(Variatio made in U.S.A.)
(A mi
amiga Cris.)
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Playa de Arrigúnaga |
Silvestre se sentía bien en
aquella casa. Al fin y al cabo fue su primer hogar, donde su mujer rompió las
aguas de sus hijos. Lo mejor de todo era que tenía una hermosa chimenea en
el salón de la planta baja y sus vecinos (que vivían en invierno en la ciudad)
le habían dado permiso para que cogiera las ramas secas de los pinos e hiciera leñas
para alimentar su fuego. Además de un ahorro, constituía un fuerte entretenimiento.
Silvestre se había jubilado
hacía tres o cuatro meses, a los sesenta años, con un buen jornal y con apenas
un poco de reuma en las piernas. No se podía pedir todo a la vida. Desde que
terminó la Universidad
y recogió su título había trabajado ininterrumpidamente en la misma industria,
en Astilleros La Naval ,
como ingeniero, llegando a ocupar casi todos los puestos posibles, desde jefe
de compras hasta director de los propios astilleros.
Una tarde de hacía unos cuantos
meses el teléfono comenzó a sonar de forma desacostumbrada. Silvestre pensó que
era alguna avería tonta y dedicó toda una mañana en soltar el auricular y el
micrófono y en volver a montarlo sin percibir nada extraño en su interior.
Siguió sonando con la misma estridencia y lo dejó en paz hasta que dejara de
repicar por decisión propia. Entonces no tendría más remedio que comprar uno
nuevo. Silvestre había llegado a la edad de la jubilación con las rarezas que
se le fueron pegando en la vida. Una de ellas era la de no deshacerse de todo
lo que funcionaba.
Sólo era la chicharra. El resto trabajaba como el primer día. Era la chicharra que se había vuelto loca y en vez de sonar mordía las orejas de los
hablantes. ¡Insufrible!
Aquella vez, Silvestre lo
escuchó desde la sala y llegó a la cocina al quinto timbrazo. Lo descolgó con
parsimonia y colocó el auricular en su oreja justo cuando una voz familiar
decía:
- ¡Tengo sesenta años y soy la
única miembro de mi familia que no he ido a Nueva York! Me marcho el domingo
con unos amigos.
- ¡Qué maravilla!
- No sé qué decirte, chico. Voy
obligada. Fíjate: cuando la gente habla de Nueva York, me tengo que callar. Con
esto de la depreciación del dólar, ya ha pasado por allí media España.
- Tienes razón. Mi asistenta ha
estado diez días con su marido y sus dos hijas. Han visitado a su hijo que está
doctorándose en un hospital cercano donde se levantaban las torres
gemelas. Mi asistenta dice que es un chiste de ciudad. Que cada uno hace lo que
le da la gana, que hay unas tiendas deslumbrantes, que casi todo lo hemos visto
ya en las películas y que por eso gusta tanto, que…
- Yo no opino sin haberla visto.
A la vuelta te diré lo que me parece. ¿Cuántas veces has estado tú en Nueva York?
- Una. Vi el aeropuerto: un
aeropuerto muy grande, sí. El aeropuerto era muy grande. Por lo demás no tenía
nada de particular. Ya te lo he dicho. Era muy grande. Tenía papeleras y más de
un reloj. Creo recordar que estaba un poco descacharrado. Había gente durmiendo
en el suelo. Igual que en casi todos los aeropuertos y estaciones de tren del
mundo, mucha gente escupía en el suelo. ¿Por qué los americanos de Nueva York
escupen en el suelo? A lo mejor se ha perdido ya la costumbre.No lo creo.
- ¡Los hombres sólo os fijáis en
cochinadas! Ahora te tengo que dejar.
- Ya. A hacer la maleta y eso.
Ya te entiendo, claro. Tú especialidad es hacer bien las maletas.
- Te llamaré. Te llamaré antes
de marcharme. Te lo prometo.
- Bueno. Ya sabes donde
encontrarme.
- Un beso.
“¿Qué se le ha perdido en Nueva
York, con lo bonitas que son las luces de Haro, las regatas de la Concha y el florido
comercio de las 7 Calles?”
Después de preguntarse desde el
medio de la cocina de las necesidades que corrían por las venas de Josefina de
ver Nueva York, Silvestre se sirvió un vaso de vino, rompió una nuez, se la
comió con parsimonia y exclamó-: ¡Mensaje recibido y comprendido!
Silvestre descolgó el teléfono de la pared de la cocina y marcó el
teléfono de su hija, Marieta.
- Dile a tu madre que en la
puerta de la Bolsa
de Nueva York, de 10 a
12 horas de la mañana se coloca una viejecita con una caja de cartón llena de
corbatas. Las vende a dólar, a un dólar cada una. Dile que ya no uso corbatas
pero que a lo mejor me vendría bien una de color negra para ir a su entierro.
- ¿Ya te lo ha contado?
- ¿Cómo no me lo va a contar si
se ha enterado que me he jubilado? La primera noche de jubilado, pensé: “Ahora
mi difunta esposa no dejará de realizar de una u otra forma todos los viajes
que no hizo conmigo.” Es una de sus finísimas maneras de recordarme mis
olvidos. No dejes de decirle lo de mis corbatas. Si se cabrea contigo, le dices
que es un recado de don Silvestre y que tú hace muchos años saliste fuera del
círculo de nuestras discusiones. Cuando cumplas cincuenta años, divórciate.
Júramelo, hija. Es una edad maravillosa para comenzar a vivir sola. Pero no
chilles al hablar. Una mujer chillona es más inaguantable que una gata en celo.
- ¿Por qué le pusiste cuernos a
mamá?
- Es más inteligente que yo. Nunca
pude soportar que fuera más inteligente que yo. Lo peor es que te lo está demostrando
siempre. Sin embargo, las mujeres inteligentes se enamoran de sus maridos. Es
su flanco débil. Si un hombre quiere hacer daño a una mujer inteligente, lo
tiene fácil: te buscas cualquier trapo, la paseas dos o tres noches por los
restaurantes de moda, esperas a que pase el chaparrón y te sientas a verlas
llegar. Además, nunca se les pasa el amor del todo. Es por los hijos, ¿sabes? Generalmente
los hijos heredan la idiotez de su padre y cuando quieren hacer daño a su
madre, no saben sacar sangre a los sentimientos. ¡Yo qué sé! No me preguntes
cosas de difícil respuesta. A mí siempre me ha parecido que los hombres tienen
la cabeza con forma de huevo de pato y las mujeres con forma de huevo de gallina.
- A parte de ser más grandes,
los de pato saben diferente.
- ¿A qué saben, hija?
- ¡A pato! ¡A qué van a saber!
¿Ves? Tú sufrirás en tu
matrimonio porque eres inteligente. Jamás hubiera pensado que un hijo mío
sabría distinguir el sabor de un huevo de gallina del de un huevo de pato. Eso
pensando que los patos pongan huevos en lugar de las patas. ¡Sublime!
- Sublimemente insoportables. Mamá
está entusiasmada con el MOMA. Está entusiasmada porque va a ver en el museo
una réplica de casi todas las sillas que tenemos en casa. ¿No te parece genial?
- Los museos nunca son geniales,
hija. A lo sumo, los artistas que cuelgan sus excentricidades. Una de las cosas
que más odiaba de tu madre era que no cumplía sus promesas. El día que me llamó
para comunicarme que se marchaba a Nueva York, me dijo que me llamaría antes de
partir. Todavía estoy esperando su llamada. Sin embargo, a ti ya te ha contado
que va a ver el MOMA, el Metropolitan Museum, la Metropolitan House ,
la Collection
Sonanbed , el Central Park, que irá a la Ópera a ver Las
Valkirias, a cenar a Bird, a comer hamburguesas en el 10 o´clok, a ver un
espectáculo musical para turistas animosos.
¡A Nueva York hay que ir a lo que sale! ¡Igual que a Cuba! ¿Sabes lo que
me salió en La Habana ?
¡Un grano en el culo! ¡No te jode con tu madre! ¿Qué se le ha perdido a tu
madre en Nueva York?
- No estoy alterado. Te estoy
hablando por la chicharra de un teléfono que me muerde en la oreja desde hace
meses.
Entonces Silvestre se acordó de
que tenía que salir a cerrar la puerta del jardín. Le dijo a su hija que le
esperase un rato y fue a la cocina a darle al interruptor. Era una delicia
verla deslizarse. Era su protección, su seguridad. Desde que comenzó a vivir
soltero, le entró una especie de desasosiego. Era miedo. ¿Por qué no
confesárselo? Antes, cuando vivían allí todos: su esposa, los niños, la perra
Hache… Antes, ella, su mujer, solía estar en la cocina, siempre delante de la
ventana. Se colocaba de tal forma que la veías de casi todos los lugares de la
parte delantera de la casa. Regresó al teléfono. Su hija le dijo:
- ¿Ya has cerrado la puerta del
jardín? ¿Por qué escribiste en ella “¡HORROR!”, en vez de “¿CUIDADO CON EL PERRO?”
- ¡Porque estaba pensando en tu
madre! ¡No te jode! Son cosas de mayores.
- ¿Cuántos años tengo, papá?
- Quince.
-.Veintinueve. Ya comprendo un
montón de cosas. Hasta comprendo que de vez en cuando sientas miedo de vivir
tan solo. Te prometo que el domingo iré a comer contigo.
- ¡Mierda para ti! Yo vivo muy
feliz solo y no siento miedo.
Silvestre quiso llorar. Se dio
cuenta de que estaba hablando con su ondaquín, su niña querida, ¡Dios Santo!
También se dio cuenta de que su niña le había colgado el teléfono. Se golpeó el
pecho todo lo áspero que pudo. Marcó el teléfono de su hija: el de su casa, el
móvil. Dos horas después se sentó frente al televisor, pero no lo encendió.
FIN
FIN