lunes, 16 de marzo de 2015

CHICO GRANDE


     Escuché decir a la mujer de la limpieza que  le gustaba mi carácter dulce y el ruido que me hacían los dientes postizos. Sus palabras me llenaron de ánimo, de mucho ánimo. Lo que dijeran de mí no me importaba mucho. Pero que alguien hablara de mí, me hacía sacar pecho. Es la prueba fehaciente de que estás vivo. Sabía que a mi nieto Aníbal le gustaba verme contento. Por eso me di prisa en llegar a casa. Mi nieto es  muy sensible y percibe mi temple. Le llamo Chico Grande. Cuando me acompaña a pasear por el borde del acantilado, me agarra de una mano y me aprieta con fuerza. Yo a cambio le enseño expresiones cultivadas. Aprendió a decir “por supuesto”, “sin embargo”, “tal vez”, “parece probable” y un racimo más que ya he olvidado. También le enseño a hacer nudos marineros con una mecha de chisquero. Es el único que me visita en mi sala o en mi cuarto. Además viene a mi jardín abandonado y suele pasar a la huerta a trepar por los manzanos y por los perales viejos. Nada más escucharme decir que había sorprendido a dos señoras  hablar de mí, se sentó a mis pies como un perrillo y puso sus ojos arriba de mi cabeza. Es su forma de decirme que está preparado.

- Una señora  decía a otra que le gustaba mi carácter dulce y el ruido de mis dientes postizos. ¿Qué te parece?
- ¡Pffff¡
- ¿Pffff?
 - No sé si a los maricas les hacen ruido los dientes. 

Desde que tiene diez años me saca los colores. Para él los maricas son dulces y tienen los dientes postizos. ¡Vaya! Precisamente es su aplastante lógica la que me tiene enamorado. Sin embargo, procuro no exteriorizar mis emociones. Un viejo feliz  hubiera echado una carcajada. Pero creo que nadie me ha visto echar una carcajada desde que, ya adolescente, dediqué algunas sesiones en estudiar mi cara delante de un espejo. Aunque siento cierta predilección por el bienestar, mi aspecto malhumorado, de cara de palo, me ha acompañado hasta la vejez. Los antónimos no saben vivir juntos. Una cara de palo riéndose es un buen ejemplo de cinismo. Por eso decidí amaestrar mi rostro en una sola dirección. Pese a ello me quedó un semblante de cascarrabias que asustaba al personal. Valga el ejemplo. Delante de mi huerto hay un bosque de pinos. Detrás de los pinos  se encuentra el pequeño Parque de los Curas. Donde vivían los curas pusieron una docena de bancos, una fuente y algunos sauces. Si está bueno, digo en casa que voy al huerto. Y voy. Pero cinco minutos después paso la carretera y atravieso el bosque de pinos por un sendero en el que, en otoño, crecen  algunos níscalos y bastantes preservativos. 
Los bancos del parque de los Curas son bastante cómodos. Me solía sentar en uno colocado en el ángulo que hacían dos sauces. Era un lugar escondido donde podía sentarme en paz y tener pausadas conversaciones en voz alta. Me encanta discutir conmigo mismo de temas triviales. El día que llegó una señora más o menos de mi edad hablaba del tiempo Me preguntó si se podía sentar a mi lado. Mi cara se estiró al ser descubierto que disertaba sobre la tibieza de los atardeceres con viento gallego. No le respondí. 
Torció su cara y exclamó ¡menudo cascarrabias! Se marchó. Me dije que si había tantos bancos vacíos por qué vino a sentarse a mi lado. Sentí una propensión negativa. Pensé incluso en seguirla para explicarme. Su cara coloreada seguramente con carmín y sus falsas ojeras me frenaron cualquier decisión. Nunca me siento al lado de una mujer madura. Por lo general son tristes y solitarias. Parecen flores cortadas que se marchitan en los jarrones de los cementerios. Las mujeres solitarias que se sientan en los bancos de los jardines suspiran hondo con mucho sentimiento y si entras al capote te cuentan la vida, enfermedades y muerte de sus maridos. Primero tratan de convencerte de tu amistad con el difunto. Tuve que dejar de ir al parque algunos días. La mujer de los falsos coloretes  acudía a mi rincón, se sentaba a mi lado y esperaba entre profundos suspiros que me largara. Lo conseguía en dos minutos.
  Ya al día siguiente de mi jubilación Chico Grande se me enredó entre las piernas. Yo había cumplido 77 años y él tenía 10. Cosa extraña, congeniamos. Preguntaba y esperaba la respuesta. Sobre todo le interesaba conocer mis viajes por el Orinoco y mi tiro certero con una jabalina a la cabeza de un caimán. También le conté la noche que descubrí a un chino en la  despensa del barco y le tiré por la borda. Todavía se me aparece en los cortos sueños de la siesta. Los chinos son muy vengativos. Chico Grande era un chaval sensible. Pese a mi cara de palo no conseguí engañarle. Él sabía columbrar, creo que en mis ojos, la nube de la tristeza y los colores de la alegría. Hasta dejé de ir a la taberna a jugar a la baraja para sentarme a su lado y ayudarle en las tareas escolares. Correr la coma, quitar ceros en las divisiones y esas cosas.
  El día que Chico Grande apareció en la huerta con la anciana impertinente yo había dormido bien, no me dolían los huesos de las manos y estaba pensando si jubilarme también de mi ya escaso trabajo de hortelano. Chico Grande traía a la vieja de la mano. Habían atravesado el bosque, la carretera que colinda con mi terruño y entrado en mis espacios secretos por la calva del seto de zarzamoras. Parecía una lagartija arrastrando su abdomen por la senda de las coles. 
- Me ha preguntado si estabas enfermo. Le he dicho que de melancolía-dijo mi nieto Aníbal esquivando la mala leche de mi mirada.
Estaba sentado en el culo de un cesto al lado de las cebollas. Era mi lugar predilecto. Veía y era difícil verme. Me esforcé en borrar cualquier atisbo de humanidad en mi rostro. Mi difunta esposa me decía que dejara de hacer el mono para no asustar a los niños. Al descubrir su rostro tras un seto, me levanté del cesto con mucha solemnidad (¿se puede ser solemne al alzarse del culo de un cesto?) La escuché a mi espalda. Tenía una voz aterciopelada y cariñosa. 
- Ahora no finja que no me ha visto para darse el piro -dijo.
Me volví como si no hubiera entendido su discreción.
- ¿Usted no es la señora que me despacha de mi banco del parque  echando  aspavientos? ¿No puede con el viejo y camela al nieto?
- ¡Menudos repollos cultiva usted!
Me tocó la fibra. Miré su atuendo. Era una mujer con pantalones de hombre y con colorete de carmín. Chico Grande tenía los ojos muy abiertos. Se estaba dando cuenta que no había tenido una buena idea. Llegué a su lado y puse mi mano en su hombro. Saqué de mi bolsillo la estacha que siempre me acompaña y se la di.
- Corta el repollo más grande y dáselo. Creo que pasa hambre.
La anciana bajó la cabeza, cruzó sus manos y murmuró algo. 
- Pesará más de tres kilos -dijo con su voz hermosa. ¿Es para mí?  
- ¿Es que no le gustan las coles?- dijo Chico Grande.
- Mucho. Pero en el parque no dejan hacer fuego. Vivo en el Parque de los Curas. Duermo en el banco escondido por las acacias. Cuando llueve sé como entrar  en el palomar.
- ¡Vamos!, que no es usted lo que se dice una señora.-dije armándome de mi exquisita educación.
- Soy maestra. Doña Leona Echevarría, para servirle.
- Ve donde tu madre y dile que ponga algo caliente entre pan y pan para una gitana que se ha colado en el huerto -dije a mi nieto.    
- Bueno. Si no le importa, me llevo también el repollo. Es para el trueque -dijo la maestra Leona.
- ¿Cree en Dios? - pregunté a doña Leona.
- Hace mucho que no- dijo.
- ¿Usted cree en Dios? -preguntó.
-  Si creyera en Dios, habría llamado a un guardia.
Se marchó por donde había venido con la col en una mano y con dos bocatas de carne en la otra.
- Esa vuelve, abuelo -me dijo Chico Grande.
- Es inofensiva.
Dije a Chico Grande que entrara en casa a hacer los deberes. Yo me dirigí al Parque de los Curas a fisgar los aposentos de la anciana. No encontré ni rastro de ella. Salí del Parque por la puerta del Diácono Heriberto. Llevaba una temporada de cojera con dolor. Era mi pierna izquierda la que se cansaba y me obligaba a sentarme. Anduve con mi pierna mocha hasta que me senté en las escaleras de una casa con una soberbia puerta de nogal tallada. Me quedé como una perra ramera esperando que mi pierna me dejara caminar de portal a portal. A ratos me frotaba el culo. Hasta que la puerta de nogal se abrió y yo no tuve más remedio que levantarme para dejar paso a una señora con traje jaspeado y zapatos de tacón de clavo. Por supuesto que no la relacioné con la vagabunda de la berza. Sólo al escuchar su voz, me acerqué a su jeta y  exclamé asombrado:
-¡Leona! ¡Ladrona! ¡Bruja asquerosa!
-¡Oiga usted! ¿Por qué me insulta?- me espetó empujándome- ¡Guardias, guardias! ¡Un fresco, un comunista! ¡Un viejo demonio de la postguerra!
Oí el silbato como una metralleta. Sofocos de premuerte me animaron el paso hacia la puerta del Parque de los Curas. Antes de perderme entre las tupidas ramas de las acacias, vi a la ramera Leona gritando a un guardia gordo, de esos que se les caen los mostachos  por los lados de la boca otorgándoles un pedazo de tristeza imposible de cambiar sin afeitarse. Atravesé el bosque y la carretera y me colé por el roto de las zarzamoras a mi huerto. Entré en casa por la puerta del jardín y me encerré en mi salita por dentro. Sentado en la orejera sentí correr lágrimas por las canaletas de mi nariz. Estaba llorando con placidez cuando Chico Grande golpeó los cristales esmerilados de mi sala. Le abrí, me senté y continué llorando como un bebé hasta que llegó mi hija y me sirvió un vaso de vino. Dije a mi nieto: Ve en busca del soplete. Quiero contemplar cómo se retuerce como una rata cuando la queme. Mi hija tuvo la delicadeza de dejarme la botella de vino. Al tercer vaso dejé de llorar. Creo que después me dormí.
Cerca del invierno pedí a Chico Grande que me acompañara los fines de cada mes a la oficina de los Prácticos a cobrar mi jubilación. Aquellos días cumplí setenta y ocho años y temí que mis piernas me dejaran tirado en cualquier rincón. Lo peor de la vejez manifiesta es que uno se siente incómodo con sus vísceras y extremidades. Pesan. Se hinchan las manos. La destreza se transforma en torpeza y comienzas a recordar dichos de tu niñez. Hace cincuenta años en el puerto de Valencia un negro con olor a puerco me tumbó en el suelo y me colocó el cañón de una pistola en mi nuca. No sentí miedo, no pensé en mi familia. Solo tuve pena. Pena de que mis sentidos se iban a apagar. La misma pena que siento ahora, cercano ya al apagón total.
Era una delicia viajar  con Chico Grande, responder al saco de preguntas, presentarlo a los oficinistas, repetir hasta la saciedad al cajero que el día que mi nieto viniera solo es porque mis piernas se habían agarrotado del todo. Eso sucedió casi tres años después. Unos meses antes de cumplir los ochenta y un años. Para entonces ya  había ideado un truco para que ningún carterista le metiera la mano en los bolsillos de sus pantalones. Además, Chico Grande se acercaba a los trece años, edad suficiente para regalarle definitivamente mi estacha, afilada como una navaja de afeitar. La estacha en el bolsillo izquierdo. En el derecho preparé el nido para el sobre con las cuatro perras que me pagaban para ir tirando a duras penas. Lo cerraba con un hermoso imperdible  que me trajo Chico Grande de una mercería. Los rateros huyen de las dificultades.  
En efecto, recuerdo el chocolate de mi ochenta y un cumpleaños. Pero no recuerdo ninguno más. Eso no puede significar otra cosa que me morí antes de cumplir ochenta y dos. Por ende, casi a la semana siguiente de empezar a contar los días, tuve la brillante idea de apuntar un legado en mi testamento para que Chico Grande comenzara a estudiar el bachillerato. Claro que, a cambio, exigía que mientras yo viviera Chico Grande tenía la obligación de acudir a la oficina de los prácticos a cobrar mi jubilación. Lo que sí recuerdo es que en los últimos meses me invadió un fuerte ataque de melancolía. Fue tan especialmente fuerte que ni las monerías de Chico Grande sirvieron para rescatar mi desanimada cara de palo seco para traer a mi rostro la pintura que rescatan  los amortajadores de las funerarias. Poco recuerdo o nada. Una que dejé pagado al barbero el último afeitado y dos que doña Leona Echevarría (doña porque era maestra), se presentó en mi casa con la pamplina  de que quería mi perdón. Recuerdo, sí que recuerdo, y después de su intromisión  mi memoria es ya humo, la trastada de Chico Grande. El muchacho salió de debajo de mi cama con el soplete 
bien cebado, me lo puso en mi mano, en la zurda, y tras amarrarme con su mano la mía, dirigió la llama a su falda plegada y la melancolía, mi cara perenne de palo, el olor a chamusquina, una carcajada que era mía, toda mía, llenó mi cuarto y mi sala. No me hagan esforzarme más en el recuerdo porque es lo último que está en mi memoria.

              Arrigúnaga (GETXO), 6 de febrero de 2015.
  



FIN

lunes, 16 de febrero de 2015

LOS IRRINTZIS DE PEPA KALOTA

“Cuando entré en la cárcel tocaban
silencio. Allí los perros no ladran,
lloran. Y los dos ratoneros que
vivían se pasaban todo el día apren-
diendo a ladrar”.


                                                  Josan.

I

Su verdadero nombre es Pepa Kalota, pero le llaman la Enferma Política desde el día en que el padre Seráfico de la Plegaria convocó al pueblo con las campanas y gritó a los cuatro vientos, desde la balaustrada del campanario, que la República había caído. Entonces Pepa pesaba once arrobas y había andado como un huracán lanzado irrintzis caballunos por los frentes de la Guerra. Metía tanto estruendo con la garganta que los soldados rezaban para expulsar su carne de gallina.
Aquel día Pepa Kalota fue a casa sin hablar. Sólo a la hora de acostarse salió al portal del caserío y lanzó un irrintzi ciclópeo que sacó a los animales de sus madrigueras. Después dijo:
- No me levantaré de la cama hasta que la vuelvan a poner.
- A quién-dijo Joanes.
- A la República.

II

Joanes se pasó veinticinco años explicando a sus vecinos que Pepa Kalota no necesitaba médico, ni cura porque estaba aquejada de una enfermedad que él mismo la bautizó como mal de política y que le gustaba repetir para ver la cara de lelo que ponía la gente.


III


Cuando Juanes fue a atrancar la puerta descubrió a su nieto Josín sentado en el culo de un cesto.
- Me tengo que ir, abuelo. Me persiguen los guardias.
Joanes le miró despacio y clavó sus ojos en el remolino de su coronilla. Los intestinos le comenzaron una revuelta y antes de oír los tiros dijo con su voz de arena:
- Espera que se lo diga a la abuela.

     Joanes atravesó la cocina y entró en la habitación de su mujer con las piernas flojas. Las carnosidades de Pepa Kalota provocaron un seismo local que hicieron temblar su guarida. Joanes leyó en sus ojos que lo había escuchado todo y desmayó su cabeza en el borde del lecho. Buscó ávidamente los vahos de su carne y deseó que le acariciara la testa con un mamporro de solidaridad. Cuando eran jóvenes lo hacían con más frecuencia. Entonces, Joanes regresaba tarde del campo y se sentaba cansado en las piedras del hogar. Pepa se le acercaba remoloneando las caderas y le empanaba su cabeza contra su muslo  y su mano, aporreándole reciamente en una caricia de confirmación:” ¿Verdad que estás cansado, amante?” Ahora, la colosal mujer comprendió la botica que le pedía su marido. Sacó un brazo desnudo entre las sábanas y lo flotó en el aire con la parsimonia de un ahogado en mar en calma. Manejó su extremidad con arte de tambor mayor y Joanes tembló de agradecimiento mientras sentía que se le arreglaban las tripas. Alzó su cabeza y columbró que sus ojos se transformaban en un firmamento de fuegos.
- ¡Qué se joda la República! Me levantaré y fabricaremos un escondrijo-dijo Pepa.


IV

Joanes se quedó encallado con las rodillas dormidas en las tablas del suelo amparado por la mole de su mujer. Sus pensamientos se le despeñaron hasta aquel día de verano que permanecieron durante toda la noche en el portal del caserío contemplando las estelas de los obuses que repasaban las faldas del monte Artxanda. Pepa Kalota se pasó las horas preguntando a su marido si su hijo habría tenido tiempo de comerse la tortilla de patatas que le había preparado por la mañana para ir a la Guerra. Hasta que no pudo más e infló los siete pisos de su papada como una vejiga de toro y la costa, desde el Bidasoa a Castro, tembló con las siete sirenas de barco que salieron de la garganta de Pepa Calota.
- Me marcho a Archanda-dijo.
Se ató bien el pañuelo de la cabeza y arrancó a andar muna abajo sin escuchar los razonamientos de su marido, que no tuvo más remedio que quedarse en el portal con la misma postura hasta que la vio regresar diez horas más tarde, después de haber recorrido cuarenta kilómetros, veinte de ida y veinte de vuelta, con el cadáver de su hijo atravesado en sus hombros y con los dedos de la mano libre en el agujero de la bala.
- Le han matado los moros de Franco-dijo.
Lo colocó en la misma cama que lo había parido hacía veinticinco años.
- Hay que llevarle al cementerio-dijo Joanes.
- Lo desenterrarían para meterlo en la piel de un cerdo. Es mejor que se quede en casa.
A Joanes le corrió un hielo por la espalda al recordar cómo su mujer lo lavó con parsimonia el cuerpo desnudo de su hijo y cómo lo arropó sin prisa, igual que cuando era de pañales y le vestía al amor de la lumbre. Le metieron en la artesa y lo enterraron por la noche, al socaire del muro del caserío, en el mismo lugar donde él enterró la placenta de su mujer cuando lo parió, allí en donde ahora había una higuera, la misma que Pepa Calota plantó por la mañana para disimular la tierra removida y del que sólo comían sus higos, los pájaros y los cazadores de los domingos.



V

Joanes se levantó en tiempos. Comenzó a caminar como una maquinilla sin aceite hasta que llegó al portal; enderezó allí su espalda con crujido de madera y dijo sin mirar a Josín:
- La abuela se va a levantar.
Josín se volvió y Joanes vio como le temblaba su barba de cubano.
- La abuela está enferma- dijo con la voz cascada por la sorpresa- .No se puede curar así como así, tras veintitantos años de convencimiento.
- Cuando las circunstancias lo exigen, sí.
- Que no se diga que los hombres de mi casa tienen potros de mujer- dijo Pepa Kalota desde su cuarto.
Josín entró y se quedó contemplado el enorme cuerpo de la abuela sentado en la cama.
- Tú te morirás en casa- dijo Pepa Kalota-. No quiero más muertos debajo de la higuera por culpa de aquella Guerra.
- Me llevarán.
- No- dijo Pepa con rotundidad-. Ayúdame a levantarme.
Los pernos de su nido comenzaron a anunciar la decisión de Pepa con ruidos desacostumbrados. Al principio Josín pensó que tendrían que empujarla con todas sus fuerzas, pero cuando la vio sentada con sus enormes muslos al descubierto, recordó lo que el abuelo le decía en los anocheceres lánguidos: “Sólo la voluntad vence a los huracanes”. Fue una maniobra tan costosa como el parto de una ballena en tierra firme. Pepa Kalota, sentada en la cama, ordenó que le peinaran sus cabellos de a metro y los trenzaran en dos piezas. Los organizaron Joanes y Josín con calma, arrodillados encima de la cama. Después la mujer se puso en pie y miró a sus dos hombres con un gesto triunfal.
- Es una lástima que no tengamos una máquina de hacer fotos para asombrar al mundo- dijo Joanes.
Cuando Josín se salió a la cocina para que la abuela se vistiera pensó que tendrían que arrancar los marcos de la puerta. Sin embargo, sólo fue necesario empujarla entre los dos durante tres minutos. Josín recostó su hombro contra la cadera de su abuela y pensó por un instante que para llegarle a los huesos sería necesario afilar el gancho de la cocina y metérselo hasta el puño. Pepa Kalota salió a la calle a las dos con una sobrecama encima de los hombros. Josín la siguió asombrándose de sus huellas, más profundas que las que dejaban las vacas. Caminaba con la parsimonia de un cachalote que aprende a andar. Se hundía a cada paso hasta las puntas de su vestido con la incertidumbre de que al siguiente paso la tierra le absorbería hasta el moño. Pepa Kalota miró a su marido, a su nieto y después acarició el tronco de árbol.
- Construiremos aquí una conejera con tablas viejas y clavos herrumbrosos. La haremos con doble fondo y Josín podrá estar como en una cama cuando lleguen los verdes.
- Es una locura- dijo Josín.
- Es una locura sensata. El único loco eres tú. Pero no tienes la culpa.
Joanes tenía madera de inventor y su mente razonó las posibilidades de la ocurrencia de su mujer.
- Habrá que llenarla de conejos- dijo entusiasmado.
- Con lo que sea necesario- dijo Pepa Calota mientras medía con un palo a Josín.
Construyeron la conejera entre los tres en el resto de la noche y al amanecer Josín probó el escondrijo justo cuando el peso de sus botas mellaban el polvo del camino.


VI

Pepa Kalota les miró la jeta y dio un paso al frente llevando en sus ojos el reto de su sangre revuelta.
- Soy Pepa Kalota, la abuela de Josín, el hijo de mi hijo que murió en las faldas del monte Artxanda un día de mala leche.
La pareja descolgó los mosquetes y sus dientes blancos brillaron con filos de cheifas a un palmo de sus hules.
- Traemos orden de detención.
Pepa Kalota les apartó con la mano y se recostó en el tronco de la higuera.
Después de decir con voz sosegada: “Buscadlo. Aquí no está”, infló los pulmones, las tripas, los pechos con todo el aire del amanecer y lo vomitó mirando al mar en un irrintzi triunfal.


FIN




jueves, 15 de enero de 2015

DE REGRESO A MARÍAS

Quinto recuerdo

- ¡Don Delfín! -exclamó la muchacha.
El maestro organista llevaba su visera de hule y su pajarita de goma. Estaba sentado frente a una mesa pintada de verde en la única ventana que daba al cementerio. Tras mirar a su alrededor, don Delfín se levantó de su escritorio en las oficinas de La Compañía de Fresas de Santa María. No salió, pero sacó su crisma a la corriente de la calleja con sonrisa de casa.

- ¿Y su señor padre?
- Seguro que bien.
- ¡Plácida información!
La joven parecía nerviosa. El organista comenzó a meter el ojo izquierdo más a la izquierda.
- ¿Tiene alguna pista del tranvía nº7?
- En este pueblo no hay tranvías. Ni hay ni los hubo nunca. Hay un hermoso órgano de cuatro teclados para las manos y otro para los pies. Antiguamente había un seminario. Ahora hay monjas negras. Mi hermano es Rector. El gallo en el gallinero. Precisamente fueron las monjas las que descubrieron el túnel que lleva las notas del órgano a las galerías que forman los caminos de hierro. Trabajos de antes de la Guerra. Es raro que su señor padre no haya venido a visitar el camino que lleva a 16 kilómetros de Marías.
- Sé poco de mi padre desde hace un par de años. Pero le echo de menos. Rompí el teclado del piano de mi madre y me marché de casa. Un pronto.
- Su padre andaba en Marías montado a caballo. Salía muchas noches negras a escuchar los surcos de la tierra. El muy cabrito había oído música de Bach brotar de la tierra esquilmada. Se bajaba de su montura y ponía sus orejas en el surco. Los desleídos decían que se tumbaba a echar sornadas.
- ¿Qué hace usted en la oficina de la Compañía de fresas de Santa María?
-Esperarla. Tiene un aire a mi difunta esposa. Ella era coja del izquierdo. Los recolectores de fresas me dejan sentarme en esta ventana. He recorrido todas las ciudades europeas que tienen tranvía, esperando al nº 7. Viaje en balde. El Rector de Santa María me dijo que el tranvía nº 7, el mismo en el que me enamoré, está en un descampado en donde antes acampaban gitanos y ahora viven titiriteros.
- ¿En dónde está ese lugar?
- A dos manzanas de la casa que me compró mi mujer antes de morirse. La misma de la que partí con unas mudas y estas botas.
Don Delfín se levantó de un salto y puso un pie a la altura de la mesa. Las suelas estaban como el papel de fumar. Un gato saltó asustado y salió por la ventana a la luz artificial. Atravesó la calle y se perdió en la oscuridad del cementerio. El organista parecía muy nervioso. Encima de la mesa tenía partituras de música que había estado estudiando toda la tarde como aturdido por un mazo. Desde que vio a Pilar al otro lado de la ventana, un montón de recuerdos empezaron a correr por delante de sus ojos. La vida era una naranja.
Pilar llevaba un vestido estampado de pequeños racimos amarillos como las flores del tilo. Una pamela de olor dulce y zapatos de bailar. Era un primor contemplarla.
Don Delfín se levantó de un salto y salir por la ventana perseguido por su perro Stalin. En el edificio siguiente, frente a la pared del cementerio, se iluminaba el bar de María La Cochina. En su puerta se sentaba el viejo Matías Diputado, el borracho del pueblo. Don Delfín tropezó con sus piernas. Las cogió con cariño. Las depositó arriba y le acarició su cara con ambas manos.
- ¡Cabrón de mierda!- gruñó el borracho volviendo a estirar sus piernas.
- ¡Vamos, Pilar!-dijo don Delfín. En Santa María hay muchos borrachos. Este es el mayor. Yo le tengo aprecio porque acude a la iglesia a escuchar música. Entre frase y frase, don Delfín soltaba una risa nerviosa.
Don Delfín había visto a Pilar. En cuanto la reconoció, su corazón comenzó a pegarle fuerte en las carótidas. De un golpe, desapareció la imagen de doña Julia corriendo por el pasillo del tranvía nº 7 y la sustituyó por Pilar. Llevaba dos semanas tratando de calmar sus ritmos para poder pasar a la faena. Le esperaba en la ventana de la Compañía de Fresas desde las tres de la tarde. Se sentía feliz caminando a su lado.
- Vivo muy cerca de aquí- dijo Pilar-.Vivo con mi hermano. Alguien nos dijo que hoy iba a tocar el órgano y nos hemos quedado a esperarle. Volvemos a casa, a Marías.
Pilar era hermosa como una actriz de cine italiano. Tan hermosa que había conseguido borrar de la memoria a doña Julia. Don Delfín la dejó adelantarle para contemplarla con parsimonia. Fue un error. A la perfección de sus formas, le faltaba un defecto: no era coja. Sintió un ruido disperso en su pecho. Era como el rechino de una barra de hielo rota a martillazos. Con frío o sin él, quería tocarla. Pensó que con sólo rozar los pliegues de su vestido, sentiría un deleite superior. Pilar le dejó mirarle despacio. Le dejó abatirse.
- No debe fiarse de los viejos. A mi todavía me pican las alas como a un muchacho.
- ¿Malas pulgas?
- Es difícil encontrar en la misma mujer la perfección de una musa y un defecto de nacimiento.
- Yo vivo aquí. Encima de la imprenta.
- Conozco a Jorge Juan, el montador de letras. También escribe en la linotipia y le pega fuerte al plomo. Cuando se le acaba, busca residuos en el suelo y los derrite en un cacito.
- Lo conozco. Es un hombre de otro tiempo. Sabe la lista de los reyes godos y las crestas de los Pirineos. Me ha prometido llevarme hasta la boca de Marías por los túneles.
- Las mujeres consiguen lo imposible de los hombres. Le he rogado que me acompañe a dar ese paseo. Me respondió que todo es leyenda. Suele escuchar mis conciertos de órgano de rodillas.
- Es amigo de mi hermano. ¿A qué hora va a tocar?
- A las dos. Es cuando más mendigos hay durmiendo la mona. Al sonar los bajos mentan a mi madre con gestos soeces. Golpean el suelo levantando las patas de los bancos y dejándolos caer. Yo les lleno sus pulmones de música. Manos y pies ordenan el bramido de un monstruo desconocido y mi público calla y deja de jugar a matar a Judas. Es cuando mi órgano les sorprende con llanto de violines.
Sucedió como lo contó. Lloró durante el camino de regreso al hotelito en donde se hospedaban su hermano y ella.
- Duerme. El sueño borra las emociones -le dijo su hermano desde la puerta.
Pilar no sollozaba por la música en sí. Lloraba por la historia que las melodías habían ido aglutinando en su maldita vida. Aquella misma tarde había caminado simulando una cojera para levantar en un viejo falsas ilusiones.
También don Delfín el organista había comprendido por fin que su felicidad se encontraba en los hierros desvencijados de un tranvía que un día llevaba un siete en su carrocería. Era lo más tangible que quedaba de su doña Julia. Pero la esperó. Permaneció clavado frente a la puerta del hotelito hasta que salió Pilar y cruzó el camino para estrecharle su mano.
- Ayer me burló haciéndose la coja.
- Juegos infantiles, don Delfín.
- Don Delfín el organista. ¿Por qué ya nadie me llama don Juan?
- Usted sabrá. Mi hermano y yo volvemos a Marías con el linotipista Jorge Juan. Iremos por los túneles de la música. Debo regresar a recoger los gansos y ver qué hace Baldomero. Mi padre me decía que Baldomero era un buen hombre.
- No lo conozco.
- ¿Por qué no viene con nosotros?
- Yo también regreso al octavo piso de la vivienda que me compró Julia en Zaragoza. Regreso con Stalin a mirar el río desde el balcón. Algunas veces salta un pez y brilla.
- ¿No volverá a tocar el órgano?
- Cuando me llegue la noticia de que ha perdido el miedo a los hombres. Entonces el fragor de mi marcha triunfal demolerá los túneles, aplastará a los murciélagos y la tierra dejará de soplar el eco de mi querido órgano.
Los vio desde su montura bajar de un coche azul. El coche dio la vuelta y regresó por donde había venido. El médico sintió ganas de gritar sus nombres, de poner al galope a la yegua. “Luego me contarán que han venido por los rieles de la mina”.
El médico traía el fonendo en el cuello y seis termómetros de cristal en el bolsillo de su americana. El cielo comenzaba a sacar las estrellas. Mandó parar el paso a la yegua y se quedó quieto para poder verlos bien. Los hermanos se dieron la mano y apretaron a correr a las vías del viejo ferrocarril minero. Sin soltarse las manos se subieron a los raíles y siguieron al trote dejando su risa en las copas de los pinos. El médico pensó en los dos años de soledad. Dos largos años sin dejar de escuchar los pasos de su hija sin pasos y sin hija. Sin poder mirar el rostro de su hijo, tan igual al de su madre. Cerró las puertas de sus habitaciones y se prohibió entrar. No pudo. Fue precisamente en el cuarto de su hija donde se sintió enfermo. Sabía lo que podía ser. Al día siguiente pidió a su joven compañero que le sustituyera. Esperó a la visita que le hacía Baldomero al empezar la noche y le dijo que le llevara en coche a Zaragoza.
- ¿Puedes? Debo visitar a un colega.
Pudo. Se hizo unos análisis de sangre y un electro. Fue suficiente. Baldomero fue discreto. Respetó el silencio que el médico impuso a su regreso. Sólo a la vista de las luces de Reinas, dijo:
- ¿Malas noticias?
- Tengo una enfermedad cardiaca grave. Lo sospechaba desde hace tiempo, pero cuando se confirman las sospechas, nunca se sabe cómo vamos a reaccionar. Espero poder expirar con discreción.
No era un buen momento para una fiesta de bienvenida. Si el tiempo transcurre con pausa, todo tiene arreglo.
Los dejó llegar a casa antes que él. Doscientos pasos adelante. Esperó a que abrieran la puerta. Llegó sigilosamente. Llevó al caballo a la cuadra. Subió la escalera. El dolor le comenzó en las puntas de los dedos de su mano izquierda. No fue un dolor blando. Fue un martillazo. Se recostó en la barandilla del descansillo. El médico regresaba de cerrar los ojos a un anciano que recibió tranquilo a la muerte. Tras treinta años de ejercer la medicina se le enfriaban los pies en las defunciones. El siguiente martillazo lo sintió en el hombro. El que le golpeó el pecho le cerró sus ojos. Cayó de espaldas por el hueco de la escalera que daba a la cuadra. El sonido de su cuerpo al desplomarse sólo escuchó su caballo blanco y negro, que golpeó cinco veces con sus pezuñas la paja del suelo.
Una hora más tarde, Baldomero lo subió al hombro. Vio una raya de luz por debajo de la puerta y la golpeó con la punta de sus botas. Le abrió Pilar. La muchacha se quedó quieta. No hizo falta que nadie le contara que el muerto era su padre. Baldomero le dejó encima de su cama. Pedro le quitó el fonendoscopio de su cuello y le auscultó el pecho. Abrió el maletín de su padre y le limpió una herida de su frente.
- En la ciudad le dijeron que sufría del corazón- dijo Baldomero.
Su voz ronca cubrió el silencio de la habitación.


FIN


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miércoles, 26 de noviembre de 2014

CUANDO EL CAMPO CALLA, TRUENAN LOS CAÑONES

Cuarto recuerdo

El sargento, que tenía veintinueve años cuando comenzó la contienda, había nacido en la tercera casa de la calle Las Pesas, perpendicular a Olmos empezando a contar por donde llegaba el río. De niño trabajó de recadista en la tienda de ultramarinos de don Jobito y vivía con su madre, que se había casado en segundas nupcias.
El padrastro del muchacho tenía un pequeño taller en donde fabricaba y arreglaba carruajes. Este hombre, cuando estaba un tanto bebido, era alegre y ocurrente, pero en estado sobrio era refunfuñón. Prieto creció encima de la bicicleta de la tienda de don Jobito llevando los pedidos aquí y allá. Cuando no estaba en la tienda, se arrimaba al taller de su padrastro a oler a serrín y a llenar sacos de virutas para la estufa de casa. No le importaban ni las patadas ni los insultos de su padrastro. Sólo si nombraba a su madre todo su cuerpo se tensaba y se bloqueaba.
- No vaya por ese camino porque todos los hombres sabemos matar- le dijo un día Prieto agarrándole de un brazo.
El padrastro, que era cobarde, entendió bien al chico. Sobre todo cuando vio las huellas de sus dedos en sus brazos. Llegaron a entenderse. Prieto aprendió el oficio rápido y el padrastro dejó de creer en Dios el día que el muchacho se apuntó en la legión. Una mañana, el padrastro se dio cuenta que no sabía vivir sin él. Le despertó a su mujer y le dijo:
- Echo de menos a tu hijo.
- Yo también- le respondió la mujer.
Entonces el carpintero se marchó descalzo al almacén de las maderas. Le gustaba pisar los charcos desde niño. Además, para lo que iba a hacer, no necesitaba calzado. Se ahorcó.
Prieto regresó de la legión con el hábito de la benemérita. Vino desde Madrid en el tren de Zaragoza hasta San Martín. El vagón estaba abarrotado y se pudo sentar al lado de una mujer esbelta, rubia, chata, un poco demasiado chata para ser guapa. Pero sus rasgos marcados llamaban la atención de los niños. Su fisonomía se elevaba por encima de los rostros vulgares de las otras mujeres del vagón. El guardia Prieto sintió unas ganas irreprimibles de tocarla. Y parece que a la mujer no le importaba que la tocase. Llegaron a San Martín cogidos de la mano. No subieron al autobús de línea para llegar a Marías. Caminaron los dieciséis kilómetros por la orilla del río, bordearon el bosque de pinos y se subieron a los rieles que salían de la boca de la montaña. Llegaron a la frontera del municipio con las promesas que se hacen los enamorados cumplidas. Se juraron amor eterno, se besaron largo kilómetro a kilómetro y levantaron una cabaña con cañas de maíz en un lugar recóndito para pasar la noche. Si el guardia Prieto llegó a casa de su madre sin botas es porque se las sacaron de sus pies mientras dormía en la cabaña de borona. La mujer rubia y de nariz chata se llamaba Celia. Hablaba como un pájaro ronco, pero sabía tocar el saxofón. Se quedaron a vivir en casa de la madre del guardia Prieto. Sólo diez días. El guardia hacía cinco años que no veía a su madre. Una vez la llamó por teléfono a la centralita de Correos, pero ella vivía lejos y cuando llegó, el muchacho había colgado. “¿Cómo es su voz, tú?, preguntó al funcionario. “Alegre. Tiene una voz alegre, señora”. “Entonces igual que su padre. Será un buen hombre”. Tampoco le había enviado una postal desde que se separaron. Ni siquiera sabía que era guardia civil. 

Pero cuando lo vio bajo el dintel de la puerta de la cocina, con capa y tricornio, cogió un montón de platos de la alacena, seguramente los únicos que tenía y comenzó a romperlos contra el suelo de cemento de la cocina uno tras otro. El guardia Prieto era alto y de buena presencia. Tenía fuerza. La mujer lo comprobó cuando le agarró por las muñecas y le dijo:
- Frena tus nervios, madre.
Eran las nueve un poco pasadas en el reloj despertador de la cocina.
- Es por tu uniforme. Me da temblores.
- Es un oficio como otro cualquiera. Pero con botas. Me las han robado mientras dormía.
- Tu padrastro se ahorcó descalzo. Sus botas están donde las dejó.
Eran unas buenas botas.
- ¿Y la señorita?
- Tu nuera, madre. La señorita es tu nuera.
- Buenos días -dijo la madre dándose vuelta el delantal.
Lo dijo como si se tratara de una mañana de otoño y la chata fuese una señora elegante que llevaba el pelo recogido en un moño que le dejaba su cuello al descubierto.
- Buenos días, señora -contestó Celia.
- Quítate la capa, hijo. Vístete de hombre. En el armario de nogal hay ropa de tu padre y de tu padrastro. Os haré el desayuno. Creo que todavía queda algún plato entero.
- No tenemos hambre. -Dijo Celia.
- Date colorete y píntate los labios. ¡Anda madre! Acompáñanos a la iglesia, que nos vamos a casar.
Recorrieron la calle Olmos agarrados del brazo.
- ¿Y el padrino?
Venía en su caballo negro y blanco por el medio del carril. Era un hombre flaco y alto cubierto con un sombrero de ala ancha. Venía silbando con los ojos perdidos en una nube blanca que se acercaba levitando a escasos centímetros del suelo. La nube, según llegaba a su lado, pintaba de colores un diáfano vestido de verano. Lo último en conformarse fue su rostro pecoso. La mujer del jinete alumbraba su imagen con unos colgantes granados. Primero saludó a la chata, después a la vieja con colorete y al final dejó un saludo militar al guardia civil. El hombre del caballo se apeó contento.
- Son el señor médico y su señora- dijo la madre del número Prieto-, que saludó de taconazo y con la mano plana en el tricornio.
El de la benemérita llevaba guantes blancos, los botones de la casaca con brillo y los pantalones planchados con raya. Su capote olía mitad a celos y mitad a amor.
- Se van a casar- dijo su madre-. Y si me deja atreverme a decírselo, se lo digo: no tenemos padrinos.
- Madrina, la madre. Para padrino le dejo a mi marido. Yo tocaré el armonio- dijo la esposa del médico.- El caballo está acostumbrado a esperar.
El médico fue en busca del párroco.
- Ese muchacho sabía tocar la cítara cuando era pequeño. Lo hacía tan bien que le permití tocar los domingos. También íbamos al claro del castañar a disparar flechas de colores.
Entonces, el santo Abate, el cazador más certero de las espesuras, recordó la lección que les daban en el seminario sobre el filósofo Empédocles y se puso a cantar con voz profunda en el camino al altar.

Éste es un fármaco contra la ira y los dolores.
Éste es el único olvido para todos los males.”

Bendijo a la pareja y animó al hombre a cubrir a la mujer.
El abate había estado feliz. La esposa del médico tocaba el armonio, entraba en la iglesia a la yegua del médico. Recordó que el guardia sabía tocar la cítara y que él guardaba un saxo nuevo.
- ¿En dónde?- preguntó la recién casada.
- Si sabes tocar la comparsita, te lo regalo.
Para entonces la iglesia se había llenado. Los niños y las mujeres traían flores para el caballo. Era un saxo dorado. También su música sonaba a oro. Zeliuska soplaba con mimo sin cubrir al armonio. Zeliuska había sido una actriz de circo real con sus pelos del color de plata y con dos pechos, dos, redondos como dos lunas llenas. Al final hubo romería en la explanada de la parroquia y don Lucas, el médico, hizo bailar a su yegua un pasodoble para saxofón.
Diez días después, a las siete en punto de la mañana, la hora en la que se marchaba la gente de Marías, el número Prieto y Zeliuska partieron con la orden del párroco de Marías cumplida, a un cuartel de los Pirineos.

Estuvieron cinco años.

En cinco años, el número Prieto ascendió a Cabo Prieto, a Primero Prieto y a Sargento Prieto; construyó en una herrería tres carros de saltimbanqui según un modelo que copió de una tribu francesa; aprendió a dar volatines en una cuerda atada entre dos pinos; contrató al saxo de la banda de la compañía para enseñar a su mujer a soplar fino, al atabalero, el arte de atabalear. Cinco años de aprendizaje. Zeliuska cogía ranas y hundía su nariz chata en la resina de los pinos. También lucía su melena de plata en el sidecar del sargento Prieto. Los días que el sargento Prieto libraba, sacaban brillo al sidecar y recorrían los valles. Cuando el viento les cortaba el aliento, eran felices. Zeliuska se ponía pantalones para viajar. Mucha gente les tomaba por dos camaradas y les hacía gestos obscenos. Sí, la carretera era un escape. Algunas veces se internaban por caminos sombríos y divisaban una cabaña. Por lo general, paraban. Si no había nadie, husmeaban su interior y hacían planes para vivir en una casa escondida.

El sargento Prieto se engañaba. Él era hijo de la llanura. En realidad, los valles angostos le asfixiaban. Se dio cuenta que cuando salían de excursión cada vez se alejaba más del cuartel. Siempre añoró Marías. Soñaba con el olor del pelo de su madre, con los pies descalzos de su padrastro, que se ahorcó por descubrir que le quería, con el médico de Marías encima de su caballo, son su hermosa mujer que caminaba sin tocar el suelo. Una mañana sintió un empujón irresistible. Le dijo a Zadiuska que se ponga los pantalones y se presentó ante el Teniente de la Compañía.
- Solicito tres días de permiso.
- Las cosas están revueltas, sargento.
- Dos días.
- Bien. Dos días.
Salieron antes de amanecer.
Vieron el color de las hojas muertas; escucharon tiros escondidos; durmieron en la ermita de un hombre santo que contaba la letanía con los dedos de sus pies.
- ¡Llevamos órdenes del valle al cuartel de la muga!- gritó el sargento Prieto a una pareja que pastaba sus caballos.
- Dicen que se escucha música por las linternas de los puentes del Pilar.
El Sargento subió las orejas de su capote. Ensayó un saludo militar en el espejo del río Sallent.
“- Son los mismos miedos que metían los del Rif en los cuerpos de los morojuanes. Cúbrete el pelo, que escucharemos muchos más”,-dijo el Sargento Prieto, haciendo petardear la moto.
Llegaron con la puesta de un sol rojo, bajo un paraguas de lágrimas de fragua, encintado con un matachiné amarillo.
- Las nubes dibujan setas en el cielo de octubre. Los pastores saben leer sus recados para el invierno.
- ¿Qué se escucha por los boquetes de los túneles por donde dicen que corre un tren hullero? -preguntó Zadiuska.
- Hierro. Mi padrastro decía que por la boca cercana a Marías sacaban hierro en volquetes arrastrados por mulos. A los mulos los guiaban niños de Marías. Niños analfabetos que tenían que esperar a hacer el servicio militar para aprender a leer. Algunos niños podían ir a la escuela de doña Felicidad. La anciana no era maestra. Enseñaba a los niños a leer cantando. Ella se murió escuchando nadar a los peces encima del puente nuevo. Verás, Zadiuska. En cuanto tenga un rato libre, entregaré al Teniente la petición de mi jubilación del Cuerpo.
- ¿De qué vamos a vivir, soñador?
- De saltimbanquis. El cabo Petralanda y los números David y Renedo han aprendido a llevar con maestría los carros.
- ¿Qué saben hacer?
- Poco. Aprenderemos. Tú tocarás el saxofón y el atabal. Seremos grandes entre los grandes. Tú ya has aprendido a sacar carne de gallina a hombres viejos y a llorar a madres fondonas. ¿No te ha llamado la atención el silencio de los campos?
- Los árboles sólo lloran con la fuerza del viento.
- Sí. Y cuando las ovejas no balan, los caballos no relinchan, las vacas no mugen. ¿Has escuchado parpar a los patos, zurear a las palomas?
- Me gusta que me aplaudan en las plazas de los pueblos. Tengo unas castañuelas que suenan debajo de mi sostén. Parecen cocos de caramelo. Los abates de las abadías retocan sus zuecos frotando los racimos de las avellanas. Los viejos repican sus dientes postizos. Y yo bailo, no paro de bailar y de silbar como un pastor. ¿Por qué me agarraste las manos en el tren?
- Porque eres chata y rubia.
- ¿Por ése poco?
- Y porque estaba subido.
- En serio. ¿Has escuchado piar a la turba de pájaros en los bebederos del río.
- También me he silenciado para escuchar su sosiego.
- ¿No huele a marchito? Dicen que cuando el campo calla, truenan los cañones.
- Hincar el pico, torcer la cabeza, cerrar los ojos.
- Sin embargo, te has callado.
- Antes de llenar los baúles, haremos un festejo para la hermandad, para los vecinos de los alrededores y bajaremos por las curvas de los rieles para escuchar las elegías que hacen los descontentos. Yo sí creo que por los rieles de abajo sopla el viento de un huracán. También creo en la música que hace la lluvia al caerse por los tubos de un órgano dorado como el saxofón que te regaló el abate de Marías.
- Nadie tocaba la trompeta como el cabo Gento. Nadie plateaba su piel como el guardia de 1ª Narciso Perón. Decían que comían de la misma cuchara. La tropa cantaba: “De la misma cuchara, dicen, comen Gento y Perón.”
A la puerta de la ermita, frente a la bandera, llegaban los civiles con su gorro de charol. Traían la chapa del cinto brillando. Las mujeres sacaban banquetas de sus cocinas y niños y niñas jugaban a la tocadita armando algarabía. El orden llegaba con el cornetín del cabo Gento. La alegría, con el atabal de Zadiuska, actriz de circo real. Por la esquina noroeste llegaba el carro del gran Ramplín adornado con guirnaldas y ardillas de verdad. La banda del destacamento de la Guardia Civil entonó el Himno de Riego. Fue el comienzo de una noche, elevada a asombrosa por la pericia de Ramplín.

Dos noches después de la actuación del Sargento Ramplín llegó un telegrama extraño. Decía que desde Zaragoza hasta el camino que llevaba a Reinas, emanaba una extraña música por las bocas que años atrás se usaron como caminos mineros.

Al estallar la Guerra estaba a punto de ser ascendido a subteniente de La Guardia Civil. Era republicano. El capitán que estaba al mando del Cuartel de Alta Montaña le dejó regar las rosas que crecían debajo de la ventana de su esposa. Sólo cuando terminó, ordenó a un cabo arriar la bandera.
- ¿Y qué hacemos ahora, Prieto?- le preguntó el Capitán.
- Jodernos a tiros.


FIN
Primer recuerdo    AQUÍ 

Segundo recuerdo AQUÍ 
Tercer recuerdo     AQUÍ
(Continuará)