martes, 3 de noviembre de 2015

LA MUERTITA

Encima de mi casa había un bosque de encinas de gran talla cuyas copas entorpecían el paso de los rayos de sol. Allí, dos niños y una niña se encontraron con una joven tendida en la yerba con flores en el pelo. Estaba muerta. Sin embargo, aunque el rigor mortis se dibujaba en su rostro afilado, no asustaba. Tenía los ojos cerrados y en sus manos, un ramito de flores silvestres. Eran ranúnculos. La difunta estaba descalza. Las uñas de sus pies estaban pintadas de rojo. Alguien le había amortajado con un vestido blanco.
 Los niños que la descubrieron se llamaban Set, Dabo e Inés. Eran hijos de mi vecino Lolo, un ex boxeador que ahora trabajaba con carnet de detective. Tenía la oficina en el sótano de su casa, un chamizo con tres ventanas altas en donde recibía a su clientela, generalmente hombres y mujeres que le contrataban para vigilar a sus parejas. Era viudo. Bebía vino tinto. Le olía el aliento a ajo y peleaba por sus hijos para sacarlos adelante. Sobre todo con Set, el mayor, de unos catorce años, gran lanzador de lapos y buen encajador de los cachetes de su padre. 
Set, Dabo e Inés corrieron al mesón en donde Lolo acostumbraba a jugar un tute con el cabo Aparicio, alias Ojazos o también El Chino, por sus minúsculos ojos. Set sabía que no era el mejor momento para llevarle a su padre el cuento de la chica muerta, pero el recado valía un buen coco. Los niños tuvieron suerte. Lolo ganaba la partida y los niños fueron la excusa para llevarlos a casa y hacerse con el pequeño botín de encima de la mesa de la taberna. Para tabaco.
Ya el sol comenzaba a ser devorado por el monte Serantes, cuando Inés se agarró a la mano de su padre.
-¿Por qué tiemblas, palomita?-le preguntó Lolo a su hija.
- En el bosque  hay una chica durmiendo-dijo Inés.
- Está muerta- aclaró Set. Dabo le ha puesto un grillo en la cara y no se ha movido.
- Tiene flores en el pelo y es muy guapa- dijo Inés.
- Seguramente es un asesinato amoroso- dijo Dabo con su pachorra habitual. 
Lolo llevó a sus hijos a casa sin dejarlos de escuchar. 
- Os he dicho un millón de veces que no vayáis al bosque. En el monte hay culebras y mochuelos -dijo Lolo. 
- Quiero llevarla a casa para que las culebras no le saquen los ojos-dijo Inés.
- Ya se ha hecho de noche en el bosque. Allá oscurece media hora antes y ya no se ve nada-dijo Lolo.
- Podemos usar mi linterna- dijo Set.
- Y la mía- dijo Dabo.
- ¿Por qué no nos crees?- preguntó Set.
- Porque siempre  que llega la hora de hacer los deberes inventáis un cuento raro. Tienes demasiada imaginación, Set. Luego te quejas que el que recibe más garlopa eres tú. Tus hermanos se dejan engañar con entusiasmo. ¿Cómo lo consigues? 
Mi vecino Lolo conoce a sus hijos. Tiene la mano demasiado rápida, pero los críos quieren a su padre. El cariño le vino de manos de su mujer muerta, una mujer, que ya de novios, acudía a las veladas de boxeo en las que actuaba Lolo, con un bocadillo de lomo de cerdo porque tenía el convencimiento de que los boxeadores debían fortalecerse rápido. Era una pareja feliz, rota por el cáncer. Lolo no supo alcanzar la paciencia de una madre pero no olvidó regresar a su casa todas las noches, sereno o beodo, para besar o arrear una coz a su camada. En cuanto Lolo corría el pasador de la puerta de la calle su descendencia se agarraba sus orejas enrojecidas y dormía en paz. ¿Qué más se le puede pedir a un padre? 
-¡Eso!, ¿qué más?
- Un beso sin olor a ajos-decía Inés frunciendo su ceño.- Y Lolo se ponía las gafas de sol que le regalaron sus devotos después de un combate funesto. También se las ponía al aceptar un caso difícil de una esposa engañada por un marido rico. Las mujeres toreadas disponen de talonario para disimular el descalabro. Lolo se cubría sus ojos  para no mostrar su éxtasis al ver de soslayo los cuatro ceros del talón. Permaneció imperturbable a los ruegos de sus hijos, hasta que pasadas las doce, dio un puñetazo en la mesa de la cocina y dijo:
- ¡Hoy no es Noche Vieja! Os prometo que en cuanto amanezca os acompañaré al bosque.
- Para entonces ya se habrá marchado la muertita-dijo la cría. 
Lolo no durmió. Escuchaba a sus hijos dar vueltas en sus colchones sin poder conciliar el sueño.
Los vi muy de madrugada atravesar las campas que llevaban al encinar. El viento gallego traía nubarrones. Los chicos habían visto a su padre esconder su Browning del 38 en el cinturón, en el costado. Aquello significaba que su padre les había escuchado con atención la noche anterior y se lo tomaba en serio. 
- Cuando yo era niño en este bosque había enanos y tortugas- dijo Lolo a su hija con voz apagada. 
- Y una culebra con cascabeles en el rabo- le replicó Inés a su padre.
- ¡Vaya! ¡Eso yo no sabía! Exclamó Lolo.
- Los enanos, ¿eran jóvenes o viejos?- dijo Inés.
- Viejos muy viejos y trastos. Raptaban a niñas del pueblo y las traían aquí. Las ataban al tronco de un encino y les hacían cosquillas hasta que se morían de risa-dijo Lolo.
Set y Dabo dejaron atrás a su padre y a su hermana. El bosque los tragó en su oscuridad. Era casi imposible buscar un agujero entre las hojas para ver la luz del cielo. Se perdieron. Aunque lo que perdieron en realidad fue el lugar en donde la tarde anterior se toparon con la difunta muchacha amortajada con un vestido blanco. 
- ¿Tus hermanos? ¿En dónde se han quedado tus hermanos?-dijo Lolo.
- Se  han pasado medio pueblo. Ya regresarán -dijo Inés.- Ella se encuentra detrás de los troncos de esas encinas negras. Es un sitio tranquilo para dormir. Aquí.
- ¿Estás segura?
- Como que soy pelirroja.
- Piensa bien. Aquí no está. ¿No te habrás despistado?- dijo Lolo.
El detective comenzó a dibujar círculos alrededor de los dos encinos negros. Diez minutos más tarde encontraron a Dabo y a Set. Lolo les retorció las orejas por querer llegar a un lugar que se había esfumado. Lolo mandó a los tres a casa y él regresó al sitio que había señalado Inés. Encontró un ramito de ranúnculos en el suelo. “Alguien se la ha llevado de noche”,- pensó. 
Llegó a casa. Set ya había preparado la leche para el desayuno.
-¿Nada?-preguntó el muchacho.
- Nada.
- Se la han llevado los enanos-dijo Inés.
Aquella tarde el cabo Aparicio dijo en la taberna que habían encontrado encima de la mesa de las autopsias del cementerio el cadáver desnudo de una niña con las uñas de los pies pintadas de rojo.
- Ni era tan niña ni era del pueblo-dijo Jesusa, la mujer del tabernero- En ese bosque, antes de la Guerra, venían los pobres a dormir. Traían periódicos y sacos de pulpa para fabricarse el colchón. Entonces los pobres eran muy pobres y los tontos mucho más tontos, pero follaban como ahora. Es un bosque con mala fama.  

El cabo Aparicio tenía venia del teniente de Línea para cubrirse su cabeza con el tricornio negro.  Decía que daba más autoridad. El cabo Aparicio, de cincuenta y cuatro años, carabinero de Costa, había salvado de las olas de la mar a dos traficantes de tabaco del pueblo, que tenían la costumbre de esperar con su bote a motor a un barco cubano que les traía  puros y  picadura. Los colocaban en la Sociedad Bilbaína y en los bares de putas. Lo digo con conocimiento de causa. Aquella misma noche me arrimé a la casa de Lolo el detective. Nos llevábamos bien. Yo sabía que Lolo y sus críos habían revisado el monte y que no habían encontrado nada. 
-Los críos no mentían -me dijo Lolo.- Ellos me dijeron que la muerta tenía un ramito de flores silvestres en las manos. Quien le llevó a la mesa de autopsias del cementerio, dejó el ramito en el suelo. Seguramente se le cayó. Yo lo encontré y lo escondí en mi mesita de noche, al lado del orinal. Son ranúnculos rojos.
- Las raíces de los ranúnculos tienen veneno-dije a Lolo.
Aquella mañana sucedieron muchas cosas en el pueblo. A mí sólo me tocó llevar el recado que me dio el cabo para Lolo: los traficantes de puros cubanos te andan buscando. Dicen que el barco ha traído una caja  con lazos rosas para ti. Al menos viene a tu nombre.
Lolo se presentó en casa de los traficantes a la hora de comer. Vivían en el Barrio  de Pescadores en una casa blanca con ventanas abarrotadas. Les cuidaba su hermana María la Seca, una mujer difícil de entender porque no gesticulaba. Los que le habían visto decían que tenía pelos en el pecho y era lisa como un niño. Sin embargo, en primavera iba al bosque y se abrazaba con amor al tronco de un encino. Juro que la he seguido en más de una ocasión. A la vuelta pasaba por la huerta de mi casa y comía las fresas más hermosas. Siempre hice la vista gorda porque sabía que no era feliz. Fue María la Seca la que entregó a Lolo su caja.
- El nombre lo he escrito yo con carmín rojo forte. Después de mucho pensar decidí regalártela a ti porque  quizá eres el más necesitado del pueblo-dijo la Seca a Lolo.
Una vez en casa, Lolo soltó el lazo de la caja y le quitó el papel azulón con brillo. Sus tres hijos rodeaban la mesa de la cocina con las bocas abiertas de emoción. Debajo del papel apareció una caja con una tapa celestial en donde una santa desnuda ofrecía sus lindezas desde un canapé verde limón.

- ¡Es la muertita! - exclamó Inés.
- ¡Qué tía más buena!-pensó Set buscando los ojos de su padre con el rostro encendido.
- Pero a esta la han fotografiado sin amortajar-dijo Dabo con flema de niño viejo.

Me lo contó mi vecino Lolo una tarde de galerna en la delantera de su casa mientras limpiaba su Browning del 38. Para entonces ya se había destapado en el pueblo que todo había sido una broma del cabo Aparicio y de Jesusa, la mujer del tabernero que, por cierto, se lo pasaron formidable intoxicando el candor de dos niños y una niña. Lo malo es que Lolo no les ha perdonado y temo que vaya a cometer una barbaridad. No puede comprender que personas adultas se burlen de un viudo montando movidas de mal gusto con muñecas hinchables.  


FIN


          Arrigúnaga (GETXO), a 2 de setiembre de 2015.








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