono, de la luz, del agua.
Al amanecer el sol nos cego. Mi padre arrancó el coche e hicimos de una tirada los seiscientos kilómetros que nos separaban de casa de la abuela Rosa, la mujer de mi abuelo Isaías. Yo no lloré en todo el trayecto. Me lo pasé jugando con un caracol de cáscara rosa y mirando los ojos de mi padre. ¡Mi padre! Mi padre me dejó allí con mi vestido amarillo, sin zapatos, ni calcetines ni bragas. Sólo con ganas de orinar, tantas que me oriné en medio de la cocina y la abuela me pegó fuerte y me acostó en su cama, la única cama que había en el único cuarto de la casa. Cuando desperté mi padre ya se había ido. Mi abuela me compró un par de botas de cuero de segunda mano, unas medias color carne, bragas y un vestido de terliz rosa y blanco. Si no hacía frío mi abuela me llevaba los domingos a pedir por las casas. El dinero lo guardábamos en una lata y la lata la escondíamos tras unas botas muy viejas. Cuando me hice más mayor la abuela me confesó que aquellas botas era el calzado que mi abuelo llevaba el día que lo fusilaron.
- Ya puedes decir patata -dijo don Jaime-. Es para ver tu sonrisa tras tantas desgracias.
- No lloro desde que soy puta.
Fue entonces cuando don Jaime descubrió el secreto de su rostro. Descubrió el alma que llevamos todos los individuos escondida. Sintió un escalofrío como siempre que lograba penetrar en “el alma” de su trabajo. Borró la comisura de sus labios y le bajó la raya de los párpados. Todo muy rápido. Con la rapidez que clama el arte de saber captar el rayo que dibuja el temperamento del retrato. Don Jaime se reía como un niño. Le sobraban sus dedos para plasmar en la tela la triste sonrisa que había remanecido como un rayo de sol polar entre las nubes negras de una tormenta.
- ¿Quién te llama Barón? -preguntó Mochita.
- Los recepcionistas de los hoteles. Tengo la intuición de que vas a ser famosa. Tu velada sonrisa terminará en un gran museo.
- ¿Y el violón? ¿Y lo otro? ¿Cómo vas a pintar mi coño sin haberlo visto?
- Un cuadro no se pinta en un día. O quizás sí. Saca un trago de algo.
Mochita sirvió dos mostos. Dejó las copas encima de un atabal. Puso un disco de Antonio Machín. Bailaron al son de la voz del negro:

Mira que eres linda
Que preciosa eres,
Verdad que en mi vida
No he visto muñeca más linda que tú:

Con esos ojazos
Que pareces soles,
Con esa mirada
Siempre enamorada
Con que miras tú…

Desde aquel día, Don Jaime sacaba el lienzo del cuarto de Mochita, ordenaba sentar a la joven delante del violón y se quedaba traspuesto durante cuatro horas sin abrir un tubo de óleo, sin soplar los pelos de los pinceles. Se quedaba mirando el boceto de Mochita, el mejor boceto que había pintado en su vida y el miedo a estropearlo, a plasmar la inmensa realidad que había creado, le atornillaban sus huesos hasta dejarlos sin movimiento. Cuando comprendía que no iba a manchar la paleta, cubría el lienzo con el mantón de Manila y decía con una inmensa tristeza:
- Anda Mochita, saca mosto con aceitunas y pon un bolero de Machín.
- No lo vas a terminar. Sé que nunca vas a terminarlo.
- ¿Qué dices Mochita?
- Que el cuadro ya está terminado. Si lo ensucias aunque sea con una rayita, lo vas a joder.
- ¡Qué lista eres, Mochita! ¿Por qué te metiste puta con lo lista que eres?
- ¿Crees que las putas somos tontas? Si no vas a terminar este cuadro con color, con el chal, es mejor que empieces otro.
- ¿Viéndose el potito?
- ¡El potito, el mantón de Manila y el violón!



                                                                  FIN


P.D. Desde el día 3 de febrero de 2012 he publicado 8 cuentos, todos ellos todavía presentes en mi blog.  Según el contador de entradas, comenzaron a leerlos dos docenas de amigos. Hoy es el día que los leen una media de quinientos lectores. Mi agradecimiento más profundo a todos ellos.
J.J. Rapha Bilbao.