Pedro, el enterrador, dice que mi abuelo no se murió del todo. Afirma con conocimiento de causa que los difuntos salen de sus tumbas con barro en sus cuerpos y que no tienen más que pasar por las duchas municipales para recuperar su estampa. También dice que se cortan el pelo y se arreglan las uñas de las manos y de los pies; que hacen gárgaras con aguardiente y evacuan hasta que se les aclara la orina. Pero casi nadie le toma en serio porque todo el mundo sabe cómo es Pedro.
Mi abuelo usaba boina, le faltaba un diente, tenía un hoyuelo en el mentón, medía uno sesenta y se pintaba los labios de color rojo cardenal. Sólo bebía vino y comía pan viejo. Representaba setenta años. Él decía que no tenía ninguno porque todavía no había nacido. Generalmente los miércoles iba a la Plaza de Abastos, que es día de mercado y compraba palo de regaliz para los niños que jugaban en el patio del asilo. Mi abuelo se llamaba Sabino. Se apellidaba Deán y sus ancestros, hasta donde se perdía la memoria, había pertenecido al cuerpo de carabineros reales.
Cuando le dieron tierra, una mujer se quedó a su lado echándole amores. Le dijo que iba a dejar la puerta de casa sin llave y la botella de anís encima de la mesa de la cocina. Era Damiana, su amante vital.

En 1898 Sabino Deán se libró de la Guerra de Cuba y luego de la de Filipinas. Para no ir a ninguna pidió el traslado a la provincia de Vizcaya. Con ayuda de don Copago Cenador y de su esposa, doña Romana, que era coja de tacón lustrado, lo mandaron de cabo comandante al puesto de carabineros de Hacienda de Gernika. Un cabo comandante, carabinero de Hacienda tenía derecho a casa separada del cuartel, a un caballo o en su falta a un mulo. También podía criar un cerdo para consumo personal con las sobras del rancho del cuartel y al paño para dos cortes de uniforme cada dos años. Con el de verano, Andrea Paz, su mujer, hizo mantel y servilletas con vainica dorada, de general. Aquella mujer era mi abuela, que llegó ya preñada de mi padre, un crío al que llamó Leandro. Mi abuela se murió de repente un año o así después de llegar acá. A partir de entonces, Sabino Deán se fue transformando en un carabinero inescrutable que se movía de tapadillo sin hacer demasiado caso a las ordenanzas militares.


Según se hacía viejo, mi abuelo se fue ilustrando: sabía la historia de los reyes visigodos, de los emperadores romanos, la de los papas y el nombre de los golfos y cabos del mundo. Conocía la historia del té, cómo cría perlas una ostra, por qué no vemos en la oscuridad, por qué nos quedamos dormidos. Sabía la fábula del calvo y la mosca, sabía confeccionar flores de papel, desenterrar la luz solar, la lista de los seres más pequeños que habitan en nuestro mundo; sabía cuál es el origen de la música, por qué se sostienen en pie los edificios; sabía la historia de Santa Úrsula y las diez mil vírgenes de Bretaña, la de San Crispín, patrón de los zapateros; sabía cómo distribuía un león las horas del día, qué fuerza hace volar a las flechas, cómo hacían los marinos los nudos; conocía las banderas de las naciones, cómo se forma un arco iris, por qué contamos por docenas; sabía con qué producen las abejas los zumbidos, si las flores duermen de noche, conocía la historia de la bicicleta, cómo se fabrican los ladrillos, por qué se apaga el fuego, cuál es el origen de nuestros pensamientos; sabía hacer pompas de jabón, un violín con un caja de cigarros, tinta invisible, dulce de coco, un globo. Sabía cómo ayudó Lady Godiva a su pueblo, por qué botan las pelotas, por qué nos inquietamos, a dónde va a parar el humo, la historia del caballo, por qué se mueven las cosas, sabía a quién pertenece la cara que vemos en la luna, sabía la letra de la Marsellesa; sabía por qué se les caen los rabos a los renacuajos, por qué andan los relojes, por qué las gotas de lluvia son a veces grandes y a veces pequeñas; por qué no nos vemos a nosotros mismos en los sueños. Sabía recitar muchos poemas y contar docenas de historias sacadas de los libros. Cuando iba en su mulo de un frente a otro, pensaba en todas las cosas que sabía para matar el miedo. Al llegar a las trincheras se quitaba las alpargatas y se sentaba en una piedra. Leía los nombres de las cartas con la precaución de quien espera que el llamado estuviera muerto. Es lo que mayormente hizo en la Guerra: llevar cartas de vecinos de un lado a otro. Al principio vestía su uniforme de carabinero, pero cuando cayó Bilbao se vestía de civil o de religioso, según la conveniencia. También solía emplear las albardas del animal para transportar pan y tocino. Y dejaba usar la trasera de la mula a los soldados más niños. por si los mataban vírgenes de todo animal, racional o irracional. Con el tiempo la gente se olvidó que Sabino era carabinero.
Era Sabinillo, una especie de mensajero que caminaba de trinchera en trinchera llevando y trayendo recados. Los republicanos creían que era de los suyos y los nacionales también. Por eso no le disparaban. La mula se le murió de un sobresalto en 1956. Para entonces el cabo Sabinillo ya tenía dos libretas de la Caja de Ahorros llenas de duros. Los hizo con estraperlo, mayormente de aceite y tabaco, aunque algún año compró latas de arenques y berberechos a muy buen precio. Lo gordo del dinero lo sacó con la penicilina y con las medias de cristal. Iba a medias con un capitán de la marina mercante. El capitán compraba el género en América y él lo sacaba del barco a la luz del día, como objetos decomisados por la autoridad. Y es que los carabineros son del cuerpo hasta la muerte. Mi abuelo se compró una moto con sidecar y un sombrero verde con pluma de pato azulón. Los domingos le paseaba un carabinero más guapo que Dios, de uniforme, y él iba sentado en el sidecar fumando puro. También paseaba en su sidecar a Damiana. Entonces él iba de paquete, bien agarrado a la cintura del guardia civil más guapo que Dios, y ella en el sidecar. Damiana usaba pañuelo para el pelo y se ponía gafas de sol.
El abuelo, en sus últimos tiempos, aunque se vestía de civil, volvió a usar tricornio. En el último trayecto de su vida se hizo amigo de un perro. El perro se llamaba Estalin. Dicen que se lo regaló un fraile algo loco que vivía en Zenarruza. Este fraile era alemán y plantaba patatas y nabos. Se levantaba a las tres de la mañana a tocar el armonio. Mi abuelo se refugiaba en el convento y permanecía allí durante semanas. El perro Lin era un foxterrier de muy malas pulgas. Le gustaban las manzanas y las pantorrillas de las chicas. Cuando Lin mordía a alguien, mi abuelo miraba para otro lado, como si el perro no le perteneciera. Y si le regañaban demasiado, se echaba el tricornio a las cejas y asustaba con sus ojos cansados de ver matar. La mirada era lo único duro que tenía mi abuelo. Su voz, sus modales, su sonrisa, su andar, todo infundía paz. Sus ojos podían llegar a provocar fuego. Dicen que cuando se murió, mucha gente se preguntaba por el color de sus ojos. Nadie los recordaba porque la gente, ante su presencia, miraban al suelo.
FIN