lunes, 16 de abril de 2018

PEDRO MIRASIELOS USA SOMBRERO TIROLÉS

Mi madre tenía un amigo que usaba sombrero tirolés, llevaba un cigarro puro apagado en la boca y se tapaba el pescuezo con un pañuelo con canarios de color limón. Se hacía llamar don Roberto Mediavilla, aunque yo había oído que los más conocidos le llamaban Pedro Mirasielos, quizá porque se le torcían los ojos al mirar a las mujeres.
Mi madre recibía a don Roberto los jueves a las ocho. Cenaban en la salita que se veía el mar: pichoncitos en su jugo y triangulitos de chocolate con nata fresca, los que hacía el pastelero de la esquina por encargo. Si los pescadores de caña traían una  dorada, mi madre se ponía el delantal y la cocinaba de mil amores. Siempre conocí a don Roberto con sombrero tirolés. Decía que lo compró en Italia, pero yo leí en su badana Made in Sabadell. Mi madre aseguraba  que en algún tiempo lució una cabellera con blondas como las olas de la playa.
- ¿Por qué no se pone ahora la peluca?
- ¡Porque se la llevó el viento, niña tonta! Voló como un mochuelo un día que salió el Sur de sopetón. El Sur siempre llega de sopetón. Como la muerte.
Niña Tonta. Es el nombre más cariñoso que mi madre suele emplear. Lo que ella nunca ha sabido es que cuando me llama Niña Tonta, yo me cago en las alas de sus ángeles custodios, de pura risa. Ella tiene querido y cree en los cuentos de hadas y en la Historia Sagrada. Es una de sus extravagancias. Mi madre dice que una señora de bien tiene de dos a tres ángeles custodios. Y si le llevas la contraria, te puede arañar. ¡Ella si que es tonta de remate! Don Roberto Mediavilla también es de lengua sucia. Se caga en parientes de mi madre, pero sólo lo hace cuando ella grita como una rata en el orgasmo de los jueves. A don Roberto le da igual que mi madre grite como una rata. Dice que es normal que las mujeres griten como ratas. “¡Qué culto es, qué culto!”, dice mi madre acariciándole la papada. Así es ella feliz. Y yo paso el tiempo sin comerme un churro.
Al tocar el arpa en la Sinfónica veo a muchas mujeres buscar con sus uñas los pajaritos de sus parejas dentro de los nidos de sus braguetas. Desde el escenario la acústica es inefable. Algunos pajaritos pían hasta estropearnos el concierto. No se lo cuento a mi madre porque se horrorizaría. Otra de sus extravagancias. ¡Yo a gozar y tú a tocar el arpa!  Quise ser pianista, pero como teníamos el arpa del abuelo en el salón, tuve que romperme las uñas.

- ¡Ay, Sesenita mía, mi Sesenia! -exclamaba el doctor Jarabe desde su palco de abonado. El idiota está tan senil que no se da cuenta que le oye todo el patio de butacas.
Cuando terminaba el concierto, el doctor Jarabe, también amigo de casa, corría al camerino con dos jícaras de hielo picado y yo le dejaba tomar mis ardientes manos para que introdujera mis dedos en el frío. 
- ¡Ay Sesenita, mía! ¡Qué gran arpista eres! ¿O se dice arpera?
- Arpista, doctor. En España se dice arpista.
- Ya. Como papista.
- ¡No se va a decir papera! Ustedes, los colombianos tienen un deje a Cervantes, pero tirando a loco.
- No me cambie el Continente, Sesenita. No más que portugués. De ahí al lado. De debajo del Sil. Ya sabrá que el Miño lleva la fama y el Sil las aguas. Servidor estudió medicina en Santiago de Compostela. Y Geografía de España con don Herodoto Polar, en una Academia que regentaba con una hermana suya que estaba casada con un tuareg que nos enseñaba árabe. Si ya se lo tengo dicho, mi niña Sesenia. Una cosa dura, sí que le debo preguntar. ¿Por qué a su madre le llaman doña Putella si en italiano se dice Putarella? Creo.
- ¿Quién nos lo podrá aclarar? Mi madre es de Conejares, provincia de Soria, hoy abandonado por el crimen de un niño.
- El Marqués de Santillana cantaba aquella serranilla:
   
Partiendo de Conejares,
Allá suso en la montaña,
Çerca de la travesaña,
Camino de Trasovares,
Encontré una moça loçana...

 Desde mi butaca veo las blancas lúnulas de sus uñas emergiendo de la cascada de notas de su arpa. ¡Ay Sesenita, déjeme besar la lúnula de su dedo corazón! No más que rozarle con mis labios y mi cara se convertirá en la de un muchacho en flor. En flor, mi niña, para regalársela a usted.
Mi madre, doña Putella, escucha las conversaciones del doctor Jarabe conmigo, porque con otras mujeres es soso y cortado. El viejo estival me barniza las uñas con emoliente (aceite de almendras dulces) y entonces entra en mi alcoba mi madre para que le frote los pies. Mi madre estira con tontería sus rodillas y deja caer sus piececitos encima de la bragueta de botones del doctor; botones de hueso de ballena, no de cualquier mezcla de huesos de bacalao. Nos lo juró él que eran de ballena. Y escuchándonos con delicia, esperaba que la rana del doctor Jarabe elevara su cabeza para comenzar a croar. ¡Qué trampas de sabia sabía!
- La pelusilla de los plátanos de jardín  me hace toser hasta echar la pota en la orilla de la alameda, por donde desemboca el río en la mar y pescan los pescadores con caña. 
- Hay plantas que matan. Pero casi todas curan.  Usted cuénteme el crimen del niño que sucedió en Conejares, doña Putarella.
- Putella, doctor Jarabe, Putella. ¿Prefiere usted que le llame Poctor Patabe?
- ¿Era crecido el niño?
- Como los de su edad -dice mi madre muy chusca.
- ¡Qué le den morcilla! -exclamaba el doctor Jarabe sujetándose los dientes de arriba.
 Madre e hija levantan la cortina otoñal: manzanas arrugadas y calabazas en un caldero pintados en el telar. Es otoño. El cuarto da a La Alameda con las hojas muriéndose en el viaje de las ramas al  suelo, al camino que da a la mar. Parece un lienzo romántico.
 Los pescadores de caña van a un agujero en donde duermen los mubles y las bogas. El agujero está debajo de los muros de la ermita y los primeros pescadores que llegan despiertan a los mubles y a las bogas con tripas de atún. Si coincide el atardecer con la subida de la marea, docenas de pescadores vigilan su corcho pintado de rojo y blanco.
Sesenia también quiere que su madre cuente la verdadera historia del niño asesinado en Conejares.
- ¡Ya estoy harta!  ¡Que os lo cuente Pedro Mirasielos!
- Duerme.
- ¡Quítale el tirolés de su rostro y se despertará!
- Dice que sin Tirolés se le escapan los sueños. ¡Qué repajolero es el tonto del haba! Desea ser siempre feliz y no entiende que eso es imposible, que los empachos de felicidad también matan.
Entre los álamos que corren a la mar, plantaron un abedul y a su alrededor crece la yerba más negra. “Dicen que allí yace enterrado un pescador viejo que solía pasear con un perro, un pescador  que escribía poesías a su perro porque había olvidado el olor de las mujeres. ¡Pobre viejo!” También cuenta que en su vida ha gastado cinco perros, entre grandes y pequeños.
Sesenia usaba leotardos negros. El barro de sus zapatos era añejo, duro, de trotar por el campo y por el bosque de pinos. Para las galas tenía unos nuevos con pompones de moaré haciendo aguas verdes. El vestido de gala, negro con bordados, con las mangas rematadas con zarcillos de organdí. 
- Vámonos de este pueblo, madre. Sólo hay pescadores locos que despiertan a los peces con tripas de tiburón.
- ¿Y qué hacemos con don Roberto y su tirolés?
Sesenia tiene un sobre blanco con la barriga abultada. Lo abre con parsimonia y saca un puñado de billetes.
- El dinero de tus conciertos es para que pinten el arpa de verde, ocre y le pongan panes de oro. Está desportillada. Además, si no nos acompaña Mirasielos, yo volvería a ser señora de la limpieza. No quiero ser señora de la limpieza. Sesenia, hija mía. No permitas que vuelva a ser señora de la limpieza. ¡Las criadas nunca son señoras!
Mi madre no ha sido señora de la limpieza. Ella siempre ha sido señora de tronío, polvos y picardías. Tiene un conjunto verde con transparencias simétricas que le cubren el sexo como a un ojo tuerto. ¡Es su preferido! Cuando se lo pone va guerrera, maúlla fiero, araña el suelo con sus tacones de clavos, tanto es su poder que don Roberto Mediavilla suelta la panocha sin contar, todo en billetes, nada en níquel como en las propinas de los camareros. Allí, en la mesa de los cafelitos, olvida don Roberto su tirolés lechugón y sale a las estrellas con la cocorota temblona por el rocío.
Ahora dejo pasar al médico para que escuche mi arpa en las horas de ensayo. El viejo me trae buñuelos freídos en aceite de maíz con canela. Sólo muerdo uno y la grasa, que se me queda en los dedos, no me deja golpear con fuerza las cuerdas de mi arpa y mis yemas resbalan borrachas hasta que voy al baño, me lavo las manos y limpio con un paño las cuerdas. El doctor Jarabe me pide perdón y al sonreír como un muchacho trasto muestra sus dientes blancos, sus dientes postizos de caballo, que encienden en su boca un rosario albo, casi rosados para su montón de años. “Fue una broma de mi dentista. Pero a mi me gustan.” Y mientras me lavo las manos, el viejo galeno come el medio buñuelo que yo dejo en la esquina del plato y se relame los labios buscando el sabor de mi carmín.
Los pescadores llegan en la bajamar. Las singueras en donde aprendí a flotar descubren sus crestas y algunos muchachos bajan por la escalera de hierro y levantan piedras en donde se esconden los carramarros. Los cogen y los guardan en un bote de conserva para usarlos de carnada. Si tienen suerte, luego, con la mar subiendo, quizá una lubina voraz muerda el anzuelo donde rompen las olas con ruido y el pescador toque nuestra puerta para ofrecérsela a mi madre.
- Señora, recién pescada, abajo, en el rompiente.
- ¿Cuánto hace?
- Para usted cinco duros.
- Espera pescador. -Mi madre entorna la puerta y dice a don Roberto-: Una lubina. Cinco duros. La cena.
Don Roberto saca su cartera y saca una moneda.
- La quiero al horno, con sofrito de ajos y pan rallado.
- Tráela chaval. Ya lo has oído. El señor la quiere al horno.
- ¡Qué les aproveche! ¿Hoy no toca el arpa la señorita? Cuando hace viento Sur la música llega hasta la rotonda de la ermita y los peces se vuelven locos. 

Sesenia corre a la ventana de arriba y mira quién es el gallardo que le piropea tan fuerte. Es uno que le pilló la polio y camina a trompicones agachando su rodilla derecha hasta el polvo. Sesenia mueve los visillos para que le vea y se queda quieta esperando que levante sus ojos. ¡Ay, Sesenita, qué triste es el celo sin palabras dulces! El cojito la ve. ¡Ya lo creo que la ve, si no le ha quitado el ojo! Da un volatín extraño, un saludo de guiñol con algunas cuerdas rotas, cae al suelo de rodillas, se levanta como un rayo y saca un beso de sus labios. 
Sesenia cuenta el beso que le ha lanzado el pescador mientras cenan la lubina. Y cuando más rubor se le agolpa en su rostro, don Roberto Mediavilla se echa ambas manos al cuello en un gesto claro de querer acabar con su vida, se aprieta la garganta, no, entierra entero su dedo corazón en su boca y lo alarga provocando ascos acompañados de lamentos y ojos vueltos, blancos, como se han quedado a la lubina.

- ¡Este tonto se ha tragado una espina de la lubina! -exclama doña Putella anchando las piernas sin ninguna necesidad. Se levanta la doña, agarra con fuerza las manos de don Roberto, las saca de su boca, mete las suyas, una, la derecha y grita: ¡Es una espina gorda que se le ha clavado en lo profundo! ¡Qué venga don Jarabe con las pinzas de sacar espinas!  ¡Don Jarabe! ¡Don Jarabe! -grita doña Putella.
- Yo le busco, madre- dice Sesenia.
La arpista Sesenia, un ángel del arpa, sale a la calle por la puerta que da a La Alameda, corre entre las filas de álamos. Sus largos dedos bailan nerviosos, llega a la puerta de la Consulta y allí le dicen que el doctor está de paseo, seguramente por la ermita o por allá de coloquio con  los pescadores. ¡El tiempo está tan bueno! El viento Sur amodorra el paseo. Sesenia recorre otra vez el paseo cubierto de álamos y acullá lo divisa con las manos a su espalda. Llega a su lado y le explica con detalle, le explica pausadamente la historia de la lubina, su compra, el beso del pescador cojo, la gula de Mirasielos. “¿Qué le puede pasar, Doctor Jarabito?”
- Poca cosa, mi niña linda. Se ha demorado tanto en contarme el percance, con tanto miramiento y adorno, tantas flores cortadas con su lengua de oro, que seguramente ha escupido ya la espina y lo está celebrando con la mamá de usted.
- ¡Qué tontas somos las mujeres! Siempre nos tememos lo peor. ¿Qué dolor puede causar una espina en la garganta de un hombre recio?

- La asfixia, mi niña adorada, la asfixia mismamente. Deceso pleno, mi arpera, iam mortuus erit. 
                       
FIN











martes, 20 de febrero de 2018

HAY QUE GUARDAR LA ROPA


Narciso era un hombre viejo, pero todavía tenía coraje para arengar a sus vecinos subido en una caja de jabón Chimbo. Su voz, antes vigorosa, se había quedado atrapada en una tela de araña que le raspaba la faringe. Ahora expulsaba un efluvio de voz que obligaba a los oyentes a aguzar las orejas. Sus tres hijos varones luchaban en la milicia. Tenían los tres muchas cruces bordadas con hilo de oro por su hermana Felicísima en sus capotes de miliciano. Eran cruces de difuntos, una cruz por cada muerto. Cinco tenía el mayor, seis, el mediano, el pequeño tenía siete. Sumaban dieciocho. Todos muertos con bala en los frentes de la Guerra.
Narciso era su padre. Decían que fue hermoso. Tan hermoso que se quería a sí mismo. Solía ir a un pozo que remanecía en su tierra, un pozo de agua limpia, que reflejaba su estampa cuando se asomaba a sus aguas. Allí se masturbaba. Le descubrió Eko, una muchacha bellísima que sólo había aprendido a decir la última palabra de las frases que venían con el viento. Narciso le rechazó una y otra vez hasta que Eko compró al prior de la abadía una bula que rompía los desvíos de los muchachos vanidosos. Eko gozó cuatro veces con el semen de Narciso: Ángel, Adán, Andrés y la monja Felicísima. La caja de jabón Chimbo se la regaló una niña enamorada. “Aunque medres mucho, súbete a ella. Da autoridad”, le dijo la chavala. “¡Es pecado! ¡Es pecado escuchar las soflamas incendiarias contra el orden existente”, clamaba la tonsura. Narciso era un rebelde. Era un hombre malo que engañó a Eko para que le pariera demonios. Diablos con rabo y cuernos.
Cuando entraron victoriosos los rebeldes del General Franco con atabales y mosquetes haciendo guardia a la bandera roja y gualda, Narciso llegó a la carretera. Vino lívido y sin voz. Los santurrones aplaudían al paso de la Compañía y miraban disimulando si Narciso traía la caja de jabón Chimbo. “¡Aquí mismo lo fusilan!” decían los más curiosos. Pero Narciso se arrastró hasta la bandera y cuando le rozó su testa, puso la rodilla en tierra y la besó con ruido. 
**********
Antes de parir, la madre Felicísima tenía rostro de santa muerta. Estaba hermosa como un perfil de mármol de cementerio; su expresión tenía la luz de una Santa Teresa de Bernini, pero con un rictus de mujer mala, tan mala que sobrecogía los hilos del rostro de quienes la contemplaban. 

En el pueblo decíanque recibía a facinerosos, sobre todo si llevaban el sello de alguno de sus tres hermanos: Ángel, Adán y Andrés, tres rojos que simulaban misas en iglesias románicas con albas verdes de Pentecostés. Eran épocas de hacer pecados. Matar era gozoso. Los hermanos cambiaban sus creencias por una fanega de trigo. Vivir era un milagro. Había familias que se disfrazaban de celebrantes, emborrachaban el alma. Antes de Monja, la madre Felicísima había enseñado la instrucción a un batallón de reclutas y a cocinar pastelillos de moras para desayunar a un manojo de seminaristas. También dio clases de salar cecina de cabra a mujeres valientes, que pasaban la carne al frente en ataúdes infantiles con documentación falsa de un arcipreste de Teruel. La madre Felicísima llegó a escribir en su diario que aquella Guerra era una mentira sin principio ni fin, una falacia para sangrar a un pueblo acostumbrado a sufrir desde hacía cientos de años, dejarlo domado, vestido de mujer. Como las monjas aventajadas, se creía dueña de la verdad y actuaba según la soberbia de los latidos de su corazón. Unas veces transmitía a sus hermanos los sufrimientos de Jesucristo en la cruz y otras les inculcaba la cólera que debían de sentir ante las tropelías que cometían los fascistas en los cuarteles, en los desolados caminos de la Nación, envenenando hasta las fuentecillas en donde se bañaban los pájaros al amanecer. Su madre, Eko le llamaban, lloraba al amor de la lumbre. Las lágrimas le brotaban en lo oscuro de la cuadra desierta de animales, recostada contra el fregadero en la lana de su almohada. Lloraba cuando sus hijos corrían lejos y su hija Felicísima se escondía a la sombra del convento a hablar con Dios de sus planes de amor.

Una noche escuchó llamadas en la puerta. Eran sus tres hijos. El mayor, Ángel, traía sangre escondida. En la recámara de la bodega, moviendo un armario, había un cuarto secreto excavado por Narciso. Primero curó el brazo de Ángel, después movió el armario con esa fuerza sobrenatural que sale a las madres en momentos heroicos. En su interior había comida. Después, la mujer mandó recado a su hija, la Madre Felicísima, para que el secreto del refugio de sus hijos fuera de la familia. Llegó Felicísima recién confesada, con la mitad de su corazón blanqueado por la Sagrada Comunión y con la otra mitad ensangrentado con la sangre que hacían los rojos. Ayudó a su madre a disimular las marcas que había dejado el armario y aconsejó a sus hermanos  que aprendieran a vivir en silencio. Al atardecer regresó al convento a volver a confesarse. Tranquilizada por las palabras del sacerdote dijo en donde habían escondido a sus hermanos porque la mentira enturbia el sueño de los benditos.

Ángel, Adán y Andrés aparecieron fusilados al amanecer del día siguiente. Un año más tarde, la madre Felicísima parió un niño en la sacristía, en la misma sacristía que sus hermanos jugaban a hacer misas vestidos con casullas verdes y se mamaban con vino dulce de 14 º. El padre de la criatura era un artillero tuerto del bando republicano que había sido cura y ahora trabajaba de miliciano disparando a los entierros de los fascistas desde los campanarios de las iglesias cuando los curas cantaban el goodbye de despedida.
FIN

martes, 16 de enero de 2018

El PRINCIPIO

1


Fabricia Wieneken escribió algunos acontecimientos de la familia en las cuartillas que su marido empleaba para apuntar los pedidos que recibía su fábrica. Las cuartillas las preparaba su secretaria, una mujer que se embutía en un corsé  de varillas de ballena para disimular su cuerpo de gallina. Se llamaba Osiris Chichikov, pero le llamaban la Chichikova, al estilo ruso. Los anclajes para el justillo se los enviaba una prima desde el Puerto de Tórshavn, en las Islas Feroe. Osiris añoraba mucho su casa, los ahumados y a sus padres y solía desaparecer sin decir nada. Regresaba pletórica. Pero un día desapareció y ya no volvió más. Fabricia recibió una carta de su secretaria en la que le agradecía el trato recibido y la paciencia que había tenido con ella. Se despedía para siempre con un adiós lacónico y le rogaba que devolviera los anclajes para su justillo a su prima de Feroe. Fue entonces cuando Fabricia Wieneken comenzó a rasgar el papel que Osiris le había preparado para escribir su diario con su letra que imitaba campos de trigo abatidos por el viento. Hablaba de la compra de un  terreno al borde del acantilado de la playa. Gabriel Iturrate estaba tan emocionado con el relato de su esposa que robaba tiempo a su trabajo para enderezar con su aliento sus letras sesgadas, como si las palabras estuvieran humilladas por un viento que llegaba de Lucerna, la patria de su mujer.  Perteneciente a una familia de relojeros, la joven Fabricia había aprendido de su abuelo a diseñar esferas floridas y números vivos que ilustraban órbitas que luego se fabricaban en serie y los exportaban generalmente a Estados Unidos de América desde el puerto alemán de Bremen. Sin embargo, el peso real de su fortuna les llegó fabricando prismáticos de gran potencia, que los americanos ricos utilizaban para explorar las estrellas, dibujar mapas del cielo y perseguir a las pelotas de golf por el paisaje. 
Era una época en la que hombres arriesgados podían enriquecerse de manos de la industria y hasta ordenar tallar un escudo ortodoxo en el frontis de una casa de ensueño al borde del mar. Fue el quehacer de los Wieneken perfeccionando esferas de gran precisión, y de Gabriel Iturrate instalando los primeros y únicos hornos Chenot que funcionaron en el mundo, un sistema para producir hierro dulce sin tener que recurrir al alto horno y al afinado.
La familia de Fabricia Wieneken estaba relacionada con las cunas más nobles de Lucerna. Aunque había aprendido a diseñar esferas sorprendentes, también dedicaba cuatro horas al día en interpretar partituras de Mozart que le conseguía su abuelo, el hombre más rico de Lucerna, en mercados perdidos, en almonedas regentadas por familias de gitanos o de judíos que recorrían la pequeña Europa en el tiempo que dura una primavera. 
- Sólo quedan un poco lejos Sevilla y Estambul- solía decir Fabricia.
- ¿De dónde?-le preguntó una noche Gabriel Iturrate.
- De mi casa-le respondió la mujer, sin aclararle cuál era con exactitud su casa.
  
 Fabricia Wieneken era una mujer de mucho carácter. Su “carácter” surgía al no levantarse de la mesa sin haberse metido entre pecho y espalda media  botella de vino blanco. Se apreciaba su alegría porque elevaba un poco más la voz. Aquella pequeña exaltación patriótica la hacía atractiva entre muchos hombres, generalmente tímidos, que soñaban en tenerla entre sus brazos. Quizá su atractivo residía en que nadie le vio dar un traspié. Sus carcajadas de rosas recién abiertas atraían a los hombres de todas las edades y hasta el clero sacaba el rosario para disimular el murmullo que agitaba su bajo vientre. Una vez sucedió al revés. Ella escuchó la risa del industrial vasco y le buscó persiguiendo el eco de su alegría por cinco salones. Gabriel Iturrate, un hombre atractivo a juzgar por la alta burguesía de la ciudad suiza de Los Cuatro Lagos, tenía fama de sacar grandes coladas de hierro y de hacer nidos con ramas de cerezos y avellanos para colgarlos en los aleros de la casa que alquilaba para pasar algunas semanas a orillas del río Reuss y de amaestrar a una pareja de jilgueros a comer migas de pan de sus labios. Muchos años después, el nieto de Gabriel Iturrate, Jaime Iturrate, un excelente pintor experto en putas pobres pintadas al óleo, decía que su abuelo, “El Fundador”, como le llamaban en familia a don Gabriel, era el vivo retrato de Gary Cooper. De tal forma que tenía una pintura del actor en “Plumas de caballo”  encima de la chimenea de su estudio. 

Fabricia Wieneken eligió las dos hectáreas de terreno al borde de la mar en donde construyó la mansión más hermosa que nadie había visto hasta entonces. La casa, acotada por una empalizada pintada de verde, se elevó altiva arriba de la peña áspera. Era una casa con tejados empinados y ventanas puntiagudas; sus paredes terminadas a cara vista decían que algo tenía que ver con una mansión old english, estilo importado por algunos arquitectos vascos del Reino Unido, pero una torre ladeada con tejado a cuatro aguas y otra torre gótica que cubría el ábside de la capilla, daban a la casa un aspecto ecléctico. Su aspecto era colosal. Cuando se colgaban las nubes grises, pesadas como una colada de plomo, encima de sus torrecillas y palomares, semejaba una litografía romántica de cuento.
Los trabajadores de la fundición juraban que el matrimonio acudía en bata de cama a presenciar, desde una terraza construida con tal fin, los esputos de los convertidores Vessemer y que en el éxtasis de las eclosiones abrían su ropa de cama y copulaban pintando dibujos chinescos en una pared de ladrillos refractarios. Los más imaginativos decían que eran como santos y se santiguaban cuando columbraban los espíritus puros de sus patrones en la pared. Todo era desvarío. Por ejemplo, su único hijo, Fernando Iturrate, que llegó a ser el mejor carpintero de marionetas de Europa, fue concebido en la canícula de agosto.
                                         
La historia de los Iturrate podría haber comenzado mucho antes de la compra del terreno al borde del acantilado de la playa. Por lo menos cuando Gabriel Iturrate comenzó la carrera de ingeniero en Madrid. Fue seguramente el desconocimiento puntual de la vida de Gabriel, la que movió a Patricia a escribir sólo “su historia” en un momento real. O por lo menos cuando ella se encontraba ya asentada en el comienzo de su vida de casada y establecida en la tierra de su marido. 
Para conocer la vida de Gabriel Iturrate, lo más lógico hubiera sido preguntar a su madre, una mujer que, ya entrada en años, desgranaba el pasado como si fueran cuentos infantiles. 
 Fabricia ignoraba que una mañana, antes del amanecer, la madre de su marido madrugó para hacer fuego con los zuecos de ir al corral y vestirse su corsé nuevo. Le vieron tres personas en el apeadero del ferrocarril con un saco de loneta. Sólo tres personas fueron suficientes para contar minuciosamente cómo iba vestida. Luego, el revisor del tren añadió que tras pasar Miranda de Ebro, se encerró en el W.C. para ponerse un casquete con velo, pintarse los labios, darse colorete y echarse colonia Tabú, de la casa Mirurgya. Es como le descubrió su hijo entre el público momentos antes de que el Decano de la Escuela de Ingeniería de Madrid leía su nombre para que se acercara a recoger su título de Ingeniero Industrial. La señora actuó como una viuda experimentada: escondió su rostro entre sus manos y lloró sin aspavientos mientras sonaban los aplausos. Al sentir que su hijo le apretaba con sus dedos sus hombros, dejó caer sus brazos a lo largo de su cuerpo y lo miró con la misma dulzura que lo hizo después de darlo a luz. 

- He quemado mis zuecos para calentar la leche de mi desayuno- dijo lo suficientemente alto como para que su voz templada llegara a todos los rincones del paraninfo-. También he cerrado la puerta de nuestra casa con llave para avisar a los mendigos que no estoy en casa. Ahora te llamarán don Gabriel Iturrate y yo seré por fin la madre de don Gabriel. ¿No les parece un sueño? 
Nunca se había proclamado un discurso así en aquel lugar sagrado de la ciencia. Un aplauso caliente calificó de cum laude las originales palabras de aquella madre que puso el broche final a una ceremonia con tres líneas de novela. Aquella noche su hijo le llevó a cenar a un restaurante en el que un hombre tocaba la guitarra y una niña, la pandereta. Cenaron sopa, bistec y un plátano. Luciana dio a su hijo unas monedas para que las dejara en la caja de la guitarra. Después su hijo le acompañó a la pensión en la que había alquilado un cuarto que daba a un gran patio en donde había una huerta y un gallinero. Debajo de un árbol (seguramente un manzano) se dibujaba la figura de un burro. Era el Madrid de finales del XIX.

- ¿No tienen cuartos que den a una calle por donde pasen carruajes? -preguntó Luciana a su hijo. 
- Pensé que preferías ver las estrellas. Pero mañana preguntaremos lo que se puede hacer.
- Quiero ver carruajes, berlinas con dos cocheros, calesas, automóviles, carrozas con nobles que viven en palacios. Quiero comprarme zapatos, un sombrero, entrar en una tienda de telas bonitas. Esta casa de huéspedes no está a nuestra altura. ¡Tampoco quiero volver a montar en un pollino! 
Gabriel Iturrate se colocó encima de su nariz los cristales para estudiar. Examinó el rostro de su madre como si tuviera delante a un invento alemán de última generación, una máquina desconocida preparada para fabricar dinero cuando hasta entonces sólo había elaborado suspiros y lágrimas. Habló:
- Creo que primero deberé colocarme en una empresa para ahorrar y entonces a lo mejor te puedes comprar zapatos, telas y sombreros. Es el orden lógico, creo yo.
- Es el orden lógico si tu padre no me hubiera dado indicaciones y no nos hubiera dejado una libreta de ahorros con unos miles de duros. Creo que ha llegado el momento de quemarlos con inteligencia.
Los ciento ochenta y tantos centímetros de altura de Gabriel Iturrate se mecieron en los tiestos de sus zapatos. Sabía por experiencia que su madre no gastaba una frase que desluciera a la anterior ni que agrietara su discurso. Más que una mujer de pueblo verbosa, se expresaba como un texto de resistencia de materiales. Los ojos de Gabriel Iturrate, tan azules como los de sus antepasados marinos, estudiaron con parsimonia el rostro de su madre. Un rostro hermoso por el que muchos hombres se lo hubieran jugado a puñetazos para adivinar el sabor del carmín de sus labios. Ella se dejó mirar como una planta presentada a un concurso floral, luego tomó de un brazo a su hijo y tiró de él hasta que consiguió que Gabriel perdiera su equilibrio y ambos terminaron sentados en el borde de la cama. 
- Tu padre comía con buen apetito. Pero yo sabía que ya no tenía hambre. Fue el cuchillo que se me clavó en el alma. No hace falta tener hambre para simular tener buen apetito. Enmascaraba su buen apetito para no meter la tristeza en casa. 
- No son horas para tus galimatías, madre.
- De esos enredos entendemos las mujeres, es verdad. Sabemos  cuando entra la congoja en casa. Tu padre estuvo disimulando su buen apetito hasta que una noche dejó de mascar un filete y se lo dio a Soplo. Tú eras todavía demasiado niño para ciertas cosas. Pero desde el día que regaló la carne al perro ya no le volvió más el hambre. Había llegado el momento más difícil: convencerle que había que visitar a un buen médico para que nos dijera por qué no tenía apetito. Tu padre me llevaba veinte años. Me acordé cuando el médico habló con palabras tan claras como si estuvieran escritas en un cielo diáfano con pintura roja y él las fuera leyendo, sin vuelta de hoja: “La edad es la peor enfermedad para sanar. Yo suelo recetar un bastón y paseos. Hasta que las piernas aguanten. Todo lo demás no son más que sacaperras para enriquecer a los boticarios”. Tu padre siguió los consejos del médico. Se compró un bastón de caña y se acercaba con Soplo hasta el borde de la peña a contar los barcos que entraban y salían de la Ría. Si había movimiento decía que la economía del País iba bien. Me alegraba verle alejarse desde la ventana de la cocina con la espalda recta y su chaqueta azul. Le vigilaba hasta que tomaba el camino de la peña. Tú no tendrías arriba de cinco años y ya habías aprendido a hacer preguntas demasiado impertinentes. Todo fue bien hasta que un maldito día tu padre regresó a casa tras caminar no más de cien metros.
- “Creo que el cielo se está pintando de negro por allá atrás”.
- Te acuerdas lo que dijo. “Allá atrás” era el Norte. Lo dijo con la voz que les nace a los hombres que escuchan los cascos de los caballos negros que tienen en la funeraria.
- ¿Quién te ha enseñado a expresarte como un sibila? -preguntó Gabriel con una sonrisa en su boca.
- La soledad, el tiempo y los libros. El tiempo me lo regalaste tú cuando viniste a estudiar tan lejos de casa. Los libros se fueron amontonando alrededor de tu padre cuando sus piernas se negaron a caminar y le sentamos en una butaca; después le tumbamos en su cama. ¿Has olvidado cuando le leías libros que no comprendías? Él siempre te escuchaba con los ojos cerrados, hasta que un atardecer comenzó a cantar. ¿También has olvidado que tu padre comenzó a cantar para aprender a morirse?
- Hay cosas que los hombres preferimos olvidar.
- Tu padre cantó para olvidarse del dolor de sus huesos.
- O porque era feliz. Muchos hombres dicen que sienten un hálito cuando escuchan los pasos de la muerte.
- Eras demasiado pequeño para comprenderle. Aunque también he pensado que tu padre cantó porque ya había traspasado su fortuna a mi nombre para que pudieras estudiar. ¡Vete a saber! Y también he pensado que tu padre volvería a cantar hoy si viera que conservo íntegros los miles de duros que nos dejó en su maleta que usaba para ir a la mar. He podido pagar tus estudios con mi trabajo. Te he mantenido con mi trabajo. Te he alojado, vestido, calzado. ¡Dios! ¡Dios! Y la fortuna que ahorró tu padre se ha multiplicado con los años. ¿Qué piensas hacer? Te juro que no es poca manteca. Ya sabes que yo me conformo con nada. El caldo de una gallina vieja bien condimentada alimenta a medio asilo.
- Mañana iremos a buscar un cuarto que te guste. Después te acompañaré a hacer compras. Luego regresaremos a casa. Si guardas tanto dinero, quiero viajar a Alemania a trabajar algún tiempo en una fundición de hierro y aprender lo que no sé. Si es que somos ricos quizá monte una empresa de hierro. Quiero colar acero. El mejor acero del mundo. Cuando esté preparado, traeremos carbón de Inglaterra y el humo de las chimeneas alcanzará las nubes.
- ¡Soñador!
- Ya lo verás. Pero dime, madre: ¿Dónde has trabajado tanto para hacer las cosas que has enumerado?
- ¡En mi cama de matrimonio!: ¡De puta! De puta de notarios, boticarios y curas doctorados en Roma. De puta de marinos que recordaban puertos rozados en su vida de mar. De zorra de cerdos de nuestro pueblo que ahorraban tres meses de su sueldo para llenar nuestro maletín. ¡Zorra!, hijo. ¡Tu madre es una zorra!

                                  

3


 Gabriel hundió sus narices en el pelo de su madre y le besó en su frente.
   


FIN

martes, 5 de diciembre de 2017

SABINILLO. Semblanza de un carabinero bueno.

                           
 Pedro, el enterrador, dice que mi abuelo no se murió del todo. Afirma con conocimiento de causa que los difuntos salen de sus tumbas con barro en sus cuerpos y que no tienen más que pasar por las duchas municipales para recuperar su estampa. También dice que se cortan el pelo y se arreglan las uñas de las manos y de los pies; que hacen gárgaras con aguardiente y evacuan hasta que se les aclara la orina. Pero casi nadie le toma en serio porque todo el mundo sabe cómo es Pedro.

 Mi abuelo usaba boina, le faltaba un diente, tenía un hoyuelo en el mentón, medía uno sesenta y se pintaba los labios de color rojo cardenal. Sólo bebía vino y comía pan viejo. Representaba setenta años. Él decía que no tenía ninguno porque todavía no había nacido. Generalmente los miércoles iba a la Plaza de Abastos, que es día de mercado y compraba palo de regaliz para los niños que jugaban en el patio del asilo. Mi abuelo se llamaba Sabino. Se apellidaba Deán y sus ancestros, hasta donde se perdía la memoria, había pertenecido al cuerpo de carabineros reales.
Cuando le dieron tierra, una mujer se quedó a su lado echándole amores. Le dijo que iba a dejar la puerta de casa sin llave y la botella de anís encima de la mesa de la cocina. Era Damiana, su amante vital.
     Los vecinos de San Bartolomé de Xobe tenían que ir a Ribela a comprar matarratas si no querían que  los bichos les comieran el maíz. Sabino mataba las ratas a balazos. Sabino Deán tuvo un brillante porvenir en el Cuerpo porque sabía leer de carrerilla, pero era chisgaravís y prefería perseguir a las ratas que vigilar a los bandoleros y detener a los traficantes de café. Y aunque no mermó demasiado como guardia, siempre le admiraron su inteligencia natural y sus raros conocimientos. Sobre todo por sus raros conocimientos adquiridos en sus  sesiones de lectura junto al fuego de la cantina del cuartel. Había un hombre rico en el pueblo, don Copago Cenador, que le dejaba enredar en su biblioteca los domingos por la mañana.
En 1898 Sabino Deán se libró de la Guerra de Cuba y luego de la de Filipinas. Para no ir a ninguna  pidió el traslado a la provincia de Vizcaya. Con ayuda de don Copago Cenador y de su esposa, doña Romana, que era coja de tacón lustrado, lo mandaron de cabo comandante al puesto de carabineros de Hacienda de Gernika. Un cabo comandante, carabinero de Hacienda tenía derecho a casa separada del cuartel, a un caballo o en su falta a un mulo. También podía criar un cerdo para consumo personal con las sobras del rancho del cuartel y al paño para dos cortes de uniforme cada dos años. Con el de verano, Andrea Paz, su mujer, hizo mantel y servilletas con vainica dorada, de general. Aquella mujer era mi abuela, que llegó ya preñada de mi padre, un crío al que llamó Leandro. Mi abuela se murió de repente un año o así después de llegar acá. A partir de entonces, Sabino Deán se fue transformando en un carabinero inescrutable que se movía de tapadillo sin hacer demasiado caso a las ordenanzas militares.  
Le tiraban más los senos de las mozas que el Catecismo del Duque de Ahumada y amaba más el pellejo de una bota que el charol de su tricornio. No se volvió a casar. Se apuntó a una logia masónica y pronto llegó a ostentar cargo. Era listo y vivo. Como no tenía bigote se disfrazaba de mujer y de cura. Amaba a las rosas y, de hecho, las cultivó en el cuartel, debajo de sus ventanas. En su jardín crecía un rosal, que sólo florecía una vez cada cinco años. Y aún en estas ocasiones alumbraba solamente una magnífica flor que exhalaba un olor tan suave que los que aspiraban su fragancia olvidaban su tristeza y su edad. 
Venía a oler el rosal gente de París y de Bermeo y respiraban la rosa y daban volatines de regocijo y se estiraban de las orejas. Misterios antiguos. Como era viudo, joven y uniformado, el mundo se le puso fácil, aunque él se encargaba de complicarlo con sus ideas retorcidas. A su hijo, mi padre, lo crió mayormente Damiana, una vecina. El cabo Sabino pagaba a Damiana en moneda sexual. Era una pareja alegre, cantaban dúos de zarzuela y viajaban juntos. Sabino iba a Madrid a llevar recados del coronel de la Zona y de un diputado que también era masón. Y llevaba con él a Damiana. Iban en el correo de las 9, en tercera clase. Les gustaba ver correr el paisaje y bajar a las cantinas de las estaciones para tomas café, rosquillas de anís y bollos de mantequilla. Estas idas y venidas ungían sus vidas de cierto misterio y algunos vecinos comenzaron a tratarles de usted. Fue por aquella época cuando comenzaron a decir que el cabo Sabino era un demonio. Seguramente fue un grupo de viudas envidiosas las que le motearon con tan mala compasión. Los masones y los demonios, primos hermanos. En Madrid, Sabinillo y Damiana iban al teatro a ver a Celia Gámez en Las Leandras, cuyo pasacalle coreaba todo el mundo. Comían garbanzos con callos y tomaban el aperitivo en la calle Santo Domingo. Cuando Franco y su tropa se sublevaron contra el Gobierno, mi abuelo andaba cerca de los cincuenta. Su cuartelillo de carabineros luchó al lado de la República. Él paseó su cuerpo liviano en el espinazo de un burro llevando y trayendo chismes de un frente a otro. Era lo que mejor se le daba. De todos los horrores que vio, de los que más hablaba, era de los de Teruel. En la parte trasera de casa tenía un huerto y un gallinero. En el huerto crecían las ortigas más hermosas del pueblo. En el gallinero construyó una chabola con paredes de madera y tejado de brezo y la destinó de almacén para su colección de cosas inverosímiles que fue reuniendo en sus viajes. Tenía pies humanos de madera, bragueros para hernias indomesticables, campanillas de misa, carracas de matar a judas, frascos con agua bendita de muchas iglesias, balas, corazas de tortuga, latas de hojalata, botellas de colores,  herramientas para modelar dentaduras postizas y un montón de objetos sin nombre. Cuando Sabino Deán se sentía aburrido, se encerraba en su chabola y ordenaba sus cachivaches unas veces por tamaños, otras por materias. En una hornacina de santo guardaba dos cuernitos, seguramente de cabroncitos jóvenes. Cuando los enseñaba decía que eran los cuernos que había  traído puestos cuando nació.
Según se hacía viejo, mi abuelo se fue ilustrando: sabía la historia de los reyes visigodos, de los emperadores romanos, la de los papas y el nombre de los golfos y cabos del mundo. Conocía la historia del té, cómo cría perlas una ostra, por qué no vemos en la oscuridad, por qué nos quedamos dormidos. Sabía la fábula del calvo y la mosca, sabía confeccionar flores de papel, desenterrar la luz solar, la lista de los seres más pequeños que habitan en nuestro mundo; sabía cuál es el origen de la música, por qué se sostienen en pie los edificios; sabía la historia de Santa Úrsula y las diez mil vírgenes de Bretaña, la de San Crispín, patrón de los zapateros; sabía cómo distribuía un león las horas del día, qué fuerza hace volar a las flechas, cómo hacían los marinos los nudos; conocía las banderas de las naciones, cómo se forma un arco iris, por qué contamos por docenas; sabía con qué producen las abejas los zumbidos, si las flores duermen de noche, conocía la historia de la bicicleta, cómo se fabrican los ladrillos, por qué se apaga el fuego, cuál es el origen de nuestros pensamientos; sabía hacer pompas de jabón, un violín con un caja de cigarros, tinta invisible, dulce de coco, un globo. Sabía cómo ayudó Lady Godiva a su pueblo, por qué botan las pelotas, por qué nos inquietamos, a dónde va a parar el humo, la historia del caballo, por qué se mueven las cosas, sabía a quién pertenece la cara que vemos en la luna, sabía la letra de la Marsellesa; sabía por qué se les caen los rabos a los renacuajos, por qué andan los relojes, por qué las gotas de lluvia son a veces grandes y a veces pequeñas; por qué no nos vemos a nosotros mismos en los sueños. Sabía recitar muchos poemas y contar docenas de historias sacadas de los libros. Cuando iba en su mulo de un frente a otro, pensaba en todas las cosas que sabía para matar el miedo. Al llegar a las trincheras se quitaba las alpargatas y se sentaba en una piedra. Leía los nombres de las cartas con la precaución de quien espera que el llamado estuviera muerto. Es lo que mayormente hizo en la Guerra: llevar cartas de vecinos de un lado a otro. Al principio vestía su uniforme de carabinero, pero cuando cayó Bilbao se vestía de civil o de religioso, según la conveniencia. También solía emplear las albardas del animal para transportar pan y tocino. Y dejaba usar la trasera de la mula a los soldados más niños. por si los mataban vírgenes de todo animal, racional o irracional. Con el tiempo la gente se olvidó que Sabino era carabinero. 
Era Sabinillo, una especie de mensajero que caminaba de trinchera en trinchera llevando y trayendo recados. Los republicanos creían que era de los suyos y los nacionales también. Por eso no le disparaban. La mula se le murió de un sobresalto en 1956. Para entonces el cabo Sabinillo ya tenía dos libretas de la Caja de Ahorros llenas de duros. Los hizo con estraperlo, mayormente de aceite y tabaco, aunque algún año compró latas de arenques y berberechos a muy buen precio. Lo gordo del dinero lo sacó con la penicilina y con las medias de cristal. Iba a medias con un capitán de la marina mercante. El capitán compraba el género en América y él lo sacaba del barco a la luz del día, como objetos decomisados por la autoridad. Y es que los carabineros son del cuerpo hasta la muerte. Mi abuelo se compró una moto con sidecar y un sombrero verde con pluma de pato azulón. Los domingos le paseaba un carabinero más guapo que Dios, de uniforme, y él iba sentado en el sidecar fumando puro. También paseaba en su sidecar a Damiana. Entonces él iba de paquete, bien agarrado a la cintura del guardia civil más guapo que Dios, y ella en el sidecar. Damiana usaba pañuelo para el pelo y se ponía gafas de sol.
El abuelo, en sus últimos tiempos, aunque se vestía de civil, volvió a usar tricornio. En el último trayecto de su vida se hizo amigo de un perro. El perro se llamaba Estalin. Dicen que se lo regaló un fraile algo loco que vivía en Zenarruza. Este fraile era alemán y plantaba patatas y nabos. Se levantaba a las tres de la mañana a tocar el armonio. Mi abuelo se refugiaba en el convento y permanecía allí durante semanas. El perro Lin era un foxterrier de muy malas pulgas. Le gustaban las manzanas y las pantorrillas de las chicas. Cuando Lin mordía a alguien, mi abuelo miraba para otro lado, como si el perro no le perteneciera. Y si le regañaban demasiado, se echaba el tricornio a las cejas y asustaba con sus ojos cansados de ver matar. La mirada era lo único duro que tenía mi abuelo. Su voz, sus modales, su sonrisa, su andar, todo infundía paz. Sus ojos podían llegar a provocar fuego. Dicen que cuando se murió, mucha gente se preguntaba por el color de sus ojos. Nadie los recordaba porque la gente, ante su presencia, miraban al suelo.
FIN